—Estás inquieto otra vez, ¿qué te pasa? —preguntó Geese tranquilamente, sin apartar la mirada de la carta que escribía.

Billy ahogó un sonido de frustración. Tenía una mano metida en el bolsillo del pantalón, y sus dedos sujetaban con fuerza la nota que había encontrado esa mañana sobre la mesa de su habitación, junto al sansetsukon que estaba modificando.

Alguien había dejado un mensaje escrito en un trozo de papel, en el que se leía: "Apaga la luz antes de irte a dormir", y, un poco más abajo: "P.S. Asegura la puerta. Alguien podría entrar durante la noche".

El joven no estaba alterado por el hecho de que un intruso hubiese entrado al dormitorio sin que él lo notara, sino porque la caligrafía en que estaba escrito el mensaje era sospechosamente similar a la que en ese momento Geese utilizaba para escribir su carta.

Billy sacó el papel bruscamente y se lo mostró a su jefe.

—Encontré esto en mi habitación.

Geese le echó un vistazo al papel, y luego continuó con lo que hacía.

—Son recomendaciones razonables, espero las tomes en cuenta —comentó después de unos segundos.

El empresario no admitió haber escrito ese mensaje o haber visitado la habitación de Billy durante la noche. Sin embargo, el joven notó que la comisura de los labios de Geese estaba curvada en una imperceptible sonrisa.

—¡Geese-sama! —protestó, sintiéndose avergonzado de no haber percibido la cercanía de su jefe mientras dormía. Eso significaba que no había estado alerta, ¿no? ¿Geese iba a recriminarle el que su sueño fuera tan pesado?—. Si quería algo, debió despertarme —murmuró Billy, un poco molesto.

—No era nada importante.

—Pero…

—Dormías profundamente, no quise interrumpirte. —Geese hizo una pausa, alzando la mirada hacia Billy—. ¿Ya no tienes pesadillas? —preguntó.

Billy parpadeó, tomado por sorpresa.

—Muy pocas —respondió, sintiendo una inmediata gratitud hacia su jefe. Geese aún recordaba cómo habían sido sus noches cuando recién lo encontró, y las innumerables ocasiones en que había despertado asustado en la tranquila habitación del hotel en Londres.

—¿Pocas? —repitió Geese, enarcando las cejas.

Billy hizo un gesto para quitarle importancia.

—A veces este trabajo es estresante. Supongo que es normal —explicó, manteniendo su tono ligero y evitando mencionar que la última vez que había tenido pesadillas, había soñado con Geese ensangrentado en el suelo de la limosina—. No tiene de qué preocuparse —indicó—. La próxima vez, despiérteme, por favor.

Geese continuó mirando a su guardaespaldas, quien había dicho la última frase con una sonrisa. Billy no se había dado cuenta de que, con esas palabras, estaba sugiriendo que esperaba que aquella visita nocturna se repitiera.

Geese dio un suave "hm" como respuesta, sin hacérselo notar.


Como parte de los preparativos del torneo que estaba organizando, Geese se reunió con algunos nuevos contactos a lo largo de la semana. Su interés particular era conseguir que el evento fuese transmitido a nivel internacional, y los ejecutivos de la conocida cadena televisiva Satella se habían mostrado dispuestos a llegar a un acuerdo, si a cambio Geese les permitía hacer un reportaje sobre su conglomerado de empresas, y los diversos rumores que corrían sobre ellas.

La cadena quería un nivel de acceso a Howard Connection que Geese no planeaba darles, pero las conversaciones no habían sido descartadas del todo. Aún había posibilidades de encontrar un punto de equilibrio a satisfacción de ambas partes.

Por eso, aquella noche Billy se encontraba inmóvil, intentando pasar desapercibido de pie junto a la puerta de un espacioso salón de reuniones, en la ostentosa mansión que la familia Satel tenía en las afueras de la ciudad. Los dueños de esa propiedad eran también dueños del canal de televisión, y de otras cadenas de radiodifusión con presencia en todo el mundo. Billy no estaba del todo seguro, pero era posible que la fortuna de aquellas personas superara a la de Geese.

Los ejecutivos estaban sentados en amplios sillones de cuero negro, dispuestos a un lado de la sala, bajo un grandioso candelabro. El licor no había dejado de correr en toda la noche, y las voces y risas habían ido subiendo de intensidad. El tono profesional de la discusión había dado paso a un tira y afloja que era medio en serio y medio en broma, pero en el cual ninguna de las partes quería dar su brazo a torcer.

Geese sonreía con una frecuencia inusual, pero Billy podía ver que era de forma deliberada. Su jefe tenía una gran tolerancia al alcohol, y continuaba en perfecto control de sí mismo, a diferencia de sus anfitriones, que se mostraban cada vez más desinhibidos e irrespetuosos.

El grupo estaba compuesto de adultos, pero en la sala también había algunos chicos y chicas que disfrutaban del licor y los bocadillos que los camareros servían a todos los presentes. Los jóvenes eran sobrinos y nietos de los ejecutivos, que se encontraban de vacaciones y estaban alojados en ese lugar, acompañados de algunos amigos. Dos o tres de ellos hablaban con un inconfundible acento británico. Como típicas personas de su edad, observaban a los mayores divertidos, y luego cuchicheaban entre ellos, estallando en risas de cuando en cuando.

Billy rechazó por quinta vez el champagne que un camarero le ofreció, y contuvo un suspiro al sentir la mirada de los jóvenes sobre él.

