One-shot basado de una u otra forma en:

GPS Maluma ft. French Montana

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Capítulo 7: GPS

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—La perdí.

Justin Finch-Fletchley miraba al vacío, tildado. Ernie Macmillan pasó su mano frente a sus ojos.

—¿Hola? ¿De qué estás hablando? ¿Cortaron?

—No. No sé dónde está Susan.

Ernie estaba perplejo.

—A ver, siéntate —le indicó a su amigo, señalándole el sillón de su propia casa—. Volvamos al principio. ¿Me explicas por qué el llamado de urgencia? No te entendí nada a través de la chimenea.

Ambos estaban sentados en el living de la pequeña casa donde Justin vivía con Susan. El espacio estaba poco iluminado y algo desordenado. Sobre la mesa ratona había una copa llena hasta la mitad de un líquido color ámbar. Sobre la chimenea, un semi abierto tarro de polvos flu.

—Es que nosotros... —comenzó. Justin hizo un esfuerzo para regular el ritmo acelerado de su respiración. Ernie puso una mano en el hombro de su amigo para darle ánimos—. Quizás no sea nada. Quizás esté exagerando. Pero estoy demasiado preocupado.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Nada. O, bueno, ¡no lo sé! Y eso es lo que me tiene como me ves. Resulta que hace unos días le asignaron una misión, ¿ya? —continuó Justin. Ernie lo escuchaba atento—. No me dijo qué, es más seguro así. Pero era algo importante y tenían que mandar a dos personas. Tampoco me dijo con quién la asignaron. Y para casos como éste, nosotros tenemos como un... ¿cómo te explico? Como un GPS.

—¿Un GP-qué? —preguntó Ernie.

—Olvídalo. Digamos que ella tiene un brazalete de plata que le obsequié para su último cumpleaños y con todo este desastre ahí afuera, la cantidad de misiones peligrosas que le asignan a los miembros de la Orden ha ido aumentando, como te imaginarás. Con lo cual he llegado a pasar... demasiados días sin noticias de Susan. Sin saber si ella... si...

—Entiendo.

Justin se echó contra el respaldo con las manos en la cara. Se frotó las sienes e inspiró profundamente.

—Decidió colocarle un encantamiento localizador al brazalete, duplicarlo y conectarlo con su copia. Así, en casos como éste, puedo revisar mi brazalete —alzó la mano para que su manga se retrajera y dejara entrever el suyo— y hacer esto.

Sacó su varita y le apuntó al brazalete.

—Tápate los oídos —pidió.

Ernie accedió de mala gana. Vio los labios de su amigo moverse, susurrando unas palabras, y se sacó las manos de las orejas.

—Es más seguro así —explicó Justin—. Si nadie sabe cómo funciona el brazalete, ni conoce las palabras para activarlo, nadie más que yo puede usarlo.

El brazalete desprendía un suave brillo plateado. Justin lo tocó con la varita y de él salieron destellos de luz que parecieron cobrar vida y elevarse en el aire como humo. Se entrelazaron hasta formar un signo, "?", que titiló sobre sus cabezas unos momentos y se desvaneció.

—Supongo que no se suponía que suceda eso —dijo Ernie.

Justin negó con la cabeza con tristeza.

—Es la primera vez que pasa. Cada vez que lo intento pasa lo mismo.

—Tal vez alguien, o algo, haya inhibido la magia del brazalete.

—Lo pensé —dijo Justin. Suspiró—. Lo único que tengo es que recuerdo la última vez que funcionó. El brazalete indicó que estaba en las proximidades de un bosque en Escocia.

Hizo una pausa. Ernie lo miró expectante.

—¿Vamos? —apremió.

Justin se inclinó hacia adelante y apoyó sus codos sobre sus rodillas.

—Quiero ir. Siento que necesito ir a buscarla. Pero ¿y si sólo empeoro las cosas? ¿Y si interfiero con la misión? ¿Y si ya no está cerca?

Ernie alzó una ceja.

—¿Prefieres quedarte con la duda de si está en peligro o no?

Justin volvió a negar con la cabeza. Se miraron unos segundos.

