NdA: Esta historia tiene como clara inspiración el capítulo de TOS, La ciudad al borde de la eternidad, pero también hay algo de ST:IV. A pesar de eso, el fic sigue derroteros muy distintos, no es realmente la versión AOS de ninguna de esas historias.

Es mi primer fic oficial de Star Trek y mi primer Spirk, ¡me encanta estrenarme en un fandom! Espero que disfrutéis leyéndolo.

Capítulo 1

Los malgasianos lo llamaban el Benik Man, el Alumbrapasados. Estaba situado en el interior de la cueva y el Alto Sacerdote les explicó que los estudiosos de la historia de su planeta lo usaban regularmente para sus investigaciones.

-Fascinante…

-¿Sí, señor Spock?

-Parece ser una fractura espacio-temporal estable–dijo, con la vista fija en su tricorder-. Sin embargo, si entiendo correctamente su funcionamiento, no abre una puerta sólo al pasado de su planeta, sino al planeta de cualquiera que se encuentre frente a ella.

-¿Quiere eso decir que si la utilizara yo podría ir a cualquier momento del pasado de la Tierra?

-Eso creo.

Jim, curioso, se acercó un poco, preguntándose a dónde y cuándo le gustaría ir, si pudiera. ¿El antiguo Oeste? ¿El Imperio Romano?

-Una de las razones por las que resulta tan útil –explicó el malgasiano, meciendo la cabeza como tenían por costumbre- es que por su propia naturaleza, el viajero no tiene nunca la posibilidad de alterar la Historia.

De repente, el suelo tembló violentamente. Jim oyó un crack sobre su cabeza y supo que una roca del techo iba a abrirle el cráneo. Lo que sintió fue el empujón de Spock (¡Jim!) y algo que le absorbía.

Por supuesto.


Llegaron a Nueva York, en Central Park, a principios o mediados del siglo XXI. Jim supuso que había estado pensando que aquella fue la última época de la Tierra en la que todavía se podía llevar una vida más… natural, quizás, sin renunciar por completo a la tecnología. Un tiempo en el que los libros de papel coexistían con los electrónicos, llovía cuando quería y una persona todavía podía perderse en las montañas. Luego habría guerra y por fin, en el 2063, Cochrane inventaría el motor de curvatura y los vulcanos se presentarían en la Tierra para el Primer Contacto y el mundo nunca volvería a ser igual.

-Bien –dijo, manteniendo la calma-, por lo que ha dicho el Alto Sacerdote, tiene que haber una manera de volver.

Spock, tricorder en mano, tardó unos segundos, demasiados segundos, en contestar.

-Podemos regresar, pero… el portal está cerrado ahora. Según mis cálculos, estamos a veintiocho de agosto del 2015 y el portal no se volverá a abrir hasta el ocho de marzo del año que viene, a partir de las veinte horas, catorce minutos.

Jim lo miró con el ceño fruncido.

-¿Está seguro, señor Spock? Debe de haber algo que podamos hacer.

-Negativo, capitán –dijo y al menos permitió que en su rostro se reflejara un poco la preocupación que también debía sentir-. Creo que el último malgasiano en utilizar el Benik Man pasó esa cantidad de tiempo en el pasado y todavía estaba con esa programación, por así decirlo, cuando lo hemos utilizado nosotros. No sabría cómo abrir el portal incluso si contáramos con la tecnología de nuestro tiempo. Me temo que estamos atrapados aquí hasta que vuelva a abrirse.

Vale, quizás sí fuera ya el momento de perder un poco la calma.

-Joder. –Spock respondió alzando una ceja. Jim respiró hondo y se frotó la cara-. De acuerdo. Necesitamos dinero, es vital en esta época y, sobre todo, necesitamos esconder esas orejas. –Se quitó su camisa dorada de capitán y se la pasó a Spock-. Póngasela en la cabeza como si fuera una cofia o algo así.

