Capítulo 14

Después de una satisfactoria cena, Milo, Aioria y Camus comenzaron su regreso al castillo. A pesar de que el sol se había ocultado, la cantidad de gente en las calles no había disminuido. Si bien los locales y los puestos de los mercaderes ya habían cerrado, aún era posible comprar chucherías de algunos vendedores ambulantes. Algunas familias aprovechaban el fin de sus labores para recorrer las calles a lado de sus hijos pequeños, quienes no perdían la oportunidad para pedir cucuruchos repletos de dulces.

Sentada en la pileta de una de las muchas fuentes de la ciudad se encontraba una mujer de edad avanzada. Llevaba en su brazo una enorme canasta cubierta con una servilleta blanca y en una aguda y rítmica tonada ofrecía sus dulces a aquellos que pasaban frente a ella. Su forma de vender era típica en el país de Vere y Camus no le prestó atención al saberse completamente satisfecho, mas la cantarina señora llamó la atención de los akielenses.

—¡Ah! Debe ser mi día de suerte para que tres jóvenes tan fuertes y atractivos vinieran a mí a esta hora de la noche —si bien su canto fue vereciano, identificó sin problemas la nacionalidad de sus potenciales clientes y con habilidad habló en su idioma. Camus notó que la mujer parecía tener más rasgos akielenses que verecianos y se preguntó si la anciana reclamaba alguna nacionalidad o si, simplemente, prefería cambiarla dependiendo del tipo de moneda con la que le pagaran.

—¿Qué es lo que ofrece, madre? —preguntó Milo mientras se inclinaba hacia la canasta.

Camus rodó los ojos al ver la orgullosa sonrisa de Milo y Aioria. Parecía ser que su egocentrismo llegaba a los absurdos niveles de disfrutar de los piropos de una mujer que lo único que buscaba era una venta.

Macaron —respondió la mujer mientras descubría las galletas almendradas—, una especialidad del norte. Se dice que es el postre favorito de su alteza, el Príncipe. Seis piezas por un sol de cobre.

Aioria murmuró algo en el oído de Milo y este rio de buena gana.

—¿Qué dices, Camus? —preguntó Aioria—. ¿Realmente comen esto en Vere?

El pelirrojo asintió y le ofreció a la mujer una de sus monedas. La anciana sonrió con satisfacción y permitió que tomase los dulces correspondientes. Guardó tres de ellos en su pañuelo y el resto se lo entregó a sus compañeros, quedándose, por supuesto, con su parte.

Los hombres comieron mientras continuaban con su camino. Aioria arrugó la nariz y comentó que le parecían demasiado dulces, pero Milo admitió disfrutar de su inusual textura. Camus también dio el visto bueno al confite. Había probado muchas versiones del postre —cada una más extravagante que la anterior— y disfrutó de la carencia de sabores exóticos y del sencillo y suave relleno almendrado que era tan difícil de conseguir en las confiterías de Monpazier.

Caminaron sin prisas mientras disfrutaban los últimos respiros de actividad de la ciudad. Camus se sorprendió a sí mismo al darse cuenta que esperaba que los días pasaran con rapidez y pudiese visitarla nuevamente. Generalmente Camus era un hombre responsable que disfrutaba de sus deberes y que veía el tiempo libre como un mal necesario. Sin embargo, el festivo ambiente de Marlas le hizo comprender mejor a los compañeros que hacían el conteo regresivo para el séptimo día.

Tras pasar por una breve inspección en la entrada del castillo, los hombres se dirigieron al dormitorio, en donde decidieron jugar a las cartas mientras llegaba la hora de apagar las luces. No obstante, al ver que Camus les vencía una y otra vez, Aioria se ofreció amablemente a enseñarle un tradicional juego akielense.

—Se llama petteia —explicó Aioria mientras colocaba piedrecillas negras y blancas sobre un tablero cuadriculado—. Se dice que fue el antecesor del ajedrez —Camus sabía que el ajedrez había iniciado en el país de Patras, no en Akielos, pero decidió que no era el momento para sacar a relucir dicha información—. Solemos jugarlo en campaña porque es más fácil conseguir piedras que piezas de ajedrez.

