"JUST THE TWO OF US"
(Sólo nosotros dos)


NA: ¡Hola! Si es la primera vez que lees una de mis historias, ¡bienvenido! Si por el contrario eres uno de mis fieles lectores, debo decir que todo tiene una explicación. Sé que tengo mil historias esperando actualización... Pero llevo escribiendo ésta mucho tiempo. Es la que iba adelantando cuando la inspiración para las demás se iba. Un día se me ocurrió y no pude evitar empezar a escribir, y por ahora llevo varios capítulos. Pretendo que sea un longfic.

Realmente pretendía no compartirla con el mundo hasta que la tuviera acabada del todo... pero es algo tan diferente que necesitaba conocer vuestra opinión :)

IMPORTANTE:
Aquí no existe Voldemort ni los mortífagos. Ellos están en séptimo año, los anteriores transcurrieron sin incidentes.

Summary: Hogwarts está vacío. En Hogsmeade tampoco hay nadie. Londres entero parece desierto. Todo el mundo ha desaparecido de la noche a la mañana, y parece una cruel ironía del destino el hecho de que Hermione Granger y Draco Malfoy se encuentren entre tanta soledad.

-Rating: M (tendrá contenido adulto en el futuro)
-Hurt/Comfort: (podría contener escenas angst)
-Romance lento.
-Recomendaré banda sonora en cada capítulo.

Recomendación musical: "Run for cover", Gabrielle Aplin.


Capítulo 1:


Día 1.

Hermione se despertó, pero no abrió los ojos. La tenue luz que entraba por las ventanas le indicaba que todavía no era la hora de levantarse.
Cualquier otro día lo hubiera hecho sin dudarlo dos veces para repasar el examen de pociones que tenía a primera hora, pero ese día no era un día cualquiera. No, ese día era especial. Una tímida sonrisa escapó de entre sus labios. La noche anterior se había quedado despierta hasta tarde –y no precisamente estudiando–, por lo que aquella vez se permitió quedarse unos minutos más en la cama.
Se estiró un poco, sintiendo unas leves agujetas por todo el cuerpo. Estiró las sábanas un poco más para tapar su sonrisa. Pequeños flashes de lo que había ocurrido aquella madrugada vinieron a su mente. Aún no podía creer que hubiera sido capaz de dar el paso con Ron… el gran paso.
Hermione se dio la vuelta en la cama y se llevó una mano a los labios. Todavía sentía su ardiente cuerpo sobre ella, sus caricias, sus besos y atenciones.
Recordaba el dolor del principio, las suaves palabras que le había susurrado al oído, la lentitud con la que había ido… y el placer. Sobre todo recordaba el momento exacto en el que había decidido relajarse y destensar su cuerpo. Había sido en ese preciso instante en el que había empezado a disfrutar. Era su primera vez y él había conseguido que fuera perfecto.

Ella y Ron siempre se habían mostrado confusos acerca de su relación. Porque eran amigos ante todo, y ambos eran demasiado conscientes de que podían estropearlo si decidían empezar a salir y las cosas no iban bien. Por eso siempre habían ido despacio con sus sentimientos. Por lo general siempre había sido ella la que le había parado los pies cuando él parecía acercarse demasiado. Porque los dos habían decidido llevar aquello con calma, sopesar los pros y los contras antes de lanzarse a la piscina… uno siempre mira si está llena antes de tirarse, ¿no? Ninguno quería darse de bruces con el fondo de una piscina vacía.
Y por fin, después de tanto tiempo, habían decidido que querían intentarlo. Que se querían. Que no dejarían que saliera mal. Que lucharían por el otro.
Hermione volvió a sonreír al recordar sus palabras: «Quiero hacerlo oficial».
Ella también quería, por supuesto. Y estaba lista para hacerlo aquel mismo día.
Sí, aquel sería un buen día.

Hermione se desperezó y bostezó un poco antes de abrir los ojos al fin. Miró fijamente al techo. Tal y como había supuesto, aún estaba amaneciendo… y realmente debía bajar de la nube de una vez y ponerse a repasar. Había estado estudiando dos semanas enteras para ese examen, pero el día de ayer no había hecho demasiado y eso la ponía nerviosa… ¿Y si había algo que no recordaba? ¿Y si había pasado por alto alguna anotación a pie de página donde ella misma se ordenara repasar una parte en concreto? Sacudió la cabeza. No había más que hablar, se levantaría y se cercioraría de que iba totalmente preparada al examen.

