El agua del lago estaba tibia y fresca a la vez, como las gotas de lluvia.

Allí, escondido en el claro, entre las sombras de la noche y la tímida pendiente del valle verde y escarlata de amapolas, el lago reflejaba los brillos incansables y plateados de la luna. Entre sus ondas tenues los nenúfares cerrados bailaban y sobre sus aguas las luciérnagas tintinaban su luz. En las aguas cristalinas de aquel lago nadaba una mujer.

Théodred, el joven hijo del rey de Rohan, observaba en la orilla. La arena de la playa se sentía cálida bajo sus pies. Las hojas de los árboles susurraban secretos con el viento tras de si, en el lindero, donde empezaba aquel pequeño bosque que teñía las vastas praderas del país de un verde distinto. Los sauces llorones que le rodeaban besaban con sus ramas caídas la superficie del agua y sus ojos azules se entremezclaban con el color intenso del cielo oscuro.

Mílithrim inundó el lago con su risa, a lo lejos. Théodred en la orilla la miró más intensamente.

El pelo oscuro de ella caía mojado por su espalda semidesnuda. Su sonrisa brillaba en sus labios húmedos. Sus pestañas se unían en gotas de rocío bajo el color de sus ojos de miel. Bajo los rayos de la luna su piel parecía de plata y su tenue vestido de marfil, aquella seda fina que la rodeaba, uniéndose a su cuerpo acuoso.

-¡Venga, ven a bañarte!- aquella voz le sobresaltó de su débil trance: -¡Está muy buena!

Théodred no podía decirle que no a ella. Se levantó y en un silencio de emoción se quitó la camisa, de bordados de oro, y sus botas de príncipe, olvidando por un momento que era el heredero al trono.

Cuando llegó a la orilla supo que no había vuelta atrás y dejó que las aguas bañaran sus pies, sus ropas, su vientre, su espalda y su cuello, llegándose a confundir sus ojos con gotas errantes del lago lapislázuli. El viento despeinó su melena hasta los hombros y cuando por fin la sumergió también se sintió en una paz calmosa mas fresca y tibia como las olas.

Emergió de las aguas plateadas con el cuello inclinado hacia atrás, dejando que el agua le peinase sus cabellos sombríos, y lo irguió de nuevo al frente, buscando a la mujer que lo llamaba.

El agua se encontraba palpitante pero tranquila y sólo las hojas grises de los sauces tocaban su superficie. Escudriñó con la mirada pero no encontró a nadie. Un búho se oyó a lo lejos, por un instante se sintió solo. Entonces un tirón en su tobillo una fuerza que le sumergía débilmente y ante él un chorro de agua que salía juguetón de los labios de una mujer. Théodred no pudo más que sonreír.

Ella rió: -¡Te he asustado, eh!

El príncipe de Rohan quedó rendido ante sus ojos y como prendidos por la fuerza invisible de un alfiler supo que no podría apartar su mirada de aquellas pupilas castañas. Quiso, pero no pudo, seguir mirándolos, pero la llamada de aquella piel se le hacía más fuerte que su propia voluntad. La valentía de Théodred se sometió a la avaricia de abarcarla a toda ella con una mirada, sin siquiera parpadear. Aquellos labios mojados, por los que escurrían gotas de agua, le hicieron temblar. El pelo de ella pegado a su cuello blanco de luz de luna. Aquella piel, si bien guerrera y bronceada por el sol, era comparable e incluso más bella que la de una reina. Sus hombros, vistos a través de la seda mojada que la cubría y que débilmente surgían del agua le hicieron desvariar.

-Ven conmigo.- dijo ella y de sus labios salió la más hermosa de las melodías: -Te voy a enseñar una cosa.

La mano de Mílithrim cogió la de Théodred y el príncipe quiso eternizar por siempre aquel instante. Tal vez no fue la brisa la que le hizo vibrar.

Entre olas se dirigieron a una orilla lejana. La mano de ella oprimía la de él y las luciérnagas les acompañaron. Y allí, tras la cortina de hojas tenues de un sauce se detuvieron, cerca de una playa blanca.

-Mira.- y Mílithrim señaló el fondo del agua.

Théodred obedeció y en el fondo, entre el agua límpida, descubrió un grupo de peces dorados que nadaban en un danza incansable entre sus pies. Él sonrió.

-Son preciosos, ¿verdad?

De los labios temblorosos de Théodred no salió palabra alguna mas afirmó con la cabeza y de nuevo hechizado perdió su cordura para mirarla.

Sin saber cómo, un rubor subió a las mejillas, antes blancas, de la mujer y sintiéndose observada por aquellos tan hermosos ojos regios decidió ponerse en pie para que el príncipe no lo notara.

El agua cubría allí hasta sus muslos. El vestido de seda había quedado transparente y cosido a las formas de su cuerpo. El pelo rodeaba su tez y besaba sus hombros. Sus brazos fuertes y aún así débiles llamando a la protección. Su pecho antecedía a la curva de su vientre y Théodred se mordió los labios para contener un suspiro de deseo cuando su vista llegó a sus caderas.

Ella se giró y cogió una cinta de cuero de su muñeca para atarse el pelo mojado en la nuca. Sus dedos hábiles se entrelazaban en sus mechones húmedos. Sus brazos alzados dejaban más a la vista su cuerpo. Sus curvas que descendían suaves como olas en un mar ambiciado. Quedó prendado de todo su ser. Vio en su espalda sus huesos turgentes y el desvariar de su columna y antes de la curva de su cadera dos hoyuelos que avivaron su pasión.

La lujuria de tenerla por siempre a su lado, la avaricia de poseerla, la envidia de aquellas manos que alguna vez hubieran rozado aquella piel, la gula de probar incansablemente aquel cuerpo con sus labios, la codicia de nunca dejar de abrazarla, la pereza de dejar que se fuera, la venganza que versaría sobre aquel que osase a tocarla a parte de sus manos.

La cinta cayó en un débil chapoteo, de los dedos trémulos de ella, al agua y su cuerpo volvió a girar, agachándose para recogerla, formando en el agua ondas concéntricas, alrededor de su cuerpo, de nuevo sumergido hasta los hombros.

Théodred no pudo contenerse más junto a ella, viéndola otra vez a centímetros de distancia, centímetros que alejaban demasiado. Las gotas de agua posadas sobre su piel, con el brillo de la luna en sus ojos y en su pelo. Escondidos por la cortina del sauce la abrazó con ternura y devoción, sintiendo en sus manos la piel suave de ella, su pelo, su cuello, todo lo que había ansiado.

Primero olió su aroma, su fragancia inimitable e inconfundible, para recordarla siempre. Luego acarició su pelo sintiendo en las yemas de sus dedos cada hebra y posó sólo sus labios en el cuello blanco de ella, que temblaba, pero no pudo resistirse a dar un beso en aquella piel inigualable. La abrazó sumido a su voluntad, como se abraza a un amor recién descubierto: con cariño, amparo y protección, viviendo eterno cada segundo.

Aquellas frías emociones desaparecieron con la pureza de un sentimiento: -Te amo...

Y ella se dejó amar.

CARMENCHU!!!