CAPÍTULO 10

"¿A dónde va usted, Señora?", Margaret oyó sin prestar atención. Su corazón se hallaba en estado de inquietud; y también su mente. Durante las dos semanas que John y ella llevaban casados, él se había mostrado cariñoso, atento y amable, como siempre. Pero también, excesivamente sobreprotector, taciturno en ocasiones. Y preocupado. Aun así, lo que realmente le inquietaba, era que él, cada vez que ella ponía el asunto sobre la mesa, se empeñaba en negar su existencia una y otra vez; en ocultarla. Y ahora, la carta y el modo en que había llegado a sus manos…

"Estimada Señora Thornton.

Ruego se reúna conmigo en la dirección adjunta con urgencia. He de tratar con usted un tema de suma importancia y delicadeza para ambas. Ruego también mantenga una total y absoluta discreción al respecto. Sé que le parecerá sumamente improcedente lo que voy a pedirle pero, especialmente, le hago hincapié en que usted no ponga en conocimiento de su marido nuestro próximo encuentro. Le aseguro que no se arrepentirá.

Le quedo infinitamente agradecida de antemano.

Isabella Belmont"

Recordaba aquella nota frase por frase, letra por letra, punto por punto… de tantas veces como la había leído. ¿Qué podía necesitar de ella aquella mujer, que le había parecido tan espontanea, sincera y amable cuando la felicitó el día de su boda? ¿Acaso pretendía destrozar su matrimonio con John nada más este se había celebrado? Desde luego, no podía negar que el propio John se mostró inusitadamente inquieto y preocupado en su presencia; e incluso Víctor lo hizo. ¿Era posible que, también a él, aquella extraña mujer lo estuviese importunando? ¿Era debido a ella la extraña actitud que él estaba mostrando desde entonces? Si así era, necesitaba saberlo. Y cuanto antes, mejor. No dudaba de la fidelidad de su marido, ni muchísimo menos. Pero John no siempre había sido su marido, no pudo evitar recordarse. Aún así, no era capaz de imaginar un comportamiento indecoroso por parte de él, del que ninguna mujer pudiese hacer uso para intentar manipularlo, ni siquiera incomodarlo.

"Señora: el Señor, sin duda, exigirá saber a dónde ha ido usted y porqué yo no la he acompañado", oyó cómo Dixon insistía, mirándola con impaciencia. No pudo evitar esbozar una sonrisa divertida al recordar cómo John todavía lograba incomodar y atemorizar a Dixon, sin pretenderlo.

—Dile que he ido a la Parroquia.

—¿Tan avanzada la tarde? —la oronda mujer objetó, sorprendida.

—No seas irrespetuosa. No tengo porqué darte más explicaciones —respondió con espontánea acritud.

Por un momento, Dixon la observó, dolida; algo que logró hacerla sentir culpable. Pero por el bien de su cometido, mantuvo su mirada con actitud dura y tajante.

—Sí, Señora —Dixon aceptó con retintín.

Resuelta, Margaret caminó hacia la puerta, dejando a Dixon a solas con su enfurruñamiento.

Ya iba a marcharse, cuando reparó en la necesidad de ponerse los guantes. El frío riguroso que estaba azotando a Milton desde hace unos días, había comenzado a hacer mella en sus delicadas manos. Inquieta, extrajo un hermoso par de guantes de piel del bolsillo de su capa, sin reparar en que, al hacerlo, un pequeño papel pulcramente doblado se deslizó hasta el suelo, arrastrado por estos. Se puso los guantes nada más salir de la casa y se encaminó, rauda, al punto de encuentro con su 'misteriosa' anfitriona.

