N/A. Hola, hola. ¿Qué tal? Han pasado meses porque no tengo perdón de Merlín, lo sé. Segundo de Bachillerato es como un dementor: no hace más que absorber mis sueños e ilusiones junto a mis ganas de vivir xD ¡Pero aquí estoy de nuevo! Ya sabéis que no voy a dejar tirada esta historia, y menos después del tremendo apoyo que le habéis dado. Así que os dejo con otro pequeño capítulo de "La misma historia que siempre".

Os recuerdo por dónde íbamos: Draco trabaja como espía para la Orden por petición expresa de Narcissa. Lamentablemente acaba siendo descubierto, y la Orden al completo se lanza a ayudarlo cuando los mortífagos inician una persecución que acaba casi en batalla. Hermione es herida, pero para su suerte y para la de Draco, Kingsley llega en el último momento para ayudar; así, ambos terminan viviendo en una pequeña casa de la que aún no sabemos nada mientras Hermione se recupera, sin posibilidad de salir ni de comunicarse con el exterior según Draco. Ahí nos quedamos. ¡Continúa la historia! Fin de la N/A.


Sufrir la misma agonía


Dos días después, Hermione recuperó del todo la consciencia. Y entonces, descubrió lo que había sucedido.

Tras la persecución de los mortífagos, Kingsley se había aparecido con Draco y con ella en una pequeña casa oculta en un bosque, uno de los muchos escondrijos secretos de la Orden del Fénix. Nadie que no hubiera sido llevado allí por un miembro de la misma podría ver el refugio, y tampoco a las personas que se encontrasen en su interior.

Kingsley había dejado allí a Draco y también a Hermione, quien estaba demasiado débil como para sobrevivir a otra aparición. Además, no había nadie en Grimmauld Place que pudiera ocuparse de ella: todos estaban en la batalla.

—Pero ahora ya estoy bien. ¿Por qué no puedo irme sin más?

Malfoy resopló, cerrando por tercera vez el libro que intentaba leer y mirando a Hermione con fastidio. Ella estaba sentada en el sofá con la pierna herida en alto. Draco había probado un par de encantamientos sanadores en ella, pero no podía usar nada demasiado potente si no quería delatar la posición de la casa. Así que, aunque Hermione se encontraba mucho mejor, aún no podía caminar en condiciones.

—Creía que eras la lista, Granger. Una vez que salgas, el hechizo de ocultación dejará de actuar sobre ti. Serás detectable. ¿Y qué te parece que van a pensar los mortífagos si te descubren sola en un bosque en el que se supone que no hay nada?

—Es imposible que puedan saber en todo momento dónde estoy —replicó ella, frunciendo el ceño.

—Eso no podemos asegurarlo. Igual a ti no te importa jugarte el culo, pero a mí sí. Además, Shacklebot ordenó específicamente que no te movieras de aquí hasta que encontrásemos otra solución.

Hermione resopló y se cruzó de brazos, hundiéndose ligeramente en el sofá.

—¿Puedes darme al menos algo que hacer? Me siento inútil.

—Porque lo eres. Ahora mismo no nos sirves de nada. Así que ocúpate de recuperarte lo antes posible y punto. No voy a seguir ayudándote para siempre, no soy tu jodido elfo doméstico.

Ella soltó un jadeo ahogado de indignación, incorporándose de golpe y fulminándolo con la mirada.

—No me puedo creer que seas tan cruel. Justo cuando empezaba a pensar que habías tocado fondo, me sorprendes y sigues bajando en la escala de la mezquindad.

—Bajar en la escala de la mezquindad es hacerse menos mezquino, Granger. En todo caso, bajo en la del altruismo. Si vas a soltarme un discurso moralista, al menos hazlo bien.

Hermione entrecerró los ojos, mirándolo con odio. Después bufó, cogió las muletas improvisadas que se había hecho y se levantó, alejándose entre balanceos torpes a la cocina.

—¿Y ahora dónde cojones vas?

—Lejos de ti.

Draco resopló y se pasó una mano por el rostro.

—Deberías dejar de comportarte como una cría.

