Hola, chicos... ¿Cómo están? Espero se encuentren muy bien. Bueno, la verdad es que tiene un buen rato que no me presento como tal en la historia, pero quería hacerlo y darles el porqué tardé tanto en subir capitulo, además de que creo que este es uno de los más largos. Esto fue, porque como sabrán algunos, en México se dieron una serie de terremotos que nos han puesto alerta y nos han obligado a unirnos todos como país y ayudar.

Afortunadamente todos mis conocidos están bien; familiares, amigos, etc. Y no puedo estar más agradecida por ello. Mi país tiene que seguir adelante, después de todo, y esperemos que en menos tiempo de lo que imaginamos, podamos seguir adelante. Así que le mando un fuerte abrazo a todos mis lectores mexicanos. Y precisamente este capitulo he enfocado no solo al ámbito romántico... si no a algo más que nuestra protagonista tiene... Decisiones de mayor magnitud y enseñanzas que muchas veces nosotros no vemos, pero que deberíamos para sentirnos afortunados de todo lo que tenemos.

Pero bueno, luego de este sentimentalismo jeje, les dejó el capitulo, esperando que todos se encuentren de lo mejor, mis lectores. Espero les guste.

Disfrútenlo :D


Para mis hermanos.


Te propongo algo...

"I won´t forget you... But I may forget you name..."

-AJR.

-¿Que estás haciendo...? ¡Oh, por Dios! ¿Quisieras ponerte algo de ropa, por favor? Mi madre y yo estamos aquí- refunfuñó Pucca, cubriéndose un poco con una mano los ojos.

-¿Qué? ¿Te pone nerviosa? - sonrío el pícaramente, mientras que agarraba una manzana del frutero encima del tablero.

-¿Qué? ¡No!- replicó Pucca, algo sonrojada y claramente apenada.- ¡Pero no es como si estuvieras solo!-

-Me disculpo. Oí a tu madre salir y no sabía que tú estabas aquí. Por eso pensé que sería un buen momento para bajar a la cocina... Y comer una manzana- dijo el, recargándose hacia adelante en la isla y mordiendo la fruta de manera seductora, tanto que a Pucca le costó trabajo reanudar la conversación de inmediato.- No puedo creer que seas tú... ¿Qué le pasó a la niña moñuda que conocí en la boda?- preguntó burlonamente, mientras masticaba de lado.

-¿Qué pasó con el renacuajo que yo conocí en la boda?- respondió ella, sin dejar que la intimidara. El solo rio entre dientes.

-Veo que no has cambiado nada también- respondió el, soncarronamente.

-Creí que estabas estudiando la universidad en Inglaterra- dijo Pucca, mirándolo de arriba a abajo.

-Vine a ver a papá- respondió el- Hasta los ingleses tienen vacaciones de vez en cuando. ¿Pero qué hay de ti? ¿Al fin saliste del aburrido pueblo de dónde vivías?-

-Su nombre es Sooga- replicó ella, claramente ofendida- Y no. Estoy aquí también visitando a mi mamá-

-¿Ah sí? Todo esto me suena a una fea película estadounidense en donde las familias se unen y se provoca un caos- dijo el, levantando una ceja. Pucca estaba a punto de decir algo más cuando se oyó la puerta del elevador, entonces Evan se enderezó de golpe. - ¡Huy! Mejor subo a ponerme algo de ropa- se burló, arremedando el tono de voz que ella había usado en un inicio y desapareció por las escaleras segundos antes de que su madre llegara a la cocina.

-Lo siento, cariño- dijo ella- Ese hombre no pierde la cabeza solo porque está pegada al resto de su cuerpo- refunfuñó, pero sin tanto odio ni molestia. Pucca solo seguía mirando las escaleras, algo distante y su madre se dio cuenta. - ¿Pasa algo?-

-No sabía que Evan estaba aquí- respondió Pucca, yendo directamente al grano. Su madre parpadeo algo sorprendida y miro a las escaleras y luego a ella.

-Si, llegó hoy en la madrugada. Veo que ya sabes que está aquí de visita también - dijo su madre, recogiendo sus platos y llevándolos al fregadero. Pucca frunció el entrecejo y ató un poco los cabos; ahora sabía porque había oído ruidos en la noche.

-Si, lo que no sé es porqué- dijo ella. Su madre solo se giró a ella con una mueca, no muy feliz por el tono de su hija.

-Zeng pensó que sería buena idea estar todos aprovechando tu visita. Así que cuando se enteró de que venias convenció a Evan de inmediato y el vino- le explicó Mao, empezando a lavar los trastes- Pensamos que sería una gran oportunidad para convivir como familia y que ustedes se conozcan más-

-Perdona, ¿Familia? - repitió Pucca, algo atónita.

Si, en efecto no podía tener ese invento como tal en ese lugar. Podría hablar por su madre, claro, ella era familia al cien por ciento. Pero Zeng y Evan...

Zeng era aceptado por ella, claro, era el amor de su madre y su esposo... Pero de ahí a considerarlo familia era algo más complicado. Sentía más como tal a los padres de Ching y Abyo y a más personas de la aldea que él, quitando claro a sus tíos y mejores amigos, pero esto era porque prácticamente toda su vida había estado en contacto con ellos y la conocían.

Bien, podía aceptar que Zeng se dedicara a conocerla mejor y ella también a él, después de todo estaría unido a su madre de por vida, ¿no? Además, le agradaba; era elegante, generoso, amable, amaba a Mao y sofisticado… Pero Evan…

A Evan lo conoció un par de veces atrás cuando su madre y su actual esposo se conocieron siendo amigos en un par de viajes anteriores a Hong Kong. Después, cuando formalizaron su relación, convivieron otras dos veces sin muchos ánimos y la última ocasión que supo algo de él fue el día de la boda en Sooga. Por lo que recordaba, siempre había sido algo huraño y, en efecto, era a lo que ella se refería como renacuajo.

Era flacucho, con lentes y no se despegaba de los libros, por esa razón ella y él nunca habían podido entablar una conversación como tal; hasta el día de la boda. Ese día recordaba que en efecto habían entablado una conversación; él estaba en contra del matrimonio, ella a favor. Discutieron, a ella se le hizo un renacuajo odioso y a él una niña moñuda boba y molesta… Y ya no se supo más.

Le asaltó la duda de saber si aún seguía con esa terrible idea aun viendo lo lejos que habían llegado sus padres estando juntos. Pero eso era una de las mínimas preocupaciones en su cabeza. No sabía si tendría el valor para, bueno… Ver a ambos como una familia. ¿Qué? ¿Ahora se supone que Evan tendría que ser su nuevo…hermano?

-Parece que tienes un problema con eso- señaló su madre, cruzándose de brazos.

-¡No! Yo acepto el hecho que estés con Zeng ahora y aceptemos a Evan… Por más odioso que parezca…- murmuró esto último- Pero de ahí a verlos como mi familia… ¿No crees que es un poco rápido? Acabo de decirte que salí de Sooga para reencontrarme… ¿Y ahora se supone que tengo que aceptar a mis nuevos hermano y padre?-

-Pucca, sabes que esto no funciona así- dijo su madre, un poco más seria- Sé que Zeng jamás será tu padre… Pero es una excelente compañía y ya sé que lo has aceptado. Pero me gustaría que lo vieras más que como el esposo de tu madre, como alguien de tu familia-

-Ya veo a Zeng de es amanera- replicó Pucca, calmadamente.

-Bien, te lo agradezco entonces…- dijo Mao, secando los platos que acababa de lavar- ¿Podrías hacer entonces lo mismo con Evan? Es un gran chico y estoy segura de que si lo conoces más podría llegar a agradarte-

-Mamá… He visto a Evan como cinco o seis veces, ¿Y ahora tengo que volverlo de mi familia? ¿Crees que eso es fácil?- dio Pucca, empezando a exasperarse.

-Por esa razón Zeng le pidió que viniera. Creemos que es la oportunidad perfecta para que se conozcan más y convivan- explicó su madre. Pucca abrió la boca para replicar algo más y decirle que todo eso, cargado con la carga emocional que hasta un momento le había platicado y se había mostrado comprensiva, era demasiado y que el asunto de Evan era más de lo que podía soportar… Pero entonces él llegó, y ya vestido con unos jeans y una playera blanca.

-Buenos días- llegó el otro, saludando como si nada hubiese pasado, y mientras rodeaba la isla miró con una sonrisa burlona a Pucca.

-Buenos días, Evan- saludó su madre, cambiando su gesto a uno mucho más amable rápidamente y lo saludó con un abrazo, que este le devolvió aun mirando a la pelinegra de la misma manera. - ¿Dormiste bien?-

-Muy bien, Mao. Gracias. Fue muy gentil de tu parte ir con papá a recogerme del aeropuerto tan tarde- dijo el, separándose y cambiando también la mirada a una más dócil al mirar a la mujer. Pucca solo entrecerró los ojos desconfiada. ¿Era su imaginación, o ese tipo parecía tener dos caras?

-Oh, descuida. Tu padre también me acompañó a recoger a Pucca- le sonrió Mao- ¿No es así querida?- preguntó, mirando a la pelinegra, quien se había quedado mirando de la misma manera.

-Seguro…- respondió ella, entre dientes. Se hizo unos segundos de silencio algo incómodo entre los tres. Pucca fulminando con la mirada Evan, y él solo devolviéndoselo con una sonrisa burlona y que…francamente no sabía cómo interpretar. No fue hasta que Mao habló cuando el hielo se deshizo un poco.

-Bueno, linda, ¿Por qué no vas a cambiarte mientras yo voy a comprar las cosas que necesito para la oficina? Y después, todo el día estaremos tu y yo juntas- propuso su madre, tratando de evitar que su hija siguiera mirando de esa manera tan grosera al muchacho. Y funcionó, pues Pucca solo rodó los ojos y se dirigió a las escaleras sin decir mucho más. Ya hablaría con su madre luego, pero no con ese sujeto en la cocina. - Evan, sírvete de desayunar, por favor. Estás en tu casa- dijo ella, amablemente, mirando al chico.

-Te lo agradezco- respondió él, ofreciéndole una sonrisa mucho más cálida. Mao asintió y se giró para seguir usando cosas, fue así como Evan aprovechó y se giró a Pucca, quien se había detenido en las escalera también para verlo.

Ella solo frunció más el ceño. Evan agrandó más su burlona sonrisa. Y sin más ni nada… Pucca solo subió dando fuertes golpes con sus pies.

Su madre estaba loca si creía que él sería su nuevo hermano.


Pasó el día mejor de lo que había comenzado y, bueno… Mejor que el amargo encuentro que había tenido con Evan. Le agradó pasar tiempo con su madre y compartir muchas cosas con ella.

Habían ido al cine para comenzar y luego del desayuno. Tenía mucho tiempo que no iba al cine y la pasó muy bien en realidad, sin mencionar que la película había sido bastante buena. Una vez de ahí, se movieron a uno de los centros comerciales más concurridos de Ciudad Victoria y Pucca entonces se olvidó de absolutamente todos sus problemas.

También tenía rato que no iba de compras y entendió porque Ring Ring amaba hablar de ellas y salir a hacerlas. Se compró mucha ropa y accesorios nuevos… Sabía que iba a estar más días ahí, pero ese, que era su día libre absolutamente de todo, aprovechó, sobre todo porque estaba su madre para que alguien finalmente le diera una opinión totalmente sincera acerca de lo que se veía y no bien con ella.

Inclusive compró cosas para Ching y Shuny; a la primera le compro varias blusas, en su mayoría de color lila, pantalones entre otras cosas, mientras que a la morena le compró zapatos y botas, así como un par de vestidos, uno de ellos negro con muchas flores… Sabía que no era el estilo de su amiga, pero imaginarla en él y por lo bonito que era… No pudo resistirse.

