Capítulo 41

Lágrimas aparecieron en el rostro de Elsa al verse en el espejo.

La ropa que portaba, ese vestido con los colores de Arendelle, había sido uno de los usados por su madre cuando las esperaba a su hermana y a ella. Su progenitora lo había conservado para que cualquiera de las dos lo utilizara en ocasiones que requirieran vestimenta oficial.

Gerda se lo había revelado días antes, cuando le pidiera que una de las doncellas del castillo arreglara un traje para la reunión con el Parlamento —que exigía prendas formales para su asistencia—, porque su vientre ya no era apto para las ropas que empleaba normalmente.

Esa era una sorpresa y un vínculo único con la mujer que le había dado la vida.

Acarició su barriguita con cariño, como habría hecho su madre, imaginándose el orgullo y la esperanza con que la reina Iðunn portara esa prenda públicamente, presumiendo que tenía una criatura a la que amaba en su interior y violando la costumbre de ocultarse en su "delicado estado". Las anteriores reinas se retiraban de la vida pública y, en siglos atrás, ellas se iban a una residencia no muy alejada de un antiguo castillo de la Familia Real; ambos habían sido destruidos en tiempos del bisabuelo de su tatarabuelo, estaban en un territorio de la actual Suecia que perdieran durante unas guerras y obligara a que su actual hogar se convirtiera en la residencia oficial de los reyes —el lugar donde hubiese información de su magia por la cercanía a los trolls.

Elsa sonrió radiante a su reflejo. Le favorecía el vestido, similar al de su coronación, verde azulado de mangas largas y detalles en magenta en la falda. Todavía no llenaba la tela en el estómago bajo el ribete dorado con que ajustaran la medida de su creciente busto, pero era innegable lo que ocurría en ella.

Y algún día habría más carne allí.

Le agradeció en silencio a su madre por aquel gesto.

(Lo que no usaba era el corsé especial, puesto que había prescindido de cualquier clase desde que se casara, colocando más telas gruesas en su busto.)

—¿Estamos listos para los lobos? —preguntó divertida a su pequeño, que ese día se había portado de maravilla al hacerle devolver una sola vez.

Tras enjugarse el rostro, buscó la corta capa magenta, con enredaderas negras en su diseño, y completó el conjunto.

Salió de su habitación con la cabeza en alto y se dirigió al ala donde se reunía con el Parlamento.

El anuncio de su aparición, de parte de uno de los atónitos guardias, obligó a que los miembros la recibieran inclinados y se perdieran su revelación hasta que ella les animara a incorporarse.

Mantuvo la compostura para no reírse de sus caras mientras se sentaba en su sitio especial.

Lord Amundsen se aclaró la garganta. —Majestad, ¿usted…? ¿Podemos suponer que pronto habrá un heredero al trono?

Lo miró con templanza. —Está en lo correcto. En verano mi esposo y yo daremos bienvenida a un miembro más a mi familia.

Los demás integrantes mostraron expresiones complacidas. El conde asintió.

—Enhorabuena, Majestad.

A continuación, todos se pusieron en pie e hicieron una venia.

—¡Por el futuro de Arendelle! —aclamó Sir Ivar, siendo respaldado por los otros.

Elsa tuvo un destello extraño en su mente al oírlo, incomodada de la alegría que a ellos les daba por el reino, en tanto ella estaba satisfecha por tener a su bebé.

Prefirió no reconocer eso.

Elevó una mano para que se detuvieran y ocuparan sus asientos. —Señor Anders, demos comienzo.

El relevo temporal de Kai asintió y procedió a las palabras iniciales de cada encuentro, recitando un antiguo texto de su Constitución.

La larga reunión se sintió diferente para Elsa. Siempre había creído que existía un resentimiento por su magia y su sexo, pese a existir otras reinas en su larga historia, y en esas horas le pareció más certero, con el mayor respeto que leyó en los comportamientos de aquellos hombres.

¿Se debería a que estuviera por cumplir la mayor aportación que ellos creían de una reina? ¿Que no estuviera congelada por dentro y pudiera parir?

De cualquier manera, no se permitió afectarse por sus opiniones, ellos solo eran formalidades por las leyes y no personas importantes en su vida; únicamente aceptó sus reiteradas felicitaciones a su salida de la estancia.

Estaba estirándose antes de irse cuando alguien la interrumpió a la puerta.

—Majestad —dijo ceremoniosa la mujer rubia que ingresó con una bandeja. —Ha recibido misivas.

