Capítulo III

Bajo el brillo de una lámpara de mármol lapislázuli se encontraba un joven de porte elegante frente a una chimenea rústica. Cada hebra de su cabellera azabache refulgiendo ante las cálidas lengüetas de fuego. Se sentaba con aires felinos sobre un sillón de terciopelo negro, pensativo y de sonrisa vanidosa, descansando amenamente su mentón sobre el dorso de su mano derecha, disfrutando de la hilarante emoción de triunfo que le provocaba su propia aura de poder.

Se había apoderado del señuelo perfecto. Y no es que le asombrara. Después de todo no había nada en el mundo que él no pudiera lograr u obtener. No existía nada ni nadie que pudiera privarle de tal satisfacción, de ese placer casi maníaco de posesión y control sobre todo lo que le rodeara.

Aquella mujer se las pagaría. Teniendo bajo su poder lo que más anhelaba en la vida estaba decidido a que ella misma fuese la destructora de esa pobre alma. Porque para ser sinceros aunque no tenía ni la menor pizca de remordimiento por lo que iba a hacer ¨casi¨ sentía pena por la joven.

Úrsula Lions era una usurpadora lo bastante inteligente como para haber engatusado a su tío y conseguido algunas de sus acciones, siendo que para los Orvinus las mujeres no tenían ese derecho, pero estaba claro de que no lo conocía lo suficiente como para darse cuenta de lo que era capaz de hacer. Para alguien como él, ambicioso y perfeccionista, el permitirle a esa mujer formar parte del negocio familiar le provocaba un sentimiento de ira e impotencia. Debía admitirse que esa arpía no sólo sabía usar el cuerpo.

Él lo había sabido desde que la vió entrar a la fiesta de fin de año de Goblin´s Corporation. De eso hacía ya nueve años, cuando todavía era un estudiante de negocios en la secundaria. Ya imaginaba, en ese entonces, que sería la perdición de su tío y de sus primas.

Porque no negaría que se trataba de una mujer hermosa y sagaz. Parecía un hada en medio del bosque, delicada y de aspecto frágil, cabello rubio y rizado, ojos verdes y de caminar elegante. El tipo de mujer que le gustaba a su tío.

Para él su tío Bardwin había sido lo más cercano a un verdadero padre, al menos durante el poco tiempo que permaneció bajo su tutela. A la tierna edad de trece años había sido testigo de la brutal muerte de su padre. Muerte que casi le costó la vida pero que no había reparado en quitarle una de las cosas que más había disfrutado dentro de su turbulenta vida. El piano.

Con todas las desgracias que su padre le había traído a él y a su madre desde su nacimiento, ver como los vidrios del auto destrozaban su garganta, más que asustarlo lo habían hecho sentir deseoso. Muy deseoso de que cortaran su garganta.

Y así había sido. En el instante en que había recibido la noticia tanto su tío como su madre le habían visto con asombro y algo de temor al observar una reacción poco convencional para un niño de esa edad. La sonrisa malévola de su rostro y la frialdad en sus ojos les aterrorizó. Durante su funeral, en un intento de arruinar la imagen de su padre, había llevado una canasta llena de globos de pintura con la intención de estrellarlas contra el ataúd. Luego del incidente pensó que su tío haría lo mismo que su padre hacía con él y su madre. Es más su madre al igual que con su padre se había puesto de rodillas para rogarle que no lastimara a su hijo.

Y lo que sucedió en ese entonces realmente les dejo sin palabras:

¨No temas Sheila. Sé muy bien que fue lo que hizo mi hermano con ustedes y te aseguro que aunque no fue algo prudente lo que tu hijo hizo, no puedo culparlo por ello. Tú y Livius se quedaran en la casa. Te prometo que cuidare bien de ustedes. Ya no sufrirás más¨