Las reglas del juego evocaban un tanto a las del ajedrez y Camus disfrutó de la complejidad que podía adquirir a pesar de contar con reglas tan básicas. Jugó dos partidos contra Aioria antes de que Aldebarán y Mü se les unieran. El castaño volvió a explicar las reglas y disfrutó vencer a Aldebarán antes de enfrentarse contra Mü. Su gusto duró poco tiempo.

—¡Espera, espera! ¡No puedes hacer ese movimiento!

—¿Por qué no? —preguntó Mü a la par que retiraba del tablero la última pieza jugable de Aioria—. Te colocaste justo entre mis piezas. Eso quiere decir que estás capturado.

Aioria se meció sobre la mullida superficie de su camastro y señaló hacia el tablero con su palma abierta.

—¡No me puedes capturar porque hice el movimiento voluntariamente!

—Eso no lo explicaste.

—¡Porque pensé que sería obvio!

Mü exhaló cansinamente y se dirigió hacia Camus.

—¿Entiendes esto? —murmuró rápidamente en vereciano—. ¿En qué cabeza cabe no capturar una unidad que se entregó a si misma?

Cuando Camus le respondió con un despreocupado alzar de hombros, Mü giró su rostro hacia Aldebarán, quien estaba sentado a sus espaldas y que, para su pesar, reaccionó del mismo modo que Camus.

—Quizá debas proponer nuevas reglas —dijo Aldebarán mientras acariciaba discretamente la cintura de Mü—. Incluso podrías inventar un nuevo juego que tome lo mejor de ambos mundos.

Mü exhaló cansinamente, mas el sutil contacto de Aldebarán fue suficiente para sosegarlo. Camus les había observado desde que llegaron al dormitorio. El vereciano parecía diminuto frente a Aldebarán y a duras penas cabían sobre el camastro que compartían con Aioria y el tablero. Sin embargo, parecía que no encontrarían un lugar más confortable que estando cerca el uno del otro. Ese era tan solo un ejemplo de cómo se complementaban mutuamente; Aldebarán atenuaba la fuerte personalidad de Mü y este último incitaba la confianza y determinación en el primero. A pesar de que Camus no estaba seguro de qué tan lejos llegaría esa relación, no se imaginaba a Mü dejando a Aldebarán atrás por sus obligaciones en la corte. No se sorprendería si aquella unión durase más que sus estancias en la Guardia o que un insípido matrimonio de conveniencia.

De reojo observó a Milo, sentado a su lado en el camastro contiguo al del resto, y se preguntó si algún día podría aspirar a algo así con él. Mü y Aldebarán hacían parecer que la convivencia entre culturas fuese sumamente sencilla, pero Camus estaba más que consciente de las dificultades. No obstante, en esos momentos que le tenía tan cerca, con sus musculosas piernas recogidas sobre el camastro y con sus bellos ojos perdidos en el último macaron en el pañuelo de Camus, el pelirrojo deseaba creer que era posible llegar a un punto en el que estar juntos no fuese otra cosa si no natural.

—¿Estás seguro de que puedo comer el último? —la voz de Milo sacó a Camus de su ensoñación.

—Por supuesto. He comido suficientes macarons en mi vida. Creo que puedo prescindir de algunos.

Milo le agradeció con una gran sonrisa y le dio una pequeña mordida al dulce. Camus carraspeó y decidió centrar su atención en Mü y Aioria, quienes decidieron iniciar una nueva partida. Sin embargo, antes de que las fichas pudiesen ser colocadas nuevamente en el tablero, del otro lado del dormitorio inició una fuerte discusión.

Se trataba de dos soldados akielenses que hasta hacía poco jugaban a los dados entre las dos hileras de camas. Ambos mostraban señales de haber tomado más alcohol del que era pertinente y, de hecho, lo que había llamado la atención de todos los soldados fue el vaso con licor que uno había lanzado hacia el otro. El vaso erró y terminó estrellándose contra el muro del dormitorio, lo que desencadenó una serie de insultos y empujones que no tardaron en llegar a los golpes.