Sus esfuerzos para pasar desapercibido no estaban funcionando, y no entendía por qué lo miraban con tanta insistencia. Esa noche él vestía adecuadamente para la reunión, por lo que podía descartar que los jóvenes se estuviesen burlando de su apariencia. Sabía que su traje estaba bien planchado e impecable, y había tenido cuidado de ajustarse la corbata al pasar frente a un espejo en el corredor. ¿Tal vez era porque tenía su bo extendido y apoyado en el suelo junto a él? La madera roja llamaba la atención y, con algo de pesar, Billy se dijo que tal vez habría sido mejor guardar su pañuelo en el bolsillo, en vez de atarlo alrededor del arma. Quizá los chicos miraban el bo con insistencia porque estaban intentando adivinar qué función cumplía ese trozo de tela.

Billy deseó con todas sus fuerzas que ninguno se le acercara a buscarle conversación.

Por fortuna, los adultos se pusieron de pie en ese momento, y ofrecieron una distracción. Los ejecutivos hicieron gestos para que los adolescentes se les unieran, y hubo una breve ronda de presentaciones y apretones de manos y besos en mejillas.

Billy frunció el ceño, atento a los que se aproximaban a saludar a Geese-sama. Las chicas se mostraron un poco tímidas y se retiraron pronto, pero un muchacho se quedó a charlar con él, haciendo todo tipo de preguntas sobre el torneo que Geese pensaba organizar. Se veía sinceramente interesado, y su jovial emoción pareció complacer a Geese.

De improviso, el joven puso su mano en el brazo de Geese y Billy sintió que sus músculos se tensaban. Por reflejo, quiso ir a apartarlo. Pero alcanzó a contenerse, porque el joven no estaba haciendo nada malo. Sólo estaba hablando, no representaba ninguna amenaza.

Con creciente incomodidad, Billy contempló al joven. ¿Cuántos años debía tener? ¿Dieciséis? Su cabello era rubio y corto y sus ojos celestes. Su complexión no era delgada, pero al lado de Geese se veía como una figura delicada. Llevaba una camisa sin adornos, con las mangas dobladas dejando ver la piel pálida de sus brazos, y unos jeans cuidadosamente desgastados. Al hablar, usaba un inglés británico aristocrático y perfecto.

Sujetando su bo con fuerza, Billy se dijo con burla que ese chico podía ser él, años atrás, si hubiese nacido en una familia acaudalada y hablara con un presuntuoso acento posh.

Como si hubiese notado su mirada, el chico se volvió hacia él, lo señaló con curiosidad, y luego hizo una pregunta que Billy no alcanzó a escuchar. Sin embargo, reconoció las palabras en los labios de Geese cuando éste dijo: "Es sólo mi guardaespaldas".

El chico rio como si eso le hiciera gracia, y Geese lo observó con una sonrisa tenue en sus labios.

Billy sintió que un extraño e intenso calor lo invadía y aumentaba, nublando sus pensamientos.

Hasta esa noche, nunca había reparado en lo extraño que Geese se veía al estar acompañado de un chico más joven que él. Inconscientemente, había asumido que Geese no tendría interés en relacionarse con ninguna persona de esa edad.

Billy apretó los dientes, sin poder desviar la mirada mientras el joven se inclinaba hacia Geese y murmuraba algo señalando hacia las puertas abiertas que daban al balcón. Billy se sintió aturdido cuando Geese hizo un gesto afirmativo y siguió al joven, escuchando su conversación con interés.

Sin tardanza, Billy fue tras ellos, furioso consigo mismo porque ahora sabía qué era lo que estaba sintiendo… y sentir eso era ridículo. Geese podía hablar con quien quisiera. El chico estaba mostrando una actitud innegablemente provocativa, pero Geese era libre de recibir los avances de cualquier persona que quisiera conversar o flirtear con él. No había nada que Billy pudiera hacer o decir al respecto. Se suponía que tenía ese tipo de emociones bajo control.

Billy pensó en las mujeres con las que Geese había salido en esos últimos años. Recordó a Marie Heinlein y lo desagradable que había sido tener que estar presente durante esa cita. Pero lo que había sentido esa noche en la ópera no se comparaba con lo que sentía al ver a Geese recibiendo las atenciones de otro hombre.

Ahogando una maldición, Billy se pasó una mano por el rostro, diciéndose que debía concentrarse en el trabajo. Geese debía tener algún propósito en mente. Quizá iba a usar a ese chico para poder convencer a los ejecutivos a hacer su voluntad. Que hablara con él no significaba que estuviera disfrutando del momento.

¿O sí?

Billy desvió la vista hacia su jefe. La expresión complacida de Geese continuaba ahí, la sonrisa amable, su intensa mirada.

"Esto es estúpido", se dijo Billy en silencio, esforzándose por reprimir lo que sentía.

Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano. En esos últimos meses, el contacto con Geese se había vuelto frecuente y, aunque eran simples caricias, o tan sólo sentir el peso de la mano de su jefe contra su espalda, cada toque era hecho en la intimidad de un momento que sólo ellos dos compartían. Ver a Geese tan cerca de alguien más lo estaba afectando de una manera que no había esperado.

Los pensamientos de Billy se interrumpieron cuando Geese lo observó por un breve instante.

Y luego la atención del empresario volvió a la conversación que sostenía con el distinguido muchacho inglés, y Billy se resignó a que aquella fuera otra larga noche de trabajo.

Mientras observaba cómo el adinerado e incauto muchacho flirteaba descaradamente con su jefe, Billy se refugió en recuerdos más agradables, y su mente volvió a aquellas lejanas noches en Londres, cuando acababa de conocer a Geese. Pensar en todos los momentos que habían compartido desde entonces hizo que su molestia amainara, y que una calma se asentara sobre él.

Las cosas que Geese hacía usualmente tenían un propósito, y esa noche no era una excepción. El empresario quería alcanzar un acuerdo con los directivos del canal, pero sin dar mucho de sí a cambio. Debía tener un plan en mente para utilizar al joven que mostraba tanto interés en él y su torneo.

