Querido Draco,

Es increíble lo poco que queda para termine el curso y vuelvas a estar conmigo. La directora McGonagall me ha enviado una misiva comunicándome que ha hablado contigo sobre tus posibilidades laborales; decía que estabas especialmente interesado en el área de las Pociones, aunque eso ya lo sabía, y que nos enviará una lista con lugares que pueden ofrecerte un puesto de trabajo en cuanto salgan los resultados de los ÉXTASIS. Sé que no hace falta que te lo pida, hijo, pero has de esforzarte al máximo en tus exámenes para que tus notas contrarresten, en la medida de lo posible, los motivos que las empresas puedan tener para no querer contratarte.

Draco resopló sobre su propio desayuno mientras leía esa parte de la carta. Esos "motivos", como su madre los había llamado, no iban a ser pasados por alto ni aunque consiguiera la nota máxima en todos los malditos exámenes.

Bebió un poco de zumo de calabaza y siguió leyendo.

En cuanto a la dirección a la que te van a mandar tanto las notas como la lista, confío en que estés de acuerdo con que vivamos con Andromeda durante, al menos, unos meses más. Te aseguro que somos bienvenidos en su casa; de hecho, tengo entendido que planea nombrarte canguro de Teddy durante el verano.

Creo que te vendrá bien pasar tiempo con el hijo de tu prima Nymphadora. Los niños pequeños aportan alegría al corazón, y eso es algo que hace mucha falta en estos tiempos. Además, como bien sabes, Teddy es el ahijado de Harry Potter. Formar parte de su vida podría significar mantener el vínculo que has creado con él y que podría perderse si os distanciáis.

Draco miró a los lados para asegurarse de que nadie estaba leyendo su carta de reojo. Blaise estaba muy ocupado quitándole todas las pasas a un trozo de tarta y Pansy le estaba contando algo a su novio, por lo que estaba dándole la espalda. Nott estaba sentado frente a él leyendo El Profeta con cara de cansancio.

Te deseo un final de curso agradable y espero con impaciencia poder volver a abrazarte. Que las ranas de chocolate que adjunto con esta carta sirvan de motivación para preparar tus exámenes.

Te quiere,

Narcisa O. Malfoy.

Draco abrió una única rana de chocolate mientras salía del Gran Comedor y se dirigía con Pansy a clase de Transformaciones. Aunque se encontraba mejor que la semana anterior, había tenido una pesadilla en la que estaba rodeado de Dementores, y había sido tan vívida que se había despertado buscando a Harry con el brazo por toda la cama. El chocolate le ayudaría.

Supo que ese día iba a ir mal en cuanto abrió la carta y se encontró con que era, cómo no, del chico del que estaba enamorado y al que tendría que renunciar tarde o temprano, dijera lo que dijera su madre.

El Harry de la carta se lo quedó mirando y se mordió el labio con preocupación, y Draco prácticamente pudo oír la voz del Gryffindor dentro de su mente. "¿Has vuelto a tener una pesadilla?". Si no hubiera sabido que las cartas eran una simple imagen en movimiento, habría jurado que aquellas malditas cosas enseñaban al verdadero Harry Potter. ¿Cómo si no podían variar tanto sus expresiones faciales dependiendo del estado de su relación? ¿Cómo podían hacerle oír la voz de Harry?

-Ron, tienes que devolverme mi redacción antes de que lleguemos al aula de McGonagall o sabrá que me la has copiado.

Draco apretó la mandíbula y aceleró el paso, tirando de Pansy para que le siguiera el ritmo. Al parecer, había estado oyendo la voz del Harry Potter real justo detrás de él durante todo el camino.

El día transcurrió con relativa normalidad después de eso. Los profesores dieron clase, y Draco, como siempre, trató de prestar atención y de dejar de fijarse en la mata de pelo negro que estaba inclinada sobre su mesa al frente de la clase. Fue a comer con sus amigos y consiguió terminarse un plato de comida, lo que consideró un pequeño logro personal.

Por la tarde, se dirigió al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras sin apenas sentir ansiedad por lo que podría ocurrir allí si la profesora decidía avergonzarle delante de toda la clase una vez más. Se sentó junto a Pansy en su sitio habitual en el aula de Strigoi e incluso participó activamente en la conversación acerca de lo injustas que habían sido las notas del último examen de Astronomía, a pesar de que él ya no cursaba esa asignatura.

Cuando la puerta del aula se abrió, Draco no oyó los golpes rítmicos de los tacones que la estricta profesora solía llevar puestos. Levantó la vista justo a tiempo de ver unas cuantas cabezas girándose para observar a la directora del colegio, que estaba en ese momento atravesando el pasillo de la clase hasta llegar a la pizarra.

Empezaron a oírse susurros a su alrededor y los latidos del corazón de Draco aceleraron por la incertidumbre. ¿Qué estaba haciendo allí McGonagall? ¿Habría muerto alguien? Y si era así, ¿le culparían a él aunque no tuvieran pruebas solo porque tenía la Marca Tenebrosa grabada en su piel?

-¿Qué habrá pasado? – murmuró Pansy al lado de su oreja. Sobresaltado por la voz de su amiga, Draco suprimió un escalofrío y levantó un hombro a modo de respuesta. No apartó los ojos de la espalda de la directora ni un momento. No quería que su mirada se encontrase con la de Harry.

