EREN

Tenía dinero y ganas de divertirme. París significaba vacaciones y fiestas en el loft de mi mejor amigo. Armin no escatimaba en gastos a la hora de celebrar su cumpleaños. Nada más puse un pie en su casa, me saludó con un abrazo y una botella de vino. Había por lo menos treinta invitados; algunos eran excompañeros de la Sorbona, donde Armin había estudiado Arquitectura. No conocía a nadie. Después de dos horas, me encontraba sentado en un mullido sofá, con las piernas abiertas, un brazo colgando y la camisa medio desabrochada. Me encendí un pito.

Una rubia había llamado mi atención. No sé si fue el vestido de coctel con un escote tremendo o su nariz de ave rapaz. El caso es que aquella noche tenía el cuerpo caliente y la mente fría. La rubia charlaba con dos bigardos, uno de ellos reía sin parar, pero ella no mostraba ni una mísera sonrisa. Removía su vaso de whisky, pimplaba y soltaba algún monosílabo. Creo que notó mi vista clavada sobre ella, y se dedicó a evaluarme con unos ojos azules, fríos como un invierno siberiano. Antes de girarse hacia los tiarrones, me obsequió la leve curva de sus labios revestidos de carmín.

—Esa es Annie Leonhart —reveló Armin, dejándose caer a mi lado con un cigarro apagado entre los labios. Le ofrecí fuego—. Gracias.

—Dime algo más sobre esa tía. ¿Te la has tirado?

Mi amigo soltó una carcajada cargada de humo, como si yo hubiera dicho una locura. Parecía un santo, le faltaba el nimbo y las alas de ángel; tampoco se le conocía ni una sola novia, mucho menos un rollito de una noche. Pero, tal vez...

—Eso debería preguntártelo yo a ti, que te has beneficiado a medio París. No, Eren, no me he acostado con ella. Es una vieja amiga que veo muy de vez en cuando.

—Joder, ¿de verdad? Con ese culo, ¿y ni un quiqui habéis echado? Armin, dime la verdad. —Para mí, resultaba inconcebible el presunto celibato de mi amigo.

—Y los dos que están con ella son Reiner y Bertolt. —Me señaló con la barbilla quién era quién.

Reiner Braun era deportista. Si me hubiera interesado el mundo de las pesas, los gimnasios y los batidos de proteínas, lo habría reconocido como el famoso culturista que era. Había escrito un par de libros acerca del tema. Era alemán: un compatriota con más músculos que cerebro. Me puse a pensar en todos los asteroides que se metería. Tanto deporte y tanto músculo me produjeron sudores fríos. Me estaba poniendo algo orondo, y eso tío, con su apariencia de Hulk menudo, me lo recordó. Bertolt era alto y de espalda ancha, intimidante hasta que lo mirabas a la cara y veías su gesto de timidez. Era hijo de un importante político.

¿Aquellos dos maromos pretendían llevarse a la cama a Annie Leonhart? No me cabía duda. Visto lo visto, yo era mejor partido: ojos verdes, moreno... Sí, alemán y moreno. Nací blanco como el lomo de un armiño, pero me tosté en Marbella. Mi sangre teutona era puesta en tela de juicio. Mis conocidos dicen que el verdadero alemán es mi medio hermano, el capullo redomado de Zeke. Cumplía los requerimientos para ser un germano de pura cepa: rubio, ojos azules, serio.

—Tu amiga tampoco es francesa, ¿verdad? —inquirí.

—Es inglesa —replicó Armin.

—Perfecto. No digas nada más, voy a hablar con ella personalmente. —Me levanté animado.

—Sí, claro, hablar. Toma la llave de mi cuarto, que lo vas a necesitar. Después cambia las sábanas, majo, que no me gusta dormir entre fluidos.

Sonreí y me dirigí a la nariz aquilina que había llamado mi atención. Los dos bigardos alzaron una ceja al verme, sus posibilidades de hacer un trío de evaporaban. Annie Leonhart se llevó el vaso a los labios y pude ver su sonrisilla a través del cristal, como susurrándome: ¿qué vas a hacer? La evalué más de cerca, no avisté indicios de silicona o botox. Era una mujer cien por cien natural, sin plástico.

You are beautiful, my lady —dije a modo de saludo. Hice una pequeña reverencia, como si estuviera ante Isabel II, embutida en uno de sus trajes chillones.

—Danke.

Los dos bigardos se alejaron entre cuchicheos y risitas.

—¿Tanto se me nota el acento? —pregunté con guasa. Saqué la pitillera de plata y le ofrecí un cigarro—. ¿Fumas?

—Reconocería a un alemán en cualquier parte. Sí, gracias.

Entre calada y calada y golpes de escocés, empezamos a hablar. No se produjo el coqueteo descarado al que estaba acostumbrado. Mientras ella me contaba que Reiner y Bertolt eran simplemente un par de amigotes, mis ojos fueron a parar al escote. Los pechos no eran turgentes, pero sí firmes y bien colocados.

El cuerpo femenino me fascina y me enloquece a menudo. Las mujeres son los seres perfectos, por Dios. Los hombres somos meros espectadores de su belleza. Ellas van por ahí, contoneando las caderas, sacando pecho. Mi vida se iba detrás de los culitos.

—Estoy prometida —comentó Annie.

—Jesús, María y José. —Me persigné y fingí angustia. En España usan mucho esta expresión; la usó una madrileña que me pilló practicando el balancín con su hija—. Las chicas guapas no deberían casarse.

—Muy agudo, pero he dicho que estoy prometida, no que vaya a casarme.

El tono de sus palabras, la mirada que me dedicó y la manera de relamerse los labios me mandaron un mensaje clarísimo. Las mujeres casadas vuelven loco a uno, pero las prometidas son una reliquia. La mayoría de prometidos se comportan como casados; cuando contraen nupcias, como solteros. Me daba la impresión de que la impertérrita Annie Leonhart llamaría en cualquier momento a su novio y le diría que no se casaba, que se metiera las alianzas por el culo y se lo limpiara con el chaqué.

