Capítulo 31

El día del torneo finalmente llegó. Decenas de tiendas se alzaron en la periferia del castillo, y lo que parecían ser cientos de espectadores rodearon la zona en donde se celebrarían los juegos. Sin embargo, el festivo ambiente no se reflejó del todo en el estado de ánimo de Camus. A pesar de que se fue a la cama con la confianza de que Mü cumpliría su palabra, su optimismo se desvanecía con cada segundo que pasaba. Los aspirantes ya habían tomado su lugar frente al estrado desde donde los verían el Rey y el Príncipe y Mü no aparecía por ningún lado.

Camus se atrevió a mirar hacia atrás y localizó rápidamente a Aldebarán. Camus alzó la cabeza y hombros en señal de pregunta y fue respondido con una sonrisa y un movimiento de cabeza que le indicaba que mirase hacia enfrente. La tranquilidad de Aldebarán sosegó un poco su ansiedad y aceptó el hecho de que Mü no aparecería hasta que este decidiera hacerlo.

Justo en ese momento Shion y Dohko subieron a un estrado a un costado del palco de los monarcas. Shion llevaba consigo un pergamino con, sin duda, los nombres de las personas que tendrían que retirarse antes de que iniciara el torneo. Lentamente estudió las caras de los aspirantes y, al ver que ninguno de los hombres en la lista se había presentado, enrolló nuevamente el pergamino. A la derecha de Camus, Máscara de la Muerte dejó escapar un largo suspiro de alivio.

Eso se encargaba tanto de Máscara de la Muerte como de Aldebarán, pero dejaba abierta la pregunta de en dónde se encontraba Mü. Shion debía estarse haciendo la misma pregunta, ya que frunció el ceño y repasó al menos tres veces el rostro de los soldados. Al no encontrar a su hijo, le susurró algo a Dohko, quien abrió ampliamente los ojos antes de confirmar que Mü no se encontraba entre los aspirantes. El súbito sonido de clarines indicó que Shion no tendría tiempo de dar con su hijo. El torneo estaba a punto de comenzar.

Desde donde estaba, Camus no alcanzaba a ver la procesión del Rey y del Príncipe. Aun así, era fácil seguir su camino por las reacciones que despertaban en los espectadores. La pareja real fue recibida con saludos y clamores tan efusivos que incluso Camus sintió un escalofrío recorrer sus brazos y nuca. Después de tanto tiempo, finalmente conocería a aquellos a quien decidió darles su lealtad.

Después de una larga espera, los monarcas tomaron su lugar en el palco principal. Sin embargo, la emoción de Camus fue opacada por la confusión que sintió cuando todos los akielenses se hincaron. ¡Había olvidado por completo que los akielenses se postraban ante su rey para saludarlo! Cruzó miradas con Afrodita, pero este lucía tan confundido como él. Camus estuvo a punto de imitar a sus compañeros cuando el Rey dio la indicación de ponerse de pie.

De reojo, Camus divisó a Shion golpeándose la frente con la palma de su mano y murmurando algo que muy seguramente era algo así como "debimos haber practicado esto". Por su parte, Dohko hacía lo posible por contener una risotada.

Una vez que el bochornoso primer encuentro quedó atrás, Camus finalmente pudo darse el lujo de observar con atención a sus futuros reyes.

Sus ojos cayeron primero sobre el Rey de Akielos. El hombre era enorme, no tan alto como Aldebarán, mas su porte le hacía ver aún más imponente. A pesar de la solemnidad del evento, sonreía abiertamente y sus ojos reflejaban su curiosidad y entusiasmo. Sus anchos hombros estaban cubiertos por una capa añil y su atlético cuerpo por un sencillo quitón blanco. Además del emblema real que aseguraba su capa, estaba adornado con una corona de laureles y un grillete de oro en uno de sus antebrazos. Camus pensó que esto último era sumamente extraño hasta que sus ojos viraron hacia su izquierda y se encontró con el Príncipe de Vere.

Él llevaba un grillete igual en su brazo opuesto.

