Nota: Un fic de varios capítulos (no sé cuantos) para quitarme el mal sabor de boca de mi long fic abandonado (no se asusten, nunca se sabe cuando vuelva con ese). Me gusta imaginar a Kurt como Alan Cumming, pero pueden imaginarlo como Kodi Smit-McPhee o como mejor les parezca.

Disclaimer: Ni los personajes ni los escenarios me pertenecen. Todo es de Marvel y las empresas a las que les cedieron sus derechos. Esta historia es realizada sin fines de lucro.


—Si te parece prudente, comenzarás tus clases ahora mismo —le dijo el Profesor.

—Oh, claro... —murmuró mirando al bolso desteñido que llevaba sus pocas pertenencias.

—Puedes dejarlas aquí —le ofreció amablemente. Todo en ese hombre parecía amable y eso era reconfortante para Kurt—. Luego te acomodaremos en tu cuarto.

Kurt asintió agradecido, antes de ser guiado a su salón de clases. Hizo un esfuerzo por caminar erguido y mantener la postura, cuando se presentó frente a sus nuevos compañeros con un "Guten tag" bien pronunciado y un "Espero que nos llevemos bien" que fue respondido con sonrisas amigables.

—Tome asiento junto al señor Allerdyce —le indicó el señor McCoy, con toda su altura y fiera expresión. Era azul.

Kurt obedeció, un poco agradecido, porque ayudaba con la ansiedad el saber qué hacer. El chico, a su lado, no le prestó mayor atención, oculto detrás de una capucha gris.

—Las parejas en esta clase se repiten durante todo el año —le explicó rápidamente al niño nuevo—. Bienvenido a Química aplicada —anunció como si se tratara de una broma. Eso era confuso, pero todo el mundo era confuso para Kurt.

La pizarra estaba cubierta de letras y símbolos que él no entendía. De verdad intentó concentrarse, para no hacer el tonto tan pronto, pero su atención cayó rápidamente y sus ojos se perdieron en la inspección de las manos rosadas que descansaban sobre el bloc de hojas que el Profesor le otorgó ¿Quién pudiera decir que ese reloj negro en su muñeca le brindaba cierta paz?

—Señor Allerdyce, ya hablamos de esto: sin capucha en mi clase —dijo el maestro, haciendo que el niño nuevo volviera su atención al mundo exterior. Se sintió un poco incómodo al darse cuenta de que no había dedicado ni una mirada a su compañero de clases.

El muchacho, junto a Kurt, respondió quitándose la capucha gris. Nightcrawler sintió una punzada cuando entendió el motivo por el que el tal Allerdyce se cubría. Llevaba marcas de aspecto doloroso en el rostro pálido: un ojo morado, el labio partido, el tabique nasal con un corte horizontal y una sutura que bordeaba el inicio del cabello, justo en la esquina derecha.

Kurt no sintió correcto que el señor McCoy obligara al tal Allerdyce a quitarse la capucha. Él mismo sabía lo vergonzoso que resultaban las miradas indiscretas.

Cuando al fin la clase terminó, Nightcrawler creyó que la pasaría muy mal en esa clase si no comenzaba a hacer preguntas y tomar notas.

—Hola —saludó al tal Allerdyce para llamar su atención. Creía que si iba a compartir cada clase de química con ese muchacho, era buena idea tratar de ser amigos—. Mi nombre es Kurt —se presentó, extendiendo su nada familiar mano humana para estrechar la del otro.

El chico de cabello castaño, apenas dignificó el gesto con una mirada, regresó la capucha a su cabeza y tomó sus libros para salir de ahí sin decir nada.

Kurt pensó que ese no podía ser un buen comienzo. Se encogió un poco y trató de recobrar la compostura luego del humillante momento. Si eres tímido y hacen añicos tu intento por socializar, es un poco difícil no sentir dolor.

