N/A. Este fic es un regalo para mi otra chica del Marauders4Life. Un poco más tarde de lo debido pero antes de lo esperado, aquí tienes tu regalo de Navidad, LadyChocolateLover. No sé si os he hablado ya de ella. Es una chiquilla obsesiva, perfeccionista, insistente, servicial, responsable, extremadamente quisquillosa, una fangirl de cuidado y la mejor comentarista del mundo. La quiero con locura por ser cómo es, por no dejarme descuidar mis fics ni un solo segundo y por tener ideas increíbles. Aunque le cueste admitirlo.

Feliz Navidad.

Aviso. Esto, damas y caballeros, es un Dramione -sí, otro. Sí, lo siento-. Tendrá siete capítulos (ni uno más, ni uno menos) y en él ignoraré deliberada y categóricamente muchos de los acontecimientos canon del séptimo libro (por no decir todos). A grandes rasgos, diré que podéis considerar esta historia una continuación del sexto libro, fingiendo que el séptimo nunca fue escrito. Y aunque aún no lo tengo claro, es posible que me cargue también sin anestesia ni previa notificación hechos de los libros anteriores. Puede ser también que encontréis pequeños guiños a Dramiones famosos, como es el caso de este capítulo, donde habrá una escena o dos con un ligerísimo aire a cierto fic de la señorita Dryadeh. Así, porque sí, porque me gusta rendir homenaje a los fic que de alguna forma me han dejado mella.

Dicho queda. Y ahora, a disfrutar. Fin de la N/A.


Estar en el mismo barco


Sucedió en algún momento a principios de verano, poco después de que acabara el curso. Una noche, en mitad de una tormenta, Narcissa Malfoy apareció en la puerta de la verja que rodeaba el jardín de La Madriguera, con su precioso pelo enredado y empapado y los bajos de su vestido azul llenos de barro.

Varios miembros de la Orden la escoltaron hasta la casa tras abrir brevemente las protecciones y permitirle pasar. Ella entregó su varita sin ninguna resistencia y respondió con absoluta sinceridad a todas las preguntas que Kingsley y Lupin le hicieron, accediendo incluso a beber un pequeño vial con Veritaserum y tolerando que todo el mundo la apuntara con la varita.

Cuando fue evidente que Narcissa no representaba ningún peligro y que aquello no era en absoluto una trampa, la hermosa mujer procedió a contar el motivo de su arriesgada incursión en territorio enemigo.

Quería a su hijo en el bando adecuado.


Draco era un espía brillante, tanto como el propio Snape. Eficiente y discreto. Muy inteligente. Y también igual de antipático.

La situación no le complacía lo más mínimo, lo cual no era de extrañar: los miembros de la Orden se encargaban de recordarle a diario lo poco que les gustaba tenerlo entre ellos. Los adultos lo trataban como a un mocoso molesto, y los jóvenes aprovechaban cada oportunidad que se les presentaba para despreciarlo y burlarse de él. Los gemelos Weasley eran, quizás, los que más se ensañaban con Malfoy, utilizándolo de conejillo de indias para todos sus experimentos.

Draco aguantaba estoicamente. Por su madre. Había sido ella quien le había ordenado, con el azul de sus ojos trémulo y casi líquido, que se alejara todo lo posible del Señor Tenebroso. Que se pusiera a salvo. Que se olvidara de todas esas tonterías de la limpieza de sangre que solo lo conducirían a una muerte segura.

Al principio, Draco se había negado en redondo. ¿Abandonar a sus padres? ¿Correr a refugiarse bajo las faldas de San Potter y sus guardaespaldas? ¿Convertirse en un traidor, en un proscrito, en un renegado? Eso jamás.

Pero Narcissa había sido implacable y no había admitido un no por respuesta. Le había ayudado a escapar en mitad de la noche, segura de que mandaba a su hijo al lugar adecuado para asegurar su supervivencia durante la guerra y su inmunidad cuando llegara el fin del Señor Tenebroso y los mortífagos fueran perseguidos y encarcelados.

Sin embargo, no todo había sido perfecto. Draco no podía simplemente desaparecer de Malfoy Manor y no volver a presentarse ante la llamada de la Marca Tenebrosa. Además, y pese a lo mucho que Harry había insistido en que Draco había bajado la varita aquella noche en la Torre de Astronomía frente a Dumbledore, la Orden del Fénix no estaba dispuesta a acoger así como así a un joven mortífago. Por mucho que su madre tuviera que decir al respecto.