El comienzo de su relación con su tío había sido áspera e incómoda. Livius no contaba con una figura paterna estable así que su tío Bardwin había tratado en inconmensurables ocasiones tratar de entablar una conversación con él, pero le resultaba muy difícil. Livius se había visto obligado a visitar a una gran cantidad de especialistas en psicología cuyos esfuerzos eran nulos. Livius se sentaba frente a ellos sin emitir una sola palabra y en muchas ocasiones recurría a la violencia cada vez que se le hacía mención a los eventos previos de la muerte de su padre. Lo habían catalogado como un trastorno de estrés postraumático. Tanto su madre como Bardwin estaban preocupados por el poco avance de su comportamiento. Livius había adoptado ciertas conductas inapropiadas para enfrentar el estrés. Cada vez que alguien le contradecía o le sermoneaba destruía todo lo que estuviera a su alcance sin mostrar ninguna expresión sobre su rostro excepto por su aparente calma y la habitual sonrisa burlona en sus labios. Como si su objetivo fuese divertirse a costas de su temor. Si Livius no obtenía lo que él pedía se encerraba en su habitación por días e ignoraba a todos aquellos que se le acercaban. El pequeño no hacía nada más que estudiar, ejercitarse y jugar a los videojuegos. Sólo había una persona que era capaz de calmarle a parte de su madre, la Sra. Payton, el ama de llaves de la mansión. Y aun cuando estas dos personas sacaban algo de su niño interior, Livius era considerado un hombre encerrado en el cuerpo de un niño. Tenía las mejores calificaciones de la escuela, había sido el presidente de la clase, el líder del equipo de futbol y el chico más popular entre sus compañeras de clase, nadie se metía con él porque le temían.

Para la sorpresa de Bardwin, con el tiempo, Livius comenzó a querer involucrarse con él. El joven de quince años estaba interesado en el manejo de la empresa. Bardwin que lo consideraba todo un genio aprovecho esa oportunidad para acercarse más a su sobrino. ¿Quién diría que había funcionado? Livius, aunque se mantenía estoico, mostraba algo de afecto en su forma irónica de hablar con su tío. Pero Bardwin sabía que se había ganado a su sobrino.

Todo empezaba a marchar bien para Livius que creyó podría hacer crecer la empresa en la que la familia de su madre había puesto sus esperanzas y obtener la independencia que tanto deseaba. Por esa razón jamás olvidaría el fatídico día lluvioso en el que se vió obligado a tenerla entre sus brazos, yaciendo enferma y hecha pedazos sobre una cama. Todas sus esperanzas sobre una mejor vida al lado de su madre y de su tío, destruidas.

Con el pasar de los años su ya perturbado ser comenzó a convertirse en un verdadero problema para su tío Bardwin que había pensado esperanzadoramente que el muchacho continuaría creciendo a nivel personal. Pero estaba equivocado Livius se cerró mucho más, se limitaba a trabajar todo el tiempo y pocas veces pronunciaba palabras más que para hablar sobre la empresa o pedir algo. Probablemente el cariño hacia sus primas le mantuvo más anclado a la tierra, sin embargo era evidente que se estaba convirtiendo en un hombre completamente frío y caprichoso. Sabía que su tío había estado decepcionado de la situación porque en esos dos años de aparente felicidad había logrado ganarse un poco de su confianza. En los primeros meses tras la muerte de Sheila apenas le dirigía una mirada. No cruzaba más de tres palabras con él por más que intentara volver a lo que eran antes. A su tío, que contaba con dos hijas de su primer matrimonio, le había ilusionado criar a un sobrino varón como suyo propio. Ideal que casi había cumplido porque Livius, a pesar de estar renuente de establecer contacto con una figura masculina, había comenzado a tomarle cariño y ya era capaz de hablarle aunque fuese con ironía y sarcasmo. Para su tío no era de extrañar que la única persona con la que se molestara en conversar por largas horas fuera su fallecida madre.

Pero no todo estuvo perdido. Livius, en su opinión, se había repuesto un poco con la interacción de sus primas y la compañía de la Sra. Payton. Así que él y Bardwin hicieron las pases hasta que trajo a esa fulana a la mansión como su prometida. Esa víbora lo había envenenado a tal punto que Bardwin había perdido comunicación con sus hijas y él con tal de revolcarse con ella. Es más lo había enviado a un internado suizo por que la nueva ¨Señora de la casa¨ estaba siendo acosada por él. Aún no entendía el cómo es que su tío pudo creer en sus palabras.

