Disclaimer: Frozen no es de mi propiedad, solo uso los personajes para esta historia.


Más que blanco

por MissKaro


Prólogo

De su infancia, Anna recordaba las historias y las leyendas que le eran narradas por su madre para mantenerla en pasividad, principalmente en aquellos momentos en los que debía alejarla de la puerta de su hermana, a la que llamaba día tras día. Su madre hacía innumerables intentos para entretenerla, aunque lamentablemente para ella no surtían verdadero efecto.

Los relatos eran notables, pero la pequeña princesa nunca adquirió temor por los demonios, duendes o fantasmas, incluso si creía en su existencia.

Esa ideología se había reforzado a los dieciocho años, edad en que aprendió por experiencia propia que había peores cosas que seres sobrenaturales, la especie humana tenía vicisitudes de mayor importancia que eso.

Sin embargo, reconocía que sí llegó a cruzarse con un verdadero demonio. Este tenía cabellos rojos, mirada verdosa con un brillo sagaz, sonrisa torcida y descarada, e intenciones pérfidas con las que no quería mezclarse.

En el presente, era un fantasma de su pasado, con el que no quería cruzarse… al menos, hasta ese momento en que le vió de nuevo, poco menos de una década después.

Anna escuchaba que Kristoff le hablaba, pero no podía ignorar la voz que susurraba en su cabeza una idea escalofriante y plausible, lo suficientemente loca para hacerla creer que su esterilidad le había hecho perder la razón. Bien podía concluir que no solo eso era el motivo, con tantas malas situaciones juntas, solo que aquella era la que más le pesaba en la conciencia.

—Hans —articuló ella casi con dificultad, crispando a su esposo.

Hans Westergård era perfecto. Por irrisorio que sonara, era el único modo que se le ocurría entonces para solucionar el problema de Arendelle.

Y eso, para su orgullo e indignación, era complicado de aceptar.

—¿Qué estás pensando? —le preguntó Kristoff, atento a la presencia del antiguo prometido.

Ella tragó saliva, sin poder pronunciar en voz alta su medida desesperada; únicamente observó con detenimiento la figura distinguida de Hans, ajena a su presencia. Él estaba del otro lado de la calle, conversando con un sujeto de buen ver, que repentinamente tocó el ala de su sombrero a modo de despedida y partió.

Al quedarse solo, la cabellera rojiza de Hans pareció aclararse por el brillo del sol como un halo, mas Anna descubrió que era a causa del reflejo de la luz encontrándose con el cristal de un reloj de bolsillo, el cual él revisaba en ese instante, para proceder a guardarlo y dirigirse prontamente en dirección al muelle.

Ante eso, la joven princesa no lo pensó dos veces y avanzó sin apenas quitarle la vista de encima, convenciéndose de que ésa era la forma de proceder en esa terrible situación. Hans se los debía después de lo que les había hecho.

—¿Qué haces? —siseó Kristoff cogiéndola del codo, incapaz de detenerla por su ímpetu de siempre.

—No hay nadie más —manifestó ella apurando el paso, ojeando a la distancia un espacio discreto que no atrajera atención de los pocos transeúntes cerca.

Kristoff la siguió sin entender, aproximándose al pelirrojo al que supuestamente deseaban evitar a toda costa.

Hans, que caminaba con prisa, no parecía percatarse de que era seguido. Su apuro se debía a que deseaba asegurarse de partir de Suecia a la hora acordada con el capitán de su barco.

Para sorpresa de su perseguidora, sabía que había alguien detrás de él. Los ladrones de bolsillo continuaban acosándolo pese a que se defendía perfectamente; por tanto, no le era difícil asumir cuando una persona iba tras sus pasos con el objeto de robarle. Allí, ese objetivo era lo más probable, dado que contaba con bastante anonimato en ese país.

Con la intención de dirigir al ladrón a donde pudiese tomarlo de improviso, cambió ligeramente el rumbo para tener un área suficiente en la que maniobrarse, alejándose con ello de la dirección en que su barco estaba anclado.

Sonriendo arrogante, el príncipe se dio la vuelta con presteza.

Pero más rápido fue el golpe que lo sumió a la oscuridad.


NA: ¡Hola!

Este es el comienzo de una nueva historia helsa, que es un poco difícil por varias circunstancias, pero daré lo mejor de mí.

No estoy convencida todavía del resumen, le he estado dando vueltas, y tal vez cambie en el transcurso de la historia, aunque es básicamente lo mismo, un matrimonio de conveniencia, con diferencias considerables que descubrirán más adelante.

¡Espero lo disfruten mucho!

Besos, Karo.