NdA: ¡lo prometido es deuda! He de reconocer que por el recibimiento que tuvo la idea en Facebook tal vez me esperaba más acogida al publicarlo, pero me lo he pasado muy bien con este fic nun Muchas gracias a ShikaZuka por la revisión y a Rebecca la viajera por el aesthetic, que podéis ver en mi Facebook.


~Índice de incógnitas no ordenadas por orden alfabético~

1º-. ¿De verdad hay gente que puede lamerse el codo?

2º-. ¿Beso bien?

3º-. O sea, ¿beso lo bastante bien como para que quieran besarme una segunda vez?

4º-. ¿Al final Ouran High School Host Club va a tener segunda parte o qué pasa?

5º-. ¿Debería desfragmentar el portátil o ahorrar para comprarme otro nuevo?

6º-. ¿Me ha besado solo para que corra una especie de rumor sobre mi (por analogía) estatus civil y que los chicos no intenten nada conmigo?

7º-. ¿Kuroo piensa besar a otras chicas cuando esté en la universidad?

8º-. De ser así, ¿eso me parece admisible?

9º-. Y de parecerme inadmisible… ¿por qué me lo parece?

~Fin del índice de incógnitas no ordenadas por orden de prioridad~


Da igual la estación en la que estén. Quedar con Shoyo siempre es un soplo de aire fresco. Exuda luz solar y tiene el pelo del color de las mandarinas; es un cúmulo de vitalidad fresca y optimismo incontestable y a Kenma le inspira para ser más amable y echarle ganas a las cosas. Para madrugar y probar recetas nuevas. Le hace creer que todavía hay esperanza para ella, que no ha conocido todavía a todos los amigos que va a tener a lo largo de su vida. Que tal vez algún día encuentre a otro chico o a otra chica como él, alguien con paciencia al que no le importe llevar gran parte del peso del diálogo, que no la reproche cuando al salir del cine, Kenma no tenga ninguna crítica ingeniosa que intercambiar sobre la peli que acaban de ver. Alguien que disfrute de la ausencia de palabras en compañía.

Alguien como Shoyo.

Alguien como Kuroo.

–Debería habérmelo pedido de otra cosa –masculla Shoyo por decimoquinta vez desde que sus batidos de helado llegaron a la mesa. La superficie plástica de los recipientes está perlada de gotas que forman un halo de agua perfectamente circular al llegar a la mesa.

Shoyo saca la lengua con desagrado.

–Te lo advertí –suspira Kenma, sorbiendo los restos de Bounty y brownie de chocolate del suyo–. Llevo viniendo aquí con los chicos desde la primera concentración a la que asistí. Siempre han servido la fruta muy ácida. Opaca el sabor de todo lo demás.

Ese sábado, los entrenadores los han obligado a todos a tomarse el día libre. Kenma imagina que los antecedentes de hiperactividad de Kageyama, Shoyo y Bokuto, entre otros, pueden ser la razón para que Ukai, Nekomata y el resto de entrenadores hayan amenazado con penalizar a todo aquel equipo cuyos jugadores sean vistos entrenando in fraganti.

"–Uno –había sentenciado el director Nekomata, sombrío y todo inflexibilidad–; un solo jugador que se salga del plato y pagaréis todos justos por pecadores. ¿Entendido?"

Pasan de las seis, los trinos agudos de los pájaros comienzan a extinguirse y Shoyo y ella están en la heladería a la que suelen peregrinar en manadas todos los estudiantes del Nekoma al concluir las actividades de tarde de los clubes durante el año lectivo.

Hay un montón de lienzos colgados y pintados con acuarelas, todos de los nietos de los propietarios, y una vitrina limpia y reluciente con pastel de queso y arándanos, bizcocho de mármol, tarta de zanahoria con limón y coco rallado y unos pocos pedazos de Muerte por chocolate, el postre más afamado de la heladería.

Es ese típico negocio humilde y de barrio que ha tenido los mismos dueños durante generaciones. La madre de Kenma y los padres de Kuroo también fueron asiduos durante su época escolar. Ahora, sin embargo, casi todos sus compañeros de vóley se están duchando y preparándose para cenar, así que no hay mucha gente además de ellos. Se han puesto al día y han probado un juego de samuráis que Kenma fue a recoger esa misma mañana a Game, su tienda de culto. Ha ganado las tres partidas que han echado. Le gustan los comentarios que Shoyo hace al respecto. No deja de hablar por los codos ni siquiera cuando está bajo presión, y es divertido verlo dar saltitos histéricos en el cojín sobre el que está sentado, como si así pudiera guiar a su personaje hacia donde quiere.

Lleva un rato peleándose con su batido de chocolate negro y frutas del bosque, así que Kenma aprovecha su visita al baño para pedir otro en el mostrador.

–¿Te vas a tomar otro? –inquiere Shoyo, olfateando el vaso. Se relame sin querer, y luego mira con decepción su bebida a medio acabar–. Tiene buena pinta.

–No es para mí –dice Kenma, rasgando el envoltorio de la pajita con los dientes. Si Kuroo la viese le pondría un bozal. Se pone muy pesado cuando la ve abrir cosas con los dientes. El tubo de pasta de dientes, las latas, los precintos de las bolsas de chucherías. Utilizar los dientes delante de él equivale a tragarse su charla sobre la sensibilidad dental y el consiguiente resentimiento de las encías–. Es para ti –clava el cilindro plástico en la superficie espumosa. Empuja la bebida sobre la superficie pulida de la mesa de madera oscura. Probablemente cerezo. El aroma tenue a barniz sugiere que se lo han aplicado hace tiempo, pero no el suficiente para que se haya disipado del todo. Puede que un mes. Barniz acrílico, por la ausencia de la nota característica del disolvente y la resina–. Has probado el mío y te ha gustado, así que te gustará este. He pedido que sustituyan la bola de Bounty por una de Butterfinger*.

Shoyo la mira como si a Kenma le hubieran salido alas blancas y hubiese dado con la fórmula para acabar con la malnutrición en los países subdesarrollados.

–Cómo molas, Kenma –lloriquea, agradecido–. ¡Que aproveche!

La sonrisa que logra esbozar no es gran cosa. No es radiante, y ni siquiera enseña los dientes, pero Kenma nota cómo le tira de las comisuras.

Se mira las muñecas, moviendo arriba y abajo las pulseras de tela con la uña (esmaltada en un verde bosque que comienza a descascarillarse). Quizá debería quitárselas durante unos días, para borrar esa franja nacarada que la sombra le ha dejado entre la mano y el resto del brazo. No puede broncearse mucho sin pelarse, pero le gusta esa tonalidad saludable de café con leche que le brilla en los hombros y en la cara.

–No es nada –logra decir. Durante unos segundos no hace más que observarlo tragar con avidez. El horizonte de leche y helado de su copa baja y baja a un ritmo vertiginoso–. ¿Por qué te lo has pedido de frutas del bosque? –inquiere. Ingenua e intrigada–. Creía que no soportabas lo ácido.

–Y no lo soporto –confiesa Shoyo, arqueando las cejas. Se inclina sobre la mesa para cuchichearle con complicidad–. ¿Y sabes lo que soporto todavía menos?

Brillo enfurecido en las pupilas. Admiración inadmitida. Manchitas rosas en la parte alta de los pómulos. Puños contraídos.

Es evidente.

–¿A Kageyama?

