N/A: Como ya sabéis, tengo pendiente acabar muchos fics, principalmente CYNQN, y tranquilos, lo haré. Estoy en ello. Pero este surgió en un momento de fragilidad e inspiración y sentía la necesidad de compartirlo con vosotros. Es muy diferente a lo que suelo escribir y quizá no os guste demasiado (Iris, forgive me). Aun así, espero que lo disfrutéis y que no me matéis mucho.

Disclaimer: No soy fan de estas cosas, pero allá voy: Todo es mío menos lo que no lo es, que es de JK.


Después de años en silencio es más fácil apreciar la música. Ahora sé que hay canciones que susurran verdades, canciones que alegran el alma, canciones que empañan las alegrías. Y canciones superfluas. Que ni nos tocan.

También hay canciones que parecen acoplarse a cada recodo de nuestra personalidad. Que acunan nuestros pensamientos y colorean de calidez los sentimientos grises.

Precisamente por eso ella frecuentaba esta cafetería, uno de esos lugares en los que ser no está reñido con dejarse llevar; un lugar que casi le rezuma por los poros. La música aquí está por todas partes: en las lámparas anaranjadas, en las luces del mostrador, en la sonrisa estúpida y condescendiente del camarero. Sí, abstraerse aquí es sencillo. Y ella necesitaba precisamente eso: escapar. De la rutina, de la mediocridad. De los horizontes que ya no esconden sorpresas ni cordilleras, sino planicie basta y sórdida; aburrida, desesperanzada. Aquí la música es intimidad en público, es el ruido silencioso perfecto para pensar.

Así es como la vi la primera vez después de ocho años. Sumida en un silencio sordo, rasgueando con una pluma en una libreta, ajena a su alrededor, con el pelo anodino recogido sin gracia y el cuello de una camisa blanca, deslucida por los lavados, rozando su mentón. Ahora, casi un año después, está distinta. El pelo aún sigue siendo imposible, pero ahora lo lleva suelto, enmarcando su cara estrecha que, a pesar de las ojeras y las dudas, ya no parece un puto lienzo pálido y resignado. No, ahora está alerta, con la espalda estirada y los ojos marrones como un pozo de secretos fijos en mí. Y si ese cambio, si el dejar de usar camisas grises y sin gracia y empezar a levantar la mirada como si la vida fuese algo más, es por mi culpa, estoy dispuesto a entrar a Azkaban de nuevo. Porque está preciosa, aunque en su maldita estupidez no lo sepa.

Os preguntaréis cómo he podido terminar aquí, sentado en una cafetería muggle frente a Hermione Granger. Bueno, pues bienvenidos a mi caótica y jodidamente irónica vida de mierda. Porque enamorarse de quien siempre ha sido tu archienemiga no es fácil, pero, seamos sinceros, si vengo a contaros esto no es para hablaros de mí, sino de ella y de las decisiones que llevan a una persona a dejar de ser ella misma.

Mi nombre es Draco Malfoy y os voy a hablar de un instante. Un momento de esos en los que la vida te da a elegir entre sobrevivir o vivir. Errores del ahora que nos cuestionan. Porque los finales felices nunca son finales y, después de estos, hasta los buenos deben escoger entre seguir siéndolo o no.

Así que lo mejor será que empecemos por el principio.


Rush

"Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos"

Rayuela, Julio Cortázar


Salir de Azkaban no fue el alivio que supuso que sería. Fue como sacarle de una piscina llena de escregutos de cola explosiva y soltarle en un océano repleto de acromántulas. La cárcel mágica ya no era el santuario de esquizofrénicos que fue un día con la presencia de los dementores, pero la soledad y el pasar del tiempo sin nada más que un pequeño ventanuco en la pared eran suficientes para que más de uno perdiese el juicio. No él, que mantenía la cordura a base de contar los minutos de cada hora que le faltaban para ser libre de nuevo. Realmente ocho años encerrado no son tan terminales para alguien de 18. Aun le quedaba mucha vida por vivir y estaba decidido a aprovecharla, a no tomar decisiones erróneas.

O eso creía.

Pero volver a ver la inmensidad de una calle abierta, repleta de gente, no fue como creyó que iba a ser. Había cambiado. Su talante petulante y superior se había convertido al ostracismo y a la pulcritud del silencio. Parco en palabras y de mirada intensa. Sus ojos, según Blaise, eran los de un "jodido psicópata", mientras que su voz se parecía al crujido hueco de una hoja en otoño.

