Capítulo 8

Cuando se enteró de la alianza de Akielos con Vere, Camus se planteó las muchas complicaciones que podrían surgir en el camino. Curiosamente, el tema de los bastardos no era parte de su larga lista. Si bien los akielenses eran permisivos con los hijos ilegítimos, no dejaban de considerarlos ciudadanos de segunda, exceptuando cuando eran los únicos herederos posibles. Debido a esto, supuso que no se les otorgaría la oportunidad de formar parte de la Guardia Real ni mucho menos de la corte. Le costaba aceptar el hecho de que había convivido con varios hijos ilegítimos y que incluso había coqueteado con uno de ellos. Por otro lado, la parte más sensata de su ser —aquella a la que no escuchaba desde el día anterior— le decía que estaba siendo irracional. Milo tuvo razón al decir que los hijos no debían cargar con el pecado de sus padres y, hasta el momento, no le había dado motivos para pensar que fuese un hombre deshonesto o cruel. Estaba consciente de que debía buscar a Milo, disculparse y obligarse a sí mismo a aceptar el nuevo paradigma que le habían impuesto. No obstante, aún se sentía demasiado incómodo como para acercarse a él. En esos momentos no tenía la fuerza suficiente para ir en contra de todo lo que le habían enseñado durante sus veintidós años de vida.

Decidió, pues, darse un tiempo y alejarse de Milo al menos por un día. Suponía que no sería demasiado complicado; estaba seguro que el rubio no tendría interés en buscarlo. Utilizó el poco tiempo libre que le quedaba para entrenar con la lanza y suspiró con alivio cuando los capitanes dieron la orden de ir al patio principal. Pensó que los ejercicios del día le ayudarían a aclarar su mente lo suficiente como para alejar los temores de su corazón.

En esa ocasión, los soldados se dividieron en varios círculos de entrenamiento. Grupos de dos o tres personas dirigían ejercicios para una u otra disciplina. Los capitanes eran claros: el fin del arreglo no era limitarse a lo que ya conocían, sino incentivar la adquisición de nuevos conocimientos. Únicamente aquellos dispuestos a romper la barrera de sus límites, decían, serían dignos de formar parte de la Guardia Real.

Camus consideraba que los discursos estaban de más. Bastaba ver el desaprobatorio modo en el que Shion rondaba de un círculo a otro para saber que esperaba que todos salieran de sus zonas de confort.

Infortunadamente, al igual que con otros ejercicios, Camus se percató de que había llegado tarde a la repartición de responsabilidades. Los hombres más sobresalientes ya habían tomado un lugar en cada una de las pequeñas arenas improvisadas y al joven solo le quedó elegir a cuál de ellas incorporarse.

Milo era el encargado de dirigir la práctica con las lanzas, lo cual descartaba por completo esa alternativa. A la distancia, observó a Máscara de la Muerte combatir con un par de cuchillos y Camus decidió seguir adelante, a sabiendas de que el hombre sería capaz de sacarle un ojo a la primera provocación. También decidió pasar de largo el círculo de arquería, en donde Mü participaba y, por supuesto, aquel en el que un muy desnudo akielense dominaba en las luchas a un muy uniformado vereciano.

Sabía que su mejor alternativa sería ganarse un lugar como instructor de la espada larga, pero decidió que todavía no era el momento adecuado para develar su verdadera capacidad. De esa forma, y en contra de lo que sabía como correcto, detuvo su andar al encontrarse frente a la arena en la que Aldebarán conducía entrenamientos con el sable. Estaba consciente de que no tenía mucho sentido volcar su atención en él después de haberle derrotado en combate. No obstante, su afán de buscar una distracción le llevó hacia aquel hombre con tan peculiar estilo de pelea.

Si bien Camus nunca había conocido a un akielense que combatiese como él, tampoco podía comparar su estilo con el de los verecianos. Era inusual que un hombre de su estatura y musculatura desarrollara técnicas tan mesuradas y deseó ver más de ellas con el fin de comprenderlas. Eligió un buen lugar para observarle en el margen de la arena, suficientemente lejos como para que no le eligieran como combatiente y lo suficientemente cerca como para poder reconocer los ligeros cambios en la expresión de Aldebarán.

