Capítulo 9

El desgastante día en la arena de entrenamiento permitió que Camus se olvidase de Milo aunque fuese por unas cuantas horas. Asimismo, los rigurosos ejercicios despertaron el apetito que le había evadido desde la mañana y no dudó en dirigirse al comedor una vez que llegó la hora de la cena. No tuvo oportunidad de contemplar sentarse en una mesa diferente, ya que Aldebarán lo condujo al espacio que ya consideraban como suyo y en donde Aioria y Mü les esperaban.

Inicialmente, Camus se enfocó en saciar su hambre y no prestó demasiada atención a las palabras que Aioria pronunciaba tan efusivamente. Sin embargo, llegó el momento en el que el estómago de Camus dejó de ser lo más ruidoso de la mesa y tuvo que prestar atención a lo que el castaño decía.

—¡Te lo suplico, Aldebarán! —Aioria apenas y había probado bocado e incluso había dejado su plato a un lado para unir sus manos en señal de oración—. ¡Tienes que ayudarme!

Aldebarán, exasperado por no poder comer a sus anchas, no parecía tener intenciones de ceder.

—Te he dicho que no hay nada que pueda hacer por ti.

—¡Debe haber algún modo en el que pueda conquistar a Shaka!

—Lo dudo y, si lo hubiera, ¿cómo habría de conocerlo? ¡Solo conviví con él por dos días!

—Algo debiste haber aprendido de él.

—Difícilmente. Apenas cruzamos palabras. No sé vereciano y él apenas puede decir algunas frases en akielense.

—¡Eso es!

La exclamación de Aioria fue tan repentina que Aldebarán, Mü, Camus y tres hombres que comían cerca de ellos se encogieron de hombros y le miraron como si se hubiese vuelto totalmente loco. De cierta forma, lo había hecho.

—Temo preguntar… —murmuró Aldebarán.

Como era de esperarse, Aioria no esperó a que le preguntaran sobre su plan, sino que lo explicó con el mismo entusiasmo con el que lo había descubierto.

—¡Será mucho más fácil conquistarlo si aprendo vereciano!

Extendió su cuerpo sobre la mesa y miró a Camus y a Mü con una cara tan suplicante que al pelirrojo le recordó a un hambriento gato callejero.

—Ni siquiera lo pienses —respondió Mü incluso antes de que Aioria pronunciase su pregunta—. No te enseñaré vereciano solo porque quieres utilizarlo para acostarte con alguien.

Al instante, las orejas de Aioria se tiñeron con un intenso color rojizo y el hombre comenzó a balbucear sinsentidos.

—¿Acostarme? ¿De qué hablas? ¡No dije que quisiera acostarme con él! ¡Eso no… pues, no!

Si bien su estado de ánimo no mejoró del todo, la avergonzada reacción de Aioria dibujó una tenue sonrisa en los labios de Mü. Camus, por su parte, decidió hundir un poco más el dedo en la llaga.

—Estoy de acuerdo, Mü. Tampoco creo que valga la pena perder el tiempo en algo así. Es obvio que Shaka no se interesaría en Aioria ni aunque le escribiese mil poemas de amor.

—¿Tú también, Camus?

—Además —continuó el aludido—, seguramente su poesía sería terrible.

Tanto Mü como Aldebarán estuvieron de acuerdo y el pobre de Aioria tuvo que conformarse con regresar a su asiento y a cruzarse de brazos.

—¡Si ustedes no quieren ayudarme, entonces le pediré ayuda a Milo!

El resto frunció el ceño y se miró entre sí para buscar una explicación a sus palabras. Al ser Camus el más interesado, fue él quien decidió hacer la pregunta.

—¿Milo habla vereciano?

El pánico cubrió el rostro de Aioria y comenzó a removerse nerviosamente sobre su asiento y a juguetear con su pocillo de vino como si el resto de sus compañeros no le mirasen con interés.

—¡No! —declaró—. Quiero decir, sí. Es decir… supongo —al ver que su torpe explicación hizo poco para satisfacer la curiosidad de los demás, carraspeó y trató de calmar su respiración—. La verdad es que muchos de los soldados que sirvieron en la frontera estudiaron vereciano. Es probable que haya aprendido algo. Sin duda sabe más que yo.

