Tiempo de acertijos (parte 1)

Al alcanzarle, Angustias observó con ahogo cómo un tembloroso Velázquez buscaba apoyo al pie de su propia estatua, la que hacía guardia frente a su puerta, en el Paseo del Prado. Era una tarde de domingo nublada y húmeda, casi lluviosa, por lo que sólo algunos pocos atrevidos turistas se aventuraban a hacerse selfis fuera del museo; el tráfico corría sin sobresaltos a pesar de la inminente lluvia, fruto de acabarse el fin de semana, supuso, antes de que a Madrid le entraran prisas por volver a casa. Angustias llegó hasta el pobre Don Diego y le ajustó las gafas de ciego antes de que un voluntarioso policía nacional, patrullas de atención al ciudadano había día sí y día también cerca del museo, se acercara a ver qué le pasaba al caballero, ¿se encuentra bien?, mire que podemos llamar al Samur que parece usted sofocado.

Angustias logró despachar a la autoridad a base de mano izquierda y de codazos al pintor para que le echase una mano en el lío; mire que usted se vuelve al XVII castigado si Salvador se entera de esto, pero yo me como Huesca en el siglo XI, vistas cucas a la montaña. Tras mucha sonrisa y mucho esfuerzo, el policía acabó por dejarles tranquilos, sirviéndole la comedia al pintor para reponerse algo del sofoco sin dejar de perder mano con el pie de su estatua. Bastante había durado antes de la crisis existencial, por reconocerle mérito; el acoso crítico al que le había sometido Irene durante la visita al Museo del Prado había sido una de las experiencias más incómodas que Angustias podía recordar. Jesús, María y José. Había sido de escándalo.

Al principio se había extrañado de que Irene se hubiese prestado a sacar a pasear al pintor; creía que a la muchacha le había dado por hacer las paces después de la comida. La comida, por cierto, aceptable sin llegar a vivaz y sorprendente; eficaz, sin pasar tamices de sorpresa y brillantez en la combinación de sabores. Volviendo al sofocón, la auténtica intención de Irene había sido cobrarse venganza en don Diego y para ello se había molestado en aceptar la responsabilidad de sacarle por Madrid con el número del Lazarillo para poder llevarle al Museo del Prado. Lo de hacerle pasar por ciego era para que si Salvador se enteraba el castigo fuese menor: a Velázquez lo tenía más firme que un Mayo y puesto que no era cuestión de que algún día le diese por pintar el futuro, tenía prohibido salir del Ministerio en el tiempo central. El número del Lazarillo, tosco pero efectivo, consistía en llegar al museo con unas gafas puestas que le hacían ciego de verdad, para luego dentro dejarle mirar lo que bien quisiera.

Con todo y volviendo al tema, lo que había empezado con una comida aceptable sin acercarse a lo excelente, se había convertido en una crítica deconstructiva y cruel sobre todos y cada uno de los cuadros que tenían expuestos de Velázquez. Por poner a parir, Irene le había puesto a parir hasta los que el pobre don Diego aun no había pintado: que si todo muy oscuro; que si errónea elección de la posición de la luz; que si esa anatomía don Diego esa anatomía, que parece que sólo sabe pintar caras; vaya elección barata de materiales que hizo, que han hecho tener que retocar una y otra vez a los restauradores... Lo de los retoques le había puesto a don Diego un tic nervioso en el ojo izquierdo, repetido a intervalos irregulares, como el burbujeo nervioso de un cazo de agua a punto de hervir. Angustias, viendo venir el final de aquel esperpento, había intentado poner paz sin éxito en cuanto se hubo dado cuenta, pero había sido tarde. Lo que le había hecho salir sin ponerse las gafas y tirando el bastón, el antebrazo sobre el bigote para detener las lágrimas, había sido la última perla que Irene le había tenido guardada hasta llegar a la "La rendición de Breda".

"Tal parece don Diego", le dijo así, con la sonrisa de hielo, "que pintar banderas no es lo suyo... Mejor lanzas, claro: más fácil."

Angustias buscó la cara del pintor con cautela, una vez estuvo segura de que el policía estaba a la suficiente distancia.

- Me voy a Italia -dijo por fin Velázquez, tras coger al suficiente aire-. Me voy. Ya está. Me despido del Ministerio.

Angustias le dio unos cuantos golpes consoladores en el hombro. No se preocupe usted, don Diego. Si es que Irene estaba enfadada y lo ha dicho sin pensar.