Sus ágiles pasos lograron que alcanzase su destino en apenas diez minutos. Conocía fugazmente aquel barrio: uno de los barrios más 'bajos' de la 'alta' sociedad. En principio, no era peligroso, que ella supiera; así que, regresar ya entrada la noche, si fuera necesario, no supondría problema alguno para ella. O eso esperaba. Las señas recibidas correspondían a una de las casas más discretas del lugar algo que, pensó, o bien contribuía a mantener a su ocupante en la más completa discreción, o denotaba su modesta capacidad económica. O quizá ambas suposiciones fueran correctas. Decidió no hacer más juicios de valor de los estrictamente necesarios e hizo sonar la aldaba de la puerta, resuelta.

Aún con todo, no esperaba que fuese la propia Señora Belmont quien la abriese.

—Temía que usted no tomara en consideración mi solicitud y no viniera —la mujer afirmó, por todo saludo. Se mostró realmente aliviada, al verla.

—Sinceramente, ¿a usted le habría extrañado, que no lo hubiese hecho? ¿Qué puede usted desear de mí, Señora Belmont? —respondió, mostrando cierta irritación.

—Pase dentro, se lo ruego. No deseo que puedan relacionarnos, a usted y a mí —le urgió.

Margaret pudo comprobar que la mujer escrutaba el exterior de un modo nervioso, tras ella.

—Lo lamento. Pero si usted no desea que nadie nos relacione, tenga a bien no citarme en su casa. Y menos, en circunstancias tan sumamente sospechosas —objetó con menor educación de la que se había propuesto mostrar. Mantuvo su postura firme, ignorando la petición de la hermosa y joven mujer.

—Su vida puede llegar a correr peligro, si la descubren junto a mí.

Y sin añadir ni una palabra más, tiró de la mano de Margaret con ímpetu, logrando que entrase en la casa, cogida desprevenida. Antes de que ella pudiera reponerse de su sorpresa, siquiera, ya había cerrado la puerta tras ambas.

—¿Pero qué tropelía es esta? —Margaret la acusó, indignada—. Sepa usted que no va a intimidarme con una actitud misteriosa, irrespetuosa o violenta. Si he accedido a venir, no es más que por el ansia que siento por proteger a John de mujeres como usted.

—¿De mujeres como yo? ¿Qué tipo de mujeres son esas, Señora? —Isabella preguntó con acritud. Había cierto deje burlón en su voz.

—Se lo preguntaré una sola vez: ¿a qué he venido aquí, Señora Belmont? —quiso saber, con tono amenazador.

—La he hecho venir para rogarle, suplicarle, que me ayude a salvar la vida de Víctor Attenborough. Y quizá también la de su esposo.

Atónita, Margaret la miró con ojos desorbitados.

—¿A salvar sus vidas? ¿De qué mal? ¿Y en qué modo?

—Ruego escuche mi relato, por favor. Y juzgue usted misma. ¿Me acompaña?

Isabella indicó con un gesto de la mano que la siguiera hacia una sala de estar austera y decorada sin ningún interés. Una vez más, la idea de que aquella casa no era más que una tapadera, hizo mella en la mente de Margaret. Decidida a averiguar, de una vez por todas, de qué trataba todo aquel turbio asunto, Margaret le tomó la delantera y entró en la sala con decisión.

Mientras, John entró en la Mansión Thornton, pensativo. El telegrama que acababa de recibir por parte de Víctor no prometía un futuro apacible, precisamente. Infinitamente preocupado por el estado anímico de aquel al que sentía como su hermano, caminó lentamente, perdido en sus pensamientos con la mirada abstraída en la contemplación del suelo, realmente sin ver. Mas algo, de pronto, llamó su atención. Ante él se hallaba lo que parecía un documento pulcramente doblado, que había sido abandonado quizá en un descuido. Le pareció extraño que, habiendo tantos habitantes en la mansión, nadie hubiera reparado en él. Y lo cogió para averiguar de qué se trataba. Al leerlo, palideció de inmediato.

—Maldita sea su estampa —murmuró por lo bajo, con infinita rabia.

Y volvió a salir como alma que lleva el diablo.

