Harry Potter había terminado sus estudios como auror tres años atrás y en ese momento, con tan solo veintitrés años se había posicionado como uno de los mejores aurores que la academia había dejado a servicio de la comunidad mágica. No solo era porque Potter tuviera aquella habilidad mágica que le había ayudado a derrotar a Voldemort, si no que tenía el coraje y la valentía que pocos hombres poseían. Potter podía lanzarse sin pensarlo dos veces al peligro, arriesgar su vida y salir victorioso en cada una de sus misiones, pero sobre todo, lo hacía con el único motivo de mantener a los suyos a salvo, era noble y generoso, siempre pensaba en los demás antes de sí mismo y todo ello en conjunto era lo que lo hacía el mejor auror de su generación.

Gawain Robards, el jefe del cuerpo de aurores lo tenía en una muy alta estima, le encargaba siempre los trabajos más importantes, pues tenía la certeza de que Potter siempre volvería con la victoria entre sus manos y con la menor cantidad de bajas.

Si, Harry Potter era un elemento muy valioso en el ministerio, pues no solo era símbolo de la libertad en el mundo mágico, sino un estandarte que representaba todo lo bueno y lo que ello conllevaba, era todo lo opuesto a lo que alguna vez Voldemort había representado, era la familia, la unidad entre magos y no magos, era la vida, la luz, la esperanza, el respeto, la tolerancia, lo blanco.

Por supuesto que Potter detestaba que se le adjudicaran estas menciones, él no quería ser el estandarte de nada, simplemente buscaba ser un joven cualquiera, uno que por las tardes ayudaba a su prójimo y por las noches salía a divertirse con sus amigos al pub más cercano, no quería ser el héroe del mundo mágico, quería ser el ejemplo de que cualquiera podía ayudar y que solo bastaba con proponérselo.

Está de más decir que a Harry no le agradaba en lo más mínimo que la gente lo idolatrara, detestaba que se le dieran tratos preferenciales, detestaba los artículos sobre él en El Profeta o en Corazón de Bruja y definitivamente odiaba a la gente que se le acercaba con la única intención de obtener algo de él, cosas como reconocimiento, fama o dinero.

Harry había aprendido con el paso del tiempo que debía tener mucho cuidado, debía escoger muy bien a las personas cercanas a su círculo, pues después de la guerra, no solo habían ex mortífagos tras su cabeza, si no hombres y mujeres interesados en engatusarlo para sacarle información que vender a los medios, hombres y mujeres que decían quererle, cuando lo único que querían era sacarle provecho a su relación. Y si, Potter lo había aprendido por las malas con tan solo veinte años.

A veces Potter se preguntaba si no hubiese sido mejor no terminar su relación con Ginny Weasley, la chica lo había amado desde prácticamente toda su vida, lo había esperado aun cuando él se embarcó en su misión de encontrar los Horrocruxes de Riddle e incluso le había perdonado unos cuantos de sus deslices con otras personas, ella era prácticamente la mujer perfecta, amorosa, comprensiva, hermosa, inteligente, valiente, poderosa y muy, muy fuerte. Harry simplemente no podía responder por qué no podía amarla, lo único que sabía, era que la quería muchísimo, que actualmente era una de sus mejores amigas y que aquel enamoramiento que había sufrido por ella durante sexto año había sido algo meramente pasajero, algo que, un par de años después de la guerra se había evaporado y en su lugar simplemente había quedado cariño meramente fraternal.

Pese a su desastrosa vida amorosa y social, Harry era feliz, tenía a sus dos mejores amigos para hacerle compañía los viernes por las noches o los fines de semana, tenía a los Weasley que a pesar de su fallida relación con Ginny jamás lo habían dejado de ver como parte de la familia y para él, aquello era más que suficiente, era un hombre de gustos sencillos, no iba por ahí quejándose de lo que tenía y lo que no, él era feliz con lo que había ganado al paso de los años y eso incluía su maravilloso puesto como auror y el pequeño departamento que había comprado con su propio dinero en el Londres muggle, era pequeño y muy sencillo, pero se había vuelto su hogar.

Aquella mañana, Harry se levantó por un sonido de golpeteo en la ventana de su desordenada habitación, era sábado por la mañana y por lo tanto no tenía que ir a trabajar. El día anterior había sido su cumpleaños número veintitrés y lo había celebrado a lo grande junto con sus viejos amigos de Hogwarts y unos cuantos amigos nuevos del ministerio, debía admitir que no planeaba que la fiesta (que se había celebrado en el departamento de Ron y Hermione porque era notablemente más grande que el suyo) se saliera de control. Él había planeado algo tranquilo; música, charlas, una que otra copa de wiski de fuego y tal vez un poco de baile (pero muy poco porque él no sabía bailar), por eso cuando terminó tumbado junto a la taza del baño vomitando todos los aperitivos que había preparado para la celebración y con un mareo de campeonato decidió que jamás, nunca en la vida, Seamus Finnigan volvería a ser el organizador de alguna de sus fiestas.