Las cogió y reprimió una sonrisa al reparar que tenían sellos de Nueva York. —Gracias, Ingríðr.

La susodicha asintió y se retiró. Elsa le dio vuelta las cartas y leyó que sus remitentes eran distintos.

Como Ingríðr no fue tan previsora para entregarle un abrecartas y Elsa temía que al quebrar el lacre se rompiera el papel, se acercó a una armadura de metal y se las arregló para usar la espada. Satisfecha con su logro, se sentó y dejó la misiva de Daphne a un lado, privilegiando la de Hans.

Analizando el exterior, halló su letra temblorosa y se preguntó si la habría escrito en el agua o con premura.

Mi querida Skaði.

Ya habrás recibido el resultado de mis previsiones. Delicia tienes. Qué pena no estar allí; el único consuelo de este errante caballero es el calor que le has dado sin que sea de tu cuerpo, otro disfrute en mi boca.

Espero te encuentres en mejores condiciones que al dejarte y no faltes a tu promesa de hacerme saber tu destino. Lo más pequeño puede ser fascinante.

Atentamente,

H.

Parecía confuso e incompleto, aunque esa podía ser la intención de Hans. No obstante, unas líneas le hicieron sonrojar al pensar en los lugares degustados por sus labios y lengua. Él era incapaz de escribir una carta inocente y que la dejara impasible.

Ahora bien, de acuerdo con eso, sus ánimos hacia ella eran buenos; ¿por qué no respondería a sus telegramas?

¿Lo habría hecho y ella no se había quedado el tiempo suficiente para recibirlo? Sería una lástima, sobre todo con el plan de él de cambiar los telégrafos pronto, precisamente para evitar percances como ese.

Suspiró. Era imposible modificar el pasado. Le escribiría una carta con esa información, profundizando sus telegramas, a pesar de que tardase más en alcanzar su destinatario.

Dobló cuidadosamente el papel y abrió la gruesa misiva de Daphne.

La alegría por haberle escrito de vuelta era fresca, su amiga iba desde contarle lo que hacía cuando había recibido su carta, hasta alabar su escritura y responder a todos los comentarios en el interior. Acabado todo eso, Daphne le narraba sus fiestas decembrinas y los obsequios que había repartido; en un párrafo explicaba que no se había decidido sobre un regalo para ella, así que se tomaría el resto del año y esa Navidad sí le daría algo.

Lo grave apareció en el punto siguiente.

No quiero entrometerme, yo sé que hay temas en los que terceros deben abstenerse de formar parte sin un respaldo, pero siento que te gustaría saber. Tu esposo se ve extraño, no lo conozco bien para puntualizar en qué o cómo, pero sí sé lo bastante de él para notar que luce distinto. Es bueno que tenga a sus amigos para acompañarle. Ya ni consideré reclamar ahora por el nombre que dio a mi gata (gracias por la aclaración).

También… Sí hay temas en los que no puedo permanecer quieta. Espero que no pasara una situación fuerte entre los dos; si sucede algo contigo, puedes confiar en mí… Tengo un presentimiento negativo sobre ti que no consigo ubicar y me pregunto si te gustaría que yo fuese a Arendelle. No estoy segura si me estoy preocupando demasiado e imaginando historias que no son. Jo y Hild están confiados que ese no es el camino y se sienten tan presumidos porque tienen más razón que yo en algo, sin importar que yo esté un mucho de su lado en ello. Hans tampoco haría evidente un hecho así, y he ahí una razón más para creer que un suceso grave ocurriera.

A lo que voy con esto último es asegurarte que puedes confiar mí, no es tu culpa y yo te escucharé sin juzgar. Estaré contigo siempre, pase lo que pase, si ocurre un accidente o si no pasa nada.

Y disculpa si estoy equivocada, ocasionándote una inquietud en la conclusión de esta misiva.

Con cariño, Daphne.

Frunció el ceño. ¿Habrían acordado utilizar un vago modo de comunicación? Por supuesto el de Hans era más claro…

De hecho, lo mencionado por su amiga se relacionaba con los detalles que Elsa había visto en la carta de él. ¿Habría enfermado? ¿Tal cosa explicaría que sus mensajes no fueran respondidos?

¿O era… culpa de su separación en términos complicados?

Daphne tenía razón en que era buena la presencia de sus amigos en su vida; Hans no estaría por su cuenta si se encontraba mal.