Spock obedeció prontamente. Quedaba como si le faltara un tornillo en la cabeza, pero al menos así podía pasar por humano. El problema del dinero, sin embargo, sería mucho más difícil de resolver. Con tiempo quizás podría encontrar un trabajo, pero ¿cómo sobrevivirían hasta entonces?

Los dos echaron a andar. Quedarse ocultos en aquel rincón de Central Park no resolvería nada.

-Capitán, debo decir que estoy impresionado con su capacidad para prever futuros escenarios.

-¿Por la camiseta? –preguntó, algo confundido.

-No. ¿No recuerda lo que me dijo cuando terminó de leer "22/11/63" de Stephen King?

-Refrésqueme la memoria, señor Spock.

-Usted y el teniente Sulu estaban hablando del libro. Al parecer, uno o varios de los personajes que viajaban al pasado en la novela utilizaban un almanaque deportivo para apostar sobre seguro y conseguir dinero. Usted se giró hacia mí y me dijo "Señor Spock, debería memorizar uno de esos almanaques, nunca se sabe lo que puede pasar".

-Oh, Dios mío, Spock, ¡aquello fue una broma! No pretendía en serio que memorizaras… -Se frenó en seco y miró a Spock de hito en hito, lleno de incredulidad-. Espera, ¿estás diciendo que lo memorizaste?

-Afirmativo.

Jim se echó a reír con absoluto alivio; podría haber dado saltos de alegría, haberlo abrazado.

-¡Oh, Dios mío, Spock! ¡Oh, Dios mío! ¡Podría besarte aquí mismo!

Spock frunció el ceño y encendió rápidamente el tricorder.

-Si está experimentando ese impulso es probable que aquí haya esporas que…

Jim puso los ojos en blanco y apartó el aparato de su cara.

-Spock… Spock, no, es una manera de hablar. –Luego suspiró y se concentró en lo importante. Puede que su primer oficial no se manejara del todo bien con ciertas expresiones humanas, pero ¡qué más daba? Acababa de solucionarles un problema bien gordo-. No voy a besarte. Pero me alegro mucho de que te tomaras en serio aquel comentario, eso te lo puedo asegurar. Nos acabas de salvar la vida.


La primera noche fue realmente la más dura. Sin un centavo en el bolsillo no les quedó más remedio que vagar por la Quinta Avenida esperando a que se hicieran las diez de la mañana y abrieran la Biblioteca Pública de Nueva York. Todo les recordaba que no estaban en casa: el ruido, los olores, los mendigos a los que nadie prestaba atención, como si no fueran personas. Hasta los retazos de conversación que escuchaban, con aquel inglés repleto de expresiones anticuadas e insultos.

Para cuando se hicieron las diez, Jim estaba cansado y, sobre todo, muerto de hambre. Por suerte, no tardaron mucho en hacer lo que querían. La informática de aquella época era un juego de niños para ellos, pero había avanzado lo suficiente como para permitirles crear una identidad en el ciberespacio y una cuenta bancaria virtual desde la que apostar y Spock y él no tuvieron ningún problema en conseguir ninguna de las dos cosas. La primera apuesta la hicieron desde allí mismo; el resto vino rodado. Pero a pesar de que el plan estaba saliendo según lo previsto, Spock y él empezaron a notar un extraño fenómeno. De vez en cuando, cuando iban a hacer alguna apuesta o a ver algún apartamento, (incluso una noche, antes de decidir dónde cenar), a los dos les invadía una extraña y poderosa repulsión que les impedía llevar a cabo lo que querían hacer. Al principio no lo entendían, incluso pensaron que estaban siendo atacados por alguna especie telepática de incógnito en la Tierra, pero Spock no tardó en sugerir una respuesta.

-El Alto Sacerdote nos dijo que era imposible cambiar el pasado –dijo en el hotel en el que se estaban alojando temporalmente-. Creo que cada vez que hemos sentido esa sensación de rechazo ha sido porque íbamos a hacer inadvertidamente algo que habría cambiado el futuro.

-¿Un mecanismo de control?