Para cuando lograron separarlos ya era demasiado tarde. Sus rostros estaban marcados con las heridas típicas de un cruce de puñetazos y, sin duda, no pasaría mucho tiempo antes de que los Capitanes se enteraran de lo que había ocurrido. En cualquier otro regimiento aquella discusión sería una de muchas y, sin duda, los hombres recibirían poco más que un día de labores forzadas. Sin embargo, se encontraban entre los postulantes a la Guardia Real y las reglas eran estrictas. Lo más seguro era que ni uno ni otro volvieran a pasar la noche entre los muros del castillo de Marlas.

Los golpes debieron desembriagar al hombre que lanzó el vaso, puesto que su ira se desvaneció de golpe y fue reemplazada por la cruel aceptación de que había perdido la oportunidad más grande de su vida por una noche de tragos. Silenciosamente comenzó a reunir sus pertenencias y en cuestión de minutos atravesó la puerta del dormitorio para no regresar más. El otro soldado también comprendió lo sucedido, pero estaba demasiado ebrio como para tomar una decisión tan tajante. En su lugar pateó el bote con el que habían jugado a los dados y se dejó caer sobre su camastro con la certeza de que el alcohol le permitiría dormir sin complicaciones.

Poco a poco el dormitorio retomó la paz que había perdido y Aioria y Mü comenzaron su segunda partida.

—Hacía varios días que no ocurría algo así —comentó Aldebarán—. A estas alturas deberían saber lo imprudente que es embriagarse; estar fuera de servicio no es excusa.

—Admito que me sorprende que el hombre se haya ido sin más —dijo Camus—. Otros habrían fingido que la trifulca fue en alguna taberna de mala muerte y no entre soldados.

Milo frunció el ceño y recargó su barbilla sobre sus manos entrelazadas.

—Algunos lo intentaron —admitió Milo—, al principio. Sin embargo, ahora todos saben que mentir es inútil.

—¿Y eso por qué?

Mü respondió rápidamente a la pregunta de Camus.

—Porque hay un soplón —dijo con la nariz arrugada y su boca torcida con desdén—. No importa a qué hora ocurran las riñas ni si hay verecianos o akielenses involucrados. Los Capitanes siempre se enteran de lo ocurrido; muchas veces antes de que los otros dormitorios lo hagan. Ten por seguro que la primera orden del día de mañana será dar de baja al soldado que decidió permanecer aquí.

Camus sopesó seriamente las palabras de Mü. En todos sus años de soldado jamás se había topado con un delator entre las filas. Esto no se debía a que hubiese lealtad inquebrantable entre los soldados, sino al hecho de que casi todos los hombres temían acusar a alguien por algo que en algún momento hicieron o estarían dispuestos a hacer. Si un soldado llegaba a ser castigado por conducta indebida, solía ser a causa de su propia indiscreción, mientras que las faltas verdaderamente severas —como el abuso a civiles— no tardaban en convertirse en un escándalo tan grande que tenía que levantarse una investigación. Como capitán, Camus desalentó abiertamente el cotilleo entre sus hombres, pero siempre prestó discreta atención a los rumores. Le pareció extraño que los Capitanes en Marlas no solo tuvieran a un delator, sino que la existencia del mismo fuese conocida por todos. Además, era claro que los Capitanes preferían incentivar el mal comportamiento para seleccionar así solo a los más disciplinados; no tenía sentido tener un soplón que desalentara las malas actitudes. Las situaciones se contraponían y Camus deseaba entender por qué.

—Me parece bien que los delaten —tajó Aioria—. La Guardia no necesita a soldados que no puedan controlarse a sí mismos, ni mucho menos que carezcan de las agallas para aceptar la consecuencia de sus actos.

El comentario de Aioria cerró la conversación. El juego continuó en silencio y, para cuando Mü ganó limpiamente la partida, había llegado la hora de apagar las antorchas. Los hombres se dirigieron a sus camastros y se prepararon para una semana más de entrenamiento.