- ¡Que no! ¡Que me voy a Italia!

Angustias suspiró. Ya lo dijo Mel Gibson en aquella película de la segunda guerra mundial que transcurría en el desierto de Arizona: "Dios nos libre del veneno de la cobra, del diente del tigre y de la venganza de Irene Larra". Pero en vez de Irene Larra, era con los afganos; pensándolo bien, igual la peli no era de la segunda guerra mundial. Bueno, más o menos la cosa iba por ahí; una no puede enseñarle a cocinar a Napoleón un día y acordarse de todas las películas de macizos que había visto al siguiente.

- No se ponga usted así -dijo Irene llegando y ofreciendo un paraguas, sin poder esconder en el gesto una radiante sonrisa-. Si puede apuntarse a un curso online y mejorar, don Diego.

- ¡Es usted una mala mujer Irene Larra! -saltó el otro-. ¡Si estaba usted molesta conmigo bastaba con decirlo!

- Yo es que soy más de acción, don Diego -sonrió Irene-. Y si se lo digo, se le olvida. Así aprendemos todos a ser más respetuosos con el esfuerzo ajeno. Y un poquito menos divas, también.

- Irene, hija -protestó Angustias-. Se ha pasado usted.

Irene se la quedó mirando, el tono neutro. La próxima soy yo, comprendió Angustias al evaluar la mirada. Si no es ahora, será en el Ministerio, pero que me cae una como a Velázquez no me la quita ni Salvador.

- De pasarme nada -se defendió la otra-. Alguien dijo que quien juzga será juzgado. Y que a todas nos llega el turno. ¿Comprende usted, Angustias?

- ¿La voy a tener que invitar a cenar una noche para que me ponga a caldo?

- Ahí le ha dado, Angustias. Ahí le ha dado -contestó Irene-. ¿Qué opina, don Diego? ¿Se apunta? Así quedamos todos parej...
Angustias sintió un suspiro de terror escapándose por la boca. Durante la discusión, Velázquez había aprovechado para, como en trance, cruzar la calzada del Paseo del Prado hacia el centro del bulevar.


Afortunadamente el policía nacional estaba al quite, porque le dio tiempo a parar a Velázquez en mitad del carril interior antes de que un Ford Fiesta del año 100 le pasase por encima. Mil gracias y perdone, pudieron decir para quitarse al agente de encima y cambiarse, con tranquilidad y paso firme, de acera en una disimulada huida. Una vez ya en el centro del Paseo y a salvo en el bulevar, frente a una pared de mármol cuajada de letras, el pintor retomó el paso idiotizado, mirando a turnos y de hito en hito su propia estatua, al otro lado de la calle, y la pared frente a ellos. Angustias por su parte lanzó un par de miradas furtivas al policía, no fuera a ser que empezase a hacerse preguntas sobre la verdadera capacidad visual del pintor.

- ¡Don Diego! ¡Basta de numeritos! -abroncó Angustias-. ¡Casi le matan y no es para tanto! Por mucho que Irene le haya maltratado...

Irene la detuvo, el gesto serio.

- No es eso -informó-. Ha visto algo.

Angustias observó al pintor, las gafas de ciego ahora en su mano, su rizada melena empezando a mojarse por el suave calabobos; estudiaba el texto del monumento con pánfila expresión, sin que por su postura o gesto pudiese una aclararse de algo. El monumento a Eugenio d'Ors frente a ellas tampoco parecía decir mucho más allá de su enrevesado mensaje: una pared levemente curva de lo que parecía mármol albergaba un texto en bajo relieve, en mayúsculas, en 15 apretadas líneas y pesado de leer como él solo. Frente al texto la estatua de una muchacha en una especie de humilde fuente levantaba la mano en ademán tranquilo hacia lo que el tiempo o la juventud borracha había convertido en un perro muy feo y que Irene, Internet mediante, informó que se trataba en origen de un basilisco. Y que la muchacha era la sabiduría. Y que ese era el monumento homenaje a Eugenio d'Ors aclaró también poco; al parecer se trataba de un filósofo de la dictadura.

- El texto está frente a la estatua de Velázquez -señaló Angustias en voz alta.

Irene asintió.