—Y tú deberías ser más amable —replicó ella, girándose al llegar al hueco en la pared que separaba la cocina y el salón. En aquella pequeña casa, solo sus dos habitaciones y el baño tenían puerta—. Esto no es mi culpa, Malfoy. No fui yo la que se dejó descubrir.

Draco se levantó de golpe como accionado por un resorte, dejando caer el libro al suelo y clavando en ella una mirada incendiaria.

—¡Que te jodan! —gritó—. ¡Estoy harto de ti y de todos vosotros, incapaces de ver más allá de vuestras propias narices! ¡Creéis que para mí todo esto es un maldito juego como si no llevara semanas arriesgando mi cuello y el de mis padres para vuestra inútil causa!

Hermione soltó una risa sarcástica sin humor.

—Nadie pone en duda el peligro al que te expones, Malfoy, pero no finjas que todo esto es por ninguna causa. Todo lo que quieres es asegurar tu supervivencia y la de tu familia tras la guerra.

—Que es, a fin de cuentas, lo que queremos todos —siseó él. Había fuego en el hielo de sus ojos—. Y no es cierto que no pongáis en duda lo mucho que me la juego. Pregunta a la Comadreja.

—Ron siempre ha sido un crío. ¿Desde cuándo te importa lo que él diga?

—Desde nunca. Pero no te haces una idea de lo reconfortante que es saber que trabajas rodeado de gente que aprecia lo que haces —ironizó. Hermione se encogió de hombros como pudo sin soltar las muletas.

—Solo estás recogiendo el odio que tú mismo sembraste, Malfoy. No te creas que me das ninguna pena.

Algo se partió dentro de Draco, y la rabia habló por él.

—No quiero ni necesito tu pena, maldita sang… —se detuvo de golpe, viendo cómo los ojos de Hermione se agradaban ante el insulto que no llegó a formularse pero que atravesó el aire entre ellos y la golpeó con tanta fuerza como si Malfoy hubiera convertido ese pensamiento en palabras reales.

Hacía más de un mes que él no la llamaba así.

Se hizo el silencio. Algo parecido a la culpa mordisqueó los límites de la conciencia de Draco, que ignoró deliberadamente el impulso que latía en la base de su estómago instándolo a pedir perdón.

Él no se disculpaba jamás por nada, y menos con ella.

No iba a estrenarse ese día.

Y en ese momento, todo lo que ambos habían avanzado en dirección a una relación respetuosa y casi agradable se esfumó como si jamás hubiera existido, y volvieron a ser dos enemigos separados por años de insultos y prejuicios.

Draco creyó ver el brillo salado de la tristeza en los ojos marrones de Hermione antes de que ella alzara la barbilla con un orgullo que solo buscaba disimular la decepción.

—No vuelvas a acercarte a mí. No quiero tu ayuda. Ni ahora ni nunca —dijo ella con la voz más firme que pudo sacar de su garganta. Después, dio media vuelta y entró en la cocina.

—¿Qué haces? —inquirió él con la voz estrangulada.

—¡No te importa!

Draco bufó otra vez y se dejó caer de nuevo sobre el sillón en el que había estado sentado, recuperando su libro. Intentó regresar a la lectura, pero no pudo: esa estúpida culpabilidad no abandonaba su pecho, incluso cuando él mismo creía firmemente que no había motivo para sentirse así. Merlín bendito, ¡si ni siquiera había llegado a decir el dichoso insulto!

Podía escuchar los ruidos que salían de la cocina; si no se equivocaba, Granger estaba tratando de prepararse la cena, tarea de la que él mismo se había encargado hasta el momento.

Como si fuera su puto elfo doméstico, sí señor. Hay que joderse.

Y ella ni siquiera sabía agradecérselo. No, tenía que ser la orgullosa y altiva Hermione Granger, incapaz de bajar de su pedestal para nada que no fuera una bonita obra de caridad.

Así se caiga y se rompa la otra pierna.

