Laura mantenía su walkman entre sus piernas mientras leía, por recomendación, Orgullo y prejuicio. Aunque espléndidamente bien escrito, era completamente incapaz de comprender por qué a algunas chicas de su clase parecía gustarles tanto. Ella entendía que se trataba de una obra maestra de la literatura universal porque era evidente la lectura dirigida que te forzaba a odiar a Darcy mientras Elizabeth lo odiara y amarlo poco a poco cuando ella comenzaba a caer rendida ante sus encantos.

Desde su punto de vista, se trataba de eso, no más. El libro por sí mismo era una trampa perfectamente elaborada por Jane Austen para que te convirtieras en juez parcial de los hechos. Lo cierto es que ella no podía concebir la idea de que, después de los insultos hacia su familia y acciones contra su hermana, la protagonista pudiera simplemente perdonar como si nada porque... ¿porque pagó la boda de Lydia?

Muy a pesar de sus objeciones a la trama, disfrutaba ampliamente de la lectura mientras escuchaba Avril Lavigne en un disco de canciones descargadas de internet.

Su ritual de sábado se vio interrumpido por el sonido de un par de golpes tras su puerta.

—¿Sí?— levantó la mirada y habló en voz alta a modo de permiso para entrar y pregunta al mismo tiempo.

—Patience está aquí —mencionó su madre luego de asomar la cabeza por la puerta entreabierta.

Demasiado tarde como para tomar una ducha, Laura recordó que había hecho planes para salir con su mejor amiga esa tarde.

—Dile que me toma un minuto —pidió a la vez que saltaba de la cama en busca de algo decente para salir a la calle. Martha, su madre, simplemente asintió.

Le tomó un poco más de lo que esperaba poder bajar para encontrar a Patience teniendo una conversación más bien protocolaria con Martha. Hablaban de la clase de cosas que hablas con un adulto que has conocido durante toda la vida porque es la única familia de la chica junto a la que prácticamente creciste: cómo iba la escuela, qué tal estaba la familia, qué planes tenía para cuando saliera de la preparatoria, si pensaban ella y Laura irse juntas a algún dormitorio para la universidad... Se encontraba Laura en el último escalón cuando su amiga notó su presencia y giró la mirada para saludarla.

—Es bueno saber que no te olvidas de mí— dijo con cierto sarcasmo al que Laura ya estaba acostumbrada, del mismo modo que Patience estaba hecha a la idea de que cualquier cambio en su rutina era inmediatamente enviado a su papelera de reciclaje mental.—Deberías pensar en comprarte una agenda.

—¿Nos vamos?—Decidió ignorar los comentarios mordaces de la chica.—Volveremos en un par de horas, estaremos en el centro comercial, ¿está bien?—Comentó esta vez dirigiéndose a su madre. Con el tiempo, había encontrado la manera de suavizar el modo en que pedía permiso para salir. Martha se cansaba de repetirle que pasaba tanto tiempo encerrada en su cuarto que no podía darle más gusto cuando decidía tomar un rato para ir al exterior.

—Claro.—Respondió ella, sabiendo que los avisos de su hija terminarían de manera inevitable en una pregunta el cien por cien de las ocasiones. —Anden con cuidado.

Ambas chicas asintieron y cruzaron la puerta camino a su destino. Eran las dos de la tarde y el sol era ineludible a esa hora, pero ambas se rehusaban a gastar valiosas monedas en tomar un autobús. Además, siempre habían encontrado en la caminata una excelente manera de compensar la comida que consumirían en cada visita que hicieran al centro comercial, por no mencionar que ningún ejercicio era pesado cuando podían ir conversando, poniéndose al día.

—¿Encontraste algo interesante que hacer, entonces?—Preguntaba Laura refiriéndose a las vacaciones de verano que Patience había pasado en casa de sus abuelos.

—No mucho. Ya sabes, celebramos un par de cumpleaños y se anunció un embarazo más en la familia, como de costumbre.

—¿En serio? ¿De quién es esta vez?

—¿Recuerdas a mi prima Ellen, la que se casó el año pasado?

—¿La del vestido que se prendió en llamas? Cómo olvidarla—ambas echaron a reír.