Si algo logró la patética mentira de Aioria, fue intrigar aún más a Camus. Era obvio que Milo sabía más que algunas palabras en vereciano y se preguntaba por qué el castaño actuaba como si fuese un secreto celosamente guardado. No podía culpar a Milo por no haber mostrado interés en hablar el idioma con él (quizá su acento era muy malo, quizá no tenía deseos de hablar una lengua que por tanto tiempo consideró enemiga), pero desconocía qué motivos habrían hecho que Aioria respondiese de una forma tan peculiar. Camus había conducido un par de interrogaciones en su corta vida militar y, a sabiendas de que sería fácil obtener más información de él, decidió insistir. Sin embargo, para su sorpresa, Aioria fue más listo de lo que esperaba y cambió de tema con rapidez.

—Y hablando de Milo —gruño—. ¿En dónde diablos se metió? ¡No puedo creer que se esté perdiendo la cena!

Camus esperaba que el hombre estuviese en alguna parte del comedor, lejos de sus usuales compañeros, pero con el humor suficiente para saciar su hambre. No obstante, parecía ser que Aioria tenía razón y que el rubio había optado por saltarse la comida. Por supuesto, la culpabilidad embargó a Camus y le recordó que su velada aún estaba lejos de terminar.

—Temo que soy el responsable de su ausencia —Aioria y Mü alzaron el rostro con interés. Aldebarán se limitó a mostrar una cómplice sonrisa—. De hecho, lo mejor será que vaya a buscarlo ahora mismo.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Aioria—. ¿Qué pasó?

Escudándose en el hecho de que Aioria mintió minutos atrás, Camus justificó no responderle. De un sorbo bebió lo poco que quedaba de su vino y se levantó de su asiento.

—Es probable que lo encuentres en la arena de entrenamiento —explicó Mü—. Suele ir ahí cuando está de mal humor.

—¡Cuando lo venzo en las luchas, dirás!

Camus ignoró a Aioria, agradeció a Mü por la información y salió de ahí antes de que perdiera el poco arrojo que tenía en esos momentos. Además, la noche avanzaba y no quería meterse en problemas por estar fuera de las barracas después de la hora acordada. Con paso veloz se dirigió a la arena de entrenamiento.


Camus encontró a Milo justo donde Mü le dijo que lo haría. A diferencia de en las mañanas, cuando el salón estaba ampliamente iluminado por varios candelabros, solo un par de antorchas iluminaban el pequeño blanco con el que el hombre practicaba con su lanza. A pesar de que aquellas condiciones no eran las mejores para practicar, la oscuridad no parecía molestar a Milo, quien sujetaba el arma con familiaridad y la proyectaba con facilidad. El cuerpo del akielense resplandecía bajo las luces de las antorchas, las cuales resaltaban su perfil y los marcados músculos de sus piernas y brazos. Su dorado cabello refulgía en la penumbra y por unos segundos Camus confundió la visión con la de las estatuas de mármol y oro que decoraban los templos akielenses.

Milo no pareció percatarse de su presencia o, si lo hizo, optó por ignorarle. Decidido a no dejar pasar aquella oportunidad, Camus cerró la distancia entre ellos. No habló sino hasta que el fruncido ceño de Milo le hizo estar seguro de que el hombre sabía que no se encontraba solo.

—¿Milo?

Este sujetó con fuerza su lanza y, sin bajar el arma, giró su cuerpo hacia el de Camus. La luz de las teas se reflejaba en sus ojos y atizaba su enojo. De no ser porque la distancia entre ellos era demasiado corta como para que Milo lanzara un buen golpe, Camus habría considerado muy seriamente hacerse a un lado.

—Pensé que sabrías que no tengo interés de verte o escucharte —remarcó sus palabras enterrando la lanza en el suelo—, del mismo modo en el que tú no querrías escuchar o ver a un bastardo.

Camus exhaló cansinamente y puso su mano en su pecho mientras se inclinaba levemente hacia él.

