¡Saludos! He aquí la conclusión del Arco de Trost. Planeaba subirla ayer pero por inconvenientes fuera de mi poder, tendré que subirla hoy... en lunes. Ya sé, ya sé.

Como hay gente que puede no saberlo, esta historia es una secuela a 3 one-shots anteriores en los que construyo mejor la relación entre Eren y Annie, no vayan a pensar que así como así los hice caer enamorados del otro. En particular, me enfoco en Annie porque es, en sí, la del conflicto. Si quieren leerlos, ahí están, pero difícilmente es necesario, sólo es una recomendación xD

De cualquier manera, espero que lo disfruten.


No se da cuenta de lo que sucede a sus alrededores. Escucha, o cree escuchar, no está segura, voces de fondo, o quizá eran simples ruidos aleatorios, pero, sea cual sea, pasaban de largo, llegando una ínfima cantidad a sus oídos; tampoco podía confirmar cuál de las dos era viendo su entorno, tomando en cuenta que no desea despegar sus ojos del suelo, de sus botas, sus ojos perdidos y sin propósito ni dirección. Estaba tardando un poco en asimilar que Eren ya no existe. Era extraña, de hecho, la idea de que alguien con el que había estado de forma tan íntima, tan cercana, tan… afectuosa, apenas horas antes, feneció; era algo curioso que hace un rato se dio la última vez que vería esos ojos del más perfecto verde; era desgarrador pensar con detenimiento que la única persona a la que ha genuinamente amado, sin contar a su propia sangre, no es ahora más que un ponzoñoso recuerdo. No era algo inesperado, para nada, pero era algo a lo que, pensó, estaba preparada. Pensó mal. Se deja perder, a la deriva en el tortuoso, caudaloso río que era su mente.

—¡Annie!—La llaman, o al menos le pareció escuchar que la llaman. No le importa. Se mantiene ensimismada, intencionalmente ignorante de lo que sucede. Siente algo tocar su hombro, despertándola de su estado de adormecimiento, volteando sorprendida, casi sobresaltada. Era Mikasa, preocupación evidente en su semblante.

—Annie… sé lo que sucede y te pido disculpas por dejar que mis asuntos personales interfieran, pero, de casualidad, ¿no has visto a Eren?—Cuestiona, hablando con amabilidad, desesperación oculta detrás de ella. Nunca le había hablado así, de forma tan educada. Escuchar su nombre provoca que esa dolorosa, despótica emoción que se adueñó de su ser agrave. Entrecierra los ojos. No tiene ni la voluntad ni la paciencia para hacer esa gentileza en el habla recíproca. Simple y sencillamente, no le puede importar menos.

—Está muerto. Él y casi todo su equipo fueron devorados—Dice a bocajarro, con voz monótona y sin ningún sentimiento discernible, con tono muerto e indiferente, su declaración haciendo a la pelinegra abrir los ojos a todo lo que pueden, abriendo la boca para formular una respuesta, pero no parece llegar en ningún momento.

—Hey, Annie, eso todavía no lo sabes…—Recuerda en tono reprochador Marco, más bien disgustado por lo brusco que dice algo tan grave, sobre todo hacia Mikasa, su hermana en todo menos sangre, y quizá...

Recuerda breve, fugazmente esa incómoda conversación que tuvo con Eren hace ya tanto en torno a la baja recluta, lo confundido que el castaño estaba respecto a lo que sentía o creía sentir por ella, y lo seguro que él mismo estaba que lo mismo ocurría con Annie. No sabe si eso acabó en algo, pero, de haber estado en lo correcto, entonces ella…

—Ahí está Armin, solo—Apunta con un dedo a un lugar en los tejados, en el que estaba un chico, con la cara y cabeza enterrada en sus piernas y viéndose como si quisiera que se lo tragara la tierra—¿Realmente crees que Eren lo dejaría atrás? ¿O él a Eren?—Puede ver el conflicto en los ojos grisáceos de la más alta, una pelea entre su lógica presentada y su deseo de que esté equivocada. ¿Debería ella misma desear estarlo? No; sería prolongar lo inevitable. Sin decir más, trota hacia donde señaló, buscando confirmación, supone. No es como si le interesara. Regresa a vagar en sus pensamientos, escuchando la voz quebradiza de Armin corroborar lo que ella dijo. Ojalá Reiner hiciera de una condenada vez lo que tenía que hacer. Mikasa parece no perder la compostura, pues, no pasado ni un minuto, parece tomar la iniciativa, buscando inspirarlos a pelear, o al menos a su propia manera.