El picoteo en la ventana se hizo mucho más intenso y él solo podía pensar en que quería morir por la terrible cruda que lo agobiaba.

—Cállate por amor a Merlín —Chilló con la cara enterrada entre las almohadas, cubriéndose por completo con las cobijas. —No es un buen momento, regresa mañana.

Pero el ave sólo intensificó la cantidad de picoteos que daba sobre su ventana, haciéndolo casi insoportable y Harry no pudo fingir que lo ignoraba, no cuando la cabeza iba a estallarle a causa del ruido.

Finalmente se levantó, tenía el cuerpo cortado, ganas de vomitar (nuevamente) y su estómago se quejaba por la cantidad de alcohol que había ingerido sin tomarse la molestia de intercalar sus copas con aperitivos.

Se quedó de pie junto a su cama, como un zombi, miraba hacia la ventana pero su cerebro aún no procesaba todo lo que había en su entorno, veía la silueta del ave picotear insistentemente y la luz del sol colándose entre las ventanas, intensificando sus malestares. Decidió que no quería moverse y se dejó caer contra la cama una vez más.

Accio varita... —Dijo en un susurro, pues su propia voz le causaba malestar.

Tal vez si no hubiera tenido la resaca del año, hubiera podido recordar, el muy tonto, que dominaba los encantamientos no verbales y no hubiera tenido que abrir la boca para nada.

La varita llegó hasta su mano que la dejó caer nada más la rozó con los dedos.

—Te odio Finnigan... —Dijo y tanteó en la cama hasta que volvió a encontrar su varita.

Con un movimiento de muñeca la ventana se abrió y el ave que tanto había molestado por ser recibida voló hasta posarse sobre su torso desnudo haciéndolo sentir las afiladas garritas de la lechuza.

Fue hasta que se dignó a mirar realmente al ave que se percató de que aquella lechuza era nada más y nada menos que la de su jefe, la que usaba para los recados del ministerio. Con cuidado (y mucha torpeza) tomó el pergamino que la fea lechuza le había llevado y ésta inmediatamente se marchó por donde había llegado.

El moreno se enderezó no sin antes maldecir mentalmente, una vez más, al dolor de cabeza y cuando se sentó totalmente sobre el colchón abrió el recado; era una nota sencilla, Robards lo quería en su oficina lo antes posible, un asunto de alta seguridad según lo poco que Harry había entendido, una tarea que según su jefe solamente él podía hacer.

Potter se quedó sentando sobre la cama intentando pensar en alguna manera de ir hasta el trabajo y no hacer el ridículo por su condición. No le molestaba tener que ir a trabajar en su día libre, pues amaba ayudar a las personas, y de todas formas, no tenía más planes para esa tarde así que simplemente se levantó y se dispuso a tomar una ducha.

Darse un baño y desayunar algo decente, al parecer era todo lo que necesitaba para sentirse mucho mejor y cuando tomó la chimenea para llegar al ministerio ya estaba casi menos crudo que cuando se había levantado.

Caminó hasta el ascensor, no vestía su túnica de auror, únicamente unos jeansnegros y una camiseta color verde esmeralda que resaltaban sus brillantes ojos ocultos tras las redondas gafas.

Saludó a sus conocidos por aquí y por allá, sonriendo cálidamente y agitando la mano de manera descuidada, diciendo "hola", "que tal" y cosas por el estilo hasta que finalmente llegó al departamento de seguridad mágica donde descendió y caminó hasta la oficina de Robards dónde el hombre ya lo esperaba tras su escritorio, con una expresión en el rostro que a Harry no le gustó para nada.

La oficina del jefe de aurores era bastante amplia, un complejo de piedra grisácea de cuyas paredes colgaban cuadros de los antiguos jefes de la división, reconocimientos, estatutos y fotografías de la familia del jefe en turno. El escritorio se encontraba justo en el centro de la sala, rodeado de estanterías con libros y objetos que detectaban magia oscura. Robards se encontraba recostado sobre su silla con los antebrazos sobre el escritorio, como pensando.

Harry entró sin pedir permiso, aquella cara solo se la había visto a su jefe una vez, y había sido cuando un grupo de ex mortífagos habían logrado escapar de Azkaban cuando Potter tenía apenas un año entre los aurores, había sido un desastre, la comunidad mágica había entrado en pánico, todos creían que el señor tenebroso había regresado o que uno nuevo se había alzado entre los ex seguidores del lord. Entre los fugitivos se encontraban Rabastan Lestrange, catalogado como sujeto de alta peligrosidad, Alecto y Amycus Carrow, Fenrir Greyback y Lucius Malfoy, éste último no representaba peligro alguno, pues se encontraba dementorizado.

