Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Agradecimientos especiales a MeriAnne Black por betearme el capítulo.


CÁRCEL DE ÓPALO

XVIII. Respuesta negativa

—Mmm, muy bien. Me gusta la decoración —decidió Alexander, ojeando la carpeta que Hermione le había llevado con recortes de revistas y apuntes a mano, y a ella se le escapó una sonrisilla orgullosa—. ¿Te costó mucho decidirte?

—En realidad, no. Tenía una idea bastante clara de lo que quería, y los chicos tienen buen gusto eligiendo. —«Algunos», añadió mentalmente, pensando en los horrores que le había enseñado Marcus.

—Sí, ya me comunicaron que los habías solicitado para ayudarte —comentó él—. Me alegro que te guste la idea de la librería.

—Me encanta —confesó ella, deliberadamente evitando pensar en que su sueño lo estaba cumpliendo el mismo hombre que la tenía retenida bajo tierra Merlín sabe dónde, sola y sin magia—. ¿Cuándo se abrirá?

—Bueno, hay que decorar aún el edificio y conseguir los libros a vender. Y aún tienes que firmar los papeles, ahora que lo pienso. ¿Has pensado ya el nombre?

—Sí, la librería se llamará 19 de septiembre.

A él se le escapó una sonrisa divertida. Lo cierto era que tenía una sonrisa que a Hermione le era vagamente familiar; estaba segura de haberla visto antes, en algún lugar o en alguna persona.

—No me refería a eso, pero me vale. ¿Sabes qué nombre falso vas a usar?

Ella asintió.

—Hélène Julie Ganly.

—Veo que mantienes tus mismas iniciales —respondió él con una sonrisa—. Pero me vale, es diferente al tuyo. Fírmame aquí —ordenó, extrayendo un papel en blanco de una carpeta.

—Pero ahí no hay nada —respondió ella con incertidumbre.

—Claro que no —contestó él con tono de obviedad—. Primero necesitas practicar tu nueva firma y estar cómoda con ella, y luego ya crearemos tus nuevos papeles y firmarás el contrato de la librería.

—Oh. —Hermione se quedó callada, consciente del sentido que tenía lo que él había dicho—. Claro.

—Firma —insistió él.

Ella obedeció, cogiendo el bolígrafo que él le tendía, y empezó a hacer garabatos sobre el papel hasta dar con uno que le gustó, y dedicándose a repetir ese hasta que le salió exactamente como ella quería.

—Ya tengo la firma —dijo en voz alta, dejando de escribir en el papel.

Alexander asintió, conforme.

—Me parece bien. Practícala y para la próxima vez que nos reunamos ya tendré los papeles de propiedad y tus propios documentos de identidad para que los firmes.

—De acuerdo. ¿Cuándo podré visitarla? —preguntó ella.

—¿La librería? ¿Visitar la librería, dices?

—Pues… sí —respondió ella.

—Nunca.

—¿Qué? —preguntó la bruja, con la ínfima esperanza de haber oído mal.

—Nunca —repitió él seriamente—. Lamento decírtelo porque sé que te haría ilusión, pero llevarte a verla implicaría, para empezar, sacarte al exterior. Eso, comprenderás, conllevaría un enorme dispostivo de seguridad, acomodamiento y transporte, y lo veo absolutamente innecesario. Así que lo siento, pero no.

—Pero… —empezó a protestar ella, frustrada y molesta.

—He dicho que no, Hermione, así que no me canses.

—¿Y si uso mi petición?

—Entonces malgastarás tu petición —le advirtió él con seriedad. Sus ojos, oscuros y profundos, amenazaban con consecuencias peores que una simple advertencia como no dejara de insistir.

Pero si en algo tenía práctica Hermione, era en salirse con la suya.

—¿Por favor? Me haría mucha ilusión —insistió.

—Por última vez, Hermione. Respuesta negativa.

«Ya veremos», refunfuñó ella mentalmente, fulminándolo con la mirada.

Alexander lo llevaba claro si pensaba que ella iba a abandonar el tema con facilidad.


Hermione no fue recibida precisamente con palabras de aliento cuando se plantó en el anfiteatro para entrenar por segunda vez.

De hecho, Cassius protestó en voz alta porque no quería que una flecha le atravesara el ojo en un descuido, y el mismo Gaius tampoco parecía muy contento de verla.

Hermione alzó las manos en señal de paz.

—No vengo a practicar con arco —anunció, y se planteó seriamente si sentirse un poco ofendida al ver la cara de alivio de todos—. Está claro que no es lo mío, así que he decidido aprender a usar la daga, al menos un poquito.

