Yuri! on Ice pertenece a sus respectivos creadores. Yo escribo esto por simple pasatiempo, así que no se obtienen beneficios económicos por esto. Nada más y nada menos.

Personajes: Victor Nikiforov/Yuuri Katsuki.

Advertencias: Relación homosexual. AU!Mafia y cositas varias. Esta historia narra una relación entre dos hombres, una fumada de la buena cuando escribí esta historia y un alucín de aquellos que bien podría gustarles o causarles un profundo trauma sobre estos. ¡NO PUDE EVITARLO! Así que, si te animas, bienvenido. Sino, ¡huye como alma que lleva el diablo! Dicho está. Sobre advertencia no hay engaño.


Cristal

Por:

PukitChan

Para mí, la familia es una de las

más hermosas composiciones

la vida me ha dado…"

Prólogo

Bienvenido seas a la

"Ciudad que Nunca Duerme."

Era más de media noche y en las calles las personas continuaban andando con la tranquilidad que se tendría en un paseo vespertino. Hacía frío y todos iban cubiertos por gruesos abrigos que sin duda eran pesados para principios de Marzo, pero nadie parecía molesto por ello. Y aunque la densa oscuridad del cielo sin estrellas invitaba al descanso, las eternas y brillantes luces de neón le hacían recordar que su estancia allí no era un simple viaje de placer.

Algunos lo miraban de soslayo y susurraban palabras extrañas. Había quienes ni siquiera levantaban la vista, demasiado enfocados en sus teléfonos móviles para prestarle atención al atractivo extranjero que, pese a no conocer la ciudad ni entender el idioma más allá de las palabras básicas, tenía un destino fijo; un lugar al cual llegar.

Sin una sonrisa que adornara sus labios, caminaba despacio mientras miraba a su alrededor. No buscaba algo. La suya era la típica mirada que demuestra una evidente curiosidad ante una situación que en realidad no debía ser catalogada como extraña. Sin embargo, tal vez fuese ese aire inocente en una apariencia descaradamente masculina la que lo había ayudado a llegar al lugar en el que estaba. Quizá fuera aquella despreocupada manera de ser, que ocultaba un pensamiento complejo, la que había vuelto a Victor Nikiforov en el hombre que tantas personas respetaban.

«Tienes que encontrarlo, Victor. Solamente tú puedes hacerlo. Encontrarlo y detenerlo.»

Decirlo era mucho más fácil que hacerlo. Aun así, Victor había aceptado aquel desafío que otros de sus compañeros habían clasificado como una muerte inminente. No era difícil comprender el porqué. Infiltrarse en la cuna de una de las organizaciones más importantes del mundo sin ser descubierto era como ir a una guerra sin armas ni escudos. Esperar que nadie sospechara nada era lo más cercano a pedir un milagro.

Investigar a Yuuri Katsuki, actual líder de la familia yakuza más importante de Japón, era prácticamente un suicidio.

Victor siempre había sorprendido al mundo. Las personas siempre lo habían admirado. Reclutado por la policía Rusa desde que era muy joven, se había dedicado en cuerpo y alma a ello. Había dado tanto por eso que ahora, al mirar con atención, se daba cuenta (mas no le sorprendía) de toda la soledad que poseía. Finalmente comprendía por qué, en el fondo, no le importaba aceptar situaciones que podrían comprometer su vida. Después de todo, ¿tenía algo que perder? Con un suspiro y una sonrisa aflorando en sus labios, Victor pensó que en realidad nunca había pretendido sonar de aquella manera. Él no era una persona triste y mucho menos deprimente. Quizá un poco dramático. Pero lo cierto era que al final de todo ese camino, la soledad siempre había sido un acompañante más de su realidad.

Victor suspiró y cerró los ojos, buscando cortar el hilo de aquellos pensamientos. Al detener sus pasos, luego de haber llegado a una esquina menos transitada por personas pero llena de automóviles elegantes, sintió el teléfono vibrando en algún punto de su abrigo. Sin embargo, en lugar de contestarlo como cualquier persona lo haría, Victor se limitó a ignorarlo, abrir los ojos y mirar con verdadera atención a su alrededor.

No tardó en hallar lo que tanto había buscado.

Con una elegante y formal fachada que dejaba en claro cuánto tendrías que invertir si deseabas disfrutar durante una noche de la increíble compañía que se ofrecía allí, el Flaming Ice se trataba del club nocturno más exclusivo de Japón. Manejado por la familia Katsuki, representaba uno de los principales atractivos para inversionistas y millonarios que pisaban la Tierra del Sol Naciente. Un lugar tan exclusivo y costoso que, si Victor no contase con una increíble historia y aquel físico, probablemente no le dejarían ni respirar su mismo aire.