¿Y una mujer?

Cerró los ojos, recordándose en el escozor que su relación estaba delimitada a una amistad unida por la crianza de sus hijos y que no habían acordado el celibato de él.

Y a ella no debía importarle porque no estaba enamorada de él.

Hizo una mueca.

En vista de eso, de sus amigos, de la distancia y de que perder la calma sería malo, debió resignarse a un papel secundario en la extrañeza de su marido.

Y, en cuanto a lo demás, tendría que decirle a Daphne que no era adivina y realmente no comprendía el significado de sus palabras; asumía, pero no podía asegurarlo. Si quería visitarla para tranquilizarse, como si no, sería bienvenida; tendría que pedirle a su esposo las indicaciones para arribar fácilmente, o ir con él a Arendelle.

—Esto no me gusta —musitó haciendo un mohín y bailando sus dedos en la carta.

La puerta se abrió inesperadamente y se compuso.

—Anna —nombró al voltear, deseando que no hubiera un incidente molesto.

—Sabía que estarías aquí. ¿Tienes unos minutos?

Gimió por dentro.

—Juro que es para tu conveniencia —agregó su hermana, como si Elsa no hubiese disimulado su reacción.

—Disculpa.

Anna suspiró. —Yo entiendo, no ha sido fácil. Entonces, ¿puedo? ¡Oh! Se te ve tan bonita, ¿cuánto tiempo calculas? —inquirió su hermana sonriente, apoyando los codos en el panel frente a ella.

Observándola, Elsa se preguntó si Anna era mejor en esconder sus sentimientos o había encontrado paz y conformidad con su situación y de verdad estaba contenta por ella.

O ella era una pésima hermana para pensar mal desde un principio.

También podía otorgarle el beneficio de la duda, debido a que no hablaran mucho tras sus palabras en el muelle, tanto por su dificultad de abandonar su dormitorio, como verla de nuevo con Kristoff cada vez que podía estar fuera de sus aposentos.

—Puedes y… Entre tres y cuatro meses, debería nacer de mediados a finales de verano.

Anna aplaudió. —¡Alguien más a verano! —Al acabar se puso seria. —Bueno, realmente quería hablar acerca de tu… preñez. Yo quería hacerte una sugerencia… y… antes de que pienses cualquier cosa, dame un segundo más. —Elsa rió en voz baja, porque pretendía interrumpirla. —Verás, mi sugerencia es que yo tome unas responsabilidades del reino, para que no sufras, te agobies o agotes durante tu estado, y también porque cuando te alivies querrás pasar más tiempo con tu bebé. Es decir, no me agradan las cosas que tú tienes que hacer, pero quiero ayudarte.

¿Y si era un problema?, respondió en su cabeza.

—¿Qué te parece?

Elsa lo meditó unos instantes, considerando las características de Anna y esa admisión del desagrado por las obligaciones del reino. Sin embargo, tenía rasgos que la harían esforzarse a hacerlo bien y todo tendría que pasar por manos de Kai o ella hasta que demostrara ser confiable con algún asunto.

Así mismo, su excusa era buena y muy considerada, y le serviría como aprendizaje y distracción.

—Está bien.

—¡Sí!

Sonrió anhelando no equivocarse.

{…}

Elsa despertó gimiendo.

Al abrir los ojos vio oscuridad. Era de noche todavía. Por ser principios de abril, ya no encendía la chimenea y en las noches sin luna su habitación estaba bañada en negro una vez que apagaba la lámpara.

Supo que no se acercaba el ocaso gracias a la tranquilidad del ambiente y el grillar que podía oír. ¿Por qué se había…?

El sonoro gruñido de su estómago le contestó… Tenía hambre.

—Quieres comida, eh —le murmuró a su vientre dándole una palmadita.

Rió y precavida se dio la vuelta para bajar de la cama; las náuseas continuaban, afortunadamente no del modo de varias semanas, pero sí como para poder molestarlas en ese momento y para contradecir la normalidad manifestada por la comadrona.

Se puso en pie y escuchó un maullido.

—¿Quieres venir, Skygge? —preguntó cautelosa, aunque dormía con él; estaba molesto y la había rasguñado un par de ocasiones desde que siguiera el consejo del señor Olsen.