—Así que tienes mala suerte —le dijo un muchacho rubio, con una sonrisa enorme que indicaba que no estaba intentando ser malo. La expresión de Kurt debió ser suficiente pregunta, porque agregó:— Tienes a Pyro como compañero de Química.

—Bobby... —Una pequeña chica de cabello castaño hizo sonar el nombre como un regaño—. John no es malo, solo es un poco... —pareció dudar de la palabra que usaría.

—¿Lunático? —sugirió el rubio.

—Temperamental —replicó como si lo corrigiera—. Bobby solo bromea —le dijo a Kurt, pareciendo recordar que estaba allí—. Yo soy Kitty. Si necesitas cualquier cosa, solo pídemelo. Somos veteranos en esta escuela.

Kurt agradeció tímidamente la oferta. Ellos parecían buenas personas.

"Kurt, ven a mi oficina. Te presentaré a tu compañero de cuarto".

La voz susurró en su mente y al parecer él tuvo una expresión tonta en el rostro, porque Bobby y Kitty reían bajito.

—¿El Profesor? —preguntó Bobby—. Llegas a acostumbrarte —le prometió.

—Debo ir a su oficina.

—Ve, te guardaremos un lugar con nosotros, en el comedor.

Nightcrawler aceptó agradecido, con una sonrisa renovada. Estaba muy feliz por encontrarse con chicos amables, si debía ser sincero. Caminó hacia la puerta para salir del salón.

—¡Por cierto, lindos ojos! —dijo Kitty a su espalda, con un rubor en las mejillas. La chiquilla creyó que la expresión consternada del niño nuevo era debido a la vergüenza.

Kurt cerró la puerta detrás de él. No pudo evitar dar una mirada al reflejo de un chico de piel blanca y ojos azules, que le devolvía el cristal de la pequeña ventana.

Nadie había halagado sus ojos antes y no estaba seguro de que estuviera bien que la primera persona que lo hiciera, estuviera mirando un rostro que no era el propio.

Apenas llegó a la oficina del Profesor, la voz del hombre susurró en su mente una invitación a pasar, antes de que tocara. Esperaba que fuera cierto eso de llegar a acostumbrarse, porque hasta el momento le daba escalofríos la cosa de la telepatía.

Dentro de la oficina, se hallaba una pequeña figura, enfundada en una sudadera gris, que no se molestó en mirarlo entrar. No hacía falta presentarse.

El chico Bobby iba a reírse mucho de él.

—¿Como estuvo tu primera clase? —le preguntó amablemente el Profesor.

—Bien. Los chicos son amables —medio mintió. Bobby y Kitty lo habían sido, después de todo.

—Sé que es hora de almorzar, no te quitaré más tiempo. —El hombre sonrío apacible, antes de hacer una señal con la mano hacia el tal Allerdyce—. Creo que conoces a John. Él será tu compañero de habitación. Puedes dejar tus cosas allí y luego te guiará al comedor ¿de acuerdo?

Kurt asintió tímido, cuando John giró sobre sus talones para dirigirse a la salida. Le parecía un poco descortés que no se ofreciera a ayudarlo con sus cosas. Eran pocas y podía sólo, pero él era amable y no podía entender a la gente que no lo era.

—Costillas rotas —murmuró John, mirándolo de reojo, cuando sostuvo la puerta para que Kurt saliera. De repente, Nightcrawler se sintió muy tonto. Si el chico estaba golpeado, no era de sorprender que no fuera solo el rostro.

Caminaron en un silencio que para el chico nuevo estaba resultando incómodo, pero seguramente (pensó) era debido a las ideas de su cabeza.

—Entonces... —tartamudeó Kurt, haciendo que su voz sonara extraña. Aclaró su garganta y volvió a intentarlo—. ¿Cuánto llevas en la escuela?

—Dos años, la primera vez y casi tres semanas, la segunda —respondió plano.

Kurt estaba por preguntar a qué se refería con primera y segunda vez, pero John se detuvo frente a una puerta y entró sin tocar.

