One-shot basado de una u otra forma en:

Bella y sensualRomeo Santos ft. Nicky Jam & Daddy Yankee

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Capítulo 5: Bella

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A los quince años, Astoria vivió la guerra.

Supo reconocerse más afortunada que el resto; su estatus la protegía.

Saboreaba el hecho con amargura. No le parecía justo. Pero se tragó la bronca como veneno y calló. Llegado el momento, se dejó arrastrar por Daphne fuera de Hogwarts sin poner demasiada resistencia. Sabía que su hermana mayor no tenía los mismos motivos que otros. Daphne jamás se lo perdonaría si algo le pasara, responsable como se sentía de ella. Así, ambas abandonaron el castillo antes de que la batalla estallara.

Cuando al año siguiente regresó, nada de su vida en Hogwarts parecía seguir igual. Recordaba como a un sueño lejano su vida anterior, un sueño infantil, de preocupaciones menores. Su enfermedad era la única constante que unía ambas dimensiones. Y Daphne. Y ellos.

Sin embargo, a dichas constantes también las sentía diferentes. Mayores. Las primeras dos estaban conectadas: sus cada vez más frecuentes recaídas tenían a Daphne más pendiente de ella que nunca. Nuevamente, su estatus le confería privilegios, como los mejores medimagos de San Mungo y la promesa de mantener en secreto su estado. Pronto mejoraría, pero su familia no podía permitirse que se corriera la voz. Además, ella hubiera detestado que la gente la tratara distinto. Ya tenía suficiente con su hermana.

Ellos antes eran simplemente los compañeros de clase de Daphne. También los había visto varias veces fuera de Hogwarts, algunos veranos en que los Slytherin de ese curso habían llegado a juntarse en la casa de los Greengrass. No les había prestado demasiada atención más allá de eso, ni ellos a ella.

Luego de la guerra, y luego de que finalizara sus estudios, algunos de ese grupo volvieron a reunirse en su casa. Ninguno lo hubiera exteriorizado en voz alta, muchos menos Daphne, pero Astoria notaba el anhelo que sentían por volver a estar entre rostros amigos, tan escasos para ellos esos días. Posiblemente, como ella, deseaban regresar a aquellas épocas más sencillas.

Entonces fue cuando repararon más en ella. Especialmente tres de ellos.

En esos días de calor, de silencios cargados de no saber cómo poner en palabras todas las cosas que se querían decir, de césped amarillento, brisas vagas y cruzar miradas perdidas, fue que Harper tomó la iniciativa.

Se sentó frente a ella en la extensa mesa del comedor de su casa en la que hasta ese momento Astoria comía sola. Dejó de revolver con lentitud su sopa y alzó la vista. Él simulaba mayor confianza de la que tenía y echaba vistazos a su alrededor, atento por si Daphne se aproximaba. Seguro no le haría gracia que intentara nada con su hermana menor.

Harper abrió la boca y la volvió a cerrar. Estiró su mano por encima de la mesa y rozó la suya. Astoria lo miró sin reaccionar. Luego sintió el roce de su pierna por debajo de la mesa.

Con un simple movimiento de la mano y antes de que él pudiera darse cuenta, hizo palanca con su cuchara y le salpicó el rostro de sopa tibia. Harper retrocedió inmediatamente y se puso colorado. Temblando de furia hizo amague de tomar su varita, pero se detuvo. Suspiró, se limpió con una manga la cara y se alejó con el cuerpo rígido, sin mirar atrás.

De todas formas, Astoria no pudo evitar sentirse halagada. Pero no iba a perder su (realmente) valioso tiempo con él. No cuando la incertidumbre pendía sobre el número de años, meses, días que le quedaban.

Después vino la lluvia. Recordaba vívidamente aquel mes de incesantes precipitaciones y jóvenes adultos reunidos bajo su techo, compartiendo sus extrañas dinámicas de amigos con su atenta presencia. Cuando no había nada mejor que hacer, le parecía interesante quedarse cerca de ellos y observarlos a una prudente distancia. No siempre eran los mismos, pero los mismos rotaban por la sala de estar y la habitación de Daphne. A veces los sentía vagar como si estuvieran atados, como si hubiera algo más fuerte que ellos que eran incapaces de soltar.

Una tarde tormentosa, Astoria miraba a través de una de las ventanas, alternando entre tratar de distinguir el afuera y el examinar cuidadosamente su propio rostro. ¿Seguían sus facciones en su lugar? ¿Notaría alguien que estaba un poco demacrada? ¿Pensarían que estaba menos bella?