-Afirmativo. Aunque es inevitable que nuestra simple presencia aquí está provocando algunos cambios menores, deben de ser cambios sin consecuencias a largo plazo. No se nos permitirá hacer nada que pueda alterar significativamente el curso de la Historia.

Jim meditó sobre aquello. A él le encajaba.

-Tiene sentido, si los malgasianos lo usan de manera habitual para estudiar el pasado. De lo contrario, estarían cambiando la Historia constantemente.

-En efecto.

-Entonces, simplemente debemos seguir como hasta ahora y no luchar contra esa sensación cuando aparezca. –Spock asintió-. Bien, veamos si el portal nos deja concertar una cita para ver este piso. Creo que podría ser justo lo que queremos.


Un par de semanas más tarde estaban instalados en un apartamento amueblado de Brooklyn de dos habitaciones y disponían de suficiente dinero como para vivir sin preocupaciones y sin llamar la atención.

Aunque los neoyorkinos de la época no valoraban mucho los lazos vecinales, Spock y él pronto empezaron a conocer a los otros inquilinos del edificio, al menos de vista. La pareja que siempre andaba discutiendo sobre quién se había comido el último paquete de galletas o el último donut, la pareja con niños gemelos, la pelirroja del móvil, el chico del turbante y el pastor alemán, el hombre pequeñito con el rostro como cuero curtido que siempre les pedía periódicos viejos, la drag-queen que vivía con su madre, la anciana filipina que santiguaba cada vez que se cruzaba con Spock, aunque en público, el vulcano siempre iba con un gorro de lana que ocultaba sus orejas y parte de sus cejas… Resultaba todo muy provinciano, en comparación con el Nueva York de su tiempo.

A Jim le caía bien Lady Dandelion, la drag-queen, (llámame Dandy, ojitos azules), que era sociable y divertida y siempre tonteaba con ellos, incluso con Spock, que la tenía fascinada, especialmente desde que le había soltado un "lady Dandelion, sea lógica, por favor; es físicamente imposible que yo esté hecho de azúcar". Pero su favorita era la señora Palmer, Rose, que vivía enfrente de ellos y el primer día les dio la bienvenida con un plato de galletas caseras y un acento sureño que a Jim le recordó terriblemente a Bones. Más de una mañana, cuando Jim salía a correr, la veía dándole un café y algo de comer a un mendigo del barrio antes de irse a trabajar. Los dos la ayudaban con la compra cuando iba cargada y ella les contó un día en el ascensor que era maestra de matemáticas en un instituto de enseñanza media.

-Una asignatura fascinante –comentó Spock.

-Llevo casi treinta y cinco años intentando convencerlos de eso –bromeó ella.

Pero Spock, por supuesto, no pilló la broma.

-¿Quiere decir que sus alumnos no encuentran las matemáticas interesantes? Qué inusual.

-¿Inusual? –dijo ella, riendo con incredulidad.

-Spock estudió en un colegio especial –explicó Jim a toda prisa-. Allí estaban todos locos por las matemáticas. Pero Spock, ya te lo he dicho: las mates tienen fama de duras para mucha gente.

Por suerte, Spock captó la indirecta y no señaló que Jim nunca le había dicho tal cosa.

-Es verdad, muchos les tienen miedo –dijo Rose-. Pero me enorgullezco de haber conseguido que muchos aprendieran a apreciarlas. ¿Qué hay de ti, Jim? Spock tiene cara de haber sido un alumno ejemplar, pero me parece que tú dabas bastantes dolores de cabeza en aquella época.

Jim se echó a reír.

-Bueno, no puedo decir que se equivoque. Era un poco rebelde. Pero sí me gustaban las matemáticas. Se me daban bien.

