Winter

Dragon Ball Z © Akira Toriyama

Sinopsis: Era perturbador e inquietante. Como un viento helado, como un susurro [Esta historia participa para para el "Concurso de One-Shots de Halloween" de la página "Fanfics de Gohan y Videl en español"].

Nota de autora: Bien, otro año y otra historia para Halloween más. En este caso, me atrevo a hacer un AU porque creo que vas a acorde a lo que buscaba hacer, aunque originalmente este iba a ser una secuela de mi historia para el concurso anterior, pero debido a las circunstancias decidí no hacerlo así.

Antes de irme debo aclarar que esta historia participa para para el "Concurso de One-Shots de Halloween" de la página "Fanfics de Gohan y Videl en español".

Dicho esto, ¡vamos a leer!


Capítulo único: Winter

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I.

Era de madrugada todavía cuando despertó.

Las cortinas se mecían por el leve viento del verano, las sombras en el techo se alargaban y se reducían al ritmo de su vaivén. Su cama estaba tibia, húmeda por haberse orinado encima.

—Maldición —dijo haciendo un manojo de sábanas para arrojarlas a lavar. Nadie debía saber que mojaba la cama teniendo casi veinticinco años.

Fue al lavadero con cautela y arrojó todo por allí. Paso a la cocina a tomar algo refrescante, contando las horas que había dormido, y luego las horas que le quedaban antes de levantarse. En la mañana debía iniciar el mejor día de su existencia, finalmente trabajaría y aportaría a su familia. Pero no.

Le daba vueltas a la carta que tenía. Sus manos sudaban al sostenerla y un nudo le apretaba en el estómago. Deseo, por un momento, estar en secundaria, apilar taburetes para trepar y escapar por la ventila averiada que conectaba a la azotea.

Las sombras en el techo cesaron su vaivén, y lo notó.

No había reparado en el coro de insectos hasta que se silenciaron de repente. El frío en los pies comenzó a inquietarlo y los froto entre sí. La noche era silenciosa. Terrible, e inescrutablemente silenciosa.

Entonces la inquietud por frío en los pies se volvió más real. Sentía que caminaba sobre hielo, conocía esa experiencia por ser alguien travieso y curioso en la infancia. Nadie lo regañaba en ese entonces porque era un niño descubriendo el mundo, empero, ahora su sed de descubrimiento estaba muerta. Los nervios lo invadieron, se acentuaron con la fricción entre sus vellos y la ropa ligera de verano que traía encima. Poco a poco, un susurro comenzó a colarse en sus oídos.

—Sálvame…

Sacudió la cabeza. Pero lo que sea que se había colado, había calado hondo y se volvió en un zumbido en sus oídos. El coro externo regresó, el frío aumentó. El zumbido se quedó.

El cambio de sábanas noche tras noche, prosiguió.

—Sálvame…

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II.

Carecer de sueño a causa de un susurro constante abombando su cabeza comenzó a hacer desgracias en su vida cotidiana. Era algo que silencio con ahínco y desquicio palpitaba en sus oídos, y que ningún doctor ni especialista supo cómo aquietar.

Tuvo que salirse transitoriamente de clases extracurriculares porque el aire que se filtraba en sus oídos dolía. Sentarse a estudiar acentuaba el ronroneo de una manera que lo hacía insoportable, y sus notas bajaron progresivamente. Su madre lo regañó incontables veces, argumentando que debía mejorar porque, de lo contrario, no seguiría sosteniendo su carrera.

—Sálvame…

—¡Qué te calles!

Pero tratar de dormir era, sin duda, la tarea más frustrante del día.

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III.

Son Gohan nunca había sido un sujeto que se complica más de lo necesario. Siempre había podido resolver enormes problemáticas y el maldito susurro no fue la excepción ya que, si se sometía a ruidos fuertes, todo se atenuaba. Solía contar los minutos para salir de clases, y finalmente colocarse los auriculares.

Pero no fue suficiente.

Cuando agotó huir del susurro con la música, los ruidos cotidianos opacaban la molestia. El ruido de la lavadora de su casa a la cual frecuentaba más a cualquier otro aparato doméstico, o las alarmas de los automóviles cuando andaba en la calle. La bocina también funcionaba.