La Señora Belmont soportó el escrutinio de Margaret con estoicismo durante unos breves instantes hasta que, curiosa, no pudo evitar preguntar:

—¿Por qué me observa de ese modo, Señora Thornton?

—Cuando la vi por primera vez, el día de mi boda, usted me pareció una persona sincera, amable y honesta —Margaret respondió con seriedad, sin dejar de escrutar su mirada.

—¿Pero?

—Pero no logro comprender porqué me lo sigue pareciendo si, por las circunstancias en que usted me ha citado aquí, todo apunta a que la extorsión, de algún modo, va a jugar un papel importante en esta reunión clandestina —declaró fríamente.

—Dios la bendiga por haberla puesto en mi camino, Señora Thornton.

Margaret mostró enorme estupefacción.

—Aún con todo en mi contra, usted es la única que ha sabido, ha querido, o ambas cosas, intuir mi amarga realidad —la Señora Belmont continuó, con un deje de sufrimiento en su voz.

—Le agradeceré que no se ande con rodeos.

La Señor Belmont sonrió, melancólica.

—¿Me permitirá continuar abusando de sus infinitas bondad y paciencia durante unos minutos más? Quisiera narrarle mi historia.

—Discúlpeme si la ofendo pero, ¿su historia qué puede tener que ver conmigo?

—Nada. Todo. Escúcheme y me comprenderá.

—Proceda, pues. Pero le advierto que no soy especialmente sensible a los halagos. Si considero que su relato supone alguna clase de peligro para Víctor, John o para nuestra familia, daré esta charla por concluida y pondré a ambos en conocimiento del mismo de inmediato.

—Ruego lo haga. A usted, los dos la escucharán; algo que no están dispuestos a hacer en mi caso.

—¿Ese es el motivo de mi presencia aquí? ¿Intentar influenciar sus voluntades? —quiso saber, incrédula—. Me temo que su plan va a fracasar estrepitosamente, Señora Belmont. Yo no soy capaz de ejercer tal poder sobre ninguno de ellos.

—No se subestime, Margaret; en absoluto. Yo misma he sido testigo de cuánto la respetan y la adoran esos dos maravillosos cabezotas —declaró. Por un momento, mostró una actitud soñadora, que rápidamente despareció—. Escúcheme con atención…

"Comenzaré afirmando que amo, amé y amaré a Víctor con toda mi alma, mientras me quede un hálito de vida".

Margaret la observó totalmente sorprendida, pero calló. En un primer momento, se había visto obligada a suponer que aquella mujer era una de las muchas amantes que John había mantenido durante su soltería. Y que, quizá venida a menos, había hallado en la extorsión el último recurso de subsistencia. Así que, redobló su atención sobre ella, intuyendo que aquel relato iba a ser mucho más complejo de lo que había podido imaginar.

"Prácticamente, Víctor, John y yo pasamos nuestra adolescencia juntos, pues desde que mi padre se mudó a Milton junto a toda su familia, los tres fuimos vecinos."

Margaret no pudo evitar asocial aquella frase con su propia experiencia, ya que el traslado de su propio padre llevó a la familia Hale al completo a vivir muy cerca de John.

"A pesar de que me llevaba tres años de edad, fue Víctor quien entabló una amistad desenfadada conmigo en un principio. Y conocí a John después, cuando Víctor me lo presentó como su mejor amigo, una vez ya se vislumbraba que entre él y yo existiría algo más que una sana amistad. John y yo congeniamos inmediatamente y entre ambos se gestó otro tipo de relación: él se sentía protector conmigo como un hermano mayor lo hace con su hermana pequeña, al igual que lo hacía con Fanny. Como todos previmos, finalmente Víctor y yo comenzamos un noviazgo con el beneplácito de John, quien no podía sentirse más contento por ello. Pasaron dos años y ambos nos prometimos."

—Pero usted jamás llegó a casarse con él —Margaret afirmó. Por lo que sabía, Víctor jamás se había casado.

—En efecto.