Y eso no era lo único que había cambiado en él. Cada vez que salía fuera de la habitación que ocupaba en casa de Theo algo en su interior se retorcía. Se quedaba sin respiración y tenía que encontrar un sitio cerrado, un lugar donde sólo estuviese él consigo mismo. Tantos años sin nada más que su cabeza como compañía habían terminado por hacerle comprender que al final siempre estás sólo y que estar solo es el único modo de no sufrir. Aunque eso signifique que tampoco vives.

Y precisamente fue esto lo que trazó una línea roja entre los dos.

La primera vez que se vieron fue una semana después de su libertad. Iba huyendo del bullicio de una de las principales arterias de Londres cuando comenzó a sentir la pulsación nerviosa en su pecho. Comenzó a notar que los ruidos se alejaban y la visión se reducía en los bordes oscurecidos de sus ojos. Las manos se le agarrotaron y sintió la imperiosa necesidad de escapar. Miró a ambos lados de la calle, intentando adelantarse al movimiento frenético del tráfico, que le impedía cruzar para entrar en la pequeña cafetería de la esquina. Y justo cuando miró al frente, de pasada, la vio. Estaba sentada en una mesa que quedaba ladeada y apartada del resto, pegada al ventanal semi coloreado con pintura verde y anaranjada que dibujaba el logotipo de la empresa. Escribía frenéticamente en los márgenes de un libro y, justo por eso, era inconfundible.

El semáforo de la esquina dio paso a los peatones y él comenzó a andar, esta vez con paso más cauto, casi olvidándose de la pulsación alocada de su corriente sanguínea y de la tensión de los músculos de su mandíbula, cerrada con fuerza. Se paró al otro lado del escaparate esquinado, desde donde la veía a través de las mesas. Había dejado de escribir para dar un sorbo a su taza y luego, olvidando el libro y el café, comenzó a juguetear con el anillo que llevaba puesto en el anular izquierdo.

Posiblemente estuvo allí 10 o 15 minutos, observando cómo daba vueltas al anillo con la mirada perdida en la calle central. Mil recuerdos volaron por su mente. Insultos, carcajadas estúpidas, un puñetazo, gritos de dolor, sus gritos, ella levantada en medio del Wizengamot, defendiéndole a pesar de todo.

Un empujón seguido de un "Lo siento, tío" le hizo volver a la realidad. Quizá demasiado rápido y demasiado real. El ruido de la calle se coló en su cabeza con fuerza, haciéndole fruncir el ceño. La sangre circulaba por sus oídos con velocidad y su respiración se aceleró hasta casi convertirse en un jadeo. Con la vista empequeñecida, torció la esquina y empujó la puerta de cristal, escuchando de lejos el sonido de las campanillas y el grito del camarero.

Corrió hacia el baño y cerró la puerta tras de sí, apoyándose en el lavabo para coger aire. Se miró al espejo, intentando reconocerse en la persona del reflejo, que le miraba con dureza y confusión, preguntándole si ella le habría visto.

Entonces un par de golpes le sacaron de la burbuja de soledad que tanto necesitaba.

Y luego una voz.

—¿Malfoy?

Un escalofrío de reconocimiento trepó por su columna. Intentó coger aire, sin dejar de observar el gris claro de sus ojos. En otro momento había transmitido limpieza y superioridad, pero ahora se encontraba rodeado de pequeñas venas rojizas que lo ensuciaban todo. Abrió el grifo y, acunando el agua sobre sus palmas, se mojó la cara y el pelo, suspirando y apoyándose en el lavabo.

Dos nuevos golpes le hicieron gruñir. Lentamente, con un gesto de resignación se giró para abrir la puerta. Su mano aun temblaba bochornosamente, por lo que apretó el puño unas cuantas veces, mascullando por lo bajo un par de improperios, y finalmente salió con el ceño fruncido para encontrarla justo frente a él.

Era mucho más pequeña de lo que recordaba y estaba consumida bajo un flequillo que la obligaba a mantener la cabeza en alto, no sólo para poder mirarle a la cara, sino también para evitar esconderse tras el mismo.

Draco la observó en silencio, sin saber muy bien si debería permitirse tener algún tipo de conversación con la que había sido el centro de su rabia en Hogwarts, una de las culpables de que su familia se desintegrase y la responsable de que su pena en Azkaban se viese drásticamente reducida. Hermione Granger cogió aire, sorprendida de no haberse equivocado, y luego dio un paso atrás.