McGonagall se paró al frente de la clase y se giró para mirarlos sin decir nada. Se hizo el silencio más absoluto.

-Directora McGonagall, ¿ha pasado algo? – preguntó Granger, su tono de voz reflejando la preocupación que Draco estaba sintiendo en aquel momento. La profesora dedicó un momento a observar a la Gryffindor antes de contestar.

-De hecho, sí, ha pasado algo – dijo, con un tono de voz serio pero no demasiado agravado. Draco, de cualquier manera, se puso aún más alerta que antes –. Nada grave, comparado con los contratiempos que han surgido otros años en el colegio, pero sí algo que supondrá un gran inconveniente para vosotros. Veréis – se paró para coger aire y levantar un poco la barbilla, en un intento por parecer más estricta que habría acobardado a Draco si hubiera estado en primero –. Vuestra profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras, Gavrila Strigoi, ha dimitido hace unas horas de su puesto de trabajo y se ha marchado del colegio.

La directora ni se inmutó cuando todos los alumnos de la clase estallaron a la vez en una cacofonía de "qués" y "cómos", mezclados con algún que otro "¡Pero tenemos los ÉXTASIS a la vuelta de la esquina!". A Draco incluso le pareció oír un "será cabrona…" procedente de su derecha.

Tras unos primeros momentos de caos absoluto, McGonagall levantó una mano y, de manera progresiva, todo el mundo fue dejando de gritar hasta que la clase volvió a quedarse en silencio, esperando, expectante, a que la profesora les diera algún tipo de explicación o confesase, tal vez, que era el día de los inocentes y que aquello era una broma.

-Soy plenamente consciente de que tenéis que realizar un examen muy importante en tan solo unas semanas, y creedme, soy la primera que está ahora mismo agobiada por esto.

-¿Por qué se ha marchado? – preguntó Finnigan en cuanto tuvo oportunidad.

-¿Quién nos va a dar clase si ella no está? – intervino Millicent.

-Eso, señor Finnigan, es un asunto personal. En cuanto a la pregunta de la señorita Bulstrode, sabed que, cuando los profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras nos dejaban demasiado pronto en años anteriores, era Severus Snape quien retomaba sus clases solo para los alumnos de séptimo, de manera que pudieran preparar sus ÉXTASIS – contestó McGonagall, más pacientemente de lo que Draco habría sido capaz en su lugar –. Este año, sin embargo, no tenemos a nadie capacitado para cubrir su puesto. Lo haría yo misma, pero me coinciden los horarios con los de mi propia asignatura; ahora mismo, de hecho, debería estar impartiendo Transformaciones a los alumnos de cuarto.

Draco se sentía algo más tranquilo ahora que sabía que nadie había muerto (a no ser, claro estaba, que la historia de que Strigoi había dimitido fuera una tapadera). Sin embargo, la idea de tener que enfrentarse al examen de Defensa sin más preparación que la que ya tenía era agobiante. ¡Ni siquiera podía conjurar un Patronus todavía! Y no habían repasado la mayoría de los hechizos prácticos de ese curso, ni les había sido devuelta su redacción sobre las formas de reconocer y exterminar los huevos de Acromántula.

-Directora McGonagall – la voz de Granger interrumpió su monólogo mental y levantó la mirada para prestar atención a la conversación –. Si ningún profesor puede ocupar el puesto de Strigoi, tal vez Harry pueda hacerlo. Ya nos ha enseñado antes a la mayoría de nosotros, durante quinto curso.

Ese "nosotros" al que la chica se había referido estalló en exclamaciones tales como "¡sí!", "¡es cierto!" y "¡con él aprendí más que con nadie!", esa última proveniente de Neville Longbottom, que incluso se había puesto de pie de la emoción. A su lado, Hannah Abbott estaba asintiendo con vehemencia.

Draco, mientras McGonagall volvía a pedir silencio, solo pudo pensar: "no, no, no. No, por favor", lo que Pansy verbalizó en voz alta a su lado con un tono más despectivo que preocupado.

-Chicos, chicos – insistió la profesora con tono severo hasta que volvió a hacerse el silencio –, por mucho que me gustaría que siguierais teniendo un profesor, no puedo simplemente cargar a uno de vosotros con el peso de impartir clases. Para eso hace falta tener un contrato firmado, recibir un salario, y, desde luego, ¡no ser uno de los alumnos que va a examinarse de esa asignatura!

Las palabras de la directora hicieron que Draco se relajase ligeramente, pero la sensación apenas duró unos segundos, porque Harry, que había estado anormalmente callado durante toda la conversación, hizo su intervención, dirigiéndose directamente a McGonagall.

-Pero, directora, a mí no me importa hacerlo – dijo, con un tono de voz tan honesto que hizo que algo se retorciera dentro de Draco.

"Cómo no, ese estúpido Gryffindor nunca se quedaría tranquilo si no se sacrificase por todos los demás", pensó con desprecio. Pero fue un desprecio forzado, que Draco se obligó a sí mismo a sentir para ocultar lo que la forma de actuar de Harry le hacía sentir en realidad; aprecio, familiaridad, seguridad, sosiego, y solo un poco de exasperación y preocupación por el bienestar del chico, que sería capaz de olvidarse de comer y dormir con tal de estar pendiente de todo el resto del mundo.