"Durante una fatídica tarde, Víctor y yo mantuvimos una discusión enconada sobre un tema sin importancia. Sin embargo, por aquel entonces yo era una jovencita demasiado acostumbrada a salirse con la suya, por lo que, al no obtener la rendición incondicional de mi prometido, lo dejé a solas y me marché sin rumbo fijo, airada. Sin darme cuenta, la noche de Milton se me echó encima y yo no me había fijado hacia dónde caminaba. Pero mis pasos, sin pretenderlo, me habían encaminadohacia los barrios más peligrosos de la ciudad. Y allí…".

Las lágrimas brotaron, incontroladas, de los ojos de Isabella, al recordar lo sucedido aquella noche. Se vio obligada a detener su relato hasta ser capaz de lograr serenarse de un modo suficiente para poder seguir hablando.

Margaret, intuyendo cómo continuaba aquella trágica historia, impulsivamente se puso en pie para sentarse al lado de Isabella y la cogió por una mano, con la garganta hecha un nudo.

—No tiene porqué contármelo.

—Todavía no lo he superado —afirmó, a modo de disculpa—. Entienda esto, Margaret:

"Víctor era un joven brillante, infinitamente prometedor; tenía todo un horizonte de éxitos por delante. Y yo era perfectamente consciente de ello. Yo no podía permitir que mi desgracia truncara su meteórica carrera. Yo sabía que, si él se enteraba de lo sucedido, no cesaría hasta localizar a quienes me maltrataron. Y no se conformaría con hacerlos encarcelar; eso, se lo puedo asegurar. Así que, ideé una estrategia para lograr alejarlo de mí definitivamente. Disimulé todo lo que me fue posible, dado mi estado lamentable, físico y mental. Y un día después de lo sucedido, logré que John me permitiera pasar una noche en la Mansión Thornton después de una cena con Víctor, él y su familia, alegando malestar. Yo sabía dónde el Señor Thornton, el padre de John, guardaba una cantidad importante de dinero en metálico, porque la familia Thornton al completo confiaba en Víctor y en mí como en dos miembros más de la misma."

—Dígame, ¿qué sucedió? —pidió con impaciencia, intuyendo que Isabella estaba apunto de alcanzar el quid de la cuestión.

"En la impunidad de la noche les robé. Me llevé todo el dinero que pude encontrar, una suma enorme, y desaparecí de la faz de la Tierra. Inmediatamente, Víctor me repudió públicamente, decepcionado y airado, con el corazón destrozado. Yo no quería dañar a John, ni a su familia. Pero no pensé en las consecuencias que mis actos podrían tener para ellos. Marlborough Mills estaba atravesando un momento muy delicado, económicamente hablando; algo de lo que yo tuve constancia mucho después. Al no ser capaces de hallarme (ni siquiera la Policía pudo hacerlo)ni de hallar el dinero, la fábrica quebró irremisiblemente. Por aquel entonces, y a pesar de que la familia Attenborough ya disponía de un capital considerable, Víctor no fue capaz de prestar a John el inmenso capital que la fábrica necesitaba. Y ningún banco quiso hacerlo, tampoco, ya que sobre esta pesaba un enorme préstamo. Y a consecuencia de ello, el padre de John se suicidó. Llevaré su muerte sobre mi conciencia mientras viva. Todo aquel asunto fue un tremendo escándalo social; de ese modo conocí lo sucedido."

Margaret se tapó la boca con la mano, horrorizada.

"Meses después, mis propios padres también fallecieron a consecuencia de mis actos irresponsables. No fueron capaces de soportar el escarnio público al que ambos se vieron sometidos por mi culpa. Ni siquiera pude asistir a su entierro. Y no tengo hermanos ante los que rendir cuentas."

—Señora Belmont, yo…

—Le ruego que no me compadezca, por favor. Quizá lo que sucedió después no fue más que el justo castigo por el mal que causé.

—¿Pero es que aún hubo más?