Presenciar sus combates fue totalmente diferente a formar parte de ellos. En el pasado Camus se enfocó tanto en derrotarle que no percibió el espíritu del akielense. A pesar de que su determinación de ganar era tan firme como su posición, su rostro delataba sus pensamientos durante la pelea. Camus había confundido su renuencia a combatir con modestia, pero ahora que lo veía contener ataque tras ataque, se percataba de que había algo más detrás de su grave expresión.

Aldebarán combatía para vencer, no había duda de ello, mas procuraba hacerlo sin herir a su contrincante. Todo su estilo se basaba en desgastar al otro peleador para así conseguir una victoria limpia y fácil. El descubrimiento hizo que Camus se hiciera más preguntas. ¿Por qué un hombre de su calibre protegía tanto a sus adversarios? ¿Acaso desconocía el barbárico estilo de los akielenses? Además, si era tan pacifista, ¿por qué se encontraba entre ellos? ¿Por qué un hombre tan gentil y tranquilo querría formar parte de la Guardia Real?

En cierto momento, Aldebarán dio media vuelta para dar una indicación y entonces, de golpe, todas las preguntas de Camus convergieron en una sola; una que se hizo al momento de conocerle. ¿Qué es lo que había hecho el akielense para ganarse al menos una decena de latigazos?

En esta ocasión la respuesta llegó al instante. Camus recordó la repugnante costumbre akielense de utilizar esclavos. La mayoría tenían la función de sirvientes, pero otros desafortunados eran elegidos para actividades mucho más peligrosas e infames como las de realizar favores sexuales o, como debió ser el caso de Aldebarán, como gladiadores. Monomáchoi, les llamaban, y, después de entrenarlos durante años, los lanzaban a la arena de un anfiteatro y los forzaban a pelear entre ellos o contra bestias salvajes. Camus había escuchado que muchos de ellos morían en combate (aquellos incivilizados se atrevían a llamarles 'juegos') y que eran contados los que sobrevivían por tiempo suficiente como para retirarse.

Para Camus era fácil imaginárselo. Visualizaba en su mente a un Aldebarán más joven, quien poco a poco fortaleció su cuerpo y mente con el fin de sobrevivir a la arena. Lo vio entrenar durante meses para poder dominar el sable con la mano izquierda y así obtener ventaja en los torneos. Lo imaginó rehusándose a asesinar a uno de sus contrincantes, negándose a pelear en contra de alguien que no podía defenderse a sí mismo y tratando de escapar de sus crueles captores. También pudo imaginarse las consecuencias de aquellas decisiones; consecuencias que seguían grabadas en la piel de su espalda.

En ese momento, su miedo a los bastardos le pareció absurdo. Recordó que, de todas las atrocidades del reino de Akielos, la esclavitud era, por mucho, la peor. ¿Cuántos guerreros perdieron su vida en el anfiteatro? ¿Cuántos hombres y mujeres fueron violados por el capricho de sus amos? ¿Cuántos niños nacieron sin tener la oportunidad de un futuro? El barbárico pueblo tiranizaba a su propia gente, mientras tachaba a Vere de viciosa e impúdica. Los akielenses eran un manojo de hipócritas desvergonzados que no sabían cómo complacerse a sí mismos sin la necesidad de someter a alguien más.

Sin embargo, ahí estaba Aldebarán, entrenando con ahínco en pos de convertirse en un Guardia Real. Le era difícil conciliar su imponente presencia con la imagen que tenía de los esclavos. ¿Cómo era posible que mantuviese la esperanza después de experimentar tantos tormentos? Más aún, ¿por qué estaba dispuesto a dar su vida por la nación que le había quitado la libertad?

Era obvio que su cuerpo aún resentía los años de maltrato. Por resistente que fuese, sus movimientos comenzaron a entorpecerse. La gruesa piel de sus cicatrices limitaba el movimiento de sus brazos y cintura, y tuvo que concentrarse en proteger sus débiles flancos.

Después de dos horas de combates, Aldebarán decidió darse un respiro y, para sorpresa de Camus, le ofreció uno de los sables.

—Toma. Creo que es tu turno de enseñarnos algunos movimientos.

