Doy inicio a una serie de one-shots con muchos pairings distintos para el reto de TanitBenNajash. Cada uno es independiente del anterior. Espero que les guste.


Resumen: Hogwarts se había convertido en un infierno. Entre todo ese caos, entre todo ese sufrimiento y desesperanza, ocurrió algo inesperado. Si alguien me hubiera dicho lo que pasaría me hubiera reído en su cara, o incluso quizás lo hubiera hechizado indignada con un mocomurcielagos o algo más fuerte. Jamás me habría imaginado que me iba a terminar enredando con el enemigo. (Ligero canon divergence AU)

Pairing: Draco/Ginny


Salones vacíos y pasadizos

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Clandestino. Shakira ft Maluma

"Lo nuestro es ilegal y no te voy a negar
Que yo pago la condena por besarte
Sé que a ti te pasa igual y no me puedes negar
Yo ya cometí el error de enamorarme"

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Hogwarts se había convertido en un infierno. Ni siquiera en primer año, cuando estuve poseída por Tom Riddle y casi muero, me había sentido tan vulnerable y asustada en ese castillo. Durante cuatro años ―porque el primero no contaba― fue mi segundo hogar; pero en esa época, controlado por los mortífagos, era una pesadilla constante.

Encima, mi novio ―«no, ya no es mi novio», debía recordarme constantemente―; el hombre al que amaba estaba en quién sabía dónde, haciendo quién sabía qué, y no tenía ni idea de si estaba bien. Y a eso se sumaba la preocupación por mi hermano. Al menos, pensaba a veces, si se moría me iba a enterar porque los secuaces de Voldemort celebrarían.

Volver ese año había sido un error, pero estando ahí, debía quedarme. Los más pequeños quedarían desprotegidos si no estábamos. Además, sabía que en caso de que Harry decidiera volver a Hogwarts iba a necesitarnos.

Harry había terminado conmigo para protegerme, o eso había dicho, pero estando en el castillo no era tan efectiva su protección. Era conocido por todos el tipo de relación que había tenido con él, y por más que les dijera que ya no éramos nada y que no tenía idea de su paradero, continuaban tratando de sacarme la información que no poseía a base de cruciatus.

Algunas clases eran impartidas por mortífagos, que se dedicaban a insultarnos y castigarnos a la menor provocación. El miedo era palpable en el ambiente, todos estábamos aterrados. Sobre todo de los Carrow, que disfrutaban de castigar a los alumnos. Especialmente a los que habíamos estado en el Ejercito de Dumbledore. Snape había tomado el puesto de director; cada que lo veía sentía el estómago revuelto. Ese maldito había asesinado a Dumbledore, a pesar de que él le había brindado su confianza.

Un consuelo era que McGonagall, Sprout y Flitwick seguían enseñando. Sus clases eran lo único por lo que valía la pena seguir en la escuela. Aunque vigilados de cerca por los mortífagos, podían impartir sus clases con relativa normalidad. Pese a que los habían despojado de sus jefaturas de casa, seguían protegiéndonos a espaldas de Snape y los seguidores de Voldemort.

Además, al menos nos teníamos los unos a los otros. Todos los miembros del Ejercito ― y quienes quisieron unirse ― nos habíamos pasado a vivir en la Sala de Menesteres. Era la mejor manera de protegernos y, sobre todo, a los hijos de muggles y mestizos. Había un acuerdo tácito entre los de quinto para arriba de cada casa ―menos Slytherin, ellos se manejaban a parte― de proteger al resto. Lo mejor era mantener un perfil bajo, ser discretos y mantener la boca cerrada; y mientras no nos vieran, seguir resistiendo, seguir luchando. Tratábamos de mantener perfil bajo, obedecer en apariencia y cometer los actos rebeldes a sus espaldas.

Pero no siempre funcionaba. En ocasiones alguien decía algo que provocaba el enojo de los mortífagos. Era entonces que dependiendo del humor de los Carrow si éramos castigados por ellos o, si les daba pereza, éramos enviados a que nos castigaran los niños mortífagos: Malfoy, Crabbe, Goyle y otros Slytherin que en su momento desconocía, pero que después aprendería a odiar con igual intensidad.

Entre todo ese caos, entre todo ese sufrimiento y desesperanza, ocurrió algo inesperado. Si alguien me hubiera dicho lo que pasaría me hubiera reído en su cara, o incluso quizás lo hubiera hechizado indignada con un mocomurcielagos o algo más fuerte. Jamás me habría imaginado que me iba a terminar enredando con el enemigo, nunca creí que de odiarlo con todo mi ser iba a terminar siendo tan importante para mí. Ese año cometí el error de enamorarme de Draco Malfoy.

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El camino a mi perdición empezó con la idea de robar la espada de Gryffindor. Después de mucho hablar y de pensar opciones, decidimos que la mejor manera de ayudar a Harry era consiguiéndola para él. Habíamos llegado a la conclusión de que por algo se la había dejado Dumbledore.

―Necesitamos entrar al despacho de Dumbledore ―dijo Neville, aunque ya era de Snape, nosotros no reconocíamos su papel como director, para nosotros seguiría siendo del anciano mago cuya muerte aún pesaba en nuestros corazones―, encontrar el Sombrero Seleccionador y sacarla. No es tan complicado.

―¿Y cómo piensan entrar sin contraseña? ¿Cómo van a distraer a Snape para que no esté en su interior y los descubra? ―preguntó Hannah.