Hermione se incorporó en silencio y metió los pies en las zapatillas que descansaban frente a la cama. Volvió a estirarse un poco antes de levantarse. Todavía sentía su cuerpo un poco entumecido… pero todo dejó de importar cuando alzó la vista y no encontró a sus compañeras en sus respectivas camas. Hermione empezó a sentir cómo su corazón empezaba a latir más y más deprisa en su pecho. ¿Acaso era posible que hubiera creído que era temprano cuando en realidad no lo era? No lo pensó dos veces y corrió hacia el ventanal de la habitación más cercano, abriéndolo y mirando fuera. No lo entendía, realmente parecía estar amaneciendo ahora pero… ¿dónde estaban las demás?
Echó un último vistazo a la estancia para comprobar que se encontraba sola y luego se apresuró a vestirse rápidamente, coger sus libros y salir de la habitación. Dudó unos instantes frente a la puerta del dormitorio de los chicos, pero al fin logró tocar con los nudillos un par de veces. Esperó un tiempo prudencial, pero como no obtuvo respuesta decidió entreabrir la puerta y echar un vistazo a su interior. No traspasó el umbral, pero parecía que allí tampoco había nadie. Cerró la puerta de nuevo y bajó con paso ligero a la sala común. Vacía. Salió disparada por el retrato y empezó a bajar las escaleras con urgencia.
Algo dentro de su cabeza le decía que algo no iba bien. El castillo seguía apagado, no daba la impresión de que el día hubiera comenzado todavía. Los pasillos estaban desiertos y, aunque caminaba con apremio, incluso hubiera jurado que faltaban las personas de los retratos. Todo seguía oscuro y no escuchaba que hubiera alumnos cerca, pero en su sala común tampoco había nadie.
Realmente dudaba que las clases hubieran comenzado, así que al llegar a la planta principal corrió hasta el Gran Comedor. Empujó una de las puertas con el hombro mientras seguía cargando sus libros contra su pecho y entró dentro. Hermione miró a su alrededor. No había rastro de ninguna persona allí. Estaba totalmente sola. Y confusa, se encontraba muy, muy confusa.

Sintiendo ahora los latidos de su corazón tras las orejas, Hermione volvió a salir fuera y se dirigió a las mazmorras a toda prisa. No entendía nada, pero si resultaba que llegaba tarde al examen y el profesor Snape no le dejaba hacerlo no se lo perdonaría jamás. Porque lo mismo era que se había quedado dormida, y tal vez la oscuridad del castillo se debiera a un simple día encapotado. Como si no fueran típicos en Escocia, ¡por Merlín!
Hermione echó a correr como nunca lo había hecho. Ese examen era importante, había estado estudiando mucho tiempo para sacar una buena nota… no podía permitirse el lujo de tener esos deslices, ¡no en el último año!
Hermione llegó a la clase en cuestión y, con la respiración entrecortada y un par de gotas de sudor naciendo en su frente, ni se molestó en llamar a la puerta. La abrió y entró directamente… solo para comprobar que también estaba vacía.
Completamente desconcertada, Hermione se acercó a la mesa más cercana, dejó los libros sobre ella y se dejó caer en el asiento. ¿Dónde diablos estaba todo el mundo? ¿Qué estaba pasando aquel día? Estaba a punto de volverse loca. Apoyó los codos en la mesa y se llevó ambas manos a la cabeza. Todo tenía que tener una explicación razonable.

—Piensa Hermione, piensa —se dijo, tratando de recordar cualquier cosa que explicara por qué parecía ser la única persona en el castillo.

—¿Desde cuando hablas sola, Granger?

Hermione dio un respingo en el asiento y se giró rápidamente hacia la inesperada voz que había sonado tras ella. Soltó un suspiro cuando vio de quién se trataba.

—Desde que parece que todo el mundo ha desaparecido, Malfoy —respondió ella, cortante. Luego volvió a ponerse derecha. Apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la misma expresión petulante de siempre, Draco Malfoy era la última persona que le apetecía ver en aquel momento.

Unos segundos más tarde sintió cómo el Slytherin caminaba lentamente por la habitación. Pasó por su lado y se apoyó contra una de las mesas de la fila de al lado. Hermione vio por el rabillo del ojo cómo movía la cabeza para echarse a un lado un mechón de pelo rubio que había caído por su rostro. Cruzó las piernas en un gesto despreocupado y miró alrededor.

—Yo también me preguntaba dónde demonios se había metido todo el mundo cuando vi de refilón a alguien doblar la esquina a toda prisa —comentó—. No esperaba encontrarte a ti.

Hermione lo miró, entrecerrando los ojos.

