Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.

Capítulo 2

Esperé alrededor de diez segundos antes de inclinarme hacia adelante y pinchar a Bella con mi pluma. Sus hombros se alzaron con un suspiro, y luego se giró en su asiento. Sus ojos se fijaron en los míos.

—Buenos días, gatita.

Me observó cautelosamente.

—Buenos días, Edward.

Mientras inclinaba la cabeza, mi cabello cayó hacia adelante, casi sobre mis ojos. Necesitaba cortarme el pelo algún día.

—No olvides que tenemos planes esta noche.

—Sí, lo sé. Lo espero con ansias —dijo a secas.

La excitación casi me derribaba.

Me eché hacia adelante, inclinando el escritorio mientras lo hacía. A mi derecha, podía ver a Angela y a Jessica observándonos. La comisura de mis labios se curveó.

—¿Qué? —dijo, cuando el silencio aumentó entre nosotros.

—Necesitamos desaparecer tu rastro —dije, lo suficientemente bajo para que sólo ella escuchara. Perdimos la noche anterior en cuanto a hacerlo desaparecer. No podíamos perder esta.

Bella tomó su lapicera.

—Sí, me lo imaginaba.

Como me gustaba hacerla enojar y verla ponerse toda luchadora, dije—: Y tengo una idea divertida de cómo podemos hacerlo.

Ella me sorprendió cuando sonrió.

—¿Te gusta la idea? —Mi mirada cayó a sus labios llenos.

—No en esta vida, amigo —respondió.

Casi reí.

—Resistirse es inútil, gatita.

—Al igual que tus encantos.

—Ya veremos.

Poniendo los ojos en blanco, se dio vuelta hacia el frente del salón.

Nuestro profesor entró, luciendo más viejo que el día anterior. No había terminado con Bella. La pinché de nuevo.

Girándose, me fulminó con la mirada.

—¿Qué, Edward?

Me moví con la rapidez de un rayo. Con una sonrisa, deslicé los dedos a lo largo de su mejilla como hice la noche anterior cuando tenía la mancha de panqueque. Esta vez saqué una pequeña pelusa de su cabello. Era tan servicial, maldición.

Bella me observó.

—Después de la escuela —le recordé.

No respondió, pero supe que entendía. Bella podría luchar contra mí con dientes y uñas por, bueno, todo, pero no era tonta.

Durante la clase, Bella lucía como si estuviera a cinco segundos de quedarse dormida enfrente de mí. Bostezó tantas veces que comencé a preguntarme si iba a lastimarse la mandíbula. Esto no era normal de ella, en especial dado que anoche se durmió temprano. Cuando me fui alrededor de las diez, seguía dormida.

Al final de la clase, Bella se arrastró de su asiento y se dirigió hacia la puerta. Caminé detrás de ella, apenas escuchando acerca de lo que Angela y Jessica hablaban. En ese punto nos separamos.

La mañana siguió adelante y terminé saltándome el período antes del almuerzo para poder ir a buscar algo más apetitoso que lo que fuera que la escuela estuviera intentando hacer pasar por comida. Creo que había pastel de carne en el menú, pero sabía con seguridad que lo que fuera que hubiera en esa cosa no sería carne. Mientras ordenaba un sándwich, observé los batidos del menú. ¿Los de fresa no eran los favoritos de Bella? Sonriendo, añadí uno de esos y luego tomé una galleta recién cocinada.

Nadie miró en mi dirección cuando entré por las puertas y caminé hacia la cafetería. Siempre era así. Los nuestros podíamos ir y venir como se nos diera la gana. Ayudaba que hubiera Luxen en el personal, no sólo Anthony.

Mientras caminaba por el pasillo, un cosquilleo cálido subió por mi nuca, llenándome de inquietud. Sucedió cuando volví con la pieza de obsidiana y de nuevo cuando llegué ayer a la escuela y me encontraba cerca de la clase de matemáticas. Hoy igual. Sucedía cuando estaba cerca de ella. Tenía que ser producto de curarla a un nivel tan… tan grande como lo hice. Tendríamos que esperar para ver si era algo permanente o desaparecería con el rastro.