-Señor Potter – contestó McGonagall, que empezaba a sonar impaciente –, a pesar de que aprecio su oferta y su deseo de ayudar a sus compañeros, no voy a permitir que un alumno mío dedique una valiosa parte de su tiempo a hacer el trabajo de los profesores…

-Pero Harry no estaría perdiendo el tiempo – interrumpió Weasley –. Enseñar a los demás es la mejor forma de aprender. Además, Harry no se concentra bien estudiando si no le está explicando la materia a otra persona.

Pansy, y varias personas más, soltaron bufidos y risitas al oír aquello, y a Draco le pareció oír a Harry mascullando algo como "gracias, Ron…". McGonagall levantó las cejas con un aire poco impresionado.

-Además – siguió insistiendo Granger, a pesar de que Draco le estaba suplicando en su mente que se callase –, ya hemos terminado de dar la materia. Solo tenemos que practicar los hechizos. Podríamos aprovechar las horas de clase para hacerlo bajo la supervisión de Harry, y de esa forma él no perdería ni un minuto de su tiempo libre.

Draco se dio cuenta, con horror, de que la directora estaba considerando las palabras de Granger.

-¿Y si alguien sale herido? – inquirió tras un momento. La pregunta, al parecer, no era retórica; estaba mirando a los tres Gryffindor sentados ante ella como si esperase de ellos una respuesta seria.

-Le enviamos un Patronus a la Señora Pomfrey para que venga – intervino Michael Corner, hablando como si lo que estaba diciendo fuera lo más obvio del mundo.

Draco atravesó a McGonagall con la mirada, deseando que ella se fijase en él para poder negar con la cabeza, darle alguna señal, hacer cualquier cosa que impidiera que la directora permitiese a Harry dar clase. Pero ella, por supuesto, no dirigió la vista al fondo de la clase. Observó a las personas que habían hablado una a una hasta, al final, pararse en Harry, que estaba sentado medio de lado en su silla y le estaba devolviendo a la profesora una mirada de completa calma.

-¿Estás de acuerdo con todo esto? – le preguntó –. No es tu obligación preparar a tus compañeros para el examen, puedes negarte si así lo deseas.

"Por favor, que se niegue", deseó Draco para sus adentros. Pero, por supuesto, "negarse" no formaba parte del vocabulario de Harry Potter.

-Estoy seguro – contestó, sin apartar la mirada de la directora.

-En ese caso, queda decidido – concluyó McGonagall. Draco apretó la mandíbula hasta que le dolió –. Ven a verme a mi despacho cuando salgas de clase para hablar sobre los hechizos que podéis practicar en las semanas que quedan.

Después de eso, la directora se marchó. Draco, en cuanto vio que los demás empezaban a recoger sus cosas para volver a salir del aula, se largó de allí antes de que Harry pudiera dirigirle siquiera una mirada. Pansy y Blaise lo siguieron de cerca y, para su sorpresa, también Millicent y Nott.

El martes a primera hora de la mañana, todo el colegio se había enterado de la dimisión de la profesora de Defensa, y las historias más inverosímiles y descabelladas estaban circulando de boca en boca por el Gran Comedor mientras Draco removía su comida con el tenedor, incapaz de probar bocado. Algunos rumores decían que había huido del país porque estaba metida en asuntos ilegales; otros, que se había perdido en el Bosque Prohibido e incluso que había muerto.

El favorito de Draco, sin embargo, era el que aseguraba que la mujer llevaba todo el año dando clase con el único propósito de besar a Harry Potter y que, en cuanto lo había conseguido, se había largado. Había oído a un niño de primero contándoselo a otro en la sala común.

Sus amigos no dijeron nada cuando no le vieron comer nada ni en el desayuno ni al mediodía, lo que Draco agradeció. Cuanto más se acercaba la hora de Defensa, más aumentaba su preocupación, hasta el punto de que, mientras caminaba hacia el aula de Defensa esa tarde, empezó a sentir verdaderas ganas de salir corriendo. Lo único que le detuvo fue la idea de McGonagall llamándolo de nuevo a su despacho para echarle la bronca por volver a faltar a clase. ¿Y si le mandaba a su madre una carta? O, peor, ¿y si Dumbledore estaba dentro de su retrato esa vez?

Atravesó la puerta de la clase con la cabeza baja y se sentó en su sitio habitual, al lado de Pansy. Ella, para variar, no estaba hablándole de Fitzroy ni de las clases ni del último cotilleo de Corazón de Bruja. Estaba callada, dirigiéndole a Draco miradas preocupadas, y, después de dejar su mochila al lado de su mesa, agarró la mano de Draco por debajo de la mesa y la apretó con fuerza.

Harry, en lugar de sentarse con sus amigos, se quedó de pie al frente de la clase, esperando a que llegasen los demás alumnos antes de empezar a dar su estúpida clase.

Draco vio, con sorpresa, como un grupo bastante grande de alumnos de séptimo se les unía en el aula. Allí había más personas que sitios libres.

