El rey Helmaroc finalmente dejó a Zelda cerca del pico de otra montaña. Ella no estaba segura si aún estaba en Hyrule, a su alrededor solo era capaz de ver numerosos riscos escarpados, y rodeándolos, un enorme bosque indómito. Quizás el rey Helmaroc había volado sobre la montaña de la muerte hacia las tierras inexploradas que estaban sobre Hyrule, las cuales se mantenían así debido a lo peligroso del terreno. Zelda giró y se retorció sobre el piso hasta que pudo al menos sentarse, levantando la vista y enfrentado al monstruo en lugar de permanecer estúpidamente acostaba sobre su estómago como un pez capturado. Una vez estuvo sentada, vio que tenían una reunión: Un grupo de kargaroc (pequeñas aves algo más grandes que una persona promedio y de colores similares a los del rey Helmaroc) miraban desde la distancia. Mientras ella analizaba su situación, el enorme monstruo aclaró su garganta.

—Mientras más te miro, menos impresionado estoy. ¿Qué es lo que tanto ve en ti me pregunto?

Zelda giró su barbilla hacia el imponente pájaro. No dijo nada, pero tampoco iba a quedarse ociosa sentada mientras el rey Helmaroc decidía cómo iba a matarla. Ignorando sus contusiones, su cabello enredado que tenía sobre la cara y el agotamiento de ser azotada por el viento durante el vuelo, ella lentamente comenzó a buscar una forma de salir de todo ese desastre.

—Dudo que incluso sea capaz de resistir contra un moblin ¡Bah! ¿Y espera que me incline ante ti?

Zelda sabía lo que era una provocación cuando la oía. Ella estaba medio sorprendida de que el monstruo simplemente no la hubiera tirado por un risco, pero al mismo tiempo, no le extrañaba tanto. Todo le hizo sentido ahora cuando pensaba acerca de cómo los monstruos veían el mundo, la inutilidad de los monólogos y la demora en ir por una muerte, ahora sabía por qué perdían el tiempo haciendo eso. Todo era una gran provocación.

Ellos la estaban desafiando a detenerlos. El monstruo había, al menos reconocido que alguien que él (Quizás) respetaba la había favorecido, y ahora la estaba desafiando a probar su dignidad. Él no esperaba que ella aceptara, por supuesto, pero ella podía hacerlo. Un tenue brillo de esperanza apareció cuando Zelda reconoció que aún, a pesar de todo, podía elegir.

Debería haber estado aterrorizada. Debería haber gritado por piedad o pensado en sus momentos finales. Ella podría haber hecho todas esas cosas, pero cuando comprendió lo que el desafío significaba, cuando entendió lo que realmente quería decir hablar con un monstruo, el miedo se fue. Su corazón comenzó a latir rápidamente y torrentes de sudor se acumularon en la punta de su nariz, pero aquel no era un miedo paralizante. Quizás era más como… ¿Un miedo de excitación? ¿Acaso existía eso? Era el tipo de miedo que llevaba a las personas a hacer hazañas extraordinarias.

Quizás eso era lo que llamaban coraje.

O estupidez

"Unos meses más y me voy a convertir en un monstruo" bromeó para sí misma, causando que el rey Helmaroc entrecerrara sus ojos momentáneamente. Ese destello de esperanza brilló aún más cuando ella se dio cuenta de que quizás, solo quizás, ella tenía lo que se necesitaba para hablar, realmente hablar con un monstruo. Como… Bueno… Vaati podía hacerlo.

—¿Y qué pasó con el trato rey Helmaroc?

Quizás fue la forma en la que la conducta de Zelda cambió completamente de cuando se vieron por primera vez, pero las plumas del gran pájaro se esponjaron momentáneamente, tomado por sorpresa por la repentina pregunta.

—¿Qué trato?

La princesa retorció sus ataduras llevándolas cerca de donde sus dagas estaban escondidas. Presionó sus dedos hacia abajo contra la ropa de su vestido, buscando los filos.

—Ese donde le prometiste a Vaati tu lealtad si podías ganar la de tres razas independientes de monstruos —El monstruo vociferó cuando se dio cuenta de lo que estaba hablando.

—¡Hmph! El trato fue anulado en cuanto los lizalfos me escucharon a mí y te secuestraron en lugar de ir a reunirse con Vaati como él quería. Esa es la poca influencia que tiene sobre ellos ahora. Ellos nunca hubieran hecho esto si él aún fuera tan grandioso como lo fue alguna vez. Y eso solo confirma mis sospechas de que hay otros más apropiados para ocupar su lugar.

—Otros… ¿Cómo tú?