–¡Exacto! –exclama, dejando un momento el batido para propinarle un par de puñetazos al aire–. Dice que soy un crío porque siempre me pido los helados de sabores de crío. ¿Te lo puedes creer? –brama, indignadísimo–. ¿Qué tienen de malo la vainilla, el chocolate blanco y el turrón, eh? Y además –puntualiza, cruzándose de brazos y haciendo un puchero disconforme–, no soy yo el que se deja la paga en zumitos y yogur líquido.

–O sea… –musita Kenma, uniendo hilos. Haciendo círculos con la pajita dentro de su propio vaso–… que te lo has pedido de frutas del bosque para demostrar que no eres un crío.

–Sí. No –boquea Shoyo, en pleno cortocircuito–. que no soy un crío.

–Pero quieres demostrarle a él que no lo eres –cabecea con languidez hacia el móvil de Shoyo, junto al servilletero. La pantalla llena de huellas–. Por eso le has sacado una foto conforme te lo han traído. Para enviársela. Y por eso tenías el móvil desbloqueado y estabas en WhatsApp y tenías un dedo en la pantalla que has levantado solo cuando han terminado de tomarnos la orden. Estabas grabando un audio para que Kageyama te oyese decir "el mío de chocolate negro y frutas del bosque, por favor", y escuchase la voz de la camarera aceptando el pedido –concluye, recostándose en la fría pared–. ¿Me equivoco?

A Shoyo se le desencaja la mandíbula.

–Guau –tartamudea, sobrecogido–. Eso ha sido… una pasada.

–Si te sirve de algo, dudo que lo piense de verdad. Por lo que me has contado, lo más seguro es que te lo diga para meterse contigo –prosigue Kenma, porque no es muy buena lidiando con los cumplidos–. No creo que Kageyama piense que seas un crío.

Es… adorable. La forma en que Shoyo trata de disimular que eso le reconforta.

–Ya. Bueno –carraspea, volviendo a su batido y mirando por la ventana. Con la obstinación concentrada con la que encara a jugadores más fuertes y altos que él–. Ya veremos si sigue metiéndose conmigo cuando lo bese.

Sí.

Ya verem- espera.

Espera, espera, espera.

–Qué.

–Qué –repite Shoyo como un autómata, parpadeando. Saliendo de su ensoñación–. Ah. Eh. Uh. –Cada vez más consciente de su desliz–. ¿Lo he dicho en voz alta? –apurado. Haciendo aspavientos.

–Eso creo –dice Kenma, procesando la información.

Shoyo quiere besar a Kageyama.

Kageyama es un chico.

Y Shoyo también.

–No se lo digas a nadie –suplica Shoyo, muerto de miedo–. Por favor, Kenma.

El pavor que se le refleja en los ojos atemorizados la impulsa a querer protegerlo de todo lo malo.

–Está bien –se apresura a responder, porque a Shoyo parece que va a darle un ataque–. Tranquilo. Está bien.

A mí también me gustan los chicos, quiere decirle, pero no sabe si es lo que Shoyo necesita oír, o si es apropiado, y la verdad es que carece de un historial de chicos que le hayan gustado.

Le viene a la mente una marejada de pelo negro y una sonrisita de suficiencia, y la lengua se le vuelve de trapo.


~Datos sobre la quedada de Hinata y Kenma~

1º-. Al final, Hinata se calmó. Tras hacerle prometer quinientas setenta y dos veces a Kenma que guardaría silencio sobre lo que ambos acordaron denominar el "asunto K".

2º-. Estuvieron juntos desde las cinco hasta las siete menos doce minutos, contando la ida y venida desde el centro hasta la heladería.

3º-. Durante ese rato, a Kenma le llegaron quince mensajes de Kuroo.

4º-. [Documento adjunto y clasificado]

De: Kuroo:

"¿Dónde estás?"

"¿Estás en el centro?"

"Vale. No estás en el centro. Lo deduzco tras haberlo recorrido con Taketora cuatro veces"

"¿Estás con Hinata? 7u7"

"Por lo menos podrías haber avisado. Yaku está preocupado"

"¿Para qué quieres el móvil?"

"¿Estáis haciendo manitas y por eso no puedes cogerlo?"

"Vale, olvida lo que acabo de decir"

"De qué sirve la opción de eliminar mensajes si al destinatario le llegan igual"

"Me suena estúpido hasta a mí"

"Ni una palabra a Bokuto"

"No, en serio, ni-una-palabra"

"¿Cuándo piensas volver?"

"La cena se enfría"

"Pienso comerme tu ración y esconderte las carátulas de todos tus juegos"

"Vas a matarme cuando esté en la universidad. De un infarto. O cualquier otra dolencia cardiovascular"

5º-. Tal vez el amor sea una dolencia cardiovascular.

~Fin de la recopilación de datos~


–¡Kenma! –ladra Inuoka, secándose la cara con el dobladillo de la camiseta–. ¿Dónde están las toallas?

Mediodía. Penúltimo día de la concentración. Lluvia de testosterona. Un marcador reñidísimo entre el Fukurodani y el Karasuno, en cuya competición el Nekoma se cuela de higos a brevas.

–Debajo del banquillo, Inuoka –suspira Kenma con hastío, dejándose trenzar el pelo por las mánagers del Fukurodani, que se ríen bajito. Yukie musita "no pierden la cabeza porque la tienen pegada a los hombros"–. Justo en el mismo sitio que el resto de las veces que me lo has preguntado.

Y si te interesa saber mi opinión, no creo que vayan a moverse de ahí. Eso se lo guarda para ella.

–Ay, perdona –se disculpa Inuoka, ruborizándose hasta las orejas por la reprimenda intrínseca–. Siempre se me olvida.

–Kenma, no seas cortarollos –interviene Kuroo, que ha terminado de beber isotónica de limón y le pasa la botella–. Desde aquí arriba no vemos lo que hay debajo del banquillo –se incorpora con la broma en la lengua y un par de toallas rojas–. ¡Deséanos suerte! –le pasa una a Inuoka para que se limpie sobre la marcha, y lo engancha del brazo para que vuelvan al terreno de juego.

Inuoka es la prueba viviente de que Kuroo es más de perros que de gatos. De hecho, si presta sus servicios en la protectora de gatos es solo porque en la de perros hay demasiados voluntarios.

Y los gatos también necesitan que los cuiden.

–Kenma, ¿hay más agua?

Taketora.

–Kenma, ¿puedes ir a buscar un poco de hielo? Yaku ha caído mal sobre la muñeca.

Lev.

–Kenma, ¿has anotado ese punto?

Fukunaga.

–¿Nos ayudas a recoger, Kenma?

Shibayama.

Con tanto gato del que hacerse cargo, tal vez sea Kuroo el que debería desearle suerte a ella.


El ecuador de julio. Dos semanas desde el final de la concentración es lo que transcurre hasta que les llega un WhatsApp de Akaashi.

–¿De qué crees que se trata? –pregunta Kenma, apretujada en el atestado vagón contra el costado de Kuroo.

–A saber –jadea Kuroo, muy pendiente de no perder el agarre sobre el asidero del compartimento. Kenma nunca llega hasta ellos, ni siquiera poniéndose de puntillas, así que Kuroo se engancha a alguno y ella a él–. ¿Cómo vas?

A pesar de que Kuroo tiene entrenados los brazos, hay determinados tramos que dificultan no perder el equilibrio en plena muchedumbre.

–Bien –masculla ella, moviéndose para evitar que el maletín de una señora con falda de tubo se le siga clavando en el riñón–. Si voy al infierno cuando muera podré poner que tengo experiencia en mi currículum.