Billy se obligó a observarlos, suprimiendo el fastidio que le producía ver a ese chico cerca de su jefe. Procuró mantenerse tranquilo y estudiar la escena con frialdad.

El muchacho rubio hablaba medio inclinado hacia Geese, pero el empresario mantenía su distancia y se llevaba un cigarrillo a los labios. Geese prestaba cortés atención, pero en ningún momento había correspondido los suaves toques del muchacho en su brazo.

Desde su posición junto a la puerta del balcón, Billy no podía oír lo que hablaban, pero podía ver a Geese perfectamente. Por su parte, él no tenía necesidad de simular no estar prestando atención. Geese sabía que él siempre iba a estar cerca, incluso durante conversaciones personales, a menos que le diera una orden de retirarse.

Como si hubiera percibido sus pensamientos, Geese volvió a mirarlo, tan fijamente que su joven interlocutor se dio cuenta de que no le estaba prestando atención. El chico se volvió, buscando la razón de la distracción de Geese, y sonrió encantador al darse cuenta de que se trataba de Billy. Incluso hizo un gesto con la mano para que Billy se les uniera.

Billy entrecerró los ojos, pero percibió una orden silenciosa de parte de Geese. No debía responder a la invitación ni acercarse.

¿Qué pretendía hacer su jefe?

Billy permaneció donde estaba. Geese tenía esa extraña costumbre. Establecía un objetivo, y, mientras trabajaba para lograrlo, buscaba una manera de entretenerse. Demostrar la naturaleza predecible de las personas era algo que le producía una particular satisfacción, y esa noche Geese parecía haber decidido divertirse a costa del muchacho inglés.

Eso era lo mismo que Geese había intentado hacer con él en Londres, y Billy había concluido que el empresario veía a las personas como si fueran piezas de un juego. Geese movía las piezas hacia una situación determinada, y luego esperaba a ver cómo reaccionaban.

Billy se había dado cuenta de ello muchos años atrás, mientras volvían al hotel en la capital inglesa, después de que Geese matara a ese hombre llamado Smith en un parque vacío. Geese se había mostrado muy satisfecho durante todo el camino de vuelta, y Billy no se había atrevido a hablarle. Sólo había pensado una y otra vez en lo acontecido.

¿Por qué Geese había matado a ese hombre? Si hubiese querido castigarlo por el intento de robo, podría haberlo despedido, o podría haberlo entregado a la policía. ¿Por qué matarlo?

La conclusión a la que había llegado era simple: Geese había usado a Smith como un ejemplo para que él supiera que, bajo el traje elegante y el hablar distinguido, Geese era un criminal y un asesino.

Lo importante no había sido el castigo de Smith, sino que Billy viera su ejecución.

De igual manera, la participación de Billy no había sido necesaria. ¿Por qué permitirle llevar el reloj? ¿Por qué simular entregarlo, si Smith iba a acabar muerto de todos modos?

Sin poder encontrar una respuesta satisfactoria, Billy había interrogado a Geese al respecto unos días después, y el empresario había sonreído.

"Por un momento de satisfacción", había explicado.

"¿Querías darle un momento de felicidad antes de morir?" había preguntado Billy, desconcertado.

Geese había reído ante su candidez.

"La satisfacción de hacer sus ambiciones realidad, y, en ese mismo instante, arrebatárselas".

Billy había mirado a Geese, turbado, y el empresario había vuelto a hablar:

"¿Crees que fue algo cruel?"

Billy había asentido.

"Bien", había dicho Geese, manteniendo su sonrisa. "Entonces el mensaje está claro".

Recordando aquella conversación con una mezcla de afecto y frustración, Billy observó a su jefe.

En Londres, Billy había temido lo que Geese pudiera hacer con él y Lilly, pero quien realmente se estaba arriesgando al acoger a dos completos desconocidos era Geese. ¿Qué seguridad tenía de que no lo iban a traicionar? ¿Cómo podía saber que Billy no acabaría intentando robarle parte de su fortuna?

Era por eso que Geese le había mostrado cómo mataba a alguien. Había sido una forma de intimidarlo.

Pero no había funcionado, porque Billy sabía que él nunca haría nada para perjudicar a Geese.

No se había sentido amenazado. Equivocadamente, él había tomado aquella muerte como una muestra de confianza. Geese le había revelado su verdadera naturaleza, y Billy se había sentido agradecido.

Y, ahora, nada de lo que Geese le mostrara haría cambiar el aprecio que Billy sentía hacia él.

Al contrario, parecía que su afecto no haría más que aumentar, en especial después de haber sentido las caricias de Geese, y su adictiva cercanía.

Si todo lo que Geese hacía tenía un propósito, ¿cuál era la razón para las caricias de su jefe? ¿Era algún tipo de prueba? ¿Un juego?

"Sé que te dije que no me acostumbraría…", pensó Billy, mirando a Geese. "Pero…"

El joven no completó el pensamiento y sonrió para sí apesadumbrado.


No hablaron en el trayecto de vuelta a la Geese Tower.

La reunión de negocios se había convertido en una noche de ineludible socialización, y se había hecho tarde sin que Geese pudiera cerrar ningún acuerdo. El único resultado concreto que había obtenido era su nueva "amistad" con Joseph Satel, el muchacho inglés.

Billy observaba el paisaje nocturno por la ventana de la limosina con aire decaído. Eran casi las dos de la mañana y aún tenían una hora de camino por delante. Billy debía acompañar a Geese al penthouse, y luego volver a su habitación, donde probablemente no iba a poder conciliar el sueño, porque su cabeza estaba llena de frustrantes pensamientos.