- Y lleva ahí desde el 63, porque el Velázquez soportable es de principios del XX -leyó Irene-. Angustias, tengo un mal presentimiento sobre esto.
Bien pudiera decirse, era lo que entendía Angustias que decía Irene, que habían puesto el texto ahí para que la estatua de Velázquez lo tuviera delante. Y con ella, el auténtico, quizás en aquel preciso momento. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué el pintor había entrado en trance? El texto, como escrito a gritos sobre la piedra, era para entenderlo únicamente después de varias leídas:

"TODO PASA. UNA SOLA COSA TE SERÁ CONTADA Y ES TU OBRA BIEN HECHA. NOBLE ES EL QUE SE EXIGE Y HOMBRE TAN SOLO QUIEN CADA DÍA RENUEVA SU ENTUSIASMO, SABIO, AL DESCUBRIRSE EL ORDEN DEL MUNDO, QUE INCLUYE LA IRONÍA. PADRE ES EL RESPONSABLE Y PATRICIA MISIÓN DE SERVICIO, LA POLÍTICA. DEBER SER CATÓLICA, QUE ES DECIR UNIVERSAL; APOSTÓLICA, ES DECIR, ESCOGIDA; ROMANA, ES DECIR, UNA. UNA TAMBIÉN LA CULTURA, ESTADO LIBRE DE SOLIDARIDAD EN EL ESPACIO Y DE CONTINUIDAD EN EL TIEMPO. QUE TODO LO QUE NO ES TRADICIÓN, ES PLAGIO. PECA LA NATURALEZA, SON ENFERMIZOS OCIO Y SOLEDAD. QUE CADA CUAL CULTIVE LO QUE DE ANGÉLICO LE AGRACIA, EN AMISTAD Y DIÁLOGO."

- Eso de política católica apostólica y romana suena muy mal -sentenció Angustias en voz alta-. Me hace pensar en cosas que preferiría dejar donde están.

- Las palabras son muy escogidas -murmuró Irene-... Y a la vez... A la vez cuesta encontrarles sentido...

- Eso de "continuidad en el tiempo", no sé si sobra en un elogio a la sabiduría -pensó Angustias en voz alta.
Velázquez interrumpió la réplica de Irene, con un tono de voz grave.

- La forma... Está... Ahí -murmuró el pintor-... Hay que saber verla...

- ¿Qué es lo que ve, don Diego? -inquirió Irene sin perder el tono serio-. Es un mensaje, ¿verdad? No el que está escrito ahí. Hay un mensaje oculto.
Angustias sintió un vuelco en el corazón.

- ¡Un mensaje! -exclamó-. ¿Para don Diego?

El pintor no contestó; siguió observando la pared, como hipnotizado.

- Un mensaje que sólo él puede entender -razonó Irene en voz baja-. El detalle de ponerlo delante de su estatua tiene narices. No me gusta.

- Demasiada casualidad -continuó Angustias-. Y por la cara que pone usted, casualidad desde luego no es.

- Trabajando en el Ministerio, Angustias -se encogió de hombros-, ya no creo en las casualidades. Velázquez -dijo acercándose al Maestro-; déjese de misterios y díganos que ve.

Angustias observó cómo el pintor sacaba un carboncillo y una pequeña libreta de bocetos. Aun no lo sé, contestó él, sin perder el aire ensimismado; deme unos momentos, rogó. Irene, sin perder el cejo fruncido, decidió darle el momento y empezó a trastear con el móvil en busca de más pistas sobre el monumento.

Angustias había podido enterarse de pocos detalles con respecto a la última misión de la patrulla y no estaba segura de querer enterarse tampoco, sobretodo después del caos de aquel sábado por la mañana hacía meses, el cual había empezado como un catalogado de rutina y había terminado lleno de explosiones, soldados y tiros en el pozo. A veces el Ministerio podía ser muy estresante. Había podido visitar a Amelia en el hospital y al pobre Spínola. Al ingeniero jovencito también... ¿Cómo se llamaba? Bueno, daba igual. Lo importante era recordar que había sido algo tan gordo que Salvador les había dado dos semanas de vacaciones y una misión vacacional extra y de relajo en las Californias del siglo XVIII. Una tontería, había murmurado el subsecretario en voz alta delante de ella cuando les llegó la alarma. Para que les dé el aire y no se me traumen con viajar en el tiempo, que bastante han tenido ya. Puto Darrow de los cojones. Incluso muerto, ese americano cabrón nos sigue dando la vara. Ya puede irse, Angustias. Y si ve a los albañiles les dice de mi parte que la hora del cigarrito ya se les ha pasado. Qué país. A este paso no arreglamos el pozo nunca...