–Qué vas a ir tú al infierno.

Kenma lo mira desde abajo. Kuroo tiene las cejas arqueadas sobre la montura de las gafas, como diciendo "más quisiera Satán que un ángel le hiciese compañía".

–Ya, bueno. vas a ir al infierno –rectifica Kenma, sin nada que respirar. Por la marea de personas, por el calor de julio, porque a Kuroo le sientan bien esos colgantes de corteza que se superponen y le aportan un aire desenfadado. Le sienta bien el verano. La ciudad. Los diecisiete años–. A mí me destinarán al cielo, pero iré a visitarte de vez en cuando.

–Tal vez monte una guerra civil allí abajo para hacerme con el trono.

–Tal vez te lo den nada más verte –dice Kenma, y Kuroo infla las mejillas como Hamtaro para que la risa no se le escape.

Salen del metro con sendas gorras y gafas de sol (ella con un vaquero blanco y roto bajo las rodillas que le llega un palmo por encima de las sandalias marrones y Kuroo con un longevo y desteñido pantalón pirata que su padre insiste en que destierre) y pillan por los pelos el bus que lleva hasta el barrio de Bokuto. No vive exactamente en el núcleo ajetreado y estrepitoso de la capital, pero el calor que mana del alquitrán vuelve borroso el horizonte y les hace lagrimear.

Cuando llegan al umbral de su casa, sus amigos los están esperando. Uno no cabe en sí de la emoción. El otro es Akaashi. Kenma sabe que cuando Bokuto y Kuroo establezcan contacto visual lo perderá durante un par de horas, y sus previsiones no fallan.

Bokuto da el primer alarido.

–¡Bro!

El chispazo atraviesa el aire. La magia se hace presente. El juego está servido.

Y Kuroo, por supuesto, cae redondo.

–Qué pasa, bro.

Cuando se cansa de verlos abrazarse y levantarse por los aires, Kenma se vuelve hacia Akaashi, que no ha movido ni un músculo desde que Kenma lo divisó en la lejanía. El más estoico de todos los búhos del Fukurodani.

–¿Tenéis limonada? –le pregunta Kenma, pasando la mano sobre el labio superior para secarse el sudor.

–Claro –dice Akaashi, con esa pausa permanente en la voz–. Vamos –propone, descalzándose y echando a andar hacia el interior de la casa–.Ya vendrán cuando empiecen a marearse.

Cuando lo conoció hace dos años, Kenma había pensado que Akaashi le gustaba porque se parecía un poco a ella. Reservado. Metódico. Segundo año. Misma posición en la cancha. Idéntico apoyo anímico para el capitán. Inigualable entendedor de cabezas huecas.

Tocaba el violín, y lo hacía como si la madera fuera piel que pudiese estremecerse bajo sus dedos. Kenma lo había escuchado tocar cuando el chico los había invitado al conservatorio.

Y se había dado cuenta de que Akaashi solo levantaba la vista de las partituras para mirar a una persona.

–Supongo –bosteza ella, deshaciendo las hebillas de los zapatos y dejando la gorra en el recibidor. Se atusa un poco el pelo, encrespado por la transpiración–. Hola, Akaashi.

Un año después, había pensado que Akaashi era guapo. E inteligente.

–Me alegro de verte, Kenma.

Pero no era él quien tenía el poder de hacerle levantar la vista de la PSP.


Cuando Kuroo y Bokuto irrumpen en el jardín interior cogidos por los hombros, Kenma ya ha descubierto el motivo por el que Akaashi les ha pedido que vengan.

–¿Eso es lo que creo que es? –pregunta Kuroo, percatándose del amasijo de plumas que se revuelve en su regazo. Maravillado.

Bokuto es, probablemente, uno de los mayores golpes de suerte que ha tenido Kuroo en la vida. Se alimentan de la energía del otro y constituyen una magnífica influencia mutua. Cuando está con él, es como si Kuroo rejuveneciera diez años y volviese a ser el niño impetuoso que le enseñó a chocar los cinco tras una jugada arrasadora.

A Kenma le gusta contemplar su amistad. Su forma de empujarse y de buscarse, como cachorros de león. Es paradójicamente poético cómo los pájaros pueden ser por una parte el mejor amigo del gato y por otra, su mayor rival.

Esto es –dice Akaashi, punteando con el dedo índice al bicho, que se retuerce y le pellizca el nudillo con un pico del tamaño de un sacapuntas– lo que ocurre cuando me voy cinco días de vacaciones a Kioto con mis tíos.

–¡No tengo la culpa de que Tsukki cayera en mi jardín, Akaashi! –protesta Bokuto, agazapándose para hacerle carantoñas al animal, que en cuanto distingue su rostro se pone a gorjear como loco–. ¿Dónde está papá? ¿Dónde está papá? –extiende los brazos del tamaño de árboles jóvenes y el búho revolotea hacia él, escorando un poco hacia la izquierda.

Bokuto lo atrapa al vuelo y se carcajea a gusto, felicitándolo ("ese es mi chico, ese es mi chico, claro que sí") y sacándole la lengua a Akaashi.

–Cinco días, Bokuto.

–¿Le has puesto Tsukki? –inquiere Kuroo con un hilo de voz.

–Te juro que pensaba consultarte primero –afirma Bokuto con solemnidad–. Necesitaba el visto bueno de su padrino, después de todo, pero no he podido resistirme.

–¿En el fondo sabes que no es un niño, verdad? –replica Akaashi, con un cubito de hielo derretido en el carrillo.

–Eso no impide que pueda tener padrinos –insiste Bokuto, devolviéndole el búho a Kenma–. Ah, por cierto, ¿te parece bien ser la madrina? –quiere saber, dejándose caer junto a ella en el césped reseco.

–¿Tengo que pagar el bautizo?

–Nah –descarta Bokuto, haciendo un ademán con la mano–. Luego metemos el dedo en la pileta de la manguera, se lo pasamos por el pico y listo.

–Entonces vale.

–Os he llamado –carraspea Akaashi, retomando la palabra– porque Bokuto piensa quedárselo.

–Al principio pensé que habría tenido una riña con otro pájaro mientras cazaba –comenta Bokuto animadamente–. Pero es demasiado pequeño. No he subido a comprobarlo, pero creo que hay un nido de búhos en el tejado y este chiquitín se cayó de él –explica, pinzándole el pico con afectuosidad.

–El veterinario le ha revisado y tratado el ala, y opina que la semana que viene podrá recorrer distancias medianamente largas para su especie –añade Akaashi–. El problema es que como Bokuto le ha estado dando semillas y gusanos de tierra ha perdido el instinto predatorio. Y también el hábito de comer de noche.

–El problema es que Akaashi ve problemas donde no los hay.

–No es una mascota, Bokuto –reitera Akaashi, masticando el hielo sin inmutarse.

–¿Dónde va a estar mejor que aquí?

–¿Cuando dices "aquí" te refieres a la casa de la que te irás dentro de mes y medio?

–Antes de volver de Kioto te alegrabas de que me hubieran aceptado en la universidad –apunta Bokuto, dolido–. A lo mejor ni siquiera esperabas que sopesaran mi solicitud, con mis notas.

–En ningún momento he dudado de ti, Bokuto –dice Akaashi, ofendido.

