Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 3: Pan

Ven Pan, vamos al columpio…

En ocasiones, aprovechando sus momentos de soledad, Pan solía esforzarse por hacer memoria adentrándose en sus propios recuerdos como si descendiera por un ascensor. Entre más profundo viajaba, más atrás en el tiempo se remontaba regresando a su infancia; sin embargo, como si una barrera invisible la detuviera, no podía alcanzar sus primeras vivencias debido a su temprana edad.

Tal cosa era lógica, en aquel entonces era un bebé que a duras penas podía pronunciar dos palabras. No obstante, y sin que Pan pudiese comprenderlo, cada vez que revivía su pasado una frase siempre venía a ella oyéndola con total claridad. Sabía que era la voz de su padre, estaba segura de ello. Dicho diminuto fragmento, era el único testigo de su muy lejano comienzo.

Ven Pan, vamos al columpio…

Nunca les comentó nada a sus padres sobre eso, prefería guardarlo en secreto porque ellos se volvían locos al hablarle de su nacimiento y su época infantil. Pan, ya siendo toda una mujer, los comprendía. Era capaz de imaginar y de entender la felicidad que unos jóvenes Gohan y Videl debieron sentir al tenerla, haber sido hija única le dejó eso muy en claro.

Y esa mañana en especial, con el clima veraniego sonrojando sus mejillas, Pan se vio inundada de una abundante nostalgia que le impidió continuar preparando sus maletas. Hoy era el último día que habitaría la recámara que la vio crecer, hoy era el último día que viviría dentro de las paredes de esa casa que la vieron aprender a caminar.

Ven Pan, vamos al columpio…

Levantándose de su cama, Pan se acercó a su armario mirándose en el espejo que colgaba en éste. Sacando un peine de uno de los cajones, Pan cepilló su largo cabello aún escuchando aquel murmullo en su mente. Una vez, rebuscando entre álbumes familiares, Pan se topó con algunas fotografías de su abuelo y su madre viéndolas, una por una, con la curiosidad que heredó de Videl.

Y como si se tratase de un antiguo tesoro, Pan se maravilló con las imágenes que inmortalizaron a una Videl que dejó de existir hacía mucho. Su ceño fruncido, su ropa escasamente femenina, su postura desafiante y, sobre todo, sus coletas, asombraron a Pan implantándole una idea que le fue imposible de ignorar. Ella, emulando a una Videl extinta, le rindió tributo adoptando su peinado.

Ven Pan, vamos al columpio…

No teniendo la suficiente fuerza de voluntad para resistirse más Pan, finalmente, obedeció a aquel vestigio del ayer saliendo de su habitación para encaminarse al patio de juegos detrás de su hogar. Al salir, fue recibida por la radiante luz del sol que le señaló, con sutileza, el viejo balancín que su padre instaló años atrás para jugar con ella.

Muda, como si estuviese hipnotizada, Pan se acercó al columpio tomando asiento en uno de sus espacios. Usando la punta de sus pies, Pan tomó impulso meciéndose al escuchar el característico rechinar del metal que acompañaba su bamboleo. Adelante de ella, y robándose sus miradas, el arenero donde frecuentaba construir castillos de arena la saludó con su silente presencia.

– Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que te vi ahí sentada.

– Papá…

Sorprendiéndola, un tranquilo Gohan se unió a ella empujándola como cuando ella era una niña pequeña.

– Cuando naciste y te tuve en mis manos por primera vez, no lo podía creer. Antes de eso, jamás imaginé que algún día tendría una hija y mucho menos que me casaría–contemplando el arenero, Gohan evocó aquella tarde cuando él lo construyó con sus propias manos–tu mamá y yo teníamos poco tiempo de casados, sinceramente fuiste una sorpresa.

– Conociendo a mamá, supongo que le costó digerirlo.

– Al contrario, ella lo asimiló muy bien. De hecho, lo hizo más rápido que yo.

– Voy a echarlos de menos, pero prometo telefonear tan seguido como pueda.