—Soy fuerte… extremadamente fuerte. Soy mucho más fuerte que todos ustedes. Si tengo que matarlos a todos por mi cuenta solo para que ustedes, malditos cobardes, sobrevivan, que así sea. Deberían sentirse avergonzados—Escucha sin interés alguno su sermón, lo que juzga como su intento de incitar a que los demás cooperen.

—¡¿Realmente piensas enfrentarte a todos esos Titanes?! ¡Es imposible!—Alguien exclama, poniendo en palabras lo que es evidente, su declaración siendo dolorosamente obvio una batalla final antes de morir.

—Si no gano, moriré; pero si lo hago, viviré. Y no puedo ganar si no lucho—Y con eso, se lanza, surcando los aires, en verdad dispuesta a combatirlos por sí misma, importándole poco o nada quién la sigue o quién no. Tenía que buscar adrenalina, tenía que satisfacer esa sed que le rogaba derramar toda la sangre de Titán que pudiera, que le suplicaba rebanar tantas nucas como le fueran posibles hasta que su gas y espadas se acabaran o hasta que muriera, lo que pasara primero, tenía que mantener lejos las emociones que querían ahogarla, a través del movimiento. Tenía que, o más bien, quería matar. Tenía que distraer a su mente de comprender en todo su significado lo que acaba de suceder; que acaba de perder de nuevo a su familia.


¿Qué… había pasado? Despierta con la sensación de agua llegarle un poco más arriba de la cintura y con un abrasador calor, no faltándole mucho al agua para escaldarlo. Por un par de segundos, ve confusa, borrosamente sus alrededores, nada más que un intenso rojo carmesí volteara a donde volteara. Hasta que dirige la mirada a lo que pensaba era agua, solo para encontrar un líquido rojizo extraño… y decenas de cadáveres, flotando. Grita en un instinto, mas grita un poco más fuerte al venirle a la mente lo que acababa de pasar: fue devorado. Esa cosa… esa cosa en la que flotaban, si lo que sabían acerca de los Titanes era fiable, no eran jugos gástricos.

No… no, no es posible…

No, eso estaba mal. No podía ser real. No podían haber pasado cinco años de entrenamiento, cinco años en los que se hicieron soldados, cinco años en los que aprendieron tanto y llevaron a la cúspide sus habilidades, para no volver a ser simples e indefensas presas de esas bestias. No, no debía ser así. Se supone que habían cambiado, que habían mejorado, que al fin era momento de atacar de vuelta, que la humanidad había hecho su mayor esfuerzo… se supone que él había hecho su mayor esfuerzo. Y no bastó. Siente la más pura y absoluta frustración que cree haber sentido jamás. No bastó. Lo vencieron; y no recuerda que sus hojas hayan tajado una sola nuca.

—Está caliente…—Una claramente adolorida voz suena con debilidad detrás de él, sorprendiéndolo, regresándolo a la realidad. Una mujer, con un nombre que nunca sabrá, de la que únicamente sale a la superficie su cabeza—Está muy caliente… Ayuda…—Suplica, y no sabe si le pide auxilio a él o a algún dios, a cualquier dios que esté dispuesto a brindárselo; ninguna de las dos opciones la salvará—Madre…—Susurra para sí misma, repitiéndolo un par de veces, siéndole obvio que está pensando en el hogar al que nunca regresará, dándole vueltas a la idea de que morirá ahí, quizá hasta regresando al último contacto con la familia que deja atrás.