-Hola. ¿Puedo sentarme aquí? – preguntó una voz aguda a su lado. Draco levantó la cabeza para ver a aquella chica, Astoria Greengrass, que estaba esperando pacientemente a que él le diera su permiso antes de ocupar la mesa vacía a su izquierda.

Él empleó su peor cara de desprecio y le dijo algo desagradable. No podía pensar; estaba demasiado ocupado haciendo una lista mental de todas las cosas que podían salir mal en el transcurso de una hora.

-¡Astoria, aquí! – la llamó Millicent. Ella se esfumó de su lado y él no dedicó ni un segundo más de su tiempo a pensar en ella.

Al final, el asiento fue ocupado por Luna Lovegood, que se sentó allí sin preguntar y murmuró algo así como "hoy hace un día excepcionalmente húmedo, ¿no crees?", a lo que él no contestó.

-No os preocupéis si no encontráis un sitio – fue lo primero que dijo Harry al dirigirse a toda la clase – vamos a levantarnos dentro de poco.

En efecto, tras unos minutos durante los que preguntó a la clase qué hechizos querían repasar y escuchó las respuestas de sus compañeros, todo el mundo se puso en pie y alguien, probablemente Granger, apartó los pupitres para hacer espacio en el centro de la clase para un club de duelo improvisado.

Harry les indicó que se pusieran por parejas, y Draco se giró rápidamente para mirar a Pansy, pero Blaise la alcanzó primero y, antes de que pudiera quejarse, Lovegood estaba tirando de él y dirigiéndose a un lado más despejado del aula.

-Empezaremos con el hechizo Arresto Momentum – indicó el Gryffindor.

Apenas un segundo después, los hechizos empezaron a volar en todas las direcciones. Draco miró a Lovegood, que estaba de pie a un metro de él, y ella le devolvió la mirada, perfectamente calmada.

-No te preocupes, no me importa que me lances el hechizo – comentó la chica, con aquel tono de voz que la hacía parecer una verdadera lunática –. Sé que tú no querías que me mantuvieran apresada en el sótano de tu mansión.

Su estómago se revolvió, y, por un momento, no tuvo ni idea de qué contestar. La culpabilidad que sintió fue casi dolorosa y, por un momento, Draco olvidó que estaba en una clase de la que Harry Potter era el profesor. ¿Cómo podía haber pensado en aquella chica como "Lunática" después de lo que le había ocurrido un año antes?

-No es mi mansión – contestó, casi sin pensar.

-Me alegro por ti – repuso ella con sinceridad –. Estaba llena de Torposoplos.

Draco no tenía absolutamente ningún interés en saber qué era un Torposoplo, de verdad que no. Además, Harry había empezado a pasearse por el aula corrigiendo a los demás en sus movimientos de varita. Tenía que ponerse a trabajar y tenía que hacerlo a la perfección, para que el Gryffindor no encontrase ninguna excusa para hablarle delante de toda la clase.

Apuntó a la chica con la varita y pronunció el conjuro mientras movía la muñeca. Ella trató de moverse para comprobar si el hechizo había surtido efecto. Efectivamente, todos los movimientos de su cuerpo estaban ralentizados. Draco sintió un pequeño indicio de triunfo y, tal y como estaba indicando Harry en aquel momento a toda la clase, lanzó el contrahechizo para que la chica pudiera practicar con él.

Strigoi nunca les había permitido practicar los hechizos ofensivos entre ellos, por lo que Draco no estaba acostumbrado a que alguien le inhabilitara en medio de un espacio lleno de gente. Trató de no asustarse, de no reaccionar, cuando comprobó que le llevaba mucho más tiempo de lo normal dar un par de pasos por la clase. Estaba en un aula, al fin y al cabo. Estaba practicando. La guerra había terminado. No tenía nada de lo que preocuparse. "Además, Harry está aquí", añadió la parte de él que no podía evitar sentirse segura cuando el Gryffindor estaba cerca.

Lovegood lo devolvió a la normalidad y él, aliviado, volvió a probar el hechizo con ella, esa vez recitándolo solo en su mente. Su magia surtió el mismo efecto que la vez anterior, lo que le hizo sentirse orgulloso de sí mismo.

Un movimiento a su lado captó su atención y, al girar la cabeza, Draco se dio cuenta de que Harry había llegado hasta ellos y estaba observando los movimientos de la Ravenclaw y asintiendo con la cabeza. Él se puso muy tenso de pronto. No había estado tan cerca de Harry desde que habían estado tirados en el suelo del campo de Quidditch, y no sabía cómo reaccionar. ¿Qué haría el Gryffindor? ¿Ignorarle? ¿Actuar como si fuese un alumno cualquiera?

Bajó la cabeza rápidamente, esperando no encontrarse con su mirada. Se sintió algo estúpido por ello, porque sabía que lo que habría hecho unos años antes habría sido enfrentarse al Gryffindor directamente, pero ¿cómo podía hacerlo ahora, después de todo lo que les había ocurrido?

-Procura levantar un poco más el codo – indicó Harry con un tono de voz bajo, aunque no lo suficiente para que sonase como un murmuro. Cuando Draco volvió a mirar de reojo hacia su derecha, Harry se había marchado.