La gravedad de la situación es de tal magnitud que la trifulca se alarga durante quince minutos. Quince minutos en los que ni Kuroo ni ella intervienen, y solo se atreven a intercambiar muecas cuando Bokuto o Akaashi hacen una acusación particularmente espinosa. Kenma nunca los ha visto hablar tanto, y mucho menos discutir. Ignoraba que lo hicieran, como mucha gente ignora que Kuroo y ella discuten. Se pregunta si ese es el indicio de que hay algo entre ellos que también está sufriendo una metamorfosis.

Qué les está sucediendo a todos.

–Quiero que lo cuides, Akaashi –dice Bokuto de pronto, a la desesperada–. Así tendrás que pasarte por aquí todos los días. Porque si no hay nada que te obligue a venir tal vez olvides todo esto –señala la hierba marchita. La casa. A sí mismo–. No vas a tener mucho tiempo libre siendo el capitán del Fukurodani y peleando contra el Nekoma por mantener el liderazgo en Tokio. Así que tal vez… tal vez te olvides del color de las paredes de mi cuarto. O del número de macetas que hay en el jardín. O de dónde se guardan los regalos en Navidad para que yo no los encuentre. O de cuál es el peldaño de la escalera al segundo piso que cruje al pisarlo –se muerde los labios y la incertidumbre, y cuando Kenma busca los ojos de Kuroo, él ya la está mirando. Acongojado. Asustado–. No quiero que te olvides de nada.

Por fin lo comprende. Qué es lo que le ha estado ocurriendo durante los últimos meses.

–Bokuto –Akaashi corta el silencio, pero lo hace con tanto cuidado, con un mimo tan delicado que si el silencio pudiera sentir no le dolería en absoluto–. No voy a olvidarme de ti.

Kuroo aguarda. Kenma intuye a qué está esperando pero no dice nada, porque si habla toda esa pasión demencial va a romperse, y Bokuto y Akaashi necesitan que les cale hasta los huesos. Necesitan creerse todo lo que acaban de vomitar desde el alma, y una tercera voz lo estropearía.

Espera a que Akaashi vaya a la cocina porque "hay que cambiarle las semillas" y Bokuto lo siga porque "hay que apartarle las que más le gustan".

La mano de Kuroo sobresale bajo la suya. Más grande y maltratada. Kenma mueve un poco el pulgar contra la piel rugosa, confiando en que Kuroo puede leer el gesto, que grita "si tuviese que olvidarte preferiría morirme".

Le gusta cómo quedan sus manos juntas.

Trata de visualizar cómo quedarían con los dedos entrelazados.


~Adivina, adivinanza~

¿Cuántos segundos creéis que tardó el Tsukishima humano en eliminar a Kuroo y a Bokuto de Facebook cuando lo etiquetaron en la foto de un búho blanco y gris?

~Pensadlo~


A falta de tres días para que julio toque su fin, Kenma lo escucha aparcar la bici fuera del Kuro Neko, que ya tiene la persiana bajada. Reconocer la forma de aparcar de una persona es algo que uno aprende a hacer después de varios años.

Mordisquea un senbei mientras espera a que su té roiboos se enfríe un poco. Encaramada a un taburete alto como un rascacielos. Con el delantal manchado de levadura y lavavajillas puesto. Se peina con los dedos llenos de migas por impulso, para intentar ofrecer un aspecto más presentable antes de que Kuroo la vea, pero luego se da cuenta de que es una soberana chorrada y vuelve a su bandeja de galletas y a su portátil plateado.

"Por el amor de Dios; son crackers, no galletas. A ver si te entra en la mollera, maldita sea".

Casi dos meses de un adiestramiento digno del ejército y Kenma sigue llamando galletas a los senbeis. Como si valiese la pena llamarlos por su nombre cuando puede ver a Kuroo de mal humor por el despropósito.

–¿Todavía estás así? –la saluda, chasqueando la lengua con tedio.

Kenma echa un vistazo al reloj del ordenador. Kuroo siempre la lleva a casa por las noches, y cuando él llega habitualmente ella ya ha cenado y se ha quitado la ropa del trabajo, pero hoy se le ha hecho tarde.

–Enseguida me cambio y nos vamos –repone, irguiéndose para hacer rechinar a su columna. Marca las dos pestañas de búsqueda como favoritas antes de pulsar en el recuadro rojo de la esquina superior derecha para cerrarlas.

–¿Qué haces? –se interesa Kuroo, rodeándola con el brazo agarrotado por el manillar de la bici para robarle una galleta.

–Buscar un entrenador de defensa personal. Hay una chica muy bien puntuada por los usuarios que tiene un gimnasio a quince minutos en bus –responde Kenma, apurando su té–. Y también estoy buscando piso.

El runrún del padre de Kuroo enjuagando los cubiertos es lo único que rasga el oxígeno que flota entre ellos.

–¿Piso? –Kuroo vocaliza las sílabas. Deja el senbei de nuevo en el plato y ladea la cabeza, consternado–. ¿Vas a irte de casa?

–Pues claro –contesta Kenma, dándose alas para afrontar lo que lleva tiempo queriendo abordar–. Dentro de un año, cuando acabe el instituto.

–¿Y estás mirando pisos desde ya?

Kenma procura hacerlo rápido. De carrerilla.

–Bueno, tú te vas dentro de menos de tres semanas. Alguien tiene que asegurarse de escoger un buen sitio y a ti no se te ve muy por la labor de ponerte manos a la obra, así que he tomado la iniciativa.

–¿De qué estás…?

Completamente desorientado.

De que voy a estudiar Informática cuando termine la secundaria. Lo he decidido. Quiero quedarme en un barrio sin peleas callejeras, ni trapicheos, ni desequilibrados que pongan la música a todo volumen. Quiero un salón en el que entre la luz del sol y un baño sin humedades. Y una cocina que no sea de gas. Quiero habitaciones con muchos enchufes que admitan adaptadores para poder conectar el portátil, la impresora, la lámpara de la mesilla, la plancha del pelo, el cargador del móvil y el de la PSP a la vez.

–Confío en que Yaku logre mantener los muebles a salvo de Bokuto y de ti hasta que llegue yo.

Y todo eso es prescindible, siempre y cuando esa casa sea también la tuya.

–Kenma.

Kuroo se pone de pie. Kenma recuerda cuando ninguno de los dos llegaba a la barra. Parece inmenso y eterno en medio de ese salón que huele a té y a harina frita.

–Tal vez haga una apuesta con tu padre –se le atora la voz y se le comprime en la garganta pero no se calla. Ahora no–. Quizá seas tú el que acabe quemando la cocina.

–Kenma.

Se baja del taburete con la cara roja y los pies de plomo. Una vez se le quedó atrapado el pie y se cayó como un saco de patatas, y le salió un moretón en la canilla del tamaño de Gales.

Numeritos como ese no puede permitírselos ahora.

Respira por la nariz y levanta los brazos con rigidez. Kuroo la mira alucinado. Inmóvil, como un amante de los gatos al que se le acerca uno para olisquear su mano. La deja hacer. Kenma supone que debería pegarse más a él. Que debería amoldarse a su cuerpo.

Como cuando nos besamos.

Creo que quiero besarte otra vez, Kuroo.

Hay tantas cosas que le gustaría darle, tantas y tantas cosas que le gustaría saber hacer con normalidad.

–Kuroo –sisea. Ya no hay vuelta atrás. Es fácil dejarse llevar con la fragancia de Diesel que desprende su camiseta. Hace que enseñar el engranaje metálico del pecho no la haga sentir tan vulnerable–. A Shoyo no le gustan las chicas. Le he preguntado si podía contártelo, y me ha dicho que sí, pero que no te fueras de la lengua.

