Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Meri beteó esto.


CÁRCEL DE ÓPALO

XXVII. Corre, huye, escóndete

Les costó menos recorrer el pasillo de vuelta de lo que a Hermione le había costado a la ida. O no. No estaba muy segura, el tiempo había ido muy despacio –Draco Malfoy le estaba dando la mano y notaba cada paso que daba, cada latido de su corazón, todo– pero a la vez muy deprisa –en cuanto se quiso dar cuenta, él ya la había soltado y ambos estaban atravesando la puerta para dar a un pasillo vacío, pero iluminado–.

Después de una rápida y breve ojeada al mapa para saber dónde se encontraban, ambos se encaminaron hacia donde estaban las celdas de los gladiadores, dando varios rodeos para esquivar las cámaras y caminando con cautela, como si solo por pisar el suelo un guardia fuera a aparecer de la nada y dispararles. Lo que, en cierto modo, era muy probable.

Por alguna extraña razón, el camino que recorrieron estaba desierto, y no se encontraron a ningún guardia.

—Esto está demasiado tranquilo, tiene mala pinta —masculló Draco cuando por fin llegaron a las celdas de los gladiadores. Hermione asintió y, por si acaso, cogió lo primero que vio para protegerse: una escoba.

En las celdas estaban Theo y Terence, que los miraron sorprendidos pero tuvieron el sentido común de no preguntar nada.

Hermione empezó a intentar forzar una de las cerraduras con su daga mientras Draco buscaba las llaves por ahí, pero un rápido ruido de pasos los alertó de que pronto iban a dejar de estar solos.

Ambos se miraron, preocupados, dejando lo que estaban haciendo y juntándose en el centro de la habitación.

—Corred —murmuró Terence por lo bajo justo en el momento en que un guardia de seguridad, joven y escuálido, apareció en la puerta y los apuntó con una pistola.

Durante unos breves instantes, nadie dijo nada. Hermione miraba al guardia con atención, Draco paseó la mirada por la habitación para ver si podía usar algo como arma pero pronto desistió, y el guardia los observaba a ambos con cara de superioridad.

De pronto, Theo empezó a hacer ruido con los pies, provocando que el guardia se girara a mirarlo. Hermione aprovechó esa ínfima distracción para tirarle la pistola de la mano usando su escoba, pistola que Draco cogió del suelo y usó para apuntar al guardia, que, aunque levantó las manos lentamente, empezó a gritar pidiendo auxilio.

—¡Cállate! —le espetó Draco, y disparó. El guardia cayó al suelo con una bala en la frente, y ambos echaron a correr en la dirección contraria de donde habían venido, desapareciendo en un pasillo oscuro y sin nada reconocible por lo que guiarse.

—Estamos jodidos —masculló Draco.

—No, no lo estamos —respondió Hermione entre jadeos—. Yo he estado por aquí —añadió, sorprendida.

Efectivamente, pronto apareció a la vista el montacargas que había usado la primera vez que descendió a las mazmorras, pero, en vez de dejarla entrar como ella planeaba hacer, Draco la agarró y la arrastró a una esquina apartada.

—¿Qué haces? —le siseó ella, molesta.

—¿Qué haces tú? —le espetó él de vuelta—. Ibas a meterte ahí sin siquiera pensar qué hacer después, Granger. Nos están persiguiendo, hay cámaras y vamos sin más armas que tu daga y la pistola del inútil ese. Necesitamos un plan.

Hermione asintió una vez. Por mucho que le fastidiara, él tenía razón; necesitaban un plan, y uno muy bueno.

—De acuerdo —concedió, sacando el mapa del bolsillo y desdoblándolo—. ¿Dónde nos podemos esconder?

Ambos investigaron el mapa cuidadosamente, buscando algún recoveco donde esconderse que fuera accesible desde su situación actual, y Hermione, de pronto, se fijó en el pasillo que había encima de las habitaciones. Había una trampilla cercana a donde ellos estaban, tal vez podrían entrar por ahí…

—Tengo una idea —le murmuró a Draco—. Sígueme.

Él asintió brevemente y la siguió sin dejar de vigilar a sus espaldas por si acaso los sorprendían los guardias. Sin embargo, no se oía nada.