A diferencia del Rey, el Príncipe parecía mucho menos entusiasmado de estar ahí. Sus ojos eran severos y examinaban a los aspirantes con aún más frialdad que Shion. En nada ayudaba su vestimenta, ya que en lugar de llevar un sencillo quitón como su pareja, tenía el cuerpo completamente cubierto de un ajustado traje azul. Lo que parecían ser decenas de lazos cubrían su pecho, antebrazos y pantorrillas y por primera vez en su vida Camus pensó que, quizá, la vestimenta vereciana sí era impráctica. El adusto rostro del joven dificultó que Camus le relacionara con el príncipe de oro y porcelana del que Milo había hablado. Su pálida piel y cabellos rubios hacían poco para traer candor al hombre que claramente sería capaz de intimidar a todo un regimiento con un solo alzar de cejas.

Mientras el Rey de Akielos les daba la bienvenida a los aspirantes y a los espectadores, Camus no prestó atención. Estaba demasiado ocupado pensando en cómo un hombre tan severo fue capaz de conquistar el corazón no solo del Rey, sino de tantos de sus súbditos y soldados.

Una vez que el Rey terminó su pequeño discurso, los miembros del Consejo vereciano, así como un pequeño grupo de kyroi akielenses y un puñado de nobles de ambos países tomaron asiento a espaldas de los monarcas. Camus casi se cayó de espaldas al ver que Mü se encontraba entre el grupo de nobles. Su ubicación en el palco de los reyes no era la más privilegiada, pero el simple hecho de encontrarse ahí era un gran honor. Camus comenzó a entender qué fue lo que el noble ganó a cambio de información.

Shion no tardó en darse cuenta de en dónde se encontraba su hijo y, a pesar de que su rostro se mantuvo impávido, Camus identificó claramente las señales de su ira. Incluso a distancia se divisaban las venas hinchadas de su cuello y frente y sus puños cerrados estaban tan pálidos que Camus temió que estuviese a punto de desquitarse con la persona a su lado. Por vez primera Dohko pudo controlar sus emociones mejor que su compañero. Tomó la palabra, indicó el orden de los eventos y dispersó a los aspirantes de forma que dieran espacio para el primer evento: la arquería.

Originalmente, el único en el grupo de Camus que participaría en el evento sería Mü. Sin embargo, era claro que la situación había cambiado. Al no tener a nadie de interés en aquel evento, Camus decidió que era buen momento para obtener más información sobre lo que acababa de ocurrir. Como era de esperarse, no fue el único con la idea, ya que cuando se encontró con Aldebarán este ya estaba rodeado de Milo, Aioria, Máscara de la Muerte y Afrodita.

—¿Qué es lo que hace Mü ahí? ¿No va a participar con nosotros?

Aioria era, por mucho, el más confundido. Todavía desconocía lo que ocurrió la noche anterior y fue incapaz de conectar la información.

—Mü era el delator —musitó Milo.

—¡¿Qué?! —el grito de Aioria llamó la atención de varias personas a su alrededor.

Por un momento Camus temió hablar ante tantas personas, pero sin duda la mayor parte de los aspirantes comprendió al instante lo que había ocurrido y era cuestión de horas para que todos estuviesen enterados. Si acaso, lo mejor era que ellos lucieran tan sorprendidos como los demás.

—El maldito nos engañó a todos —gruñó Máscara de la Muerte. Aunque sus palabras eran agresivas, una pequeña sonrisa decoraba su rostro. Era difícil saber si su disfrute era por la satisfacción de que aún podría formar parte de la Guardia o si estaba orgulloso del engaño de Mü.

—¿Qué es lo que sabes, Aldebarán? —preguntó Camus.

—No hay mucho qué decir. Seguramente ustedes ya lo adivinaron. Desde hace meses Mü armó un séquito de espías con los niños del castillo. Recaudaba la información y se la entregaba al Príncipe a cambio de su favor.

