One-shot basado de una u otra forma en:

Me enamoré Shakira

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Capítulo 15: Búsqueda

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Un frío mar acariciaba los bordes de los acantilados que lo lindaban. Un viento helado y salino recorría el aire a sus anchas. Algunas flores de lavanda estaban desperdigadas sobre las cimas de los acantilados. El cielo lucía gris, sin sol visible, sólo una eterna capa de nubes que se entremezclaban con una hilera de humo negro que escalaba las alturas con lentitud.

Antaño, coronaba solitaria uno de los acantilados una bella casita campestre, con algunas de sus paredes exteriores incrustadas de caracoles.

En ese momento eran la fuente del humo negro las llamas que la devoraban.

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La taberna del pueblo se hallaba en la penumbra, apenas iluminada por un par de antorchas en las paredes. No era muy frecuentada tan entrada la noche, y los pocos que quedaban evitaban cruzar miradas con cualquiera que no fuera el tabernero o la persona que los acompañara.

Theodore Nott había venido solo. Esperaba sentado junto a la barra la llegada de alguien que, sospechaba, nunca llegaría. Llevaba una larga túnica oscura, y por debajo de la capucha que caía sobre su frente observaba atento el movimiento dentro del espacio.

El tabernero secaba unos vasos, aburrido. En una esquina, dos hombres con los rostros tapados conversaban por lo bajo con seriedad. En una mesa cerca de la puerta del baño, tres hombres bebían su sexta ronda y reían, pero incluso ellos controlaban el volumen de su voz. En otra mesa, junto a una ventana a través de la cual no se veía nada en la oscuridad, una figura alta y delgada, como él envuelta en una capa, sólo que gris, aguardaba. Sobre la barra había alguien más, un joven medio achispado que venía mirándolo hace rato.

—¿Disculpa? —dijo—. Sí, tú, el de la capucha.

Nott alzó la vista en su dirección con cautela.

—¿Te conozco de algún lado? —preguntó el joven, risueño—. ¡Disculpa que te moleste! Es que andaba aburrido, mis amigos me dejaron colgado. ¡Y no puedo parar de pensar que de alguna parte me suenas!

—No lo creo —replicó Nott.

—¿Seguro? Nunca olvido un rostro, vamos. Me voy a volver loco si no puedo recordar de dónde te ubico.

—En serio, me estás confundiendo con alguien más.

—Si tú lo dices —el joven lucía decepcionado—. Mira, no debes ser mucho más grande que yo... ¿cuántos tienes? ¿Como veintisiete? ¡Hasta puede que hayamos ido a la misma escuela!

—No fui en este país —masculló Nott, ideando mil formas de sacárselo de encima por segundo, sin poder decidirse por una sola.

—¡Pero mira qué casualidad! Yo tampoco —el joven entrecerró los ojos, en una mueca pensativa—. ¿Sabes? Me recuerdas a unos chicos que iban unos años más arriba que yo. Eran como los populares, ¿sabes a lo que me refiero?

—No —respondió Nott, cortante—. Estoy esperando a alguien que debería llegar en cualquier momento. Y me gustaría esperarle solo.

El joven le hizo caso omiso.

—Había algo acerca de estos chicos... eran diferentes al resto. Algunos de ellos tenían tatuajes, ¿puedes creer? Tan jóvenes.

Hizo una pausa.

—¿Tú tienes algún tatuaje?

Nott le clavó la mirada. El muchacho hizo una mueca maliciosa. Un instante después, lo apuntaba con su varita.

Desma-!

Reducto! —se le adelantó otra voz. Un haz de luz rozó su coronilla y reventó el estante lleno de vasos y botellas junto a la barra. El joven desconocido y Nott, que ya tenía su varita en alto, se cubrieron las cabezas de la lluvia de vidrios.

Parada junto a la mesa de la ventana estaba la figura de la capa gris, apuntándoles con la varita. Tanto él como Nott hicieron un amago de bajar sus varitas. Los tres hombres amigos corrieron a esconderse detrás de la barra, junto con el tabernero. Entonces, los dos hombres encapuchados de la esquina se levantaron con brusquedad, apartando su mesa, varitas en alto. La figura se dio vuelta hacia ellos y el joven aprovechó para levantar la varita contra ella. Nott se le adelantó.

Incarcerous! —exclamó, y el joven quedó apresado en el suelo por sogas que ataron sus extremidades mientras lo insultaba entre chillidos.

—¡A él! ¡A él! ¡A él! —gritaba. Pero sus amigotes estaban ocupados.

