Espero que no se note (demasiado) que escribí gran parte de esto hoy y con las patas, jaja. Anyway, esta es mi forma de desearles un lindo 14 de febrero, ¡con puro fluff!

¡Disfruten!


Ninguno de los personajes mencionados me pertenecen, sólo escribí esto por diversión :)


Abuela Susie


La Abuela Susie es la primera señal…

Ocurre en uno de sus pocos días tranquilos, de esos donde –por una vez en toda la semana– tiene la oportunidad de sentarse frente a la chimenea y leer el libro que ha estado posponiendo desde hace algún tiempo. Afuera llueve y las cortinas están parcialmente cerradas, el terciopelo roza con delicadeza el vidrio cada vez que los truenos lo sacuden. Eso y el crepitar de la leña son los únicos ruidos en toda la mansión.

Charles inhala profundo, esperando que nada despierte a su hijo David.

El pequeño castaño está durmiendo en la alfombra, rodeado de juguetes y lápices de colores. Charles sonríe. Piensa en cargarlo y llevarlo a su camita, pero las veces que su hijo duerme con tanta paz son tan inusuales que no se atreve a perturbarlo.

Al final, todo lo que puede hacer es poner una manta sobre sus hombros y depositar un suave beso en su frente. Recoge las cosas que pueden lastimarlo y, por supuesto, también se asegura de mantener alejadas las voces de su cabeza.

Así es, la mutación de David ha empezado a manifestarse, Charles ha estado notándolo desde hace algunas semanas, pero sólo ahora tiene tiempo de concentrarse bien en ello. Las voces atormentan a su pequeño, conocen y explotan sus puntos débiles, sus miedos, juzgan todas y cada una de sus acciones. Sin descanso.

En toda su experiencia como telépata, puede decir que nunca había visto algo parecido. Si bien sí puede, de hecho, conversar con otras mentes, eso está absolutamente a su voluntad. Pero al parecer, David no tiene ninguna opción. Las voces no hablan alrededor de él, sino con él.

Las barreras que trata de cercar sobre su mente son inútiles, porque cada vez está más seguro de una cosa…

No me agrada– una de las voces se escucha por encima de las otras. –No me agrada– repite una vez más, hasta que ya no hay rastro de las demás. –No me agrada.

Es una voz femenina, profunda y rasposa. Y muy firme en lo que dice.

No me agrada–.

–¿Qué es lo que no te agrada?– Charles trata de ubicarla, pero es perfectamente consciente de que no hay nadie más en la mansión, sólo él y… –¿David?– pone una mano en la frente sudada de su hijo y la ve. Una mujer mayor, que lo mira con el ceño profundamente fruncido y los ojos entrecerrados detrás de unos lentes gruesos. Tiene joyas por todas partes y el cabello blanco y en punta. La vestimenta es bastante particular, un uniforme militar arriba y una falda abajo. Charles mentiría si dijera que no se sintió un poco intimidado. –D-dime qué es lo que no te agrada, David…

–No soy David– Charles sabe que esa proyección sólo puede ser producto de las habilidades de su hijo, pero no ve el sentido en discutir y se limita a asentir. La mujer en su mente se pone una mano en el pecho y termina de presentarse. –Yo soy la Abuela Susie.

–¿Abuela Susie?– eso definitivamente tiene que ser obra de David. Porque no cree que, a pocos metros de su mansión, en verdad haya una telépata llamada Abuela Susie y que no tenga nada mejor que hacer que… estar ahí. Hablándole. –Abuela Susie… ¿puede decirme qué es lo que no le agrada a David? Porque siento que trata de decirme algo a través de usted. Y quería…

–Erik–.

Charles abre los ojos, entre sorprendido y confundido. Una parte de su mente entiende el mensaje, pero la otra todavía no termina de procesarlo. Y todo el mundo sabe que la sola mención de Erik Lehnsherr puede volverlo repentinamente torpe.

–Disculpe, ¿dijo… Erik?–.

–El hombre de la Escuela–.

–Sí, sé quién es Erik, pero…–.

–David los ha visto– el tono de la mujer se vuelve más duro con cada palabra. Y una fusta aparece en sus manos. –Hablar. Salir. Coquetear.

–Oh, maldición– Charles ignora el calor en sus mejillas y también los pasos amenazantes de la Abuela Susie y su fusta. Empieza a zarandear con suavidad el hombro de su hijo y, pronto, sus ojos están entreabiertos. La Abuela Susie se ha ido. –David, tenemos que hablar.

El pequeño bosteza y se talla un ojo, mirándole cansado. Charles se arrepiente de haberlo despertado, pero ya no hay vuelta atrás.

–David… ¿hay algo que quieras decirme?– pregunta suave. David levanta una ceja y mira rápidamente sobre sus hombros, como preguntándose quién pudo haberlo delatado. Charles suspira y pasa dos dedos sobre sus mejillas. Y, con aire triste, se arriesga a preguntar. –¿Entonces es verdad?

David responde sin pensar.

–¿No?... –.

Ni siquiera se toma el tiempo de saber en qué está pensando su padre y entender a lo que se refiere. Sólo sabe que no quiere escucharlo desanimado.

–¿No?– Charles sonríe y él también. Una mano sobre su hombro y David cree que todo está en orden. Hasta que lo dice… –¿Sí te agrada Erik?

–¿Q-qué? ¡No!– esta vez, David responde firme. –No, no, no.

El niño se lanza los brazos de su padre y, con la manta enredada en sus piecitos, lo abraza con fuerza. Casi con ira, una muy parecida a la que la Abuela Susie había usado para hablarle. Charles corresponde. Abraza a su pequeño con dulzura, porque conoce a alguien con un temperamento similar y sabe que todo lo que necesita es un poco de contacto cálido. Al cabo de un par de segundos, David relaja los músculos y calma su mente.

Cuando vuelve a mirarlo a los ojos –todavía con el ceño fruncido, pero ya no tan enfadado–, lo dice. Lo mismo que le dijo la Abuela Susie. Lo que, aparentemente, venía queriendo decirle desde hace un buen tiempo.

–No me agrada Erik–.