Contra todo pronóstico, consiguió sobrevivir a la hora de clase. Lovegood y él tuvieron que lanzarse cuatro hechizos diferentes el uno al otro, y el consejo de Harry, aunque no quisiera admitirlo, le resultó útil. Cuando la gente empezó a salir del aula, Draco recogió su mochila y se marchó de allí a solas, con un centenar de preguntas y pensamientos volando por su mente.

No entendía a qué estaba jugando Harry. Primero declaraba que eran novios, luego dejaba que Draco se enfadase con él sin hacer nada al respecto, ¿y ahora se dirigía a él solo darle consejos sobre el agarre de su varita? No tenía sentido. Y los sentimientos de Draco tampoco lo tenían, la verdad. Porque él era quien se había cabreado con Harry en primer lugar, sí; él era quien había decidido que no podía seguir viéndose con el Gryffindor a escondidas, pero…

Pero una parte de él llevaba todos esos días deseando que Harry hiciera algo. No solo mandarle tres mensajes por una moneda y luego quedarse callado, sino algo más propio de él. Asaltarle bajo su capa de invisibilidad, acorralarle en algún pasillo para discutir, tratar de recuperarle. Algo. Y Harry, en cambio, parecía haber aceptado sin problemas la distancia que Draco, por miedo, había puesto entre ellos. Lo que demostraba que, en el fondo, Draco nunca había llegado a importarle.

Se tiró en uno de los sofás de la sala común y esperó a que sus amigos lo alcanzasen antes de ponerse a estudiar y hacer deberes, dándole vueltas a todo una y otra vez.

-¿Sabéis esa chica de Ravenclaw de séptimo con el pelo corto? Se ha pasado toda la clase de Defensa ligando con Potter y babeando sobre él. ¿Os habéis fijado? – preguntó Pansy mientras trabajaban en los deberes de Encantamientos un rato después.

No, Draco no se había fijado. Pero sí lo hizo al día siguiente, cuando Luna Lovegood volvió a secuestrarlo para ser su pareja de duelo y el grupo de Ravenclaws de su curso se quedó a tan solo unos pasos de ellos. Mientras practicaba los diferentes conjuros defensivos, Draco lanzó miradas furtivas a la chica de pelo corto y marrón, que, efectivamente, estaba sonriéndole a Harry cada vez que pasaba por allí o se paraba a darle alguna indicación.

Lo peor de todo era que el Gryffindor parecía no darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, porque aquella chica, a diferencia de las fanáticas que lo perseguían por todo el colegio y plantaban besos en sus mejillas sin ningún tipo de vergüenza, estaba siendo discreta. Era todo sonrisas e insinuaciones con su expresión corporal.

En una de las ocasiones en que Harry se acercó a esa zona del aula, la chica en cuestión lo llamó para pedirle ayuda. Él acudió, por supuesto, y Draco observó con una frustración creciente como ella aprovechaba el momento para rozar el dorso de su mano contra la de Harry, de una forma casi imperceptible pero que hizo que a Draco le hirviera la sangre.

-Levicorpus – oyó el hechizo pronunciado por la característica voz de Lovegood. Se giró a toda prisa hacia ella, pillado por sorpresa, pero no fue lo bastante rápido. Antes de poder voltearse del todo, estaba colgando de uno de sus tobillos y su uniforme estaba bajándose hasta tapar su cara.

Toda la clase se echó a reír, y él trató sin éxito de descolgarse y de tapar su barriga llena de cicatrices, que había quedado al descubierto. Un segundo después, por suerte, la chica pronunció el contrahechizo y Draco cayó al suelo de forma estrepitosa y poco elegante.

-Recordad que hoy estamos practicando los conjuros defensivos – indicó Harry, dirigiéndose a él a pesar de no estar mirándole. Draco se puso de pie y se alisó el pelo y el uniforme lo más rápido que pudo, poniendo mala cara a cualquiera que estuviera mirándole.

Apenas cinco minutos después, aquella Ravenclaw asquerosa estaba volviendo a hablarle a Harry con tono seductor. Draco estaba haciendo su mayor esfuerzo por concentrarse en lanzarle a Lovegood hechizos para que ella los bloquease, en lugar de dejarse llevar por la rabia y los celos. ¿Es que nadie se daba de cuenta de que aquella tía estaba acaparando a Harry? ¿Por qué nadie hacía nada al respecto?

-Psst, Draco – susurró alguien en su oído. Se giró para ver a Pansy, que se había alejado un momento de Blaise para acercarse a él –. Mira a la Weasley. Está que echa humo por las orejas.

En efecto, la Gryffindor pelirroja se encontraba al alcance de su vista y estaba, también, observando a Harry y a la Ravenclaw de séptimo como si deseara que la chica estallase en llamas. Bueno, al menos él no era el único que tenía celos. Aunque eso no lo hacía mejor.

-Me pregunto por qué lo dejaron – siguió diciendo Pansy a su lado, en un tono de voz muy bajo –. Hacían una buena pareja. Ambos son Gryffindors estúpidos y temerarios, sin ningún tipo de capacidad para cuidar su propio pelo y con ropas que parecer harapos – se rio por lo bajo.

Draco apretó la mandíbula con muchísima fuerza por millonésima vez ese día y asintió a lo que su amiga estaba diciendo, mientras, comprobando que nadie estaba escuchando su conversación, captaba la mirada de curiosidad que Lovegood le estaba lanzando.