El alivio mostrado por los gladiadores se desvaneció y una terrible inquietud volvió a reflejarse en sus ojos.

«Joder, menudos ánimos», refunfuñó Hermione mentalmente. Tan mal no se le podía dar, ¡aún no había empezado siquiera!

—Así que bueno... —siguió, decidida a no dejarse desanimar sin haberlo intentado—. ¿Alguien me ayuda?

Los entrenadores se miraron entre ellos y al final Gaius suspiró con pesadumbre.

—Sí, venga conmigo —dijo, y Hermione lo siguió en dirección al almacén de armas. A sus espaldas, los gladiadores empezaron a correr tras oír el silbato.

Gaius salió del almacén cargando con una especie de baúl pequeño y lo abrió para que ella pudiera ver su contenido: una serie de dagas de todos los tipos. Había rectas y curvadas, más o menos enjoyadas, con distintos colores y materiales.

—Vaya cogiéndolas una a una y elija con la que más cómoda se sienta. Se tiene que adaptar a su mano y tiene que poder manejarla perfectamente, sin molestias de ningún sitio.

Hermione, después de probarlas todas, se quedó con la tercera que había probado: una daga corta, recta y elegante, con una empuñadura decorada con lo que ella sospechó que eran rubíes.

—Esta me gusta —decidió, cambiándola de mano para probarla y sonriendo.

—De acuerdo. —Gaius cerró el baúl y volvió a dejarlo dentro del almacén—. Empecemos, pues.

Un rato después, Hermione estaba despeinada y tenía en la mano derecha una marca profunda de donde agarraba la daga, pero había decidido que le gustaba esto de ir lanzando puñaladas.

—No se le da mal —comentó Gaius, que a medida que avanzaba la sesión iba teniendo cada vez mejor humor.

Por su parte, los gladiadores, al ver que no tiraba la daga al suelo ni le salía volando disparada en dirección a ellos, se habían relajado y de vez en cuando se iban tomando breves descansos para acercarse a verla y darle ánimos.

—Sabía que había algo que se te tenía que dar bien, Granger —comentó Cassius cuando todos dieron por terminado el entrenamiento y se dirigían hacia la salida, sudorosos y cansados (más ellos que ella)—. Tenía plena confianza en ti.

—Se ha notado perfectamente —respondió ella, jugueteando con su daga—. Menos mal que no me desanimo fácilmente.

—Eres un peligro con esa daga —comentó Draco, alejándose un poco de ella—. ¿Por qué no la has devuelto?

Hermione se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.

—Me ha gustado, así que me la he quedado. Ahora es mía.

—Qué mal veo yo mi futuro —refunfuñó Draco.

Ella rio, feliz.


—Granger, ¿cuántas cartas con mensajes secretos intercalados has escrito?

—Pues… Bueno, escribir ninguna, pero si cuenta crear un código secreto durante quinto año para comunicarme con Harry y Ron… —respondió ella, terminando la frase casi como una pregunta.

—Algo es algo. ¿Cuántas posibilidades hay de que ellos se acuerden del código?

—Pues diría que ninguna, porque nunca se lo enseñé.

Draco resopló, exasperado.

—Muy bien. Ahora explícame cómo vamos a escribir una carta intercalando el mensaje secreto si no hay posibilidad de que ellos lo entiendan —exigió, con tono mordaz—. Esto al revés no pasaría, en Slytherin usábamos un código secreto y todos lo conocíamos sin problemas.

Sentados en el sofá del cuarto de Hermione, ambos discutían en susurros –para que si por casualidad alguien que los estaba espiando, no los pudiera escuchar– con una bandeja de té y pastas en una esquina de la mesa y un montón de folios y bolígrafos en la otra.

—Bueno, no puede ser tan difícil —comentó Hermione, poniendo los ojos en blanco—. Los aurores tontos no son.

A Draco le entró un ataque de tos absolutamente fortuito que hizo que ella lo fulminara con la mirada.

—Cállate y piensa en cómo mandar un mensaje que, sin revelar nada por si lo interceptan, ellos lo vayan a entender —ordenó Hermione, cogiendo un folio y un bolígrafo. Se quedó mirando el folio en blanco unos segundos antes de darle un sorbo a su taza de té.

Draco puso los ojos en blanco, refunfuñando por lo bajo algo sobre que su cupo de cosas imposibles se había acabado hace años, pero cogió un folio, un bolígrafo y una pasta, que se terminó en dos mordiscos. Después, empezó a dar golpecitos con el bolígrafo en la mesa, mirando el folio con concentración y murmurando algo para sí.