—Baño —indicó en dirección a una puerta—. Armario. —Señaló otra puerta—. Mi cama, tú cama —dijo al fin, recostándose con cuidado, boca arriba—. No toques mis cosas —le ordenó con aire desinteresado, cuando rebuscó en el cajón de su mesilla de noche. Sacó un frasco con pastillas y se tomó una, sin agua. Luego se recostó con un suspiro que pareció adolorido.

El niño nuevo, trató de fingir que no era increíblemente incómoda toda la situación, dejando sus cosas sobre la cama y paseando su mirada por la pequeña alcoba. No había mucho para ver, las cortinas y las sábanas eran a juego, impersonales, aburridas, pero mucho más bonitas de las que Kurt nunca tuvo en el circo.

—Es... —trató de entablar una conversación, a pesar de que él no fuera bueno en eso.

—El comedor está bajando las escaleras. Sigue por el pasillo y lo encontrarás —le informó el chico tumbado en la cama, sin moverse para verlo. Tenía los ojos cerrados—. Si te pierdes, seguro que alguien te ayudará.

—Oh, creí que...

—¿Te escoltaría? —lo volvió a cortar. Kurt creyó que nunca terminaría una frase ese día—. No, no lo haré —le aseguró—. Hazle un favor a tu vida social en este lugar y ve sólo. Ví que Bobby y Kitty te interceptaron después de clases. Estarás bien.

Nightcrawler trató de no suspirar. Creyó que necesitaría guardarlo para más tarde.

Fue un alivio llegar al comedor sin problemas y ser recibido por Kitty y Bobby. Ellos habían cumplido con su palabra de guardarle un lugar. En la mesa, fue recibido por unas sonrisas grandes y presentaciones rápidas.

Había un chico Piotr, con acento, que lo hizo sentir mucho menos consciente de sí mismo. Ya tendría tiempo de reflexionar sobre el regalo divino que esa escuela era.

También había una chica Rogue, quien sonrío suave, cuando los presentaron. No dijo nada más durante el resto del almuerzo. Eso era curioso, pero a Kurt todo le parecía curioso y había decidido dejar de sonar tonto al preguntar todo lo que pensaba.

Claro que Bobby se rió de él por tener a John de compañero de cuarto y claro que Kitty lo regañó, prometiéndole a Kurt que estaría bien.

—¿Cuál es tu don?

—¿De donde vienes?

—¿Un circo? ¡Eso es asombroso!

Lo bombardearon con amables preguntas y le contaron algunos detalles útiles sobre los maestros.

—El señor McCoy es estricto con los modales en el laboratorio.

—Ororo hace un té maravilloso.

—Si te sientes mal o tienes preguntas "personales" la doctora Grey te ayudará en cualquier momento.

—La oficina del señor Summers siempre está abierta, pero no rompas reglas o será el primero en castigarte.

—El señor Logan da miedo, pero no muerde.

Todo era raro, curioso y nuevo.

Kurt sonrío durante todo el almuerzo y dio gracias silenciosas a dios por la oportunidad que le regaló.

El chico Priot lo acompañó a la siguiente clase, diciendo un "Puedes llamarme Peter". Era un tipo gigante con aura amable, que no daba muchos pasos sin que algún niño más pequeño lo saludara. Era agradable explicándole cosas, así que fue fácil preguntar algo de lo que tenía curiosidad, sin temor a sonar como un tonto.

—¿Kitty y Bobby son algo?

—Sí, llevan un tiempo en eso —respondió casi sin inmutarse—. Así que pon tu mira en otra chica, amigo —bromeó, dándole un manotazo en la espalda, con aire juguetón y una gran risotada.

—¿Qué? —balbuceó Kurt sin entender del todo. Coloso entró al salón de clases sin darle tiempo a preguntar correctamente. Los adolescentes normales eran raros. Incluso en la escuela Xavier, donde nadie era normal, él seguía siendo el raro.