No se olvidó de Abyo tampoco y encontró la tan aclamada playera de Bruce Lee que tanto quería de edición limitada, así que se la compró. Inclusive le compró un par de camisas a Dada y, por su puesto, más ropa para cada uno de sus tíos. Y, para devolverle un poco el favor de tan hermoso regalo, también le compró algo a Soso. Aunque no fue ropa en realidad… Fue un collar con aire hippie que esperaba pudiese recordarle a Sooga cada que estuviese fuera.

Pensó que darle un obsequio a Soso—como amiga y nada más como eso— ablandaría las cosas un poco cuando se fuera. Lo único que quería era que las cosas se acomodaran en su lugar lo más pronto posible.

Incluso pensó en Garu al ver una que otra playera y sudadera, pero llevarle algo solo se podía prestar a malas interpretaciones, además... Si lo iba a olvidar como había dicho, ¿Por qué debería llevarle algo?

Luego de pasar horas interminables comprando cosas para todos y por todos lados, ambas estaban tan hambrientas como cansadas. Así que se detuvieron a comprar comida rápida. Pucca no era muy fan de este tipo de comidas, pero al estar tan acostumbrada a la comida tradicional, no le molestaba en lo absoluto. Además, ya tendría mucho tiempo para cocinar en la enorme cocina del pent-house.

Una vez que terminaron de comer y que Pucca terminó de poner al tanto así madre de la vida de todos en Sooga a más detalle, pasaron a seguir comprando unos zapatos para su madre, ya que en unos días sería el aniversario de ella y Zeng, y él le había dicho que la llevaría a uno de los restaurantes más cotizados y de renombre en Ciudad Victoria. Así que aprovecharon no sólo para comprar un par de zapatillas, sino también un hermoso vestido informal.

Para cuando acabaron, las dos apenas y podían cargar las bolsas al elegante Audi color rojo, el cual le pertenecía exclusivamente a su madre. Así pues, ya de noche y con la capital llena de hermosas luces que anunciaba el inicio de la vida nocturna en Hong Kong, emprendieron el camino a casa. Ambas estaban calladas, pero no de una manera incomoda en lo absoluto. Mao disfrutaba manejar a esas horas sin prisas ni contratiempos... Y Pucca miraba maravillada los establecimientos y lo hermosa que era la ciudad a esas horas.

Fue tanta su admiración que apenas y notó que Mao cambió de rumbo y que sin darse cuenta ya no estaban en la zona céntrica de la ciudad. Por el contrario. Parecía que habían entrado a una serie de edificios habitacionales que a Pucca empezaron a resultarle bastante familiar.

-¿Dónde estamos?- preguntó, claramente confundida- Pensé que iríamos a casa ya-

-Oh, estamos yendo a casa, cariño. Pero primero, haremos una parada muy especial- sonrío su madre en respuesta y luego la miro suspicazmente.- ¿Ya no recuerdas esta zona?-

Pucca la miró algo confundida y luego miro hacia la ventana. Entonces sus recuerdos se activaron y supo exactamente dónde estaban. Estaba en su vecindario. En donde ella y sus padres habían vivido cuando era apenas una niña. Apenas y podía recordar algo, pero si lo suficiente como para asegurarse. Francamente, le sorprendía que su madre quisiera terminar el día de esa manera y por el camino del recuerdo, pero le agradaba también.

Se dio cuenta de que el vecindario había cambiado mucho para bien. Ella recordaba que era uno de los barrios más peligrosos y que luego de cierta hora nadie salía. Pero en ese momento las calles estaban iluminadas y haya había pequeños negocios y gente aún caminando en la calle. Estaba más transitado y se notaba que ya había mucha más seguridad.

Los edificios incluso habían sido algunos remodelados y repintados, lo que no los hacía lucir completamente nuevos pero si mejor a como ella los recordaba. Si su padre estuviese vivo, quizás habrían seguido viniendo y disfrutando en esos cambios tan saludables.

Su madre aparcó el Audi en frente de uno de los muchos edificios y ella lo reconoció de inmediato. Era su edificio. Donde ellos vinieron. Así que ni tarda ni perezosa, abrió la puerta del coche y dio un salto hacia afuera, sintiendo una punzada de calidez en el corazón.

Todo era tal y como lo poco que recordaba; edificio alto, olor a tallarines que venían del primer departamento en planta baja, niños jugando afuera (de noche ahora) y las escaleras de concreto en donde apenas y podían circular dos personas para llevar a los departamentos de arriba.

-No puedo creerlo...- susurró Pucca y luego mirando a su madre, quien se encontraba del otro lado del carro con una cálida sonrisa- Ha cambiado tanto...-

-Lo sé- dijo su madre, mirando alrededor- Es bueno saber que cambiaron este lugar para bien. Siempre fue un sitio muy bonito para vivir-

Pucca asintió y se giró nuevamente al edificio. Incluso habían plantado unos arbolitos en la entrada. Ya era agradable hasta para vista.

-Ven. Te quiero mostrar el departamento- dijo su madre, mientras que en la mano llevaba consigo unos llaves. Pucca la siguió sin pensarlo y maravillándose de poder estar ahí una vez más. No era que él penthouse le resultará desagradable ni de lejos... Pero no tenía el calor de un hogar como esas edificaciones. Tampoco la escénica de su papa.

-¿Mao? ¿Eres tú?- una voz fémina las hizo girarse al primer departamento en planta baja, justo antes de subir las escaleras. Ellas se giraron parpadearon un poco. Pucca no reconoció a la mujer de cabello marrón y corto, sin embargo su madre, al cabo de dos segundos, supo quién era.

-¡May Jing! ¡No puedo creerlo! Qué agradable sorpresa- dijo su madre, sorprendida y contenta. La mujer sonrió en respuesta y ambas se estrecharon en un amistoso abrazo.- No sabía que aún vivías aquí- dijo y le sonrío, separándose.

-Oh. Nunca me he ido en realidad. Vino aquí con mi esposo- le explicó.

-¿Cómo está la señora Jun?- le preguntó Mao con una sonrisa. Sin embargo, la de esa mujer desapareció casi por completo y se le entristeció la mirada.

-Oh... Mamá falleció hace ya un año, mas o menos- le respondió ella, tristemente. La sonrisa de su madre también desapareció por completo y se entristeció.

-Lamento oír eso. Todavía la última vez que vine estaba sentada aquí afuera, como siempre- susurró con tristeza.

Aunque Pucca al principio no entendía a quien esas mujeres se referían, tampoco le costó mucho recordar luego de esa pista dada por su madre. Ya recordaba a la señora Jun; era una mujer con mucha edad que solía sentarse en una silla, fuera del primer departamento. Era tan anciana que ya no podía moverse sin ayuda y le gustaba pasarse horas ahí, viendo la luz del día y vigilando a los niños del edificio que salían a jugar.

Recordaba que era agradable y que generalmente le regalaba pirulís a los niños y también a ella. Cada que llegaba con sus padres o bajaba con ellos del edificio ella le daba uno. Era demasiado chica para salir a jugar aún, así que esa buena mujer la incluía un poco con esos caramelos y una sonrisa. Era una pena que ya no estuviera más ahí. Nunca se pudo despedir apropiadamente.

Estaba tan inmersa recordando que no vio cuando la conversación cambio a una más animada entre Mei y su Mao, hasta que la primera se giró a verla.

-No puedo creerlo. ¿Ella es tu hija? ¿Es Pucca?- preguntó con sorpresa. La aludida sonrió en respuesta y se acercó un poco más a ellas.

-Así es. Es genial que la recuerdes- dijo su madre.

-¡Pero claro que la recuerdo! Era muy pequeña cuando la conocí aquí, ¿Cómo has estado?- le preguntó, mientras que le estrechaba la mano con una nostálgica sonrisa.

Ahora que la tenía cerca, también la recordaba. Era la hija de la señora Jun. Recordaba haberla visto cuando su madre le daba caramelos, generalmente llegando de la universidad. Tendría unos veinte años cuando ella la conoció, y aunque no es como si se viera mucho mayor, si se veía mucho más madura luego de doce años sin verse.

-Es un gusto volver a verla de nuevo- saludó la pelinegra con la misma sonrisa.

-El gusto es mío, cariño. Creciste mucho... Y muy hermosa- le halagó. Ella solo sonrió en agradecimiento y Mao señaló hacia las escaleras.

-¿Sabes si hay problema si subimos?- preguntó, a lo que Mei negó con la cabeza.

-Para nada. Suban con confianza. Están en su casa, después de todo- les aseguró, guiñándoles un ojo.

Ambas agradecieron, asegurando que una vez que terminaran arriba, bajarían a despedirse formalmente y a intercambiar números y contactos. Pucca recordó que su madre y ella solían platicar fuera del edificio por horas, tanto así que su padre tenía que esperar a que subirá con ellos luego de un rato de haber llegado, en caso de encontrarse en la entrada.

Subieron por las escaleras estrechas. Mirando las puertas de los demás departamentos, estas también habían sido sustituidas por unas nuevas y de mejor calidad. Una vez que llegaron al tercer piso, a Pucca le dio un vuelco su corazón. Era su puerta. En frente había otra, de otro departamento en donde, si no mal recordaba, vivía un profesor que todos los días salía con portafolios. Se preguntaba si aún viviría ahí.

-¿Lista, querida?- le preguntó su madre, metiendo la llave a la cerradura. Pucca solo inhalo a ir algo nerviosa

-Si- respondió, conteniendo el oxígeno. Su madre asintió, giró la llave y abrió la puerta, la cual se abrió con un duro crujido, pues llevaba años cerrada.

Con esto, Pucca pensó que los muebles viejos del departamento estarían empolvados o con sábanas encima. Desorden y quizás un feo olor a humedad, pero, tal y como desde el primer momento que había llegado, se llevó otra gran sorpresa al entrar.

El departamento estaba en increíbles condiciones, incluso se atrevía a decir que en mejores de lo que ella recordaba haberlo visto la última vez que fue a visitar a su madre.

Recordaba que las ventanas ya estaban empañadas por el tiempo, y todas estaban cambiadas totalmente por unas más modernas y resistentes, así como claras y limpias. Y no era lo único nuevo ahí. También habían muebles que ella no había visto. Nada que ver con los apolillados que apenas y se sostenían con olor a madera empezando a pudrirse.

Las paredes también estaban pintadas de un azul rey nada triste y con un bello diseño de muros. Había repisas y una salita... Esta última era de las pocas cosas que quedaban que ella lograba recordar. Y en frente de esta una pantalla mediana que definitivamente no estaba.

También estaba la cocina intacta, solo que mejorada y limpia. Por ejemplo, en lugar de sólo tener la parrilla donde su padre cocinaba, ahora también había una eléctrica al lado. Un refrigerador mediano y un microondas mediano también eran nuevos y la barra que separa la sala de la cocina, donde solían comer, también había sido renovada.

Pucca se pasó entonces por las dos habitaciones en el fondo, en donde una era de ella y la otra de Mao y su padre. Esta estaba totalmente atiborrada de cajas y cosas viejas de ella y sus padres cuando vivían ahí, pero igual los miro y las ventanas habían sido cambiados. Habría querido ponerse a abrir cosas de ella y su padre para recordar esos increíbles años antes de irse a Sooga, pero le ganó la curiosidad y miró la suya.

Esta habitación era la única que había permanecido intacta en su totalidad. Aún estaba la cama de infante que ella tenía y estaba pintada de rosa claro. Había juguetes desperdigados en cajas y ropa de niña pequeña. Lo único que varió fue la ventana, claro.

Le vinieron a la mente las muchas tardes que se la pasaba ahí, jugando con muñecos de trapos y con su padre al llegar de trabajar. Admitió que casi se le salen las lágrimas cuando entró y miró todas sus cosas antiguas de las cual no había pensado en años.

Creció un poco más cuando llegó a Sooga y conoció a todos. De repente ya no eran ella y sus padres, sino ella, sus padres, sus tíos, los padres de Garu y toda la aldea. Su familia había crecido mucho desde ese punto... Y aunque la amaba, recordar un núcleo familiar más pequeño era extraño... Y cálido.