-¿Cómo se llama esa chica de pelo corto? – le preguntó a su amiga en un susurro, sin poder resistirse.

Ella puso mala cara, como si le aburriera aquel cambio de tema.

-No lo sé; Cassiopea Osbourne, o Calíope, o algo así – masculló –. He oído que es una marimacho. Me extraña que esté ligando con Potter en vez de con Granger.

Draco decidió no contestar a eso e hizo un gesto en dirección a Lovegood. Pansy, por suerte, captó el mensaje y volvió a irse para seguir practicando con Blaise.

Esa noche, cuando su amiga se cansó de estudiar con él y le dio permiso para irse a su cuarto, Draco se encerró en su cama y dejó que la frustración que llevaba todo el día acumulando saliera en forma de gritos. Después de silenciar las cortinas varias veces, claro.

¿Y si Harry sí se estaba dando cuenta de lo que aquella chica, Osbourne, estaba haciendo? ¿Y si a él también le gustaba ella? El muy imbécil ni siquiera había tenido el detalle de cortar con Draco antes de ponerse a ligar con otra persona. Ni siquiera había intentado luchar por lo que tenían.

Aquello era tan, tan frustrante.

Sacó de sus bolsillos la carta de las ranas de chocolate con su cara y también el galeón falso, que, por algún motivo, seguía llevando consigo a todas partes. Se rio de su suerte; había quemado una carta y ya tenía otra entre sus manos. El mundo debía de odiarle más de lo que él creía.

Estaba deliberando sobre si destruir aquella carta o emplearla para confesarle a la imagen de Harry todo lo que sentía cuando ocurrió. El galeón falso, después de una semana y media inactivo, se calentó.

Draco lo giró en su palma con el corazón en la garganta y aguantando la respiración. ¿Sería aquello un error? ¿Estaba Harry hablándole de verdad?

"Tenemos que hablar".

Aquellas tres simples palabras hicieron que sintiera ganas de gritar una vez más. Y de vomitar, ya de paso. Incapaz de contestar o de pensar siquiera, esperó a que el Gryffindor siguiera escribiendo, si es que era él en verdad quien tenía la moneda. Tal vez se la había robado alguien.

"Quiero hablar contigo", decía el siguiente mensaje. "Pero no voy a asaltarte". "Si quieres hablar conmigo", "tienes que venir tú a mi encuentro".

Lo primero que fue capaz de procesar el cerebro de Draco fue que toda la imagen de la moneda se había borrado para dar cabida al mensaje de Harry. ¿Cuándo había modificado el chico la moneda para que pudiera mandar mensajes con más de quince caracteres?

Lo segundo fue que Harry quería hablar con él. O, más bien, quería que Draco quisiera hablar con él. Y, por Salazar, él quería. Era lo que más quería en el mundo. Estar bien con Harry; volver atrás en el tiempo y poder acurrucarse entre sus brazos y sentirse seguro y despertar a su lado. Pero no podía cambiar lo que había ocurrido en esas últimas dos semanas, y sabía que Harry, muy probablemente, tenía la intención de cortar con él.

Draco tomó la decisión de no contestar a esos mensajes. Dejó la moneda en su mesita y se metió en la cama, tratando de convencerse a sí mismo de que nunca los había recibido en primer lugar.

Esa noche, volvió a soñar que Harry se moría.

Al día siguiente, el Gryffindor no se dirigió a él en toda la hora de clase. Al menos, no con palabras. Se pasó tres cuartos del tiempo lanzándole miradas muy poco discretas, que Draco pudo sentir quemando su piel como el hierro caliente. Se dijo a sí mismo que no debía mirar, que no podía devolvérselas, que tenía que superar sus sentimientos hacia él.

Por supuesto, al cabo de media hora, su fuerza de voluntad no dio más de sí. Los ojos de Draco se clavaron en Harry sin su permiso y, en cuanto miró al chico, ya no pudo apartar la vista. Al cabo de unos segundos, sus miradas se encontraron.

A Draco casi se le escapa un jadeo por la sorpresa.

¿Cuánto tiempo llevaba sin mirar a Harry? No recordaba haberse fijado en él desde aquella clase de Encantamientos el lunes tras el partido, e incluso entonces solo se habían mirado un instante y medio de lado.

El Gryffindor estaba hecho polvo. Su pelo estaba mucho más enredado de lo habitual, como si se hubiera pasado muchas noches seguidas dando vueltas sin dormir. Sus ojeras, más profundas de lo que las había visto desde que Voldemort había sido derrotado, eran una prueba más de la teoría de que no estaba durmiendo bien. La sombra de una barba había empezado a crecer en la piel de sus mejillas, descuidada, y sus hombros estaban hundidos.

Draco no tenía ni idea de cómo podía estar dando clase Harry en aquel estado. Parecía a punto de colapsar. Eso hizo que todas sus dudas acerca de los sentimientos de Harry volviesen a aflorar en su mente. ¿Y si sí que se preocupaba por él? ¿Y si lo que había ocurrido entre ellos era lo que lo mantenía despierto por las noches? Más confuso que nunca, tuvo que hacer un esfuerzo increíble para seguir prestando atención a Lovegood durante el resto de la hora.

