—Holmes, ¿por qué me toca siempre hacer de víctima? —protestó Watson mientras se volvía hacia Lestrade y la pequeña multitud de hombres del Yard siguiendo las instrucciones del detective.

Holmes se situó tras él, respondiendo alegremente:

—Porque, mi buen amigo, nuestra víctima era una mujer y usted es más bajo que yo.

—Y la vez anterior, ¿qué?

—Bueno, simplemente hago mejor de villano que usted. Ahora, inspector, si es tan amable de prestar atención —anunció Holmes, mientras daba un paso hacia la izquierda por detrás de Watson, balanceando ligeramente un bastón en su mano derecha—, el agresor se acercó sigilosamente a la señorita Darby por detrás e intentó estrangularla con su bastón.

Holmes procedió a escenificar su narración, cogiendo el extremo del bastón con la mano izquierda y alzándolo hasta el cuello de Watson, donde lo colocó sin contemplaciones bajo el mentón del doctor.

—¡Maldita sea, Holmes! —gruñó Watson, con la sólida vara de madera casi aplastando su laringe—. ¿No cree que esto es un poco… excesivo?

—En absoluto, mi querido amigo. ¿De qué otro modo voy a instruir a aquéllos que dicen compartir mi profesión? No esperará que sean capaces de entender mis deducciones de manera únicamente teórica. Además, no pienso reprimir mi talento natural para el drama.

Holmes prosiguió con su representación de la noche en cuestión.

—En este punto, el agresor comenzó a retroceder lentamente hasta encontrarse a cubierto entre los setos. —Holmes, sin dejar de interpretar su papel, arrastró a Watson hasta los setos más lejanos del jardín—. Por suerte, la dama fue capaz de introducir una mano por debajo del bastón para evitar la estrangulación.

Watson metió una mano entre el bastón y su cuello, ejerciendo presión suficiente para mantenerlo a unas seis pulgadas de distancia.

—Watson, la señorita Darby no habría sido capaz de resistirse con tanta fuerza —lo reprendió Holmes.

Watson suspiró y disminuyó la presión para permitir que el bastón se apoyara ligeramente en su cuello.

—Fue entonces cuando la señorita Darby gritó pidiendo auxilio.

Watson guardó un obstinado silencio.

—¡Se está asfixiando, Watson, se está asfixiando! —susurró Holmes al oído del poco colaborador doctor.

Watson dirigió los ojos al cielo como pidiendo paciencia antes de volver la cabeza hacia la casa y "gritar" de manera muy poco comprometida:

—Socorro, me están atacando. Esto es sumamente incómodo. Socorro.

—Nunca piense en cambiar la pluma por el teatro, viejo amigo —susurró Holmes, y luego, alzando la voz una vez más, dijo—: Comprendiendo que corría el riesgo de ser capturado, el asaltante empujó entonces a la dama —Holmes, con demasiado entusiasmo, en opinión de Watson, liberó a éste de su presa, lo cogió por los hombros y lo empujó con energía, haciéndolo caer— para luego registrar rápidamente sus bolsillos en busca de la piedra lunar. Pero no se había dado cuenta de que la señorita Darby tenía la gema en la mano, que fue, por cierto, el motivo por el que ella no rechazó el ataque con ambas manos. Por consiguiente, al caer al suelo, lo más probable fue que la soltara.

Pasó por encima de Watson, complacientemente postrado, y continuó en los cercanos rosales y frondosos helechos.

—Teniendo en cuenta la fuerza con la que su mano había golpeado al suelo, el peso estimado de la gema, el viento y el grado de solidez de la tierra debido a las recientes lluvias, deduje que la trayectoria de la piedra lunar la habría llevado justo… aquí.

Sacó dramáticamente una mano de entre los arbustos y, como por arte de magia, la resplandeciente gema apareció en ella. Los congregados lanzaron un grito ahogado, tal como hubieran hecho ante un consumado artista. Algunos hasta aplaudieron.

Lestrade sacudió la cabeza a un tiempo admirado y exasperado.

—¿Y el criminal, señor Holmes? Estoy seguro de que también habrá resuelto ese misterio.

—En efecto. Aunque el joven pretendiente de la señorita Darby parezca el sospechoso más probable, una pequeña investigación sobre el nuevo mozo de cuadra contratado por los Darby resultaría de lo más beneficioso —dijo Holmes, dudando un instante antes de devolverle la piedra a Lestrade.