El zumbido de las conversaciones y la esencia de misterio eran pesadas cuando atravesé las puertas dobles. Escaneé las mesas, espiando a los Denali cerca del fondo. Mi mirada chocó con la de Irina. Sus ojos se entrecerraron, pero miré a mi derecha, encontrando inmediatamente a Bella. Tenía la espalda hacia mí, pero la rigidez en sus hombros me dijo que sabía que me encontraba allí. Mi hermana se hallaba sentada delante de Bella, con dos platos enfrente de ella.

Pasando a través de la línea que esperaba para recoger su comida, me acerqué y dejé caer en el asiento vacío a su lado. Sin decir una palabra, le entregué el batido, consciente de que todos en la mesa nos observaban.

Los ojos de Bella se ampliaron un poco, pero como esperaba, no rechazó el batido. Lo tomó de mis manos, sus dedos rozando los míos. Un golpe de electricidad saltó de su mano a mi piel. La alejó y tomó un sorbo.

Mirándome a través de pestañas gruesas y oscuras, dijo—: Gracias.

Le sonreí.

—¿Dónde están los nuestros? —dijo Jessica sarcásticamente.

Mirando a través de la mesa, reí.

—Sólo estoy al servicio de una persona en particular.

Bella alejó su silla de mí.

—Tú no estás a mi servicio, de ninguna manera.

Moví la silla más cerca de ella.

—No aún.

Jessica observaba, sus ojos brillando con diversión.

—Oh, vamos, Edward. Estoy justo aquí. —Alice me frunció el ceño—. Vas a hacer que pierda mi apetito.

—Como si eso fuera posible. —Jessica puso los ojos en blanco, y tenía mucha razón.

Saqué mi sándwich y luego la bolsa pequeña. Tomando una galleta de avena, se la entregué a Alice. Su rostro se iluminó como si le hubiera entregado un diamante. Se puso en modo Gollum, tomándola de mi mano y sosteniéndola cerca.

—¿No tenemos planes que hacer? —preguntó suavemente Angela.

—Síp. —Alice le sonrió a Jessica—. Grandes planes.

Bella alzó una mano, pasándola por su frente.

—¿Qué planes?

—Alice y yo hablábamos en Inglés sobre hacer una fiesta la semana después de la siguiente —explicó Angela, y juro que eso fue lo máximo que jamás la oí hablar—. Algo…

—Grande —dijo Jessica.

—Pequeño. —Los ojos de Angela se entrecerraron hacia su amiga—. Sólo unas pocas personas.

El entusiasmo salía de Alice en olas.

—Nuestros padres estarán fuera de la ciudad el viernes, así que funciona perfectamente.

Bella me observó, y le guiñé un ojo mientras me preguntaba cuándo exactamente sucedería esta fiesta.

—Es tan genial que tus padres te dejen hacer una fiesta en tu casa—dijo Angela.

Eso llamó mi atención.

—Los míos tendrían un ataque si llegara a sugerir algo así —continuó.

Alice encogió un hombro mientras evitaba mi mirada.

—Nuestros padres son bastante geniales.

Seh, como en "nuestros padres están muertos hace tiempo".

Tomando un gran bocado de mi sándwich, decidí ver a dónde iba Alice con esta conversación. Hasta ahora, nuestra casa iba a ser el lugar de la fiesta. Interesante. Tomó un buen esfuerzo no preguntarle a Alice, enfrente de todos, por qué pensaba que era una gran idea.

Bella se quedó callada mientras sus amigas discutían sobre esta fiesta que aparentemente iba a suceder un viernes dentro de unas semanas.

Dudaba seriamente de que permaneciera pequeña.

—¿Estás de acuerdo con todo esto? —me susurró Bella.

