Recomendación musical: "Cry baby", Melanie Martinez.

PD:Gracias Sandra, mil gracias por tu ayuda. Eres la mejor.


Capítulo 9:


Día 16.

Hermione se despertó de manera sobresaltada con el ruido de unos golpes en la puerta de entrada. En la habitación ya había empezado a entrar una cálida claridad por la ventana, pero los atronadores porrazos que se escuchaban de fondo hacían que el momento se sintiera como una película de terror.

Hermione se levantó de un salto con el corazón encogido en un puño debido al susto. No sabía qué había pasado, pero estaba segura de que debía ser algo bastante grave para que Malfoy estuviera aporreando su puerta y despertándola de esa manera. Sin ni siquiera calzarse las zapatillas, Hermione salió corriendo por el pasillo y recorrió el apartamento hasta la puerta principal, la cual abrió tan rápido que se vio el puño del rubio a medio centímetro de su rostro, a punto de golpearle con fuerza. Ella se echó para atrás justo a tiempo y Malfoy puso una mueca en el rostro al contemplar su cara de por la mañana.

Hermione, todavía con el corazón taladrándole el pecho, lo miró fijamente con los labios entreabiertos mientras esperaba que dijera aquella razón tan urgente por la que golpeaba su puerta con tanto ímpetu. Esperaba algo de suma importancia, un descubrimiento que hubiera hecho durante la noche, una pista que explicara el porqué de lo ocurrido con el mundo… algo de peso que justificara haberla despertado con tanto escándalo y haberle dado tremendo susto.
Casi se le sale el corazón por la boca cuando lo vio tomar aire para hablar por primera vez aquella mañana.

—Me prometiste llevarme a una tienda de zapatos —dijo de manera despreocupada.

Hermione abrió tanto la boca que tuvo la sensación de que se le iba a descolocar la mandíbula de un momento a otro. No daba crédito a lo que escuchaban sus oídos. Intentó decir algo, pero las palabras no lograron salir de su garganta. Se llevó las manos a la cara y se cubrió el rostro con ellas para tratar de calmarse, el sobresalto y la angustia que había llegado a sentir en sólo unos cuantos segundos habían sido muy reales. Desplazó las manos hasta su pelo y respiró profundamente por la nariz para luego soltar el aire por la boca. Acto seguido volvió a mirarlo, esperando en su puerta con cara de tranquilidad y el típico porte característico de los Malfoy. Espalda recta, hombros cuadrados, barbilla levantada. Ella apenas podía contener los temblores de sus piernas y hacer que su cuerpo se irguiera y no pareciera ir hundiéndose poco a poco. Hermione volvió a dar un suspiro antes de hablar.

—¿Era necesario tanto escándalo? —preguntó, irritada.

—Llevo bastante rato aquí fuera —se excusó él—. He llamado como las personas normales cuatro o cinco veces, pero no abrías la puerta —Hermione todavía lo miraba con incredulidad—. Son las nueve y media —añadió Draco, como si eso lo aclarara todo.

—¿Y por qué diablos me despiertas tan temprano?

Ahora era el turno de él de darle una mirada extrañada.

—¿Temprano? Son las nueve y media —recalcó—. Tenemos muchas cosas que hacer.

Hermione soltó un bufido por lo bajo.

—¿Qué otra cosa hay que hacer aparte de buscarte unos zapatos nuevos?

—Tú tienes que ir a la universidad muggle y yo tengo que volver a Hogsmeade a por algunas cosas más.

La chica se dejó caer un poco sobre la puerta.

—¿No pueden esas cosas esperar un rato? —preguntó mientras se frotaba los ojos con una mano.

Él rodó los ojos, de repente aburrido de esa conversación.

—Vamos Granger, hay que aprovechar el día. No puedes levantarte todos los días a las dos de la tarde.

—¿Desde cuándo me dices lo que tengo que hacer, Malfoy?

—Desde que tú no eres capaz de darte cuenta por ti misma —el rubio puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos—. Escucha, puedes poner de tu parte y aceptar que necesitamos pasar a la acción o puedes dejarte caer en la cama y pasarte las horas lamentándote por todo. Es tu decisión, pero tómala de una vez porque si te decantas por la segunda ten por seguro que no voy a perder más tiempo esperando a que reacciones.

Hermione frunció los labios y el ceño al mismo tiempo, no sabía describir la sensación que había empezado a recorrer su cuerpo de lado a lado. ¿Enfado? ¿Rabia? Fuera lo que fuera, hizo que reuniera todo su coraje y le cerrara la puerta en las narices. Sólo le tomó un par de segundos relajar la expresión después de eso. Todo aquello la había convertido en una persona odiosa, ella misma era consciente de eso. Odiosa e inmadura. Miedica, perezosa. En definitiva, todo aquello que siempre había criticado. No se reconocía.

Sólo habían transcurrido unos segundos desde que había cerrado la puerta y todavía no había escuchado pasos en el rellano que le indicaran que Malfoy se había ido. Respiró profundamente por enésima vez en lo que iba de mañana y cerró los ojos mientras apoyaba la espalda en la puerta.