El inspector se quitó el sombrero en señal de gratitud y se marchó, presumiblemente en busca de un nervioso palafrenero.

Mientras tanto, Watson se había puesto en pie con la ayuda del sargento de Lestrade. Se sacudió los pantalones con indiferencia y se revisó los codos en busca de manchas de hierba. Intercambió unas palabras con el entusiasmado joven. Holmes observó que los brazos de Watson, inicialmente cruzados sobre el pecho, habían ido descendiendo hasta los costados, pero aún no se atrevía a introducir las manos en los bolsillos del pantalón. Gran conocedor de los gestos de su amigo y experto en interpretar el lenguaje corporal, conocimiento que solía emplear al interrogar a posibles criminales, Holmes pudo concluir con bastante certeza que Watson había aceptado alguna propuesta hecha por el sargento. Sólo podía esperar que no tuviera nada que ver con otra actuación en alguna función infantil.

Watson se alejó del sargento con evidente buen humor y se reunió con Holmes. Caminaron el uno junto al otro mientras recorrían la hacienda.

—¿Pretendía añadir esa gema a su creciente museo o consideraba el precio de unos asientos en la sala de conciertos del Saint James? —preguntó Watson con jovialidad.

—Oh, no, este caso no puede considerarse siquiera la mitad de interesante que el del carbunclo azul cuando el máximo reto para mis habilidades ha sido calcular lo lejos que puede rebotar una piedra hasta un matorral —se lamentó Holmes mientras se dirigían hacia la fachada de la casa, donde los aguardaba su coche—. ¿Qué hay en el Saint James?

—Un cuarteto de cuerda vienés actuará allí este domingo, o eso he oído —respondió Watson—. Sólo bromeaba con la idea de que usted quizá habría pensado en vender la gema para ir a verlo. Dicen que el violinista posee un talento excepcional para la musicalidad, y sé lo mucho que usted disfruta echando por tierra falsos rumores.

Para entonces ya habían entrado en el coche y se encontraban de camino a Baker Street.

Aquella descripción de sí mismo arrancó a Holmes un resoplido, pero inclinó levemente la cabeza ante la mención de la actuación.

—Entonces, supongo que habrá que ir a verlo.

Watson se ruborizó un poco.

—En estos momentos no dispongo de fondos y no creo que Scotland Yard remunere su asesoramiento en sus casos, ¿verdad?

Holmes se encogió de hombros.

—En cierto modo, se podría decir que sí. ¿Recuerda aquel cuerpo que me pidieron que examinara al comenzar la semana?

—Sí —dijo Watson, un tanto suspicaz.

—El hombre, o para ser más precisos, el cadáver, llevaba bastantes billetes en la cartera.

—¡Holmes! —exclamó Watson con tono reprobador.

—Está muerto. Ya no los necesita y, ciertamente, era lo bastante rico como para que su familia no eche en falta esa cantidad en sus bolsillos. Mejor emplearlo para pagar nuestros asientos en el concierto. ¿Me acompañará este domingo, entonces?

—Muy bien, aunque sólo sea por hacer honor a la… caridad del caballero —concluyó Watson, intentando sin éxito reprimir una sonrisa.

Holmes le devolvió otra mucho más cáustica.

—Creo que le he ido corrompiendo poco a poco, Watson.

Watson puso los ojos en blanco mientras bajaban del carruaje y se dirigían hacia sus familiares aposentos del 221-B.

—Bueno, como usted ha dicho, mi querido Holmes, sería el mejor de los villanos.

Holmes lanzó una carcajada y se retiraron a la sala de estar. Watson se dirigió inmediatamente a su escritorio para trabajar en alguna de sus historias mientras Holmes cogía su pipa y la zapatilla del tabaco de la chimenea para sumergirse en una taciturnidad producida, en gran parte, por el insatisfactorio final del caso. Cayeron en aquel habitual y agradable silencio, cada uno sumido en sus pensamientos, mientras la tarde avanzaba perezosamente y los sonidos de Londres se colaban vagamente por la ventana de la sala de estar.

No pasó mucho tiempo antes de que Watson decidiera que no podía seguir con sus escritos, incapaz de ignorar la clamorosa atención que demandaba su hombro herido. Dejó escapar un suspiro de frustración ante el incesante dolor que le causaba.