Una parte de ella sabía que no le hacía bien depositar tanto valor en su belleza. Sin embargo, no podía sino asociarla con su salud. Si la perdía, tal vez los demás notarían que estaba enferma. Quizás pensarían que era débil. A lo mejor dejarían de darle atención.

En el reflejo del vidrio vislumbró las siluetas de Daphne y Pansy, sentadas en el sillón, conversando en susurros que se entremezclaban con el ruido de la lluvia. Del otro lado de la sala de estar, Harper hablaba con Zabini, que no parecía impresionado por lo que fuera que el otro le estuviera contando y bostezaba de forma distraída. Cerca de ellos, Vaisey y Nott miraban en su dirección. Nott lucía escéptico. Vaisey se aproximó a ella.

Daphne y Pansy se callaron cuando él se detuvo a su lado. Pansy miraba a Daphne, quien miraba a Vaisey.

Vaisey se sentó en un sillón individual entre la chimenea y la ventana junto a la que Astoria estaba parada y la miró.

—Vamos a jugar al quidditch —declaró.

—¿Bajo la lluvia? —preguntó Astoria, impasible.

—Sí. ¿Vien...?

—No —replicó, y miró a Pansy y Daphne—. Pero voy a mirar desde el piso de arriba. Total, que va a ser divertido verlos empaparse hasta los huesos con tal de no morirse del tedio.

Pansy y Daphne rieron por lo bajo. Astoria amagó a sonreír. Si los jugadores de quidditch salían y ella subía, su hermana y Pansy podrían quedarse a solas. Además, si miraba jugar al resto y los dejaba presumir sus costosas escobas luego disfrutaría de su posterior atención.

Aunque quizás lidiar con toda la perorata post-partido de Vaisey no fue tan divertido como imaginaba, halló cierto entretenimiento en su forma de hablar. Elegía las palabras con cuidado y sabía qué decir para halagarla. Su clara intención de impresionarla le resultaba cómica, y las risas de Astoria animaban a Vaisey. Se pasaba mucho la mano por el cabello mojado y Astoria no podía evitar fijarse en la Marca Tenebrosa que se asomaba bajo su manga cada vez. Ni podía evitar pensar en la guerra.

Eran un montón de adolescentes simulando ser adultos, simulando que no estaban rotos y funcionando por inercia. Las cicatrices que les faltaban en la piel se les escapaban en el habla, en los gestos nerviosos, en sus silencios y carencias.

Más tarde que temprano, las tardes de lluvias copiosas quedaron atrás y volvió el sol, tibio sobre las hojas naranjas caídas. Fue entonces cuando ella notó a Malfoy.

Era el más callado de todos. También el más apagado. Las pocas veces que iba se paseaba inquieto por el lugar, como si no perteneciera allí. Su cabello rubio platinado ya no estaba tan bien peinado como antes, su expresión ya sin odio en ella. Daba la impresión de estar en la constante búsqueda de algo.

A ella la gustaban las cosas bellas y por eso le gustaba verse en el espejo, o detener su mirada en Draco. Notaba, con una deliciosa satisfacción interna, la forma en que él la miraba, y supo que sería suyo. Juntos serían bellos.

No necesitaron de las palabras, ya que en sí se decían todo lo que necesitaban con la mirada, con un simple gesto, con la mera acción de caminar juntos sobre las hojas, con el sol acariciándoles el rostro. Tras todo lo que habían vivido, se conocían de una forma extraña pero válida para que su relación prosperara. Incluso Daphne no pudo oponer mucha resistencia.

Pasaron años caminando juntos. Astoria resistía con fuerzas su enfermedad y su estatus la mantenía con vida. Draco era ahora partícipe de su secreto y compañero, a su forma, de su batalla. Hacían un buen equipo. La guerra no los quería soltar.

Astoria creyó que por fin eran libres cuando nació Scorpius. Era tan bello.

Su dicha no le duró demasiado, ya que su embarazo le provocó una recaída. La siguiente década la pasó más en San Mungo que en su propio hogar, pero no importaba. Haría lo que fuera por retrasar su destino, por estar con su hijo, por estar con Draco.

Pero al final estaba resignada a su suerte. Cuando la guerra estalló nuevamente y fracasó en llegar a Draco a tiempo, supo que sus días estaban contados. Al menos tenía a Scorpius para darle valor, aunque al ver su rostro le recordara dolorosamente demasiado a Draco, a Draco con los ojos cerrados bajo el sol.

A Draco con sus ojos grises abiertos y sin ver.

Se sentía exhausta y destrozada más allá de cualquier consuelo que Daphne le pudiera dar.

No era, sin embargo, su primera guerra. Astoria luchaba desde que tenía memoria.

Se sabía menos afortunada que el resto; su sangre la condenaba.