- Creo -murmuró Velázquez-... Creo que lo tengo. Pero...

Angustias e Irene se acercaron al garabato, cada vez más irreconocible sobre el cada vez más húmedo papel; parecía una muchacha, envuelta en lienzos o una toga, tumbada de lado y dormida, el codo sobre la sien derecha en una postura algo exagerada. El pintor enseñó su grabado con expresión satisfecha y un ademán triunfante.

- ¿Es que no lo ven? -pudo preguntar tras varios largos segundos cuando con incomodidad constató que sólo el sonido de la ciudad comentaba su boceto-. ¡Es la "Ariadna dormida"!

- Nuestra educación clásica anda un poco olvidada, don Diego -se excusó Irene-. ¿Es lo que ha visto usted? ¿El mensaje dice "Ariadna dormida"?

Con un exasperado y tremendista ademán, Velázquez se cruzó de brazos.

- ¡No! ¡Qué mensaje ni que mensaje! ¡Son las formas! ¿No lo ven?

Angustias apretó la mirada en busca del boceto de Velázquez en la pared. Cierto era que la humedad del monumento ponía sombras en el mármol que, con imaginación, podían parecerse a algo tumbado o recostado, pero de ahí a ver a un mito griego había un salto cualitativo de importancia. Llevo viendo esta figura por todas partes los últimos días, comentó el pintor, como justificándose. Era uno de los motivos por los que quería ir al Museo: he visto que tienen una figura restaurada hace poco. Aparece en uno de mis cuadros... En uno que aun no he pintado... En uno de Italia... Quizás por eso lo veo tanto...

- Ilústrenos, Velázquez -rogó Angustias fingiendo paciencia-. Del mito de Ariadna sólo me sé lo del hilo y el Minotauro.

- Es un mito muy trágico y muy hermoso -empezó a contar Velázquez, el cabreo bipolar tan perdido como la mirada en la pared de letras-. Teseo mata al Minotauro con la ayuda de Ariadna y ambos escapan de Creta. Pero él la abandona en una isla cercana, en la playa. Naxos, creo que se llama, porque a cambio de su ayuda Teseo le había prometido casarse con ella. Y él no quiere, claro. Si no, no hay tragedia.

- ¿Pero la deja tirada en una isla de mierda aprovechando que se duerme? -sonrió Irene-. ¿Qué tiene eso de bonito?

- He dicho trágico y hermoso -repuso Velázquez, seco-. Si son ustedes más de finales felices, el dios Dionisio la ve en la playa, le tira una corona y la hace su esposa. Fin.

Angustias volvió la vista hacia el muro, mientras Irene se frotaba los ojos en una cada vez más severa pérdida de paciencia.

- Si don Diego ha visto a "Ariadna dormida" -aventuró Angustias-, el mensaje debe ir por ahí.

- ¿Qué mensaje? -interrumpió Velázquez atónito-. Yo no he hablado de ningún mensaje.

- Maestro -pudo decir Irene tras un suspiro-, nos ha dado usted un buen susto. Por un momento creíamos que teníamos una alarma del Ministerio delante.

- No entiendo.

- Esa sopa de letras está justo delante de su estatua -señaló Irene-. ¡Como se ha venido usted hasta aquí como un zombie, creíamos que había visto algún mensaje!

- ¡Pero qué mensaje ni qué mensaje! ¡Yo sólo veo la "Ariadna dormida"!

Angustias se concentró en las letras, ajena a la airada discusión que se comenzaba a desarrollar entre Irene y Velázquez, a pocos pasos, con cada vez menos paciencia en las formas. No era una sopa de letras, claro que no; para empezar las letras no estaban alineadas y los espacios intermedios hacían imposible cualquier combinación razonable. Había palabras tentadoras de seguir, como "TIEMPO" o "MISION" (la falta de tildes resultaba desconcertante), pero un vistazo rápido a eliminar palabras que hubiesen podido ser metidas como paja, tampoco arrojaba nada. ¡Piensa Angustias, piensa!, se dijo. Por fin leerse todas las novelas de Dan Brown en el metro podría servir para algo.

Irene se acercó y abrió el paraguas sobre ella.

- Vámonos ya, Angustias -propuso-. Creo que podemos decir que ha sido una falsa alarma.