No muy tarde encontró un poco de paz en las calles transitadas.

Fue entonces cuando su madre le sugirió mudarse, creyendo que era el malestar de la casa lo que afectaba su rendimiento académico, a algún complejo departamental que no fuera costoso y cubriera sus necesidades mínimas.

El resultado tras un par de semanas de búsqueda fue el más modesto de los departamentos en la ciudad donde estaba su casa de estudio. Un edificio donde halló conveniente el precio por el cuarto con la orientación menos favorable, ya que daba a la calle más atiborrada y podrida.

El ruido por las noches era prolongado, y con eso logró dormir más de tres horas.

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IV.

Gohan se había acostumbrado a la rutina que imponía su complejo. Poco a poco comenzó a ubicar los rostros de sus vecinos y las personas que con más frecuencia iban y venían. Lejano parecía la época donde dormía escasas horas y su descanso era perpetrado completamente, sin embargo, todavía no podía conciliar el sueño del todo.

Incluso a veces, dormía mejor cuando el matrimonio del departamento continuó discutía hasta altas horas de la noche. Los silbidos, el tránsito, el bullicio y las discusiones entre los señores Kahn le sentaban de maravilla.

Hasta que el susurro volvió.

—Sálvame…

Y se dio cuenta que era la voz de la señora Kahn.

Su vecina de al lado era la clase de mujer que se disculpaba por todo. Tenía el ceño fruncido fijado en la cara, como si se lamentara de cada aspecto de su vida. Lucia escuálida y enfermiza, Gohan insistió varias veces en acompañarla a un médico para que la revisara.

—No sé si Barry me dejara —solía decirle. Era tan amable con él, que en cierto modo le hacía despreciar a su esposo, Barry Kahn. Un hombre alto, rubio y que vestía algún traje costoso. Difícilmente lo cruzaba en los pasillos y, cuando era así, apenas saludaba.

—Deberías ir, por favor, al menos hazlo por ti —insistía, sabiendo que, era inútil. La señora Kahn era creyente de que su vida solo dependía de las palabras de su marido.

—No simplemente, no. No sé puede.

—Sálvame…

Cuando no podía dormir le conllevaba a sentir el hielo calando sus pies y el calor huyendo por su cuerpo. Debía resistir. Estaba a solo un cuatrimestre de terminar la universidad. El hielo comenzó a hacerse presente en sus sueños y a la señora Kahn junto a ellos. Incluso, agónico pedido de meses comenzó a cambiar.

Con el tiempo, la joven pidió que la llamara por su nombre.

—Dime Videl, por favor.

—Sálvame, por favor. Hace frío aquí.

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V.

—¿El ártico?

—Sí, ¿es posible que alguno de sus vientos fríos se cuele solamente en mi departamento?

—Al menos que tu departamento posea alguna anomalía similar a los acontecimientos que presentó el firme 2012, ¡es imposible!

—Ya veo.

Una vez se cruzó con Dende, un joven estudiante como él especializado en climatología con un afán enorme por los diversos vientos. En un principio, no había visto útil esa información hasta que el frío volvió a perpetuar su sueño.

Se escuchó unos gruñidos en el departamento continuo.

—¿Cómo puedes soportar tal escándalo? —le pregunto Dende.

Gohan encogió los hombros, restándole importancia.

—A veces uno llega a acostumbrarse. Después de todo, la señora siempre se disculpa cuando suelo visitarla.

Dende abrió los ojos con estupor, pero no dijo nada referente a ello. Gohan no supo si era porque no se metía en asuntos ajenos o porque no sabía que decir al respecto.

—¿Qué te parece si mejor vamos a tomar algo?

El rostro de su compañero deslumbró gratitud. Los gruñidos aumentaron más.

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VI.

A veces, Gohan se cruzaba con una muchacha en los escalones del segundo piso. Era una muchacha de perfil bajo, negligente, y a su parecer, arisca con todo y todos, menos con Dende. Siempre estaba escondida detrás de una portátil, luciendo extravagantes y brillantes trajes.

—Soy una futura estrella de pop —decía en su defensa.

—Te felicito. Pero por ahora solo eres un mal cosplay de una chica mágica —respondía Gohan, dejándola en ridículo. La chica solía refunfuñar y casi arrojarse encima por su burla.