-Bien, hemos terminado por hoy – anunció Harry a toda la clase un rato después. Draco percibió el cansancio en su voz, y se preguntó cómo podía haberle pasado desapercibido hasta ese momento –. Antes de que os marchéis, tengo que hablaros de la clase de mañana. McGonagall me ha dicho que hay un Boggart en el despacho de Runas Antiguas – comunicó –. Ya sabéis que los examinadores pueden pedirnos que nos enfrentemos a uno, y eso es algo que no hemos hecho desde tercero. Sé que parece algo muy fácil, porque nos lo enseñaron cuando éramos pequeños, pero no lo es. Los miedos de unos niños de trece años no son los mismos que los de gente de diecisiete y dieciocho que ha vivido una guerra. Por eso quiero saber si queréis que dediquemos la clase de mañana a eso o no – concluyó –. Si lo preferís, podemos hacerlo en privado, para que no tengáis que enfrentaros a vuestros Boggarts delante de toda la clase.

Por algún motivo, todo el mundo se puso de acuerdo en que no les importaba enfrentarse en público a su mayor miedo. Draco no dijo nada, y tampoco lo hizo ningún otro Slytherin, ni de séptimo ni de octavo. Todos debían de sentirse como unos extraños allí.

-Está bien, lo haremos mañana en la hora de clase – declaró Harry tras oír la opinión de quienes la compartieron en voz alta –. Pero si alguien no quiere hacerlo, que me avise. Quedaré a solas con esa persona en otro momento.

Nada más salir de clase, Pansy estaba maquinando en voz alta su plan para evitar tener que participar en la clase del viernes y no tener que quedar a solas con Harry, tampoco.

-Si nos manda ponernos en fila, me iré moviendo al final de la cola antes de mi turno. Si no, procuraré mantenerme a su espalda, para que no me vea y no me mande enfrentarme a él – les explicó a Blaise y a él –. ¿Qué vais a hacer vosotros?

-Lo mismo que tú – repuso Blaise, encogiéndose de hombros –. Y enfrentarme a él si es inevitable. Paso de quedar a solas con Potty.

Draco asintió. Él imitaría a Pansy. El pronóstico de enfrentarse a un Boggart delante de un montón de gente no era ni de lejos tan malo como hacerlo a solas con Harry.

Esa noche, Draco se quedó un buen rato mirando su moneda falsa. Quería que volviera a calentarse y, al mismo tiempo, tenía muchísimo miedo de que eso ocurriera. También quería contestar algo, pero sabía que ya había pasado demasiado tiempo desde que había recibido los mensajes como para que fuera normal hacerlo. Además, no tenía ni idea de qué decir. En varias ocasiones, levantó la varita con el objetivo empezar a escribir una respuesta, solo para volver a bajarla después, seguro de que lo que estaba a punto de decir era una tontería o estaba completamente fuera de lugar.

La clase de Defensa del viernes llegó mucho antes de lo que había previsto, y, al verse a sí mismo de pie en el despacho de Runas Antiguas en medio de un amplio grupo de alumnos, Draco se dio cuenta de que no se sentía preparado para lo que estaba a punto de ocurrir.

Harry les hizo practicar una vez el conjuro Ridikkulus y, después de eso, les indicó, tal y como Lupin había hecho en su día, que pensasen en su mayor miedo y en una forma de volverlo divertido. "Eso es más fácil decirlo que hacerlo", opinó Draco en sus adentros. Después de eso, sin embargo, lo intentó en serio.

¿Cuál era su mayor miedo? No tenía ni idea. Había una lista demasiado larga de cosas y, sobre todo, personas – monstruos – que le daban miedo. Que eran recurrentes en sus pesadillas. Había hecho una lista la noche anterior, y, a pesar de que no le había llevado a ninguna conclusión, la repasó mentalmente:

Su padre, que siempre le había exigido más de lo que él era capaz de dar y le había hecho sentir como una decepción.

Voldemort, que había vivido, torturado y asesinado en su casa, que había grabado la Marca Tenebrosa en su brazo y le había forzado a elegir entre convertirse en un asesino o ver morir a toda su familia.

Su cruel y despiadada tía Bellatrix, que disfrutaba causando dolor y que se había reído de él mientras lo sujetaba contra el suelo y escribía la palabra "traidor" en su antebrazo con cortes profundos.

Nagini, la serpiente que había devorado brutalmente a la profesora de Estudios Muggles en la mesa en la que Draco había estado desayunando, comiendo y cenando durante toda su infancia, y que habría sido capaz de acabar con él en un instante en cualquier momento, solo con que Voldemort diera la orden.

Los Dementores, que, durante dos meses, se habían dedicado a extraer de él toda la energía vital y le habían forzado a revivir una y otra vez sus peores experiencias.

¿Cómo podía convertir cualquiera de esas cosas en divertida? No podía. Era, sencillamente, imposible.

Se dio cuenta de que la clase ya había empezado y se situó con Pansy al final de la cola, desde donde pudo observar a Parvati Patil enfrentándose a Fenrir Greyback y, tras un momento, convirtiéndolo en un cachorro. Detrás de ella, Padma Patil tuvo que enfrentarse al cadáver de su hermana. Parvati le dio la mano, y la Ravenclaw, con un movimiento de varita, transformó el cuerpo inerte del Boggart en un zombi vestido de sevillana.