Así que no pudo evitar sonreír mientras una lágrima se le escapaba cuando agarro un viejo oso panda con el que solía jugar y con el que despertaba a su padre en las mañanas para que le hiciera en desayuno.

Sin embargo, la sacudió otro pensamiento que ensombreció esos buenos recuerdos... ¿Era su imaginación o si madre había remodelado el departamento con muebles nuevos y todo, pero dejando ese toque hogareño? No tendría ningún motivo sino pensaba venderlo o rentarlo tal y como se lo había dicho... Entonces, ¿Por qué?

-Esta algo diferente- oyó la voz de su madre en el marco de la puerta. Pucca se enjugó esa lágrima y se giró a ella.

-No deja de ser nuestro hogar- le aseguró y dejó su oso de peluche en su antigua cama- Aunque debo preguntarte, mamá, ¿Por qué lo has remodelado? Pensé que no querías vender ni nada-

Si madre se quedó callada ante esa pregunta y Pucca la miró sin entender muy bien su expresión. Mao titubeó algo nerviosa y sonrió sin más.

-Ven. Quiero hablar contigo de algo-

Pucca obedeció y ambas salieron de la habitación para ir a la barra de la cocina y sentarse en unos elegantes bancos altos que Ella tampoco recordaba. Su madre buscó en su bolsa y sacó unos papeles y se los entregó. La pelinegra la miró confundida y abrió el portafolio, leyó el principio de un papel y supo que era eso.

-Es el testamento de papá- susurró, a lo que su madre sonrió de medio lado.

-Creo que nunca habíamos tenido la oportunidad de hablar de esto, Pucca. Primeramente porque eras más joven y vives en Sooga. Pero ya tienes dieciséis años y creo que es hora de que sepas que tu padre dejó este lugar para ti- le explicó su madre. Ella levantó la vista hacia ella con brusquedad, claramente sorprendida- Yo solo he sido algo así como tú tesorera y lo seguiré siendo hasta dentro de un par de años, cuando seas mayor de edad. Una vez que sea así este lugar será tuyo y podrás hacer lo que quieras de el. De hecho toda esta remodelación que vez no la hicimos ni yo ni Zeng. Tu padre antes de morir dejó el dinero necesario para arreglar este lugar y que tuvieras...- de repente Mao se detuvo y miró a su hija, temiéndolo lo que diría. Ella solo enarcó una ceja, temiéndose a donde iba toda esa conversación.

-¿Qué tuviera que?- le invitó a continuar. Mao suspiró y miró sus manos, dándose valor para continuar.

-Para que tuvieras un buen lugar para vivir- completó su madre. Pucca la miró sorprendida y dejó los papeles sobre la barra, quedándose unos momentos en silencio e interpretando las palabras de su madre. Habían remodelado el departamento para ella... Para que fuera su hogar y solo de ella.

Con ello, su padre le estaba dando la oportunidad de independizarse, mudarse de Hong Kong... Irse de Sooga.

-¿Estás diciendo que... Me mude aquí?- preguntó ella, con voz temblorosa. No estaba preparada para ello.

-Solo es una sugerencia, cariño- se apresuró a suavizar su madre- No te estoy obligando a absolutamente nada que tú no quieras hacer. Solo digo que sería genial que te vinieras a vivir a Hong Kong y... Tenerte más cerca-

-Pero... ¿Qué hay del Chin-Duda?- preguntó ella, algo asustada.

-Sé que te preocupa eso. Y aunque sé que tus tíos te están enseñando bien, Zeng y yo pensamos que sería una buena idea que estudiaras en la Universidad Privada- dijo ella y se apresuró a sacar un volante de esta del portafolio y se lo enseñó- Obviamente no pagaríamos nada al ser Zeng el director y tampoco tendrías que hacer exámenes ni papeleo de admisión. Solo es cuestión de que digas que sí y podrá integrarte a la carrera culinaria y la especialización que quieras. Te ayudará bastante y tendrás todo lo necesario complementado con la enseñanza de tus tíos-

Pucca miró el volante te le había dado su madre y miró el elegante edificio que, suponía, era la Universidad. Todo estaba pasando demasiado rápido... Hace un día pensó que estaría ahí en unas vacaciones indefinidas... Y las cosas habían cambiado drásticamente a tener un departamento y una opción para su futuro.

Nunca pensó en entrar a una universidad como tal, ya que su vida estaba en Sooga y ahí no había demasiada educación además de la básica y, claro, todo lo relacionado a artes marciales. En realidad no pensaba en hacer demasiado ahí tampoco salvo dirigir el Chin-Duda un día. Pero no podía negr que esa oportunidad era perfecta.

No conocía la universidad como tal, salvo por lo poco que Zeng había plática y su madre, pero sabía que entrar era difícil, aún siendo privada. No solo por los costos, sino por las becas y el cupo de gente en Hong Kong... Especializarse en artes culinarias. Parecía emocionante la idea y algo que a su padre habría maravillado. ¿Pero y su vida en Sooga?

-Pero... ¿Qué pasará con mis tíos? ¿Y mis amigos?- susurró asustada, jugando con el volante algo nerviosa. Y una pregunta más le asaltó y le aterró por completo.

¿Y Garu?

Bien, tenía la oportunidad perfecta y su pala para cavar su salida. No tendría que verlo de nuevo, no tendría que regresar a Sooga en un largo tiempo... Quizás el suficiente como para sacarlo de su mente y de su corazón... Pero, ¿sería capaz? En esos momentos, con todo en bandeja de plata no sabía si tomarlo porque tendría que tirar toda su antigua vida por mucho que les estuviese pesando.

Estaba considerando en su había sido buena idea volver a Hong Kong. Se fue supuestamente para despejarse... Pero, al parecer... Ahora todo le confundida aún más y la situación se volvió extremista. Ya no tenía la oportunidad de ordenar ideas... Sino de eliminar simplemente todo y seguir con algo "mejor".

-Estoy segura de que tus tíos entenderán que es por tu bien. Más si les decimos que tú formación será para que saques adelante al Chin-Duda- le aseguró su madre, con una sonrisa.

Quiso responderle, pero no supo cómo y bajó la mirada hacia el folleto y el testamento. ¿Qué haría querido su padre? O pero aún, ¿Que quería ella?. Era tentadora la idea de irse a vivir en ese cómodo departamento, a media hora de su madre y su esposo... Tener estudios. Pero, Sooga también era su hogar. El hogar de la gente que amaba. El hogar de Garu.

Todo aquello era una arma de doble filo.

-Escucha, linda... No tienes porque responder justo ahora. Piénsalo los días que estés... Incluso piénsalo si decides volver a Sooga al cabo de unos días- dijo su madre, tomando su mano y dándole consuelo ante toda esa confusión- Solo, quiero que sepas que tienes mas opciones... Que este también estoy hogar y que es una buena oportunidad para encontrarte y hacer algo de tu vida como me dijiste hoy en la mañana...¿No te gustaría?-

Claro que le gustaría. El problema es que no sabía si estaba preparada o si tendría el valor de dejar todo atrás. No solo con Garu, sino con toda su vida cotidiana. Su madre tenía razón; debía consultarlo con la almohada y tomar una decisión... Quizás por eso terminó yendo a Hong Kong... Quizás por ello hizo esa visita... Quizás si era momento de cambiar.

-Lo... Lo tengo que pensar, mamá- susurró ella. Su madre sonrió satisfecha, dejándole claro que no la obligaría a nada y que en ella quedaba la decisión. Por extraño que pareciera, esto fue peor para la pelinegra. Si su madre la obligaba al menos tendría una excusa.

-Claro que si, cielo- dijo su madre, guardando el testamento- Disfruta tus días aquí. Ve como te acomodas y si te gustaría vivir aquí todos los días. Mañana ven al hospital conmigo, estoy segura te agradará y... Zeng está ofreciendo visitas guiadas por la Universidad este mes... Deberías ir y ver si te agradaría estudiar allí. Sé que la cocina es muy subjetiva, así que debes pensarlo con cuidado-

-Hmp...- murmuro ella, asintiendo firmemente.

Aunque se veía seria ante su madre, por dentro se estaba muriendo de miedo. Tenía que tomar una decisión brutal para ella y los demás. Tendría que tomar la decisión de romper su promesa para con Garu o al menos posponerla... Por años.

Si, había pensando en una vida sin el. Pero ahora que ya tenía la oportunidad... No sabía si tomarla.


-¡Oye! Te estoy hablando- dijo Evan, sacudiéndola del hombro e interrumpiendo sus pensamientos.
Ella parpadeó y quitó la vista de la ventana para verlo con cara de pocos amigos.

-¿Qué quieres?- le preguntó, fastidiada.

-Te decía que no es por nada pero te quedó delicioso el desayuno- dijo Evan, acomodándose en el asiento de cuero con una sonrisa pícara.

-Ah... Si... - respondió ella distraída y apenas escuchó lo que le había mencionado para volver la vista a la ventana.

Su tercer día en Hong Kong había comenzado... Y aunque tenía la expectativa de estar distraída para ese entonces, se equivocó por completo.

Iba con Evan de camino al Hospital donde su madre trabajaba. El iba solamente como auxiliar y él iba agraviado con un traje de enfermero, pues aprovecharía para hacer una especie de pasantía y servicio social ahí, ya que estudiaba para ser doctor allá en Inglaterra.

Sin embargo y aunque Evan iba con el espíritu en lo alto y toda la energía, ella no se sentía para nada así. Para empezar, no había podido dormir en casi toda la noche, pensando en la propuesta de su madre y los efectos que está tendría si la aceptaba o si no lo aceptaba.

Tenía la posibilidad de tener una vida mejor ahí y desarrollarse. Estudiaría sin problema en una de las Universidades más importantes de Hong Kong, tendría su propio hogar y estaría más cerca de su madre, sin mencionar que era una buena oportunidad para comenzar de nuevo y sin Garu.

Por otro lado, sino regresaba, aún en esa increíble ciudad pudiese ser que su vida fuera más gris. No se imaginaba levantarse y no desayunar fideos frescos, o salir con sus amigas, o trabajar en el restaurante junto con Dada... O estar alejada y completamente sin Garu.

Entró no sólo a una encrucijada personal sino también de desarrollo personal. Y no sabia que hacer. Solo esperaba que el raro en el hospital le ayudase a despejarse, así como los siguientes días.

Podría empezar yendo a la vivita guiada que Zeng estaba ofreciendo en un par de días.. Y si la escuela no le convencía podía empezar de ahí.

-¿Qué te pasa?- le preguntó él al cabo de un rato de silencio- Estás muy callada... ¿Qué le pasó a la niña moñuda que solía saltar por cualquier lado?- le dijo, tratando de animarla. Pucca se giró a él con el mismo rostro que le dio la última vez.

-¿Nunca dejas de ser tan irritante? No puedo creer que tendré que soportarte todo el tiempo que estaré aquí- rezongó ella, rodando los ojos, a lo que Evan rio divertido.

-Claro... Tú también eres un terrón de azúcar- dijo él con sarcasmo- Pero te sorprenderías al conocerme. Suelo ser muy divertido-

-Lo dudo- respondió ella con una falsa sonrisa.

-Vamos, Pucca. No te pongas tan complicada... Además, ¿no se supone que somos hermanos o algo así ahora?- respondió.

-¡Ja! Tú jamás serás mi hermano- respondió ella, con una sonrisa amarga.

-Lo sé... Sé que es difícil ser hermana de alguien que bien...- Evan se detuvo un momento y se inclinó a ella, sonriendo de manera seductora- ... Podría ser cualquier otra cosa-.

Pucca tragó saliva en seco y solo lo ignoro, aunque no se salvó de sentirse incómoda por completo. Evan no era feo y él sabía eso, y le sacaba todo el provecho posible. Tan solo del penthouse hacia el carro, todas las mujeres que pasaron al elevador se le quedaban mirando.