―Yo puedo distraerlos ―dijo Seamus con una sonrisa traviesa―, pero necesito conseguir un par de cosas antes.

―No podemos hacer eso, aún si tenemos éxito te van a castigar ―les dijo Dean preocupado, usando el mismo tono que usaba cuando salíamos en sexto y me metía en problemas. Pero sólo yo me percaté de ese detalle.

―Pero será por una buena causa ―replicó Seamus.

―Nick Casi-Decapitado es mi amigo —dijo Luna de pronto. Todos voltearon a verla extrañados. Pero ya nos habíamos acostumbrado a la rareza y brillantez detrás de sus comentarios excéntricos. Así que esperamos a que continuara―. Le puedo pedir que nos dé la contraseña del despacho de Snape, no creo que se niegue.

Eso me dio una idea.

―Podemos pedirle a Peeves que sea la distracción ―sugerí―; sé que no suele hacer lo que le pedimos los estudiantes, pero creo que a mis hermanos les tenía cariño y puedo intentar pedírselo.

Salió mal. Peeves llenó los pasillos de agua como distracción y aunque sí consiguió que Snape saliera de su oficina, no lo hizo por mucho tiempo. El Sombrero no estaba a la vista, una clara diferencia de la época de Dumbledore, y tardamos demasiado buscándolo ―porque no funcionaron los encantamientos convocadores que lanzamos―. Snape nos encontró, como dicen los muggles, con las manos en la masa.

Entró acompañado de los Carrow. Detrás de ellos entró Draco Malfoy.

―Lo ve, profesor, decía la verdad ―dijo con saña. Eso es lo que había salido mal, no contábamos que una de las malditas serpientes nos vería y se iría con el chisme.

―Excelente trabajo, diez puntos para Slytherin ―dijo Snape arrastrando las palabras como era su costumbre ―. Ahora, ¿qué castigo creen que debería ponerles a estos intrusos?

Parecía que los Carrow estaban a punto de saltar de emoción.

―Yo sé, yo sé, podemos torturarlos ―dijo Amycus.

―Uh, yo pido turno primero. ―Alecto intervino con su aguda y desagradable voz cargada de emoción.

― No —dijo Snape, cortante―, la tortura no es suficiente, quizás debamos enviarlos al Bosque Prohibido, para que las criaturas hagan nuestro trabajo sucio.

Si no hubiéramos sido tres contra cinco los hubiera hechizado en ese mismo instante. Una mala idea, que probablemente hubiera terminado peor de lo que resultó, así que me alegro de no haber seguido mis impulsos.

―Pero necesita vigilarlos alguien, para asegurarse que no sólo fingen internarse y yo me niego a poner un pie ahí dentro. Dolores me contó lo que le ocurrió con los sucios centauros ―dijo Alecto.

―Es cierto. ―Snape sonrió. Sentí que la sangre se me helaba de miedo, quién sabe qué cosas desagradables quería mandarnos a hacer―. Le pediremos a Hagrid que lo haga.

―Si me permite, profesor ―intervino Malfoy, con una sonrisa de autosuficiencia que me dieron ganas de borrar a puñetazos―, el bufón es su amigo y seguramente les pondrá labores ligeras.

Me pareció ver que Snape le lanzaba una mirada reprochadora a Malfoy, pero en un segundo se compuso.

―Tienes razón, Draco, ¿qué sugieres entonces? ―A Malfoy se le borró la sonrisa en un instante.

―No lo sé profesor, lo que usted decida estará bien…, yo sólo decía que quizás ponerlos bajo la vigilancia de Hagrid no sería lo adecuado ―dijo, nervioso.

―Ya sé ―sonrió maliciosamente―, dado que tú fuiste el que los descubrió, tú serás el encargado de impartir el castigo.

―¿Profesor? ―Me alegré de que pusiera esa cara de terror ante la perspectiva de ser quien nos impondría el castigo.

―Ya lo oíste, Draco ―dijo Amycus, disfrutando de ver la expresión del rubio―, ¿qué sugieres para ellos?

Malfoy apretó los dientes e hizo una mueca similar a una sonrisa.

―Debo pensar un poco más, creo que necesitan un castigo ejemplar ―dijo― y, a diferencia de ustedes ―me sorprendí de su descaro, dirigirme así a ellos me hubiera costado la vida, probablemente―, considero que un simple cruciatus es innecesario.

«¡¿Simple?!». Me empezó a dar algo de miedo, si esa era la forma de pensar de él, que decidiría nuestro castigo, ¿qué cosa peor que cruciatus estaba planeando? «Al menos no pueden matarnos, ¿o sí?»

Resultó que el castigo fue que tres semanas tendríamos que hacer lo que nos ordenaran Malfoy y sus amigos. Nos dejaron claro que en caso de desobedecer los Carrow harían lo que quisieran con nosotros. Era mejor que recibir un cruciatus, definitivamente; pero peor que pasar una tarde con Hagrid.

~~.~~

La primera semana fue una verdadera pesadilla, más que por tener que obedecerlos, por tener que pasar tiempo con ellos. La verdad es que nos pedían cosas sencillas: hacer sus tareas, cargar sus cosas y llevarles comida, hacer recados, alimentar sus mascotas, y cosas por el estilo. Para poder hacerlo teníamos permitido el acceso a la sala común de Slytherin, pero únicamente bajo su supervisión. Era tedioso y el desprecio mutuo que nos teníamos provocaba continuas tensiones. Luna es la que mejor lo tomaba, con su infinita dulzura y paciencia.

