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Dos personas, dos países, un mismo sentimiento.
Emma y Killian, no se conocen. Ella vive en los Estados Unidos de América, mientras que él vive en Irlanda. Ellos no se conoce, o al menos, eso piensan. Cuando uno de ellos vive una emoción muy fuerte, sea buena o mala, el otro siente en el pecho una presión, como si algo no estuviera bien, como si tuviera que estar en otro lado con una persona. Tienen en su mente constantemente el nombre del otro, hasta podría decirse que en su mente pueden escuchar los pensamientos del otro.

Hace 20 años atrás

Una Emma de 7 años se encontraba en un parque sentada bajo la sombra de un árbol leyendo un libro de cuentos ''Peter Pan: el niño que nunca creció'', Peter Pan era su cuento favorito en todo el mundo, ella se sentía identificada con los niños perdidos, ella era una niña perdida aunque ahora tenía unos nuevos padres y hermano adoptivo, no se acostumbraba a la idea de tener una familia.

Emma estaba muy metida en su libro y no se dio cuenta que una pelota venía hacia ella. La pelota se dio en la cara e hizo que soltara su libro y éste cayera en un estanque que estaba a su lado, se sentía muy mal, era el único libro que tenía y era muy importante para ella. Mientras ella intentaba contener las lágrimas, que no eran por el golpe dado con la pelota, un niño se acercó y se puso junto a ella, era un poco más grande, ella pensó que debía tener unos 10 años, tenía una mirada arrepentida en su rostro y ella no sabía por qué.

Fue cuando se agachó a recoger la pelota que Emma se dio cuenta que fue por culpa de él que su libro ya no servía. Ella le dio una mala mirada, se levantó, cogió su libro todo mojado e inservible, ya que con el agua se había corrido toda la tinta de las palabras y dibujos, se dio la vuelta para irse pero el niño la tomó del brazo y le hizo dar la vuelta, le preguntó si estaba bien, le dijo que no era su intensión patear la pelota en su dirección y que lamentaba mucho lo de su libro.

Emma cuando lo vio de cerca quedó impactada, tenía unos ojos azules tan claros que le recordaban al mar, podría jurar que brillaban tanto como las estrellas que ella veía desde su ventana todas las noches. Tenía pelo oscuro, y piel no muy blanca.

Ella le respondió un poco cohibida que no pasaba nada, ya el daño estaba hecho y no había manera de arreglarlo. Cuando el chico la soltó ella inmediatamente se volteó y se fue.

El chico, se quedó mirando su espalda mientras corría. Todavía pensaba en esos ojos verdes brillantes, salió de su estado de shock cuando su hermano lo llamaba desde lejos para que trajera la pelota que había ido a buscar hace la 10 minutos.