Aunque dudaba que a Evan ella le pudiese interesar... Además de que era políticamente incorrecto. Claro, no había nada de sangre entre ellos, pero, con sus padres casados si se sentía algo raro... Y solo la incomodaba por ello.

-Te patearé la cara si invades mi espacio así de nuevo- le amenazó con seguridad. Evan solo soltó una carcajada y regresó a su sitio, sabiendo que Pucca no estaba de broma.

-Nunca cambias, ¿ah?- dijo con soncarroneria y se giró a su ventana. Pucca solo sonrió satisfecha ante su hazaña y las palabras de Evan... Pues tenía razón- Oh, llegamos-

Pucca entonces reparo en que era verdad y se agachó un poco para ver a través de la ventana de Evan. En efecto uno de los choferes de Zeng había aparcado el auto en donde iban—otro lujoso Audi color blanco— frente a un lujoso edifico blanco enorme que se cernía sobre de ellos.

Ambos bajaron y le agradecieron al trabajador, quien se fue, dejando a los dos al pie de la entrada, mientras que muchas personas se encontraban en la acera y las puertas yendo y viniendo.

Esa mañana su madre había tenido que irse mucho más temprano a su turno y Zeng también tuvo que llegar antes de lo usual a la Universidad, por lo que por ello uno de los trabajadores los había llevado en un coche "provisional".

Evan fue el primero en dirigirse a la entrada y Pucca le siguió los talones. Tanto edificio grande y tanta gente la hacían sentir algo mareada, por eso, cuando entró junto a él se sintió ligeramente más tranquila. Le hubiese gustado tener la seguridad y el cinismo con el que Evan se refería las enfermeras para pedir información acerca del área infantil.

Cada enfermera que se topaban, enfermera que volteaba la vista hacia su sensual acompañante. Se sintió a salvo cuando les indicaron en que piso estaba su madre y ambos se encontraron solos en el ascensor.

-Quisiera tener una moneda por cada mujer que te ve- bromeó Pucca, con una sonrisa divertida una vez que se hallaron solos. Evan solo sonrió coquetamente y miró hacia el marcador de los pisos.

-Serías asquerosamente rica- respondió el otro, sin pena ni gloria. Pucca rió un poco junto con el justo cuando se oía la campan del ascensor y se abrían las puertas. Ambos salieron a un pasillo atiborrado de enfermeros y doctores bastante arreados y llegaron a recepción, donde Mao los recibió junto con otros dos trabajadores.

-Bienvenidos, chicos- saludó la madre de la pelinegra, acercándose a ellos.

-Hola, mamá- saludó ella. Ambos le dieron un abrazo de bienvenida con una sonrisa. Mao tenía ese don; hacía sonreír a cualquiera con su presencia.

-Chicos, les presento al Doctor Wang y la enfermera So. Son colegas de mi trabajo- presentó Mao educadamente- Estos son mi hija, Pucca, y el hijo de mi esposo, Evan-

-¿Qué tal, jóvenes?- saludó el doctor, quien ya estaba muy encanecido y tenía rostro de ser una persona que apenas rozaba la tercera edad. Entre los cuatro intercambiaron un respetuoso saludo de manos y el doctor miró al chico a través de sus gruesas gafas. Pucca pensó que era agradable que alguien no mirara a Evan como si fuese un delicioso bocadillo.- Evan, Mao nos ha contado que se encuentra estudiando medicina en Inglaterra-

-Así es, señor. He aprendido mucho durante estos dos años en mi universidad. Y ya que estoy de vacaciones, creí que sería una buena idea y oportunidad aprender en otro país ya en el campo- dijo Evan, seriamente, pero con su implacable sonrisa. A Pucca se le desencajó la mandíbula. En el coche había sido un patán presumido y en esos momentos sonaba tan educado y elocuente que costaba trabajo creer que era la misma persona.

-¿Algún área a la que te quieras especializar dentro de la medicina?- preguntó el doctor, ya claramente convencido por la postura y el verbo del joven.

-Em, si. De hecho pensaba enfocarme al área de pediatría… Aunque, también lo he pensado en el área de la ginecología- dijo él, y miró a Pucca de soslayo, quien rogó porque ellos no se dieran cuenta de su juego y sus mejillas rojas… pero no de pena… sino de irritación. Se le hacía increíble razonar que pudiese estar con esos juegos delante de su madre y sus colegas. – Pero me he decidido por la pediatría al final de cuentas- agregó él, volviendo a su firmeza y mirando al doctor.

-Bueno, entonces será un placer que vengas conmigo. Te asignaré tu trabajo y te explicaré cómo funcionan las cosas aquí para que comiences. Así que, por aquí, por favor- dijo el Doctor, cediéndole el paso hacia su oficina.

-Excelente- dijo Evan y caminó hacia donde le habían indicado- Nos vemos después, Pucca. Mao. Enfermera So.- se despidió de todas ellas con una sonrisa y al final se fue. Hasta ese momento ella pudo recobrar el aire que había estado sosteniendo y solo esperaba no tenérselo que topar durante el resto del día. Había olvidado poner en su lista de cosas que tenía que meditar que ahora ese idiota debía formar parte de su vida, incluso si decidía quedarse en Sooga.

-Pucca, la enfermera So te asignará tu área de trabajo y te dirá como puedes ayudar. Enfermera So, la dejo en sus manos. Buena suerte querida- dijo su madre, guiñándole un ojo y yéndose, ya que al parecer otro doctor del otro lado del pasillo le estaba haciendo señas. Ella se despidió de su madre con una sonrisa y la enfermera, quien parecía ser una mujer de edad mediana entre los treinta cinco y los cuarenta años, le hizo un gesto con la mano.

-Por favor, sígueme- le dijo amablemente y Pucca la obedeció, mientras que la seguía miró cada una de las cosas ahí. Los doctores, los enfermeros, todos parecían bastante atareados y conforme más se adentraba entre los pasillos del hospital pisándole los talones a su guía, más le tocaba ver gente enferma… pero sobre todo niños. Ya fuera en sus camas siendo cuidados por sus padres al lado o en silla de ruedas siendo paseados por otras enfermeras no podía evitar darse cuenta.

En Sooga tenían un hospital, pero no era tan grande como ese y generalmente estaba algo vacío. La sala de emergencias a veces estaba con más gente, pero lo cierto era que en la aldea eran pocas las veces que alguien debía ser internado, y si lo estaban la situación no debía ser tan grave, pues sabía que aquellas personas que se llegaban a encontrar en esa clase de situaciones eran trasladadas al hospital de Samedi, que era la ciudad más cercana.

Y claro, nunca había visto niños tan enfermos. Por eso no supo si aquello fue una buena idea cuando leyó que la enfermera se adentraba a una gran sala que decía "ONCOLOGÍA INFANTIL" arriba de unas enormes puertas de cristal… Y entonces se halló frente a una enorme sala llena de niños. Algunos estaban en cama y otros en algunas otras áreas de juegos que había en esa sala. Había una televisión para todos, donde estaban pasando programas infantiles y varios niños se encontraban alrededor de ella viéndola.

En otras ocasiones, Pucca había estado con niños en una sala cuando el padre de Ching abrió sus puertas a clases de kung fu infantil y esto le había resultado algo irritante… Pero ahí, los niños estaban calmados. Y sabía que ese bajón de energía no era por otra razón más que por la enfermedad que tenían… Por eso, cuando la enfermera So entró, todos se giraron a ellas.

-Esta es la Sala de Piso de Oncología Infantil, donde tenemos a niños cuyos padres tienen que trabajar y no tienen otro familiar quien los cuide durante las mañanas. Por eso necesitamos voluntarios que los vigilen y les hagan compañía hasta que su madre o padre regresen o puedan venir- le explicó la Enfermera.

-Pero… Yo no veo a ningún voluntario por aquí- susurró Pucca, mirando por todo el lugar. La enfermera sonrió con tristeza.

-Por eso nos da gusto que una persona se haya interesado- repuso con calma. Pucca sitió como se le encogían las tripas al oír eso- Te explico; los niños que están ahora en la cama no se pueden levantar para nada. Si se levanta alguien o vez que hay alguna dificultad debes acudir con las enfermeras del piso inmediatamente, aunque ellas vendrán a revisarlos junto con los doctores cada hora. Hay mucho personal haciendo guardia en los pasillos. Y te puedes acerca a hablar con ellos, jugar o leerles un cuento. Los niños fuera de sus camas pueden jugar por el lugar mientras no disturben a los chicos que están en cama… Pero no pueden salir de la sala. Si alguien te pide ayuda para ir al baño, este está en el fondo y solo puede haber un niño usándolo por vez. Mi cubículo está al final del pasillo, puedes ir a verme en caso de que suceda algo… Oh, y después de la una que es la hora de la comida aquí, te puedes retirar si gustas- le explicó la enfermera. Pucca puso atención a cada una de sus normas e instrucciones y luego So se giró a los chicos, mientras que caminaba al centro de la habitación.

-¡Buenos días, niños!- saludó la enfermera en voz alta.

-¡Buenos días enfermera So!- respondieron algunos al unísono y como si se tratase de una escuela.

-Hoy nos acompaña una amiga mía que se llama Pucca- dijo ella, presentándola, todos los niños giraron su vista hacia ella y solo pudo sonreír algo nerviosa. Tanta vista de infante le lograba poner los pelos de punta- Ella los cuidará durante algunos días en el transcurso de la mañana. Sean buenos con ella, por favor. Y ya saben que no le tocara postre a quien se porte mal, ¿de acuerdo?-

-¡Si, enfermera So!- respondieron todos de la misma manera. So solo sonrió contenta y asintió con la cabeza.

-Muy bien, mis niños. Pucca, son todos tuyos- finalizó ya hablándole a ella. La ludida asintió levemente, aun sintiendo las miradas de los niños y siguió con la vista a la Enfermera, quien salió del lugar con paso despreocupado. Fue ahí cuando se giró y notó que los niños aun la miraban en silencio. Incluso los chicos que veían televisión dejaron de hacerlo para observarla. Pucca solo se descolgó un pequeño bolso de cordel largo que llevaba y lo dejó en un pequeño sofá que estaba a su lado.

¿Y ahora que hacía? Había pensado y atiborrado su cabeza de tantas ideas que se le había olvidado por completo qué hacer con los niños. Había hecho mucho servicio comunitario en Sooga… Pero por alguna razón, eso se sentía algo diferente.

No fue hasta que sintió un leve tirón de su blusa hacia abajo, cuando miró hacia el suelo y se encontró con una pequeña niña con poco cabello, quien apenas y sostenía un libro enorme con su otra manita.

-¿Me lees un cuento?- le preguntó con voz aguda, mientras que le tendía el libro que parecía más bien una explosión de colores. Pucca parpadeó algo sorprendida de que mejor esa chiquilla tomara la iniciativa y lo mejor que se le ocurrió fue hacer lo que siempre hacia; dar una cálida sonrisa.

-Claro que si- respondió.

A partir de ahí el hielo se rompió en mil pedazos y las siguientes horas pasaron volando.

Pucca, en efecto leyó el cuento que le había pedido, sentándose en un rincón de la Sala, donde había varios banquitos para niños, los cuales se arremolinaron alrededor de ella junto con la pequeña niña del inicio. La pelinegra se vio muy sorprendida de si mima al encontrar que era una muy buena cuentacuentos y que tenía a los niños embobados con la historia. Todo esto lo notó cuando acabó el primer libro y los chiquillos le pidieron más.