Cada uno de nosotros tenía que «atender» a uno de ellos. A mí me había tocado Malfoy.

Lo más agotador y desesperante de la situación era sus comentarios sarcásticos sobre mí, sobre mi familia y de Harry. Cuando recuerdo esos días aún me cuesta entender cómo fue que terminé enamorándome. Pero sé exactamente qué fue lo que cambió mi opinión y mi forma de mirarlo: no fue un solo momento, sino una serie de circunstancias, de detalles que fui notando. Fue cuando me di cuenta de que lo que yo conocía de él era una fachada gigantesca que había construido a través de los años; cuando entendí que a pesar de todo era al igual que nosotros, un adolescente tratando de hacer lo posible por sobrevivir esa guerra.

Nunca le pregunté cómo fue que él se interesó por mí, pero me imagino que al igual que en mi caso, fue debido a esa convivencia forzada por la que tuvimos que pasar.

―¿Dónde pongo tus estúpidos trabajos? ―le pregunté con los brazos cargados de pergaminos llenos de sus deberes de la segunda semana. Él estaba leyendo y sólo movió su mano para indicarme la mesa enfrente suya, y luego para subirse los lentes. Me frustraba tener que hacer su tarea cuando claramente de cualquier manera él leía lo que le dejaban. Me frustraba también lo atractivo que se veía con lentes, los cuales sólo usaba para leer.

Dejé los pergaminos, pero noté algo encima de la mesa, un sobre ya abierto, con la carta adentro. Pensé que quizás podría ser información sobre los planes de Voldemort y que de alguna manera eso podría ayudarnos, así que discretamente, aprovechando que el rubio parecía realmente concentrado en su libro, lo tomé y lo oculté en el bolsillo de mi túnica. Saliendo de ahí la abrí y descubrí que no era lo que pensaba, sino una carta de su madre.

«Mi querido Draco,

Espero que estés bien. En la Mansión las cosas siguen igual. Yo te extraño a cada momento, pero sé que en Hogwarts estás más seguro que aquí, lejos de él, lejos de Greyback y lejos de mi hermana. Procura no volver a hacer enojar a Amycus, sabes que ahí no puedo tomar tu lugar. Prométeme que tendrás cuidado.

Con amor,

Narcissa Malfoy»

Esa noche apenas y pude dormir, dando vueltas en mi cama, pensando en la carta y lo que me había revelado.

―Sé que la tomaste, la quiero de regreso ―fue lo primero que dijo Malfoy cuando me vio, extendiendo la mano para que se la entregara―; ¿es que acaso tu madre no te enseñó que es de mala educación leer la correspondencia de otros? ¿O es que ni siquiera tuvo tiempo para hacerlo tan ocupada tratando de que el dinero les alcanzara? ―me dijo con furia controlada.

Me sentí culpable de haberla tomado. Por más que pensaba que podía ayudarnos o a la Orden, la verdad es que había resultado ser algo personal y había violado eso. Por ese motivo ni siquiera me molestaron sus insultos. Saqué la carta y se la entregué.

―No requiero de tus servicios hoy, Weasley ―dijo y se fue, sus pasos resonando en el piso de piedra.

Es curioso cómo funcionan estos asuntos del corazón. Porque en lugar de alegrarme de tener al fin un día libre sin tener que estar cerca de Malfoy, me sentí extrañamente incómoda. No tenía que escuchar sus órdenes ni sus burlas, pero me sorprendió darme cuenta de que lo único que ocupó mi mente todo el día fue la imagen del rubio, y la forma en la que había actuado ante mí. Era muy confuso y generaba una sensación extraña en mi estómago, una mezcla de culpa y anhelo que no había experimentado antes.

Al día siguiente me presenté en la Sala Común de Slytherin, como debía hacerlo por una semana días más antes de que acabara el castigo. Una vez que Crabbe y Goyle se fueron con Luna y Neville me quedé sola con él. Un silencio incómodo creciendo entre nosotros.

―No puedes contarle a nadie de lo que leíste ―dijo por fin―; a menos, claro, de que ya lo hayas hecho.

―No le he dicho a nadie ―le contesté, extrañamente aliviada.

―Bien. ―Eso fue todo lo que dijo. Se sentó en el sillón en el que siempre se sentaba a leer mientras me «vigilaba». Yo me senté en el piso frente a la mesa y tomé el primer libro que debía de revisar para hacer su tarea de Herbología. Trabajamos en silencio y por primera vez me sentí cómoda trabajando ahí, tan cerca de él.

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A partir de ahí algo cambió en mi forma de mirar a Malfoy, había mirado por un lado de la máscara y vislumbrado un fragmento del rostro real y ahora ansiaba destaparlo por completo y conocerlo.

Había dejado de insultarme mientras estábamos juntos, mostrándose indiferente e ignorándome a excepción de cuando me daba órdenes. Curiosamente comencé a extrañar sus comentarios insidiosos, los prefería al trato silencioso que me estaba dando. Un poco desesperada por captar su atención trataba de ser especialmente diligente con sus tareas. Después de ese castigo no podría estar cerca de él y, contra todo el sentido común y las horas que había pasado tratando de convencerme de lo contrario, deseaba estar en su proximidad. Además quería ayudarlo, quería sacarlo de la evidente miseria en la que estaba.

El último día del castigo íbamos volviendo de la biblioteca, yo cargando sus libros y él caminando por delante de mí, cuando nos topamos con Alecto Carrow. Supe que estábamos en problemas por la mirada que nos lanzó, estaba de mal humor.