—¿Y eso por qué?

—Bueno, al parecer era yo la única persona que quedaba aquí. Si tenía que aparecer alguien más, pensé que al menos sería alguien un poco menos… un poco más...

Hermione no tenía ni idea de cómo pensaba terminar la frase, pero desde luego ya había escuchado suficiente. Se levantó con rigidez y recogió los libros de encima de la mesa. Luego le dedicó una mirada helada y reprimió el escalofrío que amenazaba con recorrer su columna vertebral cuando se percató de que sus grisáceos ojos también se clavaban en ella.
Tragó saliva y trató de recomponerse.

—Me encantaría poder perderte de vista, Malfoy —espetó ella—, pero creo que lo mejor ahora es permanecer juntos hasta que sepamos qué ocurre.

Draco se separó de la mesa y dio un par de pasos en su dirección.

—Curiosa forma de querer perderme de vista —dijo él, con una sonrisa ladeada en la comisura de los labios. Ignoró la mueca en el rostro de Hermione y siguió hablando—. Mi sala común está completamente desierta. Snape tampoco está en su habitación.

—¿Has comprobado si Dumbledore está en su despacho? —quiso saber. Él negó con la cabeza. Ella sujetó los libros contra su cuerpo y se dio media vuelta, saliendo por la puerta. Draco la siguió y ambos caminaron en silencio por los pasillos.

El eco de sus pasos resonaba por todas partes. No se escuchaba otra cosa que sus respiraciones irregulares. El castillo parecía abandonado, y aunque sabía que él nunca lo admitiría, estaba segura de que aquella sensación de aislamiento le asustaba a él tanto como a ella.
Al llegar, la gárgola encargada de custodiar aquel despacho se apartó, dejándoles paso. Ambos se miraron, confusos, pero apartaron la mirada rápidamente. Parecía que ya no hacía falta una contraseña para acceder. Subieron el tramo de escaleras y, como si ya supieran de antemano que no iban a recibir respuesta, giraron el pomo de la puerta y entraron en el despacho del director. Estaba tan sombrío y frío como el resto del lugar. No tuvieron que preguntar en voz alta si había alguien ahí porque era obvio que seguían estando solos.
Hermione suspiró mientras miraba a su alrededor, como si todavía albergara la esperanza de que todo el mundo apareciera de repente gritando que todo era una broma. Pero no tenía pinta de que eso fuera a suceder en aquel momento.

—Esto es muy raro —murmuró, más para ella misma que para Malfoy.

—Cinco puntos para Gryffindor por lo evidente —dijo él, rodando los ojos.

Hermione lo miró sin tratar de ocultar la incredulidad en su rostro.

—¿En serio, Malfoy? ¿Todo el mundo ha desaparecido y tú no puedes dejar de ser petulante por un momento?

Él se encogió de hombros antes de cruzarse de brazos.

—Podría si quisiera.

Hermione cerró los ojos unos segundos, tomó aire por la nariz y la soltó lentamente por la boca. Iba a calmarse. No iba a entrar en su juego. Definitivamente no iba a hacerlo ese día.

—Está bien —dijo, abriendo los ojos de nuevo—. A pesar de que es evidente que esta situación es de lo más extraña, tiene que haber una explicación. Lo único que se me ocurre es ir a Hogsmeade para dar constancia de lo que ocurre.

—Ve tú. —Draco se pasó una despreocupada mano por el rubísimo pelo—. Yo me voy a mi casa.

—¿Cómo vas a irte? —quiso saber ella.

—¿Desapareciéndome, tal vez? —respondió con tono insolente.

—Si hubieras leído "Hogwarts: Una historia" sabrías que no es posible aparecerse o desaparecerse dentro de los límites del castillo —espetó ella, alzando las cejas.

Él imitó su gesto antes de sonreír de nuevo.

—Si todo el mundo ha desaparecido de repente, Dumbledore incluido, no veo por qué no voy a poder desaparecerme yo.

—Eso es ridículo —respondió, poniendo los ojos en blanco—. Dichas medidas protectoras no requieren de la presencia continua del director en el castillo, sería un sinsentido.

—Pues como lo que está pasando, ¿no te parece? —Draco asintió, dándose la razón a su propio razonamiento—. Ahora, si me disculpas, tengo que ir a poner al tanto a mi padre de todo esto.