Mantuvieron los temas de conversación más bien burdos mientras llegaban a una pequeña cafetería en la planta alta del edificio comercial. No era un lugar muy concurrido, por lo que los pocos clientes que llegaban se volvían asiduos a la calma y privacidad que el local ofrecía. Las chicas eran un ejemplo de ello.

Catrina's era un sitio con un toque más bien serio antes que juvenil; predominaba una gama de colores en torno al marrón rojizo y las mesas incluso tenían marcadas, en algun punto, un tablero de ajedrez. No era de extrañar que el resto de los comensales en el lugar fueran adultos mayores retirados ocupándose de sus propios asuntos y no prestando atención a lo que dos adolescentes tuvieran que hacer o decir. Para ellas, esa era la mejor parte, no tener que estar involucradas en los rituales de apareamiento adolescentes con los que inevitablemente tendrían que lidiar si fueran a algún billar o a la pizzería. Les era suficiente convivir con sus compañeros en la preparatoria como para, además, tener que encontrarlos a la hora de la comida cuando sólo querían estar solas.

Por otro lado, las conversaciones entre ellas dos eran... peculiares, en algunas ocasiones. No querían que nadie más estuviera al tanto de los problemas familiares de Laura o de los intereses esotéricos de Patience.

—¿Puedo tomar su orden?—Preguntó la mesera no mucho después de que tomaran asiento.

—Yo quiero unas papas fritas —contestó Laura sin necesidad de ver el menú— y un té helado— agregó.

—Para mí sería una malteada de chocolate y una ensalada cob, por favor.

La chica terminó de tomar la orden y se retiró sin mayor ceremonia, dando apertura al momento que Patience había estado esperando. Hizo el salero y pimentero a un lado, dejando libre una buena parte de lo que originalmente era una mesa para cuatro personas, para luego apresurarse a sacar de su mochila un pañuelo de color morado que parecía envolver algo relativamente grande.

—Pats, no—sentenció en cuanto se percató de que se trataba de un mazo del tarot.

—No seas aguada. Ni que fuera la primera vez.

—Ya sabes que no me gustan esas cosas. Por si no lo recuerdas, aspiro a estudiar Química en la universidad y como...

—...y como científica no estás dispuesta a creer en este tipo de tonterías bla bla bla—interrumpió su amiga mientras abría y cerraba su mano en ademán de balbuceo. —No tienes que creerlo, no se trata de eso.

—¿Entonces de qué se trata?—preguntó con fingida curiosidad.

—Piensa en esto como...—se detuvo a pensar en una analogía adecuada— leer un libro. Cuando lees un libro no piensas en que es real, pero no es eso lo que hace que valga la pena.

—Es totalmente distinto. Los libros son ficción.

—Yo nunca dije que la lectura de cartas fuera real, sólo digo que es interesante experimentar un poco y ver qué obtenemos. ¿Nunca has tenido curiosidad sobre el futuro? Incluso si sabes que la predicción es falsa, ¿no llena algún vacío de la misma forma que los libros llenan el vacío de chisme?

—De acuerdo, de acuerdo. Tú ganas. —Finalmente accedió, pretendiendo hacerlo por no querer discutir más, pero muy en el fondo sintiendo una inmensa curiosidad.

Patience le extendió las cartas y le pidió que barajeara estas para luego dividirlas en tres grupos. Laura devolvió uno de los tres montículos y lanzó "¿qué tan larga será mi vida?" como primer pregunta, un poco más por molestar a su compañera que detestaba las lecturas trascendentes. Ella disfrutaba más del "¿cuándo perderé mi virginidad?" como tipo de pregunta.

Patience le lanzó una mirada de desaprobación y sacó la primera carta. Un tanto extrañada por el resultado, jaló la siguiente... y la siguiente... y la siguiente.

—Parece que...—Laura abrió bastante los ojos y prestó atención ante la mirada de duda de su amiga—... muy larga. Demasiado larga, diría yo.

—¿Y la mirada de extrañeza se debe a...?

—Que no veo la muerte por ningún lado. Parece que vivirás tanto que las cartas ni siquiera se molestaron en ponerla.