No iba a negarlo. Ver a Geese cerca de otro hombre que claramente mostraba interés en él lo había hecho reaccionar de una forma imprevista. Había sentido celos, y también una intensa amargura, porque una de las muchas cosas que nunca iba a poder hacer era exigirle a Geese que no permitiera que alguien volviera a acercársele.

Desde que trabajaba para Geese, Billy lo había visto interactuar con un sinnúmero de personas, pero nunca así, no con ese tipo de interés de por medio. Como su jefe sólo salía con mujeres, Billy había concluido que tal vez Geese no tenía interés en hombres. Pero, después de esa noche, había podido comprobar que, si bien Geese no parecía interesado, tampoco se mostraba reacio a ese tipo de proximidad.

Billy frunció el ceño, con desprecio dirigido hacia sí mismo. Obviamente a Geese no le molestaba esa proximidad. De lo contrario nunca le habría acariciado el cabello, ni lo habría atraído contra sí mientras miraban el paisaje de la ciudad desde la terraza del rascacielos, ni mucho menos habría rozado la piel descubierta de su espalda, aquella vez que Billy no había vestido una camiseta.

El problema era que, ingenuamente, él había querido creer que a Geese le gustaba estar así sólo con él.

Con disimulo, Billy observó a su jefe a hurtadillas. Geese estaba con los brazos cruzados y los ojos cerrados, pero no dormía. Se veía un poco fastidiado por aquella improductiva noche. La brisa del balcón había desordenado sus cabellos rubios, y algunos cortos mechones caían sobre su frente. Las intermitentes luces de la carretera acentuaban las líneas de su rostro.

Billy se preguntó cómo se sentiría extender una mano hacia ese rostro, y acariciar la mejilla de Geese. O rozar ese cabello que solía estar peinado con tanto cuidado.

Cuando estaban entrenando, Billy no tenía reparos en golpear a su jefe, o intentar sujetarlo para lanzarlo al suelo, o hacerle perder pie. Pero, en momentos tranquilos como ése, era como si una barrera le impidiera acercarse.


Cuando llegaron al penthouse, Billy fue detrás de Geese, y recogió las prendas que el empresario dejó caer descuidadamente sobre uno de los sillones. El ligero abrigo desprendía un intenso olor a humo de cigarro y Billy hizo un leve gesto de desagrado, pero no comentó nada. Se dirigió al armario que estaba en el pasillo, y colgó las prendas en un rincón, alejadas del resto. Debía ordenar que las llevaran a la tintorería por la mañana.

Al volver a la sala, Geese estaba de pie frente al minibar.

—No sería recomendable que siga bebiendo licor. Puedo preparar un poco de té —ofreció Billy.

Geese asintió. No había hablado en todo el camino de vuelta, y Billy tuvo una sensación extraña, como si Geese estuviera molesto con él.

El joven se dirigió a la cocina y preparó un poco de té blanco. Regresó a la sala llevando una tetera y una taza en una bandeja.

Geese se había sentado en el sillón y lo siguió con la mirada mientras Billy dejaba la bandeja sobre la mesa de centro.

—En unas horas debemos estar en la oficina. No tiene sentido que regreses a tu dormitorio. Sería mejor que pases la noche aquí —indicó Geese.

Billy asintió, sorprendido, y se sentó en el borde del sillón y consiguió no derramar el té mientras lo servía.

—No es necesario que usted se levante temprano —respondió, sonriendo para ocultar su súbito nerviosismo ante la inesperada invitación—. Puedo posponer los temas en su agenda por algunas horas.

—No te he pedido que lo hagas.

Billy asintió nuevamente, y luego se quedó completamente quieto, porque Geese puso una mano en su barbilla y lo hizo volverse hacia él.

El empresario examinó su rostro con aire crítico, mientras Billy contenía la respiración, sin entender qué estaba sucediendo.

—Geese-sama… —murmuró.

Geese estaba serio y asintió para sí mismo.

—Ahora que has crecido, supongo que algunos podrían considerarte atractivo.

Sin comprender a qué se debía ese comentario, Billy intentó alejarse para ocultar el rubor que estaba comenzando a encender sus mejillas, pero Geese lo retuvo en su lugar, sonriendo con malicia al ver su reacción.

—¿Te consideras atractivo, Billy? —preguntó Geese en voz baja, y Billy se apartó bruscamente. ¿Por qué Geese se estaba burlando de él?

Sin proponérselo, Billy pensó en Geese en el balcón, y en el rico muchacho inglés.

Ese chico sí había sido atractivo y al parecer a Geese le había agradado. ¿Acaso el empresario iba a empezar a compararlos?

—No veo cómo esa pregunta es relevante para mi trabajo, Geese-sama —respondió Billy, recuperando el control y encogiéndose de hombros.

—Podría llegar a ser relevante.

—No sé a qué se refiere —murmuró Billy con aspereza.

—¿Oh? ¿No lo notaste? —preguntó Geese, la sonrisa aún en sus labios.

Billy miró en los ojos de su jefe, y se sorprendió al ver un brillo entretenido en ellos, y no la cruel burla que estaba esperando. Resignado, Billy exhaló y se calmó.

—Noté que el muchacho británico que conoció esta noche le agradó bastante. Supongo que su pregunta tiene algo que ver con eso.

—Así es —asintió Geese—. Le causaste una profunda impresión. Se pasó la noche queriendo saber más de ti. —Billy entreabrió los labios, pero no encontró cómo responder, y Geese continuó—: Se me acercó porque quería que te presentara. Le respondí que sólo eras un guardaespaldas, pero eso no le importó.

Los pensamientos de Billy se nublaron. Nada de lo que Geese decía tenía sentido.