Había descubierto que su gato no tenía bebés (al menos juzgando por el color negro, pues había pequeños mininos que vagaban en Arendelle dada la imposibilidad de atraparlos). Por sus averiguaciones, el anciano había ido a visitarla y le había recomendado encerrar a Skygge al caer el sol, porque de lo contrario tarde o temprano se encontraría en peleas; en su larga vida teniendo felinos, el señor Olsen varias veces se había levantado por los gritos de los que le pertenecían, y con el tiempo había entendido que debía separarlos. Podía pasar lo mismo con Skygge y los gatos sin dueño.

Al mantenerlo preso, su felino se había vuelto muy huraño con ella, si bien no le hacía nada en la noche.

La falta de Hans debía contribuir.

Encendió una lámpara, descubriendo con la luz que Skygge estaba a unos pasos de ella.

—Las puertas al exterior están cerradas —aseveró divertida. —Pero asaltaremos la cocina, eso te gustará. Me cuidarás si hay un ratón.

Fue a la puerta, planeando compartirle a Hans de esa aventura la próxima tarde.

En el pasillo se asombró de ver que apenas era la una, no las tres o cuatro como creía. Si había un cuarto de día de adelanto en Arendelle, en Nueva York debían ser las siete; podría alcanzarlo si era uno de esos días que él se quedaba hasta las ocho o hasta la hora de la cena.

—Primero comida.

Se apresuró a bajar y robar queso y pan de la despensa (cubriendo su nariz por el conjunto de olores añejos y especiados), así como regalarle un trozo de carne seca a Skygge. En la oficina de Hans se sintió cansada y jadeaba al ubicarse ante el telégrafo con su gato acomodado en el suelo.

Mordió el pan y preparó el papel del aparato, al igual que su lista de códigos.

—Que esté ahí —susurró enviando unas cuantas señales para alertarle.

Ella ya había acabado su bocadillo y las campanadas del reloj habían sonado cuando recibió una contestación.

—¡Sí! —Soltó una carcajada, disponiéndose a descifrar el código.

MAL

Él quería saber si lo estaba. Teniendo en consideración las circunstancias, le habría asustado al contactarlo tan avanzada la noche.

Le enterneció.

NO. HAMBRE. UNO. VEZ.

Hans entendería que era una novedad de su embarazo y aprovechaba para hacerlo sentir ahí, como le habría gustado.

Empezó a reír al imaginarse que le hubiera enviado a buscar alimentos y ahorrarle la odisea, pero de pronto fluctuó al llanto por extrañarlo. Estaría disfrutando de su compañía si no hubiese fingido valentía e independencia.

Qué tonta.

¿Pero de qué valía decírselo ahora?, pensó secándose sus lágrimas.

Se había calmado y cabeceaba al obtener otro mensaje, del cual incluyó la despedida.

FELIZ. FUERTE. DORMIR. CUIDAR.

Con lo tardado de la comunicación a través del océano, él no quería que permaneciera más tiempo despierta. Y no lo haría, hasta dormiría mejor. Podía acostarse sabiendo que le había alegrado y que ambos sabían de ese suceso casi a la par.

{…}

Después de que la puerta se cerrara, Elsa se deslizó en el sillón con las manos cruzadas sobre su ombligo.

—¿Estará en lo cierto? —Pasmada se preguntó en voz alta, sopesando las observaciones de la señora Hall, quien acaba de irse.

La partera tenía cierta preocupación por el crecimiento de su bebé suponiendo el tiempo que estimaban de su embarazo. Parecía muy grande y por el tamaño de ella podía tener dificultades en el alumbramiento, eso o se trataban de dos bebés, un tipo de parto que solo había asistido una ocasión.

Ella nunca tenía las cosas fáciles.

—¿Hay dos aquí adentro? —cuestionó moviendo sus pulgares lentamente.

¿Cómo haría con más de un bebé? Vagamente Hans y ella habían hablado de esa posibilidad, al acordar su matrimonio, mas ninguno había sido serio en lo referente al tema.

En el lado bueno, sería un segundo hijo o hija al que amar antes de tiempo y dos chiquitines más unidos por sus circunstancias.

En el lado malo, abrazar la maternidad con más de un bebé a la vez multiplicaba su ignorancia, su esfuerzo y sus temores, como cortaba cualquier intento futuro (de embarazo) con su marido.

…ni creía que él lo quisiera, en caso de ser uno; estaban saliendo líneas quebradizas en su cuerpo que estaría poco atractiva al concluir su embarazo.

Abrumada, cerró los ojos.

Debió quedarse dormida en esa posición, porque confundida oyó golpes raros hasta entender que llamaban desde afuera.