–No le gustan las…

–Y aunque le gustaran –los ojos cerrados. El corazón abierto– daría lo mismo. Daría lo mismo, Kuroo –por favor, une los puntos y adivina lo que estoy intentando decirte. No se me dan bien las cosas bonitas–. ¿Vale?

No puede verle la sonrisa infinita, pero la reconoce a través de su voz. Plácida. La paz por bandera.

–Vale –suspiro largo. Risita de bobo. Sus brazos en la espalda y los labios en la coronilla–. Vale.


~Traducciones que nadie ha pedido pero que pueden serviros en la vida~

Hay gente para la que "vale" significa "te quiero". Sí, gente además de Augustus Waters y Hazel Grace Lancaster. La epidemia tiene un alcance desconocido.

~¿Vale?~


Hay una cena de despedida, aunque Kuroo y Yaku se empeñen en negarlo e insistan en que es solo una cena veraniega de tantas. Tiene lugar el treinta y uno de agosto, Yaku y Kuroo se van en tres días y todos se han puesto un poco de espuma en el pelo (el mohicano de Taketora está impecable), llevan camisas de botones y se sientan alrededor de la mesa más grande del salón del té sin armar mucho jaleo. Hay una especie de pacto de no agresión que hasta Kuroo respeta, y eso que le encanta hacer leña del árbol caído.

Kenma sabe que Kuroo podría pasarse toda la velada rememorando el resbalón que tuvo Lev en la acera por la mañana, mientras trataba de caminar erguido y pavonearse delante de aquel grupo de gals*, o aquella vez en la que el profesor de Biología sacó a Kai a exponer sobre las mitocondrias y se le olvidó quitarse el chicle, o cuando Yaku llegó con los apuntes en la mano a aquel examen del segundo trimestre que empezó antes de lo debido, y por las prisas se sentó encima de ellos y luego estuvo una hora sudando frío y esperando que la profesora no pensara que se estaba copiando.

Han cerrado el local y solo están ellos y el padre de Kuroo, que saca jarras de té de melocotón frío y bandejas de pastelillos de fresas con nata, porque "total, un día es un día". El baño y la cocina son contiguos y las paredes son finas, así que Kenma lo escucha revolotear por aquí y por allá.

–Kenma –le suplica por séptima vez en el último cuarto de hora, tocando con los nudillos en la puerta del reducido aseo–, para una noche que libras y en vez de aprovechar y estar con tus amigos te confinas ahí dentro a hacer Dios sabe qué –dice con voz ahogada, como si hubiera estado llorando–. Sal ya, mujer. Que estos granujas te van a dejar sin nada.

–Ya voy, Koukuro –contesta, colocándose una última horquilla, imitando a la chica del tutorial de Youtube que ha elegido seguir. El móvil colocado en la repisa del lavabo (junto a la maltrecha pastilla de jabón de rosas) con pericia para pillar el Wifi de la casa de Kuroo, que está justo encima del local. Rebobina unos segundos el vídeo para asegurarse de que ha imitado bien el paso–. Dame un minuto.

Se mira al espejo, evaluando los frutos de su trabajo. Ha procurado ser realista con sus dotes en peluquería y no dejarse llevar por lo fáciles que hacen parecer a los peinados en internet. Y a las casetas para ratas hechas de palitos de helado y silicona. O a las trufas brasileñas de coco. A Kenma le gusta pensar en sí misma como en alguien con los pies bien plantados en la tierra, pero reconoce que más de una vez se ha dejado llevar por la magia de los do it yourself.

Hoy no.

Se ha recogido parte del cabello en una gruesa trenza que parte de las sienes y le rodea toda la cabeza. Algunas hebras rubias han escapado del trenzado, más cortas y rebeldes que el resto, pero está satisfecha con el resultado general. Se pone un poco de sérum en los dedos, frotando un poco con las yemas y se lo pasa por la raya del pelo para que el vello de la zona no se le levante por el calor. Acaba chasqueando la lengua y dejando los ojos en blanco.

Se lame la palma y repite el gesto, esta vez con éxito.

El resto de la melena le cae por la espalda, enrojecida y adolorida en la parte alta, surcada por las marcas del bikini que usó para pasar el día en la piscina pública con los chicos, hace tres días. Pronto comenzará a resecarse y a agrietarse, y Kuroo querrá quitársela como si fueran las capas de una cebolla, y Kenma tendrá que decirle que es asqueroso.

Se pone de perfil, esperando que el volumen que ha adquirido en el cráneo no haga que parezca que tiene más cabeza que cuerpo, como las cerillas.

Lleva puesto el vestido que su madre le ha comprado para la fiesta posgraduación para la que todavía falta un año, y a la que Kenma no va a asistir, porque ha visto las series suficientes –y ha aguantado media hora en la orla de Kuroo– para tener claro que en ese tipo de eventos a la gente le da por bailar, crear cadenas de gente que no se conoce y que serpentea por el recinto cogida de la cintura, abrirse la camiseta y atarse la corbata a la frente, y duda que Taketora y Lev no se opongan a que ella se pase toda la noche sentada junto a una mesa de canapés, por aquello de tener más oportunidades de coger los de atún cuando el camarero venga a renovarlos.

El traje es azul, como los polos de piña (la hipótesis de Kenma es que los directores de markéting responsables de las gominolas de Coca-Cola y las chucherías con sabor a piña tienen un convenio secreto para hacer todos sus productos de color azul). Es azul y es largo. Se le ajusta al pecho y al torso recto, hasta la cintura, y luego cae como la corola de una rosa en flor hacia los tobillos. Tiene unas mangas de esas que se caen un poco hacia los lados y son un rollo pero a todo el mundo le parecen bonitas. Se le ven un poco las tiras del sujetador, así que Kenma se ha puesto unas transparentes, tras un arduo debate interno en el que dudaba si dejarse las de tela y que se le viesen, y a quien no le gustara que no mirase, o ponerse las de plástico y soportar la tirantez en los hombros.

Se ha decidido por la segunda opción porque los chicos llevan toda la tarde pasando fotos de sus piernas cubiertas de espuma de afeitar, e incluso Inuoka ha preguntado si alguno iba a llevar pajarita, así que se ha solidarizado con el sufrimiento masculino por la estética y en fin, ahí está.

Con las uñas cortas pero no mordidas, a base de cantidades industriales de ese brillo que ha comprado en la farmacia y que sabe a rayos. Con un vestido que solo va a usar una vez y un tocado que más simple no puede ser, pero que ha requerido todo un despliegue militar en ese cuarto de baño. Se peina las cejas con los índices y espera a que la plancha del pelo se enfríe para enrollar el cable y meterla en la mochila junto al resto de las cosas.

Hace una bola con los cabellos rubios que han caído en el lavabo y la tira por el retrete, y cuando ya está todo recogido, saca una barra de labios rosa que le ha prestado su madre, y espera que el consejo que le ha dado funcione. Presiona un poco el cilindro de cera, sin mucha fuerza, una vez en cada mejilla, y difumina el color con el dedo hacia los pómulos. Kenma temía que el efecto visual equivaliese al de un tortazo en la cara, pero no queda mal. Es como tener dos pegotes de algodón de azúcar bajo los ojos, y el algodón de azúcar es guay. Se plantea pintarse la boca, pero supone que no vale la pena si se le va a ir todo en cuanto empiece a comer, así que se los moja con un poco de saliva y ya está.

