Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3. Los personajes no relacionados con la serie son de mi propiedad.

Advertencias: este fic contiene violencia, no la suficiente como para clasificarlo como M. Aún y así, mi obligación es avisaros. Los capítulos más conflictivos llevarán una advertencia como ésta a su inicio.

En la guerra todos perdemos. La vida con vida se contenta,
pero la guerra siempre es muerte.

Bella, horrida bella
(Guerras, horrendas guerras)

Corfú, Grecia.

Sábado 22 de abril 1967

—Mami, mami, el señor Titán se ha quedado en la cama —gimoteó la niña de cabellos rojos liberando su aliento convertido una nubecilla de vaho.

—No te entretengas, Anthea.

—Pero mami, el señor Titán no puede dormir si está solo.

Un severo tirón del brazo fue la única respuesta de su madre. La calle estaba desierta a aquellas horas, el único sonido que acompañaba al eco de sus pasos era el ulular del viento. Raissa Hopper no podía permitir que dieran con ellas, las ejecutarían. El pánico la hacía avanzar con decisión y arrastrar a su hija sin delicadeza.

Unas profundas ojeras violáceas enmarcaban los enrojecidos ojos de Raissa. Había pasado toda la noche llorando por su marido ejecutado ante ella. Se lo había advertido miles de veces, que se dejase de sus utópicas ideas y les siguiese la corriente a aquellos energúmenos, que estaban preparando algo, nada bueno seguramente, pero que seguirles la corriente podría dejarles en la zona segura. Pero no, Lykaios Hopper tenía que anteponer sus ideales a la seguridad de su familia.

—Mami ¿cuándo vendrá papá?

Raissa ahogó un sollozo contra el dorso de su mano tragándose así el dolor.

—Pronto cariño —contestó.

—¿Y traerá al señor Titán?

—Claro que sí, cariño.

Raissa pensó que Anthea podría perdonarle aquellas dos pequeñas mentiras si lograban sobrevivir. Tenía que pensar en el futuro, pensar en Anthea y en la pequeña Thalia que estaba a punto de nacer. «Las mujeres tienen que ser fuertes, fuertes por ellas y por toda su familia» decía siempre su madre y eso se repetía ella para evitar derrumbarse. Sin embargo, Raissa temía no poder ser tan fuerte como debería.

La vocecita de Anthea tarareo su nana preferida, la que había querido aprender para poder cantarle a su hermana.

—Basta —ordenó en un susurro autoritario—. Anthea tenemos que guardar silencio, ¿entiendes?

—Pero mami, tengo sueño y me duelen los pies.

—Ya lo sé.

—Mami… tengo miedo.

Raissa se detuvo y miró fijamente a su hija. Claro que tenía sueño, claro que le dolían los pies. La había sacado de la cama a las 3 de la madrugada, le había puesto el abrigo y la bufanda, pero no los zapatos, sus pequeños calcetines estaban empapados por la humedad de los adoquines. Por supuesto que tenía miedo, ella la había sacado de casa sin mediar palabra, la había arrastrado a la calle y había olvidado al gato de peluche que era el mejor amigo de su hija. No debía entender qué estaba pasando, Raissa, suspiró, ella en su lugar estaría aterrada también.

—Anthea, no pasa nada —susurró acariciando su mejilla, estaba helada—. Vamos a ir a un sitio muy bonito, le daremos una sorpresa a papá.

—Pero yo no quiero ir.

—Cariño, necesito que sigas caminando, pronto estaremos en el ferry y podrás seguir durmiendo, ¿de acuerdo?

La niña hizo un mohín, pero asintió. Cojeó levemente al reemprender la marcha. Raissa se sintió aliviada.

El olor del mar era cada vez más intenso, estaban ya cerca del embarcadero, cerca de la salvación, cerca de la supervivencia. Raissa se permitió sonreír entonces, sintiéndose al fin a salvo. Había perdido a su marido, pero salvaría a sus dos hijas, y también a ella misma.

—¡Alto!

Su sonrisa se congeló, se quedó inmóvil, sin darse la vuelta. ¿Por qué? ¿por qué demonios tenía que pillarles estando tan cerca de salvarse?

