Destino.
Los personajes de Candy Candy pertenecen a sus respectivas autoras K. Mizuki y. Igarashi. Ésta es una historia construida con la única intención de esparcimiento, sin fines de lucro, cuyo capítulo final (epílogo) pertenece totalmente a mi imaginación.
Epílogo.
Las notas del piano sonaban alegrando la estancia, los dedos se deslizaban por las teclas de marfil manteniendo varios pares de ojos fijos en la persona causante de tan maravillosa melodía. Sus hermosos ojos azules, brillantes y enigmáticos, no observaban a nadie, por el contrario, no dejaban escapar un solo detalle de aquella partitura. Sus manos se notaban delicadas, elegantes e increíblemente blancas.
Todo en ella parecía flotar como si fuera un hermoso ángel que tocaba bellamente las notas en el piano.
Al terminar, se levantó del asiento y todos alrededor aplaudieron con euforia mientras la chica muy sutilmente sonrió.
- "Lo has hecho maravillosamente Isabel." Exclamó Candy emocionada mientras continuaba aplaudiendo sin parar.
- "No soy tan buena mamá... al menos no tanto como papá."
- "Todo a su tiempo Issy, ¿te gusta tocar el piano?"
- "Me hace feliz."
- "Eso es lo realmente importante, pequeña pecosa." Agregó Terry acariciando el largo cabello castaño de su hija.
La chica sonrió abiertamente haciendo saltar alegremente las pecas sobre su nariz y acto seguido, echó a correr tras un muchacho rubio que le hacía señas desde el jardín."
- "Tu hija es una gran pianista."
- "Sí... lo es." Sonrió de lado Terry mientras cerraba la tapa del piano.
- "Y muy pronto se convertirá en una adolescente..."
- "Así parece... es algo inevitable." Suspiró resignado el orgulloso padre perdiendo la sonrisa.
- "... Y será una hermosa mujer."
- "¡Ya lo sé! ¿Por qué me dices todo esto? ¿Deseas que sea incapaz de dormir por las noches, Albert?"
- "¿Aún puedes hacerlo?"
- "Sinceramente... no." Contestó el castaño apretando los labios y haciendo una curiosa mueca.
Albert se carcajeó a costa de un preocupado Terry que fruncía el ceño y miraba hacia él.
- "Por otro lado, según sé, has encontrado la horma de tu zapato. Es sorprendente lo mucho que se parecen tus hijos a ti. Isabel tiene tus ojos y Edward no puede negar su herencia genética con esa agilidad para embromar a la gente, a pesar de esos angelicales rizos rubios en la cabeza."
- "Así parece." Afirmó Terry mirando a sus hijos trepar uno de los árboles del jardín. – "Y como verás, también han heredado muchas de las preferencias de cierto Tarzan pecoso."
- "Eso también es inevitable." Dijo Albert encogiéndose de hombros y tomando una de las fotografías que adornaban la chimenea.
Estaba completamente desenfocada, sin embargo, en ella se alcanzaba a ver una avioneta algo maltrecha en el fondo y a cinco jóvenes sonrientes hacia la cámara. Candy agitaba la mano y parecía gritar algo con Terry a su lado, Annie miraba a Archie que posaba con una sonrisa coqueta y esa gallardía propia de él, mientras que Paty sonreía con la cabeza ladeada y singular dulzura hacia la persona detrás de la lente, que no podía ser otro que Stear. Todos mostraban ese brillo fantástico de un verano lleno de alegría en una época ya muy lejana.
Albert suspiró mientras dejaba la fotografía en su lugar.
Nuevamente la sombra de la guerra hacía su aparición; era la primavera de 1939, unos meses después iniciaría una batalla durante largos años que nadie podría evitar.
- "¿Has tenido noticias de Stratford?"
- "Pocas, la compañía ha continuado algunas representaciones, pero la gente ha dejado de acudir al teatro."
- "Hiciste lo correcto al traer a tu familia a América Terry, no debe haber sido una decisión fácil, pero todos estamos muy contentos de tenerlos aquí."
- "¿Crees que tu sobrino El Elegante pueda decir lo mismo?" preguntó Terry con una sonrisa burlona mientras miraba la misma fotografía que Albert había tomado.
- "Bueno, estoy seguro de que él está feliz de ver a Candy y a los chicos..." estalló en risas Albert. – "Y sabes bien que en el fondo te ha llegado a aceptar... muuuuuy en el fondo." Dijo entornando los ojos y encogiéndose de hombros.