– Sé que lo harás, hija. Cuando yo fui a la universidad tuve la fortuna de estar acompañado de tu madre, estudiamos distintas carreras pero podíamos ir y venir juntos.

– Sabes, en ocasiones he tenido algunos recuerdos de cuando era niña–sintiendo los empujones que su padre le brindaba, Pan cayó ante la tentación de confesarle su secreto–el recuerdo más antiguo del que puedo acordarme es de ti llevándome al columpio, más allá de eso me es imposible recordar.

– Tu abuela siempre me criticaba por lo blando que era contigo, y en cierta forma tenía razón; pero cuando te veía sonriéndome me venía abajo. Yo sólo quería pasar tiempo contigo, eras mi bebé.

– Papá…–oyendo su cambio de tono, Pan detuvo el columpio con la ayuda de sus zapatos.

– Era tan joven cuando naciste, el tiempo es muy cruel. Los años pasan demasiado pronto, demasiado–rascando su cabeza repleta de cabello canoso, Gohan le dio la vuelta al columpio aproximándose al arenero.

– Hay una foto donde aparecemos allí mamá, tú y yo. La vi hace un tiempo cuando miraba álbumes viejos.

– Aún recuerdo cuando tomé esa fotografía, fue poco después de asumir mi puesto de profesor.

– ¡Pan, Pan! –Interrumpiéndolos, los gritos de Videl en la distancia los obligó a voltearse hacia su casa– ¡apúrate, el taxi del aeropuerto no tardará en llegar!

– Estúpidos aeropuertos, desearía irme volando por mi cuenta.

– No olvides que debemos guardar las apariencias; de todos modos estarán esperándote cuando llegues a la Capital del Oeste.

– Aún así es una molestia, yo tardaría menos de una hora en llegar allí sin tener que usar un avión.

– A veces olvido de dónde sacaste ese carácter…

Soltando un resoplido de frustración, Pan y su padre emprendieron la caminata de regreso dispuesta a marcharse. Verla con su rostro malhumorado hizo sonreír a Gohan quien se convencía, todavía más, que tanto Videl como Pan eran una extensión de una misma mujer. Eran tan idénticas que, con sinceridad, de vez en cuando se le dificultaba distinguirlas una de la otra.

– ¡Pan, apúrate!

– ¡Ya voy mamá, no te exaltes!

Terminando de cerrar una de sus valijas, Pan se acercó al marco de su puerta dándole un vistazo final a su dormitorio. Y ahí, mirando directo a su cama, Pan juraba que podía oír a su madre contándole cuentos para hacerla dormir. A Pan no le importaba escuchar la misma historia una y otra vez, siempre le rogaba a Videl que se la relatara de nuevo como si se renovara cada noche.

Y entonces, con su cabello teñido en oro, el Gran Saiyaman peleó con aquel inmenso monstruo que quería destruir la ciudad derrotándolo con un poderoso ataque…

Pan no lo sabía, ni tampoco podía imaginarlo, pero para Videl era cuestión de vida o muerte compartir con ella cada segundo de su tiempo. Videl, sabiendo en carne propia lo duro que es no tener una figura materna, se empeñó en guiarla y cuidarla para que Pan no cometiera los mismos errores. Errores que casi la llevaron al fondo del abismo, un abismo que no quería para Pan.

– El taxi ya llegó, Gohan está hablando con el taxista afuera.

Apareciendo de la nada, Videl subió con prisa las escaleras topándose de frente con una Pan callada y pensativa. Videl, mirándola desde atrás, creyó estarse viendo en un espejo cuando Pan se volteó viéndose mutuamente. Y tal visión la hizo corregirse, no era un espejo que mostrara el presente. Era como una especie de vórtice que le permitía ver su propio pretérito.

– Verte peinada así me hace arrepentirme de haberme cortado el cabello, si tan sólo no le hubiera hecho caso a tu padre.

– No lo culpes. Papá me contó que únicamente te dio una sugerencia; él no te obligó a hacerlo.

– Ni me lo recuerdes, después de eso me tomó mucho tiempo para que me volviera a crecer.

– Me hubiera encantado ver eso, ni me lo puedo imaginar.