Camus tenía poca confianza con aquella arma y sabía que no era la mejor persona para ocupar el lugar de Aldebarán. A pesar de ello, sabía que la nueva tarea le ayudaría a desviar su mente de las preocupaciones y, si decidía seguir con el asunto de la Guardia, le ayudaría a llamar la atención de los capitanes. Camus aceptó la oportunidad al instante y alzó su arma contra el siguiente soldado. Casi inmediatamente reconoció sus debilidades y no dudó en señalárselas con tanta seguridad como si fuese el mejor maestro del imperio. Su actitud tuvo éxito, ya que el hombre puso mayor atención a sus propios movimientos y soportó el combate por dos largos minutos. Cuando el soldado, exhausto, cayó al suelo, Camus le ofreció la mano para ayudarle a levantarse y llamó al siguiente hombre en la fila.

Por un par de horas pudo olvidarse de los hijos ilegítimos y de los esclavos.


Camus y Aldebarán condujeron el entrenamiento hasta que llegó la hora del almuerzo. A diferencia del día anterior, y como era de esperarse, Milo desapareció poco después de recibir su ración. Por su parte, Mü fue llamado por el Capitán Shion y Camus supuso que no lo vería nuevamente hasta que el entrenamiento continuara. Aquel arreglo no enfadó a Camus. Todavía se encontraba nervioso y pasar el tiempo con alguien tan tranquilo como Aldebarán le relajaría.

—Muchas gracias por ayudarme con los ejercicios, Camus. Me has ahorrado un fuerte dolor de espalda.

La cercanía y el ligero quitón de Aldebarán permitieron que Camus apreciara sus cicatrices con mayor atención. Estas variaban en color y en prominencia, lo que indicaba que fueron hechas en diferentes momentos. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde la primera marca hasta la última? Camus se preguntó si el hombre tendría un recuerdo de cada una de ellas; si cada cúmulo de latigazos era un pináculo de su existencia o si, por el contrario, los castigos eran tan constantes que se entremezclaban y difuminaban hasta quedar como un gris recuerdo del pasado.

Camus no disimuló su interés en sus heridas. Después de todo, si Aldebarán sintiese vergüenza o resentimiento hacia ellas, habría optado por cubrirse la espalda. Se preguntó si Aldebarán consideraría sus cicatrices como trofeos de guerra. No sería sorpresa. De haberse enfrentado a semejantes tormentos, Camus también ostentaría su supervivencia con orgullo.

—Mü me habló del pequeño incidente con el médico —su lozana voz dejó en claro que no consideraba que la situación fuese tan seria como ellos creían—. Ignoro qué es lo que les enseñen a los verecianos, pero te puedo decir que Shaka es un buen hombre —sonrió y alzó el rostro hacia el cielo mientras rascaba su barbilla con su dedo índice—. Su mal carácter no implica que sea una mala persona, ni mucho menos que sea incompetente. Espero que le puedan dar una oportunidad. Aunque, francamente, dudo que él tenga interés en recibir su aprobación.

—Dudo que tenga interés en algo que no sean sus vendajes y menjunjes.

Aldebarán rio gravemente y le dio a Camus una fuerte palmada en la espalda que por poco lo tumbó de lado.

—Estarán bien. Nosotros, los bastardos, no somos tan terribles como les han hecho creer. Han convivido con varios de nosotros desde un principio. Incluso me sorprendí esta mañana cuando vi a Mü tan indignado. Él sabía que yo era un hijo ilegítimo y nunca reaccionó así.

—Es diferente —interrumpió Camus.

Aldebarán ladeó el rostro y lo miró con curiosidad.

—¿Cómo dices?

—La situación contigo es diferente.

El otro bufó y cerró los ojos, mientras asentía con la cabeza.

—Ya entiendo. La bastardía le sienta bien a los salvajes akielenses, ¿no es así?

Camus abrió ampliamente los ojos. La bastardía era un pecado independientemente de su nacionalidad; la ignorancia de los akielenses no los eximía de su culpa. Nada lo hacía a menos de que el sexo fuera del matrimonio hubiese acontecido en situaciones específicas y completamente comprobables.

—No es eso —explicó—. Me refiero a que tu caso es muy diferente. Tú eres un esclavo. Tu madre no tuvo alternativa más que la de concebirte.

Aldebarán alzó las cejas y emitió una grave expresión de sorpresa.