- "Tan en el fondo que prácticamente nadie lo sabe, ¡y es completamente correspondido!"
- "Terry, eres incorregible, ¿dejarás las peleas alguna vez?"
- "Somos unos rebeldes Albert, nosotros no dejamos de ser revoltosos jamás. Mírate a ti, aún con ese traje y tus múltiples obligaciones te las has ingeniado para seguir viajando a lugares magníficos."
- "No lo niego, aunque tener más libertad hubiera sido mejor. Lo cual me recuerda que debo partir, mañana por la mañana debo hacer algunas visitas de negocios y..."
- "¡Bert! ¿pensabas escabullirte antes de cenar?" chilló Candy quien caminaba apresurada limpiándose las manos en el delantal.
- "Me parece que no es el único que desea escapar de tus delicias culinarias, querida."
- "¡Terrence, si lo deseas puedes quedarte sin cenar, mejor para nosotros que disfrutaremos en mayor cantidad!"
- "¡Glotona desde tiempos inmemorables!" se burló Terry mientras señalaba las fotografías y le guiñaba un ojo a su mujer. – "Albert, ¿en verdad debes irte?"
- "Debo. Denles un beso a los chicos de mi parte." Dijo Albert estrechando la mano de Terry y besando la frente de Candy al salir.
Mientras lo miraba por la ventana al subir a su auto, Terry murmuró:
- "Albert es un tipo genial."
Candy asintió.
- "Ha sido una bendición tenerlo como parte de nuestra familia."
Terry guardó silencio unos minutos. Él sabía lo difícil que debió haber sido para Albert ver a Candy llegar a América convertida en su legítima esposa y luego tener que entregarla a él nuevamente frente al altar en aquella ceremonia que hicieron en la capilla del Hogar de Pony para que todos pudieran celebrar con ellos su amor. No, no pudo haber sido fácil para él, sin embargo, sus ojos no reflejaban tristeza ya, sino una especie de dulzura y resignación, sin duda el amor de Albert por Candy era infinito; la vida no le bastaría para agradecerle el haber sido el autor de varios de sus encuentros, aún sin saberlo.
El Hogar de Pony se veía bellísimo en la primavera, él lo recordaba muy bien por aquel invierno cuando recién regresaba de Londres, pero el día de su segunda ceremonia nupcial, no tuvo comparación.
Jamás podría olvidar lo hermosa que se veía su Pecosa con el cabello lleno de flores y su vestido vaporoso, entrando del brazo de Albert y custodiada por sus madres que no pararon de llorar un segundo. Llevaría por siempre con él la sensación del fuerte abrazo que la Señorita Pony le dio mientras lo llamaba hijo y las palabras de la Hermana María que no dejaba de expresarle lo feliz que estaba de volverlo a ver y de haber podido enviar su carta a Candy con aquellas breves líneas que solamente ellos dos conocían. Qué feliz infancia debía haber tenido su mujer junto a esas maravillosamente cálidas mujeres.
Sin esfuerzo, esa misma tarde pudo nombrar a cada persona importante en la vida de Candy. Empezando por aquél curioso joven que conoció siendo un niño un día nevado muchos años atrás, que le llamaba "jefe" a ella y le advirtió frente a la algarabía del resto de los niños, que si le provocaba el más mínimo sufrimiento se las vería con él. También estaba Tom, el amigo de la infancia, que le estrechó la mano con fuerza y bromeó diciéndole lo mucho que le admiraba por haber aceptado a tremenda revoltosa y necia pecosa hasta el fin de sus días, mientras Candy le daba un codazo en las costillas. Y tanta gente que, como él, la amaba profundamente.
Annie y Patricia lo miraban como si no pudieran creer que estaba ahí, pero encontró en sus ojos la alegría que compartían por su amiga de la adolescencia.
También recordó la mirada resentida de Archibald durante todo el festejo y el momento en que, con las manos empuñadas, lo encaró en privado diciéndole que lo haría trizas si volvía a lastimar a Candy, mientras con los ojos nublados por la rabia, le relataba lo enferma que la había encontrado al regresar a Chicago tras ese fatídico viaje a Nueva York y la manera en la que en los meses subsecuentes, ella trató en vano de ocultarles su dolor. El corazón encogido de Terry impidió que pudiera rebatirle una sola cosa, limitándose a asentir y jurándose a sí mismo que jamás volvería a pasar. Esa pesadilla había quedado atrás.