—Ma-madre…— Un pensamiento que pasa como una estrella fugaz por su mente lo hace recordar algo. O, mejor dicho, a alguien. Retornan, invaden los recuerdos. Se los prometió, ¿no? Les prometió a ambas: su madre… su madre murió ese día, y el único consuelo que pudo tener en ese momento era que al menos le daría tiempo a su… a sus hijos de escapar, de que seguirían con vida. Sí… recuerda perfectamente cómo les pide que se mantengan vivos, y cómo él prometió que ella no moriría en vano y sería vengada. Y acaba de desperdiciarlo, acaba de hacer que su muerte sea para nada. Una promesa que rompió. Y ella debía ir con él a ver ese mundo que espera pacientemente detrás de los Muros. Otra promesa que rompería. Ella tenía razón. Nunca debió haber hecho promesas que no podría cumplir.

—Ayuda…—Repite la mujer una última vez antes de que sucumba a sus heridas y al cansancio, su cabeza uniéndose al resto de su cuerpo debajo de ese gigantesco charco de sangre a punto de hervir.

¿Por qué? ¿Por qué esa misma escena de muerte y dolor sucede una y otra y centenares más de veces? ¿Acaso era la humanidad tan patéticamente débil que no puede detenerlos, que no puede evitar que tomen todo lo que los hace humanos, que no puede evitar que le arrebaten su derecho a recorrer libremente su propio mundo, su derecho a la vida misma? ¿Era eso?

—Maldición… ¡Maldita sea!—No… ¡No! No, no podía rendirse, nunca lo haría mientras todavía pueda respirar. Siente la más intensa, salvaje ira, que hace palidecer a toda fracción que ha sentido antes. No, no los dejaría ganar. Los matará a todos, con sus propias manos. No dejará que esas monstruosidades sigan es su mundo. Algo despierta, algo que se había mantenido oculto, aletargado en los más bajos, oscuros y recónditos rincones de su ser, algo animalesco y que ruge, resopla, suplica con gimoteos y bufidos, algo que se libera y se abre camino a través de su mente.

Cambia. Una criatura, consciente pero inconsciente, pseudo-humana, movida por instintos y una simple, sencilla misión: aniquilarlos, a todos los que pueda, sino es que a todos a secas. La rabia de la humanidad hecha carne, siendo, irónicamente, lo mismo que la provoca.


Ese Titán… ese Titán era especial. Habían logrado reabastecerse de gas y hojas, gracias a que ese frenético Titán se había 'encargado' de sus congéneres, por no decir que los había despiadadamente masacrado. Sin embargo, sus movimientos y su inquebrantable, infalible determinación a asesinar sin misericordia ni consideración nada más que Titanes y no humanos, eran demasiado coordinados, demasiado racionales como para tratarse de un simple Aberrante; mas, de forma paradójica, se comportaba demasiado salvaje, demasiado errático, esclavo de los bajos instintos de un animal, como para ser un Titán cambiante, o al menos uno con plena capacidad mental. Se había acordado entre los tres que lo analizarían más de cerca una vez que destruyeran el Muro, si es que sigue vivo para ese momento; cosa que había sido decidida después de que Reiner la reprehendiera enérgica, vigorosamente por 'arriesgar su vida de forma tan absurda' al salvar, en un impulso de empatía y se atreve a decir que hasta de camaradería, a Connie, mientras que Berthold se mantenía, como de costumbre, al margen y sin participar. No le da importancia.

El extraño Titán había sido arrinconado y experimentaba lo que era ser engullido, trozo a trozo, sufría el destino que, naturalmente, estaba reservado únicamente para los humanos. Si esa no era prueba definitiva de que alguien estaba metido en esa nuca, nada lo sería. Siente, a pesar de su desolado, desconsolado estado, cierta exaltación. Había un cincuenta por ciento de probabilidad de que esa cosa de ahí era su misión, lo que lleva cinco años buscando, cinco años de escondiéndose como una rata, cuidando cada aspecto de cada minuto del día para no atraer atención, consciente de que un solo fallo bastaba para condenarla. E incluso si no era el Titán Fundador, está segura de que Reiner tendría al menos un mínimo de inteligencia como para darse cuenta de que esa ofrenda, el que adivina debe ser el escurridizo Titán de Ataque en caso de no tratarse de la Coordenada, perdido desde hace un siglo, sería más que suficiente para complacer a Mare, si acaso de momento, y ordenaría la retirada. No sería una misión fallida. No pasaría más tiempo ahí. Podría volver a casa. Trata de mantener sus expectativas bajas, queriendo evitar decepcionarse, mas se halla incapaz.

