Capítulo 25

Camus quitó la tranca de la puerta y la abrió dramáticamente sin molestarse en domar el enojo que sentía. A pesar de que ya sabía quién se encontraba del otro lado, apretó firmemente los dientes en cuanto vio a Afrodita y Máscara de la Muerte.

El akielense tuvo la decencia de lucir abochornado (o más bien, aterrado), pero cualquier consuelo que Camus pudo haber tenido al ver su sufrimiento desapareció cuando sus ojos se enfocaron en Afrodita. El bastardo les sonreía con sorna y un orgullo mal habido se reflejaba en sus malignos ojos. Si Camus no le rompió la nariz en ese momento fue más porque temía no poder contenerse de asesinarlo y no tanto porque sabía que eso significaría perder su lugar en la Guardia.

—Lo lamento, Camus —musitó Máscara de la Muerte y Camus se sorprendió de lo honestas que sonaban sus palabras—. Los vi limpiando el cuarto hace rato y Afrodita me dijo que me castraría si no le decía en dónde estaban.

—Lo creo capaz —dijo Milo más para sí que para los demás y todos, incluyendo Afrodita, concordaron.

Camus exhaló y cerró los ojos mientras sujetaba el puente de su nariz con el dedo índice y el pulgar. Se sentía a escasos segundos de explotar.

—¿Qué es lo que quieres, Afrodita?

El hombre ladeó el rostro con una felina sonrisa y batió sus largas pestañas. Camus reconoció una ligera marca de maquillaje negro en ellas.

—Quiero hablar con ustedes de algo importante. Vengan. No está bien visto que los aspirantes hablen a mitad del pasillo como escuderitos con demasiado tiempo libre.

A pesar de que Camus odió tener que esperar para descubrir la verdad detrás de las acciones de Afrodita, dirigirse hacia quién sabe qué lugar le hizo sentir que, al menos, estaban acercándose a ella. Caminaron por un par de minutos hasta que Afrodita los condujo a un pequeño patio que unía dos de las torres principales del castillo. El lugar era pequeño y estaba oculto en gran medida por la copa de los bajos, pero frondosos árboles que lo rodeaban. El lugar era inesperadamente solitario y estaba cubierto por la sombra de los árboles. Aquel espacio era perfecto para un fugaz encuentro entre amantes o un disimulado escondite para los traidores a la corona. No era sorpresa que un antiguo cortesano como Afrodita tuviese la habilidad de encontrar ese tipo de lugares.

En el patio había dos mesas rodeadas de bancos de piedra y Afrodita no tardó en conducirlos a la que le pareció la más discreta. Mientras tomaban asiento, Camus pensó que sería agradable visitar aquel lugar en otro momento. La sombra de los árboles impedía que los bancos se calentaran durante la mañana, lo que hacía que el lugar fuese fresco y perfecto para el inicio de la primavera. Sin duda, sería aún más agradable durante el verano.

—Ya estamos aquí —dijo Milo—. ¿Qué es lo que quieren?

Afrodita golpeó a Máscara de la Muerte con su codo y este frunció el ceño mientras murmuraba algo que Camus interpretó como un '¿y yo por qué?'. De cualquier manera, terminó por ceder ante la insistencia de Afrodita.

—Lo que Afrodita quiere —remarcó violentamente el nombre de su compañero para denotar el hecho de que él no tenía nada que ver en ese asunto. Indignado, Afrodita arrugó la nariz y desvió su mirada hacia la copa de los árboles—, es pedirles que lo incluyan en su entrenamiento para el Okton.

—Mascarita también quiere participar —indicó rápidamente el antiguo cortesano—. Es solo que es demasiado tímido para admitirlo.

—¿Y por qué mierdas querría yo entrenar con ellos? ¡He participado en el Okton desde que tenía dieciséis años! No necesito entrenamiento.

La pareja comenzó a discutir entre sí y Camus sintió que la poca paciencia que le quedaba se esfumó junto con la serenidad del patio.

—¿Sabes siquiera sujetar una lanza, Afrodita? —preguntó Camus en afán de interrumpir la discusión de los amantes.

Afrodita, por supuesto, sonrió malignamente y alzó su mano derecha hasta la altura de sus hombros para luego dejarla caer sobre el regazo de Máscara de la Muerte. Camus agradeció que la mesa estuviese entre ellos y que no pudiese ver el lugar específico en donde cayó esa mano.

—Por supuesto que sí. Mi agarre es muy firme y también soy un excelente jinete. ¿No es así, Mascarita?

Máscara de la Muerte no respondió, probablemente porque la parte más valiosa de su cuerpo estaba en una posición sumamente arriesgada. Camus no podía culparlo. Afrodita aún estaba a tiempo de cumplir su amenaza de castrarlo.

