Mycroft olvidó como moverse.

No podía reaccionar, no podía hacer que sus piernas avanzaran, ni siquiera sabía si estaba respirando. Lo único que podía hacer era observar como su hogar acababa reducido a cenizas. El lugar donde nació, los valles donde pasó innumerables tardes leyendo… y no volvería jamás. Cerró los ojos con fuerza mientras el dolor lo atravesaba.

Unos hombres del gobierno se llevaron a Eurus. Ella no gritó ni luchó: fue con ellos tranquilamente. Y justo antes de subir al auto, su hermana se volteó y sus ojos se encontraron. Su mente le llevó a la noche anterior, cuando (sin explicación alguna) Eurus le entregó una nota que, en el cifrado que ellos dos inventaron juntos, decía:

"Te quiero, Mycroft"

Y yo a ti, hermana mía. Pero necesitas ir a Sherrinford para que regreses a nosotros, pensó mientras le sostenía la mirada. Ella frunció el ceño, entró al vehículo y se alejo por el camino, sabiendo que no volvería dentro de mucho tiempo a sus vidas.

Finalmente corrió hacia Sherlock, quien estaba sentado en la grava junto a sus padres, mirando a la nada. A pesar de que Mycroft se sentó a su lado, su hermano pequeño no reaccionó. Con una profunda tristeza, el pelirrojo se dio cuenta de que su cerebro estaba bloqueando todo.

Había perdido a sus dos hermanos aquel día.