Debatían acerca de dejarlo a su suerte o ayudarlo, acción que les convenía para examinar su naturaleza más de cerca, cuando Armin, interviniendo por primera vez, desvía la mirada a un Titán que se aproximaba, de quince metros—Ese… ese es el Titán que se comió a Thomas—Murmura, regresando una vez más a su memoria su descomunal fracaso. Y al parecer no es el único en verlo, pues, si antes había estado furioso, el Titán que estaba siendo devorado empuja con una gran fuerza recién descubierta y ruge en una rabia que helaba la sangre, lanzándose por la yugular del Aberrante como lo haría un león con lo que sería su alimento, enterrando sus colmillos tan profundo como el poder de su mandíbula le permite, con un odio tal que siente un escalofrío y su piel se pone de gallina. Sin sus brazos, el único medio que tiene para descargar su ira es el cuerpo del Titán, borrando de la faz de la tierra a otros dos de ellos antes de hincar todavía más sus dientes en la tierna carne de la nuca antes de soltarlo, celebrando su victoria con otro rugido animalesco. Y tan espontáneamente como la había encontrado, su fuerza se evaporó como el gas que salía de sus heridas, ya no regenerándose, sino al contrario, descomponiéndose aún más, cayendo sobre sus rodillas antes de aterrizar en el suelo. Esa cosa… era increíblemente fuerte. Vapor sale disparado de su cuello, y puede notar movimiento y el tenue contorno de un cuerpo.

El ardiente tejido expulsa al ahora agotado Cambiante. Y en el momento en el que puede ver con claridad lo que se hallaba en ese capullo en la nuca de ese Titán, su corazón se detiene en seco un segundo para luego compensar latiendo furiosa, violentamente en el siguiente.

No. No. No, no, no, no, no. No es posible. No… ¿Cómo…? ¿¡Por qué…!?

He ahí su objetivo. El ruido de gas y ganchos siendo lanzados algo más delante de ella la saca de su aturdimiento, y en cuanto logra recuperar una pizca de consciencia, algo muy profundo en ella le ordena, le exige, le ruega que llegue ahí como pueda, que lo estruje entre sus brazos con la simple intención de comprobar si no es más que humo, un espejismo que su cerebro, en una cruel, brutal mofa, generó solamente para añadir miseria a su existir, peso a su carga, pero no se halla, ni de lejos, en condiciones como para dar un simple paso al frente. Siente la cabeza ligera y la posibilidad de perder el conocimiento en cualquier momento es muy real. Eren Jaeger. Vivo. Poseedor de un Titán. Puede sentir sus ojos humedecerse, una curiosa mezcla de alegría, dolor, desesperación y… miedo. No. No llorará. Los escucha hablar, mas lo que decían y quién lo decía no le podría resultar más irrelevante, pero un fuerte alarido a lo lejos se hace notar entre las voces.

Tras unos segundos, o unos minutos, o unas horas, su percepción del tiempo perdiendo prioridad frente a funciones más vitales, tales como respirar, mantenerse despierta, de pie y cuidar que su fragilísima farsa a la que llama compostura no se rompa en mil pedazos, Mikasa vuelve en sí y lo lleva con ellos. A él. No, no podía, no quería tenerlo tan cerca. De alguna casi milagrosa forma, se las arregla para seguirlos a un lugar seguro, a escasos metros de él, no mostrándose histérica. Sin embargo, la asiática es mucho más liberal a la hora de dejar fluir sus emociones, mucho más permisiva, mostrando más sentimiento y emoción en esos minutos que todo lo que había presenciado en sus años de entrenamiento, dejando paso libre al salado líquido de recorrer sus mejillas, sosteniendo al chico entre sus brazos como si su vida misma dependiera de ello, indispuesta a dejar que nada ni nadie se lo arrebate de ellos; si tan sólo hubiera regresado de entre los muertos como un humano, sentiría la mayor envidia, el mayor deseo de hacerlo ella misma. Pero ese no es el caso. Volvió: como un Titán.