Holmes se dio cuenta al instante, y sus inquisitivos y agudos ojos se clavaron en Watson cuando éste abandonó su escritorio y se hundió en su silla, junto a la chimenea.

—Espero que la forma en que lo utilicé hoy no haya agravado su herida —comentó, determinando fácilmente la razón de su problema.

—No, en absoluto. De hecho, la tuvo bien en cuenta al reducir la presión recibida en mi hombro en la caída. Gracias por su consideración. En cualquier caso, valió la pena ver a todos esos hombres boquiabiertos como colegiales al concluir su reconstrucción.

—Sí —dijo Holmes con cierta acritud—. Como si mis conocimientos científicos y habilidades deductivas fueran meros trucos de salón.

Watson sonrió. Había días en que nada complacía a aquel hombre.

—Hablando de eso, Holmes, algunos de esos hombres nos invitaron al Club de Caballeros de Highgate para celebrar la satisfactoria colaboración de hoy entre el gran Sherlock Holmes y Scotland Yard.

—¡Dios! No se me ocurre qué les ha hecho pensar que disfrutaría con una actividad tan frívola.

—Es un acto de buena voluntad, Holmes. Le permitirían participar activamente en muchos de sus casos.

—Bah, las reuniones sociales son poco más que infantiles intentos de otorgar una forma civilizada a lo que los salvajes hacen cuando se reúnen en la selva para bailar. Al menos podrían hacerlo interesante y prescindir de tanta fatua palabrería. Aborrezco las exquisiteces sociales que han vuelto aburrido conversar con la gente.

Watson rió para sí con afecto ante la típica quejadumbre de su amigo.

—Entonces, supongo que tendré que ir yo en nombre de ambos.

—No diré que no se lo agradezca, pero ¿cómo puede usted soportarlo?

Watson esbozó una lánguida sonrisa.

—Estoy muy bien adaptado al sufrimiento en circunstancias anormalmente duras.

—Atrapar asesinos es mucho más gratificante que esas tediosas conversaciones de después de la cena. ¿No vendrá a cenar conmigo, entonces?

—No. Es de esperar que sirvan allí una comida. No estoy seguro de si por celebración entienden pasar una velada agradable o intentar desplumarme jugando a las cartas toda la noche.

—¿Quiere que le preste algún dinero? Dijo que anda escaso de fondos.

—De ninguna manera —declaró Watson, indignado—. Además, si no gasto, quizá dejen que me retire antes.

—Si el hombro le incomoda, debería anteponer su bienestar a confraternizar con nuestros colegas criminalistas —decretó Holmes con énfasis.

Watson, siempre un caballero, era demasiado humilde para negarse a mostrar la cortesía que a menudo se esperaba de él. A Holmes le irritaba bastante que Watson se tuviera en tan poca consideración, pero era consciente de que él era, en parte, responsable de ello, y de vez en cuando intentaba quitarle esa costumbre. Pero, por otro lado, ante el orgullo y la obstinación de Watson poco podía hacer.

Watson le restó importancia con un gesto de la mano.

—No me encuentro tan mal. Le enviaré un telegrama si decido quedarme a pasar la noche.

Hablaron de otras cosas, pues Watson decidió tácticamente no volver a tocar el tema ni a insistir en que Holmes le acompañara. A diferencia de muchos otros antes que él, parecía darse cuenta de que la renuencia de Holmes no se debía a la mera terquedad o a un rechazo por las reuniones sociales motivado por una errónea interpretación, sino a que era realmente un solitario, alguien que daba más importancia a sus intrigas privadas y su autoconocimiento que a las relaciones interpersonales propias del hombre corriente. Pese a toda su renuencia, Holmes hizo sólo una notoria excepción, y fue con el propio Watson. Holmes descubrió que aquellas rutinas que, en otras circunstancias, encontraba indeseables, resultaban más llevaderas con Watson. De hecho, se podía observar que ambos llevaban una vida de perfecta domesticidad. Aunque, para ser justos, no se trataba de una vida doméstica convencional. Para ellos, era de lo más normal pasar la mañana con perfectos desconocidos resolviendo con entusiasmo sus problemas, saltarse el almuerzo examinando cadáveres o dedicar la noche a perseguir villanos en el corazón de Londres. Lo que resultaba extraordinario para los demás para ellos era lo normal. Ésa era la vida que compartían.