Los chicos no tardaron en invitar a Kurt a cenar, lo que era bueno porque eso podía significar que estaba haciendo amigos y no solo que eran amables. Durante el día no fue invisible ni el fenómeno, pero sí fue interceptado por cada chico con las preguntas "¿Cuál es tu nombre?" y "¿Cuál es tu don?", lo que era reconfortante, mas no por eso menos aburrido con el pasar de las horas.

—Mañana habrá clases de Control de poderes —le dijo Bobby, mientras buscaban su comida—. Es divertido. Los que la tomamos, ya tenemos control, así que es como nuestra hora de juego con algo de trabajo duro —hablaba como si fuera increíblemente emocionante. Resultaba contagioso. Kurt creía que todo en Bobby era emoción y alegría contagiosa o que al menos estaba en un buen día—. Es clase de señor Summers, así que imagina que... —dejó la frase inconclusa al darse vuelta sobre su eje, para dirigirse a la mesa—. Diablos —murmuró de un nuevo mal humor. Fue como si fuera un globo que se desinfló, dejando escapar todo su buen humor.

Kurt se sintió preocupado, hasta que miró en la dirección que su nuevo amigo miraba. Allí, sentado sólo en una mesa, estaba el tal Allerdyce comiendo distraído. Otra vez, Nightcrawler tuvo la necesidad de hacer una pregunta que podía ser tonta.

—Vamos, Bobby —susurró Kitty—. Lo prometimos —le recordó.

El muchacho rubio caminó resignado. Eso solo confundió más a Kurt, porque se sentaron en la misma mesa que John, a pesar de haber mesas libres.

Saludó tímidamente a su compañero de cuarto, sabiendo que sería ignorado. Era solo algo que ya se esperaba con resignación. Ninguno de los chicos que lo acompañaba se molestó en imitarlo. Tal vez ya estaban acostumbrados a que John fuera así.

Bobby retomó la plática donde la había dejado. Comenzó a contarle la historia de cómo, una vez, Storm hizo una nevada porque era Navidad y los chicos querían hacer muñecos de nieve.

Esa escuela era asombrosa.


En la noche, Kurt rezó junto a su cama. Debía agradecer por esa oportunidad, por los amables chicos que tenía como compañeros y el regalo de la vida.

La puerta se abrió en ese momento, obligándolo a mirar en esa dirección.

—¿Católico? —preguntó la voz grave del castaño que aún Kurt no podía decir que era familiar.

—Sí —replicó con algo de esperanza en que John quisiera hablar—. ¿Tú...?

—No —lo cortó, haciendo que las esperanzas del otro cayeran, pero una sonrisa estaba torciendo los labios de John—. Mi familia lo era —agregó amargo. Kurt no entendía como alguien con una sonrisa pudiera sonar así de taciturno—. Solo... Usa la lampara, si te quedas mucho —le pidió luego, cuando se dirigió al baño.

Kurt al fin suspiró, luego de un largo día. Su compañero de cuarto era francamente alguien difícil.


Kurt comenzó a dormir último y despertar primero, cada día. No sabía cómo decirle a John que él era azul y la batería de su reloj no duraría lo suficiente si él lo mantenía funcionando todo el día y toda la noche.

Era el tercer día y él estaba cansado. John lo ignoraba, pero Bobby y los chicos seguían hablando con él cada día.

Kurt pensó que el cansancio valía la pena.


En su clase de Química ocurrió algo por esos días: el profesor McCoy les explicó que deberían comenzar a tomar asistencia.

—Nos conoce a todos, señor —señaló Kitty; la siempre inteligente Kitty.

—Lo sé, señorita Pryde. Pero es una cuestión administrativa. Si queremos que su título de escuela sea aceptado por el gobierno, debemos cumplir con estas cosas —explicó amablemente, a pesar de que se notaba su poco interés en la tarea. Tomó un bolígrafo y la lista, comenzando:— Saint John Allerdyce.