Siempre había considerado algo sumamente extraño, inaudito, que alguien como Eren y ella albergaran tales sentimientos tan… especiales por el otro como los que ellos tenían, puesto que eran polos completamente opuestos, antítesis del otro. Él era fuerte; ella débil. Él era un necio, obstinado idealista; ella alguien que se resignaba con ese inclemente mundo en el que vivían. Él irradiaba vivas llamaradas de pasión y vigor; ella exhalaba una gélida, estoica e indiferente ventisca boreal. Él era una inamovible roca en la corriente; ella una endeble rama que era arrastrada sin más dificultad. Parece que al fin hay algo en lo que son afines: ambos estaban malditos. En más de una forma.


—Ah, tienes razón, disculpa. Te hice la pregunta equivocada: ¿Lo harás o no?—Le simplifica sus opciones con aliento rancio, hediendo a alcohol, su tono cambiando de más bien cálido y carismático a uno peligrosamente cerca de sonar amenazante, sus ojos, rodeados de arrugas, viéndolo fijamente, aguardando una respuesta. Ese hombre, el comandante Dot Pixis, es tan responsable de que esté respirando como Armin.

Vuelve a repasar lo apenas acontecido minutos atrás. Despertar tras haber estado en un extraño limbo entre la consciencia y el dormir, con recuerdos vagos y fugaces, mas, en ese momento, le resultaba incierto si eran fragmentos de memoria auténticos o simples sueños; despertar viéndolos, pálidos, terror, repudio en sus ojos y sudor en sus frentes; despertar viéndolos levantar el frío acero de sus hojas contra él y su familia, bajo la amenaza de ser borrados, hechos trizas por artillería; despertar, viéndolos mirarlo como si se tratara de un vil, degenerado engendro, como si fuera… como si fuera un monstruo.

Monstruo… hasta hace muy poco, no tenía ni podría tener motivo alguno para considerarse algo más que un humano, con todo el orgullo que serlo conlleva. Sin embargo, todo apunta a que no es, ni de lejos, un humano. Al menos no en toda la extensión de la palabra. Al ver esa oxidada llave en su cuello en sus últimos momentos con vida, se disparan multitud de recuerdos, aporreándolo, secuencias incompletas y confusas de su padre, lágrimas bajando rápidamente por sus ojos y angustia y dolor evidentes e intensos en su rostro normalmente serio y tranquilo, una jeringa y lo que suena a desvaríos sin sentido ni razón pero que, de manera alguna, entiende a la perfección, aunque quizá entender no sea la palabra, sino más bien algo que se halla grabado en su mente, algo instintivo, un reflejo. Algo que le dice qué hacer sin que tenga que pensarlo. Y lo hace. Y no puede negarse a la verdad de que, en efecto, es un monstruo.

"Más… ¡Quiero más! Mataré… a cada uno… de ustedes"

Pero… quizá eso no sea tan malo. Voltea al ver la mirada del viejo comandante pasarlo de largo, dirigiéndose en su lugar a lo que hay del otro lado del Muro. Una falsa apacibilidad, una esperanzadora mentira tan frágil, que promete un futuro cuando la humanidad está a una ruptura del Muro de caer en desesperación, caos y muerte. Pero no tiene que ser así. Si en verdad es un monstruo… que así sea. Si tiene que usar esa… cosa dentro de sí, esa salvaje bestia, esa maldición impuesta sobre él… que así sea. Si así logra detener el avance de los monstruos de allá fuera, si así logra mantener intacta esa delicada imagen de paz, si así logra evitar que otro niño vea a su madre ser devorada como si nada…

—Lo haré—Declara con nada más que determinación fulminante y pura, un deseo, una acucia que le suplica hacer que la humanidad pase de ser un perro lastimado y expectante al golpe de gracia a ocupar el lugar que siempre ha estado destinado a ocupar. Si tiene tal poder, si tiene al fin la oportunidad de cambiar algo, cambiar el rumbo de la humanidad, ¿no era su obligación?—Lo haré. No sé si pueda hacerlo… pero lo haré de todos modos—Eso pone una sonrisa en el ahora relajado rostro del ya mayor comandante.