Los habían atrapado a todos, uno a uno, ninguno parecía recordar cómo es que habían salido de aquel lugar, ni la viseratum, ni la legeremancia logró revelar aquel pequeño dato y hasta el momento, los únicos que aún se encontraban completamente desaparecidos eran Malfoy y Lestrange, y aunque los aurores aún trabajaban día y noche localizando a Rabastan, no parecían poner el mismo empeño en encontrar a Lucius, por el estado en el que se encontraba.

—Lamento haber tenido que llamarte en tu día libre —Dijo Robards. —Sabes que si no hubiera sido de suma importancia no lo hubiera hecho, Harry.

Potter tomó asiento frente al escritorio, consciente de que seguramente sería mandado a una misión poco grata y que seguramente duraría bastante tiempo.

—¿Qué es lo que ha ocurrido?

—Es precisamente algo que puede ocurrir por lo que estás aquí —El jefe extendió hasta Harry un folder amarillento.

El pelinegro tomó el archivo y lo abrió con cuidado, habían demasiadas hojas dentro y temía dejarlas caer todas en algún tonto descuido. Al abrir el folder, con lo primero que se encontró fue con una hoja llena de datos y una fotografía del dueño de aquella información.

—¿Draco Malfoy? —Preguntó Harry.

La información presentada en la primera hoja no eran más que nimiedades que hasta él conocía; el nombre completo del sujeto, su dirección, su tipo de sangre, su nivel de estudios, sus lazos de sangre directas, su color de cabello, de ojos y de piel, su estatura, su complexión y su ocupación actual.

—Sí, el joven Malfoy, tengo entendido que lo conoces, declaraste a su favor durante los juicios a los mortífagos, por él y por su madre.

Harry no despegó los ojos de aquellos papeles entre sus manos, la mayoría eran sobre los cargos de los que se le acusaron a sus diecisiete años por participar activamente en el bando enemigo.

—Sí, su madre mintió para que Voldemort me creyera muerto y él, bueno, solo era un chico asustado y fácil de manipular, por su padre principalmente, pero en realidad no es que nos llevemos bien ni nada, creo que todo lo contrario... —Levantó la vista de los papeles. —¿Le ha ocurrido algo?

—En realidad no, pero nos ha llegado información de una fuente muy confiable, nuestra fuente dice que el joven Draco podría estar envuelto nuevamente en cosas turbias, cosas relacionadas con mortífagos.

Harry miró a su jefe con seriedad y tratando de analizar la situación, Draco Malfoy, su rival de colegio, un ex mortífago que a pesar de haber recibido la marca jamás asesinó a nadie, que era un cobarde sin carácter y que no era más que un hablador embustero estaba envuelto, nuevamente, en una situación turbia, como le había llamado su jefe.

—La verdad, lo dudo mucho, señor —Dijo finalmente. —Malfoy no es precisamente un amigo, pero sé que ha intentado redimirse durante todos estos años, estudió negocios mágicos y sacó a flote las empresas familiares que su padre dejó en baca rota, con ese dinero ha ayudado a restaurar lugares que quedaron destrozados tras la guerra y he leído en el periódico que incluso hace fiestas de caridad para ayudar a los huérfanos de la guerra, mi sobrino, Teddy, tiene una beca con los Malfoy que le ayuda a solventar sus estudios en Hogwarts.

—Dime Harry, ¿Sabes lo que es una fachada? —Harry resopló. —Escucha, yo estoy al tanto de todas esas grandiosas cosas que el chico Malfoy ha logrado por si solo nada más estuvo libre, pero también sé que el muchacho nunca ha podido convivir abiertamente en sociedad porque algunos de... los nuestros... no pueden olvidar el daño que su familia hizo. Malfoy, aunque no lo admita, tiene razones para detestar éste nuevo régimen, uno donde su señor perdió y él tiene que cuidarse la espalda a cada segundo, uno donde no es bien recibido, uno donde recibe amenazas todo el tiempo.

—¿Y acaso eso no es culpa de nuestra sociedad?

—Los Malfoy se lo buscaron Harry.

—¿Me está diciendo que sospecha que Malfoy está metido en cosas oscuras porque... es discriminado?

—Estoy diciéndote, Harry, muchacho, que tenemos información valiosa que lo incrimina como partícipe de actividades de magia oscura, las razones solo él las sabrá, tal vez sólo quiere venganza por lo de su padre, no lo sé.

Harry suspiró, y se acomodó en su asiento.

—¿Y va a darme esa información?

—Únicamente si aceptas hacer el trabajo por el que te he pedido que vinieras hoy.

