¡Holas!

Como ya saben, esta es una fanversión. El original le pertenece a la maravillosa Silvia García y los personajes a J.K. Rowling.


Capítulo 1

...

Londres, 1801.

.

—¿Cómo está la vieja? —preguntó un hombre, vestido con una cara y elegante ropa que nada hacía por disimular la desagradable apariencia del sujeto.

Lord Black había hecho la pregunta sin entrar en la estancia, mientras dirigía una mirada de desprecio hacia el interior.

—Se está muriendo, señor —contestó con voz acongojada la leal criada que durante tantos años había atendido a su señora.

—De acuerdo, cuando esté muerta, avísame. Mientras tanto, estaré en el estudio tomando un trago.

Tras esas bruscas palabras, se alejó sin dirigir una sola mirada al cuarto donde su anciana madre agonizaba.

La criada entró en el oscuro y tenebroso dormitorio que comenzaba a oler a muerte. Su señora descansaba en su lecho, en el que su pálido cuerpo era apenas visible. Una única vela iluminaba el lugar.

—Muriel, acércate —le susurró débilmente la anciana dama a su criada y amiga.

Esta dejó las mantas que llevaba sobre una silla cercana y fue a su lado.

—Tráelos, Muriel, quiero despedirme de ellos. Tráelos y no permitas que nadie entre en esta habitación mientras hablamos, especialmente mi hijo, Peter.

La mujer se alejó de allí con rapidez y no tardó mucho en volver con dos niñas pequeñas y un pequeño doncel. Estos, que la seguían en silencio, habían llegado desde Francia al hogar de la anciana hacía ya tres años, con su amada madre, que, por desgracia, murió poco tiempo después, dejando a sus hijos al amparo de la benevolencia de su abuela, una mujer con una gran fuerza de voluntad y que acogió a sus nietos con todo el amor de su corazón.

Cuando llegaron a la habitación donde yacía la enferma, los pequeños se miraron con lágrimas en los ojos, sin comprender aún muy bien lo que era la muerte. Se acercaron con cautela al gran lecho y esperaron hasta que la criada se marchó para empezar a bombardear a la anciana con preguntas.

La más pequeña, Luna, una pequeña damita de unos seis años, de hermosos ojos azules, se subió a la cama a su lado y la abrazó con cariño mientras con su cándida inocencia le preguntaba:

—Abuela, ¿cuándo te pondrás bien?

—Cariño, creo que ya no voy a ponerme mejor. Dios ha decidido que mis días aquí ya han terminado.

—Pues, ¡dile a Dios que espere! ¡Nosotros todavía te necesitamos! —declaró enfadada la dulce e impetuosa Daphne, mientras se sentaba a los pies de la cama.

Daphne era la mediana de sus nietos, una deliciosa rubita de largos cabellos atados en una alta coleta, de apenas ocho años.

—Creo que no se puede hacer nada para engañar a Dios, cariño. Él ya me ha concedido mucho tiempo y ahora es mi momento de descansar en paz.

Cogió las pequeñas manos de su nieto mayor para infundirle valor. El pequeño doncel se llamaba Draco y permanecía de pie junto a su cama, firme y a la espera de sus palabras. ¡Cuánta responsabilidad iba a recaer sobre los frágiles hombros de un pequeño doncel de tan solo diez años!

Su hermoso ángel de platinados cabellos la miró con miedo y suplicó:

—Por favor, abuela, no te mueras, no nos dejes solos...

—Lo siento, querido mío, si de mí dependiera, no los abandonaría nunca.

—Entonces, ¿nos dejarás solos...? —preguntó Draco.

—Sí, cariño, pero antes de irme, acércate: tengo mucho que contarte y muy poco tiempo para hacerlo.

De debajo de su almohada, la anciana sacó varios papeles apenas legibles.

—Esto es tu futuro. Debes guardarlo y no enseñárselo a nadie, Draco, ¡absolutamente a nadie! Y esto —añadió la moribunda, mientras colocaba un colgante de oro blanco en el cuello de su pequeño nieto— es tu pasado y lo llevarás siempre junto a tu corazón. Tampoco debes enseñárselo a nadie. Hasta que cumplas veintitrés años, tu pasado y tu futuro no deben salir a la luz, ¿me has entendido?

—Sí, abuela, pero mientras tanto, ¿qué debo hacer?

—¿Te acuerdas del juego del escondite que tanto les gusta?

—¡Sííí, abuela! —gritó la más pequeña, ilusionada.