Toma aire para comprobar cómo le sentaría la ropa si las tuviera una, solo una talla más grande, y sale del baño con la mochila, que deja sobre una caja de cartones de leche entera, junto a la nevera. Se plisa la falda.

Una.

Dos.

Tres veces.

Tiene el vaquero estilo boyfriend y la blusa básica (color vino, un centímetro por encima del ombligo) que usó esa mañana para ir con Taketora hasta el gimnasio en el que se han apuntado los dos. Y sus Converse blancas. Podría ponérselas sin calcetines. Total, solo es para un rato.

Son ellos. Son tus compañeros. Da igual. Qué es lo peor que puede ocurrir.

Respira hasta marearse y echa a andar hacia las conversaciones que se entremezclan en el comedor, unas con otras como hilos. Todas sin excepción se detienen cuando Kuroo, sin haberla visto todavía, reconoce el repiqueteo de sus nuevas sandalias plateadas (a las que ha bautizado como sandalias de la NASA o sandalias estilo Chernóbil , porque es más retorcido que el creador de Saw) y alza la barbilla de un vídeo que le está enseñando Yaku con un risueño "hombre, ya pensaba que te habías caído por el…" que muere en sus labios.

No pasa como en La princesa cisne. Ni como en el resto de obras de la cronología de la humanidad en las que el chico mira a la chica y por primera vez, la ve.

Hay personas, piensa Kenma, que llevan viéndose toda la vida la una a la otra, pero a las que les ha faltado mirar hacia dentro.

Kuroo. Creo que me gustas.

Como se gusta la gente normal.

Las cabezas se van volviendo una a una, y todas son de amigos pero la ansiedad le da de lleno. Seguid zampando. No os fijéis en mí.

No tiene nada de malo que las personas se miren las unas a las otras. Kenma nunca puede evitar fijarse en el busto de una chica que le parece más grande que el promedio. Siempre se pregunta si a ella le sentarían bien esos escotes. Dónde se comprará esa ropa interior tan bonita.

El problema es la vehemencia con la que alguna gente mira. La insistencia, el comentario que suele ir ligado a ese tipo de miradas. Kenma se viste para gustarse a sí misma, como imagina que hace el resto de la población, y comprende que haya otros a los que les guste su indumentaria, o su apariencia. Pero también entiende que las opiniones hay que darlas cuando uno las pide.

Su inexpresividad nunca deja traslucir nada, pero nota los ojos de Lev ir desde sus labios hasta el vuelo de la falda y subir hasta las rodillas.

Dos palmos por debajo de las clavículas.

–Por Dios, Haiba –bufa Kuroo, moviéndose para que Kenma se siente–. Los Rayos X te van a licuar todas las miodesopsias del humor vítreo*.

–¿Traducción? musita Yaku, medio ido.

Todos están boquiabiertos. Todos menos Kuroo, que parece estar ejerciendo un esfuerzo terrible por mantener la mandíbula encajada y no hincarle el diente a Lev.

–Que Lev se va a quedar sin ojos aclara Kenma en un murmullo, aunque desearía no tener que hacerlo.

–Básicamente –confirma Kuroo con sequedad.

Desearía que Kuroo no le hubiese gruñido a Lev, en primer lugar. Porque eso es lo que acaba de hacer.

Kuroo. Gruñendo.

Unos pasos apresurados y el tintineo de unos hielos dispersan un poco la densidad repentina de la habitación.

–Hombre, mira quién ha salido de su cuev... –la frase se queda deshecha, como las sábanas los fines de semana. Pero a diferencia de su hijo, Koukuro recupera la voz sobre la marcha–. Siempre has sido guapa. Y espero que todos estos idiotas no se estén dando cuenta ahora –dice, apuntándolos con las pinzas de los terrones de azúcar moreno. Amenazador–. Porque los echaría a todos de mi salón de una patada en el culo.

–Cuánta violencia, viejo –empieza Kuroo, con una media sonrisa que se le cae pocos segundos después.

–Pídele salir a la de ya –brama el hombre, estampando en la mesa baja una bandeja llena de pastel de queso y mermelada de arándanos. Incluso Taketora da un pequeño respingo– o tú serás al primero al que despache, sabandija.

Y vuelve a sumergirse en las profundidades de las cocinas.

Kuroo. Qué.

Tocado.

Y hundido.

Se quedan todos tan callados después de eso que Kenma se pregunta si alguno volverá a ser capaz de hablar de nuevo. Yaku está enfocado en su taza vacía. Lev tiene los ojos como platos, y los lleva de ella a Kuroo y de Kuroo a ella. Yaku no muta el gesto lo más mínimo, pero Kenma conjetura que debe imaginarse lo que Lev está pensando, porque le propina un codazo en las costillas para silenciarlo.

Pídele salir a la de ya.

Los demás han optado por seguir engullendo, haciendo ruido deliberado para paliar la incomodidad que acaba de instalarse entre ellos. Taketora se cruza de brazos, haciendo un pucherito que jamás admitirá que es enternecedor, y por el "¡ay!" que suelta Kuroo, Kenma adivina que acaba de darle una patada por debajo de la mesa.

Hay un montón de preguntas que le gustaría hacer.

–Gracias por haber venido –se encuentra diciendo Kenma. Pincha un arándano con el tenedor.

Pero esa no es su noche. Ni tampoco la noche de Kuroo.

–Gracias a vosotros por invitarnos –responde Yaku a toda velocidad, encantado por el cambio de tema. Cabecea hacia Kuroo, que se ha quedado mudo y tieso como un palo–. Y gracias a tu padre por...

–No –lo interrumpe Kenma. El arándano explota contra sus muelas–. Gracias por haber venido al Nekoma –lleva dos años pensando en lo que va a decir, así que le cuesta menos soltarlo de lo que esperaba–. Me alegro de que hayamos podido ser un equipo.

Tal vez ella también tenga un poco de miedo. De todas las cosas que están a punto de suceder. De todas y cada una de las variaciones.

Cuando Taketora se suena los mocos en una servilleta y Yaku le sonríe entre lagrimones, Kenma entiende que ni Kuroo ni ella son los únicos.

No hay nadie casándose, ni un niño naciendo, ni alguien que vuelve de la guerra. Pero en ese momento en el que Kuroo le pasa un brazo por los hombros, casi pidiendo permiso, en ese instante en el que todos se despiden orgullosos de haber coincidido en la vida y lloran, Kenma siente una felicidad irrepetible, porque emocionarse junto a la gente que te importa hace sentir joven hasta al corazón más inconmovible.


Kenma no recuerda haberse quedado despierta hasta tan tarde fuera de su cuarto.

–¿El picahielos? –inquiere Kuroo, estacionando la bici frente a su casa. Ambos se tambalean un poco al bajarse.

Tampoco recuerda haber bebido nunca, salvo que los bombones mon chéri cuenten como beber. El licor es traicionero. Kenma ni siquiera es capaz de localizar el momento exacto en su memoria reciente en el que todo comenzó a parecerle gracioso, incluso las ocurrencias de Lev.

–Es una de las técnicas básicas –explica Kenma, dejándose caer en el escalón de piedra del recibidor. La trenza ha ido perdiendo su firmeza, y ahora cuelga con holgura casi hasta la nuca. Se quita los zapatos porque le arden los pies y le da la impresión de que las correas van a enredarse unas con otras al caminar–. El nombre se lo ha puesto Taketora.

–Lo veo más tranquilo desde que ha descubierto que puedes hacer moretones y partir cuellos.

–A partir cuellos no he aprendido todavía.