—Como sea —suspira y lo miraba—. ¿Le puedes decir a Desde que me avise si continuará con mis tutorías? Para que no me haga perder el tiempo.

—Claro —dijo, sin más. No era su asunto, pero seguro la chica no tenía la capacidad de hablarle directamente a su amigo. Sabía cantar, actuaba excelente y en realidad sus trajes eran buenos, pero no era nada hábil para ocultar que estaba enamorada de su tutor.

—Y saluda a la señora Kahn de mi parte —expresó con una risita de niña traviesa.

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VII.

Gohan también había tenido que optar por pedirle tutorías a Dende antes de perder su último cuatrimestre y, por consecuencia, su departamento se había vuelto una pequeña sala de estudio entre Dende, Kokoa y él.

Para su sorpresa no era incomodo estar con una chiquilla de quince años con las hormonas desordenadas, alguien obsesivo con los vientos y él que, pensando con frialdad, tenía un extravagante interés con la esposa de su vecino, oyéndole en sus sueños que le quitaban horas de descanso.

Un trío de extraños, sin duda.

—Entonces la entropía se define como el final del universo —Kokoa apuntaba en su cuaderno. Ese día, repasaba para su examen de Literatura—. ¿Es cierto que es irreversible?

—En realidad no es mi campo de estudio, pero hasta donde sé, sí —la respuesta de Dende pareció desalentar a la chica porque su semblante se tornó triste—. No te concentres en eso, solo responde las preguntas que te dio el profesor mientras voy al baño. Claro, si tengo permiso de Gohan.

—Ve con confianza —dijo el dueño del departamento metido en su propia lectura. Cuando su amigo salió del cuarto, miró a Kokoa—. La entropía sucederá en algún momento infinito del tiempo, ni siquiera estaremos para cuando todo muera.

Kokoa soltó una risita.

—Solo estaremos para cuando el señor Kahn muera —señaló mirando el reloj. El moreno alzó su vista hacia el mismo objeto—. Lleva media hora de retraso, Gohan. También morirá.

—¿Eh?

Dende volvió un segundo después, Kokoa volvió a apuntar sus respuestas.

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VIII.

Gohan había notado que, en realidad, Videl rara vez salía del edificio durante el día, y las noches eran siempre las mismas. Para cuando regresara Barry, ella tendría un repertorio de acusaciones que poco afectarían al señor Kahn.

Ese matrimonio era una prueba inequívoca de la existencia del infierno.

—No creo que ellos se amen. El amor debe ser creación, jamás destrucción —Kokoa algunas veces había comenzado a frecuentar el departamento un rato antes de que Dende fuera a darles clases. Gohan había desarrollado una extraña hermandad con ella—. Gohan, ¿tú tienes a alguien aparte de la señora Kahn?

—¿A qué te refieres?

—Amor. ¿Amas a alguien? Esperas que Barry muera para estar con ella, ¿no? —el tono de la muchacha se oía raro—. Quieres matarlo, ¿no es así? Odias ver a la señora Kahn casada con un patán como él, ¿cierto?

—Ya para, Kokoa. Esto no tiene ningún sentido.

—Vamos, Gohan. Todos tenemos deseos oscuros, tú quieres verlo muerto. También te quería ver muerto hace tiempo —confesó sin pelos en la lengua. Gohan jadeo, aterrado—. Pensé que eras gay y que querías robarme a Dende. Sabes, incluso pensé en hacer que tu cuerpo caiga a algún sitio oscuro y helado.

El moreno apretó los puños, con fuerza.

—Dende no te pertenece.

—La señora Kahn tampoco —y soltó una risita.

Esa noche, los susurros volvieron a mayor escala junto con el frío.

—Sálvame, por favor. Hace frío aquí.

—Siempre dices lo mismo, ¿de dónde quieres que te salve?

—De allí, está frío y negro. Sálvame.

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IX.

Esa noche, fue la primera vez que Gohan hizo algún movimiento.

Como Videl, sabía cuándo el señor Kahn llegaba. Sus pasos sincronizados, cada uno en su respectivo departamento, marchaban impacientes contra el suelo.

El picaporte sonó y, como si fuera interruptor, apenas se terminó de unir a la puerta una vez que Barry estuvo dentro del departamento, Videl habló.