"La inmensa culpabilidad que sentí y que todavía siento, por el enorme mal que causé a la familia Thornton, a la mía propia, y por el trauma que arrastraba debido a la violación que sufrí, me avocaron a una espiral de autodestrucción que culminó cuando recibí una enorme paliza una noche, en un callejón de Manchester, por parte de gente de mal vivir a la que había comenzado a frecuentar. Aún así, tuve la infinita suerte de que un médico de familia, el Doctor Belmont, un alma pura y bondadosa donde las haya, me encontrara casi moribunda, me recogiera y me llevara a su casa con total discreción, y se empleara a fondo en sanar mis heridas y en lograr mi total recuperación, al menos física. Yo le confesé todo lo que había sucedido; absolutamente todo. Ya no me quedaba dinero que devolver a los Thornton; lo había dilapidado miserablemente tratando de huir de mi propia conciencia. Y tampoco hacerlo le devolvería la vida al Señor Thornton, ni a mis padres. Pero sí lograría hundir a a Victor; lo conozco demasiado bien. Durante mi convalecencia, yo pasé los días llorando; tan sólo deseaba morir. Sin embargo, el Doctor Belmont no me permitió culminar con mi propia autodestrucción. Él era tan persistente como amable".

—¿'Era'?

—Así es. Él murió el año pasado. No he mencionado que él ya estaba en una edad avanzada, cuando yo me crucé en su camino.

"Su tesón y enorme persistencia, unido a su gran amabilidad, altruismo y paciencia para conmigo, lograron que yo, en vez de suicidarme como había elegido, decidiese casarme con él, tal y como él me había pedido aún a sabiendas de mi tortuoso pasado, para hacerle compañía durante los últimos años de su vida. Él era perfectamente consciente de que yo jamás le amaría, pues mi corazón pertenecerá a Víctor mientras yo viva. Pero tampoco me pidió que lo hiciera. Un párroco amigo suyo ofició la boda falseando los documentos, de modo que mi apellido de soltera no apareciese en estos. Desde entonces, yo fui Isabella Belmont, no Isabella James. Con el transcurso de los años, la Policía dejó de buscarme y finalmente todos me dieron por muerta. Y al morir, el Doctor Belmont me legó su modesto patrimonio y, por supuesto, mantuve su apellido."

—Por todo lo más sagrado… Su vida ha sido una auténtica tragedia —Margaret afirmó, desolada—. Aún así, no soy capaz de dilucidar qué es lo que yo puedo hacer por usted. ¿Qué es lo que usted desea de mí, Isabella? ¿Por qué ha regresado a Milton, después de tanto tiempo? ¿Por qué me ha inquietado afirmando que la vida del Señor Attenborough corre inmenso peligro? ¿Y la de John?

La mirada que Isabella le devolvió estaba cargada de tanta angustia y preocupación, que Margaret se vio obligada a tragar con dificultad para poder continuar respirando.

—Víctor posee un enorme éxito y una gran popularidad. Eso, usted ya lo sabe; todo el Reino Unido lo sabe. Pero debido a ello, también posee un gran número de detractores, de enemigos. Uno de ellos, no puedo imaginar cómo, se ha enterado de lo sucedido entre él y yo y de toda mi historia posterior. Y está intentando extorsionarme. Sé que, si Víctor se entera de lo sucedido, y a pesar de que seguirá sin querer saber de mí, sí se sentirá atormentado. Puedo afirmar sin equivocarme que nuestro amor fue el más grande que el Mundo hubo conocido —afirmó, sin un atisbo de arrogancia en su voz—. Él, o ella, me ha dado dos opciones: o que destruya a Víctor políticamente, o si me abstengo de hacerlo, que presencie su muerte. Pretende jugar con su ánimo, destrozarlo; para luego acabar con él de un sólo plumazo. Me ha pedido que yo lo presione, amenazando con contar todo lo sucedido y culpándolo indirectamente de la muerte del padre de John y de mis padres, para que él abandone su carrera. Que lo destroce psicológicamente. Y una vez esté acabado, que lo remate haciendo pública la verdad, a pesar de que él se haya retirado de la política, del ejército y de la esfera pública en general. Eso también me destrozará a mí; pero se trata de doblegarme a sus exigencias, o ver morir al hombre que amo.