—Lamento mucho haberte ofendido, Milo. Hablé conforme a lo que se me educó, no a lo que realmente pensaba de ti —se incorporó y le miró a los ojos—. A pesar de que tenemos poco tiempo de conocernos, estoy convencido de que no serías capaz de traicionar a alguien por mera ambición, mucho menos a tu familia. Eres un buen hombre y, aunque me tomará tiempo asimilarlo, ahora comprendo que no debo juzgar a una persona por algo tan vano como la condición de su nacimiento.

Sus palabras no eran del todo sinceras. No era que no tuviese deseos de cambiar su modo de pensar con respecto a los bastardos, ni que no creyese que al menos uno de ellos podía ser un buen hombre. Simplemente sabía que aún era demasiado pronto como para poner las manos al fuego por Milo. Aún no era capaz de confiar en él por completo, pero sabía que no era el momento para dejar entrever su duda. Quería hacer las paces con él y, así, confirmar por sí mismo la clase de persona que era.

—Jamás me habían insultado de tal forma —aseguró Milo—. Es cierto que no soy igual a mis hermanos, pero los amo tanto como a mi madre y respeto enormemente a mi padrastro. Él me recibió en su hogar y me ha tratado con la misma deferencia con la que trataría a cualquiera de sus hijos. Jamás haría algo para dañarlo a él o a su patrimonio. No me interesan sus tierras ni su nombre. Todo lo que deseo lo puedo obtener por mí mismo.

—Lo sé.

Milo debió reconocer los rastros de duda en las palabras de Camus, ya que entrecerró los ojos y apretó los labios con enojo.

—No es solo esto —golpeó la lanza con el antebrazo. El arma se desprendió del suelo e hizo un seco sonido al caer sobre el aserrín.

El rubio caminó hacia una paca de paja, se sentó y recargó su frente sobre las puntas de sus dedos.

—Eres un hombre inteligente, Camus. Quizá no todos sean capaces de ver más allá de lo que se les adoctrinó, pero tú si puedes hacerlo. Tú tienes la capacidad de juzgar a las personas por lo que son y no por lo que aparentan y aun así decides no hacerlo. Decides ignorar lo que tienes frente a ti y prefieres quedarte con las voces de tus padres y maestros. ¿Cómo puedo confiar en algo así? Pensé que… —meneó la cabeza—. Somos demasiado diferentes, Camus. Acepto tu disculpa, pero solo eso. No olvidaré tu insulto ni tu prejuicio —bajó ambas manos y las descansó sobre sus rodillas—. Espero por tu bien que realmente estés dispuesto a actuar conforme lo que te dicte la razón en lugar de al fantasma de tus ancestros.

Las palabras de Milo irritaron al de por sí alebrestado ánimo de Camus. Actuaba como si fuese sencillo abrir los ojos ante una injusticia que desde pequeño te enseñaron a ignorar. Actuaba como si él no fuese igual.

—Supongo que fue así para ti cuando te ordenaron liberar a tus esclavos.

Milo entreabrió la boca y por unos instantes quedó tan pasmado que no supo cómo reaccionar.

—¿Disculpa?

Camus sabía que Milo no era parte de la nobleza: carecía de los finos movimientos y de las sofisticadas palabras. No obstante, su postura y autocomplacencia correspondían a los de alguien que no conocía las carencias y su largo y atendido cabello a los de un hombre acostumbrado los lujos. Camus adivinó que el patrimonio de su padrastro debía ser más que un pequeño pedazo de tierra en la provincia de Aegina o Mellos; seguramente consistía en una amplia plantación de olivos y una enorme casa repleta de esclavos. Esclavos de los que, sin duda, Milo se aprovechó por años.

—¿Te atreverías a decirme que tomaste a bien la orden del Rey para liberar a todos los esclavos?

Como para denotar la firmeza de su respuesta, Milo se puso de pie y asintió.

—La orden de su Excelencia fue contundente y mi familia accedió a ella con gusto.

Camus sospechaba que aquello era una mentira —no se imaginaba que pudiese ser lo contrario. Sin embargo, incluso con la seriedad de su rostro y la gravedad de sus palabras no estaba dispuesto a dejarle ir sin hacerle comprender su postura.