«¿Dónde estuviste hasta ahora?»

«¿Por qué llegas tan tarde?»

—¿Qué demonios…? —Gohan se asombró al no oír respuesta por parte de Barry. Estaba más callado que en otras noches.

El silencio reinó un segundo.

«Estuviste con ella de nuevo, ¿verdad?».

El señor Kahn estalló.

Entonces Gohan temió por Videl.

El moreno salió de su departamento sin nada claro en mente. De alguna forma deberá salvarla de un hombre enloquecido, eso era la único claro. Golpeó la puerta con desesperación y la puerta en escaso segundos se abrió dejando ver al mismísimo Barry Kahn.

—¿Qué se te ofrece, vecino?

Gohan se sintió diminuto por un instante, aterrado. Su vecino tenía la mirada pérfida y el rostro endurecido.

—Escucha, Barry yo…

—¿Querido?

Pero escuchó la voz de Videl al fondo, tan blanda y serenada, que no supo cómo proseguir.

—¿Quién está en la puerta?

—Me temo que es un mal momento para hablar —le dijo Barry—. Lamento los disturbios.

Y le chocó la puerta en su cara.

—Está frío y negro. Sálvame.

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X.

Hubo días buenos, hubo días malos.

Los días, las semanas y los meses.

Había más días malos que buenos.

Los días malos era cuando Videl perturba su cabeza con frecuencia en un círculo vicioso donde repetía las mismas frases hasta que él decidía aullar del pánico. Todo cayendo en un fino limbo en el que la jaqueca es intensa al punto de desmayarse.

Los días buenos eran una bendición.

Gohan era capaz de soportar hasta los monólogos exhaustivos de Dende respecto a su tesis final que, sin sorprenderse, era sobre los vientos.

Aquel día, en un monólogo, el celular de su amigo sonó. El tono era una canción perteneciente a una animación de la cual cierta chica que conocía y hacía cosplay.

—¿Hay algo de lo que no me he enterado?

Las mejillas de Dende se tiñeron de rojo.

—Solo son puras coincidencias de gustos. Nada más —comenzó a decir, vacilando—. ¡Por favor, tiene quince años!

—Si hay pelito, no hay delito —señaló Gohan causando aún más sonrojo a su compañero—. Ya, hablando en serio. No sé qué más quieres desarrollar en tu trabajo. He estado escuchando del viento desde el primer día, por tanto, es seguro que apruebes.

—Lo sé, pero…

Gohan alzó la ceja, confundido.

—¿Qué?

—¿Y si preguntan de las células de…?

El celular de Dende volvió a sonar, Gohan carcajeó.

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XI.

Kokoa había terminado sus tutorías con Dende, al menos de forma temporal porque su tutor necesitaba estudiar para sus exámenes finales, pero no dejo de ir al departamento de Gohan dos o tres veces a la semana.

—Una vez, Dende me comento sobre tu problema en las noches —le dijo de repente. Gohan estaba haciendo trazos burdos en el papel y ella se puso a husmear sus libros de la universidad—. El frío del ártico.

Gohan recordó que esa charla con Dende tenía dos meses de antigüedad.

—Los vientos polares del este son vientos preponderantes fríos y secos que soplan desde zonas de alta presión de las alturas polares en los polos Norte y Sur hacia las zonas de baja presión dentro de los Vientos del oeste a altas latitudes —citó de la pequeña agenda que llevaba encima. Era donde almacenaba datos que, según ella, harían que Dende cayera a sus pies—. Se que suena tonto decirlo ahora, pero tal vez ahora tienes obsesión por los vientos.

El moreno negó con la cabeza.

—Dende es el futuro climatológico. Nosotros solo somos quienes apoyan su obsesión para que no quede como un fenómeno ante el mundo.

—¿Y quién dice que ya no somos fenómenos? —Kokoa sonreía, pero su visual lucia afligida, como si fuera a romperse—. En estos meses, ¿no nos hemos ido dando cuenta de cuán oscuros podemos llegar a ser? A veces, todavía deseo matarte…

—Sabes que no soy gay. Creí que lo de Videl te dejaría tranquila.

—No. No hasta que hagas algo al respecto.