—Malfoy —se quejó Hermione.

Él no le hizo ni caso, completamente concentrado.

—¡Malfoy! —insistió ella en voz más alta.

De nuevo, silencio.

—¡DRACO MALFOY! —Hermione cogió un cojín del sofá y le dio un golpe en la cabeza. Él se revolvió, se lo quitó y le devolvió no uno, sino dos golpes en la cabeza, tirando el cojín al suelo después.

—¡Granger! ¡No te contestaba no porque no te oyera, sino porque estaba concentrado! —le gritó mientras ella se quejaba por lo bajo, rehaciéndose el moño que él le había destrozado.

—¡No me gusta que me ignoren! —contestó ella con el mismo tono, encarándolo y sin dejarse intimidar en absoluto.

Ambos se quedaron mirándose peligrosamente cerca, cada uno indignado por un motivo y fulminando con la mirada al otro.

Oreo decidió que ese era un buen momento para saltar encima del hombro de Draco y lamerle la oreja, lo que provocó que el mago, sobresaltado, se estremeciera de golpe y se moviera, acabando casi encima de Hermione.

—¡Granger! —gruñó—. ¡Sácame a tu gato de encima!

—Sácatelo tú —contestó Hermione, empujando a Draco para que dejara de aplastarla e intentando contener la risa ante la cara de él.

Draco palpó su hombro hasta dar con el gatito. Lo agarró, lo levantó con una mano y se irguió, depositando al animal en el regazo de Hermione.

—Toma —refunfuñó.

Hermione, sonriendo, acarició al gatito, que decidió usar su regazo a modo de cama y se tumbó cómodamente, ronroneando.

—Muy bien, Oreo. Tú sigue así y entre los dos le daremos un ataque al corazón al rubio malvado que no quiere tus besitos —le arrulló entre caricias.

A su lado, Draco bufó.

—Claro, tú lo que quieres es que yo me muera para conseguir el patrimonio Malfoy —respondió con ironía.

—Bueno, de hecho la idea era que te murieras para poder estar tranquila, pero ahora que lo pienso el patrimonio Malfoy tampoco es despreciable, así que si me lo quieres dejar en herencia… —contestó ella sonriendo.

Él soltó una breve carcajada y sacudió la cabeza.

—Ay, Granger, Granger… Eres de lo que no hay. El patrimonio Malfoy, con ese anillo que llevas puesto, es actualmente propiedad tuya, no es necesario que lo ponga en mi herencia —explicó.

—Ah, ¿sí? —Hermione levantó la mano y miró el anillo con otros ojos. Además de ser una joya que debía de costar muchos millones, aparentemente también le daba acceso a otros muchos millones. Estuvo tentada de quitársela y meterla en una caja fuerte para que no sufriera ningún daño.

Draco asintió, pero no añadió nada más. En silencio, ambos se terminaron el té y las pastas, y Oreo se cansó de Hermione y se fue a tumbarse a su cestita.

—Bueno… —comentó Hermione, volviendo de nuevo a hablar en susurros—. ¿Se te ha ocurrido algo?

—Un acertijo que solo ellos puedan resolver.

—¿Un acertijo?

—Sí, con mensajes ocultos para que sepan que eres tú.

Hermione lo pensó detenidamente y terminó por encogerse de hombros.

—Podría funcionar —determinó—. ¿Alguna idea de cómo empezar?

Él negó con la cabeza.

—Escribe cosas por tu lado, yo escribo cosas por el mío, y luego ya veremos qué hacemos.

—De acuerdo.

Ambos empezaron a escribir, alternando entre pensar, dar golpecitos con el boli en la mesa para coger inspiración, mirar la hoja del otro y escribir propiamente dicho.

—¿Tiene que rimar el acertijo? —preguntó Hermione, mirando con indecisión su hoja.

—Granger, con meter pistas para que sepan que eres tú y meter el mensaje secreto de que lo tienen que investigar ya nos vale. No pidas demasiado o te quedarás con galeones cortos.

Hermione reprimió una sonrisa ante la facilidad con la que Draco dijo un refrán mágico que a él no le había pasado –ni le pasaría– en la vida. Estuvo a punto de comentar la ironía de la situación, pero decidió que era mejor concentrarse en su acertijo.

Ambos escribieron durante un buen rato, y fue Hermione la que rompió el silencio que se había extendido por la habitación al dejar el bolígrafo en la mesa con un sonoro golpe.