―Señor Malfoy, señorita Weasley, ¿qué hacen paseándose por el castillo después del toque de queda? ―nos regañó―; creo que deben ser castigados.

Sentí la sangre correr como hielo por mis venas, esa familiar sensación llamada miedo.

―Ahora, ¿a quién castigo primero? ―miró al rubio sonriendo macabramente. Mi mente iba a mil por hora, temía que lo que seguramente sería un cruciatus. Me acordé de la carta, de Narcissa poniéndose en el lugar de Draco para protegerle y en un impulso di un paso hacia el frente.

―Fue mi culpa, profesora ―forcé la voz a salir por mi garganta seca―, castígueme a mí.

Alcancé a ver por el rabillo del ojo como Draco abría los ojos de sorpresa y luego los entornaba molesto.

―Justo ahora está cumpliendo un castigo ―dijo apretando los dientes― por eso estamos afuera, hice que limpiara los baños del segundo piso del modo muggle. Yo la estaba supervisando ―mintió―. No creo que sea necesario un castigo, ¿qué diría mi padre?

Alecto Carrow pareció debatirse un momento, mirándonos primero a uno y luego a otros.

―Ash, como sea ―exhaló resignada, como haciendo un berrinche y para mi sorpresa siguió caminando.

Nos quedamos en silencio, ambos parados. Estaba muy aliviada y confundida, también. Malfoy se acercó dando dos zancadas para quedar frente mío.

―¿Por qué hiciste eso? ―me preguntó, furioso.

―¿Qué cosa? ―«¿Qué de todo?».

―Decir que era tu culpa, ¿de verdad tantas ganas tienes de meterte en problemas ―resopló, negando con la cabeza―; estúpidos gryffindors. Si lo hiciste por lo que viste en la carta, quiero que tengas algo claro: no quiero tu lástima.

―¡No lo hice por lástima!―le espeté.

―¿Entonces? ―entornó los ojos, mirándome como si pudiera atravesarme con ellos.

―No lo sé… ―No exactamente al menos. Su rostro estaba sólo a unos centímetros del mío, me miraba como si quisiera resolver un problema de Aritmancia. Tuve un impulso y lo seguí, sin parar a pensar en las consecuencias: lo besé.

Fue un beso rápido, que no respondió, pero tampoco me rechazó. Me separé de él, el corazón latiéndome a mil por hora.

―¿Por qué hiciste eso? ―me preguntó, aunque no sonaba enojado estaba preparada para huir.

―No lo sé. ―Era la verdad―. Lo siento mucho. Ya me voy ―me di la vuelta para irme.

Draco me detuvo de la muñeca y tiró de mí para besarme.

―No sé cómo lo hiciste, Weasley, pero creo que me gustas ―me dijo entre beso y beso.

~~.~~

Iba a ser la última noche que nos íbamos a poder ver ver antes de las vacaciones de navidad. Me escabullí de la Sala de Menesteres una vez que constaté que todos dormían. Podía escuchar mi corazón retumbando en las paredes del castillo. Siempre era un riesgo salir de noche, si me descubrían lo más probable es que los Carrow me castigarían personalmente, ni siquiera tendría la suerte nuevamente de ser mandada con Draco.

Llegué al salón donde habíamos acordado, y di tres golpes rápidos, nuestra clave. Me abrió y me jaló al interior del salón, mirando a ambos lados del pasillo antes de cerrar la puerta y respirar de alivió. Me besó a modo de bienvenida.

―Pensé que ya no vendrías ―me confesó―. También temí que te hubieran atrapado los Carrow o Snape.

Me conmovió verlo tan preocupado. Le di un beso rápido y le sonreí, mientras me quitaba la túnica. Draco había puesto un hechizo térmico en el interior del salón.

―Estoy bien, como puedes ver. Me tardé porque esperé a que todos durmieran. Siento haberte hecho esperar ―le dije.

—Sabes que no me molesta ―me contestó, acomodando un mechón rebelde detrás de mi oreja―. Por ti podría esperar toda la vida.

―¿En qué momento te volviste tan cursi? ―bromeé, una sensación cálida y agradable estaba llenando mi corazón.

―En el momento en el que me enamoré de una Weasley ―me respondió con el mismo tono burlón, incrementando esa sensación.

Tomó con su mano libre mi barbilla, sosteniéndola en su lugar con ternura y me besó. Primero lentamente, sólo sus labios acariciando los míos, luego su lengua, pidiendo permiso para entrar a mi boca. Respondí partiendo mis labios para darle acceso, sintiendo el deseo punzante en todo mi cuerpo. Sus manos recorriendo mi espalda, acariciando mi nuca, enredándose en el cabello tirando con suavidad. Nunca me habían besado así. Besar a Draco era besar el peligro, besar el miedo, besar fuego y hielo a la vez. Sentía la adrenalina y la excitación de saber que lo que estábamos haciendo estaba mal en todos los sentidos. ¿Qué dirían los demás si se enteraran? El beso fue aumentando de intensidad, dejándonos sin aliento.

―¿Estás segura de esto? ―me preguntó entre jadeos, separándose ligeramente. Sus ojos oscurecidos de deseo, los labios rosas hinchados de besarme, un mechón de cabello rubio se había soltado y acariciaba su pálida mejilla sonrojada. Me estremecí, nunca había visto algo más hermoso.