Kokoa desapareció a partir de ese día de la rutina del moreno. En cambio, los susurros arremetieron en Gohan con tanta fuerza que volvió a tener que entrar a hurtadillas al lavadero.

Estaba en el punto cero.

—Sálvame. Sálvame del Hadley.

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XII.

—¿Kokoa…?

—Necesito ayuda con algo más de Literatura y Dende está ocupado. Ayúdame.

Eran casi las ocho de la noche cuando la chica golpeó en el departamento de Gohan. Como siempre, estaba sin dormir por los susurros de su vecina.

Los tiempos con la señora Kahn había terminado sin quererlo la noche en que tocó a su puerta.

—¿Gohan…? —se escuchó una voz desde atrás—. ¿Quién es?

—Es Kokoa, es la chica que tomaba clases conmigo y Dende. Te comenté sobre ella —el moreno abrió la puerta—. Pasa, quien está con nosotros es mi madre.

Una mujer que era muy similar a Gohan saludo a la muchacha.

—¿Van a estudiar? Entonces dejaré el espacio libre y estaré en tu cuarto viendo la novela, hijo —la madre de Gohan se retiró por el pasillo y poco tiempo después, ambos quedaron solos.

Kokoa susurro.

—Es la primera vez que veo a tu madre aquí.

—Ella debía saber que me di de baja en la universidad, con la promesa de retomar las clases el siguiente ciclo —comentó—. Se lo dije por teléfono, pero algo la inquietaba y quiso venir hasta aquí.

—Parece que fue una terrible idea mudarte.

Gohan negó con la cabeza.

—Mudarse no hizo nada, es esta molestia. Y como sea, parece que finalmente se me está pasando.

—Deberías regresar a casa, seguro te cuida mejor que nosotros aquí.

—Kokoa —le miró, concluyente—. Puedo cuidarme solo. Además, creo que, sin tu romance fantasioso con Dende, me aburrirá mucho.

—Sí tú lo dices…

Por meses, Kokoa no había querido decirle nada a Gohan. Al fin y el cabo, él era diez años mayor que ella y debía hacerse cargo de su vida. Pero lo notaba. Su rostro cadavérico; su falta de peso; su mirada enferma.

Su vida se estaba yendo en ese departamento.

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XIII.

—Lo que me cuentas suena terrible, hijo. No es para tomárselo a la ligera.

Gohan no había pensado decirle a su madre la verdad sobre el cambio tan abrupto de su vida, empero, ella había llorado por él.

—No deberías someterte a tanto ruido. Podrías empeorarlo.

Empezó a balancear su peso sobre el taburete de la cocina. Trató de pensar cualquier excusa para terminar con el tema. No debería de haber dicho nada.

—No lo entenderías —advirtió.

—Puedo intentarlo.

Gohan tomó distancia.

—Deberías ir a casa, mamá. Papá y Goten deben estar preocupados por ti.

—Tú también eres parte de mi familia y me preocupo por ti, hijo.

Le dio la espalda, tratando de ocultar la mueca de un llanto reprimido. Y es que el susurro era tan sólo el arañazo de su suplicio, tan solo una faceta de sus dificultades por vivir. Porque el tormento siempre estuvo en saber que quería Videl en verdad. Cuál era el verdadero sentido de su matrimonio. ¿Quiénes eran, en verdad, el matrimonio que vivía en el departamento de al lado y, del cual, hacía noches enteras no oía ni sus pasos a medianoche?

—Sálvame. Hace frío allí y también hay oscuridad.

—Esto tiene que parar. Nunca eres clara, Videl.

—Pero quieres ayudarme porque me amas, ¿no es así?

Gohan cerró los ojos con fuerza.

—Sabes que sí.

—No, no lo entenderías—sentenció—. Vete a casa, mamá.

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XIV.

Gohan no tenía vicios, no hasta ese día.

La noche anterior no pudo dormir. El susurro en sus oídos era fuerte.

Traía las bolsas descansando bajo sus ojos y un rojizo intenso que los pronunciaba.

Cuando Barry salió como de costumbre, en la mañana, fue a tocar a su puerta. Su vecina no contestó.

—Videl, por favor…

No hubo respuesta.