—Bien dicho. Hablaste como un hombre—El comandante, al parecer, está lo suficientemente desesperado como para acceder a una misión que depende de tantos factores externos sobre los que no tienen ningún poder y que, de perderse, significaría decenas de muertes innecesarias. Mucho peso sobre sus hombros. Pero lo hará. Sólo le queda una única inquietud, que ha estado yendo y viniendo como le place en su mente. Espera que esté bien. Sabe que está bien. Ya podría preguntarle después a Armin sobre ella.


Camina con torpeza, perdida y desorientada. Mantiene la vista clavada únicamente en el suelo, puesto que, de alzarla, vería nada más que muerte y devastación a donde quiera que viera, cadáveres por montones, amplios charcos de sangre seca, pedazos de cuerpos regados por ahí y por allá; cerraría los ojos, de no ser por la posibilidad de tropezar con un cuerpo inerte. La perfumada tela que cubre su boca y nariz cumple muy pobremente su propósito, dejando que el fétido aroma, que, ya de por sí repulsivo, es amplificado por los efectos del ardiente sol veraniego, llegara sin mucha dificultad a ellas. Ella… ella había hecho eso. Todo eso era, en parte, su culpa. No se suponía que fuera así. Su padre había prometido que no sentiría más que realización y orgullo; que se sentiría como una heroína.

Se topa con otro joven soldado en el suelo, una mujer, mas ésta le llama la atención. Le falta la mitad anterior de su cráneo, quedando su cabeza como si fuera un recipiente abierto, dándole a sus ojos acceso completo a su interior. Casi vomita. Voltea la mirada, pero alcanza a ver algo que la hace congelarse en su lugar un par de segundos. Se arrodilla en una pierna, estirando temblorosamente su mano para llegar al cuello de la pobre chica. Sostiene débilmente entre sus dedos un humilde collar de metal, manchado de sangre y cosas de las que no quiere saber, en forma de estrella; en la otra cara, dos letras, dos iniciales: MC.

Es incapaz de seguir controlando sus impulsos, bajando rápidamente la tela para poder descargar lo poco que tiene su vacío estómago, mas cuida que ni una gota caiga en el cuerpo.

Es su culpa. Es su culpa. Están muertos por su culpa.

Era incapaz de seguir negándose a aceptar lo que vio. Hasta el último segundo, una parte necia, testaruda de su ser seguía aferrándose a la desesperada idea de que lo que había presenciado había sido nada más y nada menos que una fabricación de su mente, un sueño, una alucinación, lo que sea excepto la realidad. Pero ya no más. Lo vio todo desde los tejados: lo vio salir de esa nuca; lo vio generar una rudimentaria forma corpórea de Titán, un intento desesperado para sobrevivir; lo vio de nuevo llevar las riendas de ese sanguinario y frenético animal en Trost, deshaciendo el trabajo de Berthold. No entiende el porqué lo dejaron hacerlo, pero no se quejó, pues la hizo evitar tener contacto con él.

Recorre los cielos, más para despejar su mente, inundada de pensamientos… desagradables, por decirles de algún modo, que para cumplir su tarea asignada: matar a los últimos Titanes en la ciudad sellada otra vez, aislada del resto del mundo.

Sin embargo, sus ojos vagantes atrapan a… Reiner… inmovilizando a… Marco. Rodeando su boca para evitar que se escucharan sus pedidos de auxilio. Decir que eso era inusual viniendo del 'hermano mayor' de la 104 era quedarse terrible, inconmensurablemente corto. Ya teniendo un horrible presentimiento y con alertas sonando en su cabeza, se lanza hacia abajo, a donde estaba Marco, Reiner y su sombra, Berthold, dispuesta a averiguar qué demonios sucedía.

Las tejas crujen ruidosamente en cuanto sus botas chocan contra ellas, informando a los tres de su presencia: sus dos camaradas, sorprendidos; Marco, lo más ínfimamente aliviado.