Hermione divisó otra sonrisa ladeada en sus labios antes de que una fuerza mayor pareciera tragárselo de repente. Parpadeó un par de veces. Había conseguido desaparecerse… ¿Pero qué diablos estaba pasando aquel día? Sintiendo un punzante dolor en la cabeza debido a la rapidez con la que estaba actuando su cerebro para buscar una respuesta coherente –al parecer sin éxito–, cerró los ojos, pensó en Hogsmeade y, sorprendentemente, también se desapareció.


El pueblo no parecía albergar más vida que el castillo, pero Hermione pensó que sería porque aún era temprano. Divagó un momento sobre dónde podría ir. Estaba claro que, aunque parecía un serio problema el hecho de que no quedara nadie en el castillo –aparte de ella y Malfoy– no iba a llamar a la puerta de nadie que no conociera.
Hermione seguía dándole vueltas a aquella misteriosa situación cuando empezó a caminar. No le gustaba mucho la idea, pero el único sitio que sabía que estaba abierto las 24 horas del día era "Cabeza de Puerco". Se limitaría a pedirle al propietario que avisara al Ministerio de lo que estaba pasando. Lo haría desde la puerta, lógicamente. Luego esperaría a que llegara alguien que solucionara lo que diablos fuera eso, y todo volvería a la normalidad. Ron volvería, Harry volvería, todos volverían a Hogwarts y el director explicaría durante la cena aquel terrible suceso. Y entonces todo cobraría sentido en su cabeza. Las piezas encajarían y ella se sentiría estúpida por no haberlo pensado antes. Estaba segura de que había algo que había pasado por alto, de lo contrario no se explicaba por qué no había encontrado un razonamiento lógico a todo aquello.
Hermione se percató de que había llegado cuando sus propios pies se detuvieron frente al local. Suspiró y abrió la puerta. Había esperado encontrarse al mismo barman que siempre atendía aquel sitio a todas horas, con su delantal sucio y roñoso y el aspecto de desaliñado que le caracterizaba, pero detrás de la barra no había nadie. Empujó la puerta un poco más y dio un paso al frente, tampoco había nadie en las mesas. Sin valentía para adentrarse más en aquel tugurio, Hermione carraspeó y dijo en voz alta:

—¿Hola?

Pero el silencio era tan abrumador que un escalofrío le recorrió el cuerpo de repente. Dio otro paso hacia atrás y cerró la puerta, alzando la vista para mirar los edificios que se alzaban ante ella. Algunos rayos de sol ya habían empezado a hacer acto de presencia, pero ninguna silueta aparecía tras las ventanas. Aquella situación ya había empezado a darle miedo. Esperando que todo lo que estaba viviendo no fuera otra cosa que pura sugestión y deseando que Ron la estuviera esperando con una sonrisa y una taza de té, volvió a cerrar los ojos otra vez y se desapareció.


No sabía si era debido a la falta de alimento en su estómago o al más que evidente nerviosismo que se había ido apoderando de su cuerpo a lo largo de la mañana, pero Hermione necesitó un momento para recomponerse del ligero mareo que le había provocado esa segunda aparición. Cuando por fin se sintió un poco menos indispuesta sacudió la cabeza y empezó a caminar hacia la Madriguera. No quería alargar aquel sentimiento por más tiempo. Traspasó la valla del jardín y cuando llegó a la casa abrió la puerta. Entró dentro y se quedó en silencio un momento, tratando de oír cualquier cosa que le indicara que no estaba sola. Pero lo único que escuchó fue su propia respiración.

—¿Señora Weasley? —preguntó, caminando por la casa—. ¿Ron?