Úrsula Lions era la verdadera acosadora. Por defecto la joven de veinte y ocho años no podía tener hijos con su tío. Y que mejor idea que tratar de obtenerlo atravéz de su sobrino adolescente de diez y siete años. Úrsula se metía a hurtadillas en su habitación casi todas las noches. Al comienzo se le acercaba para hablar de la escuela en un ¨intento¨ de acogerle como madre, pero cada vez que lo hacia lo acariciaba y en una ocasión metió su mano en el interior de sus calzoncillos. Livius no era tonto, desde el primer día en que fue a buscarlo a su habitación sabía muy bien cuáles eran sus intenciones pero a diferencia de los demás a él no le gustaban los escándalos y menos si se trataba de cosas sin importancia. Sin embargo su silencio le había costado caro porque Úrsula no aceptaba un no por respuesta y estaba claro que su tío le creía más a ella. De inmediato Bardwin lo envió lo más pronto posible a Suecia con la excusa de que sería lo mejor para él. A Livius no le importaba lo que su tío pensara de él ni que fuera a estar lejos de su país. Para nada. No tenía interés en sentimentalismos vanos como ese, excepto por el aprecio que le tenía a sus primas. No, lo que detestaba es que esa mujer le hubiera ganado.

Estaba decidido a sacar a esa mujer de sus vidas.

Nadie era lo suficientemente capaz para escapar de sus garras una vez que se convertía en su objetivo. Y si ella pensaba que se quedaría con la corporación para ella sola, estaba muy equivocada. No tenía ni idea de con quien se estaba metiendo. Porque él no era como su padre ni su tío por mucho que ella quisiera arruinar su reputación.

¿Acaso pensaba que era el único con un pasado oscuro? Pronto se daría cuenta de que no era así. Estaba bien informado de lo que ella pretendía desde un comienzo. Y como ella, él también sabía cómo usar la cabeza. Mejor que nadie. Sabía ganarse las cosas y si lo que más atesoraba se volvía suyo no habría nada más dulce que escucharla rogar.

− ¿Y bien? ¿Hiciste lo que te ordené? – preguntó con voz fría y desinteresada en cuanto escuchó los pasos de su fiel servidor entrar por la puerta.

− Si señor – contestó Niel inclinando la cabeza en señal de respeto

− Bien. Supongo que creerás que esa respuesta tan vaga podrá calmar mis ansias por un tiempo – rio irónico mientras tomaba un sorbo de la copa de vino. Luego de un minuto murmuro inexpresivo – Te estas tardando mucho.

Su empleado, que ya conocía bien a su amo, supo que lo estaba amenazando.

– Me disculpo por ello y le aseguro que mañana la tendrá.

Livius volteo a verle despectivamente.

− Ella es muy diligente así que ha sido difícil conseguir las fotos.

Livius le sonrió futilmente y dejo caer la copa resquebrajándose en miles de fragmentos sobre la alfombra.

− Retírate – dijo chirriando los dientes.

− Sí, señor

− No te equivoques conmigo, ya sabes lo que pasará si fallas.

Y con la advertencia Kara en sus desafectuosas palabras se encamino a terminar lo que había empezado.

Que dios se apiadara de él si no cumplía con los caprichos de su señor.

− ¡Suéltame, suéltame, SUÉLTAME! – gritaba el niño histérico y removiéndose entre sus brazos mientras luchaba por no caer al suelo. Volvió nuevamente la vista hacia atrás y el hombre seguía persiguiéndolos a tan sólo unos metros.

Estaba muy cerca. Casi sentía su aliento detrás de la nuca.

Se preguntaba de quien sería el niño cómo para que alguien lo descuidara y lo dejara a merced de un secuestro o incluso algo mucho peor.