—¿Y el Príncipe estuvo de acuerdo con esto? —preguntó Milo como si no fuese obvio que el Príncipe era la clase de gente que haría lo que fuese con tal de tener todo a su favor.

—Por lo que tengo entendido, el Príncipe disfrutó añadir dificultad a la prueba.

—Sigo sin entender —admitió Aioria—. Si lo que quería era el favor del Príncipe, ¿por qué no simplemente siguió con su plan de formar parte de la Guardia Real?

—A Mü nunca le interesó formar parte de la Guardia —dijo Aldebarán y Aioria le miró como si le hubiese dicho que el cielo era color verde—. Su padre prácticamente le obligó a enlistarse como aspirante. Sin embargo, desde un principio tuvo sus ojos puestos en otro premio—. Señaló el palco real con la mirada.

—Aspira ser parte del Consejo —dijo Camus, a lo que Aldebarán asintió—. Tomará tiempo, pero ha dado un buen primer paso. El imperio necesitará un nuevo Consejo; uno que incluya a verecianos y akielenses. Mü ya está en la primera lista de opciones.

—Con Mü en el Consejo, el nuevo imperio tendrá pocos rivales —dijo Afrodita una vez que Máscara de la Muerte terminó de traducir la conversación anterior—. De haber sabido que aspiraba tan alto, lo habría buscado a él primero —miró a Aldebarán de arriba a abajo—. Por otro lado, probablemente no habría estado a su altura.

—Lamento que Mü no nos acompañe en la Guardia —admitió Camus—, pero supongo que le seguiremos viendo mientras tú estés de nuestro lado. No es así, ¿Aldebarán?

El hombre asintió.

—Dice que gracias a ustedes disfrutó su estancia en las barracas mucho más de lo que hubiese imaginado. Estoy seguro de que se reunirá con ustedes frecuentemente. Además, tener su favor será bueno para sus carreras.

—Has pasado demasiado tiempo con Mu —dijo Milo—. Ya hablas como él.

Aldebarán se sonrojó y rascó su mejilla con su mano derecha.

—Es difícil no dejarse influenciar por él.

Con aquel asunto zanjado, los hombres se dispusieron a disfrutar del resto del torneo. El primero de su grupo en participar fue Milo, quien destacó inmediatamente en el lanzamiento de jabalina. Su buena suerte no se mantuvo, ya que en las luchas perdió el primer lugar ante Aioria. Aldebarán ganó el primer lugar en el combate con sable y, aunque participó en el torneo con la espada larga, terminó siendo derrotado por Afrodita.

—No sabía que combatieras con la espada larga —comentó Camus mientras Afrodita salía de la arena en lo que se organizaba el siguiente encuentro.

—Lo mismo digo. En todo este tiempo, jamás te vi sujetar dicha arma.

—No me gusta jugar mis cartas antes de tiempo; algo más en lo que nos parecemos.

—Además de que a ambos nos gustan los hombres altos, morenos y guapos, dirás.

Camus sonrió y el Capitán Dohko llamó su nombre y el de otro aspirante. Se adentró a la arena y en pocos minutos desarmó a su oponente. Tuvo dos encuentros más antes de llegar a la final junto con Afrodita. A pesar de que la destreza del hombre era buena, era claro que estaba mucho más acostumbrado a la ligereza de los cuchillos miséricordes. Camus aprovechó este hecho alargando el encuentro lo más que pudo hasta que el peso de la espada comenzó a hacerse demasiado para Afrodita. Cuando esto pasó, su agarre en la espada menguó y Camus pudo derrotarle sin exponerse.

Afrodita no tardó mucho en cobrarse por la derrota. Una hora más tarde se enfrentaron nuevamente en la carrera a caballos donde Afrodita venció a Camus por bastante más que una cabeza.

Por su parte, Máscara de la Muerte ya había sobresalido con un segundo lugar en el combate con sables, pero fue hasta casi el cierre del día que ganaría su primer lugar. Tristemente, su triunfo llegaría con un fuerte revés.