Sonrió y caminó hacia el lugar, dispuesto a conseguir su primer objetivo. Porque «…si quieres conocer a alguien, Victor, busca entre los lugares más bajos en los cuales ha estado. Si quieres saber si un líder es respetado, acércate aquellos a quienes la sociedad no respeta. De esta forma, comenzarás a comprender el mundo visto desde sus ojos.» Y por alguna razón que no tenía ganas de entender, esas palabras habían quedado grabadas en su mente, guiándolo una y otra vez.

Tal y como Victor lo esperaba, entrar al Flaming Ice no representó un problema. Presentándose como diplomático y amparado por la Embajada Rusa, fue aceptado sin contratiempos. Dentro, un suave y embriagador ambiente susurraba que todo lo que ocurriera allí no traspasaría esos muros. Los muebles elegantes, los escenarios impresionantes y las bebidas costosas lucían más con las luces que flotaban por todo el lugar. Íntimo, parecía gritar. Prohibido, recitaban las mujeres y hombres de escasa ropa y curvas inhumanas que se paseaban sonrientes por un lugar en el que indudablemente se sentían cómodos.

Y aun así, lo que a Victor más le sorprendió de todo aquello, fue que muchos de esos exóticos bailarines ni siquiera fueran japoneses. Los clientes eran igualmente variados: empresarios con trajes caros de naciones diferentes que se reunían en un sitio informal para intercambiar planes de los que no podían hablarse a plena luz del día. Era fácil perderse en ese mundo. Resultaba sencillo pedir una bebida y sonreírle a la jovencita que con un provocativo vestuario se acercaba a su sofá, ofreciéndole cualquiera de sus servicios. Y si bien Victor estaba allí para preguntar casualmente sobre aquella familia a la que debía seguir su rastro, simplemente sonrió y negó educadamente con la cabeza, como si supiera exactamente a quién quería tener bajo sus pies.

—Vienes por Cristal, ¿cierto? —dijo ella entonces en un tosco inglés y Victor se limitó a mirarla divertido, porque en realidad no sabía de qué hablaba pero era bueno fingiendo que sí—. Eres guapo, pero eso no será suficiente. A Cristal no le interesa las cosas que a la mayoría de nosotros sí. Está aquí por pasatiempo. No necesita nada de lo que tú quieras ofrecerle. Solo quiere… liberar su estrés.

—¿Estrés? —preguntó con un dejo de diversión que sus ojos no conseguían ocultar. La escultural mujer imitó a la perfección su sonrisa y asintió.

—No es fácil pertenecer a la familia a la que Cristal pertenece.

La mujer se fue, pero la frase quedó grabada en la mente de Victor. Familia, había dicho y él sabía perfectamente que una palabra así, en un lugar como en el que estaban, no era pronunciada por simple casualidad. Acomodándose mejor en el sofá en el que estaba, bebió en silencio mirando a todos los clientes. Todos esos rostros conocidos en cualquier parte del mundo parecían diferentes cuando agitaban la mano, solicitando compañía. Las mujeres y hombres iban y venían, intercambiando cantidades exorbitantes de dinero. Y quizá, lo más sorprendente de aquel mundo, es que aquellas cantidades seguramente serían pequeños gustos que obtenía el club en una noche como esa.

Una voz pausada, dulce y sensual, detuvo las conversaciones. Era un anuncio en japonés que posteriormente fue emitido en un perfecto inglés. Anunciaba el espectáculo principal de aquella noche e invitaba a todos los clientes a acercarse al alto escenario ubicado en la parte izquierda, que es donde se presentaría Cristal. Dejándose llevar por sus instintos, Victor avanzó, buscando un espacio disponible. Al final lo halló junto a un hombre extranjero, rubio y de ojos verdes, quien le guiñó casualmente antes de mirarlo mientras bebía de su copa.

—Es la primera vez que vienes aquí —dijo. No fue una pregunta, sino una certeza. Victor lo miró, ladeó el rostro y sonrió.

—¿Es tan evidente?

—No realmente. Te vi hace un rato y parecías demasiado cómodo, inclusive estando solo. Te delatase al llegar a este escenario. Los que visitamos a Cristal frecuentemente sabemos que no podemos lucir tan curiosos.

Wow —dijo Victor con una risita—. Suena prohibida.

El hombre levantó una ceja y lo miró divertido.

Es prohibido.

Con las luces apagándose de un segundo a otro, le fue imposible preguntar a qué se refería. Resultaba evidente que aquel era el espectáculo principal pues la atención de todos, incluyendo la de cada uno de los trabajadores del club, se centró en el escenario envuelto con luces suaves en tonos rosas y azules, y una barra metálica en medio de este.

Pole dance.

No hubo anuncio, nombres, aplausos o gritos. Solo silencio y después de unos pasos, firmes y decididos, que resonaron una y otra vez. Las luces parpadeantes se enfocaron entonces en el hombre joven que, con el rostro agachado y una expresión seria, caminó por el lugar hasta sujetar la barra con una mano. Vestía un traje negro de manera informal que le daba un aspecto recatado e inusual para un baile de un lugar así. Entonces, una música lenta y descaradamente sensual proveniente del jazz comenzó a sonar. Y fue allí, en ese momento exacto, cuando Victor perdió la respiración.