Zelda enganchó las cuerdas alrededor de sus muñecas contra el filo del arma y rápidamente las deslizó aplicando presión. Las cuerdas no se estaban cortando pero se las arregló para romper su vestido exponiendo la hoja. El rey Helmaroc no notó lo que Zelda estaba haciendo con sus ataduras y soltó una carcajada.

—No es nada nuevo para él que siempre le he disputado su puesto como el rey de los cielos.

—No es muy justo que estés moviendo tus piezas antes de que él pueda hacerlo.

—Que sea justo o no, no importa. Nada importa una vez que alguien se alza con la victoria y es el único en pie —gruñó el ave abriendo sus alas imponentemente, desplegando una larga sombra sobre ella. Había amenaza brillando en sus ojos, sugiriéndole a la princesa que no le quedaba mucho tiempo— Una criatura débil como tú no lo entendería.

Pero esta vez, Zelda deslizó la cuerda de sus muñecas contra las dagas cortándolas finalmente. La cuerda cayó sobre el suelo y ella agitó sus manos, moviéndolas alrededor para remover el entumecimiento. El rey Helmaroc observó con sorpresa como ella extrajo las dagas de sus fundas y procedió rápidamente desgarrar una buena porción de su vestido para que sus pirenas tuvieran más libertad de movimiento y las armas fueran más fáciles de alcanzar. Ella pateó lejos la tela descartada de forma ruda.

—Asumes que soy débil, que mi reino es débil porque nosotros no entendemos las reglas que tú juegas.

Zelda se puso de pie, sus rodillas estaban ligeramente dobladas en cuclillas y en sus ojos brillaba el desafío. Ella debería haber estado aterrorizada, pero sus dedos alrededor de las dagas no traicionaron su temor. Quizás era toda la adrenalina, o quizás era el hecho de que finalmente había logrado entender que esto era otra forma de discusión política, ella se sentía mejor en territorio familiar. Sabía las reglas que esta gran ave seguí y ella tenía el conocimiento para manejarlas. Solo debía creer en lo que Impa le había enseñado. Tenía que creer en sí misma.

Tenía que hacerlo, porque Vaati no iba a salvarla. Nadie la salvaría.

—Yo entiendo las reglas ahora. También entiendo que hay pocas opciones además de tus reglas mientras esté en los dominios de los monstruos.

La princesa tomó una larga respiración. Sus siguientes palabras permanecieron dudosas en la punta su lengua, estas la hacían sentir muy incómoda porque era algo fuera de su personalidad. Pero al mismo tiempo, también esto parte de ella porque ya había actuado de esta forma antes, aquella vez en el campamento moblin, durante ese beso. Aquella oscura y poderosa personalidad que había sacado desde el fondo de su corazón y que luego la había reducido a lágrimas… Ella no quería sacar ese lado suyo de nuevo. Pero esta vez, no se sentía… Mal. Su lado oscuro no era nada más que un traductor que podía hablar el mismo lenguaje del rey Helmaroc.

—Te demostraré que soy digna de ser tu regidora en todas las formas posibles. Tú reina. Lamentarás el hecho de haberte atrevido a desafiarme.

El ave dobló sus alas ligeramente, escuchando con creciente curiosidad. Miró a esa pequeña niña con su cabello rojizo enredado y desordenado sobre su rostro y su digno vestido violeta destrozado. Aunque sus ojos… Por los reyes oscuros ¡Vaya ojos! Podrían haberlo engañado si alguien le dijera que esos eran los ojos de Vaati mismo, con aquella fría determinación de alguien a quien no le importa nada. Al parecer, la princesa de Hyrule había aprendido unos pocos trucos durante su tiempo con el brujo de los vientos.

El rey Helmaroc sonrió para sí mismo bastante divertido.

—Mmmm, un poco melodramático ¿No lo crees?

Zelda se puso rígida pero no dijo nada. La gran ave le soltó un profundo graznido, sus ojos adquirieron un brillo macabro antes de que se elevara a los cielos.

—Ahora hablas mi lenguaje —siseó.

Xxxxxxxxx

Vaati miró el espacio vacío donde la princesa solía estar, se paralizó unos tres segundos al no comprender la situación. Ella… ¿Se había ido? ¡Se había ido! Ido… No lograba asimilar las palabras, eso no era algo que se suponía ocurriera. Esto no era algo que pudiera pasarle a él.

—¡Princesa! —Gritó tratando de no entrar en pánico. El pánico no era algo propio de él. Pero de nuevo, no podía pensar correctamente y la única forma en la que se podía describir su mente ahora era como un incoherente desastre que comenzaba a entrar en pánico.