Tomaron casualmente un coche juntos, que dejó a Watson en el club mientras Holmes proseguía hacia Saint James para adquirir las entradas para la función del domingo y visitar a varios de sus contactos de la zona. Después de todo, no podía vivir sólo de saquear tumbas. Se habían brindado una somera despedida, sin prodigarse en gestos y palabras que evidenciaran más afecto del necesario para transmitirse que volverían a verse en un tiempo relativamente corto.

Todo muy normal y correcto incluso para los estándares sociales, sin sugerir nada que cruzara la línea.

Holmes regresó a Baker Street bien entrada la noche. Watson no había vuelto, y aún era demasiado temprano para esperar una nota, así que Holmes procedió a lavarse y retornó a su habitación, sintiendo que la sala de estar ya no era lugar para sumirse en solitarias reflexiones. Transmitía demasiada calidez y compañía, pero aquí, en su habitación, rodeado por los rostros de tantos infames criminales, podía centrar su mente en los muchos enigmas del sórdido mundo criminal de Londres. Se quedó dormido apoyado contra la cabecera de la cama, preguntándose si una monografía sobre la ciencia de solicitar información a dueños de bares completamente bebidos encontraría aceptación entre la comunidad científica.

XXX

A la mañana siguiente se despertó temprano y estiró sus entumecidos miembros, intentando aliviar la rigidez de su cuello. En cuanto entró en la sala de estar, dedujo enseguida que Watson no había vuelto por la noche, y tampoco esa mañana. Si hubiera regresado durante la noche, su cartera estaría sobre la mesilla del lado izquierdo de su butaca. Y si hubiera vuelto esa mañana, habría cogido el maletín para ir a su consulta en el Saint Bart. Era una deducción bastante simple cuando se ha convivido con alguien durante casi siete años. Todo esto advirtió Holmes con menos esfuerzo del que lleva darse cuenta de que es de día.

Como era de esperar, la señora Hudson, junto con el desayuno, trajo también dos sobres inmaculadamente blancos e idénticos lacrados con el sello personal de Highgate. Abrió el primero, encontrando en su interior una misiva escrita con la impecable letra de Watson.

Decidí quedarme a pasar la noche. Un hombre se ha puesto enfermo y me vi obligado a ayudar. Volveré mañana por la mañana.

J. Watson

Habiéndolo deducido ya, leyó la nota con escaso interés. Estaba a punto de debatir si abría o no la segunda misiva cuando la señora Hudson lo abordó cortésmente para anunciarle que iba al mercado en busca de varias existencias ya agotadas.

—Puede que tarde más de lo usual —le advirtió—. Esta mañana hubo un terrible accidente y ya sabe usted lo susceptible que es la gente de abandonar sus negocios para ir a cotillear.

—Sí, así es. No le reprocharé el tiempo perdido a causa de la estupidez de otras personas. Esta tarde no espero visitas ni llamadas, pero estoy dispuesto a hacerme cargo si compra unos puerros para la cena de esta noche.

La señora Hudson sonrió y abandonó la sala de estar. Momentos después, el sonido de la puerta principal al abrirse y cerrarse indicó su salida de la casa. Holmes, por su parte, tomó el desayuno, contentándose con poco más que una tostada con margarina. Cualquier otro día se habría sentido inclinado a holgazanear en bata, pero, sin Watson para distraerse, le encontró poco sentido, así que se vistió y decidió que quizá podría consultar sus índices sobre la actividad de la banda a la que sus diversos contactos habían aludido la noche anterior.

Así pasó el tiempo hasta las diez de la mañana, momento en el que su investigación se vio interrumpida por unos golpes en la puerta principal.

—¡Adelante! —gritó Holmes, ya atrincherado entre el caos formado por sus desordenados archivos.

Obviamente se trataba de una visita, pero los pasos resueltos que ascendían por las escaleras apuntaban a un conocido. El sonido del reemplazado tablón del séptimo peldaño al ser pisado le indicó que se trataba de un hombre de baja estatura que llevaba un calzado hecho a medida, resistente pero de diseño formal, del tipo que solían usar los agentes de policía. La familiar cadencia de sus pasos y los suaves murmullos proveyeron a Holmes de todos los datos que necesitaba para inferir la identidad de su visitante, que se había detenido ante la puerta medio abierta de la sala de estar.