Pronto llegaron a una rutina agradable para los tres. Ellos la ayudaban con la compra, le arreglaron el ordenador cuando se le estropeó, le ajustaron el cierre de una ventana. Ella les prestaba libros, les ofrecía de vez en cuando una fuente de lasaña vegetariana, reñía a Jim por salir a la calle sin paraguas un día de lluvia. Y de tanto en tanto, simplemente charlaban un poco. Spock y él evitaban los temas personales para no tener que mentirle, pero Rose era una mujer inteligente y bien informada y oyéndola hablar de política y movimientos sociales y otros temas parecidos aprendían mucho sobre una época tan contradictoria que los historiadores del siglo XXIII no parecían entenderla del todo. Y aunque ella sin duda notaba que rehuían hablar de ellos mismos y que había algo indefiniblemente raro en Spock, pareció aceptarlo con naturalidad y sin preguntas.


El otoño se afianzó en las calles de Nueva York, trayendo lluvia y promesas de Halloween, una fiesta que estaba en el top ten de cosas más ilógicas de la Tierra según Spock porque a) los espíritus no existían b)los disfraces de extraterrestres eran bastante ofensivos e invariablemente incorrectos y c)inducía a los niños a atiborrarse de dulces. Jim escuchó educadamente sus protestas y luego compró algunos adornos y una bolsa grande de golosinas para los niños.

-Mírelo de esta manera, señor Spock –le dijo Jim cuando se hizo tarde y los niños dejaron de llegar con sus disfraces-. Con toda la experiencia que estamos ganando podemos escribir nuestro propio libro cuando volvamos. Convertirnos en respetables historiadores. Cuando los Starbucks dominaban la Tierra. ¿Qué le parece?

Spock levantó una ceja.

-Sugeriría dejarle el título a un profesional. Pero admito que estamos descubriendo intrigante información sobre la época. Los libros no alcanzan a describir la obsesión por la vida privada de personas que nunca han hecho nada de especial admiración ni utilidad, el materialismo brutal, los efectos de la crisis de valores. No es de extrañar que la Tierra se aproxime a unas décadas tan terribles.

-Vaya –dijo Jim, un poco chafado-. Eso es bastante deprimente.

-No pretendía causar esa reacción. Quizás se anime de nuevo recordando que todo acaba bien. La Tierra de nuestra época no tiene mucho parecido con éste.

No, afortunadamente no. Había algunas cosas que echaría de menos cuando volvieran, especialmente en el terreno alimenticio, pero prefería su Tierra, su mundo, más grande y más brillante y mucho más justo. Quería volver a estar en el puente de su nave, cruzando el universo, descubriendo nuevos planetas y civilizaciones.

Y si él se sentía allí a veces como un pez fuera del agua, ¿cómo debía sentirse Spock? El único alienígena sobre la Tierra. Se estaba dejando el pelo largo para tapar en lo posible sus cejas y sus orejas y no depender sólo del gorro de lana. Como Jim, solía llevar vaqueros, sudaderas, zapatos recios de cordones. Nunca había parecido más humano y sin embargo, todavía había algo en él esencialmente diferente que lo separaba de los demás. Uno de los primeros días en Nueva York Jim le preguntó si podía disimular un poco y dejar traslucir más sus emociones, pero Spock le dijo que si aflojaba el control se arriesgaba a perderlo por completo; en ese momento estaba mirando fijamente a un tipo que hablaba a gritos por su teléfono mientras se comía un burrito chorreante de salsa y Jim supo leer entre líneas.

-Ya sé que hemos estado en situaciones peores, pero imagino que esto no debe ser fácil para ti –dijo, dejando atrás la etiqueta militar.

-Por favor, capitán, no se preocupe por mí.

-Jim. Estoy preguntando como amigo.

-No me gustaría vivir aquí para siempre –contestó entonces-, pero son sólo unos meses. Y hay cosas tolerables.

Jim sonrió.

-¿Netflix?

Spock le devolvió la sonrisa a su estilo, pero luego intentó hacerse el superior.

-Un entretenimiento menor.

Aquello no se lo creía nadie y los dos lo sabían. Ya habían visto un montón de documentales y películas, especialmente históricas, y, tratando de adquirir algo de cultura popular, capítulos sueltos de varias series e incluso alguna entera, de cabo a rabo, como Expediente X. Nunca la olvidaría porque fue cuando Spock soltó de pronto, en realidad sin venir a cuento, la frase "los vulcanos que monitorizaban la Tierra por esta época estaban muy confundidos ante la suposición humana de que un Primer Contacto implicaría la inserción de objetos por vía anal". Jim acabó literalmente rodando por el suelo de risa, las lágrimas cayéndole por las mejillas. Vulcanos… Con razón se habían convertido en su raza alienígena favorita.