—Ya veo, ya veo. Creo comprender —hizo una breve pausa—. Tienes razón al decir que mi madre no tuvo alternativa, pero te equivocas en algo de suma importancia: yo ya no soy un esclavo.

—Por supuesto —Camus sabía aquello. Si había tardado tanto tiempo en descubrir la verdad fue precisamente porque carecía de los grilletes de oro que, sabía, decoraban perenemente el cuello y las muñecas de los esclavos akielenses—. Lamento haber dicho lo contrario. Admito que apenas comprendí tu situación. No hablas ni te comportas como un gladiador.

No era como si Camus conociese a algún otro. No obstante, suponía que los akielenses no perdían tiempo en educar a un esclavo que pasaría la mayor parte de su vida en la arena.

—Es por mi madre, ¿sabes? Ella era una esclava de placer entrenada en el palacio de la vieja capital. Vivimos juntos durante el tiempo suficiente para que me enseñara a leer y escribir —sonrió con tristeza—. Tenía una voz muy bella —calló por unos segundos y dejó su plato en el suelo—. Le pesó mucho la separación. Intentó evitarla por mucho tiempo, pero era obvio que mi físico no era el adecuado para el sumiso rol de los esclavos del palacio.

—No tienes que hablarme de esto, Aldebarán.

—Está bien. No es algo que me moleste —aseguró—. A los ocho años me compró un noble que me envió a la escuela de gladiadores más importante de Ios. Viví y entrené en ese lugar hasta que cumplí catorce y tuve mi primer combate —sonrió—. Han pasado ocho años desde entonces.

Camus tragó saliva y decidió también dejar su plato a un lado. La conversación había desaparecido el poco apetito que tenía.

—Es increíble que hayas sobrevivido tantos años. Ahora entiendo por qué eres tan fuerte.

Aldebarán rio quedamente y, abochornado, rascó su nuca con la mano izquierda.

—No es para tanto. Los esclavos eran muy preciados en Akielos. Los combates casi nunca eran hasta la muerte. No sería un buen negocio, ¿sabes? Sin embargo —bajó la mirada y suspiró—, el sobrevivir a la arena no te exime de la muerte. A veces las heridas se infectan y otras el látigo de los instructores cae con demasiada fuerza. El miedo también nos afectaba. Es difícil obligarte a ti mismo a seguir viviendo cuando no sabes cuándo el capricho de tu amo te llevará a la muerte.

—Lamento que hayas tenido que experimentar tanta crueldad —dudó—. ¿Puedo preguntar algo? —Aldebarán asintió—. ¿Por qué quieres formar parte de la Guardia Real? ¿Por qué quieres servirle al Rey que te esclavizó?

En ese momento la postura de Aldebarán cambió por completo. Enderezó su espalda, haciéndolo ver aún más grande de lo que ya era, y apretó los labios con tanta severidad que Camus recordó a los veteranos capitanes akielenses contra los que llegó a enfrentarse. De no ser porque se encontraba sentado, Camus habría dado un paso hacia atrás al tener a un hombre tan temible frente a él.

—Quien me esclavizó fue Akielos, no su Rey. Al contrario, lo primero que hizo una vez que llegó al poder fue liberar a todos los esclavos.

Por lo que Camus sabía, la esclavitud estaba fuertemente arraigada en la cultura akielense. Prohibir la esclavitud sería completamente impensable y un fuerte golpe a los acaudalados que dependían de ellos. Jamás imaginó que algo así ocurriría.

—Imagino que la mayoría de los kyros no tomaron a bien el edicto.

—Tengo entendido que algunos apelaron la nueva ley, pero la palabra del Rey fue firme y nadie se atrevió a detener sus reformas. Es por eso que estoy aquí. El Rey de Akielos me ofreció una nueva vida y decidí utilizarla para servir a quien liberó a mis compañeros del tormento. Estoy aquí porque sé que tiene la capacidad para proteger a los habitantes de su nuevo impero.