Siguieron caminando hasta que Hermione se detuvo de pronto en lo que parecía en medio de la nada y recogió un trozo de madera, largo y astillado, que había en el suelo.

—¿Qué haces? —le preguntó Draco, extrañado.

Ella le tendió el palo y le enseñó el mapa.

—Se supone que hay una trampilla aquí que da al pasillo encima de las habitaciones. Allí nos podremos esconder, pero yo no llego al techo.

—Pero si es bajito —respondió Draco asombrado.

Ella lo fulminó con la mirada, así que, en silencio, él cogió el palo, alzó el brazo y empezó a tantear con él el techo, estirando el brazo todo lo que podía hasta dar con un panel que temblaba. Siguió insistiendo con más fuerza, poniéndose de puntillas, hasta que el panel retrocedió hacia dentro y una cuerda cayó hacia fuera.

Draco tiró el palo al suelo y la observó mientras ella guardaba el mapa en el vestido y contemplaba la cuerda con temor.

—¿Te subo? —preguntó, notando su inseguridad.

No esperó su respuesta; se agachó, la agarró por las piernas y la alzó. Hermione se agarró a la cuerda para estabilizarse y luego se inclinó, con medio cuerpo dentro del pasadizo, serpenteando hasta acabar dentro.

Cuando ella dejó de verse, Draco pegó un salto y se agarró a la cuerda, trepando por ella hasta entrar en el pasadizo, donde Hermione se había apartado para hacerle sitio.

Una vez dentro, agarró la trampilla y la cerró.

De momento, estaban a salvo.


Hermione despertó envuelta en Draco.

Él la rodeaba con los brazos, prácticamente medio tumbado encima de ella con la cara en su cuello, y tenían las piernas entrelazadas. Él, todavía dormido, respiraba tranquilamente, y con cada espiración le movía el pelo, haciéndole cosquillas en el cuello.

Mientras el sueño se borraba, intentó recordar cómo habían acabado así, pero solo fue capaz de recordar cómo, nada más cerrar la trampilla, se habían quedado a oscuras en un pasillo estrecho y bajo, donde tenían que avanzar a gatas para no darse con la cabeza en el techo, así que habían empezado a moverse hacia delante con la esperanza de que el techo se fuera elevando. Se elevó un poco, pero solo lo suficiente como para que Hermione pudiera erguirse de rodillas, así que ambos estaban un poco menos agobiados pero nada más.

Al final, cansados, se habían echado a dormir uno al lado del otro porque no había más sitio, pero no juntos. No que ella recordara, al menos. ¿Cómo habían acabado así?

Ya totalmente despierta, intentó separarse de él, pero Draco afianzó su agarre en su cuerpo y no la dejó moverse.

—Malfoy —murmuró—. Malfoy, despierta, déjame moverme.

Él se removió, apretándola más hacia sí, pero no pareció despertarse. No le podía ver la cara, pero estaba convencida de que, aun dormido, tendría una sonrisilla pretenciosa en la cara.

—Malfoy, despierta —insistió un poco más alto—. Vamos, Draco. No tengo todo el día.

Él gruñó algo ininteligible, pero su agarre se relajó y ella pudo rodar lejos de él.

—Vamos, despierta —le instó, arrodillándose a su lado y sacudiéndolo.

No le veía la cara, así que siguió sacudiéndolo hasta que él le agarró de las muñecas.

—Ya estoy despierto, Granger —dijo él roncamente—. Puedes parar.

—Estupendo, tenemos que movernos —contestó ella en su dirección, sin saber si le hablaba a la cara o al cuello—. Necesitamos avanzar a ver si vemos algo de luz o alguna otra trampilla.

Notó cómo él se movía a su lado, mascullando algo parecido a que odiaba aquel pasillo claustrofóbico y quería matar al que lo ideó por imbécil.

—Siempre tan encantador por las mañanas —comentó ella irónicamente.

—Calla y muévete —gruñó él.

Hermione empezó a moverse, y notó cómo él la seguía. Ambos avanzaron durante lo que pareció un tiempo interminable, hasta que ella se detuvo de golpe, cansada. Le dolían las rodillas, le dolían las palmas de las manos, le dolía el cuello y tenía sed.