"¡Annie!" Exclama Marco, sudor en su rostro y sus ojos, llorosos, mirándola en súplica "¡Sálvame!" Ruega, su desgarrado grito sobrecogiéndola. Desde ya se da cuenta de que algo está increíblemente mal. Mueve la mirada del aterrado chico para posarla en Reiner, un aspecto determinado en su faz.

"¿Qué…? ¿¡Qué está pasando aquí!?" Interroga, alzando de forma poco característica de ella la voz, su tono reflejando bastante bien la incertidumbre que en ese momento sentía

"¡Reiner se ha vuelto loco! ¡Ayúdame!" Responde apresurada y desesperadamente el chico sometido, creyendo, inocentemente, que ella misma no tenía una idea de lo que sucedía. No puede más que especular, mas simplemente eso es suficiente para que una infecta y bastante repulsiva sensación nazca en su interior.

"Nos escuchó hablando. No lo podemos dejar con vida" Declara con severidad, con tanta tranquilidad que la asquea. Estaba hablando de matar a Marco, a uno de sus… amigos… como si nada. Como si fuera una simple tarea, un inconveniente ligeramente molesto y no un asesinato.

"¿¡Es en serio!? ¡Malditos idiotas!" Grita con furia, mirándolos con absoluta frustración, decepción e ira. Era rarísimo que ella perdiera la compostura de esa manera. Y el chico, víctima de las circunstancias, se da cuenta de exactamente de qué tan enorme era el problema en el que se ha metido; uno que no acabará bien para él.

"¡Reiner! ¡Un Titán!" Por vez primera se integra Berthold en el… pequeño dilema "¡Viene hacia acá!" El corpulento guerrero no vacila ni un segundo, hincando al aterrado soldado, teniéndolo todavía sujeto.

"¡Annie! ¡Quítale a Marco su equipo de maniobras!" Se sobresalta al escuchar la dura, rígida voz de Reiner, sin embargo es lo que dice lo que más la altera. ¿Ella…? "¡Hazlo, deprisa!"

"¿Por qué… yo? Ustedes fueron los que hicieron este desastre… ¡Berthold puede hacerlo por ti!" Intenta razonar con él, su voz quebradiza y filtrando su inconmensurable reluctancia, al igual que el helado sudor que recorre su frente y espina. No está dispuesta a… no quiere…

"¡No, tú hazlo!" Comanda con fuerza y agresividad, mirándola de igual manera.

"¡Todavía no me das una maldita razón para hacerlo!" Trata. Oh, vaya que trata. Trata desesperadamente de desligarse de una obligación que no sólo no es suya, sino que tampoco tiene culpa ni responsabilidad alguna en que el problema haya surgido en primer lugar. Si lo hacen… no quiere ser parte de eso.

"¡Arriesgaste tu propia vida para salvar la de Connie, ¿no?!" Le reclama, como si hubiera cometido el más aberrante de los crímenes "¿¡Por qué te pondrías en riesgo de esa manera!?" Era extraño ver los ojos ámbar de Reiner mostrarse tan rígidos, tan hostiles. La mira con la mayor acusación posible, como si fuera una…

"¿¡Has empezado a sentir compasión por esta vil raza!? ¡Demuestra que me equivoco, aquí y ahora!" No puede mover ni un músculo de su cuerpo. Se queda petrificada, mirando sólo, en… miedo, los amenazantes ojos de Reiner, mientras que nada más es capaz de escuchar al chico forcejear, tratando de liberarse en balde, y las pisadas del Titán, aproximándose más y más.

"Si dices que tú… y el padre que te espera en casa… son distintos a esta impía raza degenerada… ¡DEMUÉSTRALO YA!"

"¡Reiner, está a punto de llegar!"

No tiene tiempo para pensar. No tiene tiempo para ponerse a deliberar lo terrible de lo que se le pide. No cuando el cabrón enfrente de ella acaba de amenazar a la… única familia que le queda. No. No puede darse el lujo de quedarse quieta. Debe tomar una decisión.

Aprieta con toda la fuerza de su mandíbula sus dientes, moviéndose raudamente, fallando miserablemente en evitar contacto visual mientras hace lo que le piden. Mientras… otra vez… la obligan a hacer algo que no quiere.