No sabía quién era su persecutor, pero si había algo que no podía comprender era el ¿Cómo es que estando tan cerca de ellos mientras hablaban él no se les hubiera acercado? ¿Por qué hasta que ella hizo contacto cara a cara con él había comenzado la persecución? Seguro que hubiese sido más fácil tenerla distraída con el niño. Además, aunque tonta Anny no había dudado en observarlo de pies a cabeza. Porque podía ser todo menos sagaz, pero era observadora, y sin duda tendría que reconocer bien a su agresor cuando llegara el momento de denunciarlo.

− ¡Te dije que me sueltes!

Si no fuese porque un psicópata los estuviera persiguiendo ya le hubiera dicho unas cuantas cosas al niño que antes le parecía un ángel. Es más si sobrevivían le lavaría la boca con jabón y después le diría sus cuantas verdades. "¡Qué cambio más radical!" se dijo con extrañeza. Hacía unos minutos hasta le había dicho que era hermosa. Igual que las muñecas de Lana. ¿Quién sería Lana? ¿Su hermanita?

De repente a su mente vino la idea de que talvez los dos estaban perdidos. Y ella había sido tan tonta como para no…

Esperen un momento.

¿Por qué había corrido hacia su apartamento?

Habría sido más inteligente correr por las calles para que la vieran ser perseguida. Obviamente, aparte de los vecinos, si es que acaso, nadie se enteraría de que estaba en medio de una persecución. Y como ya estaba cansada como para gritar la idea de ser rescatada le era irreal.

Agitada y casi al límite de sus fuerzas creyó que en cualquier momento caería sobre las escaleras. Cada paso le parecía casi inútil. Estaba segura, muy segura de que la alcanzaría y lo malo de la situación es que era una debilucha. Bueno, al menos trataría de ganar tiempo para que el pequeñín pudiera correr lejos. Él podría hacerlo, parecía ser inteligente. Mh, más que ella, eso seguro. Lo que no esperaba era que el pequeño diablillo le jalara el pelo y la hiciera caer ni bien había empezado a subirlas. Trató de protegerlo con su cuerpo pero al tiempo en que perdía el equilibrio cerró los ojos aterrada y sintió un jalón en sus brazos.

Rodó por todo el piso hasta que finalmente se detuvo. Abrió los ojos y un fuerte dolor de cabeza se apoderó de su conciencia, trató de levantarse pero sus piernas le dolían como el infierno, así que decidió permanecer un momento en el suelo hasta que recuperara el aliento. Por fortuna no parecía haberse roto algo. Sin embargo se sentía algo mareada y confundida.

Mientras esperaba a que la conmoción de la caída se sosegará recordó porque había caído y de quien iba huyendo. Con QUIEN iba huyendo. Alterada, con todo el cuerpo tembloroso y lleno de exaltación lo buscó con la mirada pero no estaba cerca de ella. Haciendo el mayor uso de su fuerza de voluntad se levantó tambaleante mientras salía del edificio con una expresión de terror, su cara había perdido todo color y apenas podía sostenerse sobre la pared del edificio. Intentó llamándole en voz alta pero la voz a penas le salía por los sollozos que comenzaban a emerger de su garganta. Trataba de aclarársela pero sentía que sólo se trababa al gritar ¨Pequeñín¨

Eso lo hacía más difícil ¿Por qué no le había preguntado su nombre? Acaso sabría que se trataba de él. ¿Sabría que lo estaba buscando? ¿Habría sido atrapado? No quería creer que eso había sucedido por mucho que fuese lo más lógico en esa situación porque aquel hombre ya no la seguía.

Estuvo buscándolo y preguntando por su paradero durante más de una hora cerca de los alrededores, cojeando y con raspones en el cuerpo ocultos por la ropa, sin encontrar señales de él. En ningún momento quiso rendirse o resignarse aun si lloraba y llamaba la atención de todos los transauté de la zona. Uno hasta le tomaba fotos. Cualquiera que la viera pensaría que se trataba de su propio hijo.

