Morir no era como lo había imaginado.

Siempre había creído que al final de la vida era cuando se conseguía por fin la paz.

Pero no. No era así. Sólo sentía dolor.

Dolor físico por ese maldito tronco que tenía incrustado en el abdomen, habiendo desgarrado su carne y, por supuesto, algún órgano importante.

Pero también dolor emocional. Un tipo de dolor que solo dos veces hasta entonces había sentido: cuando tuvo que asesinar a Jean, la mujer que había amado, con sus propias manos, ignorando como su corazón se rompía al enterrar sus garras de Adamantium en la piel de la pelirroja; y cuando Charles, su mentor, quien lo había salvado y le había dado una familia, pero también su mejor amigo, había muerto frente a sus impotentes ojos...

Y, esta vez, el dolor emocional era por alguien que no hubiera creído ni en cien años: una niña que había conocido hacía solo una semana y que con su silencio y mirada oscura, amenazadoramente seria e inigualablemente parecida a la la suya, había ganado una parte de su destrozado corazón. La chiquilla que, pese a poseer unas farras parecidas a las suyas, podía adoptar un aire angelical al dormir. Laura, su hija.

Aún no lo superaba porque, ¿quién lo haría?

Le hubiera gustado poder disfrutar con ella mas tiempo, y poder hallar en ella la familia que nunca pudo tener, la felicidad que no le tocó vivir.

Sintió como su pecho se comprimía a la par que un par de gruesas lágrimas rodaban por el rostro de la pequeña castaña.

Su vista comenzó a oscurecerse y solo alcanzó a oír su casi inaudible «No...» antes de sumirse en esa noche eterna a la que no se puede eludir.