Con una risa baja, Geese continuó:

—Es la primera vez que alguien le presta más atención a mi guardaespaldas que a mí.

—Pensé que… estaban hablando del torneo…

—En parte. Con preguntas intercaladas sobre de qué región de Inglaterra eres, cómo nos conocimos, si podrías trabajar para él en tus días libres…

—¡Geese-sama! —protestó Billy, porque aquello debía ser una broma.

Sin embargo, el empresario continuó:

—Pensé en lo útil que sería si entablaras amistad con ese muchacho, e influyeras en las decisiones de su familia para cerrar este acuerdo sobre el torneo de una buena vez.

—Si es lo que quiere que haga… —respondió Billy como era su deber, aunque la idea no le agradaba en absoluto.

—No es una orden —dijo Geese, negando con la cabeza, dejando de sonreír y alzando una mano para posarla en la mejilla de Billy.

El joven se quedó quieto, porque vio una sombra de molestia pasar por el rostro de su jefe. Y luego continuó inmóvil, porque Geese hizo una caricia en su mejilla, lenta, extrañamente reconfortante.

—Es más, no es una posibilidad —continuó Geese, bajando la voz, su mirada endureciéndose.

—¿Por qué…? —preguntó Billy. ¿Había estado tan ofuscado con sus celos que no se había dado cuenta de que el muchacho había ofendido a su jefe de alguna manera?

—Eres mi guardaespaldas, no trabajas para otros —dijo Geese con lentitud—. Le dije que me perteneces —continuó Geese contemplativo, recorriendo la mejilla de Billy con un dedo hasta llegar a la comisura de sus labios entreabiertos.

Billy se sintió mareado por aquellas inesperadas palabras, la caricia en su rostro tan cerca de sus labios, la dicha indescriptible que Geese le producía al hablar así…

¿Qué hacer…? ¿Cómo responder…?

Billy bajó la mirada, controlando sus intensas emociones.

Desde el comienzo, había sido honesto con Geese. Ahora sus sentimientos eran distintos, pero su honestidad no tenía por qué cambiar.

—Sí —respondió suavemente, girando su rostro despacio, hacia la caricia.


La respuesta de Billy a su "me perteneces" fue un suave y cándido "sí", pronunciado con un tenue regocijo que Geese no había esperado.

El joven había apoyado la mejilla contra la palma de su mano, y mantenía los ojos cerrados y el rostro bajo, rehuyendo su mirada sin romper aquel contacto.

Geese acarició la cálida y sonrosada piel con un dedo, y sintió la tibia exhalación de Billy cerca de su muñeca.

Hasta ese momento, Geese no había conocido a una persona que aceptara pertenecer a otro hombre con tan honesta simplicidad. Antes de encontrar a Billy, tampoco había pensado en alguien como una "pertenencia", o algo "de su propiedad". Tenía empleados y subordinados, pero todos ellos estaban ahí porque recibían un sueldo, y, cuando decidieran abandonar el trabajo, Geese los reemplazaría y no los echaría en falta.

Pero ninguno de esos subordinados había sido encontrado personalmente por él. No los había buscado por días en una ciudad lejana, ni les había ofrecido un mejor porvenir. No le habían hecho sentir molestia ante la posibilidad de que fueran "dañados", y no los había visto cambiar poco a poco de un niño receloso que no le permitía tocarlo, a un joven que disfrutaba profundamente al ser acariciado.

Con Billy a su lado, el paso de los días había sido imperceptible. De no ser por lo sucedido aquella noche, Geese probablemente habría continuado sin notarlo, porque no se trataba de algo a lo cual él diera importancia.

En lo concerniente a su guardaespaldas, él se daba por satisfecho con ver que Billy había resultado ser un empleado útil y capaz. La dedicación de Billy hacia él había superado sus expectativas. Las molestias que se había tomado en Londres para poder traer al muchacho consigo a South Town habían valido la pena.

Pero, mientras él se enfocaba en los beneficios de contratar a Billy, el muchacho que había recogido en Londres se había convertido en un hombre adulto, y él no lo había notado de forma consciente, porque Billy seguía mostrando una actitud similar a la de años atrás, con su franqueza y sencillez, y sus respuestas impulsivas e impremeditadas.

Sin embargo, las personas que los rodeaban veían a Billy de un modo distinto. El personal que trabajaba en el rascacielos estaba dividido entre los que lo envidiaban y los que habían aprendido a respetarlo. Los hombres que estaban bajo las órdenes de Billy le obedecían sin titubear. Incluso había un pequeño grupo de empleados fácilmente impresionables que habían tomado como ciertos los rumores sobre la personalidad violenta de Billy, y ellos mostraban un abierto temor hacia el joven.

La existencia de ese último grupo resultaba divertida, pero las cosas no acababan ahí.

Al parecer, ahora había algunas personas que consideraban que Billy era atractivo.

No, no solamente atractivo. Muy atractivo. Hasta llegar al extremo de ofrecer dinero por él.

Esa noche, Geese había accedido a asistir a una reunión con la familia Satel, pero no había tenido grandes expectativas sobre el resultado de la conversación. Los acuerdos comerciales se cerraban en entornos más formales, sin grandes cantidades de alcohol de por medio y, ciertamente, sin la presencia de los nietos adolescentes de las partes interesadas.

Sin embargo, Geese no había tenido más opción que aceptar la invitación, porque los negocios eran así. Debía ganarse el favor de los otros empresarios. El que la cadena pidiera acceso a Howard Connection era una molestia, pero Geese sabía que podía encontrar una manera de hacerles reconsiderar sus términos.