El mayor inconveniente para el matrimonio era su trabajo. Annie era azafata, un día estaba en Hawái y al siguiente en Manchuria. Por Dios, ¿dónde iba a tener esta mujer su luna de miel? ¿En un avión? Rezumaba independencia a chorros y, si la hubiera visto un día cualquiera por la calle, habría asegurado que se trataba de una soltera de corazón. Y con una soltera de corazón, me refiero a una fanática del booty call, el sexit y la sexdiet. Imagino que pasaría el bangover leyendo algún libro, bostezando e intentando recordar el nombre del ligue. Su futuro marido, según me contó, era un irlandés dueño de una destilería. Tal y como me lo describió, me pareció un coñazo de tío. Quería tener por lo menos tres hijos. ¿Es que estamos locos? Hay sobrepoblación, y el irlandés quería un trío de retoños que, Annie, a juzgar por su suspiro al contármelo, no pensaba concebir.

—Entonces, si sólo estás prometida —Di una larga calada—, nadie puede reprocharte nada. ¿La conciencia, tal vez?

—La conciencia no la llevo encima, pesa mucho.

Entramos a la habitación de Armin devorándonos las bocas. Cerré la puerta con llave y arrojé mi americana al suelo. Annie se había soltado su corta melena rubia, que le caía hasta la base del cuello. Me miraba desde la cama, expectante, como si jugáramos una partida de ajedrez y deseara conocer mi próximo movimiento. La fragancia del sexo inundaba la habitación. Respiré hondo y me abalancé sobre ella, besándola con exigencia. Me mordió el labio y yo empecé a tantear el terreno sobre el vestido de satén, recorriendo sus curvas e imaginándomela desnuda.

Annie no se quedaba atrás a la hora de meterme mano. Me dio un pellizco en el culo y procedió a desabotonarme la camisa. Me sobaba con ganas, rozándome con las uñas pintadas de azul. A juego con sus ojos. Restregaba el vientre contra mi erección, y la fricción me ponía cachondo a más no poder. En general, la situación me producía una excitación de órdago: estaba a punto de pasarme por armas a una rubia, en un loft de París. No era la primera vez, pero aquel ritual no dejaba de fascinarme.

—La tengo tiesa como un témpano. —Hundí la cara en su escote.

Annie gimió al sentir mi lengua contra la piel de su pecho. Mis dedos encontraron sus bragas. Entonces recordé un pequeñísimo detalle, un matapasiones al que me negaba a renunciar: mis manos enjoyadas.

—Un momentito —pedí. Comencé a quitarme los anillos de platino y de oro, y los dejé sobre el velador.

—Me has cortado el rollo —declaró Annie.

—Molestan cuando vas a hacer un dedo, ¿sabes? —Y volví a besarla.

Las bragas fueron deslizándose por sus piernas y mis manos le acariciaron el interior de los muslos, aproximándose hacia su sexo húmedo y palpitante. Los coños son felicidad; por eso, cuando uno masturba a una mujer, está tocando la felicidad. Introduje el índice y el corazón, moviéndolos en círculos. Annie, complacida, echó la cabeza hacia atrás y me agarró de la muñeca, controlando los movimientos. Palpé una zona rugosa.

—Joder. —Me tiró del pelo—. Déjame devolverte el favor. ¿Qué tienes ahí abajo, la torre Eiffel?

Cuando me montó a horcajadas y me desabrochó la bragueta, relajé los hombros y estudié su rostro. Annie, a su vez, contempló mi pene enhiesto. Se remojó los labios y los cerró en torno al glande. Cerré los ojos, disfrutando de las succiones y de los lametones. Paró por un instante; y, al abrir los ojos, vi cómo me ponía un condón. Luego, mi falo se introdujo, centímetro a centímetro, en su vagina.

—Cabálgame —aseveré.

—¿Cómo se piden las cosas? —Se movió en círculos con una lentitud tortuosa. Se había propuesto volverme loco.

«Pobre irlandés», pensé. La agarré por la cintura, colocándola bien. Sus entrañas se estrechaban.

—Por favor, lady Leonhart, ¿sería usted tan amable de meterse mi polla hasta los riñones?

—Si me lo pides así...

Nos derretimos en un vaivén desenfrenado. Y olvidé cambiar las sábanas.

ooo

El Bristol era el paraíso que me acogía por un ojo de la cara. París está a rebosar de hoteles, pero sólo el Bristol me convence. Lujo y elegancia palaciega. Mejor que el palacio de Buckingham, o eso me parecía a mí. Mientras me daba un bañito en la piscina, recibí una llamada desde el mismísimo infierno.

—Dis-moi.

—Eren. —Zeke suspiró. Parecía que hablar conmigo era similar a picar piedra—. ¿Dónde estás?

Me mordí los labios y apreté el móvil, deseoso de tirarlo al agua. No sin mandar a la mierda a mi medio hermano.

—Donde debo estar. ¿Qué quieres?

Un nuevo suspiro amenazó con sacarme de quicio. Me lo imaginaba arrellanado en la silla de su despacho tras una reunión.

—En fin, como si estás en la Conchinchina. Te llamo para decirte que me caso con Frieda en dos meses.

—Ah, genial. Dale mis condolencias.

—Qué gracioso. ¿Vas a venir? Papá quiere que vengas.

«¿Y tú quieres que vaya?», dije para mis adentros. Zeke me había tratado siempre con fría cordialidad, al igual que nuestro padre y su esposa, Diana. Asistir a su boda no me hacía ninguna ilusión; al contrario, me producía un tremendo desasosiego. Iría toda la familia, empresarios y hombres importantísimos. Cuchichearían a mis espaldas: «¿Ese es el hijo bastardo? Vaya con Grisha Jaeger...»