Sus orejas captaron el leve dejo de una carcajada que rápidamente se alejó de él. Entonces los pensamientos que corrían desordenadamente de pronto se detuvieron abruptamente y se enfocaron. Sus antes abiertos ojos se entrecerraron, el rojo de sus pupilas casi se volvió negro. Dejó de gritar llamando a la princesa y se agachó sobre sus rodillas, mandando docenas de centinelas a registrar el bosque mientras sus orejas de enfocaban en alguna otra pista. Gritar no lo iba a llevar a ningún lado, además de dejar que los secuestradores supieran que lugar deberían evitar. Necesitaba mantenerse tranquilo, enfocado.

Los labios del brujo se retrajeron en una mueca y se mantuvo agachado sobre el piso mientras esperaba a que alguno de sus centinelas encontrara alguna especie de movimiento sospechoso. Sus manos se hundieron en la tierra como garras en lo que su shock inicial gradualmente se transformaba en ira ciega. Ellos querían jugar al escondite, pues lamentarían el haberlo convertido en el que buscaba. "Si se atreven a ponerle un dedo encima juro que…"

"No. Los haré pagar de todas formas ¡Cómo se atreven a desafiarme! ¡Cómo se atreven a burlarse de mí!

Sus uñas cavaron más profundo en la tierra con rabia. Él sabía que algunos monstruos estaban un tanto recelosos de él últimamente, pero jamás se esperó semejante irrespeto. Cómo se atrevían a raptar a su princesa. Él iba a tener que darles un escarmiento. Oh sí, les iba a dar uno. La princesa seguramente estaría desanimada por sus métodos de castigo y seguramente se enojaría con él, pero que importaba.

Ella siempre se enojaba sin importar lo que hiciera.

¿Pero dónde estaba la princesa de todas maneras? El furioso tren de pensamientos de Vaati se enlenteció mientras volvía a la realidad de pensar en todas las formas en las que iba a castigar al responsable de todo esto. Debieron ser al menos tres minutos desde que escuchó por primera vez el grito, y sus ágiles centinelas no habían encontrado nada aún. Una cierta sospecha comenzó a crepitar en su cabeza cuando se dio cuenta de todo el tiempo que había pasado sin señales de nada, absolutamente nada. Los centinelas deberían haber encontrado algo ahora que lo guiara a los secuestradores, pero todo lo que reportaban era un mar de árboles y el silencio inquietante. El débil grito de la princesa también había parado, probablemente estaba inconsciente o la habían amordazado.

¿Dónde? ¿Dónde estaban? Mientras más tiempo pasaba, menos sentía que fuera a encontrar a Zelda. Debería haber mantenido un centinela sobre ella para poder vigilar sus movimientos. Pero no esperaba que alguien la raptara justo cuando estaba frente a él. Había sido muy positivo al pensar que sería fácil encontrarla con la ayuda de sus centinelas volando alrededor del bosque, pero con cada segundo que pasaba sin ninguna pista, se volvía cada vez más consciente de que no la encontrara nunca.

Incertidumbre. Temor. Estos sentimientos a los que no estaba acostumbrado golpearon en su pecho por un segundo su aliento se detuvo ante un feo pensamiento "¿Qué tal si no la encuentro nunca?". Esto consumió su mente.

—¡AAAAAHHH!

El brujo gritó de frustración y abruptamente cerro sus puños, causando que un aura oscura flotara sobre él. El viento explotó en un violento remolino alrededor de él, derribando plantas y mandando a volar ramas sueltas hacia los cielos. Y tal como vino, el viento se detuvo, dejando detrás una calma sofocante. Las orejas de Vaati se movieron, sus manos ya no brillaban. Sus músculos sin embargo, seguían tan tensos como un resorte enroscado.

Vaati contuvo su aliento y cortó la comunicación con todos los centinelas salvo por uno. Aquel que había encontrado algo. Al parecer su grito había sorprendido a una criatura que no estaba escondida muy lejos de él. El centinela no había logrado vislumbrar mucho salvo por una sombra borrosa, pero vio lo suficiente como para notar que la criatura escurridiza se metió en un túnel subterráneo.

Y fue entonces que eso golpeó a Vaati como un Goron arrojándole una roca. Debió enviar a los centinelas a buscar a los secuestradores abajo. Habían tomado una ruta subterránea. Y él perdiendo el tiempo… Ahora ella debía estar muy lejos.