Cuando Joseph, el nieto más joven de los Satel, se le acercó para conversar y mostró interés en el torneo, Geese atisbó una oportunidad. Los hijos de familias ricas estaban acostumbrados a ser consentidos. Si convencía a ese chico de que el torneo se beneficiaría de una transmisión a nivel mundial…

Sin embargo, el muchacho no tardó en revelar que, esa noche, su interés estaba puesto más en Billy que en sostener una charla de negocios. Quería saber más sobre el joven, sobre cómo y por qué Geese lo había contratado. Descaradamente, le había pedido que los presentara.

Geese había ocultado su desconcierto y, en un instante, se había dado cuenta de que no era necesario ganarse a ese muchacho por sí mismo. Billy podía hacer ese trabajo; manipular a Joseph Satel, y conseguir el mismo resultado. El objetivo era convencer a los ejecutivos, y dejar de perder valioso tiempo. Si Billy podía encargarse de eso, tanto mejor.

Pero, al mirar a Billy, de pie a unos pasos de distancia, Geese había sentido una extraña molestia. Su guardaespaldas esperaba vigilante, atento a cualquier gesto suyo, y se veía distinguido esa noche, porque Billy se había arreglado con esmero para estar a la altura de lo que los ejecutivos esperaban. No se veía como un subordinado, sino como un invitado. Incluso resaltaba más que otras personas, porque sostenía su bo rojo en una mano, y, por algún motivo que Geese desconocía, había amarrado su pañuelo en el arma, y su presencia atraía inevitablemente la atención.

Geese sabía que bastaba una orden para que Billy entablara una exitosa amistad con Satel. La naturaleza de Billy era agradable cuando no estaba desempeñándose como guardaespaldas. Iba a poder ganarse a ese muchacho en cuestión de segundos.

Pero, extrañamente, saber eso no le complacía. Le molestaba.

El que el joven Satel bromeara con pagar dinero por el tiempo libre de su guardaespaldas hizo que Geese descartara por completo la idea.

En el balcón, Geese había contemplado a Billy, quien le había devuelto la mirada, ignorante de la conversación que estaba teniendo lugar, y de que alguien acababa de ofrecer dinero por él. Bajo otras circunstancias, Geese habría priorizado el negocio y accedido, pero, al mirar a Billy, no lo había visto como un simple objeto que podía cambiar de manos por un poco de dinero. Billy era suyo, una pertenencia que no pensaba compartir.

Satel se había dado cuenta de que estaba ignorándolo por observar a Billy y había aprovechado la oportunidad para invitar a Billy a unirse a la conversación, pero Geese había hecho un ademán negativo y Billy se había quedado donde estaba, obediente.

Varios minutos más tarde, Satel había continuado insistiendo y Geese había perdido la paciencia y, de forma cortés y tal vez un poco amenazante, le había aclarado que Billy le pertenecía, y que no iba permitirle trabajar para nadie más.

Había sido extraño actuar de una manera tan impropia… a causa de Billy.

Ver a otro hombre interesado en su guardaespaldas había incitado una reacción inesperada.

Geese continuó acariciando la mejilla de Billy, con el joven cada vez más inclinado hacia él, sus ojos aún suavemente cerrados.

¿Qué pasaba por la mente de Billy en ese momento?

Las preguntas que Geese no había formulado en esos años porque eran irrelevantes para el trabajo comenzaron a emerger, mientras observaba a su subordinado. La vida social del joven fuera de la oficina era casi inexistente. Geese sabía que Billy no tenía amigos cercanos y que pasaba el tiempo libre con su hermana. Durante la época en que tuvo a Billy vigilado, nadie reportó que saliera con alguien o que hubiese conseguido una pareja. Geese no había preguntado por las preferencias del joven, pero, por la manera en que Billy se dejaba acariciar, estaba claro que ya no le molestaba que un hombre lo tocara.

Pero… ¿un hombre? ¿O sólo él?

Cuando esas caricias habían empezado, y cuando Billy las había aceptado y había comenzado a disfrutar de ellas, Geese no había pensado demasiado en lo que estaba haciendo. Pero ahora se daba cuenta de que Billy era un adulto que se dejaba acariciar así. Y los adultos no se conformaban con unas castas caricias.

¿Qué era lo que Billy quería?

Las experiencias que había sufrido durante su niñez en Londres podían haberlo marcado profundamente. Tal vez el joven no quería nada más que eso.

Sin poder evitarlo, Geese se preguntó si el joven se dejaría tomar. Si Billy se negaba… ¿cedería ante una orden directa? ¿Lo miraría con la misma desesperada resignación con que lo había mirado en Londres?

Aquellos pensamientos hicieron que Geese detuviera su caricia abruptamente y apartara su mano.

¿Acababa de pensar en poseer a Billy?

El joven abrió los ojos despacio, pero se quedó muy quieto al notar que Geese lo miraba con fijeza.

—¿Qué opinas de todo esto? —preguntó Geese con voz sosegada, velando sus pensamientos—. No es conveniente que distraigas a mis asociados con tu… atractiva presencia. —Las últimas palabras fueron dichas como una intencional burla y Billy apartó la mirada, pero no intentó alejarse de Geese. Al cabo de un rato, Billy sonrió débilmente.

—Es un alivio —confesó, mirando a Geese de soslayo.

—¿Por qué?

—Durante toda la noche, pensé que ese chico estaba flirteando con usted. —A eso siguió un avergonzado silencio y la sonrisa de Billy se tornó en una de culpabilidad.

—¿Qué te hizo pensar esa tontería?

—La insistencia en tocarlo —respondió Billy—. Y no era realmente necesario acercar tanto su rostro al hablar, ¿no cree?

Geese frunció el ceño.

—Tus funciones no incluyen preocuparte por ese tipo de detalles —reprochó—. Concéntrate en tu deber.