—Sabes a lo que me refiero —insistió Camus.

—Sé lo suficiente para participar en el evento —afirmó Afrodita con más confianza de la que probablemente debería tener—. Cualquier habilidad que me haga falta, la puedo aprender en las próximas tres semanas. ¿No les parece?

Camus apretó los labios y acunó su barbilla en su mano derecha. Aunque Afrodita fuese sumamente capaz en los enfrentamientos de combate directo, desconocía sus habilidades con los proyectiles. Por otra parte, le había visto cabalgar y ciertamente era un jinete capaz (Camus prefirió no pensar de qué manera adquirió semejante habilidad). Sin embargo, temía que la presencia del peculiar par hiciese mella en el equilibrado grupo que ya habían formado. Indeciso, giró el rostro con la esperanza de que Milo supiese cómo proceder.

—He escuchado rumores de que tienes buenas relaciones con el Príncipe de Vere, Afrodita —Camus procuró mostrar su frustración ante las imprudentes palabras de Milo.

—Buenas relaciones es una enorme exageración —aseguró Afrodita.

—De cualquier forma, se dice que cuentas con la suficiente influencia para evitarte las molestias de formar parte de la Guardia. Si eso es innecesario, participar en un evento tan peligroso como el Okton lo es más.

Si bien Camus no aprobaba el uso de un ataque tan directo, comprendía el cuestionamiento de Milo. Sabía que Afrodita buscaba mayor aceptación que la que podía otorgarle un Príncipe que aún estaba a meses de ser coronado, pero eso no explicaba sus motivos para sobresalir en el torneo. Sin duda, Afrodita sería capaz de obtener un título sin necesidad de arriesgar su vida de semejante manera.

—Todos los hombres admiran cosas diferentes —explicó Afrodita con la presuntuosa solemnidad del tutor de un malcriado niño de la nobleza—. Los verecianos son fáciles, ¿sabes? Les gusta lo poderoso, lo bello y lo taimado. Yo cumplo con dos de esos tres requisitos y con esos dos puedo obtener lo primero. Al menos eso era lo que pensaba antes de que tu querido Rey apareciera en el mapa.

Camus asintió. Afrodita era bello e ingenioso y el pelirrojo le creía totalmente capaz de engatusar a la corte vereciana en cuestión de meses. No obstante, conquistar a la corte akielense sería bastante más complicado. Los hombres del sur preferían otro tipo de nobleza: viril, atlética y capaz de someter a cualquiera. Si Afrodita quería triunfar en una corte con ambas nacionalidades, tendría que demostrar su valía en el campo de batalla.

—Quieres conquistar a los akielenses con tus habilidades en la arena —explicó Camus cuando notó que la respuesta de Afrodita dejó a Milo insatisfecho.

—Estarás de acuerdo con que no cumplo con los burdos requisitos que tienen para la nobleza. Si quiero no solo un título, sino ser respetado, primero necesito romper al menos tres narices y terminar uno de sus jueguitos favoritos sin morir en el intento.

—También te beneficiarían si pudieses tomar tres botellas de vino sin perder el conocimiento —añadió Máscara de la Muerte.

—¡¿Yo?! ¡¿Tomar lo que ustedes llaman vino?! Ni muerto. Prefiero arriesgarme en el Okton.

—¿Qué hay de malo con nuestro vino? —susurró Milo disimuladamente.

Camus pudo haberle dicho que el vino akielense era demasiado espeso, fuerte y áspero. Tan agresivo como sus creadores, era digno de beberse solo si se diluía primero. No que los akielenses viesen aquella acción con buenos ojos. Afortunadamente, Camus era cada día mejor en guardarse sus opiniones negativas.

—Debe ser demasiado fuerte para él —respondió a sabiendas de que Milo tomaría a bien que su vino fuese más alcohol que agua.

—¿Entonces? —espetó Afrodita al percatarse de que, una vez más, se desviaron de la conversación—. ¿Qué dicen?

La honestidad de Afrodita convenció a Camus de que daría su máximo esfuerzo para hacer un buen papel en el Okton, lo que significaba que entrenaría con ahínco y que no les causaría problemas. Sin embargo, era poco probable que el hombre aceptara entrenar con ellos sin llevar a Máscara de la Muerte consigo. Incluso ahora lo mantenía a su lado; sin duda la cercanía de su bolsa con monedas le daba la fortaleza para seguir adelante.

—Nuestro equipo ha avanzado mucho durante las prácticas —dijo Milo—, pero me preocupa que solo seamos cuatro jinetes. El día del torneo habrá al menos seis competidores. Nos vendría bien tener más caballos en la pista. Si Máscara de la Muerte también quiere ayudarnos será bien recibido.

—¿Y qué hay de Aioria? —preguntó Camus.