No se lo perdonaría. Si no encontraba a ese niño jamás se lo perdonaría. Él sólo era un pequeño abandonado a su suerte, a los sumo tendría entre cinco y seis años. ¿Cómo es que una adulta como ella no había podido protegerlo? ¿Y si se trataba de un secuestro para pedir alguna recompensa? De esas en las que el secuestrador va cortando parte por parte a la víctima para que entreguen el dinero lo más rápido posible. ¿Se trataría de alguna familia millonaria? Porque bastaba con ver las ropas que traía.

− ¿Qué pasa conmigo? – Se repetía − ¿Qué pasa contigo? ¿Cómo es que surgió todo esto?

Detuvo su búsqueda y pensó, como su último recurso, que lo mejor sería reportarlo a la policía. En realidad estuvo a punto de darse en la cabeza por su estupidez. Era lo primero que debía haber hecho.

Tomó un taxi y ni bien se había estacionado frente a la estación de policía abrió la puerta y salió corriendo.

− ¡Ayuda por favor, necesito ayuda! – Exclamo histérica – ¡Necesito que alguien me ayude, he perdido a un niño! ¡Por favor que alguien me ayude!

El oficial al mando se puso de pie en señal de alerta y salió del cubículo rápidamente para calmarla.

− ¿Qué le sucede señorita? Cálmese.

Pero Anny que no tenía la paciencia como una virtud siguió removiéndose entre los dos oficiales.

Genial otro se la había unido.

¿Tan mal aspecto tenía? ¿Cómo se vería para que la trataran como si fuese una loca? Sentía que su conciencia estaba separada de su propio cuerpo, solo escuchaba sus propios gritos y no tenía ni idea de que hacía su cuerpo.

− ¡Por favor, es que no lo entienden! ¡En serio necesito que se den prisa! ¡El pequeño se ha perdido! ¡Lo han secuestrado! Un hombre nos perseguía y…

Cansinamente ambos oficiales pudieron detenerla y sentarla en una de las sillas del recibidor. Pero al continuar removiéndose, vociferando inelegiblemente y al darse cuenta que no se iba a calmar decidieron esposarla

− Por favor – Gimoteó la joven entre lágrimas – Si no se apresuran no estoy segura de lo que pueda pasarle.

Ambos oficiales confundidos compartieron una mirada de extrañeza y especulación. Trataron de tranquilizarla para que pudiera explicarles con mayor claridad, hasta que finalmente Anny pareció recuperar la calma durante los quince minutos en los que trataron de razonar con ella. Increíble, simplemente increíble. Ahora ya habían perdido tiempo valioso para encontrar al pequeño diablillo.

− Entonces señorita ¿Podría decirnos que es lo que le ha sucedido para que se alterara de esa manera? – preguntó el primer oficial. Ambos se veían como la típica imagen del policía bueno y el policía malo, porque había que ver como la estaba mirando el segundo.

Parecía como si en cualquier momento fuese a sacar la pistola y dispararle.

Aún seguía llorando e hipando, pero hizo su mayor esfuerzo por explicarse. Una vez que entendieron la situación se alarmaron y le pidieron la descripción del niño.

− Entre cinco y seis años, ojos azules, rubio, usaba una camisa roja con cuadrillos café y unos pantaloncillos ocre. Parecían ser caras.

− Muy bien, agradecemos su colaboración pero entenderá que debemos investigarla a usted también por lo que tendrá que esperar un momento mientras revisamos su record policial.

Dubitativa y trancada de tanto llorar su voz sonó nasal cuando preguntó:

− ¿A qué se refiere?

− Debemos buscar dentro de su historial policíaco, revisar su casa y buscar cualquier evidencia que la relacione con el caso y confirmar su legitimidad.

− Es decir que… – Comenzó a decir incrédula − ¿No me creen?

− Lo sentimos, pero no es la primera vez que ocurre. Si usted dice la verdad le aseguro que lo encontraremos pero dado que no tiene ninguna relación con usted no podemos estar seguros. Preguntaremos a los vecinos o personas cercanas al lugar del incidente. Si lo confirmamos con ellos comenzaremos la búsqueda.