¿Honestamente? Infiernos, no. Pero como sea. Me encogí de hombros.

—No es como si pudiera detenerla.

Ella me observó mientras la incredulidad se arrastraba por sus rasgos, y no la culpaba. Un puñado de meses atrás, habría terminado con esta conversación en un nanosegundo. No sabía con seguridad por qué no hacía eso en este momento. En realidad, sí.

Para entonces, el rastro ya no estaría en Bella, y ya no tendría ninguna razón para soportarme a su lado. Tener una fiesta significaba que Bella estaría en mi casa. Me gustaba eso.

Saqué una galleta llena de chispas de chocolate.

—¿Galleta?

Le echó un vistazo mi mano, y la punta de su lengua rosada emergió, mojando su labio inferior.

—Claro.

En parte porque quería verla confundida, alcé más la galleta.

Admitiendo que me encontraba más controlado por la otra mitad de mí que se sentía ridículamente afectado por todo lo que ella hacía, me incliné hacia ella.

—Ven y tómala. —Puse la galleta en mi boca, dejando la otra mitad allí para que la tomara.

Sus delicadas cejas marrones se fruncieron mientras me observaba, pero la confusión rápidamente cambió a comprensión. Sus labios se abrieron mientras un fuego se deslizaba por sus mejillas. Arqueé una ceja, esperándola… retándola.

Alice se atragantó.

—Creo que voy a vomitar.

No hizo ningún movimiento para tomar la galleta, pero no me golpeó en el estómago, así que lo consideré una victoria… de algún tipo.

Tomé la galleta.

—Se acabó el tiempo, gatita.

Bella siguió observándome.

Divertido conmigo mismo, partí la galleta a la mitad y le di la parte más grande. Bella la tomó con sus dedos largos y delgados. Sin meter la galleta en su boca, sus cejas se fruncieron y sus ojos brillaron de un tono tormentoso. Una risa subió por mi garganta, interrumpiéndose cuando vi a mi hermana observándome con la boca abierta.

Le disparé una mirada templada.

Ella me la devolvió con los ojos bien abiertos.

Lanzando el pedazo de galleta en mi boca, observé a Bella.

Jugueteaba con la cadena alrededor de su cuello, la que se conectaba a la pieza de obsidiana que le di. La diversión se evaporó con el recordatorio contundente de que un peligro demasiado real todavía existía por tanto tiempo como Bella siguiera marcada.

Tenía que quitárselo de encima.

Ahora.

Bella pasó por la oficina de correos luego de la escuela. De nuevo.

Quería sacudirla cuando finalmente llegamos a casa, pero luego dejaría caer otra brazada masiva de paquetes y nunca oiría el final de la historia.

Saliendo rápidamente de mi auto, llegué antes que ella al porche y terminé teniendo que esperar a que llegara desde el auto a los escalones.

Me incliné contra la baranda en la cima, arqueando una ceja mientras ella se arrastraba por los escalones, moviéndose a la velocidad de una tortuga de tres piernas.

—No viniste directo a casa después del colegio —dije.

Sacó las llaves del bolso con su mano libre.

—Obviamente, tuve que ir a la oficina de correos. —Abriendo la puerta, dejó caer la pila en la mesa del vestíbulo.

—Tu correo pudo haber esperado. —La seguí a la cocina—. ¿Qué es? ¿Sólo libros?

Dirigiéndose hacia el refrigerador, tomó una botella de jugo de naranja.

—Sí, sólo son libros.

Observé su espalda.

—Sé que probablemente no hay ningún Arum cerca en este momento, pero nunca puedes ser demasiado cauteloso, y tú tienes un rastro en ti que los guiaría justo a nuestras puertas. Ahora mismo, eso es más importante que tus libros.

Disparándome una mirada oscura sobre su hombro, dejó la botella en el mostrador y tomó un vaso del gabinete.

—¿Bebes?

Suspiré.

