!Hola, Hola!

Dios... pero ¿habrá alguien por aquí?

En fin...

Como muchos sabréis, comencé a escribir y a publicar eaquí y, por motivos que no voy a exponer aquí ahora porque paso de remover mierdas del pasado que no vienen a cuento, dejé de publicar hace ya ocho años (juer como pasa el tiempo, oño) y hace unas semanas, yo aburrida en mis vacaciones (nunca pasa eso, pero quedaba bien ponerlo por aquí), recordé muchos de esos fanfic que ahora son libros y que están disponibles en Amazon (si queréis alguno solo tenéis que pedirme link) y recordé uno con especial cariño porque fue el primero, porque fue el que trajo consigo todos los demás y porque ¿qué mierda? todavía está sin acabar... o estaba...

En fin, que me lío para nada, que a partir de ahora, cada martes y jueves tendréis un capítulo de el sueño de crepúsculo aquí hasta llegar a su final definitivo, sí, sí, como lees: DEFINITIVO. He escrito el final y me ha quedado precioso, al menos para mí es perfecto. Pero eso no es todo, si quieres tener cada capítulo un día antes, te puedes pasar por mi blo (el link está en mi perfil) que estará a´´çi cada martes y miércoles a las 12:00 pm hora de España sin falta, porque están programados y salvo algún error estúpidos, estarán allí puntualmente.

Sin más, os dejo el primer capítulo, que espero que recordéis con tanto cariño como yo.

Un besote y gracias por estar ahí.

Naobi


Capítulo 1 — Sólo un sueño.

Abrí los ojos y una luz cegadora me nubló la vista por un momento, los cerré con fuerza de nuevo y al volver a abrirlos me sentí mareada y adormilada. Sentía los músculos entumecidos, como si llevase mucho tiempo tumbada y durmiendo. Pero eso era algo totalmente imposible, era un vampiro y no podemos dormir.

—Edward —musité—, ¿dónde está Renesmee?

—¿Bella? —escuché la voz de mi madre por encima del pitido de las máquinas de un hospital—. ¡Oh, cariño, has despertado! Estoy aquí, cielo, tranquila.

—¿Mamá? —mascullé confundida, no sabía que estaba haciendo Forks.

—Sí cariño, ¿cómo te encuentras? —preguntó con evidente preocupación en la voz.

—Bien —contesté sintiéndome un poco desorientada y confundida— ¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?

—No te preocupes por eso, voy a llamar a una enfermera para que revise como estás.

Vi como pulsaba un botón azul que había sobre la cama y un par de minutos después una enfermera entró en la habitación. Miré mi brazo izquierdo y no pude evitar un gesto de dolor al ver un par de agujas clavadas en él, ¿cómo era posible? Mi piel era dura y ningún tipo de aguja podría atravesarla. Fruncí el ceño y mordí mi labio inferior, necesitaba encontrarle sentido a todo eso, miré a mi madre y Renée me devolvía la mirada con una sonrisa mal disimulada, algo muy propio de ella.

En cuanto la enfermera salió de la habitación me preparé para asaltar a mi madre a preguntas, tenía tantas que no sabía muy bien por dónde empezar, pero el principio sería lo más lógico.

—Mamá ¿qué ha pasado? —inquirí impaciente.

—¿No recuerdas nada cariño? —negué con la cabeza mientras ella comenzaba a colocar mejos la sábana que me cubría—. Ibas camino al instituto cuando un coche te arrolló. Te diste un golpe bastante fuerte en la cabeza, has estado dormida algunos días.

La miraba atónita, eso no podía ser posible… estaba en Forks, había conocido a Edward, nos habíamos casado, habíamos tenido aquella especie de batalla con los Vulturis… eso solo quería decir que no era un vampiro, eso era obvio, pero entonces Renesmee…

—Mamá ¿dónde está Edward? —pregunté al borde la histeria.

—¿Quién es Edward? —su rostro mostraba duda y un jadeo salió de mis labios.

No. No. No…. Edward no…

—Llévame con papá, por favor… —le pedí en un susurro.

—Bella, cariño ¿te encuentras bien? —me preguntó un poco alarmada—. Tu padre está en la cafetería comiendo algo, ahora sube.

Eso no me tranquilizó, pero solo un poco. No entendía lo que estaba sucediendo, nada de esto podía ser real… mi cabeza daba vueltas y más vueltas negándose a aceptar que todo hubiese ocurrido tan solo en mi imaginación, que fuese un sueño demasiado vívido.

