Despertarse por las mañanas era algo demasiado complicado para Alfred.

La cama era tan cómoda y tibia. Las sábanas eran suaves, delicadas. Podía aspirar paz y el deseo de seguir y seguir durmiendo.

Salir de su pequeño paraíso era tan doloroso y a la vez tan necesario que incluso a veces le daban ganas de llorar.

Su psiquiatra le había dicho que ese sentimiento de pereza y amor a su cama se debían, en parte, a la depresión. Que con las pastillas recetadas y un poco más de seguridad en si mismo, pronto todo eso pasaría.

Funcionó en un principio. Luego dejó de hacerlo.

Un sentimiento de total frustración consumió su ser un lunes por la mañana, luego de que su quinta alarma sonara. Estaba llegando tarde al trabajo, lo sabía, pero aún así no quería moverse de su pequeño y cómodo refugio.

Al cabo de varios días con el mismo problema, uno de sus compañeros de trabajo, le dijo, de manera suave (no vaya a ser que espantaba a Alfred) que quizás una taza de café matutina le ayudaría.

A decir verdad, esa idea nunca había pasado por su mente. Sonaba como un buen plan.

—Pero… Yo no sé cómo preparar café, y sabes que no me fío de esos sobres instantáneos.

—Podrías ir a alguna cafetería, tomas el café y de paso desayunas allí.

El chico pareció pensarlo.

En su tiempo libre buscó el precio aproximado de aquella amarga bebida. No pasaba de los 4 dólares.

Teniendo esto en cuenta, se podría decir que durante un mes gastaría más de 90 dólares, dinero que podría invertir en cosas mucho más importantes. Sin embargo, el no considerar la idea podría costarle perder su empleo.

Al llegar a casa, decidió idear un plan.

Sentado sobre su mullida cama y con una laptop sobre sus piernas, comenzó a investigar sobre las distintas cafeterías que, o quedaban cerca de su departamento, o de su zona de trabajo.

Eran bastantes ¿Quién lo diría?

Basándose en las reseñas de personas que ya había estado en aquellos lugares, en su pequeña libreta anotó 10 distintos nombres y direcciones.

Durante un mes, iría 3 veces a cada uno de esos locales. Si el plan de "el café matutino ayuda a despertar" funcionaba, escogería la cafetería que más le hubiera gustado.

En su plan no había ni un aparente fallo, y al pasar las semanas, vió que se sentía mejor.

Pulió unos cuántos detalles; cómo que las pastillas que le ayudan con su depresión y ansiedad, las tomaba después de la cena y que por las noches dejaba un sándwich de queso listo en la nevera, para que en la mañana, luego de vestirse, simplemente lo pusiera en el microondas mientras él alistaba su bolso.

Cuando el tiempo de prueba terminó, con sumo cuidado analizó su situación.

El café le había ayudado, le había fascinado en su totalidad el sabor y sus efectos. Probablemente algunos días gastaría unos cuantos centavos de más para probar otras opciones de esa maravillosa bebida. Quizás con caramelo, o chocolate, un frappe no sonaba mal…

Woah... Hace bastante que Alfred F. Jones no tomaba una decisión tan arriesgadamente liberal. Se sentía como todo un salvaje, y le gustaba eso.

Podría decirse que, en conclusión, el plan era un rotundo éxito. Todo apuntaba bien; incluso su peso, que para su sorpresa no varió ni un poquito por la bebida.

Se estiró en la cama y sacó su libreta de notas. Había llegado el momento decisivo. Con un lapicero azul, fue descartando, uno por uno cada local, ya sea por pequeños defectos o cosas que no le gustaron.

La cosa se le puso difícil cuándo sólo quedaron 3 nombres sin tachar.

Tres grandes lugares dónde la calidad, el servicio y el ambiente eran magníficos y únicos. No podía decidir.

No podía.

No podía.

No.

Rascó detrás de su cuello y masajeó sus manos, tratando de calmarse.

Varios minutos estuvo así. ¿Por qué se preocupaba tanto por algo tan insignificante? La respuesta ya la sabía.

¿Cuál sería realmente la mejor opción?

Quizás tenía que enfocarse en otros aspectos. Girar un poco su visión, tal y cómo le había dicho su psicólogo. ¡Eso era!

La escogida, era una cafetería mediana de lindo aspecto: colores claros y delicados. En los muros habían repisas con floreros o macetas muy bonitos, además de velas aromáticas con esencia de vainilla. Las lindas chicas que allí atendían eran muy amables y eficaces, el café era simplemente espléndido ¡Incluso tenían leche de almendras! ¡Eso era awesome*!

Y por último: El local, a diferencia de los otros dos, se encontraba en su camino, a sólo una cuadra del edificio dónde laboraba.

No había ningún error. Se sentía orgulloso de su elección.

Aunque quizás se tuvo que haber percatado más sobre el nombre del lugar.

Después de todo, estaba en ruso.

︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿

Awesome:

Podría apostar una de mis piernas a que todo aquel que lea esto sabe muy bien que significa «awesome» en español. Pero aprovecho este puntito para decir que el Alfred de este fic no es OoC. Las situaciones de su pasado (que futuramente serán mencionadas) lo hicieron así. Por lo tanto, acostúmbrense a que en los siguientes capítulos aparezca un temeroso y vegetariano Alfred, por favor.

︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿︿

First fic!

Should I talk about something about myself or how did I get the idea of this RusAme's fanfic? I really don't know...

Well, actually, that don't care. Probably nobody will notice this piece of shit. ¡Yey!