―Sí ― contesté con voz rasposa, iniciando esa vez yo el beso. Necesitaba sentirlo, necesitaba sentir su piel. Mis manos recorrieron su pecho, abriendo botón por botón, mientras él besaba mi cuello y mi clavícula, dando pequeños mordiscos entre beso y beso―. Quiero ser tuya, Draco. Quiero que seas mío ―susurré, obteniendo por respuesta un gruñido de placer que me erizó la piel.

Terminé de desabotonar la camisa, y la quité, recorriendo sus brazos, para quitarla por completó.

―¡Oh! ―Una exclamación escapó mis labios cuando vi las cicatrices que recorrían su estómago y pecho.

Interrumpió lo que hacía, confundido. Cuando se percató del motivo de mi expresión de sorpresa se tensó y su mirada se ensombreció. Acaricié con un dedo la cicatriz más larga, la que le recorría desde el ombligo hasta el pecho, muy cerca del corazón.

―Fue Harry, ¿verdad? ―le pregunté, sintiendo en ese momento un odio inmenso hacia el culpable de mancillar su perfecta piel. Qué irónico era que en ese momento odiaba a alguien que había amado por siete años y amaba a alguien que había odiado por seis.

―Casi me mata ―dijo apretando los dientes, retirando mi mano tomándola de la muñeca―. ¿Te molestan?

―Sí ―le dije―, pero no por los motivos que piensas. Me molesta pensar que alguien te haya lastimado así.

Soltó un suspiro de alivio y me sonrió. Me abrazó jalándome hacia él.

― Eres la mujer más increíble que existe ―dijo, deslizando sus manos por debajo de mi camisa, subiendo por mi espalda, luego pasándolas al frente acariciando mi estómago y subiendo hasta cubrir con su mano uno de mis pechos, moviendo su pulgar para acariciar mi pezón por arriba del brassiere mientras me besaba. Sentía que iba a explotar del calor que estaba experimentando en todo mi cuerpo, sintiendo oleadas de placer con cada movimiento de su dedo. Y apenas era el principio.

~~.~~

Estábamos acostados, ambos desnudos sobre nuestras túnicas extendidas en el piso. Exhaustos pero felices. Sus dedos recorrían apenas tocando mi brazo, él recargado en un lado.

―Eres perfecta ―me dijo, besando mi hombro desnudo.

―Gracias ―le sonreí―; tú no estás nada mal.

Mis ojos se desviaron a su mano que recorría mi brazo. Era su mano izquierda, y justo arriba de esa mano, estaba la Marca Tenebrosa. No había querido verla, ignorándola durante todo este tiempo. Si antes había odiado a Harry por las cicatrices de su pecho, una sensación mucho más intensa y mucho más desagradable se estaba manifestando contra Voldemort. Era asquerosa, con gruesas líneas negras y definidas y con el reflejo de la luz la serpiente parecía moverse. Significaba todo lo que estaba mal en este mundo, significaba esa parte de Draco que no podía amar ni perdonar. Era momento de enfrentarlo.

Tomé su brazo marcado, tratando de tragarme la repulsión que sentía hacia ese símbolo. Lo miré a los ojos ―esos preciosos ojos grises que se habían convertido en mi perdición― para conseguirlo, viendo en ellos vergüenza, pero detrás de ésta pude ver exactamente lo mismo que imaginaba reflejaban los míos: miedo, duda, deseo…

―¿Por qué lo hiciste? ―le pregunté. Desvió su mirada hacia el piso.

―Por idiota ―me contestó secamente― y porque no tuve otra opción. Era eso o que mataran a mi madre. En su momento, debo reconocer, pensé que era un gran honor. No voy a mentirte, Ginny, de verdad pensaba que el Señor Tenebroso tenía razón.

―No lo llames así ―le espeté. No sabía que más decirle, mis sentimientos interponiéndose a lo que sería lógico: odiarlo por haber pensado que un asesino megalomaníaco tenía razón. Pero pude detectar el dolor en su confesión.

―Lo siento. Si quieres podemos dejar de hacer esto. No nos conviene que la gente sepa ―me miró, su labio temblando ligeramente, como si estuviera conteniendo el llanto―. Tú estás arriesgando más que yo.

Pero no podía dejar de verlo. Estaba sumergida hasta la coronilla en el lodo, más después de lo que acabábamos de hacer, y no podía ―no quería― salir. Negué con la cabeza.

―Si nos descubren, los dos tendremos problemas. Si nos descubren, debes mentir y decir que me estabas seduciendo para convencerme de que te revele el paradero de Harry ―le dije― de esa manera al menos tú estarás bien, y quizás hasta yo me salve. Pero no importa, puedo asumir las consecuencias.

―Yo también ―dijo, tomando mi mano y entrelazando sus dedos con los míos. Nos miramos a los ojos, tratando de decirnos a través de ellos todo lo que no nos atrevíamos a decir en voz alta: «te amo».

~~.~~

Cerré la puerta detrás de mí con cuidado de no hacer ruido.

―¿En dónde estabas?

Era Neville. Mis suplicas silenciosas de que todos durmieran no habían sido respondidas.

―Fui a la lechucería, necesitaba mandar una carta a mis padres para informarles de la situación actual y para decirles que no regresaré a casa para las celebraciones ―mentí con facilidad, ya acostumbrada a hacerlo. No quería hacerlo, no a mis amigos, pero era necesario, nadie podía saber la verdad.