El akielense participó en el combate a cuchillo y, como era de esperarse, avanzó hasta la final sin complicaciones. Desafortunadamente, su contrincante resultó ser un rostro familiar: el hombre que solía acompañar a los soldados que les atacaron la noche anterior. Camus ignoraba qué tanto sabía de lo que ocurrió con sus compañeros. Suponía que Mü y Aldebarán se deshicieron de los hombres antes de que pudiesen hablar con él. No obstante, probablemente estaba enterado de sus intenciones. Si el hombre no les acompañó esa noche por no querer meterse en problemas o si le excluyeron del plan, Camus lo ignoraba. De cualquier manera, era claro que resentía a Máscara de la Muerte y le culpaba por la súbita desaparición de sus amigos.

Muy a su pesar, la técnica del akielense era indudablemente superior. El soldado fue desarmado en menos de dos minutos. Los espectadores ovacionaron al ganador y mientras Máscara de la Muerte se regodeaba en su éxito, su contrincante decidió sacar provecho de la distracción.

Lo que aconteció después ocurrió en un mero instante. El hombre se abalanzó sobre Máscara de la Muerte, se escucharon varios gritos y el árbitro de la pelea sometió al agresor. Camus no supo qué hicieron con él, ya que centró toda su atención en Máscara de la Muerte quien cayó de rodillas mientras sujetaba su costado izquierdo. En cuestión de segundos tanto sus manos como su quitón se cubrieron de sangre.

Camus y sus compañeros se apresuraron a rodearle por si acaso alguien más decidía aprovecharse de la situación y terminar con el trabajo del atacante. Afortunadamente, todos parecían tan sorprendidos como ellos y no hubo necesidad de defenderle. Shaka llegó a la arena un par de segundos después que ellos. Lucía irritantemente tranquilo y prácticamente obligó a Máscara de la Muerte a recostarse en el suelo. Examinó la herida con sobriedad y su gesto no delató sus pensamientos.

—¡¿Estará bien?! —tartamudeó Afrodita mientras se hincaba en el suelo y acariciaba la cabeza de Máscara de la Muerte—. ¡¿Qué ocurrió?!

—Herida con arma punzocortante —respondió Shaka con frío profesionalismo.

—¡Eso lo sé!

Camus jamás había visto a Afrodita tan alterado. Sus manos temblaban y el nerviosismo apenas le permitía hablar. A pesar de la situación, a Camus le agradó confirmar que el hombre realmente se preocupaba por Máscara de la Muerte y no solo por su dinero.

Dos soldados se acercaron a ellos con una camilla.

—La herida es profunda, pero no parece que haya perforado algún órgano. De cualquier forma, hay que limpiar y suturar la herida.

Máscara de la Muerte fue subido a la camilla.

—Iré con ustedes —dijo Afrodita al momento en el que vio que estaban por separarlos.

—No seas ridículo —Máscara de la Muerte respiraba con dificultad y su rostro perdía color a cada segundo. No obstante, la seriedad en sus palabras dejaba en claro que estaba más que consciente de lo que decía—. Entrenaste por semanas para el Okton. No perderás la oportunidad de participar.

—Pero-

—Yo lo acompañaré —dijo Aioria, dando un paso hacia ellos. A pesar de que no hablaba vereciano, debió haber adivinado sobre qué discutían.

—Estorbas —espetó Shaka, recordándoles a todos que él tenía la última palabra.

—No estorbaré —aseguró el castaño—. He tratado a heridos en campaña.

Con un movimiento de la mano Shaka indicó a los camilleros que se llevaran al herido de regreso al castillo y, después de considerar la situación por algunos momentos, Shaka terminó por asentir.

—De acuerdo.

A pesar de la situación, Aioria sonrió ampliamente y siguió entusiastamente a Shaka y al paciente. Afrodita parecía estar considerando seguirles, mas Milo no tardó en colocar su mano sobre su hombro.

—Estará bien. Es cierto lo que dijo: Aioria tiene experiencia. Sin duda ayudarán a Máscara de la Muerte y volverá a su irritante forma de ser en cuestión de días.