—¿Y por qué no matarlo, sin más, prescindiendo de usted y de un plan tan enrevesado?

—Porque ese miserable está buscando sumir a Víctor en un gran escándalo social que lo perjudique no sólo a él, sino a todos sus amigos y aliados presentes; John, el primero en la lista por ser prácticamente su hermano. Pretende usurpar su lugar con todas las consecuencias; crear un 'minuto cero' a partir del cual parezca que el nombre de Víctor Attenborough tan sólo ha sido un mal sueño, una pesadilla de la que el mundo, gracias a él, ha logrado librarse por fin. Si tan sólo acabara con su vida, todos aquellos afines a Víctor podrían lograr continuar con su legado; algo que no está dispuesto a permitir. Su odio hacia él y hacia todo lo que él representa es infinito; se lo puedo asegurar.

—¿Quién es ese 'alguien'?

—A pesar de mis enconados intentos por hacer que ese personaje, o personajes, se descubra, aún no he sido capaz de averiguarlo, pues siempre actúa mediante intermediarios ignorantes. Por ello, he decidido montar una farsa para hacerle creer que acepto sus condiciones, mostrarme sumisa hasta que logre ganar su confianza. Y cuando logre acceder a él, haré que recaiga sobre sí todo el peso de la justicia. Pero no puedo lograrlo sola. Necesito que Víctor y John me presten su apoyo, que sean conscientes de todo lo que suceda, que estén en alerta para hacerle frente por lo que pueda pasar. Y que representen la farsa junto a mí para que baje la guardia y podamos atraparlo. Sin ellos, nada podré hacer. Se lo debo a ambos, Margaret. Se lo debo.

—¿Qué pruebas puede mostrarme, sobre todo lo que me ha confesado? —quiso saber, pensativa.

—Absolutamente ninguna. Usted es mi última esperanza. Víctor y John ni siquiera quieren escucharme.

—¿Y a usted le extraña su actitud? —no pudo evitar comentar.

—En absoluto; la esperaba. Pero no puedo permitirme el lujo de rendirme; no, ahora. Por ello, pongo mi vida en sus manos, Señora Thornton. Cuando ese maldito sea llevado ante la justicia, yo misma me entregaré a la Justicia de buen grado para que también a mí se me juzgue por todo el mal cometido. Ya no existe esperanza para mí. Fallecido el Doctor Belmont, ya no hay nada, ni nadie, que me ate a las ganas de vivir, excepto el ansia de salvar a Víctor.

—Hay algo en usted… La creo…

—No debe creerme a mí, yo no soy importante; sino a la honestidad de la causa que persigo.

—Yo la creo, Isabella. Y si he de serle totalmente sincera, no puedo evitar sentir compasión por usted a pesar de que, quizá, no todas las decisiones que usted tomó fueran las más adecuadas. Acaba de lograr su primera aliada. Le prometo que lograré hablar de usted y de su causa con John; le haré escuchar. Aunque sé que va a llevar su tiempo que él se muestre dispuesto a hacerlo.

—Tiempo es de lo que no disponemos, precisamente. La paciencia de este sujeto se está mostrando bastante escasa a la vista de mis nulos avances. Durante las dos semanas transcurridas desde que John y usted se casaron, yo he intentado hablar con Víctor y con John en numerosas ocasiones; llevaba intentándolo con Víctor desde unos días antes de su boda, ya. Pero no he sido recibida por ellos, siquiera. Por el momento, no tengo nada que ofrecer a este sujeto y estoy comenzando a temer por mi propia vida. Realmente, no me importa que él acabe con esta; eso me daría paz, al fin. Lo que temo es que lo haga de un modo que culmine destrozando a Víctor; que lo incrimine, o algo peor.