—Pues deberán jugar durante mucho tiempo a ese juego y no dejarse atrapar hasta el momento adecuado.

—¿Y con quién jugaremos? —preguntó la vehemente Daphne.

—Con su tío, lord Black.

—No me gusta el tío Peter, abuela, ¡no quiero jugar con él! —protestó Daphne.

—La gracia del juego está en que nunca debes dejarte atrapar, pequeña mía.

—Nunca nos dejaremos atrapar, abuela, te lo prometo —respondió firmemente Draco.

—Bien, ahora denme un beso y márchense, necesito descansar un poco.

Los pequeños besaron a su amada protectora y salieron lentamente de la habitación, preguntándose si ésa sería la última vez que la verían. En el pasillo les esperaba la aterradora figura de su tío, que, furioso, le gritaba a la asimismo anciana Muriel, la eterna aliada de la abuela.

—¿Qué hacían esos mocosos en la habitación de mi madre?

—La señora les ha mandado llamar, milord.

—¡Tú, mocoso, ven aquí! —aulló el hombre, señalando a Draco.

Este se acercó con cuidado, escondiendo tras de sí los papeles que le había entregado su abuela.

—¿Qué te ha dicho mi madre? —quiso saber él.

—Nada, solamente que se está muriendo —respondió Draco.

—Eso está bien. A ver si, para variar, hace algo bueno y se muere de una maldita vez.

—¡No diga eso! ¡Es usted un mal hijo! —gritó la pequeña Luna, indignada y envalentonada.

Peter se acercó a ella en unas pocas zancadas y la cogió violentamente del pelo.

Daphne corrió hacia su hermana y le propinó una fuerte patada a su tío, que soltó a Luna. Las dos se escondieron detrás de su hermano mayor, cuya furiosa mirada se clavó en los viciosos ojos del hombre.

—¡Usted no tiene ningún derecho a tocar a mis hermanas ni a mí y nunca lo tendrá!

Él se rio en su cara mientras replicaba en voz alta:

—¿Quién crees que se encargará de su tutela cuando mi madre muera? Pues ¡yo mismo, niño estúpido! ¡Y entonces podré hacer con ustedes lo que me venga en gana! Lo más probable es que los envíe lejos mientras me gasto su dinero.

—¡Mamá tenía razón cuando decía que usted era un cerdo codicioso!

Furioso, Peter zarandeó a Draco mientras este no dejaba de mirarlo con odio y sus hermanas gritaban y chillaban ante la afrenta. De repente, los documentos que le había dado su abuela cayeron de las manos del pequeño rubio y los agudos ojos de su tío se clavaron en ellos.

—¿Qué es esto? —gritaba él una y otra vez, sin dejar de leer lo que ponía en aquellos arrugados papeles.

—¡Son míos! ¡Devuélvamelos! —protestó Draco, enfrentándose a su cólera.

—¿Tú sabes lo que pone aquí? —preguntó Peter, furioso.

—¡No! —contestó Draco—, pero son mi futuro. Me lo ha dicho la abuela.

—Así que no sabes lo que es esto... —murmuró su tío, mientras una malévola sonrisa asomaba a sus labios.

—¡Son mi futuro, son míos! —repitió Draco firmemente.

—No, niño tonto, ahora son míos. ¡Ya no tienes futuro! —se mofó él, mientras se alejaba hacia el despacho de su madre, en la planta inferior.

En cuanto Peter se hubo ido, Muriel abrazó a los tres niños, consolándolos. Luna lloró quedamente y Daphne le devolvió el abrazo a Muriel, pero Draco solo miró con rabia la escalera por donde se había marchado su tío y pensó que él no había podido hacer nada para detenerlo. Aún...

...

«Todas las casas antiguas tienen pasadizos, los fantasmas no existen, las arañas no son enormes y en esta casa no hay bichos», se repetía Draco una y otra vez para darse valor, mientras caminaba por el oscuro corredor del antiguo caserón de su abuela, que comunicaba su cuarto con el estudio.

Caminaba descalzo para no hacer ruido y despacio para medir bien sus pasos. Por desgracia, también iba a oscuras para no delatar su presencia con la luz de una vela y estaba aterrorizado, muerto de miedo, pero también lleno de determinación: nadie le iba a arrebatar su futuro, ni entonces ni nunca y haría todo lo que fuera necesario para conservar lo que su abuela le había dado.