A pesar de que Afrodita no parecía muy convencido, el curso del torneo no le permitió sumirse en sus pensamientos. Pronto Shion reorganizó a los hombres y los escuderos comenzaron a preparar todo para el último evento: el Okton.

Solo aquellos que ganaron primeros lugares en los eventos tenían derecho a participar en el juego, lo que reducía bastante la competencia. De los elegibles, solo algunos tenían la suficiente energía para participar en un último juego, sobre todo uno tan demandante como el Okton y muchos decidieron dejar pasar la oportunidad de sobresalir nuevamente. Afortunadamente, Camus ya estaba más que acostumbrado a pasar la mayor parte del día entrenando y un simple juego de Okton sería pan comido a comparación de la tortura auto infringida a la que se sometió los dos últimos meses.

Camus se ofreció como voluntario al instante, seguido por Milo y Afrodita. Hubo otros cuatro voluntarios, tres de ellos akielenses y uno vereciano. Eso quería decir que serían siete jugadores en la pista contra los seis que solían ser durante el entrenamiento. Camus no pensó demasiado en ello. Máscara de la Muerte les enseñó bien a controlar el ritmo de las cabalgatas y confiaba no tener problemas en la pista.

Mientras se echaban suertes para determinar el orden en el que los jinetes entrarían a la pista, un general akielense que parecía ya tener varias copas encima propuso a viva voz que tanto el Rey como el Príncipe participaran en el evento. Aun desde la distancia Camus reconoció el brillo de interés en los ojos del Rey, pero no tardó en dominarlo y en rechazar la invitación.

—El día de hoy es para conocer las habilidades de los soldados. Más adelante tendrán oportunidad de enfrentarse a nosotros —el Príncipe musitó algo a su oído y, a pesar de la seriedad en su rostro, provocó una sonora carcajada en el Rey.

Camus sonrió de medio lado. El Príncipe era demasiado enigmático para su gusto, pero era bueno saber que tenía sentido del humor.

Afrodita sería el segundo en entrar a la pista, seguido por Camus y posteriormente por Milo. Los hombres prepararon sus monturas y revisaron tres veces que todo estuviese en orden. Una vez satisfechos, se dirigieron al punto de partida del juego.

—Lo siento, compañeros —dijo Afrodita mientras esperaba a que dieran la señal de salida—. Voy a ganar el primer lugar en honor a Mascarita.

—Yo lo siento por ti —respondió un orgulloso Milo—, tendrás que regresar a él con las manos vacías.

Los hombres no pudieron seguir retándose porque Dohko dio la señal de salida. Camus observó con atención cómo el primer participante y Afrodita abarcaban espacio en la arena. Cuando llegó el momento, Camus arreó su caballo y entró a la pista. Le fue sencillo tomar el ritmo de cabalgata adecuado y agradeció las horas de entrenamiento con las que contaba. El circuito continuó por varios minutos hasta que los siete jugadores estuvieron en la pista.

Camus confiaba en sus habilidades y no dudó al momento de inclinar el cuerpo para tomar su primera lanza del suelo. Al llegar a la posición adecuada, hizo su tiro y con un seco golpe la lanza perforó el centro del blanco, tan solo a unos centímetros de la primera lanza de Afrodita. Mientras viraba para continuar con el camino de la pista, Camus escuchó el mismo sonido a sus espaldas. Milo también había dado en el blanco.

El juego continuó por varios minutos más. El ritmo de los caballos era estable y Camus pudo enfocarse más en sus lanzamientos que en tener que variar la velocidad. A la sexta vuelta, el trío iba a la cabeza con seis lanzas en el blanco cada uno.

Todo iba viento en popa y esa debió ser la señal para que Camus reconociera que algo malo estaba a punto de pasar. Camus terminaba su sexta vuelta y a lo lejos vio a Afrodita inclinarse para sujetar su séptima lanza. Sin embargo, algo hubo en la forma en la que movió su cuerpo que su yegua vaciló. Inquieta por el inesperado movimiento, titubeó por un par de segundos, suficientes para alterar el ritmo de galope del resto de los competidores.