El mayor miedo de Weasley, al parecer, era perder a sus seres queridos. Uno tras otro, los cuerpos sin vida de sus hermanos, sus padres, Harry y Granger fueron apareciendo ante él. Le llevó un momento, pero el pelirrojo convirtió lo que en ese momento era el cuerpo de su hermana pequeña en un hurón blanco y se echó a reír. Draco apenas tuvo tiempo de sentirse ofendido por aquello; estaba demasiado nervioso.

Algunos tuvieron más problemas que otros para enfrentarse a sus miedos. Durante los siguientes veinte minutos, el Boggart se transformó varias veces en Voldemort, en los hermanos Carrow y en cadáveres. Draco se había mantenido todo ese tiempo al final de la cola, decidido a no tener que averiguar jamás qué ocurriría si enfrentase a aquella criatura.

O, al menos, él creyó que seguía al final de la cola. Concentrado como estaba en lo que los demás estaban haciendo, había dejado que la fila se fuese acortando ante él. Trató de escabullirse de nuevo hacia el final, pero, de un momento a otro, Longbottom y Corner se tropezaron justo a su lado y empujaron a Draco hacia el frente de la clase, de forma que, en cuanto un Hufflepuff de séptimo se apartó de delante de él, se quedó mirando cara a cara a Amycus Carrow.

En el tiempo que le llevó al Boggart cambiar de forma, Draco solo pudo recitar la lista en su mente una vez más, presa del horror de lo que estaba a punto de suceder. "Mi padre. Voldemort. Nagini. Bellatrix. Dementores". Esas eran las opciones más probables.

La forma de Carrow desapareció del despacho y se transformó, de una forma tan lenta que le resultó casi agonizante, en una figura humana con una túnica morada de aspecto antiguo y una extensa barba blanca que caía hasta la altura de su propio ombligo. Unos ojos azules le observaron desde detrás de unas gafas transparentes, llenos de desdén.

Draco no podía respirar. Estaba completamente paralizado.

Su Boggart era Dumbledore.

"¿Qué pasa?", resonó la voz del antiguo director dentro de su cabeza. O tal vez en voz alta. "¿Esto no es lo que te esperabas? ¿Creías que verías ante ti a un monstruo?"

Apretó su varita en su puño, temblando y tratando de coger aire a través del estallido de pánico que se había desatado dentro de su pecho. Intentó apuntar al Boggart con la varita, pero estaba completamente paralizado por el miedo.

"Ah, Draco. ¿Es que no lo ves? Tú eres el monstruo".

Cogió una gran bocanada de aire y se le escapó un sollozo.

-No… – musitó, negando una y otra vez con la cabeza –. No, no, no…

"Sí, Draco. Tú me mataste. Eres un monstruo. Eres un asesino".

Le temblaron las rodillas. Fue apenas consciente de que, a su alrededor, sus compañeros de clase estaban diciendo algo. Oía sus voces como si estuvieran al fondo de un túnel.

-¡Usa el conjuro Ridikkulus, Draco!

-¡Piensa en algo gracioso!

-No, no, no... – repitió él, una y otra vez, de forma errática.

"No deberían haber permitido que volvieras a este colegio", siguió diciendo la voz, mientras Dumbledore avanzaba, paso a paso, en su dirección. "Deberías estar entre rejas, rodeado de Dementores, junto a tu padre. Eres como él. Un mortífago. Un asesino. De no ser por ti, yo seguiría vivo. Eres un asesino".

Draco sollozó de nuevo y sintió, impotente, como las lágrimas bajaban calientes por sus mejillas. Sus rodillas empezaron a temblar con mucha más fuerza y, justo antes de que cedieran, la voz de Harry se hizo audible a través del caos que se había desatado dentro de su cabeza.

-¡¡Draco!!

Se desplomó hacia delante, sus rodillas tocando el suelo al mismo tiempo, lo que envió dos corrientes de dolor a través de su cuerpo. Notó que alguien lo sujetaba y un calor contra su espalda y se dio cuenta, unos segundos después, de que Harry lo había atrapado entre sus brazos antes de que pudiese golpearse la cabeza. El Gryffindor estaba moviéndose sin soltarle para escudar con su cuerpo el de Draco, hasta que, como una nube, la figura de Dumbledore se desvaneció y fue sustituida por la de un Dementor.

"Inspira, espira. Inspira, espira", repitió en su mente como un mantra, obligándose a sí mismo a llenar sus pulmones de aire.

El ataque de pánico terminó casi tan rápido como había llegado, y Draco fue plenamente consciente de que toda la clase estaba rodeándolos a él y a Harry, quien estaba sujetando todo el peso de su cuerpo bajo sus brazos mientras conjuraba un Patronus para mantener al Dementor a raya.

Se puso de pie de un salto y pasó la manga de su túnica por sus mejillas a toda prisa, borrando de allí cualquier rastro de las lágrimas que acababa de llorar. Acto seguido, empujó a un grupo de gente y, tras abrirse paso a través del círculo, salió corriendo por la puerta de la clase sin mirar atrás.