Billy se estremeció y se apartó, poniéndose de pie.

—No se preocupe, cosas como ésa no afectan mi trabajo —aseguró con voz firme, en una sencilla concesión cargada de significado.

—Bien. Porque eres mi subordinado. No pierdas el tiempo pensando necedades —señaló Geese levantándose también.

Aquella severa afirmación iba dirigida en parte hacia sí mismo.

—Conozco mi lugar, Geese-sama —dijo Billy de inmediato, sin dudar—. No ha afectado mi desempeño hasta ahora, y no lo hará en el futuro.

Billy lo miraba con sus ojos celestes intensos, asegurándole que lo que decía era la verdad.

Geese imaginó al joven observando de esa manera a cualquiera que no fuera él —hombres, mujeres, no había diferencia— y una desagradable molestia volvió a agitarse en su interior.

Sin meditar en lo que hacía, Geese extendió su mano y la puso tras el cuello de Billy, sintiendo los cortos cabellos rozando sus dedos. Atrajo al joven hacia sí de forma un poco brusca y Billy instintivamente opuso resistencia, pero no la suficiente para evitar que sus cuerpos se tocaran.

Geese mantuvo al joven contra sí, una mano tras su cabeza, sujetándolo por los cabellos, la otra tras su espalda, inmovilizándolo contra su pecho. Billy estaba tenso, pero no forcejeó. Al cabo de unos segundos, Geese lo sintió apoyar su peso contra él.

—Geese-sama —murmuró Billy, sin entender a qué se debía ese gesto, pero correspondiéndolo tímidamente, y rodeándolo con sus brazos.

Abrumado, Billy estrechó a su jefe, lentamente al inicio, y luego cada vez con más fuerza. Había recibido caricias de parte de Geese muchas veces, pero no había sabido cómo retribuirlas, porque había una imaginaria barrera que evitaba que él tocara a Geese con la misma soltura que el empresario mostraba.

Sin embargo, ahora, con ese abrazo, finalmente podía corresponder el gesto. Podía estrechar a Geese con fuerza contra sí. Quería que Geese sintiera su agradecimiento, que supiera cuánto le gustaba estar así, que entendiera cuánto había llegado a estimarlo.

Geese acarició el cabello de Billy al sentir la manera en que el joven lo estrechaba. Era la primera vez que alguien lo sujetaba así, como si Billy quisiera fundirse contra él y jamás separarse.

—Yo te encontré, eres mío —dijo Geese en voz baja y pausada, como si dijera un secreto cerca del oído de Billy—. Pero este tipo de emociones son una muestra de debilidad.

Billy negó, apoyando su frente contra el hombro de Geese.

—Pero yo no soy débil, Geese-sama.

Aquella réplica, dicha con un tono cortés pero firme, hizo que Geese reconsiderara sus palabras. Billy tenía razón. El joven no era débil. Ninguno de los dos lo era.

Geese mantuvo a Billy contra sí por largos segundos, recorriendo su cabello y su cuello con una caricia reflexiva y cadenciosa. Billy parecía que no iba a apartarse nunca, pero lentamente el joven se dio cuenta de que estar abrazado a su jefe por tanto rato resultaba embarazoso.

Cuando Billy alzó el rostro, Geese volvió a hacerse la pregunta de minutos atrás. ¿Estaba comenzando a considerar ir un poco más allá con el joven? No esa noche, ni en las que siguieran, pero… ¿en algún momento?

¿Billy había comenzado a despertar ese tipo de deseos en él? ¿O sólo era una consecuencia de unos fugaces celos?

Geese no era un hombre que cediera tan fácilmente a ese tipo de impulsos. En vez de complicar la relación con su subordinado, podía tomarse un tiempo y dejar que el asunto cayera en el olvido.

Sin embargo, ahora sentía cierta curiosidad por ver la reacción de Billy. Tal vez el joven se ofendería. Tal vez se negaría.

Tal vez aceptaría, sin necesidad de insistir, y sin que tuviera que ordenárselo…

¿Cómo saberlo?

Acunó la mejilla de Billy en silencio, y el joven le sostuvo la mirada y guardó silencio, con esa actitud que solía mostrar en momentos de intimidad como aquél.

Billy siempre parecía estar a la espera de algo. Un gesto, una caricia, una orden.

—¿Qué es lo que realmente quieres, Billy? —preguntó Geese en voz baja.

Billy titubeó, y Geese supo que su guardaespaldas no iba a responder, justamente porque era su mejor empleado. Billy conocía su lugar y no iba a importunarlo hablándole de sus sentimientos.

Sin embargo, aunque no hubo una respuesta con palabras, Billy alzó una mano y tocó la que Geese mantenía contra su mejilla. Los dedos de Billy eran como los suyos, fuertes y un poco ásperos debido a las horas de trabajo y entrenamiento.

Pero aquella aspereza quedó olvidada cuando Billy giró su rostro lentamente y Geese sintió los labios suaves del joven rozando el interior de la palma de su mano. El beso fue tibio y ligero, muy breve, pero dejó un cosquilleo sobre su piel que perduró hasta después de que Billy se apartó.

El joven retrocedió un paso, con las mejillas sonrojadas y culpabilidad en su semblante.

—Me retiraré para dejarlo descansar, Geese-sama. Buenas noches —anunció el joven atropelladamente, antes de dar media vuelta y dirigirse al ascensor.

—Billy —llamó Geese al ver que el joven estaba huyendo.

Billy se detuvo, pero fue sólo para hacer una profunda inclinación como despedida, y luego subió al ascensor, y Geese lo oyó presionar repetidamente el botón para cerrar las puertas.