Se batían a duelo abierto con la figura gris, que con suma agilidad los contenía a ambos a la vez. Hechizos volaban a diestra y siniestra, rompiendo cada vez más de la taberna. Nott corrió a unírsele.

Los otros dos notaron que a él se le dificultaba más seguirles el ritmo y enfocaron la mayor parte de su energía en ocuparse de él primero, con lo cual la figura gris se distrajo ocupándose de protegerlo a él también de los maleficios que le echaban sin pausa.

Crucio! —vociferó de improviso uno de los tipos. Le acertó a la figura gris, que cayó al suelo, gritando de dolor, mientras él no dejaba de apuntarle, sosteniendo la maldición. Nott quiso ayudarle, pero apenas podía con el tipo que sin piedad trataba de hacerle correr la misma suerte.

Tras unos momentos la figura comenzó a incorporarse, a pesar de seguir bajo el maleficio cruciatus. El hombre que se lo echaba lucía absolutamente perplejo. La capucha gris se le había caído hacia atrás.

—Pero cómo...

—He pasado peog —murmuró Fleur Delacour, con un brillo asesino en los ojos—. Oppugno!

Antes de que pudieran reaccionar, los dos tipos se vieron atacados por una lluvia redirigida de botellas cortadas. Nott observaba con los ojos como platos.

—Delacour... —dijo, mirándola.

Ella no suavizó su expresión. Tampoco bajó su varita.

Petrificus Totalus!

Nott cayó duro como una piedra en el polvoriento piso de madera. Fleur se alejó unos metros y la oyó desmemorizar a los muggles escondidos tras la barra. Luego volvió, se inclinó sobre él y lo tomó con fuerza por el cuello de la túnica.

Un segundo después, habían desaparecido.

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Cuando Nott recuperó la movilidad de sus miembros siguió si poder moverse, ya que Fleur había aprovechado para atarlo a una silla. Se encontraban refugiados en lo que parecía ser un sótano abandonado, pero más allá de eso, Nott no tenía forma de saber a dónde lo había llevado.

—¡Ey! ¡Desátame!

—¿Cgees que te até sólo paga soltagte apenas me lo pidiegas, Nott? —se mofó ella. Colocó una silla delante de él y se sentó, todavía con la varita en la mano. Nott se preguntó dónde tendría escondida la suya.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó él.

—¿No es obvio? Guespuestas.

—No sé nada.

El brillo peligroso volvió a la mirada de Fleur.

—No te cgeo nada.

Nott escrutó la expresión desesperada de su interlocutora.

—No pensarás que estoy con ellos, ¿verdad?

—No sé con quiénes estás —replicó ella.

—Con ellos no, claramente —masculló él—. Ni por un momento.

Fleur sacó un pequeño frasco de su bolsillo. Nott resopló.

—Veritaserum.

—En efecto —dijo ella—. Ahoga, ¿de la mala manega o...?

—Ya dámelo, no tengo nada que ocultar.

Con delicadeza, ella le acercó el frasco a los labios y lo inclinó para que el líquido cayera. Nott tragó visiblemente, enseñándole el cuello.

—Al gano. ¿Qué sabes del incendio? —preguntó ella con avidez.

Nott se tomó un momento para contestar.

—¿El de la casa en el acantilado?

—Sí.

—Poco y nada.

—Sé más específico —urgió ella, amenazante.

—Sé que pasó hace como seis meses. Sé que fue provocado.

Pog supuesto. ¿Pog quién?

—Eso no lo sé.

Fleur se levantó de improviso, echando su silla hacia atrás, y gritó de la frustración.

—¡No te cgeo!

—Sin embargo, deberías. Tomé veritaserum, ¿o no? —dijo Nott.

—¡Me dijegon que tú sabías!

—¿Quién?

—¿Y a ti qué? —Fleur dio vueltas en el lugar—. ¿Qué sabes de Bill?

—¿Bill? ¿Weasley?

—¡Sí, Bill Weasley, pedazo de alcognoque!

—Sólo lo que oí en rumores. Aparentemente, tenía un blanco en su espalda.

Fleur lo miró, esperando a que prosiguiera.

—Aparentemente, ellos lo querían muerto.

A Fleur le tembló la mano.

—¿Sabes quién da las ógdenes? —inquirió. Nott vaciló—. ¡¿Quién da las ógdenes?! —repitió ella con el rostro distorsionado en una mueca de dolor.

Nott sintió una punzada en el estómago.

—No lo sé.