Luego un enorme tiempo leyendo cuentos y demás, los entretuvo con algunos juegos entre ellos, en donde incluso los chiquillos mas enfermos que estaban en cama soltaban una que otras risas. Y para media jornada Pucca ya había aprendido los nombres de la mitad de los niños ahí. Y mientras estaba haciendo su servicio comunitario y veía a esos pequeños, todos con batas blancas de hospital, algunos ya sin cabello y ojeras y otros que se veían un poco más saludables y aun con cabello, como la pequeña niña del principio, la cual se llamaba Xiao, pensó que quizás sus problemas eran los menos importantes en ese lugar y que, aun así, esas personitas podían sonreír con cualquier juego infantil o cualquier cuento.

Nunca se había detenido a pensar cuan afortunada era en ese aspecto. Tenía salud y toda su familia y amigos también, en lo que cabía. No tenía que estar en una cama, viendo como los demás tenían la capacidad para vivir de manera libre y sin estar conectados a un sinfín de aparatos o ser visitado por doctores o enfermeras que solo traían molesta medicina; al menos eso le tocaba ver cuando las enfermeras y doctores entraban ahí para que les dieran a algunos infantes su respectiva medicina, quienes la aceptaban de mala gana, pero nunca haciendo rabietas.

Quedarse en Sooga, quedarse en Hong Kong… Pensar en ello no parecía una decisión tan importante ni un problema tan complicado en comparación a la gente de ahí. E incluso ella se sentía mejor de no tener que pensar en aquello durante todo ese rato. Había olvidado lo que era ayudar a los demás de verdad y de manera altruista. Había olvidado lo que era no solo pensar en ella misma… O en una persona que simplemente no tomaba en cuenta todos sus cuidados y las cosas que se hacían por él.

Sonaba duro, pero Pucca pensó que en ese momento cualquiera de esos niños estaba más agradecido de estar con ellos en las pocas horas que convivieron, que Garu luego de tantos años. O más que ella con sus tíos luego de tantos años de haberla cuidado. Era duro, si… Pero quizás era verdad y eso le hacía pensar que necesitaba replantearse no solo en asunto con el ninja… sino quizás toda su vida.

Por primera vez en muchos años, Hong Kong parecía ser más saludable que Sooga.

Así el tiempo se le fue volando, y no fue hasta que se encontraba haciéndole peinados a Xiao sentada en su cama, mientras que ella jugaba con unos pequeños peluches cuando la enfermera So entró y se vio sorprendida de que los niños estuvieran dibujando muy atareados en el suelo.

-Vaya… No los había visto tan entusiasmados- dijo ella, acercándose a Pucca mientras que empujaba un carrito de metal con algunas bandejas de comida.

-Lo sé. Le he dicho que quien acabe primero se ganará una caja de crayones que mañana traeré- respondió Pucca, justo cuando terminaba de hacerle unas bonitas dos trenzas a Xiao que le recordaban mucho a cuando Ching se peinaba así- Listo. Ya quedaste. Te ves totalmente hermosa- le aseguró. La pequeña se acarició una de ellas y corrió a verse a un espejo que tenían cerca, mientras que empezaba a dar unos saltitos en la cama de la emoción.

-¡Son muy bonitas! ¡Son muy bonitas!-gritó eufórica. Pucca sonrió contenta de ver a alguien tan feliz al igual que la doctora. -¿Le gustan mis trencitas, enfermera So?-

-Son muy lindas, Xiao- dijo ella, mientras que agarraba una bandeja de comida- Pero deja de saltar y ven a comer. Ya es hora del almuerzo- le indicó. Al instante la niña dejó de saltar y su gesto de felicidad se volvió en una mueca de asco que a Pucca le causó mucha gracia. - Vamos, linda. Tienes que comer algo para que estés fuerte al iniciar las quimios-

-Enfermera, si me permite, yo la convenceré. - dijo Pucca, agarrando la bandeja y unos palillos envueltos. La enfermera se mostró lago sorprendida, pero accedió, sabiendo que bien podría ser de ayuda mientras que ella le daba sus bandejas a los demás.

-De acuerdo. Pero volveré para verificar que tu charola este vacía, Xiao- le advirtió So y francamente la pelinegra sintió que esa advertencia también iba para ella. Fue así como la enfermera se fue a entregar la demás comida y Pucca se giró a ella.

-Vamos, Xiao. Debes comer un poco- le insistió la pelinegra.

-Pero es que esa comida es asquerosa- replicó la niña, sentándose en la cama de golpe. Pucca solo hizo una mueca divertida.

-Vamos, no creo que pueda ser tan mala, ¿o si?- dijo y entonces bajó la vista a la charola… No fue hasta que reparó que en efecto era la comida menos apetitosa que había visto en su vida. Incluso hasta olía algo mal. Si le hubiesen puesto la comida del avión a esa habría elegido la primera. No sabía con seguridad si aquello era algo así como fideos acompañados con un bollo aplastado y maloliente junto a una pasta que parecía wasabi pasado.

-Si no me crees, pruébala. Verás que no te estoy mintiendo- dijo la niña, inclinándose con curiosidad y retando de cierta manera a la pelinegra. Pucca sonrió de la misma manera y abrió el empaque de los palillos.

-¡Bien! Lo haré y te demostraré que esta comida sabe bien- dijo mostrándose convencida, aunque en realidad no lo estaba. La niña se cruzó de brazos, esperando que Pucca separar los palillos y entonces dudo un poco antes de agarrar un poco. No era que tuviese muchas ganas de probar, pero tenía que hacerlo para convencer a la pequeña… Además, su tío Lingüini siempre había dicho que en ocasiones la forma de la comida miente y no nos puede asegurar el sabor. La primera vez que lo hizo fue cuando hizo un pay de queso y este salió poco esponjoso y de un color amarillo curioso… sin embargo, al probarlo, era lo mejor que ella y sus tíos habían degustado.

Lo malo era que ese pay olía bien igual… Y esa comida, pues no tanto.

Sin pensar más tomó un pedacito de bollo, el cual parecía que estaba relleno con frijol y lo mojó un poco en la pasta del wasabi y se lo acercó a la boca. Tragando saliva en seco.

-Bien… aquí vamos- dijo, dándose ánimos así misma. Cerró los ojos y antes de que se pudiese arrepentir, se comió ese bocado bajó la intensa mirada de Xiao.

Al principio no le supo a nada, pero cuando lo masticó un par de veces…

Por mucho que lo quiso evitar solo pudo hacer una mueca antes de escupir la comida.


-¡Exijo hablar con el chef en cargo del hospital!-

-Señorita, ya le dije que no puede pasar- trató de decir uno de los ayudantes en la cocina.

-¡Entonces, exijo que él salga!-

Estaba furiosa.

Luego de que probó la comida de Xiao y luego de escupirla, agarró la bandeja ya picada y le pidió a una de las enfermeras que le dijera donde estaba la cocina del hospital. Ella le indicó algo asustada por el tono de Pucca que se encontraba en el sótano, así que no le importó bajar, recorrer, preguntar un poco más y caminar hacia la enorme cocina donde no solo se preparaba comida para los pacientes, sino también para los doctores.

Sin embargo, un joven delgado al verla sin uniforme ni delantal ahí, la detuvo justo en la entrada del apartado principal, donde se encontraba el "Chef jefe", y Pucca lo decía con todas las comillas del mundo, porque no podía concebir que alguien denominado "chef" hubiese permitido llegar a la boca de alguien esa "comida".

No era quisquillosa. Nunca lo había sido aun cuando en su familia se hacía la mejor comida que la aldea y ella hubiesen probado… Pero aquello era una grosería y el hecho de que fuese para una niña con cáncer no era ni de cerca para ella una excusa para servir aquello.

-Señorita, el chef no recibe quejas personales. Si gusta hacer recomendaciones, le puedo asegurar que en el Departamento de Atenciones la escucharan con gusto…- dijo el joven, tratando de contenerla.

-Mira, amigo… Podemos hacer esto por las buenas o por las malas…- le amenazó ella, mirándolo de manera aterradora. El chico tragó saliva en seco y no pudo hacer demasiado cuando Pucca lo hizo a un lado y entro sin más por las puertas batientes, dándole en la cara a este al tratar de seguirle.

Caminó con la frente en alto por los pasillos de preparación en donde solo había hombres mayores, por cierto, quien se la quedaron mirando perplejos de que una desconocida ajena al área de ahí hubiese entrado como si estuviera en su casa. Pero a Pucca esto, por muy irónico que le pareciera, no la asustó y no se detuvo a preguntarle nada a nadie, pues sabía lo suficiente de las cocinas para saber en qué área se hallaba en chef en cargo.

Y estaba tan enojada por esa mala comida que cuando llegó a él, el cual era un hombre que quizás le duplicaba la altura y triplicaba su esbelto peso, no se tomó ni la molestia de llamarlo ya que estaba de espaldas y con un machete en la mano, cortando carne cruda, sino que solo aventó la charola con fuerza en una de las mesas metálicas para llamar su atención, mientras que el nervioso ayudante de la entrada le había seguido, tratando inútilmente de detenerla.

-¿Usted hizo esto?- preguntó, sin enojarse. Admitió que sintió un poco de temor cuando el hombre se dio la vuelta lentamente, aun con el machete en la mano y se dejó ver el rostro. Parecía más bien un pirata de mala muerte que un chef, aun con su Toque blanche y su traje blanco. No le respondió al instante. En vez de eso solo la miró de arriba abajo, mientras que ella tenía las dos manos en la cintura.

-Y tu… ¿Quién eres como para estar en mi cocina?- dijo con voz grave e intensa, escudriñándola de pies a cabeza.

-Mi nombre es Pucca. Y disculpe, señor mío, pero usted no puede llamarse chef si esto es lo que sale de su cocina hacia las papilas gustativas de las personas- reclamó ella sin intimidarse ni nada y empujándole la charola, la cual se deslizó por la ancha mesa que había entre ellos y el chef la detuvo agarrándola con una de sus enormes manos.

-Estas diciendo… ¿Qué mi comida es mala?- le preguntó él. Todos los trabajadores se habían quedado en silencio, pues al parecer cada uno conocía el genio de su patrón y el hecho de que una niña envalentonada hubiese entrado tan descaradamente no se veía todos los días.

-No. Estoy diciendo que su comida en incomestible- respondió Pucca, sin acongojarse. Todos empezaron a murmurar entre ellos, mientras que se escuchaban algunos "oh", que avivaban el fuego que ya se había encendido- He comido fideos de avión que saben mejor que esa cosa- dijo Pucca, cruzándose de brazos y mirándolo de manera retadora, haciendo subir los murmullos.

El cocinero levantó una ceja y miró como, en efecto, ella lo estaba haciendo quedar mal ante todos ahí, por lo que, si esa niña quería jugar sucio, él le daría una lección. Así que sonrió de manera burlona.

-Y me imagino que una chiquilla como tu sabrá mucho de fideos, ¿verdad?- dijo con un simpático tono sarcástico y estallando a reír a carcajadas. Al instante y tal vez por compromiso, todos ahí empezaron a reír de la misma manera, tratando de quitarle el valor a la pelinegra. Sin embargo, ella sonrió confiadamente.

¿Qué si sabía de fideos? ¡JA! Había nacido en una cuna de fideos, y por el sabor de la terrible comida que había probado, estaba segura de que podía darle una o dos lecciones.

-Créame… Sé más de lo que usted imagina- dijo, inclinándose sobre la mesa para mirarlo más de cerca una vez que las risas cesaron. Nuevamente el chef enarcó una ceja y pensó que, si quería hacer quedar mal a Pucca, entonces tendría que ir a otro nivel para lograr humillarla por completo.

-Entonces estoy seguro de que no te molestara enseñarme cómo se hace…- le retó, con la misma sonrisa burlona. Pucca solo agrandó más su confiada sonrisa también y empezó a atarse el cabello. Si así iba a lograr restaurar el honor en la cocina del hospital, aceptaba el reto.

-Deme una malla y se lo mostraré-


-No puedo creer que hayas hecho eso- río Evan, mientras que se cruzaba de brazos y se recargaba hacia atrás en la pared.

-Oye, alguien tenía que decirle que su trabajo estaba mal- respondió Pucca, seria para la sorpresa del muchacho.