En vez de disgustarse con el joven, Geese lo dejó ir y contempló la palma de su mano, donde Billy lo había besado. Sin usar palabras, Billy le había dicho lo que quería.

Geese se encaminó a su habitación, donde siguió su rutina nocturna mecánicamente, mientras cavilaba sobre el extraño giro que habían dado sus planes. ¿Cuál había sido su error? ¿Debía haber tratado a Billy con más severidad?

Pero… ¿había sido realmente un error?

Irritado consigo mismo y sus pensamientos que daban vueltas en círculos, Geese decidió que no quería dormir. Pronto amanecería, y no valía la pena acostarse. Podía iniciar ese día temprano, avanzar algo del trabajo que había tenido que dejar pendiente la tarde anterior, por asistir a la infructuosa reunión con los ejecutivos de la televisora.

Geese se vistió y minutos después tomó el ascensor al piso inferior. Caminó por las oficinas desiertas, iluminadas tenuemente por las luces de los corredores. El silencio era absoluto, pero, a medida que se acercó a su despacho privado, notó que no estaba solo.

Había alguien dentro. Una presencia familiar que siempre permanecía cerca de él.

Sin hacer un sonido, Geese entró en la oficina.

Encontró a Billy sentado en uno de los sillones, en la oscuridad, inclinado hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas, y los dedos entrecruzados frente a sus labios. Sus hombros estaban rígidos y sus ojos llenos de preocupación.

Geese encendió las luces, y se dirigió a su escritorio, ignorando el sobresalto del joven. Enfocó su atención en los documentos que cubrían la mesa, y no dijo nada al oír el suave suspiro agobiado de Billy y el ruido que el joven hizo al ponerse de pie.

—Aún es muy temprano para trabajar, Geese-sama —dijo Billy, observándolo desde los sillones.

Geese no respondió.

Resignado, Billy fue a preparar una taza de café, porque esa mundana actividad siempre proveía algunos minutos en que podía aplazar encarar a su jefe.

El silencio en la oficina era opresivo. Geese no se veía molesto por su atrevimiento, pero no le estaba dirigiendo la palabra. Ni siquiera lo había mirado.

¿Cómo debía tomarse eso? ¿Estaba en problemas?

Le preocupaba que el empresario estuviera disgustado con él, pero, al mismo tiempo, no se arrepentía de lo que había hecho. Acariciar la piel de Geese con sus labios había sido placentero. Incluso en medio de su incertidumbre, sabía que, de presentarse la oportunidad, quería volver a repetir ese gesto.

Con dedos temblorosos, Billy se tocó los labios y cerró los ojos con fuerza. No sabía por qué había hecho eso. ¿Había sido por las provocaciones? ¿Por los celos intensos que había experimentado aquella noche?

Se suponía que tenía sus sentimientos bajo control. Había asegurado que no interferirían en su trabajo…

Pero no había estado trabajando en el momento en que todo ocurrió…

Y, para empeorar las cosas, ahora sabía que no eran sólo las manos de Geese las que quería besar…

Billy respiró profundamente, porque necesitaba calmarse antes de acercarse a Geese-sama. Algunos pensamientos recurrentes que había intentado ignorar por años daban vueltas en su cabeza.

Estaba recordando una de las conversaciones que había tenido con Geese en Londres, durante la primera noche que había pasado en el hotel. Era una memoria humillante que había intentado suprimir, pero que había permanecido en el fondo de su mente durante todo ese tiempo.

Aquella noche en el hotel, Geese le había hecho creer, cruelmente, que su interés era idéntico al de los otros hombres que le habían ofrecido dinero. Y Billy había caído en su juego y accedido a hacer lo que Geese pidiera, sintiéndose profundamente decepcionado, y odiándose por haber sido tan ingenuo de pensar que las cosas podían mejorar.

Geese había notado su mortificación y había terminado aquella perversa burla abruptamente, pero, en esos breves segundos, Billy había estado dispuesto a hacer lo que Geese exigiera. Había accedido a entregarse, y había intentado imaginar qué haría el empresario con él. Por su aspecto severo y la malicia de sus ojos, no había creído que Geese fuese considerado. Pero, aun así, en lo profundo de su ser había esperado que al menos Geese no fuera una persona que buscara lastimarlo.

Y ahora, muchos años después, conocía las caricias de ese hombre y sabía que Geese podía ser increíblemente gentil.

Abatido, Billy se preguntó si Geese aún recordaría esa conversación.

Una vez que el café estuvo listo, Billy llevó la taza con cuidado y la dejó sobre el escritorio, al alcance de su jefe. Estaba retirándose cuando la mano de Geese se cerró alrededor de su muñeca y lo detuvo.

—¿Qué te dije sobre huir? —preguntó Geese, sujetándolo con fuerza, sin alzar la mirada de los documentos que tenía frente a él.

—No lo volveré a hacer, Geese-sama —respondió Billy, sin forcejear y sin intentar liberarse. Estaban en la oficina, trabajando, y poder usar un tono profesional en ese tipo situaciones era un alivio.

—Eso espero.

Billy sintió un escalofrío porque las palabras que Geese no estaba diciendo eran como una tácita concesión. Su jefe no lo había reprendido por el beso, solamente estaba dando a entender que Billy no debía huir la próxima vez que algo así ocurriera.

Como si estuviera consintiendo que hubiese una próxima vez.

Aún sin dejar de mirar los documentos, Geese hizo una breve caricia y luego liberó su muñeca. Sorprendido, Billy intentó decir algo, pero no había palabras adecuadas para cuando Geese hacía ese tipo de gestos.

Por eso, Billy sólo permaneció quieto y callado, esbozando una tenue sonrisa mientras observaba a su jefe trabajar.