—No puedo perderla.

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Por supuesto que cuando el traslador ilegal de Ernie (que no puso más que excusas para evitar explicar de dónde había sacado aquella bota vieja y embarrada) los dejó lo más cerca posible de la última ubicación que Justin sabía de Susan, no tenían mucha idea de a dónde continuar desde allí. Cualquier paso en falso podría alejarlos cada vez más de ella.

Justin se paseaba inquieto por la linde del bosque.

—¿Y ahora? Maldita sea, ¿y ahora, Ernie?

Ernie examinaba con atención los alrededores.

—¿Ves, Ernie? Por esto es que a mí no me mandan en misiones.

—Tenía entendido que cuando empezó todo también te preguntaron a ti —comentó Ernie.

—Sí. Y rechacé sumarme. Sabía que estorbaría más de lo que podría ayudar y ¡mírame! No sé qué hacer ni para encontrar a Susan, y sabes que no hay nada más importante para mí que ella, y soy un inútil, y aquí estoy como un idiota, y...

Antes de que Justin pudiera reaccionar, Ernie estaba al lado suyo con la varita en alto.

Aguamenti!

Fue como si un baldazo de agua le hubiera caído encima a Justin, que boqueó un par de veces, atónito.

—Gra... gracias —balbuceó.

—Primero que nada —comenzó Ernie—, si fueras tan inútil como piensas, ¿crees que alguien como Susan estaría contigo? No. ¿Crees que te hubieran ofrecido sumarte a la Orden? Tampoco. Segundo, necesitas concentrarte. Por Susan.

Justin asintió una vez, con la expresión muy seria.

Contemplaron el bosque de pinos frente a ellos. Justin aferró su varita con fuerza. Se adentraron juntos con el sol poniéndose a sus espaldas.

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Bajo la luz de sus varitas, los dos amigos avanzaban atentos a cualquier a cualquier detalle que les pudiera llegar a indicar el paradero de Susan. Justin parecía guiar el camino, presa de una corazonada. "Tiene que ser por aquí... tiene que estar cerca..." mascullaba, y probaba la magia de su brazalete de plata. Ernie lo miraba de reojo. Pocas veces lo había visto tan alterado.

En un momento, Justin se volteó hacia él.

—¿Ernie?

—¿Dime?

—¿A ti por qué no te han involucrado todavía?

Ernie hizo silencio unos segundos.

—Tengo... tengo miedo.

—Todos tenemos miedo. Pero me figuraba que tú también saltarías a ofrecerte a ayudar como sea.

—Y lo hago. Pero más que eso... —Ernie le rehuía la mirada.

—¿Qué?

Ernie suspiró.

—Está bien. Sí me han asignado algo. Siento no habértelo dicho. Se supone que no puedo hablar de eso.

Justin se detuvo en seco. Lucía dolido.

—Parece que últimamente hay demasiadas cosas de las que no puedes hablar conmigo. Todo son excusas, todo es un "te cuento en otra ocasión", "no tiene importancia", "no debo contarle a nadie".

Ernie frunció el ceño.

—Pero si tú tampoco puedes contarme todo. Empezando por lo del brazalete.

—¡Por razones de seguridad! ¿Y si te agarran? ¿Y si...?

—¡Pero yo entiendo las razones, Justin! Eres tú el que se ofende.

Justin resopló.

—Todo esto es una reverenda mierda.

Pateó un canto con fuerzas y lo mandó lejos. Rebotó con suavidad en el silencio.

Se miraron. Ernie se encogió de hombros y asintió.

—Lo es.

Siguieron en silencio un rato. Cuando ya habían caminado durante otra media hora, Justin sintió un cosquilleo en el estómago y se detuvo.

—Está cerca —dijo por lo bajo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Ernie.

—No lo sé —replicó Justin.

Aguzaron los sentidos y siguieron unos pasos.

—¡Espera! ¡Ernie, mira! —exclamó por lo bajo, señalando hacia arriba. Más adelante, no muy lejos de ellos, una estela de chispas rojas brillaba y se disipaba.