Pasarían muchos años antes de que Archie pudiera aceptar que Candy había vuelto a elegir a ese arrogante inglés, y que fueron él y su esposa Annie, quienes la hicieron abordar aquel trasatlántico en donde se volvieron a encontrar.
- "¿Terry, estás bien?" le habló Candy con dulzura regresándolo a su presente.
- "Sí, señora Pecas." Dijo él regresando de aquella nube de recuerdos, con esa profunda voz que a ella tanto le gustaba mientras la abrazaba aspirando el aroma de su cabello.
- "¿En qué estaba soñando, señor insolente?" rio ella tratando de mostrarse enfadada por aquel sobrenombre solo para hacerle reír, pues no había podido ocultarle esa mirada melancólica que por muy breves instantes había mostrado su amor.
- "En ti, siempre en ti, Candy Graham. Pienso que aún no sé cómo es que he tenido tanta suerte. Tú... tú que te mereces..."
- "A ti... Tú eres lo que me merezco. Terry, este hogar, este amor, esta familia, es el mejor regalo que alguien pudo darme."
- "Aun así Candy, es algo que no termino de creer, parece un sueño"
- "Somos del mismo material con que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños"**
- "Veo que has estado estudiando a Shakespeare, Pecosa... ¿es hora de traer a los chicos para la cena?"
- "No crea que me ha convencido de dejar este tema, señor Graham. Insistiré hasta saber qué sucede en sus momentos de melancolía."
- "Sigues siendo un Tarzan pecoso y entrometido." Suspiró simulando fastidio y sonriendo sin poder evitarlo mientras salía al jardín con las manos en los bolsillos y la mirada más brillante.
Al llegar al pie del árbol en el centro de su jardín, Terry se sentó unos minutos a mirar el atardecer, seguía siendo su momento favorito del día ver cuando el azul del cielo se tornaba rojizo.
- "¿Qué hiciste esta vez?"
- "¿Cómo?" Respondió Terry
- "Cada vez que veo esa mirada tuya papá, tiene que ver contigo y algún regaño de mamá." Le dijo un chico con ojos verdiazules y mirada socarrona que lo observaba desde atrás del árbol que eligió para recargarse.
- "¿Y qué te hace pensar que he sido yo el que ha hecho algo?" argumentó Terry frunciendo el ceño.
- "Es la costumbre..." se encogió de hombros el chico mientras miraba el atardecer. – "Un tigre no puede cambiar sus rayas."
- "Por amor en ocasiones lo logra." Sonrió el castaño.
- "¿Cómo supiste que era ella?"
- "¿Ella?"
- "Sí... ¿cómo supiste que mamá era la indicada?"
- "No todos los días me topaba con una curiosa mona con pecas y..."
- "¡Vamos papá! ¡Estoy hablando en serio!"
Terry abrió los ojos sorprendido por el tono serio que había tomado la conversación y resopló resignado. Su hijo había llegado a esa edad.
- "Creo que desde que la vi la primera vez supe que ella era distinta a las demás."
- "¡Fue un flechazo al corazón, un amor a primera vista!" gritó Isabel desde una de las ramas del árbol.
- "¡Y para mamá, amor al primer gruñido! Nos ha contado cómo le dabas dolores de cabeza." Se carcajeó sin parar Edward sacudiendo sus rizos rubios y provocando una mueca por parte de Terry.
- "El amor no tiene un por qué..." Respondió Issy haciendo callar a su hermano de una vez. – "Simplemente lo sabes, ¿no es así papá? Quizás es el destino que enlaza a una y otra persona como en la historia del hilo rojo* que nos contaste."
¡Santo Dios! ¿En dónde habían quedado esos pequeños que le preguntaban cosas tan sencillas como por qué no debían comer dulces antes de cenar? Terry veía aproximarse una lluvia de preguntas cuyas explicaciones no recaían precisamente en su campo de dominio.
- "¿Mamá también se enamoró de ti a primera vista? ¿Qué fue lo primero que te dijo? ¿Cómo te diste cuenta de que no le eras indiferente?"
- "Isabel, son demasiadas preguntas..." balbuceó el castaño.