—Necesito que me digas que es esto —refunfuñó, su frente contra la puerta del departamento del matrimonio que hace meses lo traía demente—. Salvarte de algo frío y oscuro. Algo que me congelada los pies y me arrebataba el sueño. ¿Qué mierda significa todo eso?

Nadie contestó.

Dende estaba ocupado, Kokoa estaba en clases y no estaba relacionado con tanta fuerza a alguien más del complejo como para matar las siguientes horas hasta la noche.

Entonces corrió, corrió hasta algún punto desconocido y se perdió unas cuantas horas en los lugares más atroces que podía ofrecer la ciudad. Hubo azar, mujerzuelas, alcohol y cigarros que terminaron en su bolsillo cuando, horas más tarde, despertó en un callejón. Su cabeza bombeaba tan fuerte como su corazón.

—Mierda… —se reprendió. Incorporó su cabeza del suelo frío y miró hacia arriba tratando de adivinar la hora. Era el atardecer—. Nadie debe saber de esto. Nadie.

—¿Gohan…?

Estúpidamente, se giró a donde llamaron su nombre y descubrió a Kokoa mirando con preocupación.

—Mierda…

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XV.

—Trata de tomar una siesta, Gohan —le pidió Kokoa, con el tono más suave de su repertorio—. Cuando Dende salga de sus exámenes podemos ir por helado o no sé, lugares donde van ustedes. Nada que un documento falsificado no pueda hacer.

—Sabes que no puedo.

—Deberías —suplicó—. Trata…

Pero él se levantó de repente irritado, y exclamó.

—¡No te entrometas!

Ella retrocedió, asustada por su abrupto cambio.

—¿Crees que me hago esto con conocimiento de causa? —reprendió él.

—No, no quise decir eso…

—¿Entonces?

—Fue sólo una recomendación, Gohan. Te considero un amigo y me preocupo por ti —imploró con la mirada—. Barry va a hacer que termines como ella…

—¿Qué?

Kokoa huyó cuando dijo eso. Gohan escuchó la puerta cerrarse y soltó un suspiro, ya arrepentido de su arrebato.

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XVI.

—Gohan…

—Videl…

—¿Cuándo vas a salvarme?

—Ya no sé si quiero hacer eso— suspiro—. Solo me has quitado todo. Mi estudio, mi familia y mis amigos. ¿Qué tan miserable tengo que ser para salvarte?

—Tu no has sido sincero con ellos. Yo si he sido así contigo.

—Pero ¿qué crees que dirán si se enteran de que la esposa de uno de mis vecinos lleva meses susurrándome para que la rescate?

—No lo sé. Solo debes intentarlo, ¿no crees?

Gohan apretó los puños, imponente.

—¿Y no has intentado salvarte por tu cuenta? —cuestiono.

Videl tardó en responder.

—Créeme, lo intente.

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XVII.

Cayendo la noche, Gohan y Kokoa estaban sentados en la grada del recibidor, esperaban a Dende que por fin había acabado con su ciclo de exámenes. El moreno se había disculpado por su arranque en días anteriores y Kokoa había aceptado, solo diciendo.

—Pronto todo esto va a terminar. El viento va a dejar de soplar a su favor.

Gohan no había comprendido, pero tampoco quería discutir otra vez con su pequeña amiga. Prefirió callar.

—Me parece que ése es tu buzón, joven Gohan —comentó una voz. Gohan lo distinguió como el padre de Kokoa.

—Lo sé.

—¿No vas a abrirlo?

—Hoy no.

—Papá… —dijo Kokoa, hastiada de la insistencia de su padre.

—Solo digo que debe abrirlo, hija —apuntó con desdén—. ¿Todavía esperan a ese muchacho amante del clima?

El par asintió. El hombre suspiró.

—Tú deberías entrar a casa —expresó mirando a su hija. Ella la ignoró—. Y tú, deberías ir a un médico. Es evidente que no estás bien, joven Gohan.

Exhaló el humo de su cigarro, sin saber porque estaba fumando exactamente. Los susurros de Videl en su cabeza lo volvían más loco y la voz de su vecino no ayudaba.

—Estoy bien. No eres médico para darme un diagnóstico, pero gracias.

—No necesito serlo para ver que no estás bien.

—¿Entonces qué eres? —le miró con interés.