Además de ver productos audiovisuales de la época, a los dos les gustaban los museos, incluso con sus colecciones limitadas únicamente a lo que la Tierra podía ofrecer. Ya habían ido al Intrepid Sea, Air & Space Museum para visitar el portaaviones y los helicópteros de combate y le habían dedicado varios días al Museo de Historia Natural; ahora le había tocado el turno al Metropolitan. Spock apreciaba la pintura más que él; Jim prefería las antigüedades, las armas antiguas, los objetos artesanales de culturas que despertaban su imaginación.

-Cosas que se pueden utilizar –le explicó a Spock una noche, volviendo a casa-. No es que no pueda admirar una obra de Monet o Rembrandt, pero me canso antes de ver cuadros que de ver otras cosas.

-Tiene sentido. Eres una persona muy táctil y por lo tanto te sientes más atraído hacia los objetos que se pueden tocar que hacia los objetos que sólo están hechos para ser mirados.

Sólo para tomarle un poco el pelo, le dio un apretón amistoso en el hombro.

-¿Sí? ¿Dirías que soy una persona táctil?

Los vulcanos consideraban que poner los ojos en blanco estaba muy por debajo de su dignidad, pero Spock hacía un gesto con la cabeza que venía a significar lo mismo.

-Esas han sido exactamente mis palabras.

Jim escuchó un ruido proveniente del callejón por el que estaban pasando, pero antes de que pudiera identificarlo y reaccionar se encontró con una pistola en la cara. Todo su cuerpo se tensó de golpe.

-Quietos ahí los dos –El tipo era corpulento, de cara amarillenta y dientes ennegrecidos. Seguro de sí mismo, mano firme. Sin dejar de apuntarle con el arma se giró hacia Spock-. Tú, dame los móviles y todo lo que tengáis en los bolsillos si no quieres que le vuele la cabeza.

-¿Es esto un robo, señor? –preguntó Spock, sin inmutarse.

El momento de desconcierto del ladrón fue todo lo que Jim estaba esperando. Con un golpe seco apartó el arma de su cara, que fue a caer un par de metros más lejos. El ladrón soltó una exclamación y se lanzó a por la pistola. Spock, rápido, lo agarró de una pierna a medio saltó y estiró de él con todas sus fuerzas: el tipo salió volando por los aires como si pesara cincuenta kilos en vez de tres veces más y aterrizó a unos veinte metros de distancia con ruido de huesos rotos.

-Auch –exclamó Jim, encogiéndose por simpatía.

Al momento, Spock estaba en su cara.

-¿Estás bien, Jim?

-Sí, sí.

Un hombre los llamó desde una de las ventanas de los pisos cercanos.

-¡Eh! ¡Eh, lo he visto todo! ¿Cómo has hecho eso, amigo?

Jim no se detuvo a investigar de dónde venía exactamente la voz ni quién les llamaba. Inquieto, agarró a Spock del brazo y le dio un pequeño empujón para ponerlo en marcha.

-Vámonos de aquí, rápido.

Spock obedeció sin rechistar y echaron a caminar a paso ligero, alejándose de aquella calle.

-¡Eh! ¡Eh, esperad!

Pero Jim no tenía intención de detenerse y cuando giraron la esquina le hizo una señal a Spock para que aumentara aún más el ritmo; no sabía si ese otro tipo estaba tan intrigado por lo que había visto como para seguirlos e incluso averiguar dónde vivían. Al llegar a la siguiente esquina, miró atrás. Nada, de momento. Jim decidió asegurarse y dar un rodeo antes de ir al apartamento.

-Mis disculpas, capitán, debería haber usado menos fuerza.

-Jim. Y no te preocupes, esas cosas no siempre se pueden controlar.