- "¿Te habías enamorado antes papá?" añadió el joven rubio. – "¿Es posible amar a más de una persona a la vez? ¿Cómo sabes cuál de ellas es tu alma gemela?"
Candy trató de contener la risa mientras veía a Terry en apuros.
- "La cena está lista así que este interrogatorio a su padre tendrá que esperar, ¡vayan a lavarse chicos!" dijo Candy con las manos en la cintura y sonrisa traviesa mirando cómo Terry ponía una mano sobre su pecho, aliviado de tener que contestar a las preguntas de dos jovencitos llenos de dudas que tendrían que vivir para encontrar sus propias respuestas.
Ambos chicos corrieron dentro de la casa riendo y jugándose bromas mutuamente mientras sus padres los seguían con la mirada.
- "Las preguntas cada vez se vuelven más complejas. Extraño aquella época en que eran bebés y la vida era más simple." Dijo Terry abrazando a su esposa.
- "¿Crees que ellos tengan tanta suerte como nosotros, Terry? En cuanto Issy supo que tú y yo nos enamoramos en el Colegio me ha preguntado si ella podría ingresar a un lugar así, incluso Teddy¹ se mostró interesado."
- "¡Dios! Creo que no saben lo que dicen... siendo hijos nuestros conocerían más los cuartos de meditación que su propia habitación, o quizás escaparían por las noches buscando aventuras."
- "¡Terry! Ellos son buenos chicos."
- "Una buena chica que no puede resistirse a trepar cuanto árbol se atraviesa en su camino, y un buen chico que no puede evitar ponerle apodos a la gente, ¿qué crees que dirían las Hermanas del Real Colegio San Pablo acerca de tan curiosas actividades de tiempo libre?"
- "Lo mismo que decían de ti y de mí." Rio Candy. – "Y mira lo bien que resultó todo... les deseo que construyan historias tan felices como la nuestra."
- "Hmmm... yo no sé si quisiera toda la historia completa para ellos." Gruñó Terry tratando de sacar de su cabeza los malos momentos mientras abrazaba con fuerza a su esposa.
- "Nadie dijo que crecer sería fácil amor mío, pero siempre es bueno. Pidámosles a las estrellas que para ellos la vida sea un recorrido fantástico."
- "Pecosa, no está en las estrellas mantener nuestro destino, sino en nosotros mismos**. Deseo que ellos elijan el que les parezca el mejor camino y sé que serán tan dichosos como nosotros."
- "Al final tuvimos nuestro final feliz ¿no lo crees mocoso insolente?" Sin tener que mirarla, Terry sabía que ella sonreía.
- "El mejor de los finales Tarzan Pecoso; por cierto, me parece que hoy te han salido más pecas... Debo verificarlo concienzudamente esta noche." Dijo él besándole la palma de la mano y encerrando en ella su cálido beso.
- "¡Qué bien! Sin duda debería mostrarte la colección que he reunido en todos estos años, ¿un beso por cada peca?"
- "Mi amor para cada peca."
- "Te amo Terrence Graham de Pecas."
- "Y yo a ti, por siempre, Candice Graham."
Y con las manos y los corazones entrelazados, caminaron hacia el hogar que ambos siempre soñaron.
FIN
Notas:
Teddy¹ Diminutivo inglés para Edward
*Leyenda del hilo rojo: "Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper". Milenaria leyenda oriental.
** Frase de William Shakespeare.
Mis queridas todas, he tardado mucho en el epílogo, lo sé. También me alejé del Candy mundo un rato pues las labores del día a día me secuestraron y cuando tuve tiempo al fin, hace unas semanas, resultó que Terry me había retirado la palabra por no hacerle caso. Pero... finalmente ha decidido perdonarme así que estoy escribiendo una nueva historia, algo distinta, más ficción, ya se las presentaré en breve.
Desde el corazón gracias a Phambe y quienes que me han escrito para ponerse en contacto y a todas quienes me pidieron este epílogo hace meses, créanme que lo he tenido como uno de mis pendientes principales, pero hasta ahora he podido llegar a él, cada noche ya en casa tenía la meta de ponerme a escribir y a veces simplemente me quedaba dormida y soñaba que ya lo había escrito, han sido meses agotadores pero este semestre pinta para que haya muchas letras para nuestra pareja favorita.
Les deseo una maravillosa noche y un mejor despertar.
Hasta pronto.
ClauT