Malfoy entrecerró los ojos, acercándose aún más el libro a la cara y haciendo un esfuerzo sobrehumano para ignorar a la chica. Sin embargo, no podía: era perfectamente consciente de todos sus movimientos, los cuales seguía a través de los sonidos con cierta preocupación ansiosa por si realmente se caía o se hacía daño. Si algo había podido comprobar en los últimos dos días, era que Granger se desenvolvía de pena con las muletas. Ya se había ido directa al suelo en tres ocasiones, y saber que andaba trasteando con cuchillos y otros artilugios punzantes mientras iba de un lado para otro con solo un pie en el que apoyarse no ayudaba ni un poco a tranquilizarlo.

Finalmente, y como él había predicho, se escuchó un fuerte golpe sordo seguido de un estruendo con matices metálicos y un agudo quejido. Los dedos de Draco se cerraron con mucha fuerza sobre el libro, y su ceño se frunció hasta que sus cejas formaron una línea que casi cubrió sus ojos. Se quedó ahí, inmóvil, con los ojos fijos en una palabra de la que llevaba minutos sin avanzar. Toda su atención, en realidad, estaba en la cocina.

Permaneció unos instantes más así y oyó cómo Hermione gemía por lo bajo, maldiciendo con tono lastimero.

¿Se habría hecho daño de verdad?

Y a mí qué me importa.

Él no estaba obligado ni mucho menos a cuidar de ella como si fuera una niña, o peor, como si fueran amigos. La única razón por la que había estado curándola y vigilándola los últimos días era porque se encontraban solos en una vivienda diminuta con un salón, una minúscula cocina, un baño enano y dos habitaciones, así que ignorar que allí había una persona gravemente herida se le había hecho demasiado complicado incluso a él. Estaban solos y juntos, daba igual cuánto le pesase, y maldita sea, tampoco era como si hubiera tenido muchas más cosas que hacer. Además, Granger siempre había estado pendiente de él cuando había llegado herido de las misiones, y eso había establecido cierta rutina de protección entre ellos, aunque nunca durase más de un par de días.

Pero ella había sido la que había dicho que la dejara en paz. Que no necesitaba su ayuda. Así que Draco no pensaba ayudar.

Que se jodiera. Ella solita se lo había buscado por culpa de su orgullo.

Le pareció escuchar un sollozo, y cerró los ojos con fuerza. Finge que no existe. Otro sollozo. Ignórala, joder. Es lo que ella quiere. No tienes la culpa.

Se escuchó el sonido de algo arrastrándose, como si Granger estuviera intentando levantarse. Y después, otro golpe sordo seguido de un nuevo gemido.

Joder.

Malfoy resopló, frotándose los ojos y echándose el pelo hacia atrás. Después se puso en pie dejando el libro en el sillón y entró en la cocina.

Granger estaba en el suelo, con las muletas caídas lejos de su alcance y una gran olla volcada a su lado. Había agua por todas partes, y Draco adivinó que ella se había caído al intentar trasportar la olla llena.

Cuando notó su presencia, Hermione alzó la mirada hacia él. Tenía los ojos húmedos, y Draco no supo si era por la caída o por su discusión de antes.

—Me duele —murmuró ella, protegiéndose la pantorrilla con ambas manos sin llegar a tocarla del todo. Draco resopló.

—Torpe… —masculló por lo bajo. Se acercó a ella, se inclinó y pasó un brazo por debajo de sus rodillas, mientras que con el otro la rodeó por la espalda. Hermione hundió el rostro en su pecho cuando él la levantó y la llevó a su cuarto. Se sentía tremendamente avergonzada: después de declarar que no deseaba que la ayudara nunca más, iba y se caía. Malfoy tenía razón: no podía ser más torpe y patética.

Draco empujó la puerta de la habitación de Hermione con el hombro, entró y depositó a la chica sobre la cama. Ella se mordisqueaba el labio inferior y evitaba mirarlo. Tenía las mejillas encendidas, y Draco no pudo evitar sentirse divertido ante la situación. Aquello había sido una especie de victoria para él; después de todo, había sido Hermione la que había tenido que tragarse su orgullo.

—Creo que vuelve a sangrar —murmuró ella. Draco dejó de mirar sus mejillas sonrojadas para bajar la vista a su pierna. Efectivamente, las vendas antes blancas que la envolvían y que cubrían la espantosa herida de la pantorrilla volvían a estar empapadas de un rojo intenso y peligroso. Malfoy suspiró.