-¿Crees que lo que ha visto le ha hecho sospechar de mi verdadera naturaleza?

-No lo sé, Spock. Sería mucha mala suerte que pensara que eres… ya sabes qué sólo porque te ha visto lanzar a ese tipo por los aires como si nada. Por la misma regla de tres podría pensar que eres un robot o un superhéroe o un ángel del Cielo, qué sé yo. –Frunció un poco el ceño-. Espero que simplemente se haya quedado impresionado con tu demostración de fuerza y no le dé más vueltas, pero no voy a arriesgarme.

-Entendido.

Jim miró a Spock, tratando de verlo como lo vería alguien que no lo conociera de nada. Su aspecto no era llamativo; un montón de hombres jóvenes llevaban gorros de lana como el suyo, especialmente con la llegada del mal tiempo, y su chaqueta, azul y con capucha, no tenía nada de especial. Después de un momento, decidió que pese a todo era mejor que no dejaran nada al azar: aquel tipo vivía demasiado cerca.

-Espero que no estés demasiado encariñado con esa chaqueta: es mejor que no vuelvas a salir a la calle con ella.

Spock abrió un poco los ojos, como perturbado por su comentario.

-No tengo por costumbre formar vínculos emocionales con prendas de ropa.

Jim intentó no sonreír e hizo un gesto conciliador con la mano.

-No pretendía ofenderte.

-No lo has hecho. Me desharé de la chaqueta cuando lleguemos a casa.

-Probablemente esté exagerando, pero prefiero tomar todas las precauciones posibles. No me gustaría cruzármelo mañana por la calle, que nos reconociera y que empezara a hacer preguntas.

A pesar de sus recelos, después de diez minutos sin señales de aquel tipo, Jim empezó a tranquilizarse y le dijo a Spock que ya podían dirigirse a su apartamento. Aun así, la lección era clara: no debían olvidar nunca que no estaban en casa.


Los días fueron pasando poco a poco y sin más incidentes. Spock se compró un chaquetón nuevo. No volvieron a saber nada del ladrón ni del tipo que lo había visto todo. En Acción de Gracias cocinaron algo un poco más esmerado de lo normal y Rose les completó el menú con un pastel de calabaza que Spock y él se comieron mano a mano como dos campeones; después se tiraron juntos en el sofá, básicamente incapaz de moverse, y vieron un par de películas en el ordenador que Jim siguió solo a medias porque estaba medio dormido.

En diciembre empeoró el tiempo. Nevaba, a veces las ráfagas de viento eran como empujones. Spock se quedaba mirando a menudo cómo caían los copos al otro lado de la ventana. Nunca había visto nevar en la Tierra, le dijo. Una noche hubo una tormenta terrible, con tanta lluvia que ni siquiera dejaba ver los edificios de enfrente, y se fue la luz. En el apartamento había un par de linternas, pero poco a poco el calor de la calefacción fue desapareciendo; los dos acabaron envueltos en mantas, hombro con hombro, hablando de los beneficios de la civilización y de lo mucho que echaban de menos la Enterprise.

Jim nunca había llevado bien la falta de propósito de aquellos meses, pero esos días, quizás por influencia del mal tiempo, empezó a sentirse más inquieto de lo normal. Era como si quisiera hacer algo, pero no supiera el qué. Cuando se sentaba, no podía quedarse quieto: movía las rodillas, tamborileaba los dedos. Intentó quitarse esa ansiedad de encima corriendo, visitando más museos, incluso incordiando al pobre Spock, que lo toleró con paciencia. Nada funcionaba del todo.

Pero un día, en el ascensor, se encontró con una chica preciosa que no había visto antes. Alta, sedoso cabello negro, ojos oscuros y expresivos. Enseguida lo comprendió.

-Hey –dijo al momento, sonriéndole-, ¿te has mudado al edificio?

Ella sonrió también; Jim tuvo la impresión de que le gustaba lo que veía.

-No, sólo de visita. Mis tíos viven aquí.