- No -contestó ella-. Aun no.

Los otros dos la miraron con algo parecido a la confusión.

- ¿No lo ven? -razonó Angustias-. Si el mensaje está ahí para don Diego, está aquí también para nosotras.

- ¿Qué quiere decir? -preguntó perplejo Velázquez, girándose al tiempo que se volvía a quitar las gafas.

- Si esto es una alarma, don Diego, esto lo tenemos que resolver entre los tres.


- No tiene sentido -protestó Velázquez-. Si no me han mentido y no hay tiempo posterior a este, nadie puede saber que estamos aquí ahora.

- Después del ataque al pozo -admitió Irene-, eso puede haber cambiado.

La frase le heló la sangre a Angustias. Dejó de examinar el texto y observó el gesto cada vez más serio de Irene Larra. Se estaba mordiendo la lengua. Y mucho. En su fuero interno, se hubiera dicho, parecía desear con todo su corazón que aquello fuera una falsa alarma; como agente del Ministerio, en cambio, no podía dejar pasar la posibilidad por alto. Había empezado a hacer llamadas para que el lunes viniera alguien con conocimientos en criptografía para analizar el texto y le había concedido a Angustias media hora más de análisis que por el momento no había dado ningún fruto.

Media hora de exasperante y frustrante análisis. Lo habían probado todo: revisar las estatuas, buscar detrás de la pared, pasar el texto a una sopa de letras eliminando espacios... Todo sin éxito. Angustias se sentía por ello muy tonta y muy inútil, y comenzaba a pensar que quizás su papel en aquella alarma era notificarla para que gente más preparada trabajase eso de la cripto-lo-que-fuera. Y sin embargo... Sin embargo sentía que debía quedarse allí... "Ariadna dormida". Era la pista... ¿Si no, por qué poner aquella cosa delante de la estatua de Velázquez?

- ¡Nunca me cuentan nada! -se quejó el pintor.

- Es clasificado -se justificó Irene-. Y crea cuando le digo que mejor no le cuento nada. ¿Alguna idea más Angustias o nos vamos ya?

La cabeza de Angustias palpitaba como los pulsantes y oscuros ritmos de las tinieblas que con la noche comenzaban a rodearles. El poderoso influjo de la falta de tiempo...

- ¿Angustias?

… hacía que sus neuronas se disparasen en eléctricos bramidos de excitación. En cientos de posibilidades probabilísticamente inciertas...

- ¿Angustias se encuentra bien?

… que surgían como el burbujeo desde la oscuridad de un pozo sin fondo...

- ¡Angustias por Dios!

- ¡Ay Irene, hija! -pudo decir Angustias al salir del trance-. ¡No me interrumpa el hilo de pensamientos!

El hilo, repitió Angustias. El hilo... Ariadna...

- ¡Velázquez! ¡Lo de Ariadna! ¡Otra vez!

El pintor suspiró. Ya ha probado usted a buscar "hilo", a unir letras con un hilo y a hilar palabras al azar, recordó desde su asiento en una de las bancadas de mármol. En un ataque práctico, el hombre se había hecho con un cartón que le resguardaba el culo del empape mientras, a salvo bajo su paraguas, había empleado el tiempo en seguir bocetando sus caprichos.

- ¿No podemos volvernos ya? -insistió, quejicoso-. Me voy a constipar.

- Eso no -gruñó Angustias sin hacerle caso-. Lo que dijo al principio. ¿Qué pasa después de que Teseo abandone a Ariadna en la playa?

- El mito varía según a quién le pregunte -admitió Velázquez, al tiempo que dejaba de garabatear en su libreta y se levantaba de su asiento-. Unos le dirán que el dios Dionisio le tiró una corona y la hizo su esposa. Otros, que primero la hizo su esposa, que Perseo la mató en una batalla más tarde y que luego Dionisio la sacó del Hades, junto a la suegra, y al subirla al Olimpo le dió la corona.

- ¿Siempre hay una corona?

- Siempre -admitió Velázquez-. Supongo que es porque Ptolomeo puso el nombre de "corona" a una constelación, pero de estrellas ahí ya me pillan: sé poco.

- ¿Qué forma tiene?

- ¿El qué?

- ¡Qué va a ser hombre! ¡La constelación!