Sin pensarlo otro segundo, ambos salieron disparados en esa dirección. A Ernie se le cayó la mochila. Más chispas salían despedidas desde el mismo punto. Cada disparo hacía que Justin se presionara incluso más todavía para correr a mayor velocidad.

Finalmente distinguieron una figura en la distancia y la varita que se alzaba sobre ella.

Vermillious! —exclamaba casi sin fuerzas una voz proveniente de la figura. Al acercarse más notaron que se trataba de no una, sino dos personas.

La joven con la varita en alto y la voz quebrada era Katie Bell. Cargaba con un brazo a Susan Bones, que estaba inconsciente, y rengueaba. Su pierna parecía estar sangrando profusamente.

—¡Katie! —exclamaron ellos, y corrieron a su lado.

Katie parecía a punto de llorar de la sorpresa, pero estaba demasiado exhausta hasta para eso.

—Merlín... no creí que nadie fuera a acudir... ¿Qué...? ¿Qué hacen aquí...? ¿Cómo...?

Justin la relevó en sostener a Susan. Notó que ella también estaba sumamente pálida y sangrando por un costado. A su lado, Ernie examinaba la herida de Katie.

—Luego te explicamos. ¡¿Qué les sucedió a ustedes?!

—Nos... nos escindimos... ¿no tendrán díctamo... por casualidad?

—Mierda, no. Debemos ir a San Mungo cuanto antes —dijo Ernie—. Vamos, no muy lejos se me cayó la mochila. Tengo un traslador allí.

Los cuatro avanzaban como podían, cada uno más pálido que el otro.

—Estamos... comprometidas...

—¿De qué hablas? —preguntó Justin.

—La misión... —intentó explicar Katie—. Ellos sabían... sabían de antemano. Nos esperaban.

Ernie y Justin intercambiaron miradas de pánico.

—Alguien les dijo... —Katie estaba furiosa. Daba la impresión de que si no fuera porque se estaba desangrando, su bronca misma habría sido lo suficientemente grande como para enfrentarse a un dragón. De improviso se volteó hacia Justin y le puso su varita en la yugular—. ¡¿Tú sabías?!

Justin abrió los ojos como platos y se detuvo.

—Katie... te juro que no sabía nada. Susan no me dijo nada. Jamás la traicionaría. Jamás...

Katie bajó la varita.

—Te creo que no la traicionarías... por ahora —replicó ella. Siguieron avanzando—. Pero parece que tenemos... una rata inmunda... en la Orden... —volvió a mirar a Justin con fijeza—. ¿Y exactamente cómo sabías dónde encontrarnos?

Justin alzó su mano para dejar entrelucir su brazalete.

—Por esto. Luego te explico mejor, pero... en caso de una emergencia, sabría guiarme hasta Susan. Aunque esta vez falló.

—¿Falló?

—Bueno, me indicó que estaría por el bosque... pero luego ya no. Luego algo lo inhibió y dejó de funcionar correctamente —explicó. Observó el brazalete en la muñeca de Susan. Parecía intacto.

—Ey, ¿chicos? —dijo Ernie—. ¿Escucharon algo?

Una gota de sudor frío recorrió el rostro de Katie.

—Maldita sea... alguno debe andar cerca. Si nos agarra uno... de la vieja manada... estamos perdidos.

—¿Vieja manada? —preguntó Ernie.

—De Greyback —contestó Justin, paralizado y con la vista fija en un punto más adelante de donde estaban.

Junto a la mochila de Ernie, olisqueándola, se erigía la figura inconfundible de un hombre lobo de pelaje marrón y ojos amarillos. Con lentitud alzó la cabeza en dirección a ellos.

AVADA KEDAVRA! —chilló Katie instantáneamente. El hombre lobo esquivó a último momento, de un ágil salto, el haz de luz verde asesino.

—¡Katie...! —comenzó Ernie, pero ella se atajó.

—¡ERNIE, AHORA MISMO ME VALE UNA MIERDA! ¡HAZ ALGO!

Ernie vaciló un segundo. Justin dejó a Susan con cuidado junto a él y se colocó delante de ella. El hombre lobo corría en su dirección con las fauces abiertas. Lanzó el primer hechizo ofensivo que se le vino a la cabeza.