—Sí, ¿qué hay del zoquete? —dijo Máscara de la Muerte—. Dudo mucho que me quiera cerca.

—No habrá problema —Milo se alzó de hombros con despreocupación—. Ustedes solo enfóquense en el entrenamiento. Tenemos poco tiempo y es necesario aprovechar cada minuto al máximo.

—Cuenta con ello —Afrodita sonrió con satisfacción al saber que se había salido con la suya.

—¿Estás seguro, Milo? Aioria-

—Yo me encararé de Aioria. Lo conozco desde los ocho años. Sé qué es exactamente lo que tengo que decir. Pueden unírsenos a partir de pasado mañana.

Aunque Camus no quedó muy convencido, puso sus temores a un lado. Si Milo quería meterse en ese problema, lo dejaría con gusto.

—¡Perfecto! —exclamó Afrodita—. Ahora que estamos todos de acuerdo, hay un tema que quiero tratar personalmente con Camus.

El hombre se puso de pie y sujetó a Camus del brazo para instarlo a levantarse.

—¿Qué quieres ahora?

—Es un tema confidencial e importantísimo que solo nos concierne a los verecianos. Ven, ven. Ya tendrás oportunidad de retozar en la cama con tu amante.

Camus se indignó tanto al recordar lo que Afrodita interrumpió minutos atrás, que bajó la guardia y terminó siendo arrastrado por el antiguo cortesano.

—Te veré más tarde en el comedor, Milo —dijo mientras Afrodita lo arrastraba fuera del patio.

Milo se limitó a asentir con un rostro tan confundido como el de Máscara de la Muerte.

Camus pensó que Afrodita lo conduciría a un lugar aún más recóndito del castillo. No obstante, en lugar de dirigirse a un sitio en particular, comenzó a deambular azarosamente por los largos pasillos como si intentase perder a un perseguidor. Cada que se encontraban con alguien, los claros ojos de Afrodita se entrecerraban con sospecha, la cual no siempre desaparecía antes de que la persona lo hiciera. Camus estaba tan intrigado por el extraño comportamiento que le siguió en silencio, quizá esperando que el causante de las precauciones de Afrodita apareciera de un momento a otro.

Pasaron más de quince minutos y nada ocurrió. Afortunadamente, Afrodita se atrevió a romper el silencio antes de que Camus perdiera una vez más la paciencia.

—¿Qué sabes de los cuatro hombres que fueron expulsados esta mañana? —preguntó en voz baja y sin dejar de caminar.

A Camus le tomó varios segundos comprender a qué se refería. Aquella noticia no le había sido de particular importancia.

—¿Qué habría de saber? Fueron expulsados porque hubo una querella entre ellos.

—Una querella que no fue vista por nadie —completó Afrodita—. Tengo entendido que no es la primera vez: todo luce normal y al día siguiente se anuncian las personas que tienen que retirarse. ¿No te parece sospechoso?

—Hay un delator, alguien que tiene uno o varios espías en las barracas y en cuanto ven algo indebido lo informan a los Capitanes. Aquello no es noticia ni algo que nos incumba.

Camus no añadió que si no le incumbía era solo porque no tenía tiempo para investigar el tema más a fondo.

Afrodita emitió un agudo sonido que pareció una risa contenida.

—Parece que no comprendes la severidad de la situación —canturreó el hombre—. Estamos en la recta final de la selección. Los hombres están cansados, irritables y, algunos, desesperados. Los soldados con mayor potencial ya han sido reconocidos por los Capitanes, los equipos mejor consolidados ya se han formado. Aquellos que no formen parte de estos grupos harán lo posible para abrirse un espacio entre ellos.

—Las pataletas de los incompetentes me tienen sin cuidado.

—Tonterías. Son de los incompetentes de quien más tienes que cuidarte. La gente astuta planea sus movimientos, prepara todo con anticipación y sigue un pensamiento lógico. Si su enemigo tiene su misma inteligencia, lo único que tiene que hacer es estar un paso delante de él. La lógica sigue y comprende a la lógica y te permite jugar el juego por más tiempo —lamió sus labios y sonrió con malicia—. Para alguien inteligente, los idiotas son más peligrosos. Están desesperados, son impredecibles y no se preocupan por la consecuencia de sus acciones. Es difícil seguirles la pista; en parte porque los subestiman y en parte porque ni ellos mismos saben cómo reaccionarán. Tú fuiste capitán, Camus, conoces bien que no hay enemigo más poderoso que uno que se siente acorralado.

—Te preocupas demasiado —Afrodita frunció el ceño—. Temes que los hombres menos aptos para la Guardia inciten peleas internas para eliminar a los aspirantes más fuertes. Si ese es el caso, lo único que tengo que hacer es controlarme y evitar las provocaciones. Eso es lo que he hecho desde que llegué y confío que podré seguir haciéndolo.