Irene tecleó en el móvil durante unos momentos y con gesto resignado le pasó a Angustias el teléfono. La constelación de "Corona Borealis" tenía forma de U, y estaba formada por siete estrellas... Si tan sólo... Si tan sólo pudiera encontrar un punto, pensó como si la frustración se desvaneciera por arte de magia.

- ¿Qué tiene en mente, Angustias? -se interesó Irene.

- Necesito un punto de partida en el laberinto -explicó-. Lo he leído en alguna parte, no recuerdo dónde. Tenemos que superponer la secuencia de puntos con el texto. Los puntos marcan la posición de las letras, pero necesitamos fijar un comienzo: dónde colocar la primera estrella.

- ¿Quiere decir una letra inicial?

- Exacto.

- Sólo sabemos la posición relativa de las estrellas -se quejó Irene-. Los brazos pueden ser más largos o mas cortos según cómo los pongamos. ¡Debe haber miles de formas de colocar los puntos sobre las letras!

- Deje de quejarse y ayúdeme.

Después de mucho razonar, decidieron que lo más lógico era probar con palabras clave. Con una palabra clave, bastaba con buscar la primera ocurrencia de cada una de las letras en el texto, para luego superponer la línea curva agujereada que suponía el dibujo de la constelación. Aprovecharon el cuadro de letras que Angustias había escrito para probar la opción de la sopa y agujereando varios intentos de corona en sendas hojas de la libreta de Velázquez, empezaron a superponer papeles.
Los primeros intentos con "NAXOS" y "CORONA", no dieron resultados. Por más que se esforzaban en encontrar la forma de superponer el papel, las combinaciones daban galimatías. Al menos los intentos les sirvieron para dar con un tamaño de constelación que, como por arte de magia, encajaba a la perfección en el tamaño de letra que Angustias había elegido para su cuadro de sopa de letras.

- Pruebe con Ariadna -se le ocurrió a Irene.

La sugerencia dio en el clavo. Después de empezar por la primera "A", encontraron una palabra de cinco letras, ya que las otras dos estrellas quedaban fuera del cuadro.

TODOPASAUNASOLACOSATESERACONTAD

YESTUOBRABIENHECHANOBLEESELQUES

EXIGEYHOMBRETANSOLOQUIENCADADÍA

RENUEVASUENTUSIASMOSABIOALDESCU

ELORDENDELMUNDOQUEINCLUYELAIRON

PADREESELRESPONSABLEYPATRICIAMI

DESERVICIOLAPOLÍTICADEBERSERCAT

QUEESDECIRUNIVERSALAPOSTÓLICAES

ESCOGIDAROMANAESDECIRUNAUNATAMB

LACULTURAESTADOLIBREDESOLIDARID

ELESPACIOYDECONTINUIDADENELTIEM

QUETODOLOQUENOESTRADICIÓNESPLAG

PECALANATURALEZASONENFERMIZOSOC

SOLEDADQUECADACUALCULTIVELOQUED

ANGÉLICOLEAGRACIAENAMISTADYDIÁL

- No puedo creerlo -musitó Irene.

- La siguiente, la siguiente -propuso Angustias con la voz perdida en excitación. La "R" produjo un resultado mucho más claro, especialmente después de comprender que la primera ocurrencia de letra de la palabra clave era de izquierda a derecha -¡REVISA! -gritó Angustias triunfante.

TODOPASAUNASOLACOSATESERACONTAD

YESTUOBRABIENHECHANOBLEESELQUES

EXIGEYHOMBRETANSOLOQUIENCADADÍA

RENUEVASUENTUSIASMOSABIOALDESCU

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SOLEDADQUECADACUALCULTIVELOQUED

ANGÉLICOLEAGRACIAENAMISTADYDIÁL

Las dos siguientes en aperecer fueron "INMEDIAT" y "AVISOS", pero tan pronto como la euforia había surgido, se deshizo. La "D" no daba ninguna palabra coherente. Velázquez se acercó finalmente, intrigado.

- ¿Y si tenemos que probar con otra forma de puntos? -aventuró Angustias, frustrada.

- Demasiado lío -gruñó Irene-. Estaba dando un mensaje coherente. Quizás haya terminado. "AYUDA. REVISA INMEDIATamente AVISOS" puede referirse a las últimas alarmas del Ministerio. Quizás haya alguna alarma que hemos pasado por alto -aventuró a su vez.

- Están probando mal el nombre -riñó Velázquez-. En Italiano, "Ariadna" se escribe "Ariaghne".

