Hola. Este es mi primer fanfic de SoulMate y de Yuri on Ice. La historia contara con 3 capítulos y un epilogo. La trama esta basada de una experiencia personal, en mi caso fue la voz. Miles de veces me he enamorado de esa voz y siempre resulta que es del mismo seiyuu.. ¿a quién no le ha pasado?

Los derechos de Yuri on Ice! no me pertenecen, únicamente a estudio MAPPA.

(Las cursivas son pensamientos o palabras extranjeras.)


1

Para Yuri Katsuki y el mundo en el que vive, el tema del alma gemela era algo casi común. Había iniciado hacia un par de décadas atrás, un poco antes del nacimiento de sus padres, en ese tiempo lo consideraban una creencia más que una realidad. El reconocimiento del alma gemela era diferente para cada pareja, ocurría como un detonante entre ambos que difícilmente podía explicarse, inclusive podían pasa una vida antes de que el detonante apareciera y otras veces, aunque muy raras y contadas, existía la posibilidad que una de las almas gemelas no "despertara" con el detonante.

La primera vez que presenció el encuentro de almas gemelas fue con su amiga Yuko, una niña de cabellos largos y castaños y Takeshi, su bravucón personal de cuerpo robusto y cabello negro, él había sido el detonador, una pelea sobre un flip que Takeshi estaba forzándolo a hacer y Yuko no quería que realizara por considerarlo muy peligroso. Al mencionar al mismo tiempo el nombre de él, los ojos de ambos centellearon ante lo que pareció una revelación. Si bien no entendió lo que pasó, al ver las reacciones de sus dos amigos, dio con una verdad irrefutable, sus almas se habían sincronizado.

A la edad de doce mientras veía con Yuko la final del Grand Prix, sus ojos color chocolate centellearon ante la actuación de cierto patinador peli plateado proveniente de Rusia. Su amiga gritó de la emoción, él no entendía bien lo que había pasado y tras repetidas confirmaciones y preguntas, era un hecho que el patinador era su alma gemela, por primera vez sintió una calidez brotar de su corazón al saber que había alguien destinado para él.

No supo si era por el hecho de que esa persona fuese su alma gemela o por simple admiración, la necesidad de tener algo de él era grande. Su cuarto pronto terminó tapizado por posters de su alma gemela e inclusive compró un perro color café al que nombró dulcemente como Víctor pero al que prefería llamar Vicchan. Su afición al patinaje se convirtió en algo más complejo, una vía que lo acercaría a esa persona y más de una vez se dijo que la primera vez que se vieran, le demostraría su valía como alma gemela.

Los siguientes años fueron duros; atravesó infinidades de obstáculos, practicas constantes, competiciones reñidas, pruebas para certificarse y sobre todo, luchó contra su propia inseguridad y ansiedad. Al inició era un ligero pánico escénico que poco a poco empezó a aumentar hasta convertirse en ansiedad, no sabía cómo había iniciado con ella, a veces lo atribuía al bullying al que era sometido en la escuela y otras veces solo lo atribuía a su propia falta de confianza pero lo que era seguro es que cada que comenzaba, el aire le faltaba y en los peores casos, su vista se oscurecía. Asistió con varios psicólogos y terapeutas quienes le recetaban medicamentos para relajarse al igual que ejercicios de relajación como yoga y pilates y aunque a veces no parecieran ayudar, lo mantenían estable para sobrellevar una competencia.

Con cada año que pasaba, su fanatismo hacia el ahora ya renombrado y famoso Víctor Nikiforov crecía así como también las ganas de poder estrechar sus manos y decirle que él era su alma gemela. A veces, en la soledad de su habitación y en compañía de Vicchan, practicaba la forma en la que se presentaría, incluso se había empeñado en aprender frases cortas en ruso. Sobre su cama con la vista hacia la pared donde tenía un poster cuerpo completo del patinador, hacía una pequeña reverencia –Soy K-Katsuki Y-Yuri, tu a-a-alma gemela- repetía hasta el cansancio y en diferentes entonaciones, buscando que sonara real y natural y preguntándole a su mascota que tan natural sonaba.

Cuando cumplió los diecisiete años, ya era un patinador reconocido en Japón pero sabía que aún no era suficiente, tenía que escalar más para poder llegar hacia donde él estaba. Externó a su familia el deseo de ir a Detroit, estudiaría economía y entrenaría bajo la tutela de Celestino, un hombre de descendencia italiana y uno de los mejores entrenadores en el mundo del patinaje. El año siguiente se despidió de su país y escaló el siguiente peldaño –espérame un poco más Víctor- dijo antes de abordar el avión. Regaló un último vistazo a lo que dejaba atrás y respiró hondo en un intento de apaciguar su ansiedad.