—Soy un vendedor de electrodomésticos. Aunque la última vez que vendí algo costoso fue un congelador para uno de nuestros vecinos. Era uno marca Hadley.

Gohan dejó caer el cigarrillo en ese momento.

—¡Miren, es Dende!

Y corrió.

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XVIII.

Meses atrás, Barry Kahn había asesinado brutalmente a su esposa Videl Kahn, Videl Satán era su nombre durante su soltería, a causa de un arranque de celos inexplicables. Según su testimonio, ella le era infiel en susurros incoherentes donde pronunciaba el nombre de un tal Gohan.

Por temor a arruinar su imagen pública como una estrella en ascenso, ocultó el cadáver de su esposa en un congelador que había comprado a un vecino del complejo departamental.

Lastimosamente, la hija del vendedor vio cómo arrastraba un cadáver una tarde.

—Habla y tu carrera, así como tu vida, terminaran —le había dicho a la menor. Ella había callado entonces.

Al tiempo, un sujeto se había mudado al departamento de al lado. Barry no se había dado el tiempo de saber ni siquiera su nombre, solo una vez lo vio cuando golpeó su puerta en la cara.

Supo era Son Gohan cuando entro con un equipo de policías a registrar su departamento. Aparentemente, era un asesino.

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XIX.

—¿Desde cuándo pasaba esto? —preguntó él, con la mirada ausente.

—Mucho antes de que tú llegaras.

Habían pasado tres días. Tres días desde que Barry Kahn había caído preso a causa de un vecino que, en un caso descrito como extraordinario, había descubierto el crimen junto a la única testigo.

—Llegamos a conocerlos bien. A Barry y Videl.

Gohan sorbió del café en vaso de plástico que Dende le había traído mientras apilaba algunas cajas.

—Parecían un matrimonio perfecto. Ella servicial con todos. Él serio, pero amable.

—Sin embargo, algo cambió —murmuró Gohan.

Kokoa asintió.

—De pronto él dejó de ser amable y saludar. Mi padre, con quien platicaba mucho, perdió contacto por algún tiempo.

—Empezaron a oírse ruidos y en un momento —Dende suspiro—. Todo desapareció.

Gohan dejó caer su cabeza, rendido. Kokoa tomo su mano con fuerza.

—Lamento haberte mentido cuando hablabas de Videl y lo que sentías. Pero, si decía algo, no sabía de lo que Barry sería capaz —su voz se oía débil, como aquel día donde él tuvo un arrebato—. Dende no te hizo conjeturas porque es creyente de que las almas a veces contactan a vivos para hallar su descanso eterno.

—Gracias…

Sorbió de su café y lloró.

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XX.

Cuando llegó la hora, se tomó su tiempo para salir. La sola idea de irse de allí significaba, de alguna forma, olvidarse de ese extraño enamoramiento que hubo entre él y Videl.

No quería pensar en ella como un alma en pena o fantasma. Ella había sido real.

Era de parte de él.

—Te vas… —murmuró Kokoa con tristeza.

Gohan asintió en silencio.

—Dijiste que estaría mejor en casa.

—Supongo que mi romance fantasioso con Dende te aburrió —quiso decir para aligerar el ambiente. El moreno sonrió—. ¿Te comenté alguna vez sobre mis vientos favoritos?

Gohan alzó las cejas, curioso.

—No, jamás.

Ella soltó una risita, traviesa.

—Son los de cambio.

—Y los míos los del ártico —Gohan cerró el departamento definitivamente y avanzó a la recepción seguida de Kokoa. Dende los esperaba en la puerta.

—Este lugar no será lo mismo sin ti —objetó el amante del clima abrazando a su amigo.

—Descuida, nos veremos en la universidad y probablemente los tres. Alguien pareció cambiar su interés últimamente.

Kokoa silbo, distraída. Ambos estudiantes carcajean.

Gohan se despidió una vez más de sus dos amigos y partió, quedarse un segundo más sería contraproducente. Bajó el último escalón, nada extraordinario sucediendo. El susurro había muerto hacía una semana, pero, lo extrañaba.

—Videl…

—¿Volveré a verte?

—Tal vez —alzó la vista a la ventana del departamento que había sido su hogar—. Tal vez.

—La próxima, no necesitarás salvarme.