− ¡No puede ser que me esté diciendo esto! ¡No miento! ¡Si no lo encontramos podría sucederle algo!

Se levantó de la silla y comenzó a vociferar mientras se sostenía la cabeza desesperada.

− Oh Dios, esto es mi culpa. Debí correr más rápido o sostenerlo con más fuerza

Y nuevamente reanudo el llanto. El primer oficial que era más compasivo y el único que parecía creerle trató de reconfortarla diciéndole que era sólo parte del protocolo policíaco.

− Greg, déjala. Parece una lunática.

Así, después de quince minutos finalmente se dispusieron a comenzar la búsqueda.

− Bien. Todo en orden.

Se giraron hacia ella y la guiaron hacia el auto policial. Una vez que llegaron un equipo de seis oficiales peinaron todo el vecindario y el edificio, pero nadie pareció confirmar la historia, sólo mencionaron haber escuchado pisadas que coincidían con las de alguna persona corriendo pero nada más. Sólo la Señora Banner que vivía con su nieta confirmó haberla visto hablando con alguien en la calle pero que sólo la había visto de espalda inclinada sobre algo y que dado a que era una chica un poco extraña no la siguió observando. Todo iba mal en su búsqueda por el pequeño, todos sus vecinos la creían una lunática y lo que era peor la tenían como una rarita muy entretenida. Que extraño, aunque muchos de ellos hablaran con mucho cariño sobre ella por alguna razón le pareció que el trato se asemejaba como al de un dueño con su mascota. ¿Lo saben, no? como cuando tu mascota muerde tus muebles o persigue su propia cola pero aun así lo sigues queriendo.

Finalmente fueron a su apartamento y lo que descubrieron ahí la dejó a ella paralizada y a los oficiales molestos.

En una esquina de la habitación principal se encontraba el pequeño de ojos azules con la ropa de Anny esparcida por toda la habitación y latas de refresco derramadas por todo el suelo.

Ambos oficiales voltearon a verla con ojos acusatorios

− Greg, quítale esa prenda de la mano y llévatelo – ordenó el segundo oficial

− Enseguida Matt

− Y usted señorita… − empezó a decir

− Lo sé – respondió Anny a la defensiva. Esto le pasaba casi siempre. Es que tenía un letrero en la cabeza que dijera ¨Cuidado con la Reyna de las bromas¨ o ¿Algo por el estilo? − piensa que quise burlarme de ustedes ¿verdad? Como pueden ver mi apartamento esta hecho un desastre es obvio que no lo deje aquí de graciosa para hacer un escándalo en la estación vaya a saber porque para que destrozara mi casa.

− Si es así ¿Cómo explica que entrara a su casa si usted no estaba?

− Eso es por…

− ¿Y que ninguno de los vecinos nos confirmara que fuera perseguida?

− Mire eso ya se lo explique…

− Cállese, lo entendemos. Sólo no vuelva a hacerlo. Nos llevaremos a la criatura.

− ¿Así sin más? ¿A dónde lo llevaran?

− Eso no le interesa…

De repente sonó él intercomunicador del primer oficial:

¨Nos acaban de reportar que una mujer de treinta y cinco años de edad está en la estación cuatro preguntando por un niño perdido que de acuerdo a las características de la informante parecen coincidir. ¿Lograron ubicarlo?¨

− Creemos que sí – Respondió Matt arrebatándole el intercomunicador – enseguida llegamos.

− Bueno, esta todo resuelto. Es hora de irnos.

− No lo creo – Dijo Matt suspicazmente dirigiendo su inquisitiva mirada hacia Anny – ¿Qué hacía con el niño?

Furiosa estuvo así de cerca de contestarle mal sino fuera porque el primer oficial intercedió entre ambos alegando que sólo era una ciudadana servicial y que de haber tenido malas intenciones ni siquiera se hubiera atrevido a acercarse a la policía.