Hermione empezó a mirar en todas las habitaciones, pero la Madriguera también daba la sensación de haber sido abandonada a su suerte. Ya no percibía esa sensación de calidez que solía invadirla al momento de poner un pie dentro, la alegría se había esfumado junto con todos los demás.
Llegados a ese punto sabía de sobra que no le hacía falta subir hasta la habitación de Ron para confirmar que no había nadie. El sólo pensamiento de ver su cuarto vacío y no tener ni la más mínima idea de dónde se encontraba hizo que sintiera una punzada de dolor en el pecho, así que decidió ahorrarse el mal trago y volver a bajar a la planta principal.
Agotada, se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina. Se sentía hambrienta y fatigada al mismo tiempo. Un dolor puntiagudo se había agarrado a su pecho. Un montón de pensamientos saturaban su mente hasta el punto de humedecerle los ojos. Ya estaba amaneciendo. Con la vista fija en una de las esquinas de esa habitación, Hermione apreció cómo la casa se llenaba de luz poco a poco. Una parte de su cerebro se preguntaba por qué seguía allí sentada. Parecía que hubieran pasado horas. Tal vez esperara que con el día la gente fuera apareciendo de repente. Su estómago rugió de tal manera que le dolió. Allí no había nadie, y no tenía pinta de que alguien fuera a entrar por la puerta en algún momento.
Con el ceño fruncido y el rostro mojado por las silenciosas lágrimas que se habían derramado sin su permiso, Hermione se obligó a levantarse. Tragó saliva y miró a su alrededor. Su hogar, la casa donde le habían brindado un amor incondicional, el lugar que siempre había rebosado vida y alegría, donde no faltaban los gemelos haciendo trastadas o las comidas familiares alrededor de aquella gran mesa, ahora estaba vacía. El lugar donde se había ido enamorando poco a poco de Ron durante las vacaciones de verano ahora parecía abandonado. Estaba a punto de abandonarse al llanto cuando sus ojos se toparon con un objeto en la pared. Entrecerró los ojos, seguía sin creerse lo que veía. No podía ser. Se acercó a aquel viejo reloj y contuvo el aliento. Pasó unos temblorosos dedos por donde deberían haber estado las manecillas pertenecientes a cada miembro de la familia Weasley. Habían desaparecido. Nadie estaba en casa. Nadie estaba en el trabajo. Nadie estaba en Hogwarts. Nadie estaba en ninguna parte. Todo el mundo había desaparecido.


Día 3.

A Hermione le costó un par de días irse de la casa de los Weasley. Estaba atardeciendo y apenas había comido algo desde que había llegado… pero había decidido que no podía quedarse allí por más tiempo. Si seguía lamentándose por aquella extraña situación terminaría muriendo de inanición. O de pena. Así que se levantó del sofá en el que había pasado la mayor parte del tiempo, cerró los ojos y, no sin una cierta sensación de vacío, se desapareció.

En su interior todavía albergaba la esperanza de encontrar a sus padres tomando el té de las 5 en el salón de su casa, de que la miraran con extrañeza y le preguntaran que por qué no estaba en el colegio. Se había obligado a pensar que tal vez el mundo muggle seguía tal y como lo había dejado al marcharse a Hogwarts para cursar su último año. A lo mejor ese extraño suceso sólo había afectado al mundo de los magos y, por alguna razón, no le había perjudicado a ella. Bueno, ni a ella ni a Malfoy.

Estaba a punto de abrir los ojos… pero la casa estaba demasiado fría y el silencio seguía siendo demasiado absoluto. Frunció los labios. Tenía que hacerlo ya.
El salón estaba vacío. Una ventana estaba abierta, y el torrente de aire que entraba por ella hacía ondear las cortinas blancas que su abuela había cosido años atrás. Hermione tragó saliva antes de moverse de nuevo para ir a cerrarla, pero no pudo evitar detenerse a mitad del camino. La mayoría de los marcos sobre el mueble de pared estaban vacíos. Las personas habían desaparecido, dejando sólo el fondo de las fotografías. Su madre, su padre, sus abuelos, sus tíos y primos. Todos se habían ido. Se habían esfumado. Ahora sólo quedaba ella misma en algunas. Sola.
El aire de la ventana erizó el vello de sus brazos y la hizo estremecer. Se agarró al mueble al notar cómo le fallaban las fuerzas. Era de locos. Todo lo que estaba pasando era absurdo.
Hermione se mordió el labio durante unos segundos, necesitando de todas sus fuerzas para volver a erguirse y llegar a esa maldita ventana de una vez. Estaba helada. Su cuerpo no había recibido suficientes alimentos en los últimos días como para poder protegerla del frío. Sentía cómo trataba de ahorrar fuerzas para mantenerla en pie.

Cerró la ventana con tanta fuerza que el golpe resonó por toda la habitación. Una punzada de dolor atacó sus sienes de repente. Tal vez debería comer algo.
Hermione caminó con lentitud hacia la cocina, apoyándose en el marco de la puerta al llegar. En la encimera había un paquete abierto de fiambre y otro de pan de molde al lado. Un par de rebanadas yacían en el suelo.
No pudo evitar sentir una arcada al darse cuenta de que alguno de sus padres se estaba preparando un sándwich cuando todo aquello pasó, cuando de repente todo el mundo desapareció.
Hermione se alejó de allí apoyándose en las paredes y subió las escaleras al piso superior con toda la prisa de la que fue capaz. Necesitaba encerrarse en su habitación. Daba igual que no hubiera absolutamente nadie cerca, de repente sentía la urgencia de cerrar la puerta tras ella, meterse en su cama y taparse hasta arriba con las sábanas.