—Mamá, ¿qué día es hoy? —volví a preguntar.

—29 de noviembre. Has estado dormida cinco días —me explicó con voz calmada.

—¿De qué año? —levanté la mirada y clavé mis ojos en los suyos, expectante.

—Del 2003.

Mi mente tardó en procesar esa información. Estábamos en noviembre de 2003, y yo me fui a vivir con mi padre en enero de 2004. Entonces… ¿nada había sucedido en realidad? ¿Todo había sido producto de mi imaginación? ¿Un sueño?

No podía ser.

No.

Me negaba a aceptar el hecho de que nada de eso hubiese sucedido. Todo era una locura, ¿o la loca era yo?

Empecé a jadear buscando aire, mis manos temblaban sin control. Los pitidos de la máquina que controlaba los latidos de mi corazón eran atronadores, se clavaban en mi mente haciendo un profundo hueco. Vi como si toda esa historia fuese el libro de mi vida, del cual, alguien estaba arrancando página a página haciéndolas pedazos, borrando así, todo lo que yo amaba.

Lo siguiente de lo que fui consciente fue mi madre agarrándome las manos impidiendo que me arrancase los cables y los tubos que poblaban mis brazos. Las lágrimas inundaban mis ojos. Una enfermera entró en la habitación, hablaba con Renée pero yo no la escuchaba. Se acercó a mí y a los pocos segundos mi respiración comenzó a relajarse, sentía como el sopor poco a poco iba adueñándose de mí, como segundo a segundo me costaba más mantener los ojos abiertos. Intentaba hablar pidiendo que no me durmiesen, necesitaba hacer muchas cosas, pero sólo balbuceaba palabras sin sentido. La consciencia me iba abandonando y al fin, la noche se me echó encima.

.

Desperté con un sabor amargo en la boca y la garganta seca. Al abrir los ojos todavía tenía la ligera esperanza de que el sueño fuese tan solo el capítulo del hospital y no todo lo demás. Pero la decepción me invadió al comprobar que estaba equivocada. Continuaba en ese maldito hospital y mi padre estaba sentado en el sillón a un lado de la cama. Decidí hacerme la dormida y así poder sopesar seriamente lo que iba a hacer a partir de ese momento.

Pensándolo bien, la situación no era del todo mala. Podría tener una segunda oportunidad para hacer que las cosas fuesen de otro modo. Podría evitar que Edward no me abandonase después del incidente con Jasper, incluso evitar dicho incidente. Y podría evitar también el enfrentamiento de Edward con James y así me libraba de tener que lidiar luego con Victoria y los Vulturis.

Pero… ¿y si los Cullen fuesen también producto de mi imaginación? ¿Si realmente no existía nadie de esa familia? ¿O si los vampiros en esta realidad fuesen tan sólo un mito? Podría ser así, alguien como Edward era un sueño, el perfecto personaje de un cuento de hadas. Se me escapó un sollozo de angustia al pensar que quizás no volvería a verlos, sollozo que alertó a mi padre, que dio un brinco y se apresuró a ponerse a mi lado.

—Hola pequeña, ¿cómo te encuentras? —preguntó con una arruga de preocupación en su frente.

—Estoy bien —mentí.

Impulsivamente alcé mi mano y con suavidad acaricié su frente para borrar esa arruga. Él se sorprendió en un primer momento, pero me regaló una tierna sonrisa. Pasamos un rato en silencio, los silencios con Charlie no eran incómodos como bien recordaba. Después de unos minutos me aventuré a hacer la pregunta que me abrasaba en la garganta.

—Papá —lo llame con un hilo de voz.

—Dime Bella —me dijo prestándome toda su atención.

—¿Conoces a los Cullen? —lo miré expectante. Él pareció sorprenderse y tardó un largo minuto en contestar.

—Sí, el doctor y su esposa viven desde hace un par de años en las afueras del pueblo —dijo sin apartar los ojos de mí—, pero… ¿quién te ha hablado de ellos?

¿Y ahora que le decía? Piensa Bella, piensa.

—Una enfermera hablaba de ellos hace un rato. Dice que Carlisle es muy buen cirujano.

—Si… bueno… —parecía sopesar mis palabras—. Pero ellos viven en Forks… no sé cómo han sabido de ellos aquí.

Y ahora lo más importante:

—¿Cómo son sus hijos? —solté la pregunta como una bomba. Charlie me miraba entre asustado y sorprendido.