—Te veo abajo en diez minutos —dijo lo suficientemente en alto como para que la escuchara. Otra puerta se cerró muy cerca poco después.

. . . . .

Ayudar a Malfoy a encontrar unos zapatos que cumplieran todos sus requisitos y que además fueran cómodos resultó ser una tarea algo más agotadora de lo que había esperado. Él desechaba sus propuestas si no le gustaba el color, si la puntera no era lo suficientemente alargada o si el material no era de su total agrado.

Mientras él se probaba otro estilo de zapatos, Hermione decidió darse una vuelta por la tienda. Cogió unos zapatos deportivos de color rosa chillón, se los puso y metió sus antiguas y roídas deportivas en la mochila, sin el valor suficiente para dejarlas allí abandonadas. Aunque se notaba el paso de los años en ellas, al fin y al cabo había sido un regalo de sus padres.

Malfoy arqueó una rubísima ceja cuando ella se acercó de nuevo, pero Hermione obvió su gesto. Le daba igual que el chándal que llevaba fuera de un color naranja suave y que los zapatos que había elegido no pegaran para nada con su vestimenta. Era estúpido ponerse exquisitos en ese sentido teniendo en cuenta las circunstancias actuales.

Después de un buen rato de poner la tienda patas arriba, Hermione alzó los brazos al aire a modo de rendición. Estaba claro que él no iba a conformarse con cualquier cosa y ella no lograba entender por qué seguía empeñándose en mantener intacta su imagen. ¿A quién quería impresionar, si ya no había nadie que se sorprendiera al enseñarle sus nuevas adquisiciones? Ya no podía fardar de poseer cantidades ingentes de dinero, tampoco nadie iba a girar la cabeza para mirarlo al pasar. Aquello no tenía sentido.

Ambos decidieron que ya no tenían mucho más que hacer allí y decidieron separarse para hacer lo que habían pactado por la mañana. Acordaron verse de nuevo en sus apartamentos para la hora de comer y comenzar un nuevo día de búsqueda conjunta después de haber almorzado.

Hermione se topó una última vez con sus penetrantes ojos antes de desaparecerse. Cuando sus pies tocaron de nuevo el suelo estaba en medio del campus de la ciudad. Se paseó por él dando pequeños pasos, tomándose su tiempo para descubrir los edificios, para trazar en su mente un mapa que incluyera cada Facultad… y finalmente optó por echar un vistazo a la de Sociología. Siempre le había llamado la atención el estudio de la sociedad muggle, pero acababa de darse cuenta de un pequeño inconveniente. La Facultad estaba cerrada, al igual que todas las demás.

—Maldita sea.

Hermione maldijo un par de veces más antes de intentar buscar una solución. ¿Cuándo iba a asimilar que todo se había ido a la mierda por la noche y que la mayoría de edificios de la ciudad estaban cerrados? ¿Cuándo iba a reunir la fuerza necesaria para ir a por su varita? ¿Cuándo iba a dejar de comportarse de manera tan estúpida?

Sin pararse a pensárselo dos veces, Hermione cogió una piedra del pequeño espacio verde junto a la entrada y la lanzó contra la ventana más cercana. Ésta se rompió en pedazos y ella hubiera jurado que el ruido hizo un poco de eco a lo lejos. Limpió un poco los restos que habían quedado en el poyete y, con mucho cuidado, entró dentro.

. . . .

Draco sintió un escalofrío recorrer de arriba abajo su columna vertebral cuando se apareció en aquella pequeña y oscura habitación. Se sintió clavado al suelo, como si la gravedad pesara más que nunca contra su cuerpo y le impidiera moverse a su antojo. Apretó los puños y soltó un suspiro antes de iluminar la habitación por arte de magia. Con su varita todavía en la mano, la movió en dirección a la pared del fondo e hizo que un número del calendario allí colgado se tachara solo. 16 de marzo. 16 días desde que todo comenzó.

Echó un vistazo a los papeles esparcidos por el suelo. Todo estaba exactamente igual a como lo había dejado el día anterior. Luego miró el reloj de pared. Las once. Todavía tenía un par de horas por delante para intentar arreglarlo… aunque ni siquiera supiera por dónde empezar.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Draco hincó ambas rodillas en el suelo y se inclinó sobre una caja envuelta en terciopelo.

. . . .

Hermione sólo tuvo tiempo de pasearse brevemente por los pasillos de la Facultad antes de que un agudo dolor le hiciera doblarse por la mitad y tener que agarrarse a una columna que tenía a mano. El pantalón de chándal que llevaba puesto ahora tenía una gran mancha de color rojo intenso a la altura de su zona íntima. No se había percatado de ello hasta ese momento. Se encontraba repentinamente aturdida por el dolor, pero no esperó ni un solo segundo a recuperarse, cerró los ojos con fuerza y se apareció de nuevo en su apartamento.