—Iré a por la poción coagulante. No te vayas—añadió con sorna. Salió de la habitación de Granger y fue al salón, donde la Orden había almacenado una pequeña colección de pociones curativas básicas. Draco maldijo por lo bajo. Si tuviera los ingredientes, él mismo prepararía algún brebaje más potente que curase por completo la herida. Eso solucionaría todos sus jodidos problemas mucho más rápido de lo que lo estaban haciendo esas pocioncillas de primer año.

Regresó junto a Hermione con un pequeño vial y un rollo de vendas limpias en la mano. Ella se había tumbado, dejando que su mirada vagase por el techo. Estrujaba los bajos de su camiseta con los dedos y trataba de mantener la pierna en alto para no manchar de sangre el edredón; Draco se detuvo un instante en la puerta, observándola, antes de entrar y tenderle el vial.

Mientras ella se bebía la poción en silencio, aún evitando su mirada, Draco reparó en que había una razón más por la que la estaba ayudando: no le gustaba verla así, débil, frágil, incapaz de valerse por sí misma. Dependía por completo de esas muletas, de las pociones y también de él, y Draco sabía cuánto la hacía odiarse a sí misma el hecho de saberse tan vulnerable. A Malfoy no le gustaba eso. Prefería a la otra Hermione. La valiente y cabezota, la indestructible, la que siempre tenía una respuesta brillante zumbando en la punta de la lengua, la que nunca se quedaba en el suelo.

Cuanto antes recuperase a esa Hermione, antes desaparecería la sensación de aprensión que le hundía el pecho cada vez que la miraba, y que solo podía deberse a la incomodidad de saber que esa no era la Granger a la que estaba acostumbrado.

Con esa Hermione suave y delicada no sabía cómo actuar. Y semejante situación removía recuerdos del pasado que se había prometido no volver a dejar que emergieran a la superficie jamás.

—Gracias. Y… lamento haberte gritado antes —susurró ella en ese momento. Malfoy se removió y chasqueó la lengua antes de sentarse en la cama junto a la bruja.

—Deberías tener más cuidado. Después de desvelarme para que sobrevivas, si ahora te mueres por una caída en la cocina, habrás echado todo mi tiempo a perder.

Ella rio suavemente y le dedicó una sonrisa sincera. Draco pensó por un segundo que tal vez él también debería disculparse por su casi-insulto, pero en seguida rechazó la idea. No era un jodido Hufflepuff, y pensaba mantenerse en sus trece: él no había hecho ni dicho nada malo.

—Lo siento por ti —dijo Hermione en voz baja, como si temiera romper la fina burbuja de calma que los rodeaba. Había humor en sus palabras y también en sus ojos, ya secos. Por la cabeza de Draco pasó fugazmente la idea de que así se parecía más a la Hermione que él conocía. Y eso le gustaba—. Soy yo la que está herida pero estás sufriendo la misma agonía que yo.

Draco se encogió de hombros y esbozó una sonrisa sarcástica.

—Estoy intentando acumular todas las buenas acciones que pueda. Ya sabes, para asegurar mi culo y el de mi familia cuando todo esto acabe.

Hermione volvió a morderse brevemente el labio inferior y lo miró con un cierto aire culpable que hizo que Malfoy ensanchara su media sonrisa torcida. Finalmente decidió que no le quedaba nada más por hacer ahí, así que dejó las vendas limpias en la mesita de noche, se puso en pie y se dirigió a la salida.

—Malfoy —lo llamó ella justo cuando llegó a la puerta. Draco volvió la cabeza y la miró de lado, aguardando. Hermione encogió un poco las piernas y se abrazó a sus propias rodillas, vacilante. Después sacudió la cabeza—. Nada, no es nada.

Por un instante pareció que él iba a decirle algo.

Al final, sin embargo, Draco también cambió de idea, y dando media vuelta se fue de la habitación.

Y el silencio llenó la pequeña casita.


N/A. Sí, lo sé, Hermione y Draco parecen no odiarse tanto como cabría esperar. ¿Por qué será? Algo pasa... Iré dejando pistas poco a poco ;) ¡Solo quedan cuatro capítulos! Nos vemos pronto.

Un fuerte abrazo,

Meri