Luego de eso ambos salieron de su apartamento sin decirle una palabra. Pero desde que salieron sus ojos no dejaban de brotar lágrimas. Se sentía maltratada y ultrajada. Como si al final ella hubiera sido la criminal.

¿Por qué la policía era tan ruda? Las películas no mentían.

Respiro hondo sacudiendo su nariz y secando las lágrimas de su rostro, y con un encogimiento de hombros comenzó a limpiar todo el desorden ¿Cómo era posible que ese niño entrara en su casa? ¿Cómo es que si él era el objetivo del secuestrador, este no lo hubiera seguido hasta el apartamento siendo que no era difícil forzar la puerta de haber querido? Es cierto que no trató de buscarlo en su apartamento, pero no lo creyó posible teniendo en cuenta que no abriría por arte de magia la cerradura sin alguna llave. Y ella no era de las que la dejaba por debajo del tapete o una masetera. Siempre la cargaba consigo.

Siguió cavilando sobre ello hasta que estuvo todo limpio. Una vez terminado se premió con una larga ducha en la bañera.

Que más daba, el niño estaría seguramente con su madre en estos momentos comiendo alguna chuchería. Porque eso es lo que la gente hacía habitualmente con sus hijos ¿No? Consentirlos después de que les sucedía algo malo.

¿Cómo se llamaría? ¿Y quién sería Lana?

Bueno, no era de su incumbencia.

Se secó el cabello y se dispuso a cepillarlo frente al espejo del tocador.

No era tan hermosa, se dijo. El color castaño casi naranja de su cabello no era nada fuera de lo común, era liso como el de cualquier mujer, tampoco sus ojos pardos parecían ser llamativos. En cuanto a los ángulos de su rostro… bueno, en definitiva no podía presumirlos porque aun conservaban las redondeces de una niña. Por eso consideraba que su atractivo se debía más bien a... ¿Realmente lo sabía? El comentario de Mikia no era una mentira. Era gordita y virgen. Sí, sabía que algunos hombres la seguían más de lo normal o que invadían su espacio personal más de lo estrictamente permitido, pero según su madrina e incluso ella misma, no se trataban más que de hombres mayores, casados y atrevidos que se fijaban más en su rostro de niña. Mikia y sus compañeras de trabajo insistían en que con un poco de maquillaje podría ocultar la inmadurez de sus facciones pero eso sería ir contra sus gustos. Además ella tenía derecho a ponerse lazos o ligas de colores en el cabello en forma de animalitos, peinarse como se le antojase (¿Existía acaso alguna ley en contra de sujetar su cabello en coletas?), usar prendas coloridas y hacerse dibujitos graciosos en las uñas. Además no es que fueran todos. Había muchos que la respetaban. El problema era con aquellos que buscaban como divertirse con ella. Por otro lado no era la única, había miles de mujeres con mejores cuerpos que ella. ¿Por qué había pedófilos en este mundo?

Que su forma de vestir fuese similar a la de una niña era problema suyo. Es decir quién era el que delimitaba tales ¨Leyes de la moda¨ porque sería la primera en preguntarle el porqué.

Pero bueno, a su favor podía defenderse con la idea de que una vez que la escuchaban hablar se hartaban tanto de ella que huían despavoridos. Así de simple se deshacía de ellos, que realmente no eran muchos.

Una vez alisado el largo de su cabellera se puso un pijama de camisa de mangas largas y un pantaloncillo a cuadros de color rosa y se dispuso a descansar.

Mañana empezaría su fin de semana.

Un fin de semana lleno de trabajo.

Spoiles del cuarto capítulo

¨Nike tragó saliva, temblando de pies a cabeza, tanto que apenas pudo hablar.

¿Qué hago aquí? ¿Qué vas a hacerme? – susurró con una voz apenas audible mientras se iba bajando de la cama lentamente de espaldas, como para no llamar su atención cuando sabía que sería imposible dado que no apartaba la mirada de ella. Él sonrío de lado ante su evidente terror y dio un paso hacia delante acercándose un poco hacia ella. El pánico nublo los sentidos de Nike¨