Camus asintió al percatarse que había pasado de largo algo tan importante. Si era elegido como parte de la Guardia Real, tendría que servirle no solo al Príncipe de Vere, sino que también al Rey de Akielos. Aún no estaba seguro de si el Príncipe era merecedor de su lealtad, pero ahora comprendía que no tenía que depositar toda su esperanza en él. Si el Rey se atrevió a destruir milenios de tradición en pos de los necesitados, sin duda era un buen hombre. Mantendría aquel pensamiento hasta que pudiese tomar su propia decisión con respecto al Príncipe.

—El Rey recibirá una valiosa recompensa una vez que seas parte de su Guardia, Aldebarán.

El otro rio y Camus divisó un ligero rubor, aun por encima de su oscura piel.

—No hay que cantar victoria. Todavía faltan varias pruebas por superar.

—Sí. En eso tienes razón.

—Y hablando de pruebas —sonrió de soslayo—. Sé que Aioria está llorando en algún rincón porque Shaka lo consideró tan molesto como un mosquito, pero, ¿por qué Milo no está revoloteando a tu alrededor? —Aldebarán recibió parte de la respuesta cuando Camus desvió la mirada y apretó los labios—. ¿Discutieron? Supongo que es normal. Por lo poco que lo conozco sé que es muy orgulloso. Espero puedan hacer las paces. Probablemente ya lo sepas, Camus, pero sobrevivir a nosotros mismos será la prueba más difícil e importante que tendremos que superar si es que queremos formar parte de la Guardia.

—Lo sé —respondió con franqueza.

Camus decidió que hablaría con Milo esa misma noche. Sabía que sería incapaz de aceptar la bastardía de un día para el otro. Sin embargo, si Akielos podía liberar a los esclavos de los que tanto dependía, lo menos que él podía hacer era intentar cambiar su postura con respecto a los hijos ilegítimos.

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Comentario de la Autora: Ahá! Ya salió el peine! Mi pobre Aldebarán ha tenido una vida muy complicada y estoy feliz de que le hayan dado una oportunidad de pertenecerse a sí mismo. *sniff*

Sobre la esclavitud en Akielos, parece ser que la mayor parte de los esclavos (si no todos) fungían como sirvientes o esclavos de placer. No hay indicios de esclavos utilizados para ejercer oficios ni mucho menos trabajos forzados. Esto no quiere decir que fuese un sistema benigno. Los esclavos de placer eran educados en el 'arte' del sexo desde la pubertad y se les obligaba a solo preocuparse por los deseos de sus amos. Su entrenamiento era tan cruel que no podían tocarse entre sí y ni siquiera podían quejarse cuando se les trataba mal. Por supuesto, tratar mal a un esclavo era un tremendo tabú, pero cuando tu víctima no puede defenderse, ¿qué importa hacer algo indebido?

Por otro lado estaban los gladiadores. En la trilogía no es explícito que fuesen esclavos y sé que en Roma hubo varios gladiadores libres, pero me es fácil pensar que no podrían llenar un coliseo con hombres libres. Además, algún trabajo había que darles a los esclavos más grandes y fuertes. ¿No? Aldebarán sería un gran esclavo de placer, pero en el contexto de la trilogía, los esclavos de este tipo solían ser delicados y sumisos.

Todo esto va a que, a diferencia de en Grecia, la esclavitud no era base de la economía akielense y abolirla no habría traído consigo demasiados problemas para la población en general. Los más afectados serían los hogares de clase alta, ya que tendrían que empezar a pagarle a los sirvientes por su trabajo. Siempre he pensado muy interesante el hecho de que filósofos atenienses defendieran la esclavitud a pesar de que sabían que era algo inhumano. La necesidad de tener a alguien que hiciese el trabajo por ellos era tan grande que el sistema no cambiaría por siglos. Los romanos tenían un sistema similar, pero dejaron de darles tanta responsabilidad en los oficios y los pusieron a construir obras de infraestructura indispensables para el mantenimiento del imperio. No digo que haya sido justificado el uso de esclavos, solo quiero remarcar el hecho de que la abolición en Akielos habría sido algo sumamente sencillo a comparación de lo que implicaría hacerlo en Roma o Atenas.

Pero, como siempre, ya me emocioné. Espero que hayan disfrutado este capie que llegó antes de lo que esperaba.

¡Fic beteado por la hermosa Gochy, a la cual le mando un millón de kudos para que esté pronto al 100%!

¡Gracias a todos por los reviews, follows y favoriteadas!