—¿A dónde van a estas horas?

Anthea miró a su madre y después a los dos hombres que les habían dado el alto. Uno de ellos era joven y el otro le pareció un abuelo, llevaban uniformes del ejército, los había visto muchas veces desfilar por la calle. Le daban miedo.

—A casa de mi hermana —contestó Raissa girándose, rezó porque a su hija no se le ocurriese decir que no tenía ninguna—. Quiere que vaya a la capital, para tener el bebé.

—Es un poco temprano para tomar el ferry, ¿no cree? —preguntó el más mayor de los soldados.

—S-sí, pero quiero tomar el primero, a la niña no le gusta cuando va lleno.

—¿Es eso cierto, pequeña?

Raissa se puso tensa, ¿por qué tenía que preguntarle a ella? Iban a descubrirlas sin remedio.

—El barco se llena mucho —contestó Anthea.

—Dime una cosa, pequeña. —La niña parpadeó y esperó a que el hombre volviese a hablar, estaba asustada, quería marcharse—. ¿Por qué no llevas zapatos?

—A mamá se le han olvidado.

—Y ¿por qué se le han olvidado a mamá? —La mirada del hombre se desvió de la niña a la madre, sus ojos grises y fríos resplandecían con la pobre iluminación de las farolas—. ¿A qué clase de madre se le olvida ponerle los zapatos a su hija? A una criminal que huye, tal vez se le olvidarían, a una madre responsable que va a Atenas, a casa de su hermana, para tener a su bebé no podrían olvidársele, ¿no cree, señora?

—Yo no…

El militar de mayor rango, el que las estaba interrogando, desenfundó su arma y le apuntó; el más joven le imitó al instante. Las habían descubierto. Se había acabado.

La pequeña apretó el agarre sobre su mano, el terror se extendía por su cuerpo, tenía la garganta seca y le temblaba todo el cuerpo. Raissa tiró de ella hasta situarla justo a su espalda, quería salvarla, quería mantenerla fuera de aquello, quería evitar que pasara lo que sabía que estaba a punto de ocurrir. Sintió ganas de reír por sus ganas de luchar contra lo inevitable.

Un estallido, un golpe sordo y oscuridad.

El cuerpo de Raissa cayó al suelo como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas, los ojos abiertos de par en par mirando hacia la nada, una grotesca mueca en sus labios a medio camino entre el miedo y una sonrisa nerviosa y un agujero en mitad de la frente del que manaba la sangre sucia.

Anthea quiso gritar, pero de su garganta no escapó ni un solo sonido, ni siquiera un gemido ahogado. Abría y cerraba la boca al ritmo de sus silenciosos gritos como si fuera un pez fuera del agua intentando respirar.

—¡Paya ya! — aulló el soldado apuntándola con la Luger P08, tenía los nervios crispados y ver a aquella mocosa mover la boca como si fuera estúpida lo empeoraba.

—Cálmate y baja el arma Michelakakis.

El muchacho pareció relajarse un poco, bajó el arma, pero no volvió a enfundarla, la mantuvo en su mano apuntando el suelo.

El militar que había asesinado a su madre se arrodilló junto a ella, la tomó por la barbilla y le hizo mirar arriba. Clavó los ojos grises y fríos en los verdes de ella. Anthea sollozó sin embargo de sus ojos no brotó ni una sola lágrima.

—Me llamo Eudor Chatzivrettas —se presentó con voz suave— ¿Cómo te llamas?

—Anthea Hopper.

—Es un nombre muy bonito —musitó. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo y le frotó la mejilla borrando cualquier rastro de sangre—. ¿Sabes qué significa?

—No, señor.

—Anthea es uno de los nombres por los que se conocía a Hera, la diosa de las mujeres y del matrimonio. Significa "señora de las flores".

La niña parpadeó, sus ojos enfocaron al hombre frente a ella al fin. Él sonrió, le arregló el abrigo.

—¿Cuántos años tienes?

—Tres.

—Eres toda una señorita.

—Quiero irme con mi papá.

Eudor negó con la cabeza.

—No puedes irte con tu papá. Dame la mano, Anthea, voy a llevarte a un buen sitio.

