En las nubes

O de cómo James Potter nunca se entera de nada


IMPORTANTE. Esto, damas y caballeros, es un regalito de cumpleaños para una amiga muy especial. LadyChocolateLover (sí, la increíble autora de "Cárcel de Ópalo") me ha concedido el privilegio de su infinita paciencia, incluso cuando muy probablemente no la merezca. Es una chica genial con la que he tenido la suerte de conectar, que me deja siempre subir muy alto pero que nunca olvida recordarme después que he de mantener los pies en el suelo, que es la razón por la cual terminé "Y consumir tu cordura" y que mañana (día 16), mis queridos lectores, celebra su cumpleaños.

No es una gran historia la que te traigo, Lady, pero espero de corazón que sirva. La he hecho con mucho cariño para ti, porque para qué estamos las amigas en FanFiction más que para seguir extendiendo el mundo de los Merodeadores, ya que el de los Dramiones lo tengo tan pisoteado. La empiezo a publicar un día antes porque son varias viñetas cortitas, y así se te hará más ligero de leer.

Un beso enorme, guapísima.

Y feliz cumpleaños.


Sangre sucia

O de cómo James conoció el odio


Los padres de James siempre le habían empujado a hacer tantos amigos como le fuera posible, independientemente de su edad, género, rasgos físicos o procedencia. Se pasaban la vida animándolo a ser todo lo sociable que pudiera y, en consecuencia, James había crecido como un niño particularmente extrovertido.

Por eso mismo, cuando en aquella celebración de Navidad Fleamont y Euphemia Potter vieron a su pequeño jugando con el petulante hijo de Jacob Crabbe (un mago espantoso con el que ellos siempre habían preferido mantener las distancias), decidieron que lo mejor sería permitir que el propio James decidiera si esa amistad merecía o no la pena.

El niño, por su parte, estaba verdaderamente asombrado con el mundo de conocimientos que Mortimer Crabbe, un chiquillo dos años mayor que él, le abría con gesto orgulloso.

Ambos estaban en una esquina del gran salón donde se celebraba el festejo, devorando una bolsa de galletas que Mortimer había robado mientras charlaban. De pronto, el pequeño Crabbe señaló hacia una niña de pelo castaño que, sentada sobre una mesa al otro lado de la estancia, balanceaba sus pies sobre el vacío.

—¿Ves a esa, Potter? —dijo Mortimer con una sonrisa perversa. James siguió la dirección de su dedo y pestañeó. La niña desconocida miró brevemente hacia ellos, pero desvió en seguida la vista con timidez.

—Sí. Parece simpática, ¿verdad?

Mortimer respondió con un sonido que podría haber sido una risa o un quejido.

—Es una sangre sucia —replicó maliciosamente. Después, se levantó y se fue.

James se quedó solo, fulminado por un escalofrío. Estaba totalmente seguro de que aquella era la primera vez que escuchaba semejante expresión, pero no podía evitar sentir que le resultaba familiar. Y, pese a desconocer su significado, tuvo la certeza de que esas dos palabras escondían un profundo y terrible deseo de destruir y humillar.

Dos semanas después, mientras jugaba con su vecina Claire en el jardín, ella tuvo la torpeza de pisar su escoba de juguete, partiendo limpiamente un buen número de las ramitas de la cola. Euphemia había tenido que salir a consolar a un embravecido James, que gritaba a pleno pulmón con la cara roja de rabia mientras Claire huía a toda prisa en dirección a su casa.

—¡James! ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Qué demonios le has hecho a la pobre niña?

—¡Ha roto mi escoba! —bramó James, ardiendo de pura ira. ¡Su escoba! ¡Su mayor tesoro! ¡El regalo que sus padres le habían hecho el pasado marzo por su séptimo cumpleaños!

Euphemia se cruzó de brazos, tremendamente enfadada.

—¡James Potter, más te vale ir ahora mismo a disculparte con esa chiquilla!

—¡No! ¡La ha roto!

—La escoba puede arreglarse. ¡Pero a las personas, por el contrario, no se las puede tratar así!

—¡No quiero pedirle perdón!

—¡Claro que lo harás! ¡Ve ahora mismo!

—¡No! ¡Claire es una tonta y…

—¡Obedece de una vez, James, o…!

—¡… una sangre sucia!

La bofetada resonó por todo el jardín. Euphemia apretó su mano contra su pecho, temblando de incredulidad ante lo que acababa de hacer. Incapaz de estar allí un segundo más, la mujer contuvo un sollozo y regresó a toda prisa a la casa, dejando atrás a un James estupefacto y silencioso.

Dos minutos después, James recogía su maltratada escoba con una mejilla roja y un profundo sentimiento de vergüenza creciendo en su interior. Buscando solo insultar a Claire para desquitarse, había ido a usar precisamente esa nueva expresión que tan recientemente había aprendido, aun sin conocer su significado.

Y, de alguna forma, intuyó la gravedad de sus propias palabras.

Aquella fue la primera y última vez que Euphemia pegó a su hijo.

Pasarían años antes de que James alcanzara a comprender el horror que escondía esa terrible expresión.