La jornada había terminado y el sol ya se estaba ocultando. La verdad era que Pucca pudo salir mucho antes del hospital, pero se quedó en la cocina muchas horas después.

Resultó que el chef en cuestión, el cual se llamaba Jao, definitivamente aprendió mucho más de lo que le hubiese gustado de Pucca. Ella le mostró como los fideos sabían mejor y que aunque fuese para gente enferma la comida, esta no tenía porque saber horrible. Así que hicieron un trato: si para la hora de la cena Pucca lograba hacer que pacientes que no habían querido probar bocado probaran sus fideos... Jao tendría que dejarla ir a la cocina todos los días a enseñarle a él y a su equipo de trabajo algunas cosas.

Así que, siendo el mayor reto de su vida, ella accedió, con la condición de que Jao la guiará en el caso de los pacientes que necesitaban palillos especiales dada su condición.

Se sorprendió cuando cayó en la cuenta de que si, ella le estaba ayudando a Jao, pero que a su vez este y algunos de sus colegas le estaban enseñando mucho a ella. Nunca había estado en una cocina industrial, así que preguntaba acerca de los instrumentos y algunos ingredientes, usó su talento para la cocina que venía en su sangre y voila... Había preparado la más grande cantidad de comida que en su vida había hecho justo para la hora de la cena.

Así que gustosa, ella y Jao fueron personalmente a entregar las charolas asignadas... Y la sorpresa fue gigantesca. Todos los pacientes quisieron probar la comida una ver que la olfatearon y para la humillación del chef. Enfermeras y doctores incluso señalaron que la comida olía deliciosa y que no podían esperar a probarla en sus respectivas salas de trabajo.

Pero sin duda, la opinión más importante fue la de Xiao, por quien toda esa guerra culinaria se había desatado. Y ya para entonces a Pucca no le sorprendió cuando la pequeña niña devoró toda la charola bajo la sorpresa de sus padres y la enfermera So.

Con esto, Pucca se giró con una sonrisa triunfante ante Jao, quien tuvo que admitir la derrota con dignidad y estrechó la mano de la pelinegra, diciéndole que más le valía enseñarle y cumplir su parte del trato. Así que para cuando ella se despidió de los niños, asegurándoles que se verían mañana y más días, todos en el hospital ya sabían que la comida y el menú de ahí cambiaría y que había unas nuevas y prodigiosas manos en la cocina.

Lo supo al reencontrarse con Evan, cuando bajó a la recepción y ambos estaban sentados en unas sillas ahí, exhaustos por un atareado pero satisfactorio día, esperando que Mao llegara para irse todos, una vez que dejara todo listo para el turno nocturno de las enfermeras.

-Sip. Veo que no has cambiado nada. Mira que enfrentarte a un chef de dos metros...- dijo Evan, mientras recargaba su cabeza hacia atrás en la pared, cerrando los ojos- Aunque debo admitirlo, fue muy gentil de su parte dejar que vinieras-

-Lo sé. Estoy muy emocionada por ello- dijo Pucca, y ciertamente tenía razón. Por primera vez en mucho tiempo sentía que estaba haciendo algo de real significado.

-¿Pucca?- una voz los distrajo a ambos, la cual venia de la enfermera So, quien llevaba su bolso en mano y se veía que emanó en había terminado su jornada.

-Enfermera So, ¿ya se va?- le preguntó ella.

-Si. Me alegra que sigas aquí, de hecho. Los padres de Xiao me han pedido que te agradeciera- le dijo la enfermera, con una sonrisa.

-¿Ah sí? ¿Por qué?- preguntó ella, tomándola por sorpresa al igual que Evan.

-Tenía semanas que Xiao no podía comer. Y hasta hoy es cuando ha pedido más comida. Si sigue así estará lo suficientemente fuerte para la cirugía que necesita en menos tiempo de lo que creemos. Y todo es gracias a ti- le explicó la enfermera.

Pucca solo sonrió y se quedó sin palabras. No podía creer que ese sentimiento tan cálido se le subiera por las venas hasta el corazón. Era genial que luego de tanto, pudiese hacer algo por los demás. Algo real. Y en su primer día, ahí estaba ese gran resultado.

-Espero verte mañana, los niños estarán felices de tenerte de regreso- continuó la enfermera, con ánimos.

-Aquí me tendrán- aseguró Pucca con una sonrisa.

-Entonces te veo mañana. Buenas noches, Pucca. Joven Evan- se despidió sin más, a lo que ambos chicos asintieron y luego se dirigió a la salida.

Ambos se quedaron en silencio unos momentos. Pucca con esa sensación de completa satisfacción que no le llegaba desde hace mucho... Pero esto a la vez le preocupó. ¿Y si ese viaje había llegado en un buen momento? ¿Y si que las cosas salieran bien desde un inicio era porque debía quedarse? Tenía que admitirlo, ese podría ser uno de los mejores días en su vida... Y no estaba Sooga de por medio. No estaba Garu.

-Mira nada más... Primer día y has hecho más que esos cocineros en años quizás...- mencionó Evan de manera burlona, pero encontrando algo de verdad en sus palabras.

Tenía razón, tanto éxito no podía ser mera casualidad... Eso solo era una señal de algo... Y no estaba segura si quería tomarla o hacerse de la vista gorda. Pronto la calidez de su corazón se volvió un torbellino confuso.

-¿Listos, chicos?-. Entonces llegó Mao con bolso en mano y ambos se levantaron para dirigirse al coche que ya los esperaba afuera.

Pucca interrumpió sus pensamientos solo para eso. Parecía que a lo largo de esos días...

Tendría que elegir entre esa seductora vida y sus raíces.


Pasó una semana después de su llegada a Hong Kong, y pese a que no le costó trabajo adaptarse los primeros, agarró una rutina rápidamente que le gustaba muchísimo.

Se levantaba muy temprano para hacer algo de ejercicio. Al regresar se duchaba y desayunaba con Evan para irse al hospital con su madre, la cual ya estaba ahí desde muy temprano. Por la mañana estaba con los niños y por la tarde, después de que sus padres llegaran, bajaba a la cocina para cumplir el trato con Jao.

Al salir, ella todavía llegaba a preparar la cena con su madre y se sentaba a comer con ella, Evan y Zeng ya que tenían que aprovechar en sazón de la aldea y aún le quedaba un poco de tiempo libre para ella.

Durante esos días, se acostumbró a la presencia de estos dos últimos en su vida. Por un lado, casi no veía a Zeng sino hasta la noche, y era agradable, incluso le hubiese gustado pasar más tiempo con él. En cuanto a Evan... Bueno, ya también se había acostumbrado a él y él a ella.

Si, seguía haciendo bromistas y comentarios inapropiados, pero resultaba ser que era un muchacho completamente divertido y que, de cierto modo ya la cuidaba. Incluso podía decir que le alegraba tener compañía joven en el pent-house para no sentirse sola.

Incluso en sábado, cuando no necesitaron sus presencias en el hospital, ambos fueron a la visita guiada de la universidad. No es que Evan quisiera tomarla como opción, pero si quería ver y Pucca agradeció que la acompañara.

Y pasó lo que más temía; ser aún más seducida por la idea de tener una vida ahí.

Para empezar la universidad estaba a quince minutos de la estación de metro más cercana a lo que sería su departamento. Sin mencionar la calidad del campus y los elegantes edificios e instalaciones ni los guías amables o los maestros, que a simple vista parecían ser unos eruditos.

Pero se quedó sin aliento cuando llegaron a la facultad de Áreas Culinarias, la mejor opción para ella. Ver todo el equipamiento y lo que podría ser estudiar ahí... Parecía un sueño que le estaban sirviendo el plato de oro. Así que para el final de la visita estaba tanto confundida como embelesada.

Sabía de cocina, eso quedaba claro con el asunto de Jao... Pero poder tener una profesión hecha y derecha, que le aseguraría aún más el éxito del patrimonio que su padre la había dejado... Sonaba no sólo tentador... Sino irresistible.

Por otra parte, y aunque sus días en Hong Kong eran mejores que los anteriores y se encontrará en ese terrible estado en donde sus decisiones quizás cambiarían drásticamente... Extrañaba Sooga. A sus tíos y sus amigos.

Seguía en contacto con Shuny, Ching, Dada y Abyo por mensajes de texto en donde a escribía un poco acerca de lo que había hecho y mandaba algunas imágenes... Y con sus tíos hablaba cada noche, antes de irse a dormir.

No. No hubo más mensajes de Garu ni ella le mando más mensajes. Era mejor que las cosas se quedaran así hasta que ella tomase una decisión o regresara.

Así que, iniciando nuevamente el fin de semana, Pucca decidió hacer algo diferente. Se puso de acuerdo con Ching y Shuny y acordaron una hora para hacer una video llamada. Así que, en la noche, luego de la ducha, se sentó en la sala, aprovechando que Mao y Zeng ya estaba dormidos en su habitación, encendió su laptop en sus piernas y apretó el botón de llamada... A los pocos segundos, la imagen de sus sonrientes amigas apareció en la pantalla, en donde se veía que estaban en casa de la morena, más específicamente, en su cuarto.

-¡Hola, Pucca!- saludaron ellas, llenas de emoción por verla luego de tanto... O algo así.

-¡Hola chicas!- saludó ella, claramente emocionada también y algo nostálgica- ¡Dios! No tienen idea de cuánto las he extrañado-

-Y nosotras a ti, Pucca- dijo Ching con cariño.

-Y... ¿Qué tal Hong Kong?- preguntó Shuny algo más curiosa y saltándose todo ese sentimentalismo que le ponía incómoda- Ya hemos visto que te la has pasado de aquí para allá desde que llegaste- mencionó, guiñándole un ojo, a lo que Pucca rio.

-Así es. es de lo mejor ayudar a mamá en el hospital. Y es mi primera vez en una cocina industrial, así que me encanta la idea de poder aprender con gente que ya ha trabajado ahí. Mis tíos se han emocionado mucho cuando les dije- sonrió ella, contenta de poder compartirle algo más a sus amigas que la usual miseria que cargaba por parte del ninja.

-¡Es genial! Espero que nos puedas cocinar algo más "industrial" cuando regreses- dijo Ching, no entendiendo muy bien el concepto.

-No, Ching- rio Pucca- No es comida industrializada. Es algo más especial porque es para gente del hospital- le explicó con una cariñosa sonrisa.

-Oh.- respondió Ching, comprendiendo- Bueno, en ese caso has lo mejor para esa gente que tanto lo necesita- dijo, dándole ánimos.

-Gracias…- dijo Pucca y quería continuar diciendo algunas cosas más, pero entonces reparó en el fondo de la habitación de su amiga, donde estaba en su cama y entrecerró los ojos- Esperen… ¿Qué es ese bulto que se ve en tu cama?- les preguntó. Las chicas se voltearon a la cama y luego a ella.

-Oh, es Abyo- respondió Ching- Quería saludarte también, pero se quedó dormido-

-Es una pena porque le quería enseñar esto- dijo Pucca, mientras que ponía frente a la cámara una playera tradicional blanca, igualita a la que Bruce Lee usaba en sus películas y la que su amigo le había encargado encarecidamente. Las chicas no pudieron evitar esbozar una sonrisa y mostrarse admiradas ante la prenda.

-¡No puede ser! ¡Esta bellísima!- exclamó Ching, muy contenta.

-Seguramente le encantará- convino Shuny, con una sonrisa- Y espero que Abyo no sea el único afortunado en esto, eh- dijo con una sonrisa audaz, a lo que Pucca sonrió igual, mientras hacia de lado la playera.

-Claro que no. Ya quiero ver sus caras cuando les dé todo lo que he comprado para ustedes- les aseguró, Ching y Shuny intercambiaron unas risitas emocionadas ante la noticia de ropa de Hong Kong.