―Pensé que ya les habías dicho, ¿por qué tardaste tanto? ―Algo sospechaba Neville, tendría que hacer mis ausencias menos frecuentes―. ¿Y por qué te ves tan feliz? ―me preguntó, entornando los ojos.

Esta vez me costó un poco más de trabajo crear una excusa, la mirada acusadora del chico taladrándome. La que se me vino a la mente era una mentira demasiado grande, pero no se me ocurría otra.

―Recibí una carta de Harry ―el semblante de Neville se iluminó, lleno de esperanza―, o al menos creo que era suya, no decía su nombre. Pero decía que estaba bien, que me extraña y que debemos mantenernos fuertes. ―Era lo suficientemente vago para que fuera verdad.

―Oh, Ginny, eso es maravilloso. ¿La tienes contigo? ―dijo Neville, emocionado―. Mañana que despierten todos debemos darles las buenas nuevas, justo lo que necesitábamos en este momento.

― No la tengo conmigo, la quemé en cuanto la leí ―mentí nuevamente, de verdad me estaba volviendo buena para eso―. No podía arriesgarme a que me atraparan de vuelta y encontraran la carta en mi posesión.

― Cierto, la emoción me hizo olvidarme del peligro ―dijo apenado―. Deberías dormir, mañana el tren sale temprano.

Neville, Hannah ―que se estaba ocultando de los carroñeros en Hogwarts con nosotros―, Ernie y yo nos íbamos a quedar durante las vacaciones. Pero varios sí volverían a casa para las fiestas y queríamos despedirnos.

Sabía que iba a extrañar a Draco, el colegio volvería a ser tan horrible como al principio de año sin su presencia y nuestros encuentros furtivos. No íbamos a tener forma de comunicarnos durante un mes, y no sabíamos qué iba a pasar durante ese tiempo.

~~.~~

―Atacaron el tren. Tienen a Luna.

Neville se acercó a mí a darme la noticia, tenía los ojos rojos cargados de desesperación. Era evidente que había llorado. Me había dado cuenta de lo cercanos que se habían vuelto ambos durante este año y sospechaba que algo más que una amistad se estaba cociendo entre ellos.

Apreté los puños, tratando de acallar la angustia que revolvía mi estómago. Debía ser fuerte para Neville, así como él había sido fuerte para mí al principio cuando aún lloraba por la ausencia de Harry. Lo abracé.

―Todo va a estar bien. Luna es muy valiente ―dije, tratando de convencerme a mí también. No podía ni siquiera pensar en la posibilidad de que algo malo le pasara a mi mejor amiga.

―No entiendo por qué a ella, es sangre pura, ¿para qué la quieren? ―por su voz me di cuenta de que iba a volver a llorar, lo abracé con más fuerza. Hannah y Ernie se acercaron.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Hannah a Neville, lanzándome miradas de preocupación.

―Tienen a Luna ―les dije como respuesta.

Definitivamente esas fueron las peores navidades que había pasado en mi vida. Angustiada por Luna, extrañando a Draco, preocupada por Harry, tratando de que todo mi malestar no fuera evidente ante el resto que contaba conmigo. Aunque Neville me hacía la competencia a las peores ojeras y mal humor. Hannah se había dedicado a tratar de consolarlo y hacerle compañía.

Para el final de las vacaciones aún no teníamos noticias de Luna. La tensión era casi insoportable. Al menos estaba aliviada de que vería a Draco al fin.

Traté de ser discreta al buscarlo con la mirada en el Gran Comedor. Me asusté al verlo tan demacrado. Seguramente yo presentaba peor aspecto, pero hubiera esperado que después de pasar las fiestas con su familia y no tener que estresarse tanto con el mantener nuestra relación en secreto estaría bien, pero no. Sus ojeras resaltaban por la palidez de su piel, su cabello estaba descuidado y parecía que había perdido varios kilos.

Me mordí los labios.

―¿Ya viste a Malfoy? ―me susurró Neville, sin tener idea de que justo estaba viendo eso―. Pareciera que quiere parecerse físicamente a su amado Señor Tenebroso ―se burló. Tuve que aguantarme las ganas de enojarme con él. Forcé una risa.

No sabía cómo nos íbamos a encontrar. Desde la desaparición de Luna todos estaban especialmente aprehensivos y no querían que nadie saliera solo. Pero necesitaba hablar con él, saber que estaba bien. Necesitaba sentir sus labios en los míos, que descargara el peso de su ausencia de mis hombros con sus manos, que me acariciara y volviera a amar. Necesitaba asegurarme que no tuviera más cicatrices nuevas.

La oportunidad no se dio sino hasta una semana después. Ya estaba considerando hacer enojar a Snape de alguna manera para ver si me mandaba a castigar, aunque fuera para estar cerca de él, aún si no podíamos hablar, aún si se veía forzado a lastimarme. Pero no fue necesario, saliendo de la comida del viernes chocó «accidentalmente» conmigo.

―Fíjate por dónde caminas, Weasley ―me dijo, fingiendo desprecio, pero me guiñó el ojo discretamente. Entendí inmediatamente.

―Fíjate tú, Malfoy ―imprimí todo el desprecio que pude en su apellido, pensando en su padre y en lo mucho que me gustaría que no compartieran nombre.

―Tú fuiste la que se metió en mi camino ―dijo, dándose la vuelta para seguir caminando, seguido de Crabbe y Goyle.