No estaba claro de quién había sido la idea, pero la solución estuvo clara: Draco debía convertirse en un espía. Seguir asistiendo a todas las reuniones de los mortífagos, llevar a cabo las misiones del Lord y proteger así a sus padres, quienes no serían castigados por la deserción de su hijo. Y a cambio de que Draco acudiera periódicamente a Grimmauld Place para informar de los movimientos del Señor Tenebroso al igual que lo hacía Severus y se las arreglara para frustrar algunos de los planes de Lord Voldemort, la Orden del Fénix le proporcionaría un refugio siempre que lo necesitara, jurando protegerlo y defenderlo en caso de que su situación saliera a la luz y los mortífagos lo descubrieran. Le prometieron también acoger a sus padres si dicha circunstancia se producía, algo en lo que Draco insistió vehementemente. Y por último, se comprometieron también a reconocer su inestimable ayuda en caso de que se produjera una caza de mortífagos tras la posible caída del Lord.

Narcissa, claro, protestó. Ella quería que su hijo estuviera a salvo, no que se convirtiera en un doble espía y se jugara el cuello día sí y día también. Pero nadie la escuchó. La Orden encontraba demasiadas ventajas en ese plan como para aceptar otra cosa, y Draco se negaba a marcharse sin más y dejar desprotegida a su familia.

Además, esa era la única forma de sentir que estaba haciendo algo de utilidad.

La única forma de pensar que todavía era alguien.


Los golpes en la puerta hicieron retumbar el número 12 de Grimmauld Place. Hermione y Tonks estaban despiertas, hablando en la cocina, así que fueron las primeras en llegar al recibidor. Cuando abrieron, contra el marco de la puerta se desplomó una figura oscura y empapada que se sujetaba con fuerza el brazo derecho.

—Malfoy —susurró Hermione, abriendo los ojos. Tonks y ella se movieron rápido. Cogieron al chico y lo metieron en la casa, cerrando la puerta. En ese momento, Harry y Remus aparecieron en lo alto de la escalera. A la luz de la vieja lámpara que pendía del techo se podía apreciar un líquido oscuro, casi negro, que resbalaba desde la muñeca de Malfoy y goteaba sobre el suelo.

—Iré a buscar a Molly —anunció Harry, dando media vuelta y echando a correr por donde había llegado. Remus bajó los escalones a toda prisa y se pasó por los hombros un brazo de Draco, quien tenía la cabeza echada hacia delante y los ojos casi cerrados, sumido en un estado de semiinconsciencia. Tonks sujetaba al chico por la cadera, mientras que Hermione los seguía con el corazón en un puño. Herido de nuevo.

No era la primera vez que Malfoy aparecía en Grimmauld Place a altas horas de la noche manchando la antigua alfombra del recibidor con su sangre.

Lo llevaron a una habitación libre del segundo piso, donde Molly y Ron les estaban esperando. Harry llegó poco después con un montón de vendas que entregó a la mujer en silencio. Remus y Tonks tumbaron a Malfoy en la cama de sábanas bordadas, y Molly procedió a la curación con expresión seria.

—Fuera de aquí, vamos —ordenó de pronto sin levantar la vista del brazo de Draco, el cual, tras haberle retirado la túnica, mostraba profundos desgarros sanguinolentos—. Todos a la cama. Yo me encargo de esto.

Los cinco obedecieron sin rechistar, conscientes de que poco podían hacer contra Molly. Salieron de la habitación y se quedaron en el pasillo, frente a la puerta. Ron resopló.

—Esto va a salir terriblemente mal, y lo sabéis. El muy gilipollas no hace más que ponerse en evidencia. El día menos pensando lo atraparán y torturarán hasta sacarle toda la información que quieran sobre nosotros.

—Ron —dijo Hermione con tono de advertencia. Vestía solo unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, y aunque antes le había parecido que los ahogaba el calor veraniego, ahora no podía evitar frotarse los brazos al sentir un frío repentino—. No es culpa suya.

—Hermione tiene razón —asintió Harry, recolocándose las gafas con un toque de dedo ensayado—. Ya bastantes riesgos está corriendo por ayudarnos.

—Por ayudarse a él, querrás decir —masculló Ron por lo bajo. Estaba despeinado y todavía tenía marcas de la almohada en la mejilla—. Como si no supiéramos que todo esto es para comprarse un pase de supervivencia cuando la guerra acabe.

—Por el motivo que sea —intervino Remus. Sabio, lógico, sereno Remus—. Pero el caso es que está asumiendo muchos riesgos por ayudar.