—¿Sí? —respondió somnolienta.

—Majestad, correspondencia —informó Gerda.

Relajó sus extremidades y se sentó con propiedad.

—Entra.

Su ama de llaves ingresó, le entregó dos cartas y se retiró tras recibir una negativa a su ofrecimiento de algún servicio.

Se debatió entre leer o acomodarse en la cama para tomar una siesta. Estaba cansada, aunque durmiera demasiado y contara con la colaboración de Anna, que le quitaba mucho peso de encima —era así porque Kristoff parecía ayudarla bastante. Ya se hablaban con normalidad y podía jurar que estaban mejor que en todos esos años; lo que sea que pasara meses atrás, había sido un nuevo comienzo y crecimiento para ambos, más que su imposibilidad para tener hijos.

Escogió darle un vistazo a la correspondencia y corroborar si era urgente.

A Elsa se le escapó un bostezo mientras procedía a revisar los orígenes de las cartas. Una era de Kai.

El desperezo ganó al ver que la otra era de Hans; le había escrito pronto después de la carta sobre los postres.

Paralelamente tuvo una oleada de náuseas y debió retrasar la apertura de la misiva. Corrió al baño, donde se liberó con fuertes arcadas.

En la espera de otro ataque, se sentó en el suelo del baño pensando que sus malestares habían terminado siendo menos comunes que las experiencias de otras embarazadas atendidas por la señora Hall. Se habían alargado a los tres primeros meses.

No obstante, era afortunado que ya pudiera bajar a su despacho o a la oficina de Hans, por vómitos menos frecuentes en el día.

A falta de más devoluciones, Elsa se levantó mareada, pesada y con un incipiente dolor de cabeza. Tardó poco en lavarse y fue hasta su mesa masajeándose la espalda baja.

Acomodada en su asiento, cogió un chocolate y la carta de Hans. Masticando, rompió el papel para enterarse del contenido.

Tragó. —Mi querida Skaði —leyó en alto, hormigueándole el rostro por ese nombre que Hans había hecho su constante; parecía una metáfora de Loki queriendo hacer reír a la diosa aludida con una cosa tonta. Le iba bien el papel de ese inteligente timador de su mitología.

Me disculpo por la falta de respuesta a tus atentos mensajes, me encontraba ausente de la oficina y el pago fue perderme tu aproximación, que Adam tardó en notificarme.

Como todo el tiempo, él no utilizaba las cordialidades típicas que alargaban el objetivo del texto.

Es sin duda maravilloso el evento que simboliza tu primer telegrama. Me siento agradecido de que haya buen progreso en nuestro hijo y podamos conocerlo en pocos meses. Estaré allí cuando eso pase, aunque en este momento deba privarme de las bellas y desconocidas formas con las que me gustaría familiarizarme vívidamente. Debe ser afortunado para ti este mar que nos mantiene lejos, porque mi curiosidad y búsqueda de conocimiento siempre han sido grandes; mis manos acostumbradas al tacto y mis ojos encantados de observar tendrían un entretenimiento duradero para saciar mis dudas.

Elsa se sonrojó por su redacción descarada y el efecto que tenía en su mente para hacerla ir más allá. Le veía recorriéndola con la mirada y sus dedos, explorándola de manera angustiosa para su paciencia, buscando cada huella del embarazo en su cuerpo.

Su intimidad palpitó humedeciéndose y gimió frustrada. Apretó los labios y tomó unas respiraciones para seguir leyendo, como otras veces de esos días en que había tenido esa clase de apetito.

Estaba sola.

Además, se recordó que él podría no encontrarla atractiva con sus cambios.

¿Qué más hay sobre lo que a ti refiere? Espero que tu delicadeza tomase un rumbo atemperado y puedas disfrutar con mayor dicha la venida del retoño en tu seno.

Cambiando el tono, hablaré de tu otro mensaje y tu regalo.

¿El azul es una clase de broma? Olaf mencionó alguna vez que yo estaba necesitado de color y tú también lo hiciste al cambiar la ropa de mi armario. Estoy bien con el negro; sin embargo, le doy oportunidad a lo que tú me ofreces. El pañuelo es un artículo que muestra tu pericia artística.

Te contentará saber que contrasta con mis atavíos habituales.

Atentamente,

Hans.

Esbozó una sonrisa, permitiendo que su índice trazara la gran hache de su firma.