-¡Te amo!- soltó Shuny emocionada- Cuando vuelvas te prepararemos una fiesta en el Chin-duda y haremos tus fideos favoritos- habló la morena, ya imaginándose la sorpresa que le darían a la pelinegra cuando volviese a casa.

-Podemos pedirle a Santa que haga cocteles- propuso Ching, igual de emocionada. Pucca rio mientras sus amigas seguían hablando de propuestas y planes… Y luego esto le entristeció. ¿Y si nunca veía esa increíble sorpresa cuando ella regresase? No imaginaba la decepción que sería para sus amigas, pero decidió no decir nada al respecto ya que aún no había tomado una decisión.

-Sería genial, chicas…- dijo, algo desanimada, pero luego sacudió la cabeza y puso mejor cara para que no sospechara y trató de cambiar el rumbo de la conversación- Y… ¿Qué hay de nuevo en Sooga?-

-Oh, no demasiado. Solo el hecho de que parece que a todos nos causa nauseas que Dada y Ring Ring se paseen por la aldea sin pudor alguno- dijo Ching, haciendo una mueca de asco- Y mira que fue ella quien me pidió tener más consideración de nuestras demostraciones de afecto en público- dijo Ching y Shuny soltó una risotada.

-¡Si, hombre! Y mira que ellos tienen casa propia para hacer lo que quieran dentro de ellas- bromeó, haciendo una mueca de asco, a lo que Ching la acompañó. Pucca rio divertida ante los gestos de sus amigas- Sin embargo, me alegro por ellos. Parece que todo va viento en popa-

-Así es- dijo Ching- ¡Oh! Y Santa abrió un bar cerca de la cafetería. ¡Esta increíble! Destiny canta todas las noches y no hay nada mejor- agregó su amiga, mientras que la gorda Gwong se paseaba detrás de ellas, haciéndose bolita junto a Abyo, quien estaba de espaldas a la pantalla, hecho un ovillo también.

-¿De verdad? Eso es genial. Santa llevaba con ese proyecto desde el año pasado- sonrió Pucca.

-Si. Y siempre van chicos muy atractivos ahí- señaló Shuny- Por cierto, hablando de chicos guapos… ¿Qué tal los muchachos de Hong Kong? ¿Son guapos?- le preguntó, con una sonrisa más pícara- A Pucca le tomó por sorpresa la pregunta, y la verdad es que no supo cómo responderla. Estaba tan concentrada en hacer su rutina lo mejor posible y en tomar la mejor decisión que no se había detenido a observar… De hecho, el único joven que conocía era Evan estando allí. Pero sabía que la verdad les aburriría a sus amigas, por lo que decidió decirles exactamente lo que querían escuchar.

-Pues… Si. Son bastante apuestos- se limitó a responder.

-Claro… ¿Así como el chico extremadamente sexy detrás de ti? - preguntó Shuny, con sonrisa pícara y enarcando una ceja. Pucca frunció el entrecejo y volteó sobre su hombro.

-¿Qué…? ¡AAAAAAAAHHHHHHH!- soltó un gritó cuando se dio cuenta que Evan estaba detrás del sofá donde ella estaba sentada, inclinado muy cerca de su hombro, sabiendo que su rostro se vería. Pero eso no fue lo peor, sino que, al igual que el primer día, iba solo con una toalla alrededor de su cadera, dejando ver su musculoso torso. Sin embargo, esto no le importó a Pucca, a quien casi mata del susto solo por el hecho de no haberse dado cuenta que estaba tan cerca de ella-¿QUÉ DEMON…? ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO AQUÍ? ¿CUÁNTO LLEVAS AHÍ PARADO?- le dijo a gritos exasperados.

-Lo siento, Pucca…- respondió él, entre risas y luego se volvió a inclinar a la pantalla- Pero no pude evitar acercarme al ver a estas dos preciosidades en tu pantalla. No me dijiste que tenías amigas tan hermosas allá en Sooga, de haberlo sabido… Creo que te habría visitado más seguido- dijo él de manera seductora y sonriéndoles de lleno a Shuny y a Ching, quienes se ruborizaron un poco. Aun por videollamada… Evan era el joven más apuesto que en su vida había visto.

-Hey, hola…- saludó Shuny de manera coqueta también, mientras que Ching tenía las mejillas completamente rojas.

-Hola, mon chéris- saludó Evan con un absurdo acento y luego se dirigió a Ching- Tengo que decir, hermosa, que en todos los lugares que he estado nunca había visto en mi vida tan adorables mejillas ruborizadas- le halagó. Ching solo rio algo nerviosa y jugó un poco con su cabello, completamente azorada.

-¡Oye! ¡Oye!- y de repente, Abyo saltó en el fondo de la cama y se acercó como fiera a la pantalla, sorprendiendo a todos, inclusive a las chicas que estaban de su lado- ¡Oye amigo! ¡Ella es mi novia! ¡Así que ve y consíguete algo por otro lado!- le replicó, mientras que la abrazaba a su pecho y encaraba a Evan muy cerca del lente de la computadora.

Pucca se sorprendió de ver a su amigo no tan dormido como Ching y Shuny le habían comentado, sino porque tenía toda la cara lastimada. Debajo de su ojo derecho tenía un feo color morado, la mejilla algo hinchada y el labio partido. Parecía que le habían dado una paliza horrible… Incluso Evan, a quien le tomó por sorpresa de la misma manera lo dejó sin palabras.

-Wow…Pero mira que rostro, hermano- susurró Evan, sintiendo algo de pena- Tranquilo, viejo. Dada tus condiciones, hoy no te robaré a tu novia- dijo él, sonando serio, pero con la frase más cargada de burla blanca que se le pudo decir a Abyo, quien apretó los dientes del coraje. No solo le bastaba querer coquetearle a Ching, sino que además le ofendía así- Así que… ¿Cómo estás tú, hermosa ?- dijo sin más, volteado a Shuny y le volvió a poner esa sonrisa coqueta. Shuny le sonrió del mismo modo y recargó la barbilla en una de sus manos, para verse también de esa manera pícara.

-Hola… ¿Qué tal?- le saludó ella.

-¿Eres latina, verdad ?- le preguntó en un tono aún más seductor.

-Bueno, yo…- comenzó a decir Shuny, completamente feliz de poder hablar con un muchacho así de apuesto. Pucca solo rodó los ojos ante eso y le sacó de quicio. Evan siempre hacia eso con cualquier chica. Por lo que le dio unas palmadas en el hombro para que se alejara de la pantalla.

-¡Suficiente, Evan ! ¡Largo de aquí!- dijo ella, corriéndolo a manotazos. Evan en efecto salió de la vista del lente y Pucca le aventó una almohada de los sillones.

-¿Qué? ¡Solo quería hablar!- se justificó Evan, tratando de escudarse con las manos por delante, por s a Pucca se le ocurría lanzar otro proyectil improvisado.

-¿Si? ¡Pues a hablar a otro lado! ¡LARGO DE AQUÍ! ¡Y PONTE ALGO DE ROPA!- le gritó ella, mientras que Evan apenas y podía sostener la toalla alrededor de su cintura y subía corriendo las escaleras hacia su habitación. Luego de ello, Pucca se acomodó el cabello detrás de la oreja, rogando que ni su madre ni Zeng hubiesen escuchado nada y luego se giró impasible a sus amigas- ¡Shuny! ¿Qué demonios pasa contigo?- le dijo, fastidiada.

-¿Qué? Es un muchacho realmente guapo- se justificó Shuny y luego miró a Pucca de manera audaz- ¿Quién es él? Es realmente sexy-

-Evan- respondió Pucca, rodando los ojos, por no decir que era un completo dolor de cabeza- Es el hijo de Zeng-

-Espera… ¿No es el chico británico que estuvo en la boda de tu madre?- preguntó Ching, cayendo en la cuenta. Shuny frunció el ceño, tratando de recordar… Y entonces abrió la boca sorprendida al recordarlo.

-¡Noooo! ¡No puede ser! ¿Realmente es él? ¿Evan, el renacuajo?- preguntó ella, cayendo en la cuenta y sin poder creer que ese sujeto, que en la boda parecía mucho más enclenque que Dada en ese entonces, pudiese convertirse en semejante caballero.

-Así es- afirmó la pelinegra, soltando un largo suspiro y extrañando a ese chico que no decía nada ni se dedicaba a hacerle la vida imposible durante su estadía en Hong Kong.

-Wow… No puedo creerlo.- dijo Shuny, completamente sorprendida- ¿Y qué está haciendo allá?-

-Pues, está de vacaciones y Zeng lo invitó a venir también. Él y mi madre piensan que será bueno para los dos convivir lo más que podamos ahora que se ha dado la oportunidad- explicó Pucca, no muy orgullosa de los planes de Mao. Por ese tipo de actitudes de Evan era más difícil poder integrarlo a algo a lo que ella pudiera llamar como "familia". ¿No podría ser como su padre? Un caballero respetable y educado.

-Entonces… ¿Es algo así como tu nuevo hermano?- preguntó Ching.

-No lo digas tan… alto- pidió Pucca, apretando la mandíbula. No podía digerir que alguien ajeno le dijera que posiblemente ese idiota seductor podría serlo o que lo era.

-Wow… Amiga… Creo que me gusta tu hermano, es muy sexy- bromeó Shuny, con un tono algo pícaro y sabiendo de sobra que esa frase le haría rabiar a Pucca, quien, en efecto, pareció molestarse un poco. Ching no pudo evitar reír ante el comentario de la morena al igual que ella.

-Pues a mí me parece molesto e irritante- dijo Abyo sin gracia, y cruzándose de brazos, dejando claro que no le gustaba. Pucca lo miró, dándole la razón… Pero entonces eso pasó a segundo plano cuando volvió a detenerse a mirar las feas heridas de su rostro.

-Por cierto… ¿A ti qué diablos te pasó?- le preguntó Pucca, tomando la oportunidad de esa pregunta como para desviar el tema de esa horrible e incómoda conversación de Evan. Pero entonces se percató que tanto como él y sus amigas se tensaron al escuchar la pregunta y ampliaron los ojos, mirándose un poco entre ellos.

-Ehh… Pues… Ya sabes… En el entrenamiento yo, em… Me tropecé con un poste… Y… Ya sabes, en combate…- respondió Abyo, titubeando, sin sentido y claramente nervioso. Pucca, por supuesto, no cayó en eso en lo absoluto y enarcó una ceja, con aire aburrido.

-Que poste tan interesante…- le dijo con sarcasmo, sabiendo de sobra que le estaba mintiendo- Ya, en serio… ¿Qué fue lo que te ocurrió?, porque parece que alguien te dio una paliza, más que nada-

-¿Qué…? Ya te lo dije- respondió Abyo, tratando de sonar más convincente- En el entrenamiento no vi un poste y… pasó lo que pasó… No es gran cosa- le respondió, rogando por todo lo bueno que esta vez la pelinegra no insistiera más con el tema.

-Ya… No sé porqué no me quieres decir, pero yo no nací ayer, así que…- comenzó a decir Pucca, dejando el tema también, pero….

-Garu lo golpeó- se le salió a Ching, antes de que pudiese evitarlo. Pucca abrió los ojos de golpe al enterarse y Shuny y Abyo voltearon hacia ella, claramente enojados.

-¡CHING!- le reprocharon al unísono. Ella cerró los ojos, molesta por sus gritos.

-¿Por qué le dijiste? ¡Quedamos que no le diríamos nada!- le reprochó Shuny, junto con otras palabras de Abyo que no se entendieron entre tanto alboroto, olvidando que Pucca estaba escuchando todo con un silencio de sorpresa e incredulidad.

-¡Bueno, basta!- soltó Ching, en voz aún más alta que la de su amiga y la de su novio- ¡No iba a mentirle a Pucca! ¡Tenía que saber lo que Garu hizo! ¡No es como si no se lo mereciera y ella tenía todo el derecho de saberlo!-

-Esperen… ¿No pensaban decirme lo que había pasado! ¿Cuál es el problema con ustedes?- preguntó Pucca, claramente enojada.