Con un agudo siseo de viento, Vaati se teleportó a donde el centinela estaba ahora y observó el piso debajo de él con tal intensidad que parecía que estallaría en flamas solo con su mirada. Entonces, con un rápido movimiento de manos, envió una poderosa explosión que hundió el suelo enviando polvo y rocas a volar en todas direcciones. Entonces se pudo oír un escalofriante grito de una criatura reptiliana que agonizaba atrapada en la tierra, clavada en lo que quedó de la cueva luego de la explosión. Los ojos del lagarto se abrieron de terror cuando vio a Vaati flotar sobre él como una terrible amenaza silenciosa. El lizalfo luchó por liberarse de la tierra pero fue demasiado lento, Vaati chasqueó los dedos y fue suspendido en el aire en frente del rostro del brujo.

—¿Dónde está ella? —Susurró.

El monstruo trató de liberarse de su atadura invisible siseando y escupiendo furiosamente.

Los ojos de Vaati brillaron con una mirada que rayaba en la locura. Sonrió venenosamente por un segundo y entonces, instantáneamente soltó una carcajada salvaje.

—¿¡Dónde está ella!? —Gritó.

El lizalfos se congeló y dejó de luchar, sus garras colgaban inertes a sus lados. Sus ojos amarillos estaban abiertos como platos en su cara escamosa. Parpadeó lentamente antes de girar su cabeza ligeramente hacia uno de los arbustos detrás del brujo. La esquina de la boca de Vaati se torció cuando un centinela le alertó de que había otro lizalfos vigilándolo de cerca y dándole un ligero asentimiento de cabeza al monstruo que estaba atrapado en las garras de Vaati. El lizalfo capturado murmuró unas pocas palabras incomprensibles: "palabras" era la única forma en la que Vaati podría describir los extraños chasquidos y gruñidos que sonaban como un lenguaje, uno que no era Hyliano.

A Vaati no le importaba sin embargo, que pudiera o no entender a los lizalfos. Él sabía por su sacudida de cabeza que estas tontas criaturas no le iban a decir lo que él quería saber.

Una pequeña ráfaga se esparció desde el brujo y entonces el aire se tornó quieto. Ni las hojas crujían, la atmósfera inmediatamente se volvió sofocante.

—Ha… Hahahahahaha —La voz de Vaati destellaba locura y era más gruesa con cada risa —¡Hahahahaha! ¡Hahahahaha!

Sombras oscuras se acumularon alrededor de sus pies hasta que lo devoraron por completo y entonces, como un látigo chasqueando en el aire, un poderoso y explosivo viento arrasó la vegetación de alrededor. Los árboles crujieron y se convirtieron en astillas ante los estragos causados por el viento, y los dos desafortunados lizalfos fueron aplastados contra el grueso tronco de un árbol que fue arrojado violentamente contra ellos. Dentro de la oscuridad, un solo ojo demoniaco sediento de sangre observaba el mundo con la ferocidad y rabia de un tornado.

—Hahahah… Debería haber hecho esto desde el principio ¿Trato? Dijeron que no debía matarlos por el trato con el rey Helmaroc —El ojo miró alrededor de forma insana— Voy a matarlos a todos. ¡A todos! Mataré al Rey Helmaroc también si tiene algún problema conmigo. Porque yo ¡JURO QUE LOS MATO A TODOS!

Docenas de pequeños centinelas giraron alrededor del ojo gigante y se introdujeron en el piso, profundo hacia los túneles que los lizalfos habían cavado. No iba a dejar a ninguno con vida.

—Destruiré a cada uno de los que me la arrebataron —La voz de Vaati retumbó ominosa a través del bosque, repitiendo las palabras que había prometido a la princesa antes— Que tengan piedad las diosas de aquel que se atrevió a robarte de mi lado, porque yo no la tendré.


Bien... Han pasado meses desde el último capítulo... Pero aquí estoy de nuevo... Tratando de equilibrar esta traducción del inglés al español, con la traducción de mis propios fics del español al inglés. Esta manía que tengo de meterme en demasiados proyectos al mismo tiempo es terrible. Pero terminaré, definitivamente terminaré esto... Algún día.

Y bueno, si alguien pensó que Vaati iba a ser el caballero de armadura brillante que salvaría a Zelda de forma galante pues se equivocó. Eso es lo hermoso de Fleets, es fiel a sus personajes, trabaja con un villano y este actúa como villano, siendo un HDP impulsivo que no establece prioridades y se deja llevar por la ira. A ver si luego se acuerda de que hay que salvar a Zelda. De todos modos esto nos lleva a una de las escenas más espectaculares del fic que ocurre en el siguiente capítulo. Y bueno, hasta la otra, a ver si ahora me tardo menos... O sigo abrumada por mi exceso de proyectos.