—Está claro que algo debemos hacer. Y pronto. No padezca. Me reuniré con usted de nuevo dentro de dos días —afirmó, resuelta.

—Infinitas gracias, Margaret. Es usted una bendita.

—No me las dé. No puedo imaginar, siquiera, todo lo que usted ha tenido que pasar. Siga siendo fuerte, se lo ruego. No ya por Víctor y por John, sino por usted misma.

Isabella no tuvo oportunidad de responder, ya que, inesperadamente, fuertes aldabonazos perturbaron la paz de aquella reunión.

—No pueden ser 'ellos'; esta residencia no es conocida por nadie —Isabella afirmó. Sin embargo, ambas se miraron llenas de temor.

—¡Abre, Isabella! ¡O te juro que echaré la puerta abajo! —se escuchó, de pronto, la voz airada de John.

Ambas mujeres se pusieron en pie, atónitas.

—Dios mío… ¿cómo me ha localizado? —Margaret se lamentó, preocupada —. Deje esta situación en mis manos, Isabella.

—No. Soy yo quien debe enfrentar su ira. Usted no está haciendo más que ayudarme.

—Aún así, yo sé cómo calmarlo.

—Tiene usted razón. Cuando John se siente agraviado y amenazado, es un enemigo terrible. Salgamos ambas, entonces.

Margaret e Isabella caminaron hacia la puerta. Y fue esta última quien la abrió.

—¡Arpía del Averno! ¿Qué demonios crees que estás haciendo con mi esposa? —John le increpó de malos modos, amenazador, nada más verla. La hubiese apartado de un fuerte empujón, si no fuese porque se trataba de una mujer, para localizar a Margaret al instante y arrastrarla con él bien lejos de allí.

—John, por favor, tranquilízate, te lo suplico —Margaret se interpuso entre ambos, resuelta.

Sin embargo, John la cogió por una mano con fuerza y tiró de ella, con intención de no pasar ni un segundo más en aquel lugar lleno de inquina. Pero aún siendo toda una mole comparado con su esposa, no logró su propósito. Margaret clavó en su mirada de profundo reproche unos ojos suplicantes y llenos de amor, mientras acariciaba su mano sin soltarla, reteniéndola con firmeza.

—Ambas necesitamos que nos escuches, te lo ruego —le suplicó una vez más, comenzando a tirar suavemente de su mano para que él entrase en la casa.

—¿Ambas? ¡Te has vuelto loca, Margaret! ¡Loca de remate! —gritó con indignación.

—Tus palabras me ofenden —le reprochó con dureza.

—¿Que te ofenden? —respondió, irónico—. ¡Tu estancia aquí me ofende a mí! ¡Y de qué modo! ¡Te ordeno que salgas inmediatamente!

Por toda respuesta, Margaret soltó su mano y se internó en el hall para detenerse fuera de su alcance, con los brazos cruzados.

—John, por favor… —Isabella se interpuso entre ambos, alarmada.

—Apártate de mi vista —le ordenó, lleno de asco y de deprecio.

A la vista de que él no iba a entrar en la casa y que estaban dando un escándalo monumental en la calle que nada favorecía a su causa, Margaret le dio la espalda y se encaminó hasta la sala de estar, donde hacía unos momentos Isabella y ella habían estado conversando. Fuera de sí, John la siguió, dispuesto a poner fin a aquella situación, surrealista y demencial, del modo que fuera necesario. Pero cuando ella se plantó frente a él de nuevo, resuelta, no fue capaz de ponerle un sólo dedo encima, siquiera. Locamente frustrado, se encaró con ella del mismo modo.

—¡Tú no tienes ni la más remota idea sobre lo que sucedió! —le reprochó, lleno de rabia.

—¡Ni tú, tampoco! ¡No, de todo lo sucedido!