-Hummm, déjame adivinar… -Pensó en todos los vecinos que conocía-. ¿Él lleva bigote y ella suele ir a yoga todos los días?

Ella se echó a reír.

-¡Sí! ¿Cómo lo has sabido?

-Te pareces a ella. –Le tendió la mano-. James Kirk.

-Esther Coleman –dijo, estrechándosela.

Jim la acompañó hasta su planta y se quedaron hablando un poco junto a la puerta del ascensor. Esther le contó que vivía en Minneápolis, que estaba pasando unos días en Nueva York por trabajo y se alojaba en un hotel de Manhattan.

-¿Crees que podrías encontrar tiempo para cenar conmigo esta noche o mañana? –le preguntó Jim, esperando no haber malinterpretado las sonrisas de ella, el brillo de sus ojos.

Esther lo miró con interés: los dos sabían de lo que estaban hablando.

-Esta noche me vendría bien.


Fue fácil y sin complicaciones y Jim dejó el hotel un par de horas más tarde sintiéndose satisfecho y tranquilo. Pero a medida que se fue a acercando a casa, esa satisfacción pareció perder fuerza. Y aunque no supo por qué, aquella noche le costó un poco mirar a Spock a la cara.


Jim decidió que la mejor solución a su nerviosismo, claramente debido a sus deseos por volver a su tiempo, era seguir buscando distracciones hasta que pudieran cruzar el portal. Dejarse llevar por los preparativos navideños era una buena opción; al fin y al cabo, no podía esperar que fuera Spock quien aportara el espíritu de las fiestas. Ya era suficiente con que le siguiera la corriente y aceptara celebrarlas con él.

Una tarde, cuando regresaban de comprar adornos, vieron a Rose en la puerta de su casa, discutiendo con un hombre de quizás cuarenta, cuarenta y cinco años.

-Oh, por favor, te pido que no insistas más…

-¡Insisto porque no estás siendo razonable!

A Jim no le gustó el tono y se desvió hacia ellos casi sin pensarlo, seguido de Spock.

-Rose, ¿todo bien?

El hombre se giró hacia él con el ceño fruncido, pero ella se limitó a menear la cabeza con exasperación.

-Jim… Este es mi hijo, Andrew. Andrew Palmer.

-Encantado –dijo Jim, algo más tranquilo; sabía por experiencia que las conversaciones entre madres e hijos podían ponerse acaloradas sin que significara nada. Ahora lo reconocía por las fotos. Rose les había hablado de él: era abogado, estaba casado, tenía dos niños pequeños. Pero Palmer estaba lleno de una suspicacia que su madre nunca les había mostrado.

-Ah, los nuevos vecinos, ¿eh?

-James Kirk. Este es Spock.

-Sí, mi madre me ha hablado bastante de ustedes. Aunque no ha sabido decirme a qué se dedican ni qué hacían antes de aparecer por aquí. Parece ser que son bastante misteriosos, ¿no?

-Andrew, por favor –exclamó ella, mortificada-. Jim, no hace falta que contestes.

-¿Por qué no han de contestar? –insistió su hijo-. Dígame, señor Kirk, ¿tiene razón mi madre? ¿Estaban ustedes en el ejército?

¿Cómo podía una mujer tan encantadora como Rose tener un hijo tan idiota? Jim mantuvo su sonrisa más inofensiva, más diplomática.

-Sólo somos dos amigos que quieren vivir en Nueva York una temporada.

-Eso espero. Conozco a mi madre y sé que a veces es demasiado buena. No dejaré que se aprovechen de ella.

Vale, era imbécil, pero al menos quería proteger a su madre. Jim se preparó para decir algo conciliador y asegurarle que no pretendían aprovecharse de ella en lo más mínimo pero Rose se le adelantó, sacando el carácter con el que debía mantener la calma en sus clases.

-Andrew Richard Palmer, estás empezando a pasarte de la raya. Jim y Spock son unos vecinos encantadores y no tienen por qué aguantar esto. Por favor, vete. Nos veremos este domingo en tu casa. Diles a los niños que llevaré tarta de melocotón.