—Pero ¿cómo sabes eso? —le hice un gesto con la mano, como para que lo dejase correr. Pareció entenderlo porque continuó explicándomelo—. Tienen cinco hijos, más o menos de tu edad. Son muy responsables y nunca dan problemas. Nadie les presta mucha atención, es como si alguna gente les tuviese miedo, es absurdo. Pero son muy agradables y educados, nunca han dado problemas en el pueblo.

Decidí dejar la conversación ahí, si la alargaba más Charlie podría sospechar algo, pero la información que me había dado, aunque escasa, aclarada alguno de mis miedos e inevitablemente me daba esperanzas: los Cullen existían, tenían cinco hijos y todo apuntaba a que eran vampiros. Me tranquilicé un poco, todo era cuestión de esperar y dejar que los acontecimientos fluyesen.

.

Tras aquella conversación, unos días después me dieron el alta. Intenté por todos los medios no pensar mucho en el tema, pero era imposible, la imagen de Edward estaba continuamente en mi cabeza. Echaba de menos su voz, su aroma, el contacto de sus labios con los míos. Pero lo que más anhelaba era a Nessie, mi pequeña niña. Durante las noches despertaba entre lágrimas añorando su pequeño cuerpo entre mis brazos, quería acariciar sus suaves rizos y aspirar su delicioso aroma. No entendía como podía añorar a esa familia que todavía no formaba parte de mi vida, es más, algunas personas ni siquiera existían. Y la necesidad de tenerlos cerca me estaba matando, los días y las horas pasaban extremadamente lentos.

Volver al instituto fue horrible, no es que echara de menos ser el centro de atención como ocurría en Forks, pero cuando paseaba por esos pasillos completamente repletos de estudiantes que ni siquiera conocían mi existencia, con los rayos del incipiente sol filtrándose por las ventanas, mi mente vagaba lejos, concretamente hasta el oscuro y húmedo Forks, hasta mi verdadero hogar.

Hoy era uno de esos días de instituto. Salí de la cama a regañadientes, sólo me apetecía esconderme bajo las sábanas hasta que tuviese que subirme a un avión que me llevase a Seattle. Llegué a la primera clase segundos antes que el profesor, el Sr. Martins. Me dejé caer pesadamente sobre mi silla y mi cabeza fue cayendo lentamente hasta acabar con la frente pegada a la mesa.

—¿Te encuentras bien, Bella? —preguntó mi compañera de mesa.

Giré levemente la cabeza y levante la mirada para encontrarme con la clásica chica de Arizona: rubia, ojos azules y tez bronceada. Me miraba fijamente y pude percibir que hasta con una pizca de preocupación. Pero no pude contestarle, de mis labios sólo salió un ligero gruñido.

Emma, así se llamaba. No éramos "amigas" en toda la extensión de la palabra, pero éramos algo más que compañeras de mesa. No teníamos muchas cosas en común, pero era de esas personas con las que podría hablar sobre cualquier cosa, sus pensamientos abarcaban más que chicos y ropa.

—¿Vas a decirme qué te pasa? —volvió a preguntar.

—Necesito salir de aquí —dije en apenas un susurro.

—Yo también —sonrió—, odio al Sr. Martins.

—No sólo del instituto, necesito irme del estado. Sólo quiero estar en Forks —mi voz era apenas un murmullo.

—¿Forks? —inquirió alzando las cejas.

—Washington, allí vive mi padre —expliqué.

—Ah…

La conversación se quedó ahí. Si antes Emma pensaba que yo no era una chica del todo normal, seguro que le faltaba muy poco para convencerse de que estaba completamente loca.

Los días pasaban lentamente, era veinte de diciembre. Faltan pocos días para navidad, y lo más importante: menos de un mes para subirme a ese avión que me llevaría de vuelta a casa.

Cada noche me dormía entre lágrimas recordando su cara, su aroma, su voz… sólo deseaba que el tiempo pasase rápido para poder tener a Edward y a Nessie entre mis brazos.

Rogué y supliqué de rodillas a Renée para que me dejase pasar las navidades en Forks con Charlie, pero fue inútil. Parecía que ella y el tiempo, que se empeñaba en transcurrir cada vez más despacio, se habían confabulado en mi contra para intentar volverme loca.