Draco se chocó con ella, pero se estabilizó y se sentó a su lado, tumbándose después.

—¿Qué pasa? —preguntó él. Ella tanteó a su alrededor hasta dar con su hombro y se giró hacia él.

—Estoy cansada y me duele todo —respondió, sintiéndose un poco estúpida porque sentía que le hablaba al aire.

Él debió de notar cómo se sentía, porque agarró la mano que tenía en su hombro y tiró de ella hacia abajo hasta que Hermione se tumbó a su lado.

—Estamos un poco jodidos, ¿no? —comentó Draco—. A oscuras, en un puto pasillo claustrofóbico donde no me puedo ni sentar, sin comida ni agua, perseguidos y sin poder hacer magia. Menuda perspectiva más maravillosa tenemos.

—Al menos aquí estamos tranquilos… —respondió Hermione—. Un momento. ¿Cómo que sin poder hacer magia? En mi cuarto yo no pude, pero quizá aquí…

—Llevo todo el camino intentando usar el Lumos y no ha habido manera —confesó él—. También he intentado llamar a Missy, pero nada.

Hermione sintió cómo el ya conocido sentimiento de desesperación comenzaba a invadirla, pero se negó a centrarse en eso. Tenía cosas más importantes en las que pensar.

Ambos se quedaron callados, cada uno perdido en sus propios pensamientos, cuando de pronto Draco se movió a su lado.

—Granger —dijo, con un tono apremiante—, Granger, ¿no es eso una luz?

Hermione miró a lo lejos y vio, efectivamente, un leve resplandor.

—O estamos delirando, o sí, es una luz —respondió, incrédula.

—Vamos a ver.

Ambos volvieron a ponerse en marcha y gatearon siguiendo el resplandor, notando cómo a medida que se acercaban la luz se hacía más fuerte.

Se quedaron parados nada más ver de dónde venía la luz: venía de algún lugar de abajo, traspasando las grietas del suelo. Después de tanto tiempo en la oscuridad, la luz les pareció tremendamente intensa aunque, en condiciones normales, les habría parecido débil y escasa, apenas suficiente para no chocarse entre ellos.

Draco la miró, y Hermione apreció su aspecto por primera vez en lo que supuso habían sido varias horas: estaba despeinado y muy pálido, con el moratón de la mejilla hinchado y verdoso y la brecha de la ceja más pronunciada debido a su palidez. Se imaginó que ella sacaría un aspecto similar, y casi se alegró de no verse.

Él abrió la boca para comentar algo, pero se calló de golpe cuando abajo oyeron unos ruidos.

—¡No puedo creerme que Malfoy y la chica lleven seis horas desaparecidos y nadie sepa dónde están! ¿Pero qué clase de inútiles sois? ¡Hay cámaras en todas partes y la doncella dijo dónde podían estar!

Hermione se giró hacia Draco y ambos compartieron una mirada de incredulidad.

Estaban encima del despacho de Alexander.


Quietos y callados, escucharon a Alexander durante mucho, muchísimo rato.

El hombre habló un rato por teléfono, enfadado porque los gladiadores escapados aún no habían sido encontrados; insultó de distintas maneras al jefe de seguridad por ser incapaz de encontrar a Draco y Hermione; y terminó por llamar de nuevo por teléfono y cancelar el pedido de libros para la librería.

«Esa zorra no se merece un regalo», había sentenciado, y Hermione apretó los dientes con enfado. Draco a su lado, crispó un puño cuando Alexander empezó, de nuevo, a dar órdenes.

—Menudo humor, ¿eh? —murmuró Hermione en la oreja de Draco con ironía. Él asintió en silencio.

Esperaron hasta que la oficina quedó en silencio, y luego esperaron un poco más, por si acaso.

—Ahora —masculló Draco, y antes de que ella pudiera decirle algo, abrió la trampilla y se tiró, aterrizando encima del escritorio con la pistola apuntando directamente a Alexander, que estaba sentado en su sillón—. Calladito y con las manos levantadas —le advirtió, y Hermione, bajando con mucho más cuidado, aterrizó a su lado en el escritorio.