Detroit no era una ciudad como pintaba en los folletos académicos o el internet, era una combinación extraña de ambos. La ciudad estaba en quiebra, la delincuencia era elevada y los trabajos mal pagados pero la vida ahí era agradable, la gente era positiva, la juventud alentadora y traía un movimiento de restauración tan impresionante que inmediatamente se sintió parte de él. Al inicio le costó trabajo el cambio de panorama pero una vez dentro de la pista, las diferencias culturales y demás desaparecían, solo eran él y el hielo.

No era alguien social, lo sabía pero no por ello se privó de hacerse de amigos, entre los pocos que logró hacer se encontraba su compañero de habitación, Phichit, un tailandés piel canela ojos color césped fanático de las selfies. Ambos terminaron por ser inseparables y aunque a veces le era incomodo la obsesión por las redes sociales que tenía su amigo, le seguía la corriente, incluso gracias a él logró descubrir que su alma gemela contaba con Instagram. No le dio "seguir" por miedo pero desde entonces, revisaba de vez en cuando su perfil.

A Yuri le maravillaba todo lo que tuviera que ver con su alma gemela y aquel Instagram llenaba esa necesidad. El patinador publicaba siempre algo diferente, algo nuevo, un país, una comida, incluso prácticas y paseos improvisados. Y para el final del día, antes de dormir, se imaginaba acompañándolo en aquellas fotos y se preguntaba cómo sería realmente estar a su lado.

Phichit fue la primera persona, sin contar a su familia, en descubrir su secreto. Siempre veían juntos las competencias de patinaje, desde las competencias nacionales hasta los Grand Prix y siempre que era el turno de Víctor, los ojos de Yuri brillaban como cristales durante toda la rutina de este.

-Ya veo, él es tu alma gemela- dijo de forma picara, casi juguetona.

Las mejillas de Yuri se pintaron de rojo ante el descubrimiento del otro y temiendo que la indiscreción de este se expandiera hasta las redes sociales, pidió que guardase el secreto y a cambio le contó toda la historia que envolvía por qué no hacía público que el patinador era su destinado.

-Tiene sentido- dijo convencido tras escuchar la explicación –él es famoso, seguramente más de uno intentó engañarlo.

Los años siguieron pasando, las visitas al psicólogo y al terapeuta cesaron al igual que las pastillas, Celestino le había sugerido dejarlas y optar por medios más naturales, en Estados Unidos se tomaban enserio los exámenes anti doping incluso para lo que era el patinaje sobre hielo y si quería competir en las nacionales, no podía tener siquiera medicamentos recetados en su organismo. Sobrellevar la ansiedad sin medicación fue difícil, incluso peor que las caídas durante las prácticas o cortarse con las cuchillas de sus propios patines.

Las competencias en Estados Unidos eran reñidas, quizá un poco más que en su tierra natal pero sabía que si no las ganaba, no podría acercarse a su objetivo. Se esforzó, demostró su valía y en sus presentaciones reflejó su anhelo, su plegaria para que su alma gemela lo reconociera y para su fortuna, el esfuerzo tuvo frutos, a la edad de veintidós ya era uno de los favoritos para participar en el Grand Prix.

Celestino nunca dudó de su capacidad y lo apoyó. Juntos pasaron por el Skate de América, debutaron en la Skate de Canadá y libraron la copa de China. Finalmente, poco después de su cumpleaños número veintitrés, logró cumplir su objetivo, había llegado a la final del Grand Prix. Él junto a su entrenador caminaban por el lobby del hotel cuando por el rabillo de su ojo paso Víctor, sus ojos brillaron como siempre lo hacía cuando el hombre aparecía, su corazón empezó a latir con fuerza y volvió a sentir esa calidez que sintió cuando niño, lo había logrado.

Esa noche, mientras Celestino se iba por unas copas al bar del hotel, aprovechó para practicar su presentación, sabía que después de la competencia habría un banquete y si él quedaba en un buen lugar durante la competencia, seguramente Víctor se acercaría a saludarle y él aprovecharía a crear la conexión que detonaría en este el reconcomiendo como su alma gemela -¡f-felicidades por t-tu victoria! Soy Kat-Katsuki Yuuuri- tartamudeó para luego recriminarse por sonar tan forzado, quería que la primera impresión que tuviera de él fuera perfecta, quería ser reconocido así como él lo reconocía, que se terminara de formar el lazo que había iniciado desde hacía más de diez años. El sonido de su celular lo sacó de sus pensamientos y en la pantalla se mostró el número de casa.