Los regalos bajo el árbol de navidad no me interesaban, ya que sabía de antemano lo que contenían aquellos paquetes. Renée me había comprado un suéter rojo y una falda negra, al verlas tuve que contener la risa, si Alice la llegase a ver no le habrían gustado nada. Phil me regaló un libro, "Cumbres borrascosas". mi ejemplar estaba ya a punto de pedir la jubilación. Charlie me envió su regalo por correo, un reproductor de CD nuevo. Nada fuera de lo normal, todo iba según lo que recordaba, pero eso no me tranquilizaba, todo lo contrario, todavía faltaban veinticuatro días y catorce horas para que me subiese a ese avión y veintiséis días y dieciocho horas para poder ver a Edward a la hora del almuerzo en el instituto. Suspiré desganada mientras lo pensaba, todavía me faltaban unas semanas de tormento... de un insoportable tormento.

Sin que Renée sospechase nada, poco a poco iba haciendo la maleta. Quizás era algo totalmente estúpido, pero me ayudaba sentirme un poco más cerca del momento de hacer el viaje. Había metido mi poca ropa de invierno en la maleta, y aprovechaba cualquier oportunidad para comprar alguna prenda de abrigo recordando el frío que haría en Forks el próximo invierno. Saber de antemano todo lo que necesitaría me estaba ayudando mucho, y los consejos que Alice me había dado sobre moda estaban ayudando también. Esperaba que fuese de igual modo en lo referente a Edward, a Jake y al resto de los Cullen.

Y el gran día llegó. Una tarde después de llegar del instituto me encerré en mi habitación como era habitual desde mi "accidente", necesitaba tiempo para mí, para pensar y plantearme mil cosas. Minutos después Renée irrumpió en la estancia sacándome de mis cavilaciones.

—Cariño, ¿podemos hablar? —preguntó asomando la cabeza por mi puerta. Solo asentí y ella entró y se sentó a mi lado en la cama—. Phill tiene que pasar una temporada en Jacksonville, serán unas tres semanas —explicó—. Estaré unos días aquí contigo y después me iré con él. No me gusta dejarte sola pero ya sabes que…

—Mamá —la corté—, este viaje no será el único ¿verdad?

Ella bajó la mirada y no contestó. Era hora de poner en marcha mi plan, tenía que jugar todas mis cartas en una única mano. Pero tenía la victoria casi asegurada, en mis "recuerdos" de aquel sueño había conseguido convencerla sin demasiada dificultad.

—¿Por qué no me voy con papá? —solté de golpe

Se quedó muda unos instantes, sopesando la posibilidad.

—Odias Forks —dijo por fin.

—Será sólo un tiempo, cuando os instaléis de forma permanente volveré con vosotros —la tranquilicé.

Estuvimos unos minutos discutiendo apaciblemente sobre las ventajas y desventajas de trasladarme a vivir allí, en otro estado, donde siempre hacía frío y llovía, tan lejos de ella... pero después de unas cuantas afirmaciones en las que estaba totalmente convencida de mi palabras, mi madre accedió a lo que le pedía sin rechistar.

—Cariño, ¿estás segura de lo que dices? —preguntó angustiada.

—Sí mamá, no te preocupes. Sabré cuidar de papá —le dije totalmente despreocupada con una sonrisa.

Me devolvió la sonrisa con tristeza y resopló.

—En fin, hablaré con Charlie a ver si está de acuerdo —dijo mientras se ponía en pie y salía de mi habitación.

Cuando cerró la puerta tras ella, mi mandíbula se descolgó hasta el suelo ¡lo había conseguido! Y fue mucho más sencillo de lo que recordaba. Ahogué un grito de júbilo apretando mi cara contra la almohada y me dispuse a enfrentarme a los próximos acontecimientos.

Los días siguientes pasaron muy rápido, incluso para mi impaciencia. El tener la maleta casi hecha sólo fue una ventaja, pero eso me dio más tiempo libre para pensar y devanarme los sesos con lo que me quedaba por delante. Si la historia seguía su curso, pronto me enfrentaría a James y después Jasper intentaría atacarme, Edward se iría y yo… sólo de pensarlo empezaba a hiperventilar. Edward no podía abandonarme, eso tendría que evitarlo a toda costa. Ese capítulo de mi vida tenía que ser arrancado a destajo y a ser posible destruido también.

Por fin era el día, me subí al avión con el estómago revuelto, me podía la ansiedad de ver el verde de Forks y respirar ese aire impregnado de lluvia. Las cuatro horas de vuelo hasta Seattle se me hicieron eternas, y eso sin pensar que todavía me quedaba otra hora más en una avioneta hasta Port Angeles y otra más en el coche patrulla de Charlie. Pero hoy me subiría a ese coche totalmente orgullosa de ser la hija del jefe Swan