―Qué patán ―dijo reprobatoriamente Neville. Me encogí de hombros y lo seguí. Una vez dentro de la Sala de Menesteres me disculpe para ir al baño que se había creado en su interior. Una vez sola busqué en mis bolsillos, encontrando el pedazo de pergamino que Draco había dejado.

Quinto piso. Tercer salón. Hoy. 11.

Mi corazón latió desbocado de felicidad. Con un hechizo quemé el pergamino, estuve un rato frente al espejo, tratando de normalizar mi expresión, cuando por fin pude dejar de sonreír como boba salí.

El resto de ese día fue una tortura, la impaciencia hacía que el tiempo pasara aún más lento que lo normal. Me entretuve pensando formas de escabullirme sin levantar sospechas.

Cuando dio la hora me puse un hechizo desilusionador y salí tratando de hacer el menor ruido. Caminé en círculos un rato hasta asegurarme que nadie me había seguido antes de ponerme en marcha rumbo a la cita.

Llegué antes que él. Eso siempre me ponía terriblemente ansiosa. Por suerte no tuve que esperar mucho, apenas unos minutos después que yo llegó.

―Disculpa mi tardanza. ―Su sonrisa enfatizaba lo delgado que estaba, marcando aún más que siempre sus pómulos―. Vincent y Greg no se dormían.

―No pasa nada, apenas llegué. ―Ya no podía soportar un segundo más sin besarlo. El contacto de mis labios con los suyos me causó escalofríos. Parecía que no me iba a cansar nunca de eso.

―Tengo que decirte algo ―interrumpió nuestro beso para mirarme seriamente.

―¿Qué ocurre?

―Luna ―mi corazón se contrajo angustiado―, la tienen en mi casa. Pero está bien, me pidió que te dijera que no te preocupes. No sé cómo supo que yo te lo daría, pero no me cuestionó.

―Gracias ―por fin pude sonreír sinceramente, seguía preocupada, el que ella me pidiera que no lo hiciera no cambiaba las cosas, pero al menos sabía que estaba viva. Lo besé nuevamente, sintiendo el peso desaparecer de mis hombros.

Las semanas de frustración, angustia y miedo se evaporaron al ritmo de nuestros cuerpos uniéndose. Con caricias y besos desesperados y hambrientos del otro nos entregamos nuevamente.

~~.~~

Los meses que siguieron fueron complicados. Apenas y nos pudimos ver y cada que lo hacíamos nos acercábamos más a que nos descubrieran.

―No podemos seguir así ―me insistía.

―No podría no estar así ―era mi respuesta siempre.

Con la proximidad de las vacaciones de pascua, me daba cuenta del miedo que empezaba a manifestarse en él, estaba todo el tiempo ansioso, saltaba ante el primer ruido cuando estábamos juntos y cada que mencionaba su casa temblaba. Quería preguntarle el motivo, pero temía la respuesta que mi intuición me revelaba. La última noche que pasamos juntos fue justo la previa a la semana de vacaciones.

―Tengo algo para ti ―dijo tomando mi mano que descansaba sobre su pecho, sintiendo sus latidos. Estábamos tendidos uno a lado del otro, aún desnudos. Por más que el sexo era maravilloso, esos momentos eran mis favoritos, cuando toda la pasión contenida se había desbordado y podíamos saborear el momento, platicar y simplemente olvidarnos del mundo y de la guerra por un instante. De su túnica, que estaba justo debajo de nosotros, protegiéndonos del piso frío, sacó una bolsita negra y me la entregó. De ella saqué una pulsera plateada. Apenas una cadenita delgada con un dije de dragón pequeñito, con mucho detalle.

Me quedé sin palabras. Era precioso, pero no era algo que podría usar sin que me preguntaran de dónde lo había conseguido.

― No tienes que usarlo ―pareció leerme el pensamiento―; pero es un recordatorio de que pase lo que pase, esto que tenemos es real.

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El fin de Pascua me trajo de regreso a Luna. También me trajo noticias de Harry, Ron y Hermione y de cómo habían logrado escapar de la Mansión Malfoy sanos y salvos.

Aunque quería regresar a Hogwarts para ver a Draco y saber si estaba bien después de lo ocurrido esa semana, no lo hice. Mis padres me pidieron que no volviera, era más seguro con ellos y no podía insistir demasiado sin levantar sospechas. Así que tuve que resignarme sin tener noticias siquiera. Temía que las consecuencias de haber permitido que Harry escapara fueran demasiado para él. Me preguntaba si cuando lo volviera a ver, sería el mismo.

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Cuando vi a Neville llegar a la Sala de Menesteres con Harry tuve sentimientos encontrados. Honestamente no había pensado en él en meses, más preocupada y dolida por la indiferencia de Draco que cualquier otra cosa. Aun así, me sentí aliviada e inmensamente feliz de saber que estaba bien. También tuve miedo de lo que su presencia en Hogwarts significaba. Mi corazón dio un vuelco y sentí ganas de vomitar cuando vi la varita que sostenía y pensé en su verdadero dueño.

Estaba en Hogwarts para encontrar algo, nos dijo. Sólo Luna supo ayudarlo. Todo lo que ocurrió después fue muy rápido, antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo y la idea de tenerlo de regreso y que no provocara ninguna emoción en mí, ya había estallado la batalla. Hechizos volaban por aquí y por allá, a ratos ni siquiera sabía a dónde estaba lanzándolos y temía atacar a alguien conocido. Mi madre me salvó de morir a manos de Bellatrix, terminando con ella.