—Hola —le comentó a Alexander, que la observaba como petrificado, con los ojos como platos y las manos en el aire.

—Granger. —Ella se giró hacia Draco, y él hizo un gesto con la cabeza. Ni corta ni perezosa, Hermione se sentó en la mesa y le dio una patada a Alexander en la cara, rompiéndole la nariz y provocando que un chorro de sangre saliera disparado hacia delante. Él se movió para cubrirse la cara, pero Draco ya estaba allí: le atizó con una lámpara, dejándolo inconsciente en el sillón.

Hermione observó al hombre que tantos problemas les había dado en esos meses pero ahora se había quedado reducido a un guiñapo, con la cara destrozada y sangre en el traje. De pronto, sintió rabia, hirviente y burbujeante rabia, que la llenaba y le susurraba que él merecía pagar por todo, por los meses que le había hecho perder, por toda la magia que le había impedido usar, por su actitud, por su estúpido cuerpo de seguridad…

Notó la mano de Draco en su muñeca, sujetándola, y observó, sorprendida que tenía su daga en la mano. Ni siquiera había sido consciente de que la había cogido.

—Tenemos que apagar las cámaras —dijo Draco, y Hermione le agradeció infinitamente que no hiciera ningún comentario respecto a su actitud. No estaba preparada para pensar en ello, así que no lo hizo.

En su lugar, siguió a Draco, buscando un ordenador o algo que controlara las cámaras. Lo descubrieron en la habitación siguiente: una sala llena de ordenadores desde los cuales se veían todos los rincones del edificio.

—¿Cómo se desconecta esto? —preguntó él, toquiteando un teclado sin éxito.

—¿A golpes? —sugirió ella, casi en tono de broma. Sin embargo, Draco debió de pensar que era una buena idea, porque cogió una silla y empezó a destrozar los ordenadores.

—Ayúdame —le espetó, notando cómo ella se había quedado boquiabierta.

Sin decir una palabra, Hermione empezó a tirar los monitores al suelo y a pisar y dar patadas a las torres de ordenador, sintiéndose perversamente bien al destrozarlas.

Cuando terminaron, volvieron al despacho de Alexander. Él seguía inconsciente en la silla, y Draco usó una chaqueta que había en un perchero para atar al hombre.

—Así no podrá llamar más, al menos de momento —comentó, y ella asintió, aplastando la punzada de remordimiento que sintió al ver la patética situación en la que se encontraba Alexander.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó en cambio, sacando el mapa—. ¿Vamos a por los demás?

—Sí.

Ambos estudiaron el mapa hasta estar seguros de que eran capaces de llegar a las mazmorras sin problemas.

—Vámonos —decidió Hermione, guardándose el mapa de nuevo, harta de mirarlo.

Draco abrió la puerta e hizo una media reverencia burlona :

—Las damas primero.


Y he aquí otro capítulo más. Como veis, la alarma significaba que Pansy los había delatado y los estaban buscando, no que venían a rescatarlos como algunas optimistas pensaban ;)

Veo que tenéis muchas ganas de que vengan a rescatarlos ya, pero como habéis visto, los elfos no los pueden detectar y ellos no pueden hacer magia, así que tendrán que apañárselas un poquito más solos… Pero no lo hacen nada mal, ¿verdad?

Quería dar las gracias a las diecisiete personas que me dejaron un review en el capítulo anterior. Ahora, gracias a vuestro apoyo, el fic tiene 342 reviews, 155 favs y 219 follows. Son cifras absolutamente increíbles, y me llenan de alegría :)

Ahora voy a aprovechar para hacer un poco de publicidad: mi beta, MeriAnne Black, autora de Y consumir tu cordura (seguro que os suena, ¿a que sí?), entre muchos otros fics, ha publicado recientemente un nuevo Dramione, titulado Si fuéramos aire. Me lo ha dedicado a mí y os garantizo que va a ser una pasada, así que os animo a que os acerquéis, leáis el primer capítulo y le dejéis un review ;)

¡Nos vemos el domingo!

LadyChocolateLover

PD: Déjame un review para despertarte envuelta en Draco.