– Fue horrible, tomé un par de tijeras creyendo que sería fácil. Casi me quedo calva, gracias a Kamisama que pude disimularlo un poco–recordándose a sí misma, Videl negó con la cabeza–vamos, ya es tarde para que tomes el avión.

– ¿Mamá, alguna vez tuviste miedo de hacer algo tú sola?

– ¿Algo cómo qué?

– Lo que sea, cualquier cosa.

– Claro que sí, es algo que siempre pasa. Cuando aprendí a volar estaba muy emocionada pero temía que perdiera la concentración y que me estrellara contra el suelo–tomándola de un hombro, Videl la fue conduciendo hacia el exterior– ¿por qué me preguntas eso?

– Siempre pensé que debía ser genial vivir en la Capital del Oeste, me imaginaba tantas cosas–con honestidad le replicó–y ahora que viviré allí sola por dos años, no sé si pueda hacerlo.

– No estarás sola, Bulma vive a unas cuantas calles del campus universitario y podrás visitarla.

– No suena mal, así podré comer toda la comida chatarra que quiera. Tienes un grave problema con los vegetales, mamá.

– Sólo quería que comieras comida saludable, nada más.

– Suenas como la abuela Milk.

Pan, atravesando la estancia, recordó las travesuras que alguna vez perpetró y negó haber hecho. El florero de porcelana que rompió al tirarlo por accidente, la alfombra que incendió por lanzar débiles esferas de energía dentro de la casa y, más grave aún, el agujero que hizo en una pared al reprobar en un examen de matemáticas.

Tantos recuerdos, tantas anécdotas. Y todas, por mero capricho del destino, se dieron en el mismo escenario. Un escenario que se repetía ahora mismo: una calurosa tarde de verano.

– No olvides llamar cuando llegues.

– Sí mamá.

Ya en el pórtico, Gohan colocó el equipaje de Pan en el maletero del taxi mientras Videl se despedía de su hija con un abrazo que no deseaba romper. Oyendo los últimos consejos de su padre, Pan se puso cómoda en el asiento trasero del auto diciéndoles adiós con una mano. Ellos, uno junto al otro, le devolvieron el gesto al atestiguar como se iba alejando de a poco.

Acelerando, el vehículo pasó al lado del columpio y el arenero los cuales, despidiéndose de Pan, le obsequiaron una lluvia de imágenes que esbozaron una sonrisa en sus labios. Vio a Gohan columpiándola cuando era niña, vio a su madre divirtiéndose con ella en la arena y, al final, vio a sus padres abrazándola al unísono en el instante exacto en que se tomaban una fotografía.

Y entretanto Pan miraba con esperanza el cielo, Gohan, cargando en brazos a una risueña Videl, la llevó hasta el balancín jugando con ella como lo hacía con Pan. Le dolía la partida de su hija; no obstante, siempre supo que ese momento llegaría tarde o temprano. Por ende, aprovechando las circunstancias, Gohan no dudó en tener una segunda "adolescencia" en compañía de su esposa.

Los tres, eran y serán, piezas de un mosaico que convergían en un mismo punto. Un punto atemporal, un punto que sin importar desde cuál ángulo se mirase, no vería alterada su esencia ni su espíritu.

Fin

Muchísimas gracias a todos ustedes por haber leído el final de esta historia, sinceramente espero que les haya gustado. Tal vez muchos lo sospechaban, pero decidí enfocarme en Pan ya adulta porque me resultó casi imposible imaginarme qué podría pensar un bebé. Y se me ocurrió mostrarla en una especie de retrospectiva tanto personal como de sus padres.

Les doy las gracias por su tiempo y, especialmente, a las autoras Majo24 y SViMarcy por haberme inspirado para crear esta historia al leer sus fics Bad hair day y Lección de amor respectivamente. Para haber sido un fic que no tenía planeado y que literalmente salió de la nada, confieso que me gustó mucho cómo quedó. Ojalá lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo.

Bueno, me despido por hoy. Nos vemos en otra historia, hasta la próxima.