-¿Mamá?- contestó, en Japón apenas estaba amaneciendo.

-Yuri, Vicchan falleció en el transcurso de la noche.

La sonrisa que adornaba su rostro se desvaneció. Vicchan, su fiel compañero, su amuleto, el ser con el que practicaba sus presentaciones, su público privado, su amigo había partido y él no había estado ahí para decirle adiós. Su mente se bloqueó en señal de negación, no escuchó más la voz de su madre ni supo cuando colgó. Salió de su habitación, estaba descalzo, sin lentes y con su pijama puesta y dejó que sus pies lo guiaran hasta la azotea del lugar. La brisa decembrina lo recibió, fría como la muerte; dio un par de pasos más y se desplomó sobre el barandal, llorando por Vicchan, clamó su nombre al viento y se dejó consolar por el silencio de aquel lugar.

Del otro lado de la azotea, el competidor ruso, Víctor Nikiforov veía extrañado la escena, pensaba que era el único loco que salía a disfrutar del viento invernal pero no, justamente acababa de llegar alguien quizá más loco que él. Estuvo tentado de hablarle pero desistió, sería demasiado extraño hacerlo. Admiró por unos minutos al joven cuya cabellera se perdía en la espesura de la noche y por alguna extraña razón se sintió ligado a él. Le escuchó exclamar el nombre "Vicchan" y sin querer, una risita brotó de su garganta, ¿clamaba a un amante o a una mascota? No sabía, el nombre le resultó demasiado infantil. Abandonó sigilosamente el lugar, seria incomodo si lo encontraba.

La mañana siguiente dio inicio el Grand Prix, se podía palpar la emoción en cada rincón del lugar, un gran edificio dedicado al patinaje. Reporteros se acumulaban en la puerta por donde desfilarían los competidores. Luces, flashes, los nombres de los seis participantes siendo pronunciados en diferentes idiomas. El asiático atravesó la recepción en compañía de su entrenador, sentía sus pies como algodones y su corazón palpitar de ansiedad.

-Espérame aquí, iré a registrar tu llegada- pidió Celestino antes de desaparecer en el mar de gente.

Las manos empezaron a sudarle, creyó que por un momento la maleta donde llevaba su vestuario se resbalaría de ellas. Sus ojos ardían, a lo mejor y estaban hasta hinchados, poco le importaba; se mordió el labio inferior, quería espantar el recuerdo de la muerte de Vicchan y mientras peleaba por desaparecerlos, escuchó ser nombrado un nombre que sabía a la perfección. Por inercia giró su rostro, topándose con la visión de la atlética figura del ruso quien se encontraba dando una entrevista. Ese perfil angular y esa sonrisa llena de confianza provocó que sus ojos reaccionaran como otras veces más había hecho, empezaron a iluminarse de forma tenue.

-¿Yuri?- interrumpió su entrenador.

Con rapidez ocultó sus ojos tras las gafas y dejó que la luz le reflejara. Mostró su sonrisa nerviosa tan habitual en él -¿todo listo?- preguntó con cortesía mientras en sus adentros temió que su mirada le haya delatado al otro la verdad. Celestino sonrió y le hizo una señal de retirarse hacia los vestidores, el inicio del evento estaba próximo.

El turno de Yuri llegó tras haber presenciado ya otros dos. Caminó hacia la pista decidido, era su momento de brillar; inhalo profundo y exhalo un par de veces como parte del ejercicio para reducir su ansiedad, escuchó con atención los consejos de su entrenador y dio una reverencia a hacia su público. La música empezó así como las secuencias de pasos, dio el primer salto, un toe loop y con la vista buscó los ojos verde agua de aquel hombre mas no los vio, un segundo giro, ahora un salchow tripe que no se completó. Los siguientes saltos fueron igual de decepcionantes que el primero y únicamente pudo redimirse con sus ya famosas secuencias de pasos.

La rutina acabó, se sentía decepcionado, cerró sus ojos y abandonó la pista mientras a su costado entraba Christophe, un patinador suizo cuya barba a mañanera competía con lo llamativo de sus pestañas, le dedicó unas breves palabras de ánimo. Su puntuación fue mala pero no baja, aún tenía oportunidad de redimirse en el programa libre. La prensa los abordó en cuanto abandonaron la banca del Kiss and Cry y mientras Celestino contestaba algunas preguntas, se escabulló entre los reporteros y se escondió tras las gradas en la espera del turno de Víctor, un nudo se formó en su garganta y sus ojos se nublaron en cuanto vio a este entrar a la pista, estaban tan cerca y a la vez tan lejos.