Era diferente a no tenerlo cerca, pero la carta le hacía sentirlo ahí, y ansiaba que el pañuelo le invitara a tenerla presente.

{…}

Al descender del carruaje, Hans tuvo la sensación de que su corbata apretaba su cuello y que un enorme animal le comía las entrañas mientras él permanecía inmóvil y consciente.

Eran señales de su cuerpo rechazando esa visita suya.

Empero, debía hacerlo. Quería probarse algo y conseguir otra cosa. Ambas en torno al mismo tema; Elsa.

Pensaba mucho en su esposa, más de lo adecuado, y deseaba que su cabeza se tomara un descanso de ella y comprobar que no era la única a la que podía desear. Para hacerlo, se reuniría con una de las mujeres que había sido sus compañeras de cama antes de casarse.

Claire Tyler.

Había terminado su asociación al regresar de Arendelle comprometido y ella había insinuado que más adelante podrían renovarlo, reiterándolo al verlo meses atrás; su ofrecimiento le venía a la mano ahora, en la búsqueda de alguien disponible para follar.

Claire era la indicada. Sus relaciones no habían variado desde que se involucraran en el pasado; estaba con los mismos dos "decentes" hombres de entonces, uno de los cuales ella amaba y que no quería hacerla su esposa por ser viuda sin hijos.

Sabía que no había cambios por el reporte que recibiera la tarde anterior.

Como con las mujeres que se vinculaba, en los dos años que siguieron a su acuerdo, el investigador de sus asociaciones continuaba recibiendo sus honorarios y había bastado una solicitud del resumen de las tres damas que fueron sus amantes, como de sus compañeros (ellas y él tenían mismo objetivo de buscar placer sin ataduras y exclusividades), para obtener información.

Esa mañana había enviado un mensaje a Claire y ella había aceptado, invitándolo esa misma noche.

Desde confirmar su aparición y adquirir su condón, Hans estaba incómodo… Y la inquietud solo había incrementado al correr de las horas, insoportable en ese momento que llamaba a la casa de aquel bonito barrio.

Quiso dar media vuelta en el tiempo que tomó a ella abrir. Sin embargo, permaneció esperando y tragó saliva al oír pasos del otro lado de la madera.

—Henrik.

Saludó a la guapa castaña con un asentimiento flojo.

—Pasa. Oh, quizá podamos cenar en el balcón, luces acalorado.

Era el ahogamiento en su ser, se dijo aflojándose la corbata y entrando detrás de ella.

—No cambies tu arreglo por mí.

—Siempre es un placer tratar contigo, eres muy educado.

Él lo había dicho por la tardanza que llevaría hacerlo; por supuesto, omitió la explicación y se encogió de hombros.

Se obligó a poner atención a la esmerada ropa de Claire para envalentonar a su deseo y distraerlo de su conciencia. El vestido rojo era bonito, mas no hizo otra cosa que compararlo con prendas azules o mágicas… y buscar ojos cerúleos y cabellos platinados en la portadora de la prenda.

Detuvo sus pasos hacia el comedor.

—En este momento no me apetece comida.

Claire se giró; sus ojos verdes le recorrieron el cuerpo sensualmente. —¿Vamos a mi dormitorio?

Era un estúpido. Con solo verla se daba cuenta que su miembro no cobraría vida sin obligarlo. Quería a una belleza del norte de Europa.

Ninguna mujer podía reemplazar a su esposa.

—No. En realidad…

—A ver si entiendo bien —le cortó ella con una expresión escéptica. —No te acostarás conmigo.

No demostró su molestia por la interrupción. —Así es.

—¿Has cambiado ahora que estás casado?

Desvió la mirada riendo entre dientes. —Parece que todavía tengo escrúpulos.

Fidelidad y decencia.

Ella alzó sus cejas. —Henrik, ¿escrúpulos? Me haces reír. —Él también lo haría en otras circunstancias. —Bueno, ¿quieres una partida de cartas?

—No —ansiaba salir de ahí—, creo que ya no puedo jugar como antes. Diviértete, Claire.

—Tú también, Henrik. Te acompaño a la puerta.

Silentes, hicieron el camino a la entrada.

La castaña abrió y le sostuvo su brazo cuando él estuvo por salir. Hans se debatió entre permitir que hablara o no, porque le diría que estaría disponible en el futuro.

Asintió.

—Ten un buen matrimonio. Sean muy felices.

Volvió a asentir.