—Hola —masculló, perdiendo toda la seguridad que la había impulsado a levantarse y llamar a la puerta. Draco enarcó una ceja y se mantuvo en silencio—¿Te… encuentras bien? Pareces…

Titubeó, observando el gris hechizante de sus ojos, fijos en ella. Estaba allí, de pie, sujetando la puerta con una mano, dejando su pecho al descubierto, en una posición casi intimidatoria, a la defensiva. Vestía de negro, aunque eso no la sorprendió; sin embargo, su pelo… Ya sabía qué se encontraría. No era la primera vez ni sería la última que veía a un preso recién puesto en libertad. Les habían empezado a rapar después de la Batalla de Hogwarts, que había marcado un antes y un después en la higiene carcelaria. Sin dementores, un equipo de limpieza y carceleros mantenía la prisión en buen estado y parte de esa higiene estaba en mantener el pelo de los presidiarios al mínimo. De ese modo se evitaban infecciones y plagas de piojos.

Cualquiera podría decir que Draco Malfoy, caracterizado por su impoluto pelo rubio platino, quedaría totalmente desubicado sin el mismo. Pero, al contrario, Hermione casi le encontró más real que nunca, más macizo. Los centímetros que había ganado en altura y las fibras nerviosas de su cuerpo se encontraban en la dureza de su mandíbula, tensa, y en la intensidad de sus ojos. El pelo corto, blanquecino, casi le hacía parecer intocable. Infranqueable.

Hermione se apartó el flequillo de la cara, pasándose la lengua por los labios resecos, gesto que los ojos del rubio no pasaron por alto.

No parecía sorprendido. O al menos, ella no notaba en él ningún gesto que dejase entrever que encontrarse allí a la sangre sucia amiga de Harry Potter le había afectado de algún modo. Sin embargo, sí pudo notar algo: cómo sus ojos se levantaban para mirar la cafetería abarrotada de gente y cómo su mandíbula se tensaba un segundo.

—Es normal —comentó, tragando saliva. Draco volvió a mirarla, directamente a los ojos, entrecerrándolos con curiosa molestia—. La ansiedad —aclaró—. Es normal —Pero él siguió mirándola, con el brazo estirado hacia la puerta—. Cuando la gente lleva tanto tiempo encerrada suele sentir cierta ansiedad en lugares abiertos o abarrotados —Tragó saliva, empezando a sentirse ligeramente incómoda ante su mirada penetrante y su silencio—. Ya sabes —continuó, intentando desesperadamente aliviar la tensión del ambiente—, víctimas de secuestros, hospitalizaciones largas… —Con un gruñido que parecía querer significar que había entendido a qué se refería, Draco se apartó a un lado, dejando que un hombre pasase al interior del servicio. Finalmente bajó la mano, lo que hizo que los músculos de su hombro se relajasen. Luego volvió a mirarla y Hermione pudo comprobar que la tensión seguía perfilándose a la perfección en sus ojos —. Bueno, supongo que te estoy entreteniendo.

Volviendo a enarcar una ceja como única respuesta, Hermione se dio por aludida y miró al suelo, permitiendo que pasase por su lado directo hacia la salida. Cuando el rubio, con grandes y firmes zancadas, se había alejado unos dos metros de ella, Hermione elevó la voz.

—¡Hasta el martes! —Draco frenó de golpe y se giró para mirarla, por primera vez con confusión—. Soy tu agente de rehabilitación —comentó sonriendo con timidez, logrando que el maldito flequillo le tapase la mitad de los ojos—. Yo me encargaré de tu caso.

Hermione se frotó las piernas con nerviosismo ante su mirada estática, fija en ella, y cogió aire. Llevaba algunas semanas estudiando su caso. Impecable comportamiento durante su condena, colaboración en las tareas comunitarias, escasas pero buenas relaciones con reclusos comunes…Nada que destacar. Draco Malfoy había sido un preso ejemplar. Pero ahora que le tenía delante Hermione se preguntó cuán rota podía estar una persona para cambiar de ese modo.

Después de lo que le pareció una eternidad, le vio asentir mínimamente y girarse de nuevo, empujando la puerta y desapareciendo de su vista por la esquina de la cafetería.

Y entonces volvió a respirar.