Al día siguiente, la presentación del programa libre dio inicio. La ansiedad empezó a invadirlo desde la noche anterior y aunque repitió hasta el cansancio el ejercicio de respiración, esta no se iba. Las manos pesadas de su entrenador acariciaron su espalda a modo de bálsamo mientras fantasmas de miedos, preocupaciones y recuerdos aparecían en su cabeza para atormentarlo. No aguantó más y corrió hacia los baños; en el transcurso y con su vista nublada, terminó chocando con alguien, seguramente un reportero, desvió la mirada y pidió disculpas mientras huía de ahí.

Víctor, extrañado por la situación que acababa de pasar, vio al perpetrador alejarse, lo había reconocido, era el chico de la azotea y nuevamente se lo encontraba llorando. Le pareció extraño como las coincidencias jugaban con él pero más extraño que volviera a encontrarlo llorando. Encogió los hombros y retomó el camino, casi seria su turno de presentarse.

En el baño, Yuri lavaba su rostro mientras intentaba limpiar las pocas lágrimas que su ansiedad había provocado. En momentos así odiaba padecerla pero era con lo que había estado peleando toda su vida –no te des por vencido sino tu mensaje no llegara a él- intentó infundirse ánimos, los necesitaba –has estado luchando los últimos diez años de tu vida para lograr estar aquí, no es momento de rendirse, él tiene que saber que lo has estado buscando- volvió a decir al tiempo que se colocaba los lentes, era su momento. En cuanto abandonó el baño, un rubio oji verde salió de su escondite, había escuchado todo a la perfección y aunque se sentía incómodo de haber escuchado una declaración extraña, sintió ganas de apoyar a ese desconocido.

La presentadora anunció su nombre y los comentaristas rápido empezaron a hacer una introducción breve de su carrera. Patinó por los alrededores de la pista mientras buscaba nuevamente con la mirada el paradero de Nikiforov. Un atisbo de rubio platinado resaltó entre las gradas, ahí estaba. Por inercia llevó su mano al pecho, su corazón amenazaba con salirse; hubo un silencio breve seguido de la música. Los cristales incrustados en su traje azul brillaron al igual que sus ojos y las cuchillas de sus patines fueron como pinceles que clamaban el nombre de su destinado. Un lutz doble seguido de un toe loop, la gente gritó de emoción, podía palparla –mírame, reconóceme- gritaba en su mente y cuando empezó con la secuencia de pasos, su mirada se dirigió hacia donde él estaba, ahora no había nada. Se tropezó cuando aterrizaba de la pirueta cruzada y el resto de la rutina fue igual. Diez años de esfuerzo y su alma gemela no despertó con su presentación.

Su puntaje lo situó en el sexto lugar, poco le importaba ya, con la cabeza baja y nuevamente eludiendo a los reporteros, volvió a refugiarse a los baños. Marcó a su madre, ya era momento de darse por vencido, su alma gemela no lo reconocería. Intercambió breves palabras con ella, podía escuchar la empatía disfrazada de tristeza en su voz, colgó, no quería que lo escuchara sollozar y sabiéndose solo, dejó salir su ansiedad, su frustración y su tristeza.

Del otro lado de la puerta, Yuri Plisetsky escuchaba nuevamente a aquel extraño llorar. Mientras esperaba a su entrenador, vio al patinador correr hacia los baños, había visto su presentación, no era mala pero estaba llena de desesperación, algo poco agradable si querías transmitirle un mensaje a alguien. No lo admitiría pero sentía lastima por el sujeto que estaba tras esa puerta. Dio una patada, odiaba a los llorones. Lo amenazó aunque le hubiese gustado decirle que volviera a intentarlo el año siguiente, en cambio, su boca solo soltó insultos y un reto implícito. Yuri no comprendía bien lo que pasaba con el adolescente y tras verlo desaparecer tras la puerta del baño, se limpió las lágrimas y fue en busca de Celestino.

Tras haberse cambiado y guardado sus pertenencias, él junto a su entrenador se dirigieron hacia la salida, en el transcurso, un comentarista japonés de cabellos rebeldes que miraban hacia el cielo se le acercó. Pregunta tras pregunta sobre su futuro fue hecha, la voz del sujeto transmitía preocupación. Yuri evitó sostenerle la mirada, su mente estaba dispersa, aun no se reponía de la desilusión y su futuro incluso era incierto para él. Contestó de forma evasiva a las preguntas hasta que su mirada se perdió en el reflejo de los vidrios que decoraban el lugar, en ellos, un perrito igual a Vicchan se hizo presente; sus ojos se humedecieron ante el recordatorio de la muerte de este. Una voz ajena pero ya conocida lo sacó de su ensoñación ¿le hablaban a él? Giró su rostro mientras sus ojos seguían el andar del equipo ruso –reconóceme- pidió en su mente y como de arte de magia, Nikiforov volteó.