Supo que había llegado a su destino cuando oyó la repulsiva voz de su tío. Se quedó quieto entre los paneles de la pared, pidiendo tener un poco de suerte y que no lo descubrieran, y se dispuso a escuchar con atención la conversación que su tío tenía con uno de sus amigos.

—Bartemius, ¿te puedes creer que la muy bruja ha intentado desheredarme a mí, su único hijo? —se quejaba Peter.

—¿Y a favor de quién, si puede saberse? ¿O lo va a donar todo a obras benéficas?

—¡A favor de los bastardos de Narcisa!

—¡Bah, no te preocupes! Ya sabes que sería un escándalo que unos bastardos se quedaran con la herencia de tu madre. Además, ¿ella no se enfadó mucho con tu hermana cuando hace once años huyó a Francia con un simple soldado inglés?

—Sí, pero la perdonó cuando volvió a casa con esos críos y, al parecer, lo tenía todo bien pensado: para mí el asqueroso título, una casa y un terreno casi estéril, además de una pequeña asignación, y para ellos todo el dinero y esta casa, junto con una o dos propiedades más. ¡Esto es insultante! Menos mal que pude ver los papeles antes de que ese mocoso los escondiera y me dejara sin nada.

—Conviértete en su tutor y así te quedarás con todo y no tendrás que rendirle cuentas a nadie.

—Ya te he dicho, Bartemius, que la vieja piensa en todo. Además de su último testamento, tengo los tres certificados de matrimonio de mi hermana con tres de los hombres más poderosos del país, que demuestran que estuvo casada con ellos y que sus mocosos son por tanto hijos legítimos... Si esto saliera a la luz, sus familiares se harían cargo de la herencia hasta que cumplieran los veintitrés años.

—Pero ¿tu hermana se casó tres veces? —preguntó un sorprendido Bartemius—. Jamás he oído hablar de ello. ¿Qué les ocurrió a sus maridos?

—Dos de los hombres que figuran en estos papeles están muertos, uno de ellos sigue vivo y no me gustaría nada tener que enfrentarme a él.

—Entonces, ¿los bastarditos tienen padre?

—Estoy seguro de que es una artimaña de mi madre y de que todos ellos son en realidad bastardos, pero no voy a arriesgarme lo más mínimo. Estos... —dijo Peter señalando los certificados de matrimonio al tiempo que los arrojaba con violencia al fuego de la chimenea—, desaparecerán ahora mismo. Lo demás, en cuanto mi madre muera.

—¿Y qué hay de tus sobrinas y tu sobrino?

—Ellos también. No voy a esperar a que aparezca algún abuelo o padre ofendido después de que me haya gastado su fortuna.

—¿Y entonces qué harás con ellos? —quiso saber Bartemius—. ¿Y qué le dirás a la poca gente que sabe de su existencia?

—¿Ellos? Los voy a vender a la casa de madame Bell.

—¡El prostíbulo! —exclamó Bartemius, enarcando las cejas ante la revelación—. ¿No son un poco pequeños para eso?

—Cuanto antes mejor, así aprenderán cuál es su sitio. A la gente le diré desconsolado que huyeron de aquí después de la muerte de su querida abuela. Los buscaré durante un tiempo y luego... ¡a vivir la gran vida!

—Lo tienes todo muy bien calculado, pero ¿no temes que alguna vez se descubra alguno de tus planes?

—El truco para que todo salga bien consiste en no dejar ningún cabo suelto y en eso soy un experto. ¿O acaso crees que alguien sospecha que la muerte de mi madre no es natural y que su querido hijo la ha ido envenenando poco a poco?

—Brindo por ello, amigo, nadie es más listo y competente que tú para planear maldades. ¡Agradezco que no seas mi enemigo!

—Aún no ha nacido el hombre que me descubra ni la mujer o doncel que me engañe —se jactó lord Black con petulancia—, y ahora, ven, vayamos a casa de madame Bell a preparar el nuevo hogar de los pequeños.

Las estruendosas carcajadas de los dos hombres resonaron un rato más en la habitación antes de que la puerta se cerrara por fin y Draco pudiera salir de su escondite.

No era miedo lo que se reflejaba en la fría e inteligente mirada del pequeño doncel, sino odio y desprecio. Rescató con desesperación los documentos quemados de entre los rescoldos de la chimenea y, posteriormente, revolvió todo el estudio de su abuela en busca de lo que quedaba de su futuro. Finalmente, encontró un cajón cerrado con llave que forzó con un viejo abrecartas y, aunque no tenía mucha experiencia y dejó múltiples arañazos en la madera, al cabo de un rato, logró abrirlo y sacar los documentos. Como no era tonto, cogió también todo el dinero que allí había, las joyas del cajón secreto de su abuela y algún que otro documento que no entendía, pero que parecía importante.