CONFRINGO!

Y milagrosamente le atinó. El hombre lobo salió despedido hacia atrás, volando más lejos que la mochila abandonada.

—¡POR AHÍ VA LA COSA! —bramó Katie.

Ernie se envalentonó.

—¡Distráiganlo! ¡Iré por la mochila! —gritó.

El hombre lobo se movía con torpeza, claramente malherido. Los miró con profundo odio y aulló con todas sus fuerzas. A continuación arremetió contra Katie, Susan y Justin, mientras Ernie se escabullía por un costado. En la distancia resonaron un par de aullidos más. Katie tenía enormes problemas para mantenerse en pie, y estaba semi apoyada contra un árbol con la varita siempre enarbolada y una expresión de profunda desesperación.

INCENDIO!

El haz anaranjado apenas rozó al hombre lobo, que soltó un pequeño quejido de dolor.

—¡KATIE, ESTAMOS EN UN BOSQUE!

—¡SI ME VOY ME LOS LLEVO A TODOS ELLOS CONMIGO! INCENDIO!

Esa vez le atinó. Parte del pelaje del hombre lobo se prendió en llamas cuando sólo estaba a pocos metros de ellos. Inmediatamente se detuvo y se echó a rodar, iracundo y aullando de dolor. Otros aullidos volvieron a resonar en la distancia, pero más cerca que antes.

Ernie llegó a la mochila y la abrió a los apurones. La cargó en sus brazos abierta y sin sacar la bota, para que todos pudieran tomar el traslador al mismo tiempo, y corrió hacia ellos, nuevamente dando un rodeo para no ser detectado.

El hombre lobo había logrado lidiar con el fuego y se abalanzó sobre Katie, que parecía medio desmayada contra el tronco.

—¡No! —chilló Justin—. CONFRINGO!

Pero no acertó. Sin embargo, fue suficiente para que el hombre lobo desviara su atención de Katie y decidiera que le apetecía más despedazarlo a él primero. Saltó con todas sus fuerzas sobre Justin y cayó sobre él más rápido de lo que él pudo reaccionar.

—¡JUSTIN! —chilló Ernie corriendo hacia él.

Incarcerous! —masculló otra voz. Susan estaba en el suelo, apoyada sobre su antebrazo, con la varita en alto.

Un montón de cuerdas rodearon el cuerpo del hombre lobo, inmovilizándolo contra el piso. Por la violencia con la que se rebatía, no parecía que fueran a retenerlo durante mucho tiempo más. Ernie llegó junto a ellos con la mochila.

Justin estaba inconsciente sobre un charco de sangre. Susan se arrastró como pudo hacia él, con la varita en la mano. Katie cayó sobre sus rodillas junto a ellos. Ernie se cargó a Justin y tomó el brazo de Susan, quien tomó el de Katie. Juntos tocaron el traslador.

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Susan abrió los ojos. Estaba en su cama, en su cuarto inundado de la luz de la mañana. Justin dormía a su lado, abrazado a ella. Abrió los ojos y le plantó un beso en la mejilla. Su rostro estaba surcado de largas cicatrices que bajaban por su cuello y seguían en su torso.

—Susie... —susurró él, feliz—. Estás aquí.

—Estoy aquí —repitió ella, acariciándole el cabello.

—¿Tuviste pesadillas otra vez? Te revolviste un poco durante la noche.

—No.

Sí las tuvo.

—¿Y tú? —preguntó Susan.

—Tampoco.

También.

Susan enderezó la espalda y se estiró. Su top de pijama se alzó, dejando entrever una gran cicatriz ovalada en un costado de su abdomen.

—Quédate —pidió Justin. Susan lo miró y reflexionó unos segundos.

—Está bien —respondió, y se volvió a arrimar a él.

Afuera, todo era mierda.

Afuera había consecuencias, afuera nunca serían los mismos.

Afuera había guerra, afuera había sangre y muerte.

Pronto volverían al afuera.

Pero mientras tanto, sólo por hoy, el presente les era suyo. Se lo merecían.