—Claire… él no vale tus esperanzas —le aconsejó con un ápice de generosidad, un rasgo que debía haberle contagiado su esposa.

Ella sonrió tristemente. —No sabes cuántas veces me lo he repetido. Ojalá que tu esposa valga las tuyas.

Hans se despidió agradeciendo en un murmullo.

En la calle miró la luna en medio del lienzo bañado de pintura negra y escarcha blanca.

¿Por qué no había podido concretar el propósito de esa cita? Solo sería copular, un acto físico que podía ser llevado a cabo hasta por animales, y él se había detenido a causa de unos extraños sentimientos, como un deseo exclusivo por una persona.

Suspiró. ¿Había sido él quien pensara que no le daba mucha importancia al sexo?

Eso era él soltero, sin conocer lo que era tenerlo con Elsa. Era increíble la reacción que se creaba entre sus cuerpos porque se atraían mutuamente y…

Había más.

¿Qué era?

Despeinó sus cabellos, desesperado por la respuesta y reconociendo que la rozaba con la punta de sus dedos. La sabría si le dedicara tiempo.

Rió. En el fondo se negaba a analizar lo que tenía con ella porque notaba que era especial y eso peligraba su entereza. Más de lo que había atentado contra su paz.

Tardó unos segundos más observando el firmamento y luego paró un coche para ir a casa.

{…}

La costumbre empujó a Hans a presentarse a la oficina al día siguiente de su fallida cena con Claire, incluso si estaba desvelado y solo se sentó sin hacer nada.

No había pegado un ojo en toda la noche, reflexionando en la serie de cosas que ocurrían con él desde un tiempo indeterminado, viendo la situación a través de diferentes ángulos.

Era apabullante que todos concluyeran en la misma dirección. Una temida cuestión para él, que no podía ni pronunciar porque le daba escalofríos.

Tenía que estar equivocado. Para él esa era la vulnerabilidad más grande en la existencia humana, dándole poder a otro sobre tu persona en el aspecto que nunca se podía controlar con exactitud, los sentimientos.

Asimismo… ¿Cómo podía confiar en una emoción que no había aprendido y que nadie había tenido hacia él? ¿Que no era segura en su permanencia y por la que andaría en un frágil puente suspendido en el aire?

Pero si la rechazaba… no sería únicamente en lo que concernía a su esposa. Sus hijos…

Esa emoción era como el mar, enorme y matizado, podía ser distinta en su manifestación y existencia, dependiendo de a quién iba dirigida, y resumida en la misma palabra.

Hans parpadeó. Planteado en aquella forma, no sonaba tan terrible como había creído por mucho tiempo. Daba momentos grandiosos e incomparables, que se disfrutaban más y no eran huecos; estos provocaban una sensación de plenitud y alegría, los cuales a su vez hacían crear memorias dotadas de tales sentimientos.

Llamaron a su puerta y gruñó porque interrumpiera una apertura que no había tenido en doce horas.

—¿Quién?

—Soy Joseph.

Chistó. —Pasa.

—Quise venir yo mismo a… —Su amigo levantó la mirada del cartapacio en sus manos y silbó. —Hombre, ¿mala noche?

—Sí. —Presionó el puente de su nariz. —¿Decías?

—¿Un problema en que pueda ayudar? —replicó Joseph ignorando su pregunta.

Negó.

Joseph se encogió de hombros receloso. —Si eso quieres por ahora.

Lo invitó a sentarse y aceptó los documentos que le había traído, cuyas letras no hicieron ningún sentido al ponerse a leerlos.

Resopló y decidió aceptar su ofrecimiento. El americano se lo tomaría con seriedad, por poco varonil que fuese el tema; releía Orgullo y Prejuicio y otras tonterías. Era expresivo, si el carácter aplicaba a un hombre… igual que Hildbrand.

De repente se le ocurrió que convivía con dos hombres muy diferentes al resto, que rayaban a lo afeminado en sus actitudes hacia los sentimientos.

¿Cómo lo había soportado? ¿O había sido inconscientemente?

Al notar que se desviaba, habló impulsivo. —¿Sabes acaso lo que es enamorarse? ¿Cómo es estar enamorado?

Los ojos de Joseph se cerraron por unos segundos. Esperaba una respuesta más lejos de lo que Hans sabía por observar a otros; quería entender el sentirlo. —Bueno, mis padres lo estaban y crecí observándolos, aparte están mi hermana y Hild, dos versiones casi parecidas, pero no lo he sentido… supongo que lo sabré por cómo me… Ah. Al final sí es un tanto incómodo. Debí cerrar mi boca. —Se rascó la cabeza. —Y… Ah, bueno, tú no tienes experiencia en el área de sentir. Mierda, no sirvo.