Kuroo niega con la cabeza, apretando los labios para reprimir la sonrisa.

–Pero me han enseñado a hacer unos mochis bastante buenos. Podrías pasarte por mi salón del té algún día.

–A ver si tu jefe me deja invitarte a un café –ironiza Kuroo, resoplando–. ¿Cómo es el picahielos?

–Hay que meter los dedos en forma de gancho en la axila del contrario y apretar con todas tus fuerzas.

–Temible –opina Kuroo fingiendo asombro, sentándose junto a ella. El peldaño está tan cerca del suelo que las rodillas dobladas se le quedan a la altura de la nariz. Los calcetines disparejos asoman por debajo del dobladillo del pantalón negro de vestir. La camiseta con su dorsal del Nekoma firmada por todos, hecha un guiñapo; una "u" alrededor del cuello. Los cuatro primeros botones de la blusa desabrochados–. ¿La vais a emplear conmigo?

Kenma le echa una mirada contemplativa.

–No llego a tu sobaco. Y tampoco es que quiera, la verdad –recuesta la cabeza en el brazo de Kuroo y cierra los ojos para que el sendero de gravilla deje de enroscarse y desenroscarse–. No te ofendas.

Al principio es solo una espora de risa, pero luego le estalla en el pecho y sube hasta la luna en carcajadas, y Kenma tiene que taparle la boca para que no despierte a los vecinos.

Son más de las doce.

–¿Qué tiene de malo mi sobaco?

Kenma lo reflexiona.

–Yo qué sé –se desentiende, encogiéndose de hombros–. Deberíamos irnos a dormir. Mañana hay que empezar a llevar tus cosas al piso.

Es ella la que hace la propuesta, pero no se mueve ni un ápice. Tal vez quiera quedarse ahí. Con él. En esa medianoche en la que Kuroo no tiene que marcharse lejos y el alcohol circulando por sus venas hace que todo parezca más asequible, más fácil de sobrellevar.

–Cierto –coincide Kuroo a través de un bostezo, apoyando las palmas en las rodillas para levantarse. Le tiende una mano para ayudarla–. Arriba, gandula.

Y la pone en pie. Como siempre ha hecho.

Kenma mete la llave en el cerrojo. Solo tiene que girarla y despedirse con el acostumbrado "manda un WhatsApp cuando llegues".

Lavarse la cara.

Cepillarse los dientes.

Ponerse el pijama.

El despertador.

Revisar su correo, su Facebook y el blog de Hamburguesas en Kioto y esperar el WhatsApp de Kuroo antes de apagar el móvil.

–Kuroo –carraspeo. Media vuelta. Las sandalias en la mano. Tres pasos. De puntillas. Tira de la camiseta que lleva al cuello para que se agache–, dame uno de estos cuando vuelvas de Tokio.

Esta vez sabe a manzana. A restos de nata. A la base etílica de la colonia. La trenza se le desprende por uno de los lados y el pelo se le mete en la cara pero no importa, porque lleva todo el verano queriendo volver a besarlo y no siente nada más allá de sus labios.

Y la madera. A su espalda. No se acuerda de haber reculado, hasta que se le ocurre que quizá Kuroo la ha cogido por la cintura y la ha apoyado en la puerta. Eso explicaría su pulgar en la cadera. Sobre el vestido.

–¿Solo uno?

¿Solo un beso, Kenma?

La voz de Kuroo se le mete en los oídos y monta una revolución bajo su piel, y cuando Kenma suspira "los que quieras" Kuroo le lame dentro de la boca y todo está mojado. Me está besando con lengua.

–Dámelos también cuando te vayas.

Le acaricia el pelo negro y trata de que no se le salga la saliva por la comisura. De encontrar un ritmo.

–Vale –muge Kuroo, sosteniéndola de la espalda y la cara. Manchándose los dedos de pintalabios rosa. Kenma sabe que se está moviendo por instinto, que no controla mucho cómo va todo eso, que podría hacer más y se está obligando a no hacerlo. Para dejarla acompasarse–. Vale.

Siempre velando por ella.

–Vale.

Suelta las sandalias como si fueran de espino. Le pone las manos en los hombros para decirle que pueden dar otro paso. Que se siente valiente y su respiración en la boca no va a dejarla dormir, así que qué más da si se desvela un poco más. Kuroo parece que la entiende. Le besa el párpado sin maquillar y se inclina para levantarla por detrás de las rodillas, y Kenma se prepara para darse impulso.

Hasta que nota movimiento detrás de ella y la sangre le huye del rostro.

Se separan como si fueran aceite hirviendo y Kuroo tira de su propia camisa hacia abajo, blanco como la cal. La puerta se abre cuando Kenma se está reincorporando, los dedos temblando en torno a las sandalias.

–Qué tarde vienes, ¿no? –inquiere su madre con voz adormilada y un vaso de agua en la mano–. Hola, Tetsurou –lo saluda, frotándose las legañas–. ¿Os lo habéis pasado bien?

–Genial –sisea Kenma, entrando en casa a trompicones–. Hasta mañana –farfulla sin volverse, porque como lo mire a la cara su madre va a leer en la suya (siempre inexpresiva, siempre hasta ahora) lo que ha pasado.

–Buenas noches –se despide Kuroo, el muy tarado, con esa voz profunda y ronca que no es la suya, cómo se te ocurre hablar.

–¿Eso es tuyo? –le pregunta su madre después de cerrar la puerta. Kenma sube las escaleras de dos en dos.

Cuándo le he quitado la camiseta de capitán.

–Sí –traga saliva–. No –una retirada a tiempo es una victoria–. Adiós, mamá.

Echa el pestillo y se tira en la cama. Ni siquiera se baja la cremallera del costado. Ni enciende la luz. Deja que los mechones más enmarañados formen nudos al acostarse mirando hacia donde supone que está el techo. Todo da vueltas y es nuevo para ella, y ese calor que se arremolina en dirección sur y le remueve la sangre y la adolescencia y crece cuando piensa en sus besos es insufrible y extraño.

Me gustó cómo me miraste cuando me viste con el vestido, Kuroo.

La intuición, las ganas y todo lo primario del ser humano le mete la mano bajo la falda. El crujido del tul al moverse la ayuda a imaginarse que es Kuroo el que le está subiendo los dedos hasta las bragas. A tientas. Tensa las piernas y no las mueve, porque esa noche Kenma es solo otra de las chicas que estudia en el Nekoma y cree que Kuroo sabría lo que hacer con ella. Piensa en lo que le diría. En que quizá le pediría por favor que se estuviera quieta, porque no querría perder el punto adecuado después de encontrarlo. En que querría hacérselo bien, así que le preguntaría a cada segundo si le está gustando, si prefiere que haga círculos con el dedo o si es mejor que lo mueva hacia arriba y hacia abajo hasta que se corra.

Se masturba con la ropa interior puesta y su camiseta en la almohada, a punto de romperse.

Encoge los dedos de los pies pensando en esa rigidez bajo la cinturilla del pantalón de Kuroo.

Contra su abdomen.

Las dos veces en las que se han besado.

Kuroo.

Durante el primer orgasmo de sus dieciséis años.


Kuroo vuelve a recorrer el sendero de entrada a la casa de Kenma por cuarta vez esa mañana soleada. Lleva así diez minutos. Va desde la bici hasta la puerta y viceversa.

Qué he hecho, joder.

Si alguien le preguntase desde cuándo está por Kenma Kozume, Kuroo respondería con otra pregunta. ¿Desde cuándo sabes tú hacer restas? Pues eso.