"¡ALTOOOOO!" Aúlla desgarrada, desesperadamente, el grito provocándole escalofríos y piel de gallina. Intenta apresurarse en desabrochar los varios arneses y correas que mantienen el equipo en su lugar, pero sus trémulas manos dificultan la tarea, los gimoteos aterrados del chico no ayudando mucho, tampoco "¡Alto, por favor! ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué!? ¿¡POR QUÉ!?" ¿Por qué? No lo sabe. ¿Por qué estaba a punto de dejar a Marco morir? ¿Por qué está en esa isla? ¿Por qué es una Guerrera, en primer lugar? "¿¡Por qué hacen esto!? ¿¡ANNIE!?"

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.

.

"Esto es lo que nos hace guerreros. Buen trabajo… Annie"


Termina de acomodar el cadáver en una posición lo más mínimamente digna en lugar de estar simplemente echado, exánime en la posición en la que cayó en ese inmundo callejón, y se pone a andar, sin propósito ni destino específico. Sólo camina, perdiéndose en su mente, ignorando sus alrededores como si no gozaran de existencia. Hasta que… la encuentra. Era un bonito collar. Le quedaba bien.

"¡Hola! ¡Soy Mina! ¡Mina Carolina! ¿¡Y tú!?" Entrecierra los ojos, un tanto enfadada por su tono escandaloso y por el hecho de que… bueno, esté hablando con ella en primer lugar. Hace caso omiso, regresando a mover de un lado a otro el almuerzo con su tenedor. Genuinamente sorprendiéndola, la ruidosa chica de coletas no sólo falla en notar su nula intención de interactuar con ella, sino que también se acerca más a ella en la mesa, recorriéndose desde la esquina de la banca hasta estar prácticamente al lado de ella. ¿Eh?

"Hmm… No hablas mucho, ¿verdad?" Pregunta mientras mirándola de arriba abajo, pareciendo como si la juzgara "¡No hay problema! Puedo lidiar con eso" La prueba equivocada al darle una sonrisa que muestra mucho de sus perlados dientes. Qué persona más extraña… e irritante.

"… Annie. Annie Leonhardt"

—Perdón… perdón…—Susurra mientras observa, en la mayor culpa, el cuerpo, incapaz de quitarle los ojos de encima, pasmada; el destino, o quizá un dios, disfrutando verla sufrir, seguramente un castigo por sus monstruosos pecados.

—No hay necesidad de disculparse. Apresúrate y concluyamos los procesos funerarios de una vez—Él… él se atreve a decirle que no debía disculparse. Que matar inocentes era parte de ser guerreros. Y lo era. Ella es, después de todo, una guerrera excepcional. Se mantiene cabizbaja mientras sus camaradas siguen su camino, hasta que ya no logra escuchar sus pasos en sus alrededores llenos de desgracia y dolor.

No lo logra tolerar más. Todo lo que había mantenido cuidadosamente sellado, encadenado a su ser sin darle oportunidad de salir, escapa violentamente en forma de ella rompiéndose a llorar. Por todo. Lleva una mano a su boca y cae de rodillas, temblando mientras cierra los ojos.

—Perdónenme… perdónenme…—Ruega con voz tan, tan terriblemente atormentada, las palabras atorándose y chocando en su palma, pero sabe que es en vano. Los muertos no perdonan; ni tampoco lo hacen los vivos. ¿Por qué lo harían? No está segura de si ella misma lo haría. Y, de hecho, no lo hace.


Eso es todo, amigos. Este capítulo sí que disfruté hacerlo y con suerte ustedes disfrutaron leyéndolo. A partir de aquí, pues... entramos en la recta final, unos 3-4 capítulos más y se acaba xD

Si les gustó (o no les gustó), ¡denle review! Sé que puedo sonar demandante, pero es que, en verdad, los reviews me dan vida. Cada vez que hay un review me imagino el letrero de Homero, "hazlo por ellos", y me motivo a escribir.

Como sea, eso sería todo por esta ocasión. ¡Nos vemos!