—Buenas noticias, entonces.

—No-oh— dijo Patience alargando la sílaba.

—¿Cómo que no?.

—Es raro. Parece haber algo oscuro en todo esto. Lanza otra pregunta y tal vez averiguemos algo.

Antes de poder continuar, se vieron interrumpidas por la llegada de la comida que habían ordenado. De cierta manera, se sentían como un par de pubertos atrapados viendo una revista pornográfica. Patience sonrió vergonzosamente ante la mirada inquisidora de la mesera al ver el montón de cartas sobre la mesa. No obstante, después de un par de segundos, sólo sonrió ligeramente como si pensara "cosas de adolescentes" y volvió al trabajo.

—¿Lo ves? Todos piensan que es raro que me estés leyendo las cartas.

—Supongo que no piensas hacer otra pregunta entonces—sonrió maquiavélicamente. Laura se detuvo porque se supo acorralada.

—¿Qué tal será este año de preparatoria?— Extendiendo el segundo montón de cartas que había separado previamente, admitió que estaba en la lectura más por gusto que por la insistencia de su amiga.

—Eso pensé— mencionó mientras tomaba las cartas de sus manos. Le bastó haber sacado un par del montón para lanzarle una mirada de indignación a Laura. —¿Tienes novio y no me lo contaste?

—¿De qué estás hablando?

—¿Ves esta carta?—Le mostró uno de los arcanos levantándolo frente a ella.—Todo parece indicar que vas a quedar embarazada.

Laura le arrojó la servilleta que tenía a la mano; Patience simplemente reía. Hubiera jurado que inventó esa parte de la lectura sólo para molestarla, así que asumió que simplemente nada de lo que se había dicho hasta entonces era en serio y, de manera implícita, ambas supieron que no habría más preguntas.

La tarde continuó con más charla irrelevante entre el par de amigas.

Un día antes de que comenzaran las clases, Betty Groff terminaba de ordenar los programas para las materias que impartiría ese año. No sólo eso, también ordenaba los programas de las materias que Simon impartiría. Para ambos, eso involucraba tanto la universidad como la preparatoria. Ella era doctora en biología con especialidad en botánica; él, era arquéologo, historiador y anticuario. Aunque en áreas bastante distintas, ambos eran unos nerds completos que prácticamente dedicaban sus vidas enteras a la escuela, la teoría y la investigación.

El motivo principal por el que Betty se ocupaba del papeleo de Simon era que él había salido durante dos meses a un verano de investigación que era absolutamente necesario para su tesis del doctorado. Estaba especializado en cosmovisiones de culturas antiguas, más específicamente en el pensamiento mágico en torno a los objetos sagrados de las mismas, motivo por el cual tuvo que hacer una expedición a una zona arqueológica importante.

Betty no sabía mucho de cómo habían resultado las cosas, sólo sabía que Petrikov volvería con más artefactos que tendrían en casa hasta que, eventualmente, pasaran a ser propiedad de la universidad. Ella misma sabía el martirio que suponía una tesis doctoral, dado que ya había pasado por eso antes, de modo que, buscando aminorar la carga de trabajo de su prometido, se ofreció a afinar los detalles de las materias que él impartiría. Simon no podía estar más agradecido.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando, desde el estudio, escucho la puerta de la entrada abrirse. El trabajo que quedaba no era mucho, pero podía esperar después de que pasaron dos meses enteros sin verse. Se levantó del escritorio y abrió la puerta para encontrarse con un Simon que torpemente maniobraba con una caja que, ella suponía, era de absoluta fragilidad. Se apresuró a tomarla por debajo para hacer soporte, ya que el universitario no tan experto en física había decidido sujetarla por los costados, ocasionando que se resbalara lentamente. Ella le ayudó a depositarla con delicadeza sobre el suelo y miró a Simon con una sonrisa. Él le devolvió el gesto y rodeó el paquete que cargaba apenas hace unos minutos para ir a abrazarla.

—Necesitas quitarte esa barba—dijo ella después de darle un beso para recibirlo. Sin duda, había pasado dos meses en el campo.