—Que sí, que vale —bufó Ron, cruzándose de brazos con el ceño fruncido. A su lado, Tonks sonrió y le puso una mano sobre el hombro.

—Hora de irse a la cama. Mañana sabremos qué ha ocurrido esta noche exactamente. Y ahora, ¡todos a dormir!

Remus y ella se fueron a la primera planta, donde estaban sus habitaciones. Harry, Ron y Hermione aguardaron unos segundos más, mirando la puerta tras la que Molly hacía lo que podía por curar a Malfoy, hasta que de uno en uno ellos también se fueron yendo.

Hermione, como siempre que alguien llegaba herido, fue la última en marcharse.


A la mañana siguiente, Hermione bajó a prepararse un café a la cocina. Draco apareció entonces en la puerta, y ella le echó una mirada crítica. El joven Malfoy estaba delgado y despeinado, con un color de piel casi grisáceo y el brazo en cabestrillo. Sus ojos, sin embargo, arrastraban la misma arrogancia mercúrica de siempre.

Tras verificar que Draco estaba lo suficientemente bien como para seguir vivo un tiempo más al menos, Hermione se giró de nuevo hacia su café, ignorándolo. Su relación no había mejorado ni un ápice en esas semanas, por mucho que él estuviera ahora en su mismo bando. La situación era, en opinión de Malfoy, lo más humillante que había vivido nunca, y eso no hacía más que oscurecer su carácter.

—Hazme uno a mí también —gruñó, señalando la cafetera con el mentón y sentándose después sobre la mesa de la cocina. Hermione soltó un bufido de incredulidad sin volverse a mirarlo.

—Por supuesto, su real alteza. No deseará también unos pastelillos, ¿verdad? ¿O tal vez prefiere que le prepare tortitas?

—Ya que insistes… —respondió él, fingiendo ser inmune a su sarcasmo. Hermione resopló, pero sacó otra taza del armario. En primer lugar, sabía que Malfoy no tenía ni la más remota idea de cómo podía hacer funcionar la cafetera. Y en segundo lugar, una parte de ella se resistía a ignorar vilmente a un chico con el brazo en cabestrillo.

—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó Hermione, concentrada en echar la cantidad justa de leche a ambas tazas. No había ni rastro de preocupación en su voz, pero Malfoy tampoco esperaba otra cosa.

—Plymont —respondió, mirándose el brazo vendado con la nariz arrugada—. Me descubrió cuando regresaba de avisar a los Gason de que su casa iba a ser atacada esta noche.

Hermione se detuvo de golpe, alzando la mirada y clavándola en los azulejos de tonos sobrios y desvaídos. Tras ella, Malfoy la observaba con la espalda apoyada en la pared opuesta y las piernas colgando por el borde de la mesa.

—¿Deberíamos preocuparnos? —preguntó ella, intentando que su voz no reflejara ninguna emoción. Malfoy sonrió burlonamente sin humor.

—No será necesario. Me encargué de él.

Hermione se estremeció y se centró de nuevo en el café, decidida a no indagar ni un poco en qué entendía Draco Malfoy por "encargarse de alguien".

—Date prisa con ese café, ¿quieres, sabelotodo?

Ella resopló otra vez y se giró hacia él con los brazos en jarras.

—¿Y tú quieres ser menos desagradable?

—¿Es una pregunta seria?

Hermione apretó los labios con fuerza. Siempre que la seguridad de alguien se veía comprometida se sentía en tensión constante, y pasar por esa intranquilidad incluso con el imbécil de Malfoy era algo que odiaba profundamente. Porque él no hacía más que comportarse como un grandísimo imbécil. Así que Hermione se giró de nuevo hacia el café, le echó el azúcar sin ningún cuidado derramando una buena parte sobre la encimera y se volvió otra vez, estampando la taza contra el pecho de Malfoy sin ninguna delicadeza. Algunas gotas se escaparon, manchando la camisa del chico. Él alzó los ojos y fulminó a Granger con ellos, pero no le dio tiempo a decir nada.

Hermione fue más rápida.

—Deberías hacer un esfuerzo y ser menos idiota. Soy consciente de los riesgos que estás corriendo, pero no eres el único —siseó entre dientes. Él alzó las cejas, mirándola con una mezcla de sorpresa y desagrado—. Deja de portarte como un crío y madura, Malfoy. Te guste o no, ahora estamos en el mismo barco.

Dicho esto, Hermione dio media vuelta y se marchó, dejando en la cocina una taza de café que nunca llegó a beber y a un Malfoy que la vio irse con la mirada oscurecida.

Porque le gustara o no, ella tenía razón.


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