Y de pronto, una especie de calma. El anuncio de Voldemort; Harry debía entregarse. Busqué con desesperación a mi familia y a Draco. Sentí un alivio inmenso cuando no vi ninguna cabellera rubia entre los muertos. Pero entonces mi corazón se detuvo, rompiéndose en mil pedazos. Vi una mata de cabello roja. «No, no, no». Sentí cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Me acerqué rápidamente, las lágrimas rodando ya por mis mejillas y mi cuerpo temblando. Cuando vi quien era dejé escapar un grito, cayendo de rodillas al piso. Cualquiera de mis hermanos me habría dolido, pero tendido ahí en el suelo, completamente pálido y sin vida, estaba Fred. Mi hermano favorito. George estaba completamente paralizado, sin llorar, sin decir nada, mirando a Fred como si viera el vacío. Me acerqué a abrazarlo y ni siquiera hizo ademán de reconocer el abrazo. Seguía ahí, inmóvil, casi tan pálido como su gemelo.

No sé cuánto tiempo pasamos ahí. Yo abrazada a mi hermano y él sin moverse siquiera. En algún punto el resto de la familia nos abrazó también, formando una especie de aglomerado de fuego. Ron llegó también, de la mano de Hermione ―ni siquiera me pude alegrar por ello en ese momento― y lloramos juntos.

Unas horas después llegó McGonagall a decirnos que debíamos salir. Seguimos al resto de las personas que se dirigían a la salida. No entendía que pasaba, y por lo que escuchaba a mí alrededor nadie estaba muy seguro de por qué nos habían sacado. Y luego vimos unas formas acercándose. Distinguí a Hagrid a lo lejos, pero también a Voldemort y al resto de sus secuaces. Una vez más esa noche mi alma se partió de dolor. En los brazos del semigigante estaba el cuerpo lánguido de Harry. Todo estaba perdido.

Alguien se puso a mi lado, y rozó mis dedos. Por el rabillo del ojo vi que era Draco y sentí una ola de alivio. Hubiera querido sonreírle, pero estaba demasiado destrozada por las muertes reciente para hacerlo. Aun así, constatar que seguía vivo y su presencia cercana eran ligeramente reconfortantes.

―Harry Potter ha muerto ― Voldemort anunció lo que para todos era evidente. Los berridos de Hagrid molieron los pedazos de mi corazón roto. Dijo más cosas, pero dejé de escucharlo, la desesperación apoderándose de mí.

―Draco. ―Alguien dijo su nombre. Entre las filas de mortífagos vi a sus padres, llamándolo para que fuera con ellos. «No vayas», quería decirle, pero no lo hice.

―Perdóname ― susurro sólo para mí y caminó hacia sus padres. Perdiendo así en menos de unas horas a tres personas que amaba. Me sentía perdida.

Entonces Neville caminó hacia el frente y dio un discurso que inspiró los corazones de muchos. Si no hubiera estado completamente vacía y hubiera podido sentir algo en ese momento, quizás me hubiera emocionado. Cuando terminó de hablar de pronto Harry cayó de los brazos de Hagrid, por un momento todos gritaron pensando que lo había dejado caer, pero entonces corrió hacia nosotros. Y no fue el único, en el instante en el que Harry se levantó, vi a Draco correr hacia mí.

Tomó mi mano y tiró para correr al interior del castillo. Lo seguí, corriendo ambos, alejándonos de la batalla en la que sentía debía estar. Pero no podía importarme ya: Harry estaba vivo y Draco estaba a mi lado.

El desenlace de esa batalla lo conocen todos y lo conocerán todos en generaciones por venir. Harry derrotó a Voldemort, terminando así con la guerra mágica. Varios mortífagos lograron huir en el momento en el que cayó su amo, pero muchos otros fueron capturados para ser juzgados después. Uno de ellos fue Draco. Ni mis suplicas y explicaciones sirvieron para evitar que se lo llevaran. Dejándome una vez más destrozada.

«No entiendo cómo es que lo estás defendiendo, es un mortífago», me reclamaron todos, seguros de que estaba bajo alguna especie de hechizo.

Pero Harry lo entendió, una vez que pudimos hablar. Y fue gracias a que habló a su favor en el juicio que sólo le dieron un año en Azkaban y dos de «servicio comunitario» en lugar de los cinco que les dieron a Nott y a Goyle, o de la cadena perpetua que le dieron al resto de los mortífagos.

Mañana, por fin, podré verlo de nuevo, y por primera vez no será en secreto.


Nunca creí que escribiría sobre este pairing porque es un notp para mí, pero pues el reto lo requería y se me ocurrió la idea y pues toda la culpa es de Tanit. Espero que disfruten leyendolo tanto como yo disfruté escribiendo, que fue mucho. Igual ya saben que si van a aventar jitomatazos, que no estén muy podridos, por favor, ni muy duros, pero fuera de eso se agradece cualquier tipo de comentario.

Mis agradecimientos infinitos a Nea Poulain por ser una maravillosa beta y ayudar a que no queden barbaridades como «causaría para causar» y a darle más fuerza a la historia. Además de que ella escribe también y sus fics para el reto están fan-tás-ti-cos.

Y eso es todo por hoy, espero no tardarme mucho en publicar el segundo, pero pues no prometo ya nada nunca mejor, porque con mi otro fic ―Transformaciones, vayan a leer ;)― dije que actualizaría semanalmente y pues no, hahaha.

(El capítulo sin notas tenía exactamente 6666 palabras, ya no quería ni ponérselas para que quedara así).