- ¿Por qué iba a estar el nombre en italiano?

- Usted lo ha dicho -refunfuñó atacado Velázquez-. Si éste no es el futuro final, hemos tenido que ser nosotros quienes plantaran esto. O plantarán. Mi Ariadna dormida viene de Italia. Así que es Ariaghne.

Los giros y las cábalas de los puntos arrojaron "GALLETA" y "HUERTAS", para finalmente acabar en "NOFIRTN" y "ESPERAR".

- Me quedo con "ESPERAR" -pensó en voz alta Irene-, pero las otras tres, casi que probamos con otra pronunciación del nombre.

- "NOFIRTN" podría ser perfectamente "NO". "NO ESPERAR" -razonó Angustias con el corazón a punto de salírsele del pecho-. Pero ¿"GALLETA"? ¿Y "HUERTAS"?

Las dos miraron a Velázquez, en espera de respuestas. El pintor les devolvió la mirada, perplejo.

- Bueno... -se le ocurrió cediendo ante la presión-. En italiano se escribe con "G" pero suena un poco como... ¿"C"?

- ¡CALLE! -exclamó Angustias-. ¡CALLE HUERTAS! ¡AYUDA REVISA INMEDIAT AVISOS CALLE HUERTAS! ¡Lo tenemos! ¡Tenemos el mensaje!

- Un poco forzado, ¿no creen? -juzgó el pintor con tono crítico-. Parece como si alguien se hubiese cansado de intentar hacer encajar cosas siguiendo una lógica bastante caprichosa.

Angustias se encogió de hombros. Técnicamente y si estamos en lo cierto, recordó, sólo tiene que tener sentido para nosotros. Ahora tenemos que pensar qué hemos querido decir, o querremos decir, con "AVISOS CALLE HUERTAS"

- ¡Sólo digo -se defendió el pintor- que para ser un mensaje es bastante enrevesado, caray! Si al menos...

Pero le interrumpió la maldición velada en los labios de Irene. Fue un "joder no..." con una mezcla de desazón y derrotismo que a Angustias le recordó un poco a Julián en un mal día.

- ¿Qué pasa?

- Los avisos de calle Huertas -informó Irene frotándose los ojos-. Estamos jodidos... Por Dios, que no sea. Por Dios... Que no sea...

- ¿Qué?

- La calle Huertas empieza a menos de cien metros en esa dirección -informó Irene señalando la otra acera del bulevar-. De allí a la plaza de Jacinto Benavente hay como una docena de citas literarias escritas en el suelo. Forma parte de una atracción turística del Barrio de las Letras.

- ¿Y?

- ¿No lo entienden? ¡Esto no ha hecho más que empezar! ¡Tenemos que seguir rompiéndonos la cabeza con estos condenados acertijos!


FIN DEL CAPITULO 1


Hola:
Por hoy esto acaba aquí. Como siempre, me lío. En dos capítulos más debería poder acabar con "Tiempo de acertijos" y poder empezar con los que, en principio, deberían se capítulos de "Tiempo de Dragones". Mala noticia: después de "Tiempo de Dragones" quiero hacer otra entrega (la última ya), de esta línea temporal. No sé si podré. Me falta tiempo y las ideas que se me están ocurriendo son muy locas. Por ahora me comprometo a acabar "Tiempo de acertijos" en menos de un mes y "Tiempo de Dragones" antes de final de año.
Para acabar, el monumento a Eugenio d'Ors es lo suficientemente enigmático como para que alguien no haya escrito algo ya. Juro que no he copiado a nadie. Lo de las estrellas es verdad que en algún lado creo que lo he visto, pero no recuerdo dónde. Anyway, es un fanfic. Si me ha salido parecido a alguien (que no sea Dan Brown, a quien sólo he podido leer un par de capítulos porque os juro que me deja más tonto al acabar de leerlo que al empezarlo), no es plagio ni ha sido la intención.
Los acertijos de Huertas (prometo) serán diferentes :)

Gracias.

UnIngenieroMás.

Edit: formatos, formatos... Matrices de letras... El horror... El H-O-R-R-O-R... Puedo asegurar que si se pasa a Courier la matriz y se buscan las letras en un editor de texto normal, aparecen las palabras... Más o menos... Podría haberme ahorrado las tardes :|

Edt2: Ya. Ya no cambio más. Tengo que ponerme con el cap2...