—Con tanto gusto como recibiste la orden de entrenar a lado de los verecianos, supongo —no le dio a Milo oportunidad de responder—. Es comprensible: seguir órdenes es más fácil que aceptar los errores por cuenta propia. Pudieron liberar a los esclavos generaciones atrás, pero lo hicieron hasta que su Rey no les dio alternativa.

—Los motivos por los cuales decidió liberar a los esclavos pertenecen únicamente su Excelencia. Mi deber es honrarlos y acatarlos —hizo una breve pausa—. No obstante, no había un motivo válido por el cual liberarlos. Tú no conociste los jardines de entrenamiento de esclavos, tú no viste cómo se les cuidaba. Es por eso que crees que la esclavitud es algo terrible. Sin embargo, a los esclavos se les otorgaba protección y atención a cambio de su libertad. Ellos cumplían sus labores con gusto y, para muchos de ellos, el perder su condición fue un duro golpe a su espíritu.

—Supongo que se sintieron abrumados por la libertad; después de todo, jamás les ofrecieron opciones distintas a las de obedecer.

—No las necesitaban —aseguró—. Tenían todo lo que pudieran necesitar. Eran felices con nosotros.

Los argumentos de Milo flaqueaban y él lo sabía. Su nerviosismo se coló en sus palabras y su usual altanería se fundió como la nieve en primavera.

—Eres un hombre inteligente, Milo —dijo entonces—. Sabías que arrebatarle a alguien su libertad era algo incorrecto, pero accediste a ello porque tu familia y tu sociedad te dictaron que era lo normal. Te convenciste a ti mismo de que hacías bien a los esclavos porque era mejor que aceptar que los utilizabas para satisfacer tus propios caprichos. El Rey no necesitaba dar una orden para su liberación, pero tú la necesitaste para hacer lo correcto.

Milo entreabrió la boca, mas le tomó varios segundos encontrar las palabras que necesitaba para responder.

—Los esclavos no son como crees, Camus. Son gentiles y débiles; son criaturas delicadas que no estaban listas para salir al mundo real.

—Tal vez no conozca a muchos esclavos, pero conozco a uno.

En ese instante los ojos de Milo se abrieron de par en par y la pesadez de sus propios actos pareció posarse sobre sus hombros.

—Aldebarán…

—A pesar de que lo torturaron para aplacar su espíritu, no lograron debilitarlo. Al contrario, es poderoso, noble y valiente y así como él hay miles que lo único que necesitaban era una oportunidad para demostrar que son más que simples trofeos. ¿Lo comprendes ahora, Milo? Es fácil cometer errores cuando todo tu mundo los practica; lo difícil es abrir los ojos y aceptar que has sido partícipe de la injusticia. Ambos somos culpables de escuchar las voces de nuestros ancestros, pero somos nosotros quienes podemos hacer una diferencia.

Milo exhaló entrecortadamente, cruzó una rápida mirada con Camus y salió del salón de entrenamiento sin decir más.

Camus decidió no seguirle. Sabía que Milo necesitaba tiempo para recapacitar en sus propias acciones. Optó por, en cambio, ir a la cama.

Él también tenía mucho en que pensar.

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Comentario de la Autora: Insisto en que es muy peculiar el modo en el que las culturas con esclavos justifican lo que hicieron. Es un poco espeluznante, si lo piensan. Vere tiene sus cosas malas, pero Akielos tiene bastante menos ética en cuestión de derechos humanos.

Eeeep! Nuestro pobre Milo quedó en un aprieto. ¿Cómo reaccionará la próxima vez que vea a Camus? ¿Camus logrará sobrevivir un día más en el castillo? ¿Algún día volveremos a ver a Máscara de la Muerte? ¿Aioria aprenderá vereciano? ¡La respuesta a esa y más preguntas, en un futuro no tan lejano!

Capie revisado por mi querida betuchis, Gochy, al servicio de la comunidad.

¡De nuevo gracias a todos por sus reviews y favoriteadas!