—Inspector Lestrade —anunció Holmes sin dudar ni un instante antes de que el mencionado tuviera ocasión de llamar a la puerta—. Pase, por favor.

Tal como había previsto, fue el inspector Lestrade quien entró, deteniéndose el umbral con una caja plana de anodino tono marrón bajo el brazo y el sombrero colgando en la mano. Parecía inusitadamente inseguro, lo que instó a Holmes a centrar toda su atención en el hombrecillo, en un intento de evaluar la razón de su repentina reserva.

—Un placer verle, como siempre, inspector. Confío en que la mañana le haya resultado productiva…

Lestrade soltó un gruñido y pasó a sostener la caja por debajo. Holmes lo advirtió al instante y no pudo evitar hacer un comentario al respecto.

—Inspector, no cabe duda de que ha encontrado algo lo suficientemente digno de llamar mi atención. ¿Me permite preguntar en qué puedo ayudarle con una caja que contiene un reloj de bolsillo, un diario con tapas de cuero, una estilográfica rota, uno o quizá dos pañuelos, cuatro coronas y un soberano?

El inspector quedó visiblemente perplejo ante esta simple estimación, pero su previsible pregunta sobre cómo había sabido Holmes todo aquello fue interrumpida por la aparición de un joven que, con paso cansino y un tanto grosero, entró en la sala de estar.

—Señor Holmes, traigo sus entradas. Me gustaría darle las gracias en nombre del Saint James por adquirirlas, así como en el del Cuarteto de Cuerda de Viena por su patrocinio. Esperamos que disfrute de la actuación.

El joven hizo una reverencia y extrajo las entradas del bolsillo de su camisa. Holmes se incorporó de un salto para recibirlas.

—¡Ah, excelente! ¿Sabe, inspector? El doctor y yo habíamos pensado celebrar nuestro éxito por ese caso suyo de hurto, pero me resultó tan terriblemente aburrido que Watson sugirió esta alternativa como consuelo. Espero que su caja ofrezca una mejor oportunidad para el misterio…

—Señor Holmes —dijo Lestrade, intentando meter baza, pero el buen humor de Holmes, unido a su preocupación por despedir al muchacho con un chelín y cruzar velozmente la estancia para depositar las entradas sobre la repisa de la chimenea, se lo impidieron.

—Usted, claro está, se estará preguntando cómo he realizado tal evaluación. La mayor parte la deduje basándome en el sonido producido por cada objeto al chocar entre sí cuando usted movió la caja. Lo de la estilográfica rota lo inferí por la mancha negra de la esquina izquierda, que indica que la tinta se filtró, empapando el cartón…

—Señor Holmes —insistió Lestrade, esta vez con un dejo de frustración.

Pero, una vez más, fue ignorado.

—Todos esos objetos juntos representan las posesiones básicas que suele llevar un hombre. Sería procedente asumir…

—¡Holmes! —lo interrumpió Lestrade con un grito tan explosivo que prácticamente pudo escucharse desde la calle.

Holmes guardó silencio en el acto, frunciendo el ceño con fastidio ante tan dramática interrupción.

Lestrade parecía cansado, y cuando habló, su voz sonó infinitamente más suave, casi suplicante.

—Holmes, si me escucha un momento, se lo explicaré todo.

Holmes asintió abruptamente y le indicó que tomara asiento, mientras él mismo se acomodaba en su butaca.

—Discúlpeme, inspector. Por favor, continúe.

Lestrade se sentó despacio en el sofá, colocando la caja sobre su regazo con un gesto automático. Contempló brevemente su contenido antes de hablar, como si estuviera escogiendo las palabras con cuidado.

—¿Está usted enterado de que anoche ocurrió un accidente?

Holmes volvió a asentir.

—Sí, lo estoy. Me lo dijo mi casera esta mañana.

—Hubo un incendio —dijo Lestrade, y, por un momento, sus ojos se clavaron intensamente en los suyos—. Fue en el Highgate.

Al instante, Holmes se quedó helado, convirtiéndose en una estatua perfecta, una naturaleza muerta dibujada sobre el fondo viviente de la sala de estar.