El hombre levantó la vista mientras su mano, la libre, echó hacia atrás sus cabellos, despejando su rostro y relamiéndose los labios con una sensualidad impresionante. Se tocó el rostro, para luego acariciarse el cuello mientras envolvía una pierna alrededor de la barra, hasta comenzar a deslizarse en esta de arriba abajo. Victor tragó saliva, hipnotizado por aquellos movimientos lentos y masculinos que te hacían desear insanamente más. El ver aquella corbata deslizándose por aquel cuello firme le hizo temblar. Las caderas del bailarín se mecieron y por un instante casi pareció que el hombre estaba haciéndose el amor a sí mismo aún vestido. Luego, en un jadeo colectivo, los pantalones bajaron por sus caderas, mostrando la anatomía de alguien que sabía lo que era el ejercicio. Se desabotonó la camisa tan tortuosamente lento, que Victor deseó arrancarla solo para ver más de esa piel. Sin embargo, el muchacho no se la quitó. Parecía que bailarín solo quería ponerse cómodo pues después, con una habilidad que solo podía provenir de la práctica, saltó suavemente, aferrándose a la barra de metal y girando en ella. Se sujetaba con fuerza, primero con sus manos y luego con sus piernas. Sus caderas se movían en una clara invitación al placer sexual. Cuando la música se torno demasiado erótica, el hombre inclinó su cuerpo hacia atrás, sujetándose de la barra solo por las piernas, para así poder dejar caer su rostro con los ojos cerrados, las mejillas sonrojadas y los labios gruesos entreabiertos hacia los espectadores.Así, parecía decir, así es como me gusta que lo hagas.

Victor estaba convencido de que aquello que escuchó cuando realizó aquel descargado movimiento, habían sido gemidos de los hombres que, gracias a la posición que el bailarín les había ofrecido, sin duda consiguieron imaginar cómo sería el poder poseerlo. Sin poder apatar sus ojos del escenario, Victor miró embelesado cada movimiento, cada músculo tensándose por la fuerza que necesitaba, cada gota de sudor recorriendo esa blanca piel. Sin darse cuenta, sus ojos se encontraron mirando el firme trasero y la entrepierna que se frotaba con sensualidad en la barra. Para cuando Victor entendió que su mano estaba sobre su propia boca, la música finalizó y con ella, el último movimiento del bailarín que terminó en el suelo, con las manos hacia su público y una sonrisa ladeada en los labios.

Primero, silencio. Luego, aplausos, gritos y anhelos.

Pero era diferente. Aquello tenía algo que lo hacía totalmente diferente.

¿Por qué?

—Impresionante y muy excitante, ¿no crees? —dijo el hombre rubio que estaba a su lado y que ahora se había puesto de pie para lanzar una rosa al escenario. Misma rosa que el bailarín levantó y besó antes de dar la vuelta y desaparecer—. Él es Cristal.

Victor exhaló el aliento que no sabía que estaba reteniendo. Se sentía incómodo y su entrepierna comenzaba a palpitar. Nunca antes había visto a un chico en un espectáculo como ese, pero estaba seguro de que anhelaría verlo una y otra vez. Parpadeó, forzándose a recuperar su consciencia, y cuando lo hizo, el hombre rubio sonrió.

—Pero, como te dije, Cristal está prohibido.

—¿Por qué? —preguntó Victor, sintiendo su garganta seca. ¿A qué se suponía que había ido a ese lugar?

—Algunos matan por esa respuesta, ¿sabes? —dijo animado, extendiendo su mano hacia él—. Soy Christophe Giacometti. Chris, si así lo prefieres.

Aún perdido, Victor tomó la mano que le ofrecían y suspiró.

—Victor Nikiforov —pronunció pausadamente—. Un sujeto más fascinado por Cristal.

Existe un cristal precioso que brilla cada noche.

Pero este cristal no puede ser tocado ni comprado.

Porque este cristal domina al mundo.

Bienvenido seas al país de los pecados y la sensualidad.

Bienvenido seas al Flaming Ice.


Autora al habla:

Estaba yo tranquilamente paseando con el fandom de YOI cuando ¡PROMPT SALVAJE DE MAFIA APARECE! y abajito uno de Yuri siendo bailarin. Y yo me dije: "¿Ambos? Ambos es bueno." Y de ahí salió esta fumada. Esa es mi explicación. No es muy buena, pero tiene el beneficio de ser cierta. Así que si quieren arrojarme tomates, patatas, un review lindo, ya saben dónde encontrarme xD. Porque huiré en cuanto esto esté publicado, porque no puedo creer que en serio haya tenido el ataque Gryffindor para publicarlo xD. Eso. Ya, me voy corriendo.

¡Excelente inicio de semana!

¡Muchas gracias por leer y más gracias si les nace un review para esta loca historia! :D