—¿En serio? —Afrodita se detuvo por unos segundos y recargó su mejilla en el hombro de Camus—. ¿Y qué hay de tus amigos? ¿De tu amante? ¿Crees poder controlarte a ti mismo si alguno de ellos está en riesgo?

Camus no supo qué contestar, así que alzó el hombro y siguió caminando para romper el contacto con Afrodita.

—Ustedes son el grupo más fuerte que hay —continuó—. Dos hombres que ya combatieron con el Rey, un antiguo gladiador, el hijo del Capitán y uno de los capitanes más jóvenes de la vieja guardia fronteriza. ¡No solo eso! En unos días tendrán al leal hijo del kyros de Sicyon y al cortesano más hermoso de todo Arles. Sin duda seremos el centro de atención y la atención siempre atrae a la envidia. Escucha lo que digo, Camus. Conforme más nos acerquemos al torneo, más gente será expulsada del castillo. Este juego comenzó mucho antes de que tú o yo llegásemos a Marlas y terminará antes de que inicie el torneo.

—¿Y qué es lo que propones? ¿Cazar al delator? ¿O aprovecharlo para deshacernos de los hombres más peligrosos?

Afrodita asintió con satisfacción al escuchar las alternativas que Camus proponía. Sin duda él también debió considerarlas.

—Si tuviésemos más tiempo, diría que lo segundo. Desafortunadamente, tenemos solo unas semanas antes del torneo y no se puede deshierbar un jardín en tan poco tiempo. Lo más fácil será descubrir quién es el delator y hallar un modo para comprarlo o exponerlo.

—Si fuese tan sencillo ya lo habrían descubierto…

—Ya lo habrías descubierto, dirás. Si ni Mü ni tú lo han logrado es porque es difícil, mas no imposible identificarlo. Es por eso que quería hablar contigo; quería escuchar tu opinión al respecto.

Camus se tomó su tiempo para decidirse a hablar. Las palabras de Afrodita tenían sentido y si bien no esperaba encontrar un modo para contener al delator, el conocer su identidad les permitiría saber hacia dónde mirar para evitar los problemas.

—Los Capitanes no tienen nada que ver con él —concedió—. Aceptan su información, mas no la incentivan. Shion cree tener suficiente control sobre sus hombres y Dohko no lo consideraría honorable. Debe ser un aspirante, ya que tiene el conocimiento de nuestros horarios, incluyendo lo que hacemos fuera del castillo. También debe tratarse de alguien que ha estado en Marlas desde hace más de tres meses. El espía no puede estar en todos lados en todo momento, por lo que necesita sirvientes y escuderos que reúnan la información. Debió haberle tomado tiempo identificar a aquellos capaces de guardar el secreto. Probablemente viene de una familia de dinero, ya que necesita pagarles a todos ellos.

—Crees que es solo un aspirante —musitó Afrodita—. He pensado que pudieran ser varios.

—Lo dudo. La lealtad de los sirvientes puede ser comprada con facilidad, pero los soldados son más complicados. No puedes garantizar su silencio.

—¿Algo más?

—Por ahora no —admitió Camus—. Pensaré más al respecto y te informaré si se me ocurre otra cosa.

—De acuerdo. Mientras tanto…

—Cuidaré de mis compañeros. Evitaremos a los demás aspirantes en la medida de lo posible. Máscara de la Muerte y tú tendrán que hacer lo mismo, sobre todo ahora que comenzarán a entrenar con nosotros.

Afrodita asintió y extendió su mano para juguetear con un mechón del cabello de Camus.

—Descuida, no dejaré que me arrebaten la mayor fuente de mis ingresos. Lo que me recuerda que tengo que regresar con él. No le gusta esperar, ¿sabes? Seguro que a Milo tampoco.

—¿Y de quién es la culpa de que lo haya dejado esperando?

Afrodita rio como si acabase de escuchar lo más divertido y encantador del mundo y le guiñó el ojo.

—Buena noche, capitán. Nos vemos mañana.

Camus permaneció inmóvil mientras Afrodita siguió su propio camino. Una vez que se encontró solo, miró a su alrededor y se percató de que no tenía la más mínima idea de en dónde estaba. Irritado, no le quedó sino ir detrás su compañero.

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Comentario de la Autora: Afrodita es increíble. A veces quisiera tener un amigo como él, pero probablemente me daría más problemas que satisfacciones.

Ahora nuestro equipo del Okton ya es más grande y comenzamos a retomar tramas que nos llevarán al final de la historia... en algunos muchos capítulos. ¡Pero ya falta menos!

Hmm... creo que eso es todo por ahora. ¡Espero no lo hayan odiado! ¡Muchas gracias por sus lecturas!