Hoy tiene lugar la primera de las tres fases de su mudanza. Ropa. Las otras dos son cachivaches (según su padre) y pertenencias del vóley.

Había redactado una carta, porque adolece de un déficit alarmante de glóbulos rojos en el cerebro y no se le ocurría una manera menos humillante de declararse. Solo tenía que ponérsela en las manos el último día, pedirle que la abriese en casa y regalarle su bici, porque no va a necesitarla allá a donde va.

El plan no era un plan cualquiera, era El Plan y era una tontería, y Kuroo no termina de creerse que anoche, después de defender por activa y por pasiva que nadie debería entrarle a una persona bajo los efectos endiablados del alcohol, por aquello de la igualdad de facultades y la lucidez y la posibilidad de decisión sin veneno en la sangre, después de presumir tanto de principios, haya acabado besándola.

Otra vez.

Tal vez coló la primera, pero ahora Kenma tiene que haber sumado dos y dos. Por narices. Aunque sea Kenma y su cocorota no esté programada de una forma muy convencional.

Es Kenma, por el amor de Dios. Condenadamente lista. El cerebro del equipo a pesar de no combatir en la cancha y hacerlo desde las sombras. Su mejor amiga. La última persona a la que querría hacer daño. Y la ha besado porque es idiota de remate y quiere demasiado a esa canija analítica como para oponer fuerza física o mental a sus besos.

O cualquier otro tipo de resistencia.

No sé cómo besa el resto de la gente, pero tampoco quiero saberlo.

Bokuto va a matarlo cuando se lo cuente. Lleva comiéndole la oreja desde Navidad para que le diga a Kenma lo que hay. Para que se porte como un hombre, tío, bro, no seas miedica.

Y ahora va él y la caga, joder, mierda.

–Hola –lo saluda una voz somnolienta–. ¿Estás preparado? Tu padre me ha llamado. Dice que pasa a buscarnos en cinco minutos. Y que enciendas el móvil, que para qué lo quieres.

Kuroo no da crédito. Ahí, en el umbral de la puerta, Kenma mordisquea una barrita de cereales. Le lanza otra a él. Chocolate negro y frutos rojos. El pelo recogido en una cola de caballo y, alucina, su camiseta del Nekoma puesta. Le llega a mitad de muslo. Debajo de ella asoman unos vaqueros de pitillo azul y unas zapatillas que el común de los mortales se pondría para ir a la playa.

La tía más pasota del planeta.

–Kenma.

–Se nota que es de chico, ¿verdad? –constata ella, arrugando el envoltorio de la barrita y metiéndoselo en el bolsillo–. He pensado que si me dejo ver con ella puesta de vez en cuando la gente atará cabos.

¿Atará cabos?

–A lo mejor creen que eres tú la capitana en vez de Taketora.

¡Atará cabos!

–Tendríamos mejor reputación si creyeran eso.

Y esa es su chica.

A ver qué te creías, ¿que iba a darle un parraque con todo esto? ¿Que se iba a volver neurótica? Parece mentira, Kuroo Tetsurou. Es Kenma. Un mar en calma.

Está atónito. Fascinado. Escucha la bocina de un coche, y antes de abrir la verja Kenma arquea las cejas y suspira:

–Kuroo, no me pongas los cuernos tú tampoco. En la universidad.

Y ahora sí que sí, ahora Kuroo le contesta con la verdad y el corazón desnudo.

–No se me ocurriría –y añade porque, nuevamente, es idiota y no puede mantener el pico cerrado–. No quiero llevarme un picahielos.

Por toda respuesta, Kenma le devuelve una sonrisa que Kuroo va a echar de menos besar.


*El Butterfinger es una chocolatina de mantequilla de maní y chocolate que se comercializa en gran medida en Estados Unidos y en México (en España puede encontrarse en tiendas especializadas en golosinas afamadas a nivel internacional como Food Store, que es donde la compré yo), y es conocida por haber recibido publicidad por parte de Los Simpson. Actualmente es Nestlé quien la fabrica, y a mí me gusta mucho. Imaginad un helado de Butterfinger *3*

*Las gals son una tribu urbana oriunda de Japón. Yo las conocí hace años por el anime Supergals! (el nombre que le dio el doblaje español), basado en el manga Gals! de Mihona Fuji. Dentro de la tribu hay varias ramas, pero todas tienen en común la preocupación por el pelo, las uñas, el maquillaje y en general, el mundo de la moda. Está compuesta por chicas principalmente jóvenes.


REVIEWS:

Guest: ¡hola cacahuete! :D Me alegro mucho de que te haya gustado, porque es la primera vez que lo intento con Kuroo y con Kenma y al final me ha costado más de lo que pensaba ;W; Es genial saber que ha valido la pena nun Espero que la segunda parte también sea de tu agrado, si te animas a volver por aquí. ¡Ten un lindo día! Mil gracias por leer y pasarte a comentar (L)

jmsss: ¡hola caracola! :D Muchas gracias por leer; me alegro un montón de que decidieses no solo darle una oportunidad a la primera parte, sino esperar a la segunda nun Tal vez algún día me anime a escribir un tercer capítulo para este ficucho, y que se vea cómo lidian Kenma y Kuroo con las nuevas circunstancias, pero no puedo prometerlo porque ahora tengo otros dos fics en los que quiero centrarme c: Muchísimas gracias por leer y por pasarte a comentar, ¡ten un lindo día! ^^ PD: es que los fems! sacan el lado homo a cualquiera, chócala (?)

Nekot: ¡hola cielo! :D La verdad es que a Kenma a mí me ha resultado complicado no solo ubicarlo de nena, sino ubicarlo en líneas generales JAJAJA así que me alegro mucho de que aunque a ti se te atravesara un poco lo primero hayas podido disfrutar del fic nun Tal vez haga un pequeño epílogo algún día, aunque ahora mismo estoy liadilla con otros dos fics, así que no puedo prometer nada a corto plazo uwu De todas formas, muchas gracias por la sugerencia. Me da muchas alas saber que a alguien le gustaría una continuación. Con Confeti rosa he estado trabajando hoy, y mañana más para poder actualizar cuanto antes c: Muchas gracias a ti por leer y pasarte a comentar, ¡ten un lindo fin de semana! Besotes :3

lie: ¡hola cacahuete! :D En primer lugar, muchas gracias por haber leído Cambiapieles en su día, porque leí tu review pero por esa época estaba más liada con la universidad que de costumbre y al final nunca pude contestarte. Muchas gracias por haberle dado una oportunidad a este fic también, y encima por haberte pasado a comentar ambos capítulos. Eres un sol ;w; Me alegro de que te haya gustado la dinámica de Kuroo y Kenma; Muerte por chocolate fue un postre que probé hace años y era BRUTAL. Era una porción de pastel con bizcocho de chocolate en plan brownie, helado de chocolate, Nutella, sirope de chocolate y virutas de chocolate. Cinco tipos de chocolate, el paraíso hecho repostería ;A; Gracias también por seguir Confeti rosa, en el cual he estado trabajando hoy y seguiré mañana para que la actualización se acerque cada vez más nun Un beso gigante, gracias por tanto (L) ¡Ten un bello fin de semana! :3 Algún día veremos la segunda temporada de Ouran. Junto a nuestros nietos (?)

Feliz primavera (u otoño, dependiendo de vuestro país) a todos nun Espero que os haya gustado esta historia. Los reviews son siempre bien recibidos~