No le gustaba nada todo lo que había dicho su tío. Aquella casa nueva a la que quería enviarles parecía algo muy malo, a juzgar por las risas de los dos hombres al comentarlo, y lo que había oído sobre la enfermedad de su abuela...

¡Ojalá pudiera quedarse y enfrentarse al monstruo que era su tío! Pero como le decía su abuela cuando le contaba batallas antiguas, a veces, lo más inteligente que podían hacer los guerreros era huir para poder enfrentarse en otra ocasión al mismo enemigo, con mejores armas y aliados. Él aún era muy pequeño, así que, en esos momentos, lo mejor que podía hacer era marcharse muy lejos y esconderse para sobrevivir y enfrentarse a su tío en el futuro.

Ahora que sabía que su tío no estaba en casa, salió del estudio con paso decidido y se dirigió al cuarto donde dormía Muriel.

Esta se despertó de su agradable sueño y lo miró sorprendida mientras Draco comenzaba a relatarle todo lo que había hecho y oído, mientras temblaba de rabia en aquel oscuro espacio.

Por la reacción de Muriel al contarle lo que había decidido su tío sobre su nuevo hogar, supo que tenía razón al sospechar que era un mal sitio.

La anciana mujer le abrazó con fuerza con los ojos llorosos y se vistió rápidamente mientras le mandaba a él a despertar y ayudar a vestirse a sus hermanas.

Draco entró en la que hasta entonces había sido su habitación, despertó a las dos niñas y, en silencio, tal como le había dicho Muriel, las ayudó a vestirse con ropas lo menos formales posibles y a meter en una pequeña bolsa todo lo necesario.

Daphne intentó llevarse todas sus posesiones, hasta que Draco le explicó que no irían en carruaje. Luna protestaba todo el rato pues no entendía nada, pero dejó de hacerlo cuando recordó los modales que le había enseñado la abuela. Muriel abrió sin llamar, les hizo apresurarse y les ayudó a salir con sigilo por la puerta de servicio.

En medio del silencio de una fría noche de primavera, un pequeño doncelito y dos tiernas niñas se alejaron de la casa que hasta ese momento había sido su hogar. A cada paso que daban, Muriel les explicaba que ella no podía acompañarles, que aquél ya no era su hogar, que nunca podrían visitar a conocidos de su abuela ni volver a casa. Les señaló que el mundo que habían conocido hasta entonces ya no existía, y que a partir de aquel momento tendrían que sobrevivir y olvidar lo que habían sido antes.

Pero en la urgencia del momento, nada de lo que Muriel les decía les afectaba. Draco, Daphne y Luna se volvieron hacia la gran mansión de uno de los barrios más elegantes de Londres y le dijeron adiós a su abuela en silencio, lanzando una última mirada hacia el lugar.

De repente, oyeron el estruendo de un carruaje que regresaba a la mansión. La anciana doncella miró hacia atrás y le susurró a Draco:

—¡Corran!

Y mientras lo hacían en dirección a su incierto futuro, la inocente voz de Luna preguntó:

—¿Por qué corremos?

Draco se volvió y, sin dejar de correr, le contestó:

—¿Recuerdas el juego del escondite? Pues ha comenzado.

...

En el mismo momento en que lord Black entraba en la mansión de su madre, esta expiraba, dejando al único heredero tan ocupado celebrando su nueva fortuna que, por primera vez, olvidó atar todos los cabos de su plan.

Druella Black, condesa de Duston, murió con una sonrisa en los labios, porque en el fondo sabía que su muerte había dado a sus nietos el tiempo necesario para escapar de las garras de su hijo. De cara a la sociedad, el doncelito y las niñas desaparecieron y el único heredero fue lord Black, pero este nunca dejó de buscar su cabo suelto, porque si Draco llegaba a cumplir los veintitrés años, podría reclamar su fortuna y la de sus hermanas.


¿Qué tal pinta?

Ustedes dirán ¿Peter un Black? Esperen conocer más ;)

¿Draco, Daphne y Luna hermanos? Narcisa estuvo tres veces casada, por lo que no tienen el mismo padre.

Cuéntenme qué les pareció ^^