Afrodita pudo dominar a su yegua y pronto continuó con su carrera hacia el blanco, pero Camus no tuvo tanta suerte. El repentino cambio de velocidad inquietó a su caballo que, encabritado, se rehusó a continuar. Camus no tuvo tiempo de maldecir su suerte. Su caballo se detuvo tan de repente que perdió el control de las riendas y cayó al suelo en un eco a como lo hizo cuando apenas comenzaba a entrenar. No obstante, en esta ocasión la situación era mucho más crítica. Había cuatro jinetes detrás de él en la pista y Camus temió que no hubiese espacio suficiente para que Milo lo evadiera. Su temor acrecentó cuando vio al hombre acercarse a él a todo galope.

Antes de que Camus comprendiera lo que pasaba, Milo inclinó su cuerpo hacia él y le ofreció su brazo izquierdo. Aturdido, Camus siguió su instinto y aceptó el agarre. Con toda su fuerza impulsó su cuerpo hacia arriba hasta que quedó montado frente a Milo. La velocidad del caballo obligó a Milo a asirse fuertemente a su cintura.

—No tenías que hacer eso —exclamó sobre el repicar de los cascos de los caballos y el ardor del público—. Puedo cuidarme solo.

—No podía arriesgarme.

—Tu rescate te ha costado una lanza —y es que en lugar de extender su mano hacia el arma, Milo decidió utilizar sus valiosísimos segundos para ayudar a Camus.

—¿Y qué? ¡El valeroso rescate que acabo de hacer vale más que tres tiros perfectos!

Camus estaba más irritado por la despreocupación de Milo que por el hecho de haber sido incapaz de terminar sus ocho vueltas. En cuanto terminara el evento se aseguraría de darle a Milo un buen golpe en la cabeza por haber dejado pasar la oportunidad de hacer un Okton perfecto.

Llegó la octava vuelta y, como era de esperarse, tanto Milo como Afrodita dieron en el blanco. Infortunadamente para Camus, Afrodita cumplió su palabra de ganar el primer lugar para su amante.

De no ser porque él estaba en brazos del suyo, la pérdida le habría sabido muchísimo más amarga.

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Comentario de la Autora: Ok, varias cosas de este capítulo.

1. Originalmente, Milo ganaba el Okton. Decidí cambiarlo casi a última hora porque con eso de que, ya saben, Milo es el amor de mi vida, supuse que sería muy obvio que él estaba para ganar. Camus estuvo destinado al fracaso desde el principio.

2. Hablando de planes originales, la idea era que el torneo abarcara 2 capítulos. Y... pues obvio eso no pasó. Es frustrante sentir que escribes páginas y páginas de acción cuando en realidad solo hiciste algunos párrafos. Aun así, estoy conforme con el resultado. Espero ustedes no lo hayan odiado.

3. Entre las cosas que abarcarían esos 2 capies, tenía planeado detallar más la pelea entre Milo y Aioria. Al ganar Aioria, tendría el derecho de retar al Rey a un combate en donde los dos estarían desnudos y se arrastrarían en el suelo y Camus estaría así de "Oh, nada mal. Estúpido Milo que perdió..." Decidí quitarlo porque no consideré oportuno darle más protagonismo al Rey y al Príncipe. Sin embargo, si a ustedes no les molesta ese pensamiento, pueden considerarlo como canon.

4. No tengo idea de cómo funcionan los caballos. ¿Es posible rescatar a alguien como Milo lo hizo con Camus? Probablemente no. No me importa. Usé CGI.

Mmm... creo que eso es todo. Al final disfruté este capítulo mucho más de lo que esperaba. Espero se haya reflejado.

Esta será la última actualización del año y la última actualización del fic será en aproximadamente 3 semanas. Espero. Por lo mientras, les deseo un maravilloso 2022 lleno de éxitos y satisfacciones. ¡Síganse cuidando mucho! Muchas gracias por un año más de sus lecturas.