Tiró la ropa al suelo y se metió en la ducha a pesar de que no lograba mantenerse completamente erguida. Se lavó minuciosamente mientras intentaba soportar la tortura a la que le estaban sometiendo sus ovarios. Se secó, se puso una muda nueva y abrió el paquete de compresas femeninas que había cogido del supermercado unos días antes. Luego se vistió con las prendas más holgadas y cómodas que encontró y se puso a buscar por toda la casa en busca de medicamentos. Moverse era definitivamente un suplicio, pero debía encontrar algo que calmara su dolor. Se agachó para buscar en los cajones del salón, se estiró para mirar en los estantes del baño… En vano. No había rastro de medicinas en ningún lado.

Con gruesas lágrimas de derrota resbalando por su rostro, Hermione se dejó caer en una de las sillas de la cocina y apoyó una mejilla en la fría mesa. Estaba rendida, perdida, y eso era lo único que le faltaba para terminar de derrumbarse. El periodo. Ahora que sabía que seguramente nunca tuviera hijos le daban ganas de arrancarse los ovarios y lanzarlos por la ventana.

Siempre había sufrido de periodos bastante dolorosos, herencia de su abuela por parte de padre, pero siempre había tenido a su disposición pociones cien por cien efectivas proporcionadas por Hogwarts a sus alumnas. Los dolores se iban a los pocos segundos de ingerirlas y tú volvías a estar como nueva en un momento… Pero ahora no disponía de ellas. Ni siquiera tenía medicinas muggles para tratar de aliviar sus cólicos.

Sin darse cuenta se había puesto a llorar desconsoladamente. Todo eso le superaba y no encontraba la manera de recomponerse. Se sentía destrozada, sin un propósito ni un destino.

Miró el reloj. Ya casi era la una de la tarde. Se levantó y arrastró los pies hasta la puerta que daba al rellano. No soportaba el dolor. O encontraba algo que lo calmara o terminaría tirándose ella misma por la ventana. Entró en el apartamento de Draco y se puso a buscar en todos y cada uno de los cajones que iba encontrando y removiendo en su interior con ambas manos. Después de unos minutos, en ese nuevo cuarto de baño había una cesta con cajas de medicinas en su interior. Con una gota de sudor resbalando por su frente, Hermione intentó hacer memoria para recordar cuál le decía su madre que debía tomar cuando estaba en casa por vacaciones.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo la voz de Malfoy desde la puerta del baño.

Ella ni siquiera se dignó a responder. Siguió buscando desesperadamente hasta encontrar lo que buscaba. Se metió la pastilla en la boca y se inclinó sobre el lavabo para beber agua.
Los medicamentos muggles no eran tan efectivos como los mágicos. Sabía que iba a tardar un rato en hacer efecto, por lo que hizo a Malfoy a un lado y salió de allí, dirigiéndose al salón y tumbándose en el sofá con delicadeza.

—¿Por qué están todos los cajones abiertos? —preguntó él de nuevo.

—Estoy enferma —logró murmurar ella—. Necesitaba medicinas.

Draco notó el cambio en su vestimenta y el reguero que había dejado lo que supuso que fueron lágrimas en su rostro, así que optó por no hacer preguntas al respecto. Se sacó la varita del interior de su túnica y volvió todo a como estaba antes de marcharse por la mañana. Luego se quedó mirándola un momento por el rabillo del ojo.

—¿Qué vamos a comer?

Ella se giró un poco, visiblemente incómoda y con una mueca de dolor en el rostro.

—Puse en tu carrito del supermercado paquetes de comida precocinada.

Draco lo sopesó un segundo, luego optó por sentarse en una silla cercana.

—Esperaré a que estés bien.

Ella chistó por lo bajo, pero luego ambos se quedaron en completo silencio durante un buen rato. No supo si había pasado media hora, una entera o dos, pero al final de lo que a Hermione le pareció una eternidad dejó de sentir ese dolor tan fuerte en su bajo vientre. Seguía teniendo molestia, pero ya no era igual. Ahora podía incorporarse y moverse con normalidad. Draco la siguió hasta la cocina y se apoyó contra la encimera mientras esperaba a que sacara las cosas del frigorífico.

—¿Has encontrado algo? —preguntó Hermione de repente, poniendo una sartén en el fuego.

Draco se puso rígido.

—¿Qué?

Hermione lo miró, todavía con los ojos algo llorosos. Frunció un poco el ceño al percatarse de que ahora se sujetaba a la encimera con tanta fuerza que los nudillos de las manos se le habían vuelto blancos.

—En Hogsmeade —aclaró ella—. Dijiste que ibas a por algunas cosas más a Hogsmeade.

—Sí, sí —se apresuró a responder él—. He ido a por ropa. No he encontrado nada.

Ninguno habló más después de eso. Draco se limitó a verla cocinar y ella a estar pendiente de la comida. Luego ambos comieron en absoluto silencio. Draco clavó los ojos en su plato y Hermione lo hizo en el suyo. Era el almuerzo más incómodo de sus vidas.