—Claro. ¿Leche?

Señaló al refrigerador.

—Sírvete.

—Tú me ofreciste. ¿No me lo servirás?

—Te ofrecí jugo de naranja —respondió, tomando su vaso de la mesa—. Tú escogiste leche. Y no hagas ruido. Mi mamá está dormida.

Sacudiendo la cabeza, me alejé del marco de la puerta y me serví un vaso de leche. Lo traje a la mesa, sentándome a su lado. Había recogido su cabello cuando se metió en el auto luego de la escuela, y con todo ese pelo oscuro hacia atrás, no existía manera de confundir el sonrojo en sus mejillas. Mis ojos se entrecerraron hacia ella. ¿En qué pensaba en este momento?

Giraba cuidadosamente el vaso entre sus manos.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Depende —le respondí sin problemas.

—¿Sientes… algo a mi alrededor?

—¿A parte de lo que sentí esta mañana cuando vi lo bien que te veías en esos vaqueros?

—Edward. —Suspiró—. Estoy hablando en serio.

—Mi nuca se pone caliente y hormigueante. —Tracé un círculo en la mesa con mi dedo—. ¿Es eso a lo que te refieres?

Me echó un vistazo, y las comisuras de mis labios se curvaron ligeramente.

—Sí, ¿tú lo sientes también?

—Cada vez que estamos cerca.

—¿No te molesta?

—¿A ti te molesta? —pregunté seriamente. No respondió mientras observaba su bebida, y no estuve seguro de si era algo bueno o malo. Tomé un sorbo de mi leche—. Podría ser un… efecto secundario de la curación. —Hice una pausa, pensando en lo sonrojada que se veía—. ¿Te sientes bien?

—¿Por qué?

—Te ves mal. —Era verdad sólo en parte.

Me observó.

—Creo que me estoy enfermando de algo.

Fruncí el ceño mientras la observaba.

—¿Qué tienes?

—No sé. Probablemente tengo piojos alienígenos.

Resoplé.

—Lo dudo. No puedo permitir que estés enferma.

Necesitamos salir e intentar desaparecer tu rastro. Hasta entonces, eres…

—Si dices que soy débil, te golpearé. —La ira inundaba su voz—. Creo que he probado que no lo soy, especialmente cuando llevé a Félix lejos de tu casa y lo maté. Sólo porque sea humana no significa que sea débil.

Mis cejas se alzaron mientras me reclinaba en mi silla.

—Iba a decir que hasta entonces, eres un riesgo.

—Oh. —Sonrió débilmente—. Bueno, entonces, sigo sin ser débil.

Algo sobre su diatriba apasionada me llegó. Me levanté rápidamente de la silla y me arrodillé a su lado para poder mirarla desde abajo.

—Sé que no eres débil. Lo has probado tú misma. Y lo que hiciste este fin de semana… ¿Aprovechar nuestros poderes? Sigo sin entender cómo pasó, pero no eres débil. Nunca.

Bella bajó la mirada hacia mí, las líneas de su rostro suavizándose.

Luché con una sonrisa mientras me ponía de pie.

—Ahora necesito que pruebes que no eres débil. Mueve tu trasero y trabajemos un poco en ese rastro.

Gimió.

—Edward, de verdad no me siento bien.

—Bella…

—Y no lo estoy diciendo para hacerme la difícil. No me siento bien.

Me crucé de brazos, sin perderme la forma en que sus ojos rastrearon la forma en que la camisa se estrechaba sobre mis hombros.

—No es seguro para ti andar por ahí, cuando pareces un maldito faro. Mientras lleves ese rastro, no puedes hacer nada. Ni ir a ningún lado.

Se levantó de la mesa.

—Voy a cambiarme.

Di un paso hacia atrás, y la miré, sorprendido.

—¿Cediendo fácilmente?

—¿Cediendo? —Se rió a secas—. Sólo te quiero fuera de mi rostro.