—Yo… —empezó Lestrade, pero Holmes lo interrumpió con un brusco movimiento de la mano.

—Le ruego que no siga, Lestrade. No hace falta ser un genio para comprender lo sucedido —dijo con voz cortante—. Dice que ha habido un incendio, aunque nada en su persona lo sugiere. No hay ceniza ni hollín en su ropa ni en su piel, lo que significa que no ha estado allí, y aun así, aquí está. La única razón por la que usted, sin haber presenciado el incidente, habría venido a comunicarme lo ocurrido es porque acude en calidad de amigo. —En ese momento la furiosa voz de Holmes se quebró, transformándose gradualmente en el gemido de un animal herido, pero prosiguió con tenacidad—. Después de todo, hay muy pocos motivos por los que alguien vendría a entregar los objetos personales que un hombre suele llevar en sus bolsillos. Hasta un tonto lo entendería.

—Holmes…

—¡No diga nada! —escupió Holmes, levantándose bruscamente del sillón. Apoyó las manos contra la repisa de la chimenea, mirando fijamente el hogar apagado.

Lestrade lanzó un suspiro, pero prosiguió resueltamente.

—Holmes, comprendo que no quiera escucharme, pero debe hacerlo. Anoche, en algún momento entre las dos y las tres de la mañana, el Club de Caballeros de Highgate se incendió y ardió casi en su totalidad. Había al menos catorce personas en el edificio, incluido el doctor Watson. Hallamos su cuerpo en una de las habitaciones principales. Puede que se hubiera visto atrapado por el fuego o que se desmayara a causa del humo. Conociendo al doctor, apuesto a que estaría intentando salvar a alguien más —comentó Lestrade con ironía.

—Supongo que su cuerpo habrá quedado irreconocible —dijo Holmes con voz queda.

Lestrade bajó la mirada.

—Sí, era poco más que huesos y ceniza. La habitación en la que se alojaba fue una de las que se libraron. Estos objetos fueron hallados en el cajón de la mesilla de noche. Lo siento, viejo amigo.

Con cierto esfuerzo, Holmes se apartó de la chimenea y se volvió para enfrentarse al hombre sentado. Lestrade le tendió amablemente la caja, en silencio. Lenta, tímidamente, Holmes la cogió y la colocó sobre sus rodillas mientras se hundía en el sillón. Su mano erró de manera automática hacia el familiar reloj de bolsillo, evitando furtivamente el diario forrado en cuero que contenía docenas de notas sobre casos y borradores de relatos. Sus dedos acariciaron la tapa cerrada, pero no tuvo valor para cogerlo. Holmes se quedó mirando la caja fijamente, como si pudiera hallar a su amigo en su interior.

Watson estaba muerto. Era imposible.

Lestrade se aclaró la garganta, incapaz de soportar el opresivo silencio.

—He avisado al abogado de Watson. Vendrá a verle más tarde para leer su testamento. Me gustaría ofrecerle mi más sentido… ¡Señor Holmes!

Holmes, levantándose un salto una vez más, agarró la misiva cerrada y desgarró frenéticamente el sobre. Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad. Era imposible que Watson hubiera muerto a causa de algo tan común como un incendio accidental, por lo tanto…

Algo se deslizó de la nota doblada y cayó en la mano de Holmes. Era una cerilla con la cabeza chamuscada.

Saludos,

Los Caballeros de la Cara Oculta

Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad. Watson no podía haber muerto en un simple incendio. Había sido asesinado, pero Holmes, con la nota temblando en una mano y la ennegrecida cerilla aprisionada en la otra, comprendió que no había ninguna diferencia. La nota no cambiaba nada.

Su único amigo había muerto.

Un solo pensamiento logró eludir el aplastante dolor que amenazaba con abrumarlo.

Le habían arrebatado a Watson.

Había un crimen que resolver y, como tantas veces antes, Holmes el hombre fue reemplazado por la máquina, una máquina decidida a llevar ante la justicia a quien hubiera cometido ese asesinato.

—Inspector Lestrade, ¿puede darme todos los detalles sobre el incidente que tuvo lugar anoche en el Club de Caballeros de Highgate? —preguntó con una voz que poseía la fría consistencia del acero, y algo profundo e instintivo hizo que Lestrade diera un respingo al escucharla.

El juego había comenzado.