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La mañana siguiente comenzó como cualquier otra. Los hombres se dirigieron al patio para los ejercicios de campamento y fueron recibidos por ambos Capitanes, quienes les arengaron con elocuencia. Todo parecía tan normal que Camus pensó que sus compañeros se habían equivocado al decir que el soldado pendenciero sería dado de baja. Al menos así fue hasta que se escuchó el rítmico trote de un caballo. Los soldados no identificaron al recién llegado hasta que se colocó frente a las filas.

El desconocido iba ataviado con una elegante armadura vereciana. Su cabello castaño estaba cortado al ras y portaba una barba de candado que ocultaba una sagaz sonrisa. Era casi tan joven como Camus y, aunque sus movimientos no eran precisamente elegantes, llevaba consigo la confianza de alguien que había formado parte de la milicia por años.

Una vez que el soldado se colocó a un costado de los Capitanes, Dohko dio la orden de saludar. Los hombres obedecieron con presteza y el desconocido le entregó a Dohko un pergamino con un sello de color azul. El Capitán leyó el contenido de la misiva, asintió y pronunció en voz alta el nombre del soldado que había estado en el altercado de la noche anterior.

El hombre se encontraba a espaldas de Camus, por lo que solo le escuchó romper filas y alejarse del grupo incluso antes de recibir la orden de hacerlo. Dohko y Shion le agradecieron al hombre en caballo, quien asintió con burlona satisfacción, le dio una última mirada a los soldados y partió de regreso al castillo.

Minutos más tarde, cuando armaban la tienda principal, Camus preguntó a Milo si conocía la identidad del desconocido.

—Es parte de la Guardia del Príncipe —respondió Milo—. Desconozco su nombre, pero combatió con nosotros contra el Regente. Su alteza confía en él; sin duda será parte de la Guardia Real junto con nosotros.

Camus quiso preguntar más, saber en qué condiciones y de qué forma se enfrentaron a las tropas del Regente. Sin embargo, los ojos de los Capitanes no cesaban de rondar el campamento y Camus tuvo que poner de lado su curiosidad.

Casi estaba acostumbrándose a hacerlo.

Comentario de la Autora: La mera verdad es que no me gustan para nada los macarrones. No solo me parecen demasiado dulces, sino que todos me saben igual. Te cobran hasta 3 USD por un dulce que me sabe igual al que cuesta 1 USD. Nope, nope. No recomiendo los macarrones. Mejor compren chocolate. Siempre estarán más seguros con el chocolate.

Eeeeeeeeeeeeeeeh... sobre el fic. Una enorme, enorme disculpa por el personaje que metí al final. No tenía planeado poner muchos cameos de Captive Prince, pero este no lo pude evitar. Veremos un poquito más de él en el siguiente capie, pero les aseguro que no tendrá nada que ver con la trama y será solo para satisfacerme a mí misma (?).

¡Anjá! ¡Al fin tenemos algo de trama! Un poco, pero algo es algo. ¿Quién será el soplón? ¡Que comiencen las apuestas! ¡Ta chan!

Estoy muy feliz por cómo está funcionando la pareja AldexMü. Son hermosos juntos y ya tengo en el horno un sidestory de ellos. Pero no lo publicaré pronto porque... pues estaría lleno de spoilers. ¡Pero algún día!

En noticias adicionales, he abierto un ko-fi, así que si en algún momento les sobran 3 USD, en lugar de comprar macarrones, podrían darme un poco de dinero. Lo que reúna lo utilizaré para los gastos que tendré cuando publique mi novela original (la cual está para salir en aproximadamente medio año). La página es: ko-fi (puntocom) / alechansfanfiction. Cualquier apoyo será muy agradecido!

Eso es todo por ahora. ¡Espero no lo hayan odiado! ¡Muchas gracias a todos por las lecturas y mucha suerte con sus respectivas medidas del virus que los anda volviendo locos a todos! ¡Paciencia y a cuidarse a sí mismos y a los demás!