—No voy a arrestar a Malfoy sin pruebas, sabe cuál es mi política.

—De hecho, Harry, lo que queremos de ti es que lo vigiles, que te ganes su confianza, que te deje vagar libremente por Malfoy Manor y que recolectes información, a donde va, con quién lo hace, a qué hora lo hace, todo lo que podamos averiguar.

—¿Y por qué no mandan a un auror experto en rastreo?

—Porque Malfoy demostró ser bastante bueno evadiendo a todo el mundo, ya lo hemos intentado y si he acudido a ti es porque las cosas no son tan sencillas, el chico sabe bastantes trucos y su actitud nos hace pensar que oculta algo. —Tomó aire. —Escucha, sé que esto es bastante incómodo, por lo que me has dicho tú y él nunca se han llevado bien ¿cierto? Pero ninguno de los dos tiene trece años, ya no más y si logras demostrar que Malfoy no oculta nada, lo dejaremos en paz y tal vez, hasta hayas ganado un buen contacto, Draco Malfoy tiene muy buenas relaciones y tu podrías aprovechar eso ¿Qué dices?

Harry se recargó en su silla, con el expediente de Draco aún en las manos.

Lo pensó por un momento, en realidad no tenía nada que perder, debía encontrar una manera de acercarse a su ex rival y convencerlo de comenzar una amistad, o algo por el estilo, aunque por el recuerdo que tenía de él, lo encontraba bastante más difícil que solo decirlo, Draco Malfoy era voluble y definitivamente no se fiaría de él por ser un auror, no si de verdad traía algo entre manos. Por otro lado, sintió que darle la oportunidad de la duda era lo correcto y estaba seguro de que si otro auror era el encargado de aquella misión, no dudaría en exagerar las cosas para hacer quedar mal a Malfoy, pues no era un secreto que era casi tan odiado como su padre entre la sociedad mágica.

—De acuerdo —Dijo el moreno mientras veía el rostro inexpresivo de Draco en la fotografía de su expediente. —Lo haré, pero necesito la información que lo incrimina.

—¡Perfecto, Harry, perfecto! —Robards parecía encantado. —Sabía que podía confiar en ti, Malfoy no va a escaparse esta vez, no señor. —Harry levantó la ceja, al parecer su jefe estaba completamente seguro de que Malfoy tramaba algo.

Robards se puso de pie y caminó hasta uno de los retratos en la pared, usando su varita el retrato se abrió y dejó ver un archivero de donde sacó un extraño bonche de papeles los cuales entregó a Harry.

—Esos son todos los detalles sobre lo que nuestro informante sospecha que está ocurriendo, las pruebas, los pormenores, todo lo que necesitas saber, puedes llevarte el expediente de Malfoy para completar la información, como podrás ver, él chico ha hecho más cosas malas en su vida que buenas, por eso es que su expediente es tan extenso.

Harry le echó una mirada rápida al montón de papeles que tenía entre manos.

—Aún no me ha dicho como quiere que me acerque a él.

—Eso lo tenemos arreglado, el próximo sábado va a llevarse a cabo un baile de máscaras, los organizadores son los Malfoy, es para la caridad y esas cosas, tenemos una invitación para ti, podrás acercarte a él sin que te reconozca de primera instancia, así será más fácil que asimile que eres tu después. —Luego sonrió. —Al chico le gustan morenos, podrías atraparlo por ahí, después de todo, eres bastante guapo y tienes un muy buen físico, Harry.

—No voy a seducir a Malfoy para sacarle información —Se quejó, ofendido.

—Bueno, tú no a él, pero probablemente él si intente seducirte, me han informado que es esa clase de chicos y sería recomendable que le siguieras el juego, ya sabes, por el bien de la misión.

Harry resopló y se puso de pie.

—Voy a prepararme para el trabajo —Dijo con fastidio.

—Te recomendaría que comenzaras tratando de averiguar que va a usar para la gala, para que lo ubiques rápidamente.

Harry no contestó, salió de ahí con las manos firmes sobre los papeles que lo ayudarían a hacer su trabajo, sintiéndose usado y ultrajado, Robards no lo había mandado ahí porque le tuviera confianza, lo había mandado porque seguramente sabía que Malfoy querría lanzarse sobre él, como lo hacía con todos los jóvenes morenos con los que salía en las fotos del periódico, jóvenes que después de un tiempo simplemente se esfumaban para dar paso a una nueva conquista.

Es trabajo, Harry, sólo es trabajo. Se dijo de camino a la chimenea que lo llevaría a su departamento. Él hurón no va a intentar nada contigo y tú vas a demostrar que el bastardo es inocente, después de eso, quien sabe, igual y hasta hayas perdido un enemigo.