Pese a su debacle, fue divertido para Hans escucharlo tropezar.

Joseph suspiró. —No me gusta ser inútil y tengo que admitir mi derrota. Hildbrand sabe más de esto, y sé que no querrás tocar el tema con él. Aunque… esas son unas preguntas a la que tú debes hallar respuesta, no creo que sea idéntico para todos. Aun así, pienso que tener la duda es un paso cerca, no te preocuparía si no hubiera motivos para pensarlo… debes creer que llena tu mundo de maneras que otra persona no.

Hans le agradeció asintiendo y por su instrucción continuaron con los documentos, legibles después de esa solidaridad de Joseph.

Su amigo ofreció quedarse más tiempo, pero Hans negó y aceptó que lo buscaría si surgía la necesidad.

Apenas estuvo solo de nuevo, su momento para meditar se interrumpió porque Adam requirió su atención.

No se quejó de recibirlo cuando le tendió una carta de Arendelle, que no tardó en abrir.

Temiendo que él no recibiera su telegrama, ella le narraba el crecimiento de su panza y demás sucesos relacionados con su gestación, incluyendo su agradecimiento de los postres que le habían encantado a ambos.

Conforme leía, podía verla resplandeciente y hermosa con esa etapa de su vida que traería el fruto de su unión. Estaría escribiendo y acariciando su vientre con una sonrisa que no competía con nada.

En su deseo de estar ahí con su familia llegó la confirmación de que lo impensable había sucedido en Johans Frederick Henrik Håkonson- Westergård.

Amar.

A su esposa. A su bebé no nacido.

Amor.

Al final había pasado lo que había temido. Otra vez había quedado envuelto en algo que superaba sus habilidades. Un fracaso; una nueva caída.

Las consecuencias estaban allí; pero esta ocasión no era un príncipe condenado a sirviente por ofender a la Corona Arendelliana, sino un hombre enamorado que se convertiría en un padre diferente al que había tenido, implicándose de lleno en la vida de alguien más.

…En comparación, limpiar establos era un juego de niños.


NA: ¡Hola!

Lo de Loki y Skadi. Al escoger ese nombre leí varias cosas de la diosa (muy venerada por su poder); en una de esas que ella estaba enfadada por el asesinato de su padre y quería venganza. Los dioses, que temían de Skadi, le ofrecieron un esposo; ella a cambió pidió que la hicieran reír, lo que parecía imposible. Loki fue el único que lo logró, atándose a la barba de una cabra, con la que forcejeó y él terminó sobre la gigante, causándole su risa. Cabe destacar que Loki es visto como astuto, un experto en el engaño, un cambia-forma, vinculado al fuego (¿quién es así?). En una página encontré que simboliza la intriga, envidia, maldad, y la perversidad y falsedad en forma seductora. Le queda perfecto al pelirrojo ja,ja.

Este capítulo fue de diferentes emociones. Elsa en su burbuja, luego la llegada de su hermana (sé que pensaron que Anna saldría con algo feo), el momentito Elsa-gato-Hans, la suposición del tiempo de embarazo, la carta coqueta del rey, la metida de pata del pelirrojo idiota (con Claire presenciando el cambio de este), y la esperada aceptación del amor de parte de Hans.

¿Nada mal para un domingo?

Besos, Karo


Guess1: Both miss each other, but they do nothing to change that... yet. So stubborns these children ha,ha. Hans wasn't very precise in his letter, but he gave info concerning his absense. Joseph isn't what he appeared, is good you like his character, I tried a good personality for Hans' best friend. Thanks for r&r.

Guess2: En este capítulo definitivamente odiaste a Hans, porque sí tenía planes de ser soltero solo para mantenerse en su zona de confort. Algo típico, ¿a que no? Lo bueno es que le demostró que Elsa tiene un peso fuerte en su corazón. / Sería muy difícil que Elsa viajara a América con su embarazo, más que nada porque la logística de intentarlo se llevaría largo tiempo y podría cruzarse con Hans en el mar, o dar a luz allí. Y sus malestares con la marea no se llevarían bien je,je (y tendría que reescribir diez capítulos para poder hacerlo). Gracias por leer y comentar.