Reí profundamente.

—Sigue diciéndote eso, gatita.

—Sigue usando tus esteroides de ego.

Una quemazón comenzó debajo de mi piel mientras pasaba por la puerta. Me moví más rápido de lo que podía ver, bloqueándole la salida.

Sus ojos se entrecerraron y luego se encendieron mientras me acercaba a ella. Retrocedió, poniendo las manos en la mesa detrás de ella.

—¿Qué? —demandó Bella.

No había ni una pizca de miedo en sus ojos gris acero mientras posaba mis manos en sus caderas. Al momento en que la toqué, el brillo duro de su mirada delató algo más. Se preparó mientras inclinaba la cabeza, rozando su barbilla con mis labios. Bella jadeó ante el contacto y se balanceó hacia mí.

Dejando caer las manos, me alejé. Nuestras miradas se encontraron.

—Sí… no es mi ego, gatita. Ve a prepararte.

Su mandíbula se apretó cuando me pasó, mostrándome el dedo medio en el camino. Reí y la oí subir a pisotones los escalones, olvidándose completamente de preocuparse por el hecho de que su madre se encontraba en casa, probablemente dormida.

Volví a la mesa, recogiendo los vasos. Los lavé y luego los puse en el lavavajillas, mientras la pequeña queja de inquietud crecía en el fondo de mi estómago. ¿De verdad se sentía enferma? ¿O se hacía la difícil a pesar de lo que decía? Porque esa chica vivía para complicarme las cosas. No entendía todo lo de la enfermedad. Es decir, entendía que los humanos se resfriaban, tenían gripe y cosas peores, pero era un concepto ajeno para nuestra especie. No nos enfermábamos. Nunca.

Cerca de cinco minutos más tarde, Bella volvió a la cocina, vestida en pantalones de nylon sueltos y una camiseta térmica de manga larga. Lucía algo… adorable mientras me pasaba y salía por la puerta principal.

Gatita tenía el pelo en punta.

Se encontraba a mitad del porche cuando salí, cerrando la puerta silenciosamente detrás de nosotros.

—¿Estás segura de que puedes hacer esto?

Frenando en los escalones, se giró.

—No pensé que estuvieras dándome una opción.

Ahora me sentía como un idiota, porque, bueno, era un idiota. Caminé hacia los escalones.

—Mira, Bella, si de verdad no te sientes bien, no voy a…

—Estoy bien —dijo, girándose y apresurándose para bajar los escalones.

Observándola por unos segundos, maldije bajo mi aliento y luego me le uní en el camino. Comenzamos con un trote ligero, y pensé que una vez que ella hubiera calentado y estuviera seguro de que no iba a vomitar encima de mí, podríamos aumentar el ritmo.

Pero sólo llegamos al final del camino de entrada que guiaba a nuestras casas antes de que Bella se detuviera repentinamente, plantando las manos en sus caderas.

Bajando el ritmo, me detuve y la enfrenté.

—Oye.

Sacudiendo la cabeza, bajó la barbilla. Sus hombros se alzaron mientras tomaba una respiración profunda. Pasó un momento. Me acerqué a ella.

—Necesito… ir a casa —dijo suavemente.

Antes de que pudiera responder, se giró y comenzó a caminar rápidamente. La llamé, pero no respondió. Preocupado, la seguí a su casa.

—¡Bella!

—Ya terminé por hoy —dijo, corriendo por los escalones del porche. Abrió la puerta principal. Comencé a subir detrás de ella, ahora verdaderamente preocupado, pero se giró hacia mí, alzando una mano—. Estoy bien. Por favor. Sólo n-necesito entrar. Por favor, déjame sola.

Frené de golpe, la presión golpeándome en el pecho. Por favor, déjame sola. Esas palabras eran una súplica, una súplica sincera, y me dieron justo en el estómago. No la detuve cuando entró, apenas frenando para cerrar la puerta detrás de ella.

No la seguí.