Fleur se derrumbó nuevamente en la silla, con los ojos vidriosos. Nott carraspeó, incómodo.

—Lo siento.

Fleur lo miró escéptica.

—¿Lo sientes? —repitió, con un tono que rozaba la burla—. Lo sientes —resopló y se llevó las manos a la cara, tratando de calmar su respiración agitada.

—Delacour... —comenzó él—. Te juro que esta vez no tengo nada que ver con lo que está pasando. Menos que cuando era apenas un adolescente. Esta vez, no somos nosotros.

—¿Nosotgos? ¿ Nosotgos los mogtífagos?

—Nosotros los hijos de. Nosotros que también quedamos atrapados en medio de una guerra de mierda que nunca quisimos, con roles que nunca pedimos, obligados a tomar elecciones que nunca fueron nuestras —explicó él, impasible.

Fleur miró el suelo, pensativa.

—Me costó mucho localizagte.

Nott aguardó. Fleur alzó la vista y lo miró.

—No puedo dejagte ig.

—Merlín, ¿es broma? —dijo Nott, indignado.

—Muchos no saben que no estás con ellos —informó Fleur—. Y yo... por ahoga... te cgeo. Y te necesito.

Nott la miró extrañado.

—Necesito a alguien que pueda infiltgagse, aunque sea apenas. Necesito infogmación. Necesito...

—...respuestas —completó Nott. Fleur asintió con lentitud.

Nott se lo pensó unos momentos. Después de todo, no tenía a dónde más ir. Y por la expresión que tenía ella, hubiera jurado que tampoco tenía un lugar al que llamara hogar. Seguramente no descansaría hasta que no haber obtenido todas las piezas del rompecabezas que la atormentaba.

Esta podía ser una oportunidad para él también, pensó. No quería jugar al héroe, no como otros que conocía. Pero era la oportunidad perfecta para limpiar su nombre, reivindicarse y, quizás, tener una vida mejor cuando todo hubiera terminado. Tal vez incluso podría contribuir a que toda esa mierda llegara a su fin más pronto.

—Me sumo —declaró.

—No te estaba dando la opción —comentó Fleur.

Nott se encogió de hombros como pudo.

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Así comenzaron las aventuras entre los dos improbables compañeros de misión.

La mayoría de las veces no tenían más que conseguir escabullirse donde nadie los había invitado, y Nott hacía el trabajo de la actuación para el que tanto había sido educado desde niño. Sentía un tirón en las entrañas cada vez que tenía que pretender ser partidario de ellos, y cada vez que tenía que ocultarse cuando Fleur se encontraba con alguna otra persona de la rebelión. No podían verlos juntos.

Sin embargo, siempre que estaban solos, estaban juntos. Poco a poco, algunas piezas iban cuadrando, lo cual en lugar de tranquilizar a Fleur acrecentaba el fuego en el interior de su pecho. Poco a poco, la preocupación que ella demostraba por su bienestar dejaba de ser sólo por lo que él representaba –la posibilidad de encontrar a los responsables de la muerte de su esposo–, sino más genuina aún. Nott lo sentía en cómo lo tomaba de la muñeca cada vez que había que correr o desaparecer. En los gestos de Fleur, endurecidos por el dolor, distinguía una nota de cariño.

Por su parte, hacía mucho tiempo que había dejado de interesarse por otra persona sólo por su belleza. Aunque no podía ignorar lo increíblemente hermosa que le parecía Fleur, no fue eso lo que hizo que comenzara a atraerle. Si tuviera que determinar el qué, se le haría difícil. ¿La cantidad de tiempo que pasaban solos? ¿La adrenalina de las experiencias cercanas a la muerte? ¿La preocupación verdadera que había despertado en ambos por el otro? ¿Los gestos suaves y delicados de su personalidad fuerte y decidida?

Posiblemente fuera el que tenían poco y nada que perder lo que los terminó acercando de forma definitiva. Fleur no sabía qué estaba pensando, pero tampoco quería saber. Sí sabía que esa noche en la taberna todo había cambiado para ambos, y que desde entonces sus caminos estaban más entrelazados de lo que quisieran admitir. Y que él era lo que andaba buscando, y no sólo en cuanto a su intrincado rompecabezas.

Que Merlín la juzgara por decidir lanzarse de lleno en los ojos de Theodore Nott, por dormirse abrazados tras otra noche de estar a punto de reencontrarse con Bill.

En tanto estuvieran juntos, sentiría como que todo su plan estaba resultando.

Por más que fuera una simple ilusión.