Kurt no supo por qué lo hizo. Él no solía actuar sin pensar, pero su mente detectó el error, tan naturalmente como debió corregirlo.

—Sin Jin —dijo en voz suficientemente alta para que el profesor lo oyera y el intento del tal Allerdyce por responder fuera cuartado.

El doctor McCoy levantó la mirada de la lista, levantó las cejas con una obvia pregunta en su semblante.

—Se pronuncia Sin Jin —se explicó tan distraidamente que no fue capaz de avergonzarse como debería—. El santo de la lealtad y la amistad —agregó el dato, como si estuviera justificando su respuesta.

El doctor McCoy paseó su mirada hacia su compañero de banco, haciendo que él mismo imitara el gesto. John lo miraba con algo como la sorpresa en sus ojos.

—Eso... es correcto —aceptó. Parecía no estar seguro de lo que debía decir.

—Interesante —fue lo que dijo el profesor de Química, con una aprobación curiosa en su semblante. Siguió pasando lista.

—Un buen chico católico —masculló John.

—Es uno de los doce apóstoles, no hay que ser muy católico para saberlo —le respondió igual de bajo, cayendo en la cuenta de lo vergonzoso que fue lo que hizo; todos lo miraban.

John sonrió. Por primera vez, desde la primera noche allí, Kurt vio a John sonriendo, aunque fuera burlón.


Ese mismo día, en el almuerzo, Kurt presenció el primer indicio de que se perdía de algo en serio grande.

A esa altura, él ya entendía que el almuerzo tenía un ritual extraño: no importaba dónde se sentara John, los chicos refunfuñaban todo el trecho hasta esa mesa y lo acompañaban, a pesar de que no cruzaran palabras. Ni con él ni con Rogue. Con Rogue era un poco más sutil. Ella sonreía y respondía, si era totalmente necesario, pero nunca tenía una plática real con los demás. Kurt nunca preguntó al respecto, esperando no ser raro y ser capaz de asimilarlo por sí mismo. Tal vez, Rogue era tímida y tal vez, nadie se molestaba en iniciar una conversación con John, porque el chico tenía uno que otro problema para ser amigable. Pero ese día, John sonrió y habló un poco con él, podía ser un buen día para intentarlo.

—¿Te molestaría que te llame St. John? —preguntó hacia el chico sentado frente a él. Toda la mesa cayó en silencio de repente.

John lo miró a los ojos, dudando en lo que diría.

—Prefiero que no lo hagas —respondió con calma.

—Judas sería un mejor nombre para ti —espetó Bobby. Lo dijo en un tono tan tranquilo que pudo pasar desapercibido, pero fue Bobby el que hablaba y el chico amable no podía pasar desapercibido.

—No lo creo —el aludido replicó serio—. Jesús perdonó a Judas —señaló con la malicia brillando en sus ojos, casi como si sus palabras fueran una travesura, sin importar cómo la expresión de Bobby se endureció.

—Yo no soy Jesús, Pyro —dijo con un tono gélido. Kurt pudo ver la escarcha desprendiéndose de sus dedos crispados en el borde de la mesa.

—Bobby... —pidió Kitty, en un murmullo suplicante.

Al final de lo que pareció una guerra de miradas de mil siglos, Bobby se puso de pie para marcharse.

—Eso es fantástico, John —gruñó Kitty, antes de seguir a su novio. El aludido apenas dignificó aquello con una mirada.

La mesa se quedó en un silencio incómodo, hurgiendo a Kurt a decir algo, sintiéndose responsable de aquello.

—Yo... lo lamento —trató de comenzar.

—No es tu culpa, Kurt —se apresuró a decir Piotr. Entonces, John fue el que se puso de pie, para marcharse; mucho más tranquilo que Bobby, sin embargo.

Kurt no tardó en creer en las palabras de Piotr... porque era obvio que todos ahí culpaban a John.


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Nos leemos pronto.

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