—¿Que yo no…? ¡Esto es de locos! ¡De locos! —la acusó.

Pero Margaret no se amedrentó.

—Calla y escúchame; eres más terco que una mula. O te juro que no me tendrás en tu cama hasta que entres en razón —lo amenazó.

Profundamente sorprendido y dolido, John clavó en sus ojos una mirada de indiferencia.

—Esto es demasiado, incluso para ti. Si crees que nuestro matrimonio no ha sido más que un lamentable error, yo estoy dispuesto a ponerle fin ahora mismo —afirmó, resuelto.

Margaret no esperaba aquella reacción. Se abrazó a él con todas sus fuerzas, siendo consciente de todo el dolor que él estaba sufriendo. Le acarició el rostro con ternura, adorándolo con la mirada.

—¿Cuándo yo te he mentido? ¿Cuándo te he perjudicado por el simple gusto de dañarte? —le preguntó con voz suave.

Pero él no dio su brazo a torcer.

—¡Por amor de Dios, Maggie! ¡Ella mató a mi padre!

—Sabes que esa afirmación no es correcta. Aún así, todos los aquí presentes reconocemos y lamentamos que el trágico fallecimiento de tu padre tuvo mucho que ver con los actos que Isabella cometió. —John la miró estupefacto, no esperaba que ella le hubiese confesado la verdad, sino que la hubiese atraído con un falso testimonio, sólo el diablo sabe con qué fin perverso—. Sí, lo sé. Ella me lo ha confesado absolutamente todo; incluso aquello que tú no conoces.

—¡No hay nada más que conocer! ¡Demonios! ¿Y aún así, pretendes que la escuche? ¡Te lo repito! ¿Acaso te has vuelto loca?

—¿Confías en mí? —nada más le preguntó.

Él se pasó ambas manos por el rostro, sintiéndose deshecho y derrotado. Por un instante, miró a Margaret con profundo reproche. Sin embargo, se dejó caer en uno de los sofás, clavó en Isabella una mirada amenazadora, pero atenta, y esperó.

La mujer, sintiendo que, por fin, poseía toda su atención, dedicó a su aliada una mirada de infinito agradecimiento y comenzó nuevamente su relato, arropada por ella, quien apoyó una mano en su hombro para reconfortarla, dándose cuenta de que, confesarse ante John, iba a ser una de las pruebas más duras que aquella mujer, maltratada y atormentada hasta en lo más hondo de su alma, se había visto obligada a afrontar en toda su vida.


COMENTARIOS DE LA AUTORA

Hola a todos.

Siento haber tardado tanto en actualizar. Mi retraso se ha debido a mi situación personal, laboralmente hablando. No existe ningún otro motivo detrás de este retraso.

El capítulo es más largo de lo habitual. Pero después de haber dado vueltas y vueltas al tema, no he considerado que interrumpir todo lo que he relatado por alguna parte para incluirlo en otro capítulo independiente, fuera una buena idea. Para mí, habría roto la tensión del momento, algo que no deseaba en absoluto.

No recuerdo si respondí a los reviews que dos magníficas personas me dejaron al capítulo anterior: marylovesbatb y toniammm. A ambos os envío mi más profundo agradecimiento y mis más sinceras disculpas.

Dedico el capítulo a mysabel76, la persona que me ha dejado un review en el primer capítulo (y que ha añadido el fic a sus Favoritos y a sus Alertas) diciéndome que es una nueva lectora.

Agradezco también a Aurora Marsha Poirot que añadiese este fic a sus favoritos.

Con este capítulo he dado comienzo oficialmente a la trama final de la historia, que a su vez incluirá una o dos pequeñas subtramas. Todavía quedan varios capítulos por publicar, no se trata de que el fin sea inminente. Tan sólo quiero informar que este relato tiene un final que, por supuesto, acabaré publicando en un futuro no muy lejano; que no se va a alargar infinitamente.

Un abrazo para todos los lectores y hasta muy pronto, espero.

Rose.