—Me rindo, el cerebro me va a explotar —anunció, y bajó la voz para añadir—. No se me ocurre nada más.

—Yo tampoco estoy muy inspirado —convino Draco—, pero te leo lo que tengo: «Este es un mensaje que no espera respuesta, dirigido a Cararrajada y Comadreja. No hay tiempo de explicaciones, así que vayamos al grano: vosotros sabéis quién soy, pero aún os falta adivinarlo. Echáis de menos mi presencia como si os faltara la magia, y, de hecho, magia es lo que me falta a mí estando aquí encerrada». Y ahí me he quedado.

—No está mal —comentó Hermione, casi con sorpresa—. Lo mío tampoco está muy inspirado: «Rápido, antes de que acabemos muertos, o peor, expulsados. Sabéis quién soy, así que no voy a decirlo. Me falta aire, tiempo, espacio y libertad, pero tengo una librería a la que podéis mandarme regalos el día de mi cumpleaños –a mí o a H. J. Ganly, somos la misma persona–».

—¿Ya está? —preguntó Draco, al ver que ella se había quedado callada.

Hermione asintió.

—Bueno, pues ahora vamos a mezclarlos a ver si sacamos algo que ese par de idiotas puedan entender. A ver, ¿cómo empezamos?

—Me gusta tu principio —dijo Hermione—. Y todo el mundo sabrá a quién va dirigido, y probablemente de quién viene también.

Draco, que estaba leyendo concentradamente el acertijo de Hermione, asintió una vez y luego señaló el principio del mensaje de ella.

—No entiendo esto.

—Ah, es una broma entre nosotros que entenderán seguro. —Hermione se sonrojó—. Esa frase se la grité en primero, cuando no paraban de meterse en líos, y les gusta recordármela.

Draco soltó una carcajada.

—Épica. No entiendo cómo no la compartieron con todo Hogwarts, Granger, hubiera tenido material para meterme contigo durante años.

Ella lo miró mal.

—Idiota. Ahora, concéntrate. Podemos coger tu principio y luego poner el mío, y lo entenderán enseguida.

—De acuerdo, pero hay que pensar muy bien qué ponemos luego, porque si pones el nombre falso será muy obvio el plan si interceptan el mensaje.

Ella hizo una mueca.

—Cierto.

Terminaron el acertijo entre discusiones y rimas estúpidas, y al final el mensaje que Hermione transcribió a una hoja en limpio era el siguiente:

«Este es un mensaje que no espera respuesta, dirigido a Cararrajada y Comadreja.

Necesitamos que os deis prisa, antes de que acabemos muertos –o peor, expulsados–. Sabéis quién soy, me echáis de menos y me estáis buscando, ¿o no?

Aquí va una pista: el día de mi cumpleaños es una librería, propiedad mía. ¿Me mandáis un regalo? Acepto la libertad y echo de menos la magia.

Tened mucho cuidado».

—Bueno, ya está —comentó ella, doblando el folio y metiéndolo en un sobre en el que convenientemente ya había escrito la dirección de Dean Thomas –el único de sus conocidos con dirección muggle–, que guardó en un libro que había sobre la mesita—. Ahora solo falta poder colarlo.

—Eso será más jodido —murmuró Draco con una mueca, recogiendo todos los papeles que habían usado, rompiéndolos en trocitos y metiéndolos en otro sobre que tiró, sin moverse del sofá, debajo de la cama—. ¿Sigue la pistola debajo de la cama, por cierto?

Hermione asintió.

—No limpian mucho el polvo, no —comentó con ironía. Draco sonrió.

De pronto, se oyeron unos golpes en la puerta.

—¿Señorita? —preguntó la voz de Luna desde el otro lado de la puerta, y Draco y Hermione se miraron con cara de terror—. ¿Señorita, se encuentra bien? Hace rato que no se les oye, ¿siguen aquí?

Ambos se miraron con cara de terror. ¿Qué excusa iban a ponerle por el silencio que había dentro del cuarto?

—¿Señorita?—insistió Luna.

Draco fue el primero en reaccionar: antes de que ella procesara siquiera qué estaba pasando, él se acercó mucho, le rodeó la cara con ambas manos y le estampó un beso en los labios.


No me matéis, por favor, juro que lo compensaré xDDD

Bueno, hoy no tengo tiempo para extenderme y dejaros una nota larguísima, así que la acorto porque me tengo que ir: ¿os ha gustado el capítulo?

¡Llevamos 197 reviews, 104 favs y 159 follows! Sois geniales, en serio.

¡Nos vemos el domingo que viene!

LadyChocolateLover