La niña dudó, pero finalmente tomó su mano. Eudor echó un último vistazo al cuerpo inerte de la mujer pelirroja a la que le había arrebatado la vida, a su abultado vientre que albergaba una vida que jamás vería la luz del día. Lo sentía por ella, un ser inocente que pagaba por los errores de sus padres. Al menos salvaría a la niña que se aferraba a su mano.

La alzó del suelo y la estrechó contra su pecho. Estaba descalza y seguro que también estaba aterrada.

—¿Por qué no puedo llorar?

Eudor la miró sorprendido por la pregunta de una niña tan pequeña. Sus ojos verdes estaban enrojecidos, pero secos.

—A veces las lágrimas se esconden —le dijo, él no tenía respuesta a aquella pregunta—. Volverán cuando estés preparada.

Anthea asintió. Sentía un opresivo nudo en la garganta, le escocían los ojos, pero no podía llorar. Se aferró a la casaca militar del asesino de su madre, muerta de frío y desolada. Le odiaba.

Con la niña en brazos recorrió las calles desiertas hasta su coche. El chófer fumaba un cigarrillo sentado sobre el capó con la mirada clavada en las estrellas. Al ver al coronel Chatzivrettas tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con el zapato. Se puso firme frente a su superior y esperó órdenes.

—Llévame a casa.

—Sí, señor.

Acomodó a Anthea en el asiento trasero del coche, se sentó junto a ella. El vehículo arrancó y casi al instante la niña se quedó dormida, se quitó la casaca y la arropó con ella. Observó como su pecho infantil subía y bajaba pausadamente, estaba agotada a causa del pánico y la pérdida. Sabía que podría haberla dejado a su suerte, o permitido que Odysseus la matara y que todo habría sido más fácil. Salvar a esa niña le iba a suponer dar muchas explicaciones, rellenar un sinfín de papeles y puede que ser degradado, pero él tenía una hija de la misma edad y nada más verla supo que no podía dejarla morir así. No se podía culpar a los niños de los errores de los padres, al menos para él, eso no admitía discusión. La llevaría a su casa y después buscaría un buen sitio para que creciera lejos de la guerra. Se aseguraría de que no le faltase nada, al menos hasta que cumpliese los 18 y pudiese valerse por sí misma.

Continuará

Notas de la autora:
¡Hola! Así empieza la historia paralela a "Antes de que sea tarde". No pondré toda la infancia de Anthea, es sólo una introducción para aclarar qué hizo que acabara en un internado suizo y ponerlo todo en contexto. En ADQST ya había puesto que habían asesinado a su madre, pero no había ningún dato más al respecto. Este es el capítulo más corto de los que tendrá la historia, más que nada porque alargar esta introducción haría que quedara demasiado forzada.
Este capítulo está ubicado durante un episodio de la guerra fría conocido como "La Dictadura de los Coroneles", se inició el 21 de abril de 1967 con el golpe de estado de Georgios Papadopoulos y finalizó el 24 de julio de 1974 tras proclamarse la Tercera República Helénica. No os daré una clase de historia, podéis encontrar información en internet, si me pongo a resumirlo las notas acabarían siendo más largas que el capítulo.
Sobre los nombres, no están elegidos al azar: Eudor, significa "buen regalo"; Lykaios "lobo" (por los lobos de las visiones de Aelita); Odysseus "referente a la cólera"; Raissa "pensadora"; y Thalia "floración" (lo he usado como complemento del nombre de Anthea).
Sobre los títulos, todos estarán en latín, ¿por qué? El motivo es muy simple, en la serie hay muchas alusiones a los clásicos. Cicerón, Escipión, las guerras púnicas… El contexto es la excusa perfecta para sacar a la humanista que llevo dentro, ¡latín y griego para todos!
Este fic no será tan para todos los públicos como lo es ADQST, se hablará de guerra, de muerte, de torturas y crueldades varias de la humanidad. Aunque hay partes que me están costando mucho escribir, debo decir que me siento bastante cómoda en este campo no tan edulcorado.

º º º

Bella, horrida bella: es una frase sacada de la Eneida de Virgilio.