—Pues lo siento, pero no voy a ir. Tengo cosas que hacer por aquí.

—Venga ya, ¿qué ocupaciones puedes tener tú? ¿Contar a todas las que te pasas por la piedra? Tienes que venir, eres mi hermano. Es tu obligación venir.

—Y por eso me invitas: por obligación. Lo siento, Zeke. No cuentes conmigo.

—A papá no le va a hacer gracia. ¿Qué te cuesta coger un avión y presentarte en mi boda? Eren, por favor. Ven y tengamos la fiesta en paz.

Ninguno estaba dispuesto a ceder.

—Lo siento, pero no es no.

Antes de que mi medio hermano replicara, colgué. Volví a zambullirme en la piscina y pensé en la situación mientras hacía el muerto.

Pensaba instalarme en París definitivamente y no volver a Alemania. Allí no había nada que me atara, nada más que familiares que me miraban por encima del hombro y una madrastra indolente. En Francia estaban Armin; Connei, que trabajaba en una coctelería de Pigalle; Marlo y Hitch, que se habían buscado un pisito en Montmartre. Me sentía más gabacho que alemán; me sentía en casa al caminar por las Tullerías o recorriendo Montparnasse cuan Henry Miller.

Todavía recuerdo la primera vez que vine. Tenía dieciocho años y un francés macarrónico que fui perfeccionando en bares y saraos. París deja marcas imborrables.

El móvil volvió a sonar. Ignoré el timbre estridente y floté durante un par de minutos. Al deducir que el capullo de Zeke no daba su brazo a torcer, descolgué con mala leche.

—Mira, so cabrón, ¿qué parte no entiendes de que no voy a ir a tu boda? ¿Te hago un croquis y te lo mando por correo? Prefiero emborracharme en un burdel antes que ver tus esponsales, coño. Métete la invitación por el culo.

—Vaya. —No era la voz de Zeke, sino la de Ilse Langnar.

En mi arrebato, no había mirado quién llamaba.

—Ah, esto... Perdona, ha sido un lapsus —pretexté y me rasqué la nuca—. ¿Cómo van las cosas, Ilse?

—Mal. No he encontrado nada.

Ilse Langnar era la investigadora privada que había contratado hacía un mes.

—No me digas eso.

—Es la verdad. Sólo tenemos un nombre. ¿Cuántas Carlas crees que hay en Francia? ¿Pretendes que la encuentre por arte de birlibirloque? Si no me das algo más, no puedo trabajar. Un apellido, una dirección, una ciudad... Algo más.

—Si es que no sé nada más. —Mantuve el móvil entre la oreja y el hombro y empecé a secarme—. Carla, eso es todo lo que sé. Mi madre se llama Carla. Y lo oí de pura casualidad. Mi padre no me dice ni mu.

—O sea, que puede que ni siquiera se llame Carla.

—También oí algo más: Shigansina, o algo así. No le di mucha importancia.

—¿Shi-qué? A ver, deletrea: s, h, i... —Hice lo que me pedía y la escuché teclear—. Bueno, algo es algo. Veré qué puedo hacer. Ya hablaremos. Au revoir!

—Â bientôt!

Me dirigí a mi habitación pensando en la incógnita que era mi madre. Deseaba conocerla o, por lo menos, ponerle cara.

ooo

—¡Golfo!

El abogado me gritaba desde la puerta. Su hija, envuelta en una manta, me lanzó un beso. Le hice un gesto con la mano, indicándole que ya la llamaría. El padre, furioso por las aventuras de su santísima niña, echó a correr detrás de mí. ¡Hostia! Subí a mi BMV 507 saltando por encima de la puerta, arranqué y salí disparado por la rue Saint-Sulpice.

—¡Si te veo otra vez por aquí, te parto la cara! —Lo escuché gritar.

París era mi picadero. ¿Que un jurista furibundo me cerraba las puertas de su casa para entretenerme con su hija? Sin problemas. El resto de la ciudad seguía amparándome. Sin embargo, sabía que me darían una paliza más temprano que tarde. Como una profecía, como el día del Juicio Final. Si los maridos deseosos de apalearme formaran una logia, tendría que exiliarme a otro planeta. Aquel abogado no era el único padre que quería destriparme, cortarme la cabeza y pasearla por la ciudad clavada en una pica; hubo uno que me empujó al Sena, un concejal cuya princesita era novicia.

Conduje hasta un tabac para comprar Gauloises. Al bajar del coche, escuché una voz a mi espalda. «Ha llegado mi hora», medité con horror, imaginándome al abogado con una pistola en la mano. Respiré hondo al ver a Franz renqueando y con un brazo en cabestrillo. No quise preguntar qué le había pasado.

—Tío, sabía que eras tú. Me alegro de verte —bisbiseó—. ¿Me haces un favorcillo? Nada que no te puedas permitir, lo juro.

Franz Kefka, que decía tener un parentesco con el autor de La metamorfosis, era un juerguista consumado. Lo conocí en el Oktoberfest, atiborrándose de cerveza Lowenbrau y analizando traseros. Tras vomitarle encima a una camarera y prometerle que le compraría un dirndl nuevo, me dijo que estaba harto de Múnich. Lo invité a París y pasamos dos meses de bar en bar, en busca de diversión. Franz estaba bebiendo Pernod cuando conoció a Hannah. Fue tal el flechazo, que pude sentirlo hasta yo.

Antes de pedirme el favor, me contó una historieta. Hannah y él estaban en el Campo de Marte, ante el falo que conocemos como torre Eiffel, se armó de valor y le pidió matrimonio. ¡Matrimonio! Primero Annie, luego Zeke, y ahora el guasón de Franz. Me describió una situación idílica en la que él, más sobrio que nunca, hincaba la rodilla y ella le decía que sí sin necesidad de palabras sobreras. Yo me imaginaba una pedida procaz, pero mi ahorré la opinión.

