Descargo de responsabilidad: Akatsuki no Yona le pertenece a la maravillosa Kusanagi sensei.

Regalito adelantado para nuestro Hakuryuu favorito por su cumpleaños (6 de abril).

Con cariño, siempre. Solo porque me gusta hacerlo sufrir un poquito 3:)

Advertencia: clasificación T. Hay muchas implicaciones, pero nada demasiado gráfico.


SUEÑOS (HÚMEDOS) EN BLANCO

Kija no es ningún niño. No es siquiera un adolescente como puedan serlo los demás… Excepto Ouryuu, claro está… Zeno es un alma vieja. Y quizás también Ryokuryuu… Aunque Jae-Ha ya nació viejo verde (sí, en más de un sentido)…

Kija tiene ya 22 años. Se supone que es un adulto, un hombre hecho y derecho, con control de sus emociones, capaz de someter y controlar la furia, la ira y otras bajas pasiones. Es por eso que no alcanza a entender qué sucede con su cuerpo.

Últimamente, Kija se despierta empapado en sudor, jadeante, y una sensación de urgencia insatisfecha en el bajo vientre. Sueña con manos grandes y delicadas que vuelan sobre su piel, trazando el mapa de sus misterios, y que dibujan con caricias de amante las cicatrices de su espalda. Sueña también con besos hambrientos que le dejan oscuras marcas de amor en el cuello y el aliento de otra boca sobre la suya.

La tienda se le hace pequeña y le ahoga. Procurando no hacer ruido para no despertar los demás, Kija levanta el toldo de la entrada y sale afuera y reza por que el frío del amanecer haga algo rápido con el problema que tiene entre las piernas y en el corazón.

A Kija le asusta un poco la intensidad de sus propias acciones en esos sueños. Él nunca ha sido muy físico, y de hecho, tenía por costumbre expulsar de su cama a cuanta muchacha buscaba la semilla del Hakuryuu, allá, en la aldea. Pero ahora, se despierta con el sabor de otra piel en la boca, con el recuerdo del fuego de dos cuerpos enredados, y no lo termina de entender…

No, definitivamente él no es ya un adolescente… ¿Por qué ahora?

Kija se agacha y toma un palo de junto al círculo de piedras y, en cuclillas, remueve las ascuas de la mortecina hoguera, que reviven un tanto, arrojando una incandescente luz sobre el campamento. Es entonces, absorto en la contemplación del menguante fuego, que le asalta a traición un recuerdo —un sueño— de garras de dragón entrelazadas, de escamas blancas sobre escamas verdes.

¿Verdes?

¿¡Verdes!?

¿Pero es en serio?

—¿Ocurre algo, Kija? —Obviamente, la voz lo sorprende y le hace dar un brinquito que acaba con su trasero en el suelo. Los dioses deben odiarlo muchísimo, porque era precisamente el causante de esos perturbadores sueños.

Sin pensarlo, Kija se voltea hacia él, y lo ve allí, a la entrada de la tienda, sujetando el toldo, mirándolo con los ojos entornados, llenos de sueño y afecto, con el abrigo abierto y el pecho descubierto, y el cabello cayéndole libremente, pura imagen de desenfadada sensualidad. Espera, ¿¡q-qué!? ¿¡QUÉ!?

—N-Nada —responde Kija, maldiciéndose por que le temblara la voz—, no m-me pasa absolutamente n-nada —agrega, a la vez que agitaba las manos con demasiada rapidez como para resultar convincente.

Eso, y también el delicioso rubor escandaloso de sus mejillas, bien visible incluso a la escasa luz.

Jae-ha, por supuesto, no lo creyó.