-¿Una foto conmemorativa? Claro.

¿Acaso había escuchado algo crujir? Lo miró un momento, buscando tímidamente alguna señal en sus ojos pero estos permanecieron serenos, claros, joviales, iguales a los ojos que tenían sus posters. Los últimos diez años imaginó su presentación, un acercamiento lleno de compañerismo, ser reconocido como igual incluso si no fuese como alma gemela y ahora solo era visto como un simple fan. Estaba molesto por no decir furioso, decepcionado por sus expectativas tan elevadas y por el actuar del que se supone era su alma gemela y sobre todo, confuso por la situación que parecía dar vueltas a su alrededor. No supo que decir ni a quien prestar atención, solo se dio media vuelta y regresó al área de la pista, necesitaba estar solo.

Permaneció toda la tarde en el recinto hasta que los trabajadores le pidieron que se retirara. Con su maleta en mano y cuidándose de no encontrarse con alguien en el camino, caminó hacia su habitación de hotel mientras pensaba la forma en la que le diría a Celestino que dejaría el deporte, ya no tenía caso continuar esforzándose.

Aquella noche, tras la insistencia del entrenador y con los ánimos por el suelo, fue al banquete post premiación. Se sentía fuera de lugar, no conocía a nadie, nadie lo conocía a él ni parecían interesados en acercársele. Celestino se perdió entre la gente y sintió como el pánico se apoderaba de él –relájate Yuri- se dijo mientras se refugiaba en una esquina y bebía un poco de champagne.

A lo lejos, un par de ojos verde agua seguían al peli negro. Para Víctor aquello no era más que otra extraña coincidencia, cuatro veces se había encontrado de frente con el chico y las cuatro veces lucia el mismo semblante. Le dieron ganas de acercarse y saludarlo pero no podía hacerlo, la gente a su alrededor no lo dejaban siquiera apartarse.

Un grito alegre irrumpió la fiesta seguido de los insultos tan clásicos de Plisetsky, ¿Quién en su sano juicio molestaba a ese adolescente con problemas del manejo de la ira? El público presente y algunos patinadores se arremolinaron sobre los causantes del alboroto y grande fue su sorpresa cuando notó que uno de los perpetradores era el chico que minutos atrás lucia desanimado. Balbuceos de borracho se escucharon salir de su boca, palabras arrastradas y mal pronunciadas retaban al oji verde a un duelo de baile. Sin pena ni gloria Katsuki se arremangó mientras hacía alarde de sus dotes de bailarín y por extraño que pareciera la situación, el adolescente ruso terminó por seguirle la corriente. Todos veían sorprendidos la escena, algunos más aprovecharon a tomar fotos y sin darse cuenta, él ya se había unido a la extraña celebración.

No sabía si era a causa del licor en su sangre o por lo contagioso que era la alegría del peli negro pero podía asegurar que se estaba divirtiendo, más de lo que se había divertido en toda su vida. Un tango o quizá un flamenco apasionado lo llevó a caer en los brazos del asiático quien lo guio con gran destreza, sus miradas se cruzaron infinidad de veces esa noche. Aquel sujeto no dejaba de sorprenderlo, era como ver una caja de monerías en carne y hueso, desde el break dance hasta el pool dance, ¿acaso había algo que no pudiera hacer? ¿Dónde había estado ese chico toda su vida? ¿De dónde había salido aquel ímpetu que se escondía tras su sombría existencia?

Un par de brazos rodearon al patinador ruso y una súplica se hizo presente en un idioma desconocido –be my coach!- clamó el chico que minutos atrás se encontraba compitiendo con Christophe. Los ojos del peli negro se encontraban dilatados, como si presenciara la cosa más hermosa del planeta y centelleaban como si un mar de estrellas habitaran en estos. Por inercia se sonrojo ante aquel humilde y emotivo pedido, acompañado del brillar de sus ojos. Los presentes vieron extrañados la escena y atribuyeron ese brillar mutuo al alcohol, nadie dijo nada.

Al día siguiente, cada patinador regresó a su país de origen. En el vuelo de regreso, Yuri externó su decisión a Celestino, se retiraría del patinaje artístico. Contuvo las ganas de llorar en todo el vuelo y admitió estar satisfecho con el esfuerzo que había hecho, al menos lo había conocido en persona.