-Espera, escucha Pucca…- intervino Abyo, tratando de remediar la situación- Sé que se oye mal. Y si, Garu hizo esto, pero voy a sanar. Fue una pelea muy tonta en realidad… él se estaba portando como un idiota y yo le dije… le dije la verdad del asunto y tuvimos esta riña. Pero estamos bien. Seguimos siendo amigos, yo voy a verlo casi todos los días, entrenamos… Todo está bien… Solo fue un arranque de enojo-

-¿Qué fue lo que le dijiste?- le preguntó Pucca, molesta y sabiendo que, si Garu había decidido inconsciente o conscientemente el partirle la cara así debía de ser por una muy buena razón.

-La verdad… Que nadie te podía culpar por haberte ido y quererte alejar de él- explicó Abyo, mientras que Pucca se frotaba la cara, frustrada. Ahora no sabía si era tan mala idea no haberse enterado de ello, al menos hasta que llegara a Sooga.

-¿Perdiste la cabeza? ¿Por qué le dijiste algo así?- exclamó Pucca, sin entender muy bien.

-¡Porque él se estaba portando como un tonto con todo el mundo!- respondió Abyo, algo exasperado.

-Escucha, Pucca…. Fue solo un malentendido. Te aseguramos que todo está mucho más tranquilo ahora. Si decidimos no decirte solo fue porque no queríamos preocuparte durante tu viaje… Por eso alguien se tenía que quedar atrás en la cama, sin decir nada…- dijo Shuny, primero mirando a Pucca más tranquila, para que también ella no se preocupara… Y luego mirando con reproche a Abyo.

-¿Cómo se supone que me quedara allá si el-señor-sin-camisas le estaba coqueteando a mi novia?- preguntó Abyo, también exasperado.

-¡Si, si! Ya. Ven, vamos a que te duermas de una buena vez. Te daré un antinflamatorio para que la próxima vez que Pucca te vea no estés hinchado como una esponja…- dijo Ching, tratando de detener esa discusión, empujando a Abyo fuera de la cámara para darle un poco de paz a Pucca.

-¿Qué? ¡Yo no necesito dormir! Los guerreros como yo no dormimos… Además, tú fuiste la que le dijo…- escuchó Pucca que Abyo gritaba, aun cuando él y Ching ya habían desaparecido de la visión del lente, dejándolo sola a Shuny, quien los miraba de manera impasible. Una vez que se oyó como la puerta del cuarto de Shuny se cerraba, la morena miró a la pelinegra, quien aún tenía las manos en su rostro, tratando de tranquilizarse.

-¿Estás bien?- preguntó Shuny, mirando algo preocupada a su amiga.

-No puedo creer que él haya hecho algo como eso…- respondió Pucca, descubriéndose el rostro- Y no puedo creer que no pensaban en decirme-

-Lo lamento, ¿si?- se disculpó Shuny- Pero, él nos pidió que no te mencionáramos nada-

-¿Qué? ¿Cómo porqué les pidió algo así?- preguntó ella, confundida.

-No quería que pensaras… Que no ha mejorado desde que te fuiste. Quiere ser una mejor persona para ti… Demostrarte que ha cambiado- explicó Shuny, tratando de de justificar al ninja.

-¿Golpeando así a su mejor amigo?- preguntó Pucca, con ironía.

-Bueno, Pucca… No lo justifico ni nada. Y tanto Ching como yo quisimos partirle la cara cuando pasó… Pero, trata de entenderlo. Te fuiste. Tiene el corazón roto por primera vez en años… A eso súmale la gran bocota de Abyo- respondió la morena, rodando los ojos. Pucca solo se quedó callada, tratando de asimilar las palabras de Shuny.

Si era cierto, y por el rostro de Abyo, sabía que así era… No podía no creer que el ninja de verdad la estaba pasando mal. Y no sabía cómo sentirse al respecto. La peor parte de ella sabía que de cierta forma se lo merecía luego de tantos años… A veces tener el corazón tantito roto podía ayudar a las personas a reformarse… Y no solo en el asunto del amor, sino en más lecciones de la vida.

La mejor parte de ella, por otra parte, se sentía terrible. Terrible de haber desencadenado tanta violencia, cuando Garu no era así salvo cuando se trataba de aire deportivo, algo a lo que, en lugar de violencia, ella le gustaba llamar… Coraje. Y no, eso no era coraje, pero ni de cerca. Ella no estaba pasando por un lecho de rosas tampoco, precisamente… Pero, tampoco estaba sacando la peor parte de su ser por toda esa situación.

Eso le hacía replantarse la pregunta de ¿y si no volvía? ¿Qué tal si con ello arruinaba la vida de la persona que más amaba? ¿Podría vivir con ello aun cuando su desarrollo fuera ascendiendo más y más si se quedaba? Garu podía ser un egoísta de primera… Pero si algo sabía bien de ella misma, era que Pucca no era así. Podía ser muchas cosas… Pero no egoísta.

-¿Cómo esta él, Shuny?- le preguntó, con los ojos más tristes que pudo. Parecía como si las barreras que encerraban su nombre se estuviesen derrumbando en su cabeza y su pecho.

-Está bien- respondió Shuny, tratando de calmar a su amiga- Quiero decir. Ya mejoró de la gripe que le había dado y su salud está bien… Entrena y todo. Así que se puede decir que está bien en lo que cabe… Pero, Pucca… Él realmente está muy triste-

La pelinegra se quedó callada, no sabiendo muy bien que responderle a su amiga. Si Shuny se lo decía así y con ese tono, significaba que era verdad entonces. No había nadie más honesta, sínica y sincera que ella. Además, no tendría motivos para mentirle.

-Pero, está bien Pucca. Es genial que te hayas ido para despejarte y ver a tu madre. Creo que es de lo más valiente que has hecho…- le reconfortó, al ver somo en su rostro había una sombra de tristeza.

Pucca sonrió levemente ante la calidad muestra de afecto de su amiga y ella le sonrió. Tenía razón, por mucho que lo deseara o no, ella no tenía poder sobre las acciones de Garu. Le reconfortaba un poco que quisiese ser mejor y esperaba que lo pudiese lograr… Pero no su situación entre los dos… Sino por él mismo. Siempre supo que tenía un corazón de oro que por alguna razón… Se empeñaba en esconderlo.

-Gracias, Shuny- le respondió ella, un poco más tranquila.

-Y a todo esto… ¿Cuándo vas a volver? ¿Tienes alguna idea de cuantos días pasarás allá?- le preguntó Shuny, tratando de cambiar el tema a uno más amigable… Aunque Pucca hubiese preferido mil veces seguir hablando de Garu entonces. No esperaba que alguien le abordara con esa pregunta… Ni siquiera sus tíos se la habían hecho. No podía mentirle a Shuny, no veía porque tendría… Además, platicar un poco con alguien que seguramente entendería pudiese ser que la despejara un poco. - ¿Qué…?- preguntó Shuny, extrañada por la repentina actitud nerviosa que Pucca dio a notar.

-No lo sé… Mamá me dijo que podía quedarme lo que quisiera y… Remodeló el departamento donde vivíamos con papá y Zeng me ha propuesto entrar a la Universidad sin ningún costo ni papeleo si decidiese estudiar Artes Culinarias…- explicó Pucca, infiriéndole lo suficiente con eso… Sin embargo y para su sorpresa, Shuny no puso la cara de felicidad por ella que le hubiese gustado. En vez de eso… puso una expresión que no supo interpretar.

-Espera… Estas diciendo… ¿Qué te quedaras a vivir en Hong Kong?- le preguntó Shuny, con un nudo en la garganta y con una expresión de pánico que a Pucca le confundió.

-Em, no… Bueno, es una posibilidad… Aun no he…- trató de explicarse y calmar ahora ella a su amiga, sin entender muy bien porque esa noticia parecía afectarle demasiado.

-¡No! ¡Tú no te puedes quedar allá! ¡Tienes que regresar! - le gritó Shuny, dando un golpe en el escritorio donde estaba su computadora. Pucca se sobresaltó y se asustó un poco ante la repentina actitud de la morena.

-Shuny… ¿Qué te ocurr…?-

-¿Qué va a pasar con tus tíos?... ¿O con nosotros?- preguntó Shuny, interrumpiéndola y aun más exaltada hacia unos momentos, cuando Ching había abierto la boca.

-No lo sé… Tendría que hablar con ellos…Y con ustedes y…- trató de calmarla Pucca.

-¿Y Garu? ¿Romperás tu promesa?- le reprochó la morena, ahora mostrándose claramente enojada- ¡No entiendo cómo puedes ser tan egoísta!-

-¿Qué…?- susurró la pelinegra con sorpresa y claramente dolida- ¡Pensé que me apoyarías! ¡Hace dos minutos acabas de decir que venir aquí había sido lo más valiente que había hecho! - le reprochó ahora Pucca, también claramente enojada.- ¿Y ahora se supone que soy egoísta?

-¡Pues me retractó! Mas aun si te piensas quedar…- soltó Shuny, aún más enojada.

-¡No puedo creerlo, Shuny!- exclamó Pucca, harta- De verdad pensé que tu entenderías de la decisión que estoy por tomar. ¡Se supone que eres mi amiga!-

-Pues… Si te vas… No quiero serlo más, entonces- balbuceó Shuny, sin pode controlar sus emociones. A Pucca le dolió el comentario, pero por alguna razón parecía que su amiga estaba ocultando algo más con esas palabras, porque al decir esto no la miró a los ojos.

-¿Cómo puedes decir eso…?- le preguntó, sorprendida y herida.

-¡Lo que escuchaste! Si te vas… ¡Entonces son quiera saber nada más de ti tampoco!- le gritó Shuny. Pucca parpadeó, aun más dolida y contrariada- ¡Disfruta Hong Kong!- le dijo con rencor y rabia y apretó el botón de colgar. Pucca apenas y reaccionó cuando salió el mensaje de "Llamada finalizada", y se encontró tan confundida como dolida. ¿Por qué Shuny había explotado de esa manera?

-¿Pero qué…? ¡Shuny!- susurró, confundida y trató de reestablecer la conexión pero no pudo hacerlo. Así que sin poder controlar más sus emociones, y ahora, sumado a todo lo demás, teniendo a una amiga más que molesta y pudiese ser que perdida, cerró la portátil y se encogió sobre de ella, dando un gruñido.

Era oficial. Mas confundida no podía sentirse.


-Bueno, Abyo ya se durmió en la sala. Espero que ahí se quede hasta que… ¿Shuny, que estás haciendo? - dijo Ching, entrando a la habitación como si nada e ignorando la situación que se había dado hacia solo unos minutos atrás. Al entrar, vio a la morena furiosa, metiendo ropa de un golpe a una maleta sobre su cama, mientras que gruñía y murmuraba cosas entre dientes. Sin entender, miró su computadora apagada, y esto le extrañó aún mas- ¿Cortaste la llamada? ¿Por qué? No me pude desped…-

-¡Si, Ching! ¡Eso hice!- respondió Shuny a secas, metiendo más cosas de golpe a la maleta y paseándose como un torbellino por toda la habitación.

-¿Por qué? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Y por qué parece que estás empacando?- respondió ella, empezando a frustrarse de que la otra no le dijera nada salvo gruñidos y cosas incoherentes.

-¿No es obvio? ¡Si estoy haciendo una maleta es porque me voy a ir!- respondió Shuny, enojada. Ching pasó su altanero tono, sabiendo que su amiga estaba teniendo un ataque de nervios o de ira, o ambos.

-¿Qué? ¿Y adonde te piensas ir?- le preguntó, pensando que su amiga finalmente había perdido el juicio. Shuny solo aventó un par de jeans adentro de la maleta y se detuvo solo para mirar a su amiga con el rostro de una fiera para responderle.

-Me voy a Hong Kong-