Palmer apretó los labios, claramente en desacuerdo con aquella despedida, pero besó a su madre en la mejilla y tras dirigirles a ellos una última mirada de mal humor, (sí, como si eso pudiera intimidarle a él o a Spock) se marchó hacia el ascensor. Rose volvió a menear la cabeza y empezó a disculparse.

-No es necesario –le aseguró Jim-. Sólo se preocupa por usted.

-Es demasiado desconfiado… Pero bueno, no quiero molestaros con mis problemas.

-No es molestia –dijo, intercambiando una mirada con Spock-. ¿No acaba de decir que somos unos vecinos encantadores?

Ella se rió y los invitó a pasar. En la mesa del comedor todavía se veían las dos tazas de café. Rose dejó la de su hijo en el fregadero, se rellenó la suya y preparó otra para Jim y una infusión para Spock.

-Andrew odia que viva aquí y quiere que me mude con él, su mujer y los niños. Viven en una casa enorme de diez habitaciones y piscina. –Miró a su alrededor-. Pero me mudé aquí cuando me casé con Peter, mi marido, sólo con diecinueve años. Ha sido mi casa prácticamente toda mi vida y está llena de recuerdos.

-Es difícil perder todo lo que te trae recuerdos –dijo Spock, la voz queda. Jim lo miró con el corazón encogido; aún sentía ramalazos de pena cuando pensaba en Vulcano y en todo lo que se perdió aquel día.

-Sí, no quiero dejarlos atrás. –Suspiró-. Creo que también se siente un poco avergonzado de que viva aquí y siga trabajando de maestra. Piensa que debería dedicarme a beber cócteles y jugar al bridge, como las madres de sus colegas.

-Me parece que eso la aburriría bastante –bromeó Jim.

-Seguramente. En fin, olvidad lo que ha dicho, ¿de acuerdo? Y por favor, no penséis que chismorreo sobre vosotros. Tengo la sensación de que podríais haber estado en el ejército y como Andrew respeta mucho a los soldados, pensé que si se lo decía sería menos desconfiado.

Lo mejor era dejar el tema, pero a Jim le ganó la curiosidad.

-¿Por qué cree que hemos estado en el ejército?

-Bueno, hay algo a veces en el modo que tenéis de moveros… Y Spock parece tratarte como si fueras su oficial superior.

Spock no reaccionó apenas, pero Jim le envió una mirada de diversión, esperando que no lo considerara un fallo personal.

-Bueno, no se ha alejado demasiado. –Luego suspiró-. Rose, no quiero tener que mentirle, pero hay cosas en nuestras vidas que son confidenciales. Sencillamente no podemos hablar de ellas.

-Oh, claro… Lo entiendo. –Pareció tomarse sus palabras muy en serio y Jim comprendió que había debido creer que Spock y él pertenecían o habían pertenecido a alguna organización secreta del gobierno o algo así. No la corrigió: no era una mala tapadera.


Un par de días después Spock amaneció más callado de lo normal, toda su atención capturada por lo que fuera que estaba pasando en su mente. Estoy considerando una teoría, dijo, y Jim lo dejó estar, consciente de que a bordo de la Enterprise Spock rara vez podía permitirse el lujo de entregarse por completo a esos arrebatos de inspiración. A la mañana siguiente, una pizarra enorme tomó posesión del comedor y Spock pasó cinco días casi sin comer, casi sin dormir ni meditar, escribiendo y calculando, borrando y volviendo a escribir. Jim oscilaba entre el aburrimiento, ahora que Spock no le hacía ningún caso, y la curiosidad. Sabía lo suficiente de astrofísica como para comprender que Spock estaba calculando órbitas planetarias, trayectorias interestelares. Por fin, una tarde, Spock terminó el último cálculo, repasó una última vez y se giró hacia él, impasible a excepción de sus ojos, que brillaban de pura intensidad.

-Creo que puede hacerse, Jim.

-¿El qué?

-Avisar a Vulcano para que detengan a Nero.

Continuará