—Ve al grano, hombre, que tengo prisa.

—Resulta que no tengo anillo —admitió—. Y, bueno, he pensado que tú podrías, ya sabes, echarme un cable. Tenía dos mil euros, pero no sé qué ha pasado con ellos.

—Vale, no digas nada más. —Me llevé las manos a la espalda—. ¿Izquierda o derecha?

—Siempre con la izquierda, loco.

Le enseñé mi mano y le pedí que escogiera un anillo. Se decantó por una sortija de platino finísima, con pequeños diamantes incrustados en el aro y un zafiro sobre el chatón. Me miró con los ojos brillantes, de cachorrito abandonado. Entendí por qué Hannah había accedido a convertirse en madame Kefka.

—Gracias. Sabía que podía contar contigo, cabrón. Ya te mandaré la invitación del convite. ¿Estás en el Bristol?

—Por supuesto. Pero, eh, recuerda que me debes una. Llámame para la despedida de soltero —advertí subiéndome al coche—. Hasta luego, Franz.

—Joder, eres el tío más legal que conozco. Si tenemos un hijo, le pondremos tu nombre.

Pisé el acelerador y reí entre dientes. Mi donativo no era altruista, algún día se lo cobraría. Franz no era el único que me había vendido su alma.

Mi siguiente destino era L'Empyrée, un club de jazz en el número 13 de Place du Tertre, en el barrio de Montmartre. Armin y Connie me habían invitado a cenar, y yo me apuntaba a un bombardeo. Vivía en continua parranda, en la constante aceptación de invitaciones a comidas, de guateques de sarasas que me hacían proposiciones indecentes. El mundo, visto desde mis ojos de jaranero, se asimilaba a un cuadro de Matisse. Colores flotando en el aire, calles bulliciosas, ríos de semen desbordándose, folleteo en cada esquina, un anillo mezclado con la calderilla en el bolsillo de Franz.

En L'Empyrée, como en cualquier lugar, esperaba encontrar a Dios. Si ese gilipollas tuviera los cojones de plantarse ante mí, lo sodomizaría con una cruz. Ese sinvergüenza me había puesto en el seno de una familia rica, pero me había negado lo más importante. Y, debido a su inexistencia, no podía escupirle a la cara. Entré al club echando humo, a eso de las nueve y a falta de una copa, y me encontré a mis amigos charlando animadamente sobre fútbol.

—Alemania va a ganar —afirmó Armin.

—Que más quisieras, los franceses nos llevamos la copa este año —sentenció Connie.

Nunca hubiera conocido tan íntimamente a Connie si no se hubiera estrellado contra una farola. Perdió cuatro dientes. «Este es peor que una colonoscopia», me dijo. No habló hasta que no le pusieron los postizos, blancos como la nieve. Después de nuestro piñazo, entablamos amistad. Connie trabajaba en una coctelería, el epicentro de la fiesta. Era un bromista de primer nivel, pero también sabía enseriarse si la situación lo requería. Por ejemplo, cuando unos tipos intentaron irse sin pagar unos cubatas, les dijo de todo. En cambio, cuando unas gachís australianas hicieron lo mismo, las dejó ir tan ricamente.

—Armin tiene razón, Connie —tercié mientras colgaba mi americana en el respaldo de la silla.

—Hombre, ¿dónde has estado metido? —saludó Connie—. Llegas tarde, para variar.

—Si te digo la verdad, estaba metido entre las pierna de la hija de un abogado.

—Lo tuyo es muy fuerte. ¿Te pasas todo el día... teniendo sexo? —inquirió Armin.

—Ojalá, Armin, ojalá. Bueno, Connie, ¿cómo van las cosas por el bar?

—Nifa te echa de menos. La chavala delira a veces, ¿sabes? Se pone a hablarme de lo que hicisteis aquella semana que te la llevaste a la Polinesia.

Me serví un poco de whisky.

—La liberé del ennui.

—Y no quiero asustarte, pero tengo que contarte esto: Darius Zackly está en París.

Aquel nombre me aterrorizaba. Observé a Connie con espanto.

—Vino a la coctelería hace un par de semanas —prosiguió—. Me cagué al verlo entrar con sus matones. Pensé que venía a matarme, incluso recé un padrenuestro. Resulta que entró de casualidad. Yo me escondí en la trastienda. Unos de sus capullos estuvo tonteando con Nifa y le contó que están aquí por negocios.

Si hubiera un candidato principal para darme la paliza profética, ese era Darius Zackly, propietario del casino Colossus allá en Las Vegas. Connie y yo lo conocimos una fatídica noche de junio. Me encapriché de una cubana con las tetas más grandes que había visto en mi vida. No me costó mucho seducirla, creo que vivía seducida. Lo que yo no sabía es que estaba casada con Zackly, y que la furia de éste nos obligaría a abandonar la ciudad del pecado.

—No creo que coincidamos, París es lo suficientemente grande para los dos. —Sonreí angustiado.

—Espero que se haya olvidado de mi cara. Que, al fin y al cabo, no le toqué ni un pelo a su señora. Sólo coqueteé un pelín con ella, pero tú te la cepillaste.

—Oye, no te laves las manos.

—Caballeros —interrumpió Armin—, sé que vuestros affaires son muy importantes, pero estaos atentos a la actuación. Es de lo mejorcito que hay.

—¿Quién toca? —pregunté.

—Mikasa Ackerman. Un nombre peculiar, ¿verdad? Hoy canta Sinnerman.

Ante la mención de una canción tan legendaria, solté una carcajada.

—Todavía no he visto ninguna versión decente de Sinnerman. Nina Simone era la única capacitada para cantarla.

Armin esbozó una sonrisa enigmática.

—Puede que te sorprendas, Eren.

Me arrellané en la silla. La luz fue perdiendo intensidad y los focos del escenario iluminaron el piano. La cantante emergió de la nada portando un vestido largo y negro, elegante y carente de sensualidad. Tenía el pelo oscuro como el hematite, se apartó una greña que le caía por la cara y se sentó en la banqueta. Sus ojos grisáceos estudiaron las teclas. Dejó escapar un suspiró de sus finos labios y hundió las manos en el mármol.

«Se le irá la belleza por la boca», pensé. Sin embargo, me hipnotizó cuando empezó a cantar.

Oh, sinnerman, where you gonna run to?

Sinnerman where you gonna run to?

Where you gonna run to?

Era una voz rasgada a la vez que potente, parecida a la de Bonnie Tayler. Iba a romperse en cualquier momento, lo cual me tenía en ascuas. El semblante de la mujer reflejaba el tormento del pecador que no encuentra cobijo.

Please hide me, I run to the rock

Please hide me, run to the rock

Please hide here

All on that day

But the rock cried out

I can't hide you, the rock cried out

I can't hide you, the rock cried out

I ain't gonna hide you there

All on that day

Armin me observó de soslayo.

—Impresionante, ¿verdad?

Asentí embobado. La canción me removía las entrañas. Yo era el pecador. Mi primer pecado fue nacer. Siempre corriendo, buscando algo con lo que parapetarme, un lugar donde el sol no quemara, donde alguien me esperara...

I said:

Rock

What's the matter with you rock?

Don't you see I need you, rock?

Good Lord, Lord

All on that day

Yo era la manzana de la Discordia, el pecado hecho carne. Llegué a Alemania entre los brazos de mi padre, berreando, y me convertí en la vergüenza de los Jaeger. A Diana le abochornaba mi presencia en los eventos públicos, en las bodas, en las comuniones. La tachaban de cornuda. Grisha no se inmutaba, y decía que yo era tan hijo suyo como lo era Zeke, pero no nos trataba por igual. Mi medio hermano seguía los pasos de su madre. La casa de Berlín era fría. No era un hogar, no era un sitio donde ser tú mismo, donde dibujar aunque nunca hayas dibujado bien. Y ese es mi pecado: yo desarticulé la familia Jaeger.

El piano alcanzó notas agónicas justo antes de que Mikasa Ackerman rematara el tema.

Don't you know that I need you?

Don't you know that I need you?

Oh, Lord

Wait

Oh, Lord

Oh, Lord, Lord

No participé en el aplauso somero.

—Quiero conocerla —expresé.

—Primero cena.

—La jodienda no tiene enmienda, ¿eh? —Connei rió—. Me muero de hambre.

Mi cena fue frugal. Tenía prisa por conocerla.

—No puedes atravesar la bambalina, Eren —me advirtió Armin.

—¿Que no? —Me coloqué la americana—. Yo siempre consigo lo que quiero.

Decidido, me acerqué al escenario, subí de un salto y, ante la atenta mirada de la reducida clientela, atravesé la tela roja que pendía del techo. La vi de espaldas, mirándose a un espejo. Se había cambiado de ropa. La estudié de abajo arriba; llevaba unas botas Doc Martens, unos pantalones de mezclilla y una rebeca roja. Advirtió mi reflejo en el cristal y se dio la vuelta. Entonces leí el rótulo de su camiseta: BON JOVI. Tenía planta de bohemia.

Dio un paso atrás, incomodada por mi presencia.

—¿Quién eres tú?

—Tu mayor fan. —Me arrimé a ella mientras me recolocaba el cuello de la camisa—. ¡Qué voz, qué talento! Tengo una habitación en el Bristol. ¿Tocarías para mí?

El camarero, que tenía cara de circunstancias, se personó

—Señor, no puede estar aquí.

—No pasa nada, Pierre. —Mikasa Ackerman se giró hacia el tocador, asió un bolígrafo y estampó su rúbrica en un pósit—. Es un fan, nada más.

Pasó a mi lado y me pegó el papelito amarillo en la frente, como si me diera un zape. Me quedé ahí plantado, con tres palmos de narices y un pósit contra la frente.

ooo

—Thomas? No, don't tell me honey. Listen, I'm not going to marry you. I'm sorry but I'm not sorry. I don't have time for this. We talk later.

Annie acababa de deshacer su compromiso de un plumazo. En otras circunstancias, me habría partido el culo. Mi mente estaba en otra parte: en el pósit. Allí sentado, en la terraza de Le Procope, me pregunté qué había hecho mal. El papelito estaba ante mí. La firma era estilosa. Tamborileé en la mesa con los dedos. Empezaba a preocuparme. ¿Estaba perdiendo facultades de seductor? Tal vez no había sido lo suficientemente fresco. En vez de «¿tocarías para mí?», debería haberle dicho: «¿me tocarías a mí?»

—Qué a gusto me he quedado —dijo Annie—. Vuelvo a ser una mujer libre.

—No lo entiendo. —Me llevé una mano a la barbilla—. Es la primera vez que me pasa.

—¿No se te empina?

—Vete a la mierda, lady Tocapelotas. Es la cantante del club de jazz, que me rechazó deliberadamente. ¿Te lo puedes creer? Mis colegas se rieron a mandíbula batiente.

—Ya, ya. —Annie le dio un trago a su vermut—. ¿Nunca te ha rechazado una tía, en serio?

—Estás hablando con Eren Jaeger, reina: yo siempre consigo lo que quiero. Es mi lema.

Annie soltó una carcajada repleta de crueldad. Fruncí las cejas y la escruté con ojos de asesino. No sé quién estaría más contento con el compromiso disuelto: si Thomas o ella. Qué mujer, de verdad, qué diabólica.

—¿De qué te ríes?

—Pues de que te han dado calabazas de una forma espectacular. Un pósit... —Hacía lo posible por contener la risa—. Tendré que usar esa técnica. Tío que venga a tontear, pósit que le pego. Sois todos unos cerdos, de verdad.

Al menos podría haberme apuntado su número de teléfono. Suspiré y guardé el papelito.

—Nosotros somos demasiado simples, Eren —continuó Annie con un matiz de cansancio en la voz—. No necesitamos lazos sentimentales, solamente un par de chupitos. Pero hay gente más compleja, gente que quiere paseos de la mano, bombones y, a mucho pedir, cartas plagiadas de James Joyce. Qué repelús. Nosotros, Eren, somos más prácticos. No obstante, mi intención no es desanimarte; vuelve a buscar a la chavala y sé menos Eren y más caballero.

—Han pasado tres días, seguro que ya no se acuerda de mí. Una gachí así, artista y de piernas largas, debe conocer tres mil tíos al día.

—Tres mil pósits. —Dejó unas monedas en la mesa y se levantó.

Entorné los ojos.

—¿Adónde vas?

—Salgo para Buenos Aires —respondió—. Si vengo por aquí, te llamaré. No sé, lo mismo me quedo con un mulato en Las Bahamas.

—¿Te acerco al aeropuerto? Es lo que haría un caballero.

—Capaz eres de secuestrarme. —Se alisó las arrugas de la falda—. Pediré un taxi. —Asió el asa de la maleta y echó a andar. A medio metro, se giró y me pilló mirándole el culo.

ooo

Los lunes eran días de descanso. Me dedicaba a beber vino y a leer las barbaridades que pasaban en el mundo. Los periódicos son cajas de Pandora, los leía con una insensibilidad pasmosa; y, sin embargo, procuraba sentirme falsamente entristecido por las tragedias. Mi nihilismo era demasiado fuerte. La civilización es cuna de catástrofes; si me sintiera afectado por todas ellas, me habría colgado de la luna.

Fue un lunes cuando me llamaron de la recepción, diciendo que una señorita estaba buscándome. Se trataba de Petra Ral en su versión de cantamañanas; para más inri, se presentó a lo Barney: borracha. El recepcionista parecía apurado. «Señor Jaeger, esta señorita puede perjudicar la imagen del hotel...». Petra solía buscarme por dos motivos: sexo y copazos de champagne. No tengo quejas de ella. Era bastante agradable y me apreciaba de corazón; y, a veces, me utilizaba como su confesor. Lloraba en mi hombro y contaba, en mitad de un llanto desgarrador, sus desventuras amorosas. Habíamos compartido tantos momentos íntimos que no podía ignorarla.

—Yo me ocupo de ella. Ayúdela a subir, René, s'il vous plaît.

Me cubrí con el albornoz y me dirigí a la puerta. Le di una propina al bueno de René, disculpándome en nombre de Petra. Mi amiga entró tambaleándose y se dejó caer en un sofá. Una parte de mí veía a Petra como una santa. Cualquiera sentiría el impulso de protegerla: era bajita, delgada y tenía cara de niña. Como casi todos los pelirrojos, tenía pecas por los mofletes; sin embargo, eran tan pocas y tan pequeñas que había que usar una lupa para verlas. Estos detalles, unidos a sus ojos marrones, su nariz respingona y su boquita de piñón, le conferían un aspecto sagrado, de no haber roto un plato en su vida. No obstante, la dulce niña Petra, que te sujetaba la puerta y te cedía el paso, tenía momentos de dicotomía entre su personalidad real y las borracheras.

Una fémina puede derramar lágrimas por muchos motivos: hombres, dinero, embarazo repentino... Damas y caballeros lloran por lo mismo.

—¡Qué amargura! —aulló—. Es un horror, Eren, un verdadero horror.

—¿Me puedes explicar qué te pasa? Madre mía, qué pintas llevas.

La resaca, supuse, hacía estragos. Los cabellos bermejos estaban enmarañados, el maquillaje corrido en forma de lágrimas negras que le daban un aspecto tétrico. La capa de pintalabios tampoco se había salvado. Portaba un mono negro y una sandalia se le había perdido.

—Es el fin, es el fin. —Creí que canturreaba una canción de The Doors. Enseguida se puso en pie y se lanzó a abrazarme como una burra, haciendo gala de una fuerza imposible para un cuerpo tan pequeño como el suyo. El caso es que esta mujer que rondaba la treintena y aparentaba dieciséis me estaba asfixiando y alarmando. Pensé que le había pasado algo terrible.

—Seguro que podemos solucionarlo.

—Fui al médico el otro día. —Se apartó de mí y se dejó caer en el sofá. Me senté a su lado—. Me encontraba fatal, de verdad. Tenía diarrea, pero diarrea incontrolable, de esa que te sienta en el váter durante horas, ¿sabes a lo que me refiero?

—La cagalera es lo peor que hay.

—Estaba ya preocupada; fiebre y diarrea por un tubo. Hace dos días fui al médico. Estaba convencida de que era un virus estomacal o alguna faena de ese estilo, pero...

—¿Pero...?

Se largó a llorar otra vez. Apoyó la cabeza en mis muslos, berreando como una recién nacida. Suspiré y le pasé la mano por el pelo.

—Si no me cuentas lo que pasa, no puedo ayudarte.

—Me hicieron unas pruebas y a los dos días tenía los resultados. Nada de gonorrea, nada de clamidia, pero... —Se sorbió la nariz—. Tengo sida.

Mi cara era un poema. A día de hoy, recuerdo que me quedé lívido.

—Ay, Dios mío —farfullé.

Petra se incorporó y me miró con pasmo.

—No sé cómo es posible.

—¿Lo has hecho sin condón, a palo seco?

—No, bueno... No sé. Me va a dar algo. Mi vida está arruinada. Sida, sida. —El miedo se hizo patente—. Ayer me fui de fiesta al Lido para olvidarlo, ya sabes... Voy a morirme.

—¡No digas eso, pedazo de dramática! No es la lepra ni la peste, ¿me oyes? Hoy en día está muy controlado. Que es crónico, sí, pero no te vas a morir de sida. Te morirás con él, pero no por él. Joder, dame un abrazo.

Mi madrastra decía que el sida era un castigo para las mujeres de vida airada, los promiscuos y «el otro hijo de mi marido, que es un sátiro». La realidad es que cualquiera puede contraerlo. Abracé a la compungida Petra, le ofrecí un trago y se bebió una botella entera. Después me dio las gracias por estar siempre ahí, soportando sus infortunios. Continuó llorando y recaló en la más honda de sus penas.

—¿Y el sexo? Debería haberme metido a monja. —Escondió la cara entre las manos.

—¿Anoche follaste?

—¡No, por Dios! Puedo pegárselo a alguien. No quiero empezar una epidemia. Estuve bailando un rato, besé a algún tío. Según mi médico, no se transmite por la saliva. —Hablaba chispada y tirada en el sofá cuan larga era—. Me prescribirá un tratamiento. Antirretrovirales, o algo de eso. Tengo cita mañana. Estoy muy, muy asustada.

Si me hubiera dado esta noticia en los 90, me habría puesto a llorar a su compás; en cambio, el siglo XXI ofrece tratamientos que permiten a un enfermo de sida vivir con normalidad. Petra tenía que aceptarlo; era una mala idea que pasara el duelo de fiesta en fiesta, podría emborracharse, fornicar sin protección y pasar el virus o, con muy mala suerte, sufrir una reinfección.

—Si te medicas bien, eres indetectable.

Mi sabiduría acerca de las enfermedades e infecciones de trasmisión sexual se debe a la carrera de medicina y a la experiencia propia. A los diecinueve añitos atisbé los indicios una enfermedad de esas. Mear se convirtió en un martirio, y había una secreción asquerosa también. El nombre de la bacteria me produce escalofríos: neisseria gonorrhoaeae. En palabras sencillas: gonorrea. Me acojoné. Mi queridísima familia no llegó a enterarse; la idea de comunicar que tenía gonorrea no me seducía. Diana me pondría de putero para arriba. Aterrado, me imaginaba una bacteria espantosa asediando mi cuerpo. Se me curó en un mes, pero el susto fue tremendo.

Empecé a ser más precavido y a informarme. La sífilis da miedo, pensé. Por eso sé tanto del sida y gasto más en condones que en comida.

—Básicamente —continué—, una persona indetectable no puede transmitir el virus, entre otras cosas.

—Sigo estando fatal.

—A ver, Petra, tienes que aceptar tu condición. Si los diabéticos conviven con su enfermedad, tú podrás con el sida, ¿de acuerdo? —Resoplé—. Arréglate un poco y vamos a darnos un garbeo por el Luco, necesitas aire libre.

ooo

Un día, cuya fecha ignoro, me llegó un mensaje de mi padre, a quien llevaba un año sin ver. «Lo que ocurra entre tu hermano y tú —que debe ser una niñería— no justificará tu ausencia en la boda, Eren. No me hagas pasar por la vergüenza de tener que explicar a familia, amigos y socios de la empresa que mi hijo menor no se ha dignado a aparecer en un día tan importante para Zeke y Frieda. No tengo potestad para obligarte, pero sí para aconsejarte lo mejor».

Así iniciaba. Ni un saludo, ni un cómo estás. Las faltas de ortografía y los emoticonos eran inexistentes en el mundo de Grisha Jaeger. «Por eso te pido que cojas un avión y vengas a Alemania, pues doy por hecho que estás fuera del país. Es tu obligación asistir, al menos, a las nupcias. No puedo entender tu negación».

La releía en la calle, paseando por el boulevard de Clichy. Me parecía un mensaje estúpido, todo ese discursito sobre problemas fraternales y evasión de las responsabilidades. Nadie iba a echar de menos al apestado de la familia; mi ausencia serviría para censurarme mejor y alimentar la lengua viperina de Diana. No pensaba abandonar París; vivía feliz en el Bristol, en comunión con la urbe, con los elementos. Mi padre pretendía llamarme sinvergüenza a base de eufemismos y reproches. Había una línea que me irritaba. «Creo que nos menosprecias, Eren, y no puedo entender el motivo. No te ha faltado de nada: has estudiado en los mejores colegios y en la mejor universidad. No entiendo tu desconsideración hacia nosotros, tu familia». También había tenido a mi madrastra catalogándome, con los ojos brillantes de odio, como un vestigio de adulterio. Consideraba que yo era lo peor de lo peor, el sujeto más vil de la calaña de los espurios. «Diana tampoco te comprende. Me ha dicho que la odias. Aunque no te guste la idea, Diana es lo más cercano a una madre que has tenido». Me eché a reír. Mi padre no sabía de la misa la media. Solía llegar a la casa de Berlín a las tantas, exhausto de tanto trabajo. De pequeño escuchaba conversaciones entre Diana y él, y después otro tipo de ruidos. Ellos, por supuesto, lo ignoraban. Los años pasaron y entendí que mi madrastra se mostraba muy amable delante de mi padre; le doraba la píldora, le palpaba la bragueta y Grisha caía en su influjo.

Diana Fritz y mi padre se casaron a los diecinueve años. Ella era una muchachita rubia con una mirada cargada de preocupación, o eso me transmitió una vieja fotografía. Sus efluvios de bondad eran tan falsos como la raza aria, a la que podría pertenecer. «Hijo, Diana te quiere», escribió mi padre. Me tembló el labio inferior de pura rabia. «Zeke te adora y a mí me importas demasiado. Pero tú te muestras arisco». Nunca me decía que me quería, sólo que le importaba demasiado. Eso era todo. Su gesto más cariñoso era una palmadita en el hombro. Para concluir el mensaje, me deseó el peor de los porvenires. «Espero que algún día sientes cabeza y te cases con una mujer tan buena como Diana».

En la esquina de la rue Coustou me choqué con alguien. Nos dimos de lleno. Admito que fue mi culpa por ir mirando el móvil.

—Perdona —dije—. Espera un momento, tú eres...

—Eres el cliente de la otra noche. —Mikasa Ackerman, ataviada en su vestimenta bohemia con predilección grunge y una guitarra enfundada colgada del hombro, me estudió con sorpresa.

—¡Qué casualidad! —atiné a decir—. Soy Eren, el tío al que le pegaste el pósit.

Me estrechó la mano con desconfianza. Yo la escruté con parsimonia. Tenía un rostro absolutamente precioso, fino, esculpido con paciencia por la genética que la había moldeado. Nunca antes había visto unos ojos así. Eran grises como un cielo que vaticinaba tormenta y unas pestañas largas los coronaban. Lo que me llamó la atención fue el aire oriental, ese exotismo de las mujeres del Este. Desapareció mi fastidio por completo. Algo bonito siempre me alegra el día.

—Sí, el tío que atravesó la bambalina. —Su mirada se tornó lánguida.

¡No podía dejarla escapar!

—No me dejaste invitarte a un piscolabis.

Pasó de mí olímpicamente y reanudó su camino. Era inmune a mis encantos, a mi perfume caro y a mi traje impecable. Estaba decidido a conseguir su atención; si no podía llevármela al huerto, al menos la invitaría a un café.

—Un cafecito —continué—, venga. Me encanta tu voz, de verdad.

—¿Piensas dejar de seguirme?

—Es que vamos en la misma dirección.

Las mujeres, por lo general, solían adorarme. Y yo las adoraba a ellas, pero era incapaz de enamorarme. Era demasiado egoísta, o generoso, para ello. Había una chavalita alemana, Historia, de la que creí estar enamorado. Historia, la hermana pequeña de Frieda, era una hija bastarda, como yo. Su madre era una víbora, qué queréis que os diga; empezó como una amante, pero se cameló a Rod Reiss lo suficiente como para que dejara a su esposa y se casara con ella. Frieda, que quiere con locura a su hermana a pesar de todo, me lo contó un día. Me advirtió que tratara bien a su «pequeñina»; de lo contrario, me arrancaría el escroto y me asfixiaría con él. Historia era una belleza angelical, centelleaba como un cristal a pleno sol. Sin embargo, escondía una apatía tremenda hacia el mundo. Antes de que su madre se convirtiera en la esposa del pobre Rod, había pasado penurias y sufrido el rechazo de su madre. Fingía ser tierna y dulce en público, pero en privado era muy diferente. No obstante, creo que Historia era amable por naturaleza.

Como digo, creí estar enamorado, pero fue sólo una ilusión. Me veía reflejado en Historia, y eso me atraía. Los dos habíamos sufrido los cuchicheos, los dos éramos los trapos sucios de hombres poderosos. Ella también confundió el enamoramiento con amistad y comprensión. No llegué a tocarla, solamente le di un pico inocente. Era sagrada para todo el mundo, excepto para una larguirucha, pecosa y larguirucha Ymir, que estaba coladísima por Historia. El amor se mutualizó. Ymir y yo desarrollamos una relación peculiar: a veces me llamaba para saber si estaba vivo, se reía de mí, presumía de novia y me decía que estaban en Oslo visitando a algún pariente, o comiendo hamburguesas, o practicando el kamasutra. Ante esto último, la pequeña Reiss se escandalizaba y escuchaba su voz de fondo. «¡Ymir, por Dios!», gritaba, y la larguirucha se reía a carcajada limpia. «¿Has visto, Eren? Soy mejor que tú seduciendo a las mujeres».

La inmutabilidad de Mikasa Ackerman me hizo pensar que Ymir tenía razón.

Fastidiada, la cantante se detuvo a unos metros del Moulin Rouge y me miró con las cejas alzadas.

—Escucha, sé qué estás intentando, pero no lo vas a lograr, así que deja de seguirme. ¿Me estás oyendo?

No la estaba ignorando a propósito. Me había quedado mirando a un hombre adentrado en la ancianidad que estaba entre los turistas, admirando el cabaré más famoso de Francia. Tenía una barba espesa y unos ojillos que reflejaban dureza en las gafas. Empalidecí cuando me miró; enseguida me reconoció y le hizo un gesto a los dos gorilas que lo acompañaba, quienes se aproximaron a Mikasa y a mí con unas sonrisillas que no auguraban nada bueno.

Me invadió el miedo. Darius Zackly me había encontrado.

—¡A correr! —Cogí a Mikasa Ackerman de la mano y la arrastré en mi huida.

—¡Eh! —Se quejó—. ¡Suéltame!

—¡Te han visto conmigo, así que ese viejo te ha fichado! —advertí entre jadeos. Miré hacia atrás y vi a los lacayos de Zackly corriendo, esquivando y empujando viandantes—. ¡Ay, Dios mío!

—¡Me has metido en un lío!

ooo

HOLA, GENTE.

Llevaba varios días dándole vueltas. Quería escribir algo en tiempos modernos, y esta idea me pedía a gritos que la escribiera. Así que, ha nacido... París era una fiesta. Sí, Ernest Hemingway. Tengo debilidad por el lujo, por el vicio, por el hedonismo... En fin.

Sinceramente, me encanta el Eren que me ha salido xD. Me he superado a mí misma, joder. Me estoy riendo y todo. Eren, como veis, es hijo de una tal Carla y Zackly lo quiere matar por golfo. Es un poco Jon Snow y un poco Casanova. Si es que, ¡menuda mezcla!

Mikasa, por otra parte, es artista y pasa de Eren. Ya veréis por qué. Sólo os digo que es bastante intenso.

Menudo panorama. Annie divorciándose antes de casarse, Armin en celibato, Petra con sida...

Va a haber lemon, y no necesariamente de la pareja protagonista